Como dije ayer nuevo cap. Hoy!
MUCHAS GRACIAS por los reviews y alertas de suscripción SOY muy feliz cada vez que veo un mensaje de fanfiction!
Sólo quedan dos capítulo y se acaba está hermosa historia :¨¨¨(
Disclaimer: Esta es una adaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión
Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight
Capítulo 9
Bella se detuvo un momento en la puerta de la suite para tranquilizarse. ¿Seguiría tan enfadado como cuando se fue de su casa?
Fuera como fuera, sabía que no iba a ser una reunión fácil. Y no estaba preparada para eso. Durante los últimos siete años se había convencido a sí misma de que si hubiera conseguido hablar con Ed para decirle que estaba embarazada, él habría rechazado la idea de ser padre. Ed Cullen era un hombre que no podía mantener una relación durante más de un mes, ¿cómo iba a ser capaz de comprometerse con un niño para toda la vida?
Pero aquel día, al verlo con Río, se había preguntado lo que llevaba siete años preguntándose: ¿había hecho mal al no insistir en hablar con él?
Desde luego, Ed no había parecido horrorizado ante la idea de que Río fuera su hijo. Sorprendido, sí. Furioso también. Pero no horrorizado, todo lo contrario.
Y ahora tendría que darle una explicación.
Uno de los guardaespaldas la acompañó al salón, pero desapareció de inmediato, dejándola a solas con Ed, que estaba de espaldas a la ventana
Esperándola.
—Hola.
—No quiero hablar de nada hasta que hayamos resuelto el asunto del chantajista. Evidentemente hay alguien amenazando la vida de mi hijo. Quiero esa carta, Bella.
Ella la sacó del bolso.
—No tengo ni idea de quién puede haberla enviado...
—De eso me encargo yo —la interrumpió él, sacando el móvil del bolsillo. Unos segundos después, su jefe de seguridad entraba en la suite.
Hablaron brevemente en portugués y el hombre salió de la habitación con la carta en la mano. Pero antes se detuvo un momento para sonreírle, como intentando tranquilizarla.
—¿No va a preguntarme nada?
—Eso es cosa suya. Jasper es el mejor en su trabajo y si tiene que hacerte alguna pregunta, lo hará. Por el momento, Río tendrá una persona de seguridad a su lado las veinticuatro horas del día.
—¿Crees que está en peligro? —preguntó ella, asustada.
—Es mi hijo y eso es suficiente para que esté en peligro. Estará bajo vigilancia hasta que pueda llevármelo a Brasil.
Aquélla fue la gota que colmó el vaso. ¿Llevarse a su hijo? Bella no lo permitiría nunca.
—¡No vas a llevarte a mi hijo a Brasil! Sé que estás enfadado, pero...
—Nuestro hijo, Bella. Estamos hablando de nuestro hijo.
—Eso es lo que intenté decirte cuando me quedé embarazada. Y hace dos semanas volví a intentarlo otra vez, pero tú no me creíste —replicó ella.
—Estoy esperando una explicación, pero no sé por qué. Francamente, no entiendo qué explicación podría haber para que me hayas ocultado a mi hijo durante siete años.
—Intenté hablar contigo cuando cortamos, pero no quisiste recibirme siquiera. Y volví a contártelo en tu despacho hace dos semanas...
—Porque necesitabas dinero.
—¿Y no te dije para qué necesitaba el dinero?
—De no haber sido por esa carta, nunca habría sabido que tenía un hijo —respondió él—. No puedo creer que me hayas ocultado algo así.
—Y yo no tengo por qué darte explicaciones. Fui a verte cuando descubrí que estaba embarazada y tú no quisiste saber nada de mí —repicó Bella, furiosa.
—¿Y esto qué es, un castigo? ¿Como di por terminada nuestra relación, tú decidiste esconderme a mi hijo?
—¿Cuántas veces tengo que decir que fui a verte a tu oficina para contártelo? Te acostaste conmigo tranquilamente, pero no te interesaba saber que estaba embarazada. Ahora que lo has conocido, ahora que es un niño de carne y hueso... ahora te interesa, ¿no? Pero entonces me quedé sola, no tenía a nadie que me ayudase y tú ni siquiera te ponías al teléfono.
Ed apartó la mirada.
—No sabía que estuvieras embarazada. Además recuerdo muy bien que usé preservativo...
—¿Y por eso ya no tienes ninguna responsabilidad? Pues siento decirte que los preservativos no son infalibles. Descubrí que estaba embarazada un día después de irme de tu casa.
—¿Seguías en Río de Janeiro cuando descubriste que estabas embarazada?
