Disclaimer: Hetalia no me pertenece
ADVERTENCIA: este fic contiene lemon bastante explícito.
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El primer encuentro
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Esa mañana se levantó al amanecer cómo de costumbre y se preparó para correr sus cinco kilómetros habituales antes de pararse en un pequeño local llamado Antares para tomar su late y comerse un desayuno a la americana con rosquillas, wafles y jugo de naranja. Una vez hecho esto, regresaba a su casa y se vestía con su traje habitual llevándose un bolso deportivo donde guardaba la ropa que usaría para entrena la mayor parte del día.
Justo en eso estaba, masacrando sin piedad un pobre saco de boxeo, cuando un hombre similar a él se le acercó con un rostro serio.
—Agente Jones—dijo captando la atención del susodicho—preséntese con el capitán Walker en este instante—
Él tomó su toalla y se secó el sudor justo antes de hablar
—Si, ya voy, pero no tienes que usar ese tono tan serio e impersonal conmigo— le dice tomando un poco de agua del culler antes de proseguir—y no me gusta que me digan así, lo sabes mejor que nadie—dijo imprimiendo una falsa seriedad y molestia antes de sonreír enormemente
El otro negó con la cabeza mientras reía bajito—eres incorregible—dijo sonriendo a lo que ambos se echaron a reír
En medio de las carcajadas las manos del agente Jones tomaron su bolso de gimnasia y lo pusieron al hombro antes de que este de alejarse del hombre con traje que le miraba divertido. Ya en la salida se detiene y voltea par gritar de forma estruendosa
— ¡Eh, Matty! Recuerda que nos vemos en Astro esta noche, no te dejaré pasar nuestro cumpleaños viendo películas romanticonas en tu casa— se burló antes de proseguir
Luego de aquel breve encuentro con su gemelo, Jones se asea y se viste de traje antes de ir a ver a su superior. Al llegar tocó la puerta.
—Adelante— se escuchó una gruesa voz proveniente del dueño del despacho antes de que el agente ingresara
—Señor— dijo a manera de saludo al entrar
El hombre tras el escritorio bajó el folio rojo dejando al descubierto un rostro rígido y serio de tez morena que era surcado por una gran cicatriz del lado izquierdo. El hombre escrutó al agente con sus ojos pardos, de los cuales uno era de vidrio, antes de dejar la capeta ruidosamente sobre el escritorio provocando que la placa que rezaba "Capitán Ian Walker" se tambaleara peligrosamente. Finalmente el gran hombre para su escrutinio para hablar al fin
—Agente Alfred Jones, supongo— dice sin esperar una respuesta que no recibe— excelente en combate cuerpo a cuerpo y, además, el mejor agente en cubierto del país— comenzó a recitar lo que leyó en el informe referente a Jones—tenemos una misión especial para usted que es de suma importancia nacional, tanto su éxito como su anonimato—comenzó a explicar— partirá mañana en le primer vuelo a Londres con el nombre de Alfred Hotchner— fue todo lo que le dijo antes de entregarle un folio verde —puede retirarse
Alfred se levantó y salió tomando sus cosas para llegar lo antes posible a su casa. Una vez en esta, tiró el bolso en el sofá y se sentó junto a este para comenzar a hojear la información clasificada que se encontraba en sus manos. Su cuerpo temblaba de la emoción anticipada de la adrenalina que prometía aquella misión, emoción que fue bajando paulatinamente al leer ciertos detalles hasta convertirse en un puchero.
