MUCHAS GRACIAS por los reviews y alertas de suscripción SOY muy feliZ cada vez que veo un mensaje de fanfiction!
Sigo actualizando día por medio…
LO PROMETIDO YA ES FOMINGO!
Disclaimer: Esta es una adaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión
Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight
Capítulo 7
—¿Por qué dejaste tu trabajo de modelo?
Estaban cenando en la terraza. El sol poniéndose en el horizonte, las velas alrededor de la piscina, el olor de las flores exóticas... no podía ser más romántico. Era un escenario de seducción, pero Ed ya la había seducido. Más veces de las que ella podía recordar.
Entonces, ¿por qué había flores en la mesa?
¿Por qué el mantel de hilo y las copas del más fino cristal?
¿Y por qué se había puesto unos pantalones y una camisa de seda cuando había estado en bañador durante dos semanas?
Si no fuera Ed Cullen el que estaba sentado frente a ella, habría pensado que se estaba poniendo romántico.
Pero Ed no buscaba romanticismo. Ed buscaba sexo. Buscaba dominar y ordenar.
Entonces, ¿qué estaba haciendo?
¿Y por qué, de repente, quería saberlo todo sobre ella?
Desde que llegaron a la terraza se había mostrado solícito y le había hecho tantas preguntas sobre su vida que Bella se sintió como una candidata en una entrevista de trabajo. Especialmente porque no podía relajarse. Tenía miedo de revelar demasiado.
De modo que se concentró en la cena, preguntándose qué habría despertado ese repentino interés por mantener una conversación. ¿Habría adivinado que escondía algo? ¿La habría oído hablando por teléfono?
—En realidad, dejaron de llamarme... cuando empecé a faltar a mis sesiones de fotos porque estaba contigo en la cama. En la agencia se enfadaron mucho y decidieron que no volviera a trabajar más.
—Dame el nombre de esa agencia —dijo Ed.
—¿Qué? ¿Qué vas a hacer, cerrarla? —Bella.
—Es posible.
—No hace falta. En realidad, no me gustaba demasiado ser modelo. No me gustaban las fiestas, las drogas...
—Sé que eras muy ingenua cuando te conocí. ¿Por qué si no estarías paseando por una playa de Río de Janeiro sola, de noche? Cuando te vi no podía creerlo. Con el pelo al viento parecías una virgen dispuesta al sacrificio.
—Las otras chicas me convencieron para que fuese a una fiesta, pero yo quería volver al hotel y no encontraba ningún taxi.
—Hacía mucho tiempo que yo no tenía que pelearme con nadie —sonrió él.
—Sí, la verdad es que fue impresionante —murmuró Bella, preguntándose si fue en aquel momento, al ver a Ed enfrentándose con seis matones, cuando se enamoró de él.
Pero incluso con un esmoquin, Ed Cullen parecía un hombre capaz de cuidar de sí mismo. Y no sería sincera si no admitiese que aquella demostración de valor y fuerza física no había sido uno de los elementos que la atrajeron de él. Hasta ese momento, nadie la había defendido.
Aunque cuando vio a Ed peleando con aquellos matones, se preguntó si no sería más peligroso que ellos.
—¿Dónde aprendiste a pelear así?
—No te entiendo.
—La noche que me rescataste en aquella playa te peleaste con seis hombres. ¿Dónde aprendiste a hacer eso?
—Soy un hombre. Pelear es algo instintivo.
—No lo creo —contestó Bella—. Eran seis hombres y tú luchaste contra ellos como... no sé, como si fuera algo que estuvieras acostumbrado a hacer.
Ed apartó la mirada.
—Esas cosas se aprenden en la calle. Yo aprendí mucho y pronto.
—¿Por qué? No todo el mundo necesita aprender a defenderse. Yo no lo hice.
—Claro, porque tú te criaste en un pueblecito inglés donde todo el mundo conocía a sus vecinos —sonrió Ed.
Quizá era eso lo que la fascinaba, que fuera un hombre lleno de contradicciones. Por un lado, un multimillonario que se movía en los círculos sociales más sofisticados, por otro un hombre primitivo salvaje.
Una de las razones por las que era tan irresistible para las mujeres.
—Supongo que tú no te criaste en un barrio de clase media. ¿Naciste en Río de Janeiro?
—Sí. Soy carioca de los pies a la cabeza.
—¿Y cómo llegaste a ser multimillonario?
—Con motivación y trabajo duro. Si uno quiere algo de verdad, puede conseguirlo. Es cuestión de planear cada movimiento cuidadosamente y no dejar que nada se ponga en tu camino.
—Que uno quiera algo no significa que pueda tomarlo así, sin más.
—¿Por qué no?
—Porque hay que tener en consideración a los demás.
—Yo no pienso así. Yo creo que confiar en la gente es de tontos. Uno debe decidir lo que quiere en la vida e ir por ello. Y cuando lo tienes no puedes dejar que te lo arrebaten.
Lo decía con tal pasión que Bella contuvo el aliento. Quien hablaba era el verdadero Ed, ése que jamás se mostraba ante los demás.
—¿Es eso lo que pasó? ¿Alguien te arrebató algo?
Ed se echo hacia atrás.
—¿Por qué las mujeres siempre están buscando el lado dramático de las cosas? El carácter de la gente se forma dependiendo de lo que haya ocurrido en su vida. Yo no soy diferente.
—Pero tú alejas a todo el mundo, no dejas que nadie se acerque a ti.
—Soy un hombre, meu amorzinho, y como a casi todos los hombres, me gusta cazar solo. Y no me gusta que otro hombre cace en mi territorio —sonrió Ed—. El amigo del que hablabas antes...
—¿Sí?
—¿Llevas mucho tiempo saliendo con él?
—No salimos juntos.
—Ah, ya me imaginaba. Si salieras con él no habrías pasado dos semanas en la cama de otro hombre. ¿O es que no lo sabe?
—Sólo es un amigo.
—¿Un buen amigo?
—El mejor —contestó Bella—. Ha estado a mi lado siempre.
—Supongo que habrá hecho algo más que estar a tu lado —dijo él entonces, irónico.
—No todo el mundo es como tú, Ed. Algunas personas tienen relaciones normales —exclamó Bella, levantándose—. Y las relaciones son algo más que sexo. Pero tú eres un tarado emocional, de modo que no puedes entenderlo.
—¿Qué te pasa? —Ed se levantó también, su metro noventa empequeñeciéndola—. Yo no soy un tarado emocional.
—Entonces háblame de ti mismo. Cuéntame algo. Cualquier cosa.
—¿Por qué? ¿Cambiaría algo entre nosotros si te digo que nací en un barrio de favelas, que éramos tan pobres que la comida era un lujo? ¿Cambiaría algo entre nosotros si te digo que mis padres trabajaban como animales? ¿Cambiaría algo saber que consiguieron salir de los suburbios de Río, pero luego lo perdieron todo y tuvieron que volver al mismo sitio?
—No sé si cambiaría algo, pero la gente cuenta sus cosas...
—Y ahora que sabes de dónde vengo, ahora que sabes que tengo emociones como todo el mundo, ¿nuestra relación ha mejorado?
—Es la primera vez que me cuentas algo de ti mismo.
—Pues saborea el momento porque hablar del pasado no es uno de mis pasatiempos favoritos.
—Pensé que esta noche íbamos a hablar, a conocernos mejor.
—Tú me conoces mejor que mucha gente. Dejémoslo así —murmuró él entonces, tomándola en brazos—. Ya hemos hablado demasiado.
Habían hecho algún progreso, pensó Bella, mientras Ed se quitaba la camisa y la tiraba al suelo. Un progreso pequeño, pero un progreso al fin y al cabo.
Se habían vestido, habían compartido una cena a la luz de las velas. Habían hablado...
Ése fue su último pensamiento coherente porque Ed empezó a desnudarla con despiadada precisión.
Bella esperó que fuera lo de siempre, pero aquella vez fue diferente. Más suave, más... ¿cariñoso? No quería volver a engañarse a sí misma. No quería pensar, como había pensado siete años antes, que Ed Cullen podía amarla.
Pero era diferente.