—Sí. Por eso te llamé a la oficina. No sé cuántas veces te llamé, pero tú no estabas nunca, nunca me devolviste los mensajes. Estabas muy ocupado saliendo de fiesta con otras mujeres.
—Podrías habérmelo dicho por escrito... era tu responsabilidad hacérmelo saber.
—Y era tu responsabilidad hablar conmigo para ver qué me pasaba, por qué te llamaba insistentemente, ¿no te parece? —replicó ella—. Pero era imposible localizarte. ¡Es más fácil conseguir una audiencia con la reina que hablar contigo!
—No digas tonterías.
—No estoy diciendo tonterías. Eres totalmente inaccesible para el público y tú deberías saberlo porque eres tú quien ha decidido que sea así.
—Pero tú no eras cualquiera. Teníamos una relación...
—Y una vez que la relación terminó no pude hablar contigo, como le pasa a todo el mundo. Incluso fui a la oficina, pero no pude pasar de la recepción.
—Evidentemente, no lo intentaste de verdad.
Bella levantó una ceja.
—¿Perdona? Te llamé por teléfono, fui a verte a la oficina... ¿qué más podía hacer? Tu respuesta cuando supiste que estaba en la oficina fue enviarme al chófer para que me llevase al aeropuerto. Creo que eso lo deja todo claro, ¿no?
Él se quedó callado un momento.
—Pensé que querías hablar de... nosotros.
—No, quería decirte que estaba embarazada. Pero tú no dejaste que me acercase, de modo que volví a Londres, compré un apartamento con tu dinero y me dediqué a cuidar de mi hijo yo sola. ¡Sola! —exclamó Bella, sacando un montón de papeles del bolso—. Aquí están todos los recibos. Todo el dinero que me gasté para poder sacar a Río adelante.
Bella miró los papeles, más pálido de lo que lo había visto nunca.
—Yo no sabía que estuvieras embarazada.
—Porque no me diste oportunidad de decírtelo. Habías decidido cortar conmigo y no querías volver a verme ni en pintura.
Él empezó a pasear por la habitación.
—Yo no habría abandonado a mi hijo...
—Pero el niño tiene una madre y eso es más complicado, ¿no? ¿Habrías abandonado tu estilo de vida para criar al niño?
Ed se pasó una mano por el pelo.
—No sé lo que habría hecho, pero enterarme así... Esto no es nada fácil para mí.
—¿Y crees que lo ha sido para mí? ¿Cómo crees que lo pasé yo al descubrir que estaba embarazada a los dieciocho años, sin nadie que me ayudase, sin nadie que estuviera a mi lado? No tenía trabajo, no tenía casa, no tenía nada. ¡Eso sí que es difícil Ed!
—Pero tu familia...
—No tengo relación con mi familia —lo interrumpió ella—. Mis padres no aceptaron que fuese modelo y mucho menos que apareciese en Londres embarazada. No me ayudaron en absoluto.
—Deberían haberlo hecho.
—Quizá, pero uno no consigue siempre lo que quiere. Lo único que tenía eran tus tarjetas de crédito y tuve que usarlas para que Río tuviese un hogar. No quería hacerlo, pero no tenía alternativa. Así que no me hables de dificultades, querido, porque yo sí sé lo que es pasarlo mal. Tú no tienes ni idea —Bella tomó su bolso y se dio la vuelta.
—No vas a marcharte de aquí.
—¿Ah, no? Esta conversación no va a ningún sitio y yo estoy agotada.
—Pues entonces vamos a sentarnos —dijo él, señalando el sofá—. Tenemos muchas cosas que hablar.
—No estamos hablando, estamos discutiendo. Y estoy harta de tus acusaciones, así que me voy a casa. Cuando te hayas calmado, hablaremos.
—He pedido la cena...
—Prefiero cenar en mi casa, con mi hijo —respondió Bella—. Y si tienes hambre ahora mismo, es que eres más insensible de lo que había pensado.
Después de pasar la noche en vela recordando su conversación con Ed, Bella estaba tomando un café en la mesa de la cocina cuando sonó el timbre.
Era Ed y, a juzgar por las ojeras, tampoco él había pegado ojo.
—Buenos días. ¿Puedo entrar?
—¿Para qué? ¿Para seguir haciendo recriminaciones?
—No, nada de recriminaciones. Pero admitirás que tenemos que hablar.
—No estoy tan segura.
—¡Meu Deus, estoy haciendo lo que puedo, Bella!
—En este asunto lo importante no somos ni tú ni yo. No quiero que Río se lleve un disgusto y no confío en ti.
—¿Por qué no? Admito que anoche estaba enfadado, pero se me ha pasado, estoy bien. Además no querría darle un disgusto al niño por nada del mundo. ¿Ayer pareció disgustado al verme?
—No, pero es que no sabía quién eras. Y no es sólo tu mal carácter, Ed. Quieres cambiarle la vida y no estoy dispuesta a permitirlo.
Él apretó los dientes.
—No tengo intención de hacerle daño a nadie.
—¿No dijiste anoche que pensabas llevarte al niño a Brasil?
—¿Qué esperabas que dijera? Descubro que tengo un hijo y que está siendo amenazado por un delincuente...
—Si no recuerdo mal, te expliqué esa situación hace dos semanas en tu despacho.
Ed se pasó una mano por el pelo, frustrado.
—He venido aquí para hablar del futuro de Río. Y si no me dejas pasar, esta conversación va a salir mañana en todos los periódicos.
Bella dio un paso atrás.
—Muy bien, entra.
Él miró alrededor.
—Es un apartamento muy agradable. Tienes buen gusto.
Como todo el apartamento cabría en el salón de su villa, Bella entendió el halago como un intento de conciliación.
—Gracias.
—Su valor debe haber aumentado desde que lo compraste.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Es que sólo piensas en el dinero?
—No, a veces pienso en el sexo. Pero sé que ahora tengo que pensar en mi hijo. ¿Jacob vive contigo?
—No, es un amigo.
—Tengo la impresión de que a tu amigo Jacob no le gustan mucho las mujeres. Afortunadamente.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que así me ahorro tener que darle un puñetazo.
Bella levantó los ojos al cielo.
—Tú y yo no estamos juntos, así que una demostración de celos sería completamente ridícula. Además, podría haber salido con otros hombres.
—¿Es así?
—No, la verdad es que no. Tengo un hijo y no es nada fácil trabajar, cuidar de un niño y tener una vida social —suspiró ella—. Además, mi experiencia contigo fue suficiente para que aborreciese a los hombres.
—¿Ah, sí? Pues creo recordar que no me aborrecías en absoluto durante estas dos semanas.
—Eso es diferente.
—No lo creo. Lo que creo que estás diciendo, meu amorzinho, es que no has encontrado a un hombre que te diera tanto placer como yo.
Bella lo miró, atónita por su arrogancia. Aunque tenía razón. Ningún hombre podía compararse con él.
—Tienes un ego increíble.
—Sólo estoy diciendo la verdad. Y creo que ha llegado el momento de que seamos sinceros el uno con el otro. Es esencial si queremos que nuestro matrimonio funcione.
Si Bella hubiera tenido en la mano la taza de café se le habría caído al suelo.
—¿Nuestro matrimonio? ¿Qué matrimonio?
—Es lo más sensato —contestó él—. Tenemos un hijo y lo más lógico es compartir nuestra vida.
—¿Qué?
—Yo creo que las dos últimas semanas han demostrado que tenemos muchas cosas en común.
—¡Estás hablando de sexo otra vez! Un matrimonio no puede estar basado en el sexo.
—Pero tenemos un hijo. Y ésa es base más que suficiente para un matrimonio.
—No sabes lo que dices.
—¿Por qué no?
—Porque no... ni siquiera me estás proponiendo matrimonio. Sencillamente, llegas aquí y dices que vamos a casarnos.
—Yo nunca le he propuesto matrimonio a una mujer...
—Pues necesitas practicar —lo interrumpió Bella—. Quizá en el cuarto o quinto intento lo hagas bien.
Ed tomó su mano.
—Escúchame. ¿Tú sabes cuántas mujeres han querido oír esas palabras?
—¿Qué palabras? ¿Tenemos un hijo y lo más sensato es que nos casemos? Eso no estaba en ninguno de los cuentos que yo leía de pequeña.
—Deja de hacer chistes...
—¿Me estoy riendo? Créeme, Ed. Nunca he tenido menos ganas de reírme. Lo que acabas de decir es un insulto.
—Meu Deus, ¿cómo que te he insultado? Estoy pidiéndote que te cases conmigo.
—¿Y por qué iba a casarme contigo? ¿Porque es un honor?
—Porque es lo mejor para el niño —contestó él—. Y porque eso es lo que las mujeres quieren de los hombres.
—¿Tú crees? Pues esta mujer no quiere eso. No se me ocurre nada peor que casarme contigo.
—No piensas con claridad...
—¿Y tú sí? Casarme contigo sería una pesadilla. No podría salir de casa porque eres obsesivamente posesivo, no saldríamos juntos a la calle porque tu idea de pasar una noche conmigo consiste en llevarme a la cama. ¡Seguramente ni siquiera querrías que me vistiera!
Él respiró profundamente.
—Te estás poniendo emocional.
—¡Pues claro que me pongo emocional! ¿Tú has oído hablar del amor, del afecto? Yo crecí con un hombre como tú. Mi padre se acostaba con todas las mujeres que se cruzaban en su camino. Mi casa estaba llena de mujeres que iban y venían... Y créeme, yo no pienso hacerle eso a mi hijo.
—Yo no me comportaría así —replicó Ed—. Es cierto que no hay amor entre nosotros, pero un matrimonio puede basarse en otras cosas.
—¿En qué, en el sexo? Para que un matrimonio funcione, dos personas deben ser capaces de soportarse. Deben ser capaces de estar juntas, preferiblemente vestidas.
—Entonces, si pasamos algún tiempo juntos, ¿dirás que sí? ¿Eso son los términos?
¿Términos?
—Hablas como si esto fuera un contrato.
Ed se encogió de hombros.
—Y en cierto modo lo es. Los dos tenemos algo que el otro quiere.
—Tú no tienes nada que yo quiera.
—¿No quieres que Río tenga un padre?
Bella se mordió los labios.
—Sí, pero...
—Si encontramos una forma amistosa de vivir juntos, ¿no crees que sería lo mejor para él?
—Sí, pero...
—Entonces, dime cuáles son tus términos.
—No es tan sencillo.
—Yo creo que sí. Dime lo que quieres y te lo daré.
Amor. Quería amor. Quería que Ed. Cullen la quisiera.
Y esa idea casi la hizo reír.
—Si te digo lo que quiero, dirás que sí y nos casaremos, ¿es eso?
—Eso es —sonrió Ed, seguro de sí mismo.
—Y luego volverás a hacer lo que te dé la gana.
—Yo quiero que este matrimonio funcione.
—Pero no sabes lo que es el compromiso, ¿no? ¿Cuánto ha durado tu relación más larga, dos meses?
—Nunca había habido un niño de por medio...
—No, pero de dos meses a una vida entera va un abismo —lo interrumpió Bella.
—Haré lo que tenga que hacer para que esto funcione.
—¿De verdad? ¿Lo que tengas que hacer?
—Lo que haga falta.
¿Qué tenía que perder?
—Muy bien —Bella se cruzó de brazos—. Durante el próximo mes, no nos acostaremos juntos. Vas a llevarme a cenar, vamos a ir con Río al parque, al zoo, al cine, vas a hacer los deberes con él, a llevarlo a las prácticas de fútbol... Vamos a comportarnos como una familia normal. Y cada día me traerás a casa a las diez y te irás al hotel. Si veo una fotografía tuya con otra mujer en alguna revista, el trato se rompe.
—¿No podemos acostarnos juntos? —preguntó Ed.
Era difícil no soltar una carcajada ante aquel tono de incredulidad. Aparentemente, eso era lo único que le importaba.
—No. Así descubriremos si somos capaces de soportarnos. Si podemos hacerlo, me casaré contigo.
Bella sonrió plácidamente, convencida de que Ed iba a rechazar el trato.
—Muy bien.
—¿Eh?
—He dicho que muy bien, de acuerdo. Acepto tus términos.
—¿En serio?
—Sí.
Ella lo miró, incrédula. Pero no sería capaz de hacerlo. Privado del sexo y forzado a hablar con ella todos los días, pronto acabaría por cansarse. La novedad de tener un hijo lo aburriría en cuanto tuviese que hacer los deberes con él dos días seguidos.
—Muy bien. Trato hecho.
Ed salió del apartamento preguntándose si había perdido la cabeza. Y sin fijarse en su coche, que lo esperaba en la puerta.
Acababa de aceptar no acostarse durante un mes con una mujer que, para él, era puro sexo. Una mujer que lo volvía loco.
¿Qué hombre normal habría aceptado esos términos?
Aunque le sorprendía hasta dónde había llegado para convencer a Bella de que se casara con él. Pero se casaría con él, naturalmente. Porque pensaba hacer lo que había dicho.
No podía ser tan difícil. ¿Charlar? Ningún problema. ¿Llevar al niño al fútbol? Estupendo. No acostarse con Bella... eso no sería tan sencillo. Pero si permanecían vestidos todo el tiempo y se daba varias duchas frías al día, podría hacerlo.
De modo que había conseguido lo que quería.
Un mes, sólo un mes, se recordó a sí mismo mientras cruzaba la calle sin fijarse en los coches.
Y luego sería un padre para su hijo.
Porque para eso servía el matrimonio.
¿Qué otra razón podía haber para casarse?
Un mes podrán resistir juntos sin una cama de por medio
jajajaja
Nos vemos el Sábado!
Saludos
Frans