Al leer la última página del informe se levanta dispuesto a empacar sin quitar el puchero de su rostro y saca la maleta protestando en voz alta
—una oficina, no pudieron encontrar un trabajo más emocionante como, no se, vendedor colchones—seguía refunfuñando mientras metía los trajes con toda la delicadeza posible -embutiéndolos- seguido de las asfixiantes corbatas que tanto detestaba—y encima voy a tener que cancelarle a Mathy porque tengo que ir al aeropuerto a las cinco ya que se les ocurrió la brillante idea de comprar el boleto para las siete de la mañana— y así continuó hasta dejar todo listo para su viaje
Una vez terminada esta tarea cogió el teléfono y marco a Mathew
— ¿Alfred, dónde estás? —preguntó una voz al otro lado del teléfono
—lo siento Mathy, tendrás que celebrar sin mi, tengo un viaje de último minuto. Diles a los chicos que lo siento—dijo con voz afligida
—descuida bro. Suerte—y colgó
Alfred miró unos segundos el teléfono antes de dejarlo en la mesa de noche y apaga la luz para luego acostarse en la cama, de lado, mirando la ventana que comenzaba a mostrar los luminosos fuegos artificiales tricolor que alumbraban el vasto cielo.
A la mañana siguiente se levantó a treinta para las cinco, se bañó, vistió y desayunó antes de agarrar sus maletas y montarlas en su modesto Audi azul marino que condujo a través de las desérticas calles de Washington D.C. hasta el aeropuerto llegando justo a tiempo para revisar su boleto, registrar sus maletas y pasar por aduana antes de sentarse a esperar el abordaje; y todo esto en movimientos casi robóticos dando la sensación de que todo pasó sumamente rápido al igual que su viaje de ocho horas a Londres.
Luego de aterrizar, pasar por aduana y recoger su equipaje tomó el taxi que le dejaría frente a un complejo residencial en el centro de Londres, a unas cuadras del Westminister, su nuevo lugar de trabajo.
Durante su viaje pudo apreciar la hermosa y antigua arquitectura de la ciudad, misma que poseía el edificio que sería su hogar durante su larga estancia en aquel país.
Sacó las llaves que traía en un bolsillo y abrió la puerta antes de subir por el ascensor hasta el sexto piso. Introdujo la llave en la cerradura de la puerta que rezaba 6-B y al entrar encontró un departamento ya amueblado con un estilo más moderno en colores neutros, parecía un sobrio y elegante apartamento de solero
—que conveniente…—murmuró por lo bajo antes admirando el lugar a medida que se adentraba en este
En realidad no era muy grande, medía 40m2 a lo máximo y estaba distribuido entre la oficina, la cocina, la sala, el baño y la habitación.
Recorrió el espacio con su mirada dándole el visto bueno antes de arrojar sus maletas sobre la cama queen zise y dirigirse a la cocina dispuesto a revisar la alacena. Torció el gesto al abrir la nevera y encontrarla tal y como esperaba, vacía; mismo estado en el que halló el resto de la modesta pero cómoda cocina. Escuchó su estómago rugir así que se metió nuevamente en el cuarto para ponerse algo más cómodo. Unos vaqueros y una franela estarán bien siempre y cuando lleve su chaqueta encima para protegerse del frío y de la lluvia impredecible.
Salió de su apartamento viendo el reloj de su iPhone y revisando el clima que le decía que alrededor de las cinco de la tarde llovería.
—tengo tiempo se— dijo a si mismo saliendo del edificio y recorriendo las calles en busca de un Mcdonal's para calmar su hambre.
No había recorrido ni dos cuadras cuando el cielo se oscureció aun más, si es posible, y todo el mundo abrió sus sombrillas para protegerse de las primeras gotas de la lluvia que tomaron por sorpresa al americano. Al instante salió corriendo entre la gente buscando un refugio hasta que encontró un pequeño café, no muy lleno pero de ambiente acogedor.
Al entrar, algo mojado cabe decir, la lluvia de volvió inclemente. Los ojos azules recorrieron curiosos el sitio mientras buscaba una mesa para sentarse a comer algo mientras esperaba que pasara la tormenta. En cuanto tomó asiento en un pequeño lugar una chica de mediana estatura se acercó a él. Alfred, al ver el vestuario de ella, supo que era una empleada del local.