En lugar de dominar o ser dominado compartieron caricias y, cuando por fin volvieron en sí después de un orgasmo, él la apretó contra su pecho.
Mientras los deliciosos espasmos terminaban, Ed, exhausto, siguió abrazándola como si temiera que fuera a escaparse.
Lo cual era ridículo, se dijo a sí misma, porque los dos sabían que se iría y los dos sabían que a él le daría igual.
Las dos semanas estaban a punto de terminar.
Pero estaba demasiado cansada como para seguir pensando y en lugar de hacerse preguntas se quedó dormida entre sus brazos.
El día antes de volver a casa, Bella despertó tarde y encontró la cama vacía.
Pero enseguida vio que las puertas de la terraza estaban abiertas y oyó el familiar sonido de sus brazadas en la piscina.
Evidentemente, había decidido levantarse temprano para hacer ejercicio. Aunque quizá no era tan temprano, pensó, mirando su reloj...
Una hora perfecta para llamar a Londres, se dijo, sacando el móvil del bolso. Bella habló un momento con Jacob y luego le pidió que llamara a su hijo.
Estaba deseando verlo.
—¿Vas a volver a casa pronto, mamá? —de repente parecía más pequeño—. Te echo de menos.
—Llegaré mañana. Y yo también te echo de menos, mi amor.
Entonces oyó un ruido a su espalda y, cuando se volvió, vio a Ed en la puerta, con una toalla envuelta en la cintura. Parecía furioso.
—Tengo que colgar. Nos vemos mañana —se despidió Bella.
Ed dio un paso hacia ella.
—Veo que tu amigo te echa de menos. Pues la próxima vez dile a ese amigo que está cazando en mi territorio.
Ella no entendía por qué estaba tan enfadado.
—Tengo que volver a Londres. Nuestras dos semanas terminan mañana, ¿no te acuerdas? —él la miró como si no entendiera—. Eran dos semanas, Ed —repitió Bella.
Parecía celoso... pero no podía ser. ¿Cómo iba a estar celoso?
—Yo no dije que fueran dos semanas, eso lo dijiste tú.
—Pero...
—Estás deseando volver, ¿no?
—¿Por qué te portas así? No te entiendo. Tú y yo no tenemos una relación.
—Sí tenemos una relación. ¿Qué crees que han sido estas dos semanas?
—Sexo —contestó ella.
—No ha sido sólo eso. Anoche hablamos...
—Yo hablé. Tú me interrogaste.
—Te hablé de mi pasado.
—No, me contaste algo sobre tu pasado y luego te negaste a seguir hablando. Un prisionero bajo tortura revelaría más que tú.
—No estoy acostumbrado a hablar de mí mismo —contestó él—. Pero si eso es lo que quieres, cenaremos en la terraza esta noche y hablaremos un poco más.
Bella lo miró, perpleja.
—Tengo que volver a casa, Ed.
—¿Por qué?
—Porque tengo un hijo de seis años. Un niño al que echo de menos con todo mi corazón. No hemos hablado de eso durante estas dos semanas, pero que no lo hayamos hecho no cambia la realidad. Mi vida está en Londres, con mi hijo. Y vuelvo mañana.
Ed apretó los dientes.
—Tienes un amante en Londres.
—¿Por qué te portas como si estuvieras celoso? Los dos sabíamos que serían sólo dos semanas.
—No estoy celoso —replicó él—. Pero no me gusta compartir. Ya te lo he dicho.
Bella cerró los ojos, pensando que aunque leyera todos los libros que se habían publicado sobre el asunto, nunca entendería a los hombres.
—Mi vuelo sale mañana por la tarde.
—Cancélalo o lo cancelaré yo por ti.
Había vuelto a hacerlo. Se había entregado a él en cuerpo y alma. Y ahora tendría que encontrar la forma de recuperarse.
Había clínicas para curar la adicción a las drogas o al alcohol. Pero lo que ella necesitaba era una clínica que la curase de su adicción a Ed Cullen. De no ser así, pasaría el resto de su vida deseando a un hombre al que no podía tener.
¿Celoso?
Ed cruzaba la piscina de un lado a otro intentando librarse de aquellos incómodos pensamientos. Qué tontería. Él no estaba celoso.
Pero si era sincero consigo mismo, debía reconocer que no sabía qué le pasaba. Nunca había deseado conservar a una mujer a su lado como deseaba conservar a Bella.
Aunque no era una sorpresa, claro. Ella era increíble en la cama. ¿Qué hombre normal no querría retenerla a su lado? No tenía nada que ver con los celos y sí con el sentido común.
De modo que tendría que convencerla para que se quedase más tiempo, así de sencillo.
Que ella quisiera volver a Londres al día siguiente no le preocupaba en absoluto. Sencillamente, la convencería para que se quedase. No podía ser tan difícil para un hombre que negociaba con millones de dólares antes del desayuno. Trataba con duros hombres de negocios todos los días y una mujer como Bella sería pan comido... aunque tuviera el pelo castaño rojizo, mucho carácter y lo que podría llamarse un «desorden conversacional».
Les quedaba más de una noche.
Y empezaría por demostrarle que podía hablar como cualquier hombre cuando era necesario. Y luego la llevaría a la cama.
Cuando salió de la piscina, estaba convencido de que sería ella misma quien llamase para cancelar el vuelo.
A la mañana siguiente, Bella comprobó que llevaba el billete y el pasaporte en el bolso. Había una maleta sobre la cama. La había encontrado en el armario y como, evidentemente, era para ella, igual que la ropa, decidió que podía llevarse sus vestidos favoritos. Además, seguramente ninguna de las novias de Ed se pondría un vestido más de dos veces, pensó, burlona.
La noche anterior habían cenado en la terraza y Ed había hecho un esfuerzo que casi podría considerarse heroico para hablar de sí mismo. De hecho, no había dejado de hablar y si no la hubiera emocionado casi se habría reído. Para él era horriblemente difícil discutir algo remotamente personal, pero al menos lo había intentado, compartiendo con ella cosas de su infancia y datos de su empresa.
La cuestión era por qué estaba intentándolo. Pero Bella sabía la respuesta. Quería que se quedase porque deseaba seguir acostándose con ella y pensaba que la forma de convencerla era abriéndose un poco.
Pero, por supuesto, ella no había cambiado de opinión. Necesitaba volver a Londres para ver la carita de su hijo.
En ese momento Ed salió de la ducha, recién afeitado y con el pelo mojado. Aunque apenas habían dormido, parecía completamente descansado... y más atractivo que ningún otro hombre.
Bella lo miró, sabiendo que sería la última vez.
—¿Por qué estás haciendo la maleta?
—Porque vuelvo a casa. Supongo que tu piloto me llevará al aeropuerto.
—Supones mal —contestó él—. No te vas a casa. Pensé que habíamos llegado a un acuerdo.
—¿Qué acuerdo?
—¿No hemos estado toda la noche haciendo el amor?
—Sí, pero...
—¿Y no ha sido la experiencia más alucinante de tu vida?
—Sí, claro que sí. Pero tengo que irme.
—¿Por qué?
—Porque tengo una casa en Londres. Y un hijo.
—Tu casa está aquí, conmigo.
Bella lo miró, asombrada.
—¿Quieres que viva contigo?
—Por supuesto. El sexo entre nosotros es increíble. Tendría que estar loco para dejarte ir. Así que te quedas. Como mi amante. Hasta que decidamos que nos hemos cansado el uno del otro.
La esperanza de Bella se desintegró, destrozada por su total falta de sensibilidad.
—¿Tu amante? —repitió—. ¿Estamos en la Edad Media?
—Amante, novia... Elige el nombre que quieras.
—¿Qué tal idiota? —replicó ella—. Porque eso es lo que sería si me quedase con un hombre como tú.
¿Cómo podía haber pensado que a Ed le importaba? ¿Cómo podía seguir siendo tan ingenua?
Ed Cullen no era capaz de sentir nada por nadie.
—Me parece que no me entiendes. Estoy diciendo que vengas a vivir conmigo de forma permanente... o hasta que nos cansemos el uno del otro.
—Te había entendido perfectamente. Sexo hasta que te aburras —suspiró Bella—. Muy conveniente para ti, precario para mí. Así que no, gracias.
—¿No, gracias? ¿Te das cuenta de que yo no le he hecho esa oferta a ninguna mujer en toda mi vida? Tendré que ir a la oficina, por supuesto, pero te aseguro que pasaremos mucho tiempo juntos A partir de ahora, tendré motivos para dejar de trabajar antes de la hora normal.
Ella lo miró, perpleja.
—No entiendes nada, ¿verdad? No es un ningún halago que un hombre te quiera sólo por el sexo.
—Si quieres fingir que el sexo no ha sido increíble, estás engañándote otra vez. Pensé que habíamos pasado esa página.
—No hay nada malo en el sexo, pero hay otras cosas igualmente importantes en la vida. Y de ésas tú no sabes nada.
—¿Qué otras cosas?
—Compartir tu vida con alguien, hacer las cosas juntos... pero tú de eso no tienes ni idea porque sigues viviendo en la Edad de Piedra. Para ti, el sitio de una mujer está en la cama, preferiblemente desnuda. ¿Verdad, Ed?
—Por favor...
—¿Te das cuenta de que nunca hemos salido a ningún sitio? Nunca. ¿Para qué me has comprado todos estos vestidos si no tenía que vestirme para ir a ninguna parte?
—Porque me gusta quitártelos y porque no puedo verte desnuda sin desear hacerte el amor —admitió él con su característica y cruda franqueza.
—¡Otra vez con el sexo! ¿Te das cuenta de que no hemos salido de la isla?
—No había razón para marcharse. Todo lo que necesitamos está aquí.
—Todo lo que tú necesitas está aquí. ¡Porque lo único que tú necesitas es una cama! O, en su defecto, un ascensor.
—Te estás poniendo nerviosa...
—¡Claro que me estoy poniendo nerviosa! Lo creas o no, me gusta sentir cosas. Sentir es lo que nos hace humanos. Deberías probarlo alguna vez, a lo mejor te gusta.
Ed apretó los dientes.
—No puedo hablar contigo cuando te pones así.
—No puedes hablar conmigo esté como esté, Ed. Intentas hacerlo, pero te cuesta tanto, te resulta tan difícil que es patético. Me tratas como si fuera una periodista, dándome datos... cosas que suenan bien. Pero sigo sin saber quién eres en realidad.
—¿Has estado en mi cama durante dos semanas y no sabes quién soy?
Bella sacudió la cabeza, incrédula.
No lo entendía y no lo entendería nunca. Y cuanto antes dejase de intentar hacerlo entender, mejor para los dos.
Eran tan diferentes que daba risa.
—Las dos semanas han terminado —le recordó, cerrando la maleta—. Tú no entiendes el significado de la palabra compromiso, pero yo sí. Esta tarde sale un vuelo para Londres y te agradecería que le pidieras a tu piloto que me lleve al aeropuerto. Me voy a casa con mi hijo... el hijo en el que tú sigues sin creer.
Ed la miró, perplejo, su expresión la de un hombre intentando comprender lo incomprensible. Luego dijo algo en portugués y salió de la habitación sin mirar atrás.
Agotada, Bella se dejó caer sobre la cama. Le pesaba el corazón pero...
¿Qué esperaba, que le suplicase? ¿Que, de repente, él cambiase de parecer y vivieran felices para siempre?
Si era así, estaba perdiendo la cabeza.
Las dos semanas habían terminado y Ed no cambiaría nunca. Y tampoco ella. La verdad era que la atracción que sentía por aquel hombre era tan poderosa que la cegaba.
Ed Cullen no era la clase de hombre con el que ella querría mantener una relación. Con él nunca compartiría nada más que la cama y eso no era suficiente. Nunca lo sería.
Había hecho lo que tenía que hacer. Su hijo estaba a salvo y era hora de seguir adelante con su vida.
Hora de volver a casa.
A este Edward hay que darle un golpecito y un manual donde diga que no hay que decirle a las mujeres!
Y Bella se va a ver a Río?
Que dice el público?
Jajajaj
Nos vemos el Martes!
Saludos
Frans
