MUCHAS GRACIAS por los reviews y alertas de suscripción SOY muy feliZ cada vez que veo un mensaje de fanfiction!
Sigo actualizando día por medio…
LO PROMETIDO ES DEUDA FELIZ VIERNES A TODO/AS
Disclaimer: Esta es una adaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión
Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight
ESTE CAPÍTULO CONTIENE ESCENAS DE LEMON
NO LEER MENORES DE EDAD
NO LEER SI NO TE GUSTA EL LEMOS
SI LEES ES BAJO TU PROPIA RESPONSABILIDAD
RECOMIENDO LEERLO CON UNA JARRA DE AGUA BIEN HELADA =)
PORQUE ESTE PAR SIGUE LIBERANDO TENSIONES =P
ESTAN TODOS/AS ADVERTIDOS!
Capítulo 6
Tumbada frente a la piscina dos semanas después, Bella decidió que había sufrido un absoluto cambio de personalidad. En lugar de ser una mujer independiente, ahora se sentía como una esclava sexual, dispuesta a obedecer las órdenes de su amo.
Ed sólo tenía que mirarla y ella caía en sus brazos con un entusiasmo tan predecible como humillante.
A pesar de la sensual adicción, secretamente se sentía avergonzada de sí misma. Y no sabía qué era peor: saber que había vuelto a ser la niña de dieciocho años que hacía todo lo que Ed quería o que estuviese disfrutando tanto.
Si no fuera porque echaba mucho de menos a Río, habría sido completamente feliz.
Aunque Ed le había asegurado que el dinero había sido transferido a la cuenta y, según Jacob, todo estaba bien, no podía dejar de preocuparse.
Daba igual que llamara a su hijo todos los días una o dos veces cuando Ed estaba haciendo algo. Daba igual que Río pareciese contento.
Lo echaba de menos.
Desesperadamente.
Y quería volver a casa.
Pero tenía que dar por terminado su acuerdo con Ed quien, por el momento, había hecho una buena inversión. Porque apenas salían de la cama.
Quizá era la isla, se decía. Era imposible dejar de recordar cómo había sido entonces. Nada más llegar allí volvió a ser la Bella de los dieciocho años...
—Estás soñando otra vez —Ed salió de la piscina de un salto y se apartó el pelo de la cara—. Pero no hay necesidad de soñar cuando se tiene el objeto soñado a mano. Si quieres volver al dormitorio, meu amorzinho, sólo tienes que decirlo.
La arrogante suposición de que estaba pensando en él debería haber hecho que quisiera abofetearlo, pero Bella no dijo nada porque era verdad. Soñaba con él.
Y eso era lo más terrible de todo, pensó, mientras alargaba la mano para tomar su copa. Aparte de su hijo, no había nadie en el mundo con quien quisiera estar además de Ed y se odiaba a sí misma por ello. Sería diferente si la relación fuera de igual a igual, pero no era así.
Siempre era él quien ejercía el control. Él decidía cuándo comían, cuándo dormían, cuándo hacían el amor. Incluso cómo hacían el amor. Cualquier intento por su parte de tomar una decisión era descartado.
—Llevas aquí casi una hora —dijo él entonces acercándose con una toalla al cuello, el agua cayendo por su espectacular torso—. Vuelve dentro antes de que te quemes.
Ella abrió la boca para decir que haría lo que le diese la gana, pero entonces pensó que así podría llamar a Río.
Podría llamarlo delante de Ed, pero como él no había mencionado el asunto desde que llegaron a la isla, le pareció más sensato no hablar del tema.
Pero, de repente, echaba tanto de menos a su hijo que el dolor era casi físico.
Tenía que oír su voz.
—Tienes razón, no quiero quemarme. Voy a tumbarme un rato. La verdad es que estoy cansada.
Era cierto. Al contrario que Ed, que parecía poseer una energía sobrenatural, para ella era imposible soportar las noches en vela sin echar una cabezadita de vez en cuando.
Una vez en el dormitorio sacó el móvil del bolso y, mirando por encima del hombro, marcó el número de su casa.
—¿Río?
—Hola, mamá. ¡Tienes que comprarme un pez!
Bella sonrió. Sonaba tan normal. Y tan parecido a su padre. Siempre dando órdenes.
—¿Eh? ¿Un pez?
—Uno como el que me han dado en el colegio. Es más bonito...
Bella sonrió. Para su hijo, todo era bonito.
Hablaron durante unos minutos y cuando colgó lo hizo con desgana, sintiendo que se le partía el corazón.
Pero cuando estaba guardando el móvil en el bolso, vio la carta y recordó la razón por la que estaba haciendo aquello. Por su hijo.
Entonces vio algo que brillaba en el fondo del bolso y... Bella soltó una carcajada. Eran unas esposas. Río se había disfrazado de policía para la obra del colegio y debía haberlas metido en el bolso después de la fiesta. No sabía cómo no las habían detectado en el aeropuerto.
De repente, se le ocurrió una idea...
¿Se atrevería?
Antes de perder el valor, las ató al cabecero de la cama y las tapó con la almohada.
—He decidido que también yo necesito descansar un rato —oyó la voz de Ed.
—Tú nunca estás cansado. Además, nos hemos levantado hace una hora.
—Una hora es mucho tiempo. Especialmente, cuando te pones ese biquini.
—Tú elegiste este biquini. Yo no traje ropa, ¿recuerdas?
—Y por el momento, minha docura, no la has necesitado.
—Eres insaciable —le espetó Bella.
—Soy insaciable contigo —murmuró él, arrugando el ceño.
—¿Por qué pones esa cara?
—Por nada —contestó Ed, empujándola hacia la cama—. No me canso de ti —dijo entonces, quitándole el biquini.
Pero, por una vez, Bella había decidido ejercer el control. Estaba decidida a torturarlo como la torturaba él cada noche.
Era su turno.
Sabiendo que tendría que actuar con rapidez, tomó sus manos y las levantó por encima de su cabeza para ponerle las esposas.
—¿Qué haces? —preguntó él, sorprendido.
Bella contuvo el aliento al ver cómo tiraba para intentar liberarse. ¿Aguantarían las esposas?
—Lo que tú me haces a mí —contestó, inclinándose para pasar la lengua por la comisura de sus labios—. Ahora eres todo mío.
Observó la sorpresa en su rostro y, por primera vez en su vida, tuvo el placer de ver a Ed Cullen incapaz de controlar una situación. El pobre hacía un esfuerzo para controlar el deseo y pensar con claridad porque no estaba acostumbrado a que lo dominasen.
¿Cuántas veces había intentado ella hacer eso, sin conseguirlo?
—Ninguna mujer te ha hecho esto, ¿verdad? —murmuró, colocándose sobre él. Pero cuando sintió la erección masculina rozando su abdomen se apartó. No estaba dispuesta a tocarlo todavía—. Estás a punto de descubrir lo que es estar a merced de otra persona.
—Meu Deus, Bella. Suéltame ahora mismo.
Ella pasó un dedo por su torso, sin dejar de sonreír.
—No estás en posición de dar órdenes, así que será mejor que te relajes. Quién sabe, puede que te guste que alguien te mande por una vez.
—Bella... exijo que me sueltes.
—Órdenes, demandas, exigencias... no quiero oír nada de eso. Pero cuando haya terminado contigo estarás suplicándome. Como tú me haces suplicar a mí.
—Eso es diferente...
—¿Cómo que es diferente? —sonrió ella, inclinando la cabeza para besar sus hombros—. ¿Porque tú eres un hombre y yo soy una mujer? ¿No dijiste que creías en la igualdad de oportunidades? Vamos a ver si decías la verdad.
Por primera vez, tenía la oportunidad de admirar su cuerpo como él había insistido en admirar el suyo. Podía tomarse su tiempo y pensaba hacerlo.
Deslizando la mano hacia abajo, Bella le quitó el bañador de un tirón, dejándolo expuesto a su mirada.
Estaba duro y totalmente dispuesto para la sensual exploración que tenía en mente.
—Suéltame ahora mismo. Esto no tiene gracia...
—No debe tenerla —lo interrumpió ella. Era magnífico, pensó. Pero iba a hacerlo esperar.
—¡Suéltame, Bella! —exclamó Ed, tirando de las esposas.
—De eso nada. Por una vez, te tengo exactamente donde quiero y vas a quedarte así hasta que yo lo diga.
—No puedes hacerme esto...
—Sí puedo. Es hora de que aprendas que no puedes controlarlo todo. Voy a enseñarte lo que es la tortura del placer.
Él soltó una palabrota en su idioma y tiró de las esposas de nuevo, pero estaban firmemente enganchadas al cabecero de la cama y Bella empezó a besarlo por todas partes, despacio, tomándose su tiempo. Por todas partes, excepto en su palpitante masculinidad.
Una vez lo rozó con los dedos sin querer y lo oyó contener el aliento mientras, por instinto, levantaba las caderas hacia ella. Pero Bella se apartó, usando la lengua para excitar sus diminutos pezones.
Ed dijo algo en portugués y ella levantó la cabeza.
—Si esperas que te entienda, vas a tener que hablar en mi idioma, querido. ¿Qué quieres?
—Quiero que me toques —confesó él—. Tócame.
—Aún no. No estoy preparada y tú tampoco.
—Bella, por favor...
—Cuando esté lista, te tocaré. Tú sólo tienes que quedarte ahí tumbado...
—¡Esto no es ninguna broma!
—Claro que no. Yo no bromeo con el sexo. Relájate, Ed. Puede que no te hayas dado cuenta, pero esta vez soy yo quien da las órdenes. Voy a hacer que me supliques —murmuró, pasando la lengua por su cuello—. Voy a hacer que te desesperes de tal forma que no recuerdes ni tu nombre.
Entonces deslizó una mano por su torso, dejándola a unos milímetros de su miembro.
—Te haré pagar por esto.
—Eres tú quien está pagando, Ed.
Pero la verdad era que también ella estaba pagando un precio. Sentía un deseo abrasador, nuevo, una sensación de poder que no había experimentado nunca. Supuestamente, era ella quien estaba seduciéndolo, pero tener aquel perfecto cuerpo masculino a su merced era una tentación difícil de resistir.
Siguió chupándolo, besándolo, explorándolo por todas partes excepto en ese sitio que palpitaba hacia ella.
—Bella...
—Aún no. No me has suplicado.
—Meu Deus... —murmuró Ed, cerrando los ojos.
Ella miró hacia abajo. Estaba rígido, duro como una piedra. Más excitante que nunca. ¿Cómo no se le había ocurrido hacer aquello antes?
Por primera vez, se sentía fuerte y poderosa.
Por primera vez, se sentía como una igual.
Por primera vez, podía atormentarlo como él la atormentaba.
Y esperó hasta que todos los músculos de su cuerpo estaban tensos, hasta que no pudo esperar más.
—Bella... te estoy suplicando...
Y entonces lo tocó.
Con la boca. Sus roncos gemidos de placer excitándola, animándola a seguir. Lo exploró con los dedos, con la lengua, hasta que no pudo controlar su propio deseo.
Sólo entonces se colocó sobre él, mirándolo a los ojos mientras dejaba que sólo la punta de su miembro la tocase. Ed levantó las caderas, intentando penetrarla, pero Bella no le dejó.
—Sigo controlando, Ed.
Y lo hizo esperar hasta que vio que su frente se había cubierto de sudor, hasta que ella misma no podía esperar más, hasta que lo deseaba de tal forma que no podía controlarse.
Y entonces, finalmente, lo tomó. Dentro de ella, para sentir la palpitante erección, hasta que olvidó que eran hombre y mujer y se convirtieron en uno solo.
Y cuando llegó la inevitable explosión fue tan intensa que, por un momento, tuvo miedo de lo que había liberado. Era una bestia que no podía domesticarse. Una bestia que los arrebató a los dos. Una bestia que tenía que correr libre hasta que se quemara.
Y se quemó por fin. Con una riada de gemidos, gruñidos, sollozos y gritos de placer.
Intentando llevar aire a sus pulmones, se tumbó de lado, un brazo sobre su torso, sus piernas sobre las de él.
—¿Ed?
Pero él no respondió y Bella decidió quitarle las esposas.
De inmediato, Ed la tomó entre sus brazos.
—No puedo creer que hayas hecho eso.
—¿Estás enfadado?
—¿Enfadado? ¿Cómo iba a enfadarme por sentir el placer más intenso de mi vida? Además, no tengo fuerzas para enfadarme. No tengo fuerzas para nada.
Bella sonrió.
—Ha estado bien, ¿eh?
—Ha sido increíble. ¿De dónde has sacado esas esposas?
Ella se puso tensa. Ésa era una pregunta que no había esperado y no quería estropear el momento hablando de Río.
—Alguien que conozco me las dio... de broma.
Entonces Ed la abrazó y Bella se quedó sorprendida. Ed Cullen toleraba algún abrazo después del sexo, pero nunca había sido él quien iniciara el contacto.
Él quería sexo, no quería ninguna relación emocional.
—No puedo creer que hayas hecho eso. Y no puedo creer que yo te haya dejado.
—No me has dejado, perdona. Lo que pasa es que no tenías alternativa. Por primera vez en tu vida, estabas sometido.
Él rió entonces.
—Tenías razón. Ahora eres una mujer diferente desde luego. Hace siete años no te habrías atrevido a hacer eso. De hecho, te sorprendía todo lo que yo te hacía.
—Porque era una cría y tú eras mi primer amante. Nunca había hecho esas cosas y tú eras tan autoritario, tan exigente...
—A la fuerza. Tenías tantas inhibiciones que no querías dejarte llevar. Sólo lograste relajarte cuando te convenciste a ti misma de que era yo quien estaba seduciéndote. Todo era culpa mía, ¿verdad, meu amorzinho?
—Pero yo era virgen...
—Lo sé. Y ser el único hombre que se había acostado contigo me excitaba como no te puedes imaginar. Y ahora, a dormir. Tienes que dormir un rato para recuperar fuerzas.
Después de dar la orden, Ed cerró los ojos y se quedó dormido, sin dejar de abrazarla.
Y era tan agradable que Bella no se atrevió a moverse. Estar entre sus brazos la hacía sentir segura, a salvo.
Lo cual era ridículo, pensó, porque no había nada seguro en una relación basada exclusivamente en el sexo...
Eso la hizo pensar. Y poco a poco, cuando empezó a entender su relación con Ed por primera vez, la sensación de felicidad desapareció.
Para ella era mucho más que sexo y siempre lo había sido. Había querido pensar que lo que sintió por Ed no era más que un enamoramiento adolescente. ¿Quién no se habría sentido fascinada por un hombre como Ed Cullen? Pero la verdad era que había amado a Ed desde el día que lo conoció y el tiempo no había conseguido matar ese sentimiento. Lo que sintió cuando era una cría era lo mismo que sentía ahora que era una mujer. El amor era la razón por la que estando con Ed era tan vulnerable. El amor era la razón por la que no había vuelto a mirar a otro hombre en todos esos años.
Daba igual que fuera un hombre frío, sin sentimientos.
Daba igual que él no la amase.
Lo amaba de todas formas.
Bella cerró los ojos. No quería pensar, no quería darle más vueltas a sus sentimientos. Pronto todo terminaría porque las dos semanas estaban a punto de expirar.
Ed despertó varias horas después, cuando ya había anochecido.
Estaba solo en la cama y experimentó algo que no reconoció inmediatamente. Decepción, decidió, rechazando la oportunidad de examinar sus sentimientos en profundidad.
El sexo más explosivo de su vida lo había dejado descansado y dispuesto a apreciar a la mujer que había sido parte de esa experiencia.