— ¿desea ordenar algo? —preguntó amablemente mirándole con sus ojos verdes
—bueno, soy nuevo en la ciudad, así que ¿porqué no me aconsejas tu? —le explicó sonriente haciendo reír a la chica
—entonces la pregunta sería ¿es para almorzar o solo para merendar? —
—Acabo de llegar de un vuelo de ocho horas y no he comido nada, así que si es grande el plato te lo agradecería—
—Muy bien—contestó medio en risillas—enseguida te lo traigo—dijo anotando en la libreta— ¿algo especial para beber? —
—Solo una coca cola please—
—OK, tardará solo unos minutos— le sonrío nuevamente y se dio la vuelta haciendo que su larga y ondulada cabellera castaña se moviera con ella. Definitivamente ese chico le caía bien.
En cuanto ella se fue sacó su teléfono y volvió a revisar el reporte del tiempo. Frunció el ceño.
— ¿Qué acaso en este país no saben dar un reporte del clima? —se quejó en voz alta
—creo que el problema es tu celular, te aseguro que aquí el reporte climático es muy preciso— dijo un hombre que tomaba el té justo en la mesa de al lado, dándole la espalda al americano— No se si te habrás dado cuenta, pero aquí llueve mucho, así que se trata de que el margen de error sea mínimo para facilitar el día a día de la gente—
Ese comentario mosqueó un poco a Alfred.
— definitivamente el del problema no es mi iPhone. Nunca me ha fallado— se defendió— y si el margen de error es tan mínimo como dice, pues me temo que hoy se habrán quedado dormidos porque según esto se supone que la lluvia sería a las cinco y apenas son las doce—
Eso último hizo que el hombre se riera antes de levantarse dejando la respectiva paga en la mesa. Cuando estuvo a punto de salir, miró al estadounidense con sus penetrantes ojos verdes, sonrió con suficiencia y dijo.
—creo que deberías arreglar la hora de tu reloj— y sin más salió con solo un abrigo marrón y un paraguas verde a enfrentarse a la lluvia torrencial.
Eso no le había gustado en lo absoluto al rubio que seguía mirando hacia la puerta con el seño fruncido. Sin embargo, este no duró mucho en su rostro al ver cómo el gran plato de hamburguesa y papas fritas era dejado frente a él. Miró a la chica y le sonrió.
— ¡gracias! — dijo con entusiasmo. Cari parecía un niño.
—por nada. Buen provecho— le dijo antes de agregar—por ciento…—
—Alfred— le interrumpió
—Bueno, Alfred, es posible que se te haya olvidado adelantar el reloj cuatro horas—dijo sonriente antes de darse la vuelta
En ese preciso instante cayó en cuenta que no había cambiado el uso horario de su reloj. Inmediatamente se sonrojó por la vergüenza ¡Joder! El tipo tenía razón, pero nunca lo reconocería; además ¿Cuántas probabilidades hay de que se vuelvan a encontrar? Sonrió para si mismo ante el pensamiento y se preparó a comerse aquella hamburguesa
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Definitivamente cada vez la gustaba menos esa misión, detestaba levantarse temprano y, por si no fuera poco, tenía una ligera tendencia al retraso; así que en ese momento estaba corriendo por los pasillos de apoteósico congreso para tratar de llegar a tiempo, chocando con varias personas en el proceso.
Una vez divisó su destino deceleró el paso y trató de regular su respiración mientras se acercaba al secretario, un chico algo bajito y de cabello negro, asiático al parecer.
—eh, hola—saludó capturando la atención del pelinegro
—buenos días, en qué puedo ayudarle—preguntó de manera formal
—Soy Alfred Hotchner, el nuevo interno— contesta sonriendo
—Llegas tarde—dijo una voz a sus espaldas, una demasiado conocida para su gusto.
Se dio vuelta y ahí, frente a él, se encontraba un sujeto un poco mayor que él, de cabellos rubios más claros que los propios, con lo que parecían unas ¿cejas? Si, unas cejas enormes y, bajo estas, unos ojos verdes, y cualquieras, eran los mismos del tipo del café. Abrió sus ojos en reconocimiento.
—tú—
—si, soy yo—contestó con su cara de póker antes de levantar una tupida ceja y sonreír de medio lado— vaya, vaya, mira lo que trajo el viento. Espero que ya hayas arreglado tu reloj porque no toleraré ni un minuto de retraso de ahora en adelante ¿entendido? —finalizó autoritario
—y más o menos ¿Quién eres tú? —preguntó Alfred
—Me llamo Arthur, Arthur Kirkland, y soy tu jefe— contestó.
Sip, definitivamente ese no era su día.
Esa Noche llegó agotado a su departamento así que decidió tomar una ducha y refrescarse antes de comer algo e irse directo a la cama.
El agua caliente caía por su cuerpo relajándolo por completo, liberándolo de la incómoda tensión en sus músculos producto de todas las actividades que se había visto obligado a realizar.
—Jodido inglés amargado— se quejó recordándole—de seguro ha disfrutado de lo lindo el día de hoy—
Y no estaba muy lejos de la realidad.
Luego del primer y "mágico" encuentro con Alfred en el café que solía frecuentar no pudo estar más sorprendido de verlo al día siguiente en su oficina. Sin embargo, al pasar la ligera estupefacción decidió hacer acto de presencia comprobando el carácter impulsivo de aquel rubio que pretendía ser lo suficientemente acto como para ganarse un puesto en su división; así que decidió ponerlo a prueba por un tiempo.
En un principio le había utilizado para su propia entretención al hacerle realizar encargos y tareas ridículas y que, obviamente, no iban al caso con la verdadera función del americano que, a pesar de poner muecas y pucheros de disgusto, terminaba realizándolas de manera impecable mascullando entre dientes lo que Arthur suponía eran insultos hacia su persona. Al ir pasando los días iba tomando más enserio su papel como jefe y mentor del extranjero quien, pudo comprobar finalmente el de ojos verdes, en verdad se estaba esforzando en acatar y comprender todas las instrucciones y consejos que recibía para ganarse su lugar en aquel lugar; y, para sorpresa de muchos, lo estaba consiguiendo de apoco.
Luego de "el mes de la tortura", como lo había apodado Alfred, comenzó a notar que la gente le tomaba más enserio y que, para su sorpresa, su "querido, adorado y amable jefe" no era la excepción a esto. Sonrió victorioso, la misión iba viento en popa y, si todo seguía así, a este paso pronto habría logrado toda la infiltración exitosamente.
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Era sábado, su amado, adorado y único día libre "malditos ingleses adictos al trabajo ¿qué acaso no conocen lo que se llama descanso? Definitivamente era la falta de sol" se decía mentalmente el estadounidense mientras golpeaba rítmicamente el saco de boxeo del gimnasio al que asistía los sábados en la mañana para estar en forma.
Una vez terminado su entrenamiento en el viejo GYM que había cerca de su casa se dirigió hacia el E & R Café, aquel que encontró en su primer día en aquella impredecible ciudad, y se sentó en su mesa habitual esperando a que Eli le llevase su acostumbrado late bien cargado junto a un sustancioso Brownie. Y, casi como por arte de magia, allí estaba Eli sirviéndole aquel apetitoso postre chocolatoso. Miró al Brownie y este le devolvió la mirada con aquellas esponjosas esquinas por las que escurría sirope de chocolate, tentándolo. Sip, aquel era un tórrido romance que terminaría en tragedia. Tomó su tenedor y, acercándolo lentamente al dulce, picó una esquinita que pronto se llevó a la boca sintiendo como el sabor parecía hacer explotar todas sus papilas gustativas en una fiesta de las grandes.
Todo esto era atentamente observado por la chica quien no pudo evitar reírse ante las cómicas expresiones de su amigo causando que este volteara a verla.
—Lamento haber interrumpido tu momento romántico—dijo en son de burla con una sonrisa bailándole en los labios
—no puedes echarme la culpa, tus brownies siempre quieren tener algo conmigo. Lástima que nuestra relación nunca funcionaría—contestó dramáticamente antes de sonreír
Aquel acogedor lugar era de una pareja austrohúngara que se había mudado hacía siete años al país. El marido de ascendencia austriaca se llamaba Roderich Edelstein, él manejaba las cuentas en una pequeña oficina en la parte de atrás del establecimiento en la que se confinaba la mayor parte del día mientras que su mujer, Elizabeta Héderváry, una húngara, estaba al frente en la caja y haciendo de mesera con gusto.
