CAPÍTULO 2

Hikaru se miró al espejo, como si intentase adivinar algo en su rostro que había estado oculto hasta ahora. Su pelo, rubio platino, estaba desordenado, así que intentó peinarlo, sin éxito. Sus ojos azul claro y su sonrisa traviesa eran su mejor fuerte, y por eso tenía tanto éxito entre las chicas. Aspiró una gran cantidad de aire. Mucha gente en el pueblo le veía como un calco de su padre, y le sonreían al pasar, como si ya se esperase de él muchas proezas.

Hace poco se enteró de que su padre había estado a punto de no graduarse en la Academia. Le pareció toda una blasfemia, una mentira construida por la envidia. Pero descubrió que era cierto. Y sin embargo, semejante palurdo había conseguido lo que ninguna otra persona había conseguido en la historia: Establecer la paz, duradera, eficaz, satisfactoria. Muchas historias, habladurías e incluso leyendas se habían hecho en nombre de su padre. La gente, eufórica, besaba el suelo que pisaba. Hikaru apretó los puños. Esa era la visión que tenía la gente de su padre, pero quién realmente sabía de primera mano cómo era él, era su propio hijo, su propia familia, que tenía que soportar las largas ausencias de su padre debido a su trabajo.

Hikaru vio que Meiko se acercaba por detrás.

-Papá ha venido. –Le dijo a Hikaru. Éste, imperturbable, la miró con indiferencia, dándose la vuelta para mirarla directamente.

Meiko arqueó las cejas, algo mosqueada por la actitud tan silenciosa que presentaba Hikaru. Hikaru la observó con detenimiento. Si él era igual que su padre, Meiko era igual que su madre. Sus ojos blanco azulados, su larga melena oscura recogida en una trenza, su sonrisa pícara y su porte autoritario. Era increíble que fuesen mellizos, pues no se parecían ni física ni mentalmente.

-Bueno, señor de piedra, yo voy a bajar. –Comentó Meiko, sin sorprenderse demasiado de encontrar a Hikaru con aquel estado de ánimo.

Hikaru dejó de pensar en aquello, y decidió seguir a su hermana. Bajando las escaleras que daban al recibidor, allí se encontraba él. Alto, fuerte, seguro de sí mismo. Sus ojos azules se abrieron al máximo al ver a Hikaru. Meiko, que ya le había visto antes, le cogió su capa para colgársela en un perchero en la entrada.

-Hikaru… ¿Qué tal?

-Hola, papá. –Respondió el aludido, con una frialdad apoteósica. –Tres meses. Hace tres meses que no sabemos nada de ti, ¿y me preguntas a ver qué tal?

-Estaba en una misión especial…

-Sí, sí. Todo lo relacionado contigo es especial. –Dijo Hikaru con el ceño fruncido.

Su madre lo miró furibunda.

-Hikaru, ¿Se puede saber qué te pasa? No se puede ir así por la vida. ¿Acaso no ves la gran labor que hace tu padre? –Dijo su madre, tensa.

-Me gustaría de vez en cuando que también fuera un padre y no un "gran trabajador"

-Basta. –Dijo ella, entornando los ojos. –A tu cuarto. Ya. Estás castigado.

Hikaru soltó un resoplido despectivo.

-Menuda novedad. –Hikaru se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras.

-Hikaru. –La voz grave de su padre lo detuvo. Hikaru se dio la vuelta. –Yo nunca he tenido un padre ni una madre, nadie que me cuidara y me diera cobijo. –Hizo una breve pausa.- Me gustaría que reflexionaras sobre esto.

Con la boca seca, no pudo aguantar la intensa mirada de su padre. Asintiendo, subió las escaleras y se encerró en su habitación.

-Ese carácter rebelde lo ha heredado de ti. –Comentó Hinata, sonriendo ampliamente.

-Te he echado de menos, Hinata. –Y se fundió en un gran abrazo, que vino acompañado por un largo beso.

Para entonces, Meiko ya había huido, pues verles a sus padres tonteando de aquella manera la ponía enferma.

-¡Jiraiya! ¡Mi salvación! –Dijo Meiko al encontrarse con su hermano pequeño, que, con una onza de chocolate en la boca, miraba con cierto secretismo a Meiko. Jiraiya le indicó, con un dedo en los labios, que guardara silencio.

-¿Quieres un poco de chocolate? –Preguntó en susurros Jiraiya, mostrándole una tableta de chocolate.

-Por supuesto. –Dijo ella, cogiendo un trozo. – ¿Mamá sabe que has comido…?

-No. –Jiraiya le tapó la boca para que no siguiese hablando. –Vienen.

Jiraiya escondió el chocolate en un cajón de la cocina, y le hizo señas a Meiko para que se fuera disimulando. Naruto hizo acto de presencia, y al ver a Jiraiya, empezó a exclamar, poseído por la emoción.

-¡El pequeño Jiraiya ya se hace mayor! ¡Mírate! ¡Si estás hecho todo un hombre!

-Lo sé. –Dijo él, convencido y con una sonrisa de autosuficiencia. –He aprendido una nueva técnica.

-¿En serio? Muéstramela.

Jiraiya puso cara de concentración:

-¡Sexy no jutsu!