ÚLTIMO CAPÍTULO DE ESTA HERMOSA HISTORIA
=D
MUCHAS GRACIAS A TODAS LAS PERSONAS QUE SIGUIERON
ESTA HERMOSA HISTORIA!
GRACIAS POR
CADA REVIEWS, FAVORITOS Y SUSCRIPCIÓN!
MI CELU Y YO FUIMOS MUY FELICES!
DE TODO 3
Disclaimer:
Esta es unaadaptación de una gran autora Sarah Morgan y su libro Hijo de la Pasión
Utilizando los personajes de Stephenie Meyer y su saga de Twilight
Capítulo 11
Bella pasó el resto de la tarde jugando con Río, en el hotel. A pesar de la presencia del equipo de seguridad, no se apartó de su lado. Aunque Ed había dicho que el delincuente estaba localizado, no se fiaba.
Pero las horas pasaban y él no había vuelto. Y Bella descubrió que su ansiedad no era sólo por el niño.
¿Y si le había pasado algo?
Por fin, cuando Río estaba en la cama, Ed entró en la suite y Bella se dejó caer en el sofá, aliviada.
—¿Dónde te habías metido?
—¿Estabas preocupada? Río está a salvo.
—Sí, bueno, pensé que podría haberte pasado algo —le confesó ella. Y después estuvo a punto de morderse la lengua.
Él no quería su amor.
Sólo quería a su hijo. Y, de repente, supo que no podría casarse con él. Porque algún día, tarde o temprano, encontraría otra mujer, una mujer a la que pudiera amar. Y ella no quería ser un obstáculo para su felicidad. Tendrían que llegar a otro tipo de acuerdo.
—Creo que es hora de que empieces a confiar en mí, meu amorzinho —dijo Ed entonces, levantando su barbilla con un dedo—. Me acusas de ser autoritario, pero hay veces que es bueno dejar que otra persona se encargue de todo. Has demostrado que eres capaz de dirigir tu propia vida, pero cuando se trata de chantajistas y secuestradores, es mejor que se lo dejes a otras personas. Deberías aprender a delegar.
—¿Lo han encontrado?
—Por supuesto. Problema resuelto.
—Gracias —suspiró Bella, increíblemente aliviada. No quería saber nada más, sólo que su hijo estaba a salvo—. Gracias, Ed.
—No me des las gracias, todo esto es culpa mía.
—No te entiendo...
—Era un empleado mío. Uno de mis conductores James —contestó Ed—. Fue despedido y, como venganza, quiso sacarte el dinero a ti aprovechando que Río es mi hijo.
—¿Y cómo sabía él que Río era hijo tuyo?
—Era mi chófer hace siete años. Supongo que oyó algo y se aprovechó.
—Pero yo nunca... Ay, Dios mío, la última vez que fui a verte tú enviaste un coche para llevarme al aeropuerto. Estaba tan disgustada que llamé a Jacob para contárselo y...
—Creo que ahí está la respuesta.
—Qué horror...
—Pero lo peor de todo es que yo no te creí cuando me contaste que teníamos un hijo —suspiró Ed—. El día que fuiste a mi despacho a pedir cinco millones de dólares debería haberte creído. Pero la verdad es que, cuando estoy contigo, no soy capaz de pensar con claridad. Quise creer que eras una buscavidas...
—¿Por qué? ¿Por qué querías pensar eso de mí?
Ed se sentó a su lado en el sofá.
—Hace siete años tuve que pensar eso para no salir corriendo detrás de ti —le confesó—. Pero debería haber sabido que tú no eras así. Debería haber creído en ti y no lo hice. Al contrario que otras mujeres que he conocido, tú sólo estabas interesada en mí, no en mi dinero.
—Ya, pero comprendo que estuvieras enfadado conmigo por haber usado las tarjetas de crédito. No pude darte una explicación y...
—No quiero que sigamos hablando de eso, Bella —la interrumpió él, apretando su mano.
—Pero, ¿por qué quisiste llevarme a la isla? Entonces pensabas que era una buscavidas... Además, te habías cansado de mí hace siete años.
—En realidad, no fue así.
—¿Cómo que no? Estabas cansado de mí, por eso te fuiste con otra mujer.
—No creo que pueda cansarme nunca de ti, Bella. Por eso quise que te fueras.
—No te entiendo.
—Eras muy posesiva y sabía que si veías una fotografía mía con otra mujer sería el final.
—¿Quieres decir que estaba todo preparado?
—Me temo que sí.
—Pero... ¿tú sabes cuánto me dolió?
—Sí, y lo siento: Pero tenía que hacerlo. Sin embargo, quiero que sepas que nunca toqué a otra mujer mientras estábamos juntos.
Bella lo miró, perpleja.
—No te gustaba que fuera posesiva, que te quisiera... Porque no sentías lo mismo que yo.
—Te equivocas. Sentía exactamente lo mismo que tú y eso me daba pánico.
¿Ed asustado?
—¿Tú sentías lo mismo?
—Sí.
El corazón de Bella empezó a latir con fuerza.
—Pero yo estaba enamorada de ti.
—Lo sé.
—Me acusaste de estar actuando...
—Algunos hombres dirían cualquier cosa para no aceptar que están enganchados a una mujer —Ed se pasó una mano por la cara, incómodo con la admisión—. Supongo que yo soy uno de ellos. No sabía cómo manejar la situación. Por primera vez en mi vida, me encontré... perdido, sin saber qué hacer.
—¿Estás diciendo que sentías lo mismo que yo?
—¿Por qué crees que me negué a hablar contigo? Siempre me he considerado un hombre disciplinado, pero cuando te conocí... En realidad, fue un alivio que te gastaras ese dinero porque así podía ponerte un cartelito. Así fue más fácil echarte de mi lado.
—No te entiendo. Si me querías, ¿por qué me alejaste de tu lado?
—Porque no quería estar enamorado. He vivido toda mi vida sin lazos sentimentales y me iba bien hasta que apareciste tú. Siempre elegía un cierto tipo de mujer... fría, fuerte, sofisticada, sólo interesada en mi dinero. Supongo que era una garantía. Sabía que no podría enamorarme de una mujer así, pero contigo cometí un error. Un gran error.
—¿Qué hay de malo en estar enamorado si es algo mutuo? Yo te adoraba.
Ed se quedó callado un momento y luego se levantó para acercarse a la ventana, quedando de espaldas a ella, como si no pudiera mirarla a la cara.
—Mi padre quiso tanto a mi madre que cuando murió su vida se destruyó por completo. Y yo tuve que ver a un hombre fuerte convertirse en un ser enfermizo, débil. Ya no quería vivir y perdió el interés por todo, incluso por mí. Yo tenía trece años entonces. Perdió su negocio, perdimos la casa... y al final murió.
Bella no dijo nada. Hubiera querido consolarlo, abrazarlo, pero intuyó que era mejor esperar.
—¿Cómo murió? —preguntó después.
—Creo que ya no le importaba vivir. Tiró la toalla, sencillamente.
—Y tú juraste que eso nunca te pasaría a ti.
—Así es —Ed se volvió—. Nunca había sentido nada parecido por una mujer hasta que apareciste tú. Y lo que sentía por ti era tan fuerte que me negué a reconocerlo.
—Ojalá me hubieses hablado entonces de tu infancia...
—No quería hablar, sólo quería salir corriendo. Había jurado que eso no me pasaría nunca, que nunca sería tan vulnerable como mi padre. Lo perdimos todo de un día para otro y Carmen me acogió en su casa. Fue como una madre para mí.
—Sigo pensando que deberías habérmelo contado.
—No te conté nada, meu amorzinho. Así creía estar a salvo.
—Entonces, cuando fui a tu oficina hace seis semanas...
—No pude resistir la tentación de estar contigo una vez más —le confesó Ed—. Me convencí a mí mismo de que dos semanas serían suficiente para cansarme de ti. Y luego me convencí de que necesitaba un poco más de tiempo para olvidarte del todo. No se me da bien estar contigo, meu amorzinho.
Bella lo miró, sorprendida.
—No sabía nada.
—Pero vine contigo a Inglaterra. Eso debió hacerte sospechar.
—Pensé que sólo era por el sexo...
—No, no era sólo eso. Nunca ha sido sólo eso. Y si no me crees puedes hablar con el consejo de administración, que está preguntándose ahora mismo cuándo voy a volver al trabajo. Llevo tanto tiempo fuera de la oficina que están muertos de miedo. Deben creer que he perdido la cabeza.
Bella se mordió los labios.
—¿Y ahora, Ed? ¿Estás curado?