El americano se había hecho amigo de Elizabeta una semana después de su llegada a Londres. Él había decidido volver al local puesto que era el único lugar que conocía para despejarse un poco luego de que se jefe le hubiera mandado a comprar café para casi toda la oficina en un starkbucks que quedaba a casi media hora del parlamento.
Ya eran las nueve de la noche y afuera las calles estaban siendo iluminadas por la luz de los faroles. Alfred se había sentado en la misma mesa de la vez anterior antes de observar cómo un hombre tocaba melodías suaves y sedantes, como un Jazz, dándole ambiente al café con ayuda de un enorme piano de cola blanco. Pronto se le acercó la misma chica de la vez pasada y le sonrió antes de hablar.
—Miren a quien tenemos aquí— dijo afablemente—parece que ya arreglaste tu reloj—
—si, bueno, creo que estaba muy distraído por la mudanza—contesta un poco apenado
— ¿y qué te ha parecido hasta ahora todo? —dijo interesada
—Hasta ahora la mejor parte fue el almuerzo de la ultima vez—responde alegre
—descuida, ya veras que las cosas mejoraran—le animó
—Gracias—le agradece sonriente—mi nombre es Alfred Hotchner—
—un gusto Alfred, me llamo Elizabeta Héderváry—se presenta encantada
Luego de eso ella le sirvió un brownie y, aprovechando que ya estaban cerrando, se sentó con él a beber café mientras charlaban de cualquier cosa. Después de ese día se volvieron como los mejores amigos.
Con el tiempo se comenzó a establecer una rutina en la que, milagrosamente, había conseguido llegar a tiempo al trabajo donde estaba atrapado desde las seis treinta de la mañana hasta alrededor de las seis, siete de la noche, a veces se quedaba hasta las ocho para adelantar y poder salir temprano al día siguiente. Justo después de salir de las oficinas se iba al café y conversaba con la castaña mientras cenaba antes de volver a su departamento para bañarse y acostarse a dormir. Pero esa tarde fue diferente.
Había llegado un nuevo sábado, uno en que, casualmente, habían decidido hacer remodelaciones al GYM así que se fue directamente a E & R encontrándose una sorpresa en su interior. Allí, justo en su mesa de siempre, se encontraba el inglés dándole la espalda mientras mantenía una charla bastante animada con Elizabeta. Ambos reían de vez en cuando y, cuando Arthur ladeaba suficiente en rostro, se podía ver en su rostro una hermosa sonrisa que nunca había vislumbrado antes.
Al recuperarse de la impresión, se acercó con su eterna sonrisa a la mesa.
—Hi guys! —saludó efusivo llamando la atención de ambos
— ¿Alfred? ¿Qué haces aquí? —preguntó algo sorprendido el otro rubio
—Bueno, vengo a diario—contestó como quien no quiere cosa
—Te entiendo, este lugar es muy agradable—le apoyó
—bueno chicos, tengo que trabajar así que si queréis algo solo avísenme—intervino la húngara
—oh! Cierto ¿me puedes traer lo se siempre Eli? — le pide el más alto
— ¿no es muy temprano para dulces Alfred? Se te caerán los dientes—le regaña cariñosamente la castaña
—Vamos, no seas así, ya desayuné—se defendió haciendo un berrinche
—esta bien, pero solo esta vez—se deja convencer con el seño ligeramente fruncido
—Eres un sol Eli—le alagó sonriendo
—te tengo muy consentido—se dijo a si misma—bien, ya te lo traigo—le avisó antes de darse la vuelta y marcharse.
Toda la conversación era escuchada por el inglés que miraba divertido la escena antes de notar el gesto que hacía el norteamericano señalando el puesto frente a él.
— ¿puedo? —preguntó con simpleza
—of course—respondió dando un sorbo a su taza de té mientras observaba a Alfred tomar asiento—veo que eres muy amigo de Eli—comenta tratando de iniciar conversación
—si, somos como mejores amigos— contesta sonriendