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Capítulo con sorpresas! ;)

Disclaimer: Esta es una adaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión

Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight

Capítulo 8

Llegó la hora del almuerzo y ni rastro de Ed. Bella miró su reloj, nerviosa, temiendo perder el vuelo. A media tarde estaba segura de que iba a perderlo. No había ni rastro del helicóptero y ni rastro de Ed.

Lo único que podía hacer era ir nadando o poner el dedo para ver si algún barco la llevaba a Río, pensó, irónica.

Cansada y furiosa con Ed por sabotear sus planes, estaba a punto de llamar por teléfono a una compañía de helicópteros-taxi cuando por fin oyó el ruido de las aspas.

No llegaría a tiempo, pero al menos estaría en el aeropuerto. Y seguramente habría algún otro vuelo para Londres esa noche.

Deseando dejar la isla lo antes posible, Bella tomó la maleta y atravesó los jardines en dirección al helipuerto, preguntándose si Ed iba a molestarse en decirle adiós.

El sol de la tarde era abrasador y, después de intercambiar unas palabras con el piloto, subió al helicóptero para protegerse del calor.

Un segundo después, Ed se reunía con ella. Ya no llevaba pantalones de sport o bañador, sino un traje de chaqueta italiano que le quedaba a la perfección.

«Una relación sentimental está basada en algo más que el sexo», se recordó a sí misma, mirando en dirección contraria para romper el hechizo sensual de su presencia.

Él intercambió unas palabras con su guardaespaldas y se sentó a su lado.

No pensaría ir con ella al aeropuerto...

Bella lo miró, sorprendida.

—¿Qué haces?

—Explorar el significado de la palabra compromiso —la informó él—. Mostrarte que puedo ser flexible si hace falta. Tú no quieres quedarte aquí, así que iré contigo.

¿Ed flexible?

Era tan flexible como una barra de hierro. Pero, por otro lado, estaba sentado a su lado en el helicóptero, de modo que...

—¿Lo dices en serio? ¿Vas a venir conmigo a Londres?

—Tengo negocios en todas partes y Londres no es una excepción. Y desde hace unas horas siento un deseo increíble de pasarme por esa oficina.

—Pues lamento decírtelo, pero hemos perdido el vuelo.

—El vuelo saldrá cuando yo diga. No vamos a perder el avión, no te preocupes.

—Sale a las... —Bella miró su reloj— dentro de diez minutos. No creo que tú puedas hacer esperar a una línea comercial.

—Pero es que no vamos en un vuelo de una línea comercial, iremos en mi jet privado.

¿Su jet privado?

—¿Tienes tu propio avión?

—Por supuesto. Tengo oficinas por todo el mundo y a menudo tengo que acudir a reuniones de un día para otro. ¿Cómo crees que viajo, en una alfombra mágica?

—Pues mira, no lo había pensado. Pero creí que viajarías como todo el mundo.

—Yo no soy todo el mundo. Dos semanas desnuda en mi cama deberían haberte convencido de eso —sonrió Ed.

Vividas, eróticas imágenes aparecieron en su cabeza y Bella tuvo que hacer un esfuerzo para no echarle los brazos al cuello.

«Es una adicción», se recordó a sí misma. «Y nadie se cura de una adicción si sigue tomando la sustancia adictiva».

—Ed... acordamos que serían dos semanas y las dos semanas ya han pasado.

—Pero las dos siguientes semanas están a punto de empezar.

—¿Es que desconoces el significado de la palabra «no»? —repicó ella, exasperada.

Ed se encogió de hombros.

—No se me da bien el «no» ni el «quizá» —admitió, sin el menor recato—. Pero estoy trabajando en «compromiso» y «conversación», así que, ¿quién sabe?

Bella no sabía si reír o llorar. Y, por mucho que supiera que la presencia de Ed en Londres sería una complicación, le emocionaba saber que había cambiado sus planes por ella. Iba a Londres para estar a su lado.

Desesperada, intentó contener esa absurda emoción. No debía creer que Ed estaba dispuesto a mantener una relación como haría un hombre normal porque él no era un hombre normal. Era Ed Cullen y no cambiaría nunca.

En el aeropuerto, una azafata los acompañó hasta la zona VIP y a Bella le costó mostrarse fría e indiferente cuando los recibieron en el avión como si fueran miembros de la realeza.

Una vez dentro, admiró el lujoso interior, asombrada.

—Es más grande que una casa. Y más cómodo.

—Viajo mucho, de modo que la comodidad es esencial. Hay un cuarto de baño, una sala de reuniones, un pequeño cine y un dormitorio enorme —sonrió Ed. El brillo de sus ojos indicaba que pensaba usar el dormitorio esa misma noche, pero Bella apartó la mirada.

—Veo que eres más rico de lo que yo pensaba.

—Pues sí, soy enorme, indecentemente rico —le aseguró él—. Por eso me pediste cinco millones de dólares para... tus gastos. Siéntate. Nos hemos perdido el almuerzo y estoy muerto de hambre.

Bella se dejó caer sobre un sofá de piel color crema, preguntándose cómo sería tener tanto dinero. No tener que preocuparse nunca por el futuro.

Una azafata les sirvió la cena y luego, discretamente, se alejó hacia otra zona del avión.

—No sabía que tuvieras una oficina en Londres —murmuró Bella, tomando un sorbo de champán.

—Tengo oficinas en la mayoría de las ciudades del mundo. Pero no sabía que estuvieras interesada en mis negocios.

—Porque nunca hablamos de ello —le recordó ella.

—¿Quieres que pasemos la noche hablando de inversiones?

—No particularmente. ¿Qué vas a hacer en Londres?

Él levantó una ceja, irónico.

—Si tienes que hacer esa pregunta es que no he dejado claro el objeto de mi visita.

—¿De verdad vas a Londres sólo para estar conmigo?

—Por lo visto, tú querías un cambio de escenario, así que...

—No puedo creer que hayas cambiado tus planes por mí.

No quería, pero una pequeña luz de esperanza se había encendido en su interior.

¿Cruzaría el océano sólo por la satisfacción de volver a acostarse con ella? ¿O había algo más en aquella relación?

—El sexo entre nosotros es asombroso, meu amorzinho. Y en las relaciones debe haber cierto compromiso. Hoy por ti, mañana por mí. Tú me has enseñado eso.

La esperanza desapareció.

—O sea que vas a cambiar de país para seguir acostándote conmigo.

—Si lo que quieres es discutir, te advierto que hay suficientes turbulencias fuera del avión como para crearlas dentro —suspiró él, estirando perezosamente las piernas—. Yo nunca he cambiado mis planes por una mujer, así que tómatelo como un halago.

Bella se mordió los labios, aunque le habría gustado darle una charla sobre el verdadero compromiso. Pero no tenía sentido discutir. ¿Para qué? Él no cambiaría nunca y cuanto antes lo aceptase, mejor.

—Pues no creo que podamos pasar mucho tiempo juntos. Yo tengo cosas que hacer.

Y un hijo al que atender. Un hijo en cuya existencia Ed no creía siquiera.

—Ya me imagino.

—Al contrario que tú, yo no tengo servicio en casa. He estado fuera dos semanas, así que tengo muchísimo trabajo.

—En la suite del hotel hay personal de servicio y una oficina si la necesitas —sonrió él.

—No la necesito, trabajo en mi casa. Además, llevo fuera dos semanas, tengo gente a la que ver...

—Pero supongo que tendrás las noches libres.

Debería decirle que no. Debería decirle que su relación había terminado.

—Posiblemente —murmuró, dejando el tenedor sobre la mesa. Se le había cerrado el estómago—. Podemos cenar juntos.

Cuando Río estuviera en la cama.

¿Qué había de malo en eso?, se preguntó a sí misma. Estaba locamente enamorada de Ed. ¿Qué podía perder por pasar unos días con él?

Aterrizaron en Londres a las ocho de la mañana, a tiempo para quedar atrapados en el típico atasco matutino. Y Ed tuvo tiempo para preguntarse qué estaba haciendo allí.

Nunca en su vida había cambiado sus planes por una mujer y mucho menos la había seguido hasta el otro lado del mundo. El hecho de estar en Londres, una ciudad que no entraba en sus planes inmediatos, lo hacía sentir incómodo.

Y si necesitaba confirmación de que estaba actuando de una forma desconocida, sólo tenía que mirar el rostro de Bella.

Era difícil decir quién de los dos estaba más sorprendido. Evidentemente, ella se preguntaba qué estaba pasando y era lógico. Ed seguía diciéndose a sí mismo que era sólo una cuestión sexual y, desde luego, la noche que habían pasado en el avión era prueba de ello. El hecho de que nunca hubiera hecho aquello por otra mujer era algo en lo que prefería no pensar.

—No te he preguntado dónde vives.

—Compré un apartamento con tu dinero, ya te lo he dicho. Si me dejas en tu oficina tomaré el metro y nos veremos en tu hotel por la noche.

Ed la miró, pensativo. ¿Iba a encontrarse con su amante?

—Muy bien.

Por la expresión satisfecha de Bella, decidió que no estaba equivocado.

Le había asegurado que no había ningún otro hombre en su vida, pero las pruebas parecían demostrar lo contrario.

Había empezado a llover cuando llegaron a las oficinas de Inversiones Masen, situadas en Canary Wharf junto a muchos otros bancos mercantiles.

—Mi chófer te llevará a casa —le informó, inclinándose para darle un beso en los labios—. Pediré la cena para las ocho.

Y después de eso, pensaba hacer que Bella se olvidase de cualquier otro hombre. Nunca había encontrado competencia y estaba convencido de que no sería un problema en aquel caso.

Después de darle instrucciones al chófer, Ed salió del coche, pensando en el jaleo que iba a armar entrando en una oficina que no estaba preparada para su llegada.

Rodeado de miembros de su equipo de seguridad, que habían ido en un coche detrás de él, entró en el edificio intentando pensar cómo iba a justificar su inesperada visita al asombrado equipo.

Bella pasó el día arreglando papeles, hablando con Jacob y mirando el reloj, esperando la hora de ir a buscar a su hijo.

Cuando la pequeña figura apareció en la puerta del colegio, le sorprendió más que nunca el enorme parecido con su padre. Tenía el mismo pelo cobrizo con reflejos negros, los mismos ojos verde-oscuro. Quizá porque había pasado dos semanas con Ed, el parecido le resultaba más notable, pensó, mientras lo apretaba contra su corazón. Lo había echado tanto de menos...

Charlaron sin parar mientras volvían a casa y siguieron charlando mientras hacía un té. Estaba fregando las tazas cuando sonó el timbre.

—¡Voy yo! —dijo Jacob, sonriendo—. Vosotros dos tenéis muchas cosas de qué hablar.

Salió de la cocina, pero volvió enseguida. Y la sonrisa había desaparecido.

—¿Quién...? —Bella no terminó la frase al ver la alta y poderosas figura de Ed en el pasillo.

¿Qué estaba haciendo allí?

—Ed... habíamos quedado en el hotel a las ocho.

—Terminé en la oficina antes de lo que esperaba y decidí darte una sorpresa.

—Pero si no sabías mi dirección...

—El chófer sí —dijo él, mirando al niño. Su fría expresión se convirtió en una de total perplejidad—. Meu Deus... no puede ser.

—¿Qué es lo que no puede ser? Te lo he dicho mil veces —replicó Bella.

—Pero tú sabías que no te creía...

—Deberíamos salir para hablar de esto.

Por un momento, él no respondió. Parecía haber perdido el habla.

—¿Por qué? —preguntó, sin dejar de mirar al niño—. ¿Cómo es posible que descubra esto ahora, después de siete años?

Bella contuvo el aliento. Estaba a punto de abrazar a su hijo para que no se asustara. Pero el niño no parecía asustado. Todo lo contrario, parecía fascinado.

—Te pareces a mí.

Ed respiró profundamente.

—Sí.

Bella cerró los ojos, preguntándose por qué su hijo no había nacido con el pelo castaño-rojizo como ella. Pero no era así. El parecido entre Ed y Río era tan grande que no podía tener duda alguna.

Por primera vez desde que conoció a Ed Cullen todas las emociones estaban impresas en su rostro y la visión de un hombre tan particular revelándose completamente la apenó.

Bella contuvo el aliento, rezando para que no dijera nada que pudiese herir a su hijo.

No lo hizo.

En lugar de eso, se puso en cuclillas para mirarlo a los ojos.

—Me llamo Ed.

—Pareces enfadado. ¿Por qué estás enfadado?

—No estoy enfadado. Es que... no esperaba conocerte.

—Yo me llamo Río.

Ed cerró los ojos un momento.

—Es un nombre muy original.

—Me llamo así por una ciudad, ¿verdad, mamá? —dijo el niño, señalando un corcho que había en la pared con fotografías y dibujos—. Mira, es ésta. Ésa es la montaña de Corcovado... y la estatua del Cristo Redento —Río lo pronunciaba perfectamente—. ¿A qué es bonito? Un día voy a ir allí. Pero está muy lejos y no tenemos dinero todavía. Estamos ahorrando.

Ed se quedó en silencio, mirando a Bella con una expresión que heló la sangre en sus venas.

Ella no se movió, paralizada, asustada de esa furia. Nunca lo había visto así.

—Ed...

—Delante del niño no —la interrumpió él, volviéndose hacia Río—. Es una ciudad preciosa —dijo entonces, acariciando su pelo—. Esos dibujos de la pared, ¿lo has hecho tú?

—Sí, voy a ser pintor —contesto el niño—. Ése es mi favorito, mira.

—Ya veo. Es muy bueno —dijo Ed con voz ronca.

Bella tuvo que tragar saliva. Había intentado decirle que estaba embarazada, había intentado hablar con él siete años antes, pero Ed no quiso verla. Dejó bien claro que su relación había terminado, que no quería saber nada de ella. Como habría hecho su padre.

—Puedes quedártelo si quieres —dijo Río.

—Gracias, me gustaría mucho —contestó Ed, con voz ronca.

Cuando el niño quitó la chincheta para darle el dibujo, él se puso en cuclillas de nuevo y empezó a hacerle preguntas y a contestar a las suyas. Bella observaba la escena, incrédula.

¿Cómo podía ser tan bueno con los niños?

Debería sentirse incómodo, raro, hablando con un crío de seis años sobre fútbol, sobre pintura... Pero parecía encantado.

Por fin, Ed miró su Rolex de oro y se incorporó.

—Desgraciadamente, tengo que irme.

—¿Vas a venir otro día? —preguntó Río.

—Sí, desde luego que sí —contestó él—. Vamos a volver a vernos muy pronto.

El corazón de Bella empezó a latir a toda velocidad.

—Ed...

—A las ocho en punto —la interrumpió él—. Mi chófer vendrá a buscarte. Y entonces hablaremos.

Y llegaron a Londres! Yeahh

Ver para creer El Terco de Edward haber si deja de ser tan cabezota

Y apareció Río!

Qué sucederá en la cena?

Nos vemos el Mañana!

Saludos

Frans