—¿De verdad tienes que preguntarme eso? Durante el último mes no he pensado más que en ti y en lo que tú esperabas de una relación. He hablado hasta que me dolía la garganta, te lo he contado todo. Durante un mes ni siquiera te he dado un beso en los labios. He hecho por ti lo que no he hecho por ninguna otra mujer. ¿Y aún tienes que preguntarme si te quiero?
De repente, Bella sólo quería sonreír y sonreír.
—Pensé que sólo querías casarte conmigo por Río.
—Quiero casarme contigo porque te quiero y porque no puedo vivir sin ti —le confesó Ed, abrazándola—. Si fuera un hombre decente diría que te quiero demasiado como para casarme, a menos que tú también me quieras a mí... pero como tú misma has dicho muchas veces, soy despiadado. Así que voy a insistir hasta que me digas que sí.
—¿Otra vez intentando controlarlo todo? —rió ella—. Pues las esposas siguen en mi bolso. Quizá debería usarlas otra vez. No es bueno que siempre te salgas con la tuya.
—Si te consuela, he sufrido mucho por haberte tratado como lo hice. Me tortura pensar lo sola que debiste sentirte entonces... No sé cómo lograste salir adelante, Bella.
—Bueno, tus tarjetas de crédito ayudaron un poco —sonrió ella.
—Y guardaste los recibos de todo. ¿Sabes lo que sentí cuando me los enseñaste? Saber que lo habías guardado todo para darme una explicación...
—La verdad es que, en el fondo, me sentía culpable por gastarme tu dinero. Pero estaba tan dolida contigo y tan asustada...
—No sabes cómo lo siento —dijo él, levantando su cara con un dedo—. Pero tienes que ayudarme, Bella. No sabía que pedirle a una mujer que se case conmigo pudiera ser tan traumático. Es normal que haya intentado evitar los compromisos.
—No sabía que estuvieras pidiéndome nada.
—Estoy intentando hacerlo, bruja. Pero ya sabes que no se me da bien pedir.
—Ni hablar, ni comprometerte...
—No me tortures más, por favor. ¿Aún tengo que pasar más pruebas antes de que me digas que sí para siempre?
Para siempre.
¿Por qué dos sencillas palabras sonaban tan bien?
—Creo que has pasado la prueba —susurró Bella, echándole los brazos al cuello—. Y la respuesta es sí.
—¿Crees que podrías volver a quererme?
—Nunca he dejado de quererte, Ed. Nunca he encontrado a nadie como tú... de hecho, no he querido buscarlo siquiera.
—¿De verdad? ¿Sigues queriéndome? —preguntó él, atónito.
—Sí. Aunque me preocupa lo que esa confesión puede hacerle a tu inflado ego.
—Entonces, ¿si te pongo un anillo en el dedo podemos hacer el amor? Porque, francamente, lo de la abstinencia no se me da nada bien.
—A mí tampoco —le confesó ella—. Y no hay por qué esperar al anillo.
—Vas a ponerte el anillo —dijo Ed, con su típico tono autoritario—. El anillo es un símbolo. Dice «no tocar, es mía» a cualquier hombre que pudiera estar interesado.
—¿Otra vez poniéndote posesivo? —rió Bella. Y luego se quedó helada cuando él sacó una cajita que contenía un anillo de diamantes—. ¡Es fabuloso!
—Vale una fortuna, aunque ya sé que a ti eso te da igual. Lo compré en París cuando decidí que no iba a aceptar un no por respuesta —sonrió Ed, poniéndoselo en el dedo.
—¿Y si hubiera dicho que no?
—No entiendo la palabra «no», ya lo sabes. Tengo una educación muy limitada.
—En ese caso, será mejor que diga «sí». Pero tienes que prometer no ser tan autoritario o tendré que ponerte las esposas otra vez.
En los ojos de Ed Cullen apareció un brillo que ella conocía bien.
—En ese caso, meu amorzinho, debo advertirte que pienso ponerme en plan autoritario ahora mismo.
Bella se pasó la lengua por el labio inferior.
—Entonces, quizá deberíamos terminar esta conversación en el dormitorio.
Riendo, Ed la tomó en brazos.
—El concepto de conversación empieza a parecerme más interesante por segundos.
Y luego, sin decir nada más, entró en el dormitorio y cerró la puerta con el pie.
FIN
=)
MUCHAS GRACIAS DE NUEVO =D
POR HABER SEGUIDO ESTA HISTORIA DE
SARAH MORGAN
SALUDOS A TODOS/AS
Frans
28 DE AGOSTO DE 2012