¿Era sorprendente que se sintiera decepcionado al no encontrarla entre sus brazos?
Ed se levantó de la cama y, mirando las esposas con una sonrisa en los labios, se puso unos pantalones.
La encontró en la piscina, pálida, con el móvil en la mano.
—¿Ocurre algo?
Bella se volvió, asustada, y guardó el móvil en el bolso a toda prisa.
—No, nada.
—¿Con quién estabas hablando?
—Con un amigo.
¿Un amigo?
Ed sintió una punzada de celos. ¿Había estado hablando con otro hombre después de lo que había habido entre ellos? ¿Saldría con alguien? ¿Habría atado a otro hombre a su cama?
Se dio cuenta entonces de que no sabía nada sobre aquella mujer y, de repente, sintió el deseo de saberlo todo.
—Esta noche vamos a cenar en la terraza. Y vamos a hablar.
Ella parpadeó, sorprendida. Pero parecía preocupada, con la cara larga, como si estuviera dándole vueltas a algo...
No sabía qué podía ser. Desde luego, no podía sentirse insatisfecha porque él se había encargado de que no fuera así. De modo que el problema tenía que ser otro... Y conociendo a las mujeres, Ed intuía lo que podía ser.
Quizá habían pasado demasiado tiempo en la cama, pensó. A las mujeres les gustaba hablar y en aquellas dos semanas apenas habían mantenido una conversación completa. Debía ser eso. Y, sin saber por qué, sentía el deseo de darle todo lo que quisiera. Quería hacerla feliz.
Y si para eso tenían que hablar, estaba dispuesto a hacer un sacrificio.
Convencido de haber encontrado la solución al problema, Ed señaló la habitación con el gesto satisfecho de un hombre que cree tener todas las respuestas.
—Hay ropa en el armario. Elige lo que quieras y reúnete conmigo en la terraza.
Ella lo miró como si no entendiera, como si estuviese hablando en otro idioma.
—¿Para qué voy a vestirme si vas a desnudarme en cinco minutos?
—Esta noche estoy interesado en charlar contigo. Pienso descubrirlo todo sobre ti.
—¿Y tú, Ed? ¿Tú también vas a hablar? A lo mejor yo también quiero descubrirlo todo sobre ti.
Él arrugó el ceño, pero se recuperó enseguida. Si quería que hablase, hablaría. Cierto, no era su pasatiempo favorito, pero lidiaba con inquisitivos periodistas todos los días y estaba acostumbrado a hablar sobre muchos temas. Seguro de que podía mantener una conversación con una mujer atractiva si había incentivos suficientes.
—Estoy dispuesto a contarte todo lo que quieras saber. Ve a cambiarte, le diré al servicio que vamos a cenar en la terraza.
Bella se levantó con la gracia de una bailarina y Ed tuvo que hacer un esfuerzo para controlar el impulso de portarse como un cavernícola y llevarla a la cama de inmediato.
Recordando su desolada expresión de antes, se recordó a sí mismo que una pequeña inversión podía dar sorprendentes resultados y ése podía ser el caso con Bella Swan.
Estaba seguro de que conteniéndose un poco conseguiría extraordinarios dividendos en el dormitorio.
Y para que la inversión fuera completa necesitaba unas flores, una buena botella de vino y una cena deliciosa. Así Bella volvería a sonreír.
Muy fácil, pensó, mientras se dirigía a la cocina para hablar con el chef y el ama de llaves. Manejar a las mujeres no era muy diferente de manejar un negocio. Sólo era cuestión de identificar sus debilidades y luego entrar a matar.
Antes de que terminasen de cenar, Bella habría vuelto a sonreír.
Y él podría satisfacer al cavernícola que llevaba dentro.
A este Edward parece que hay que darle un golpecito para que deje de ser tan paleolítico…
Qué tal Bella? De santita nada también sabe jugar sucio…
Que dice el público?
Jajajaj
Nos vemos el Fomingo!
Saludos
Frans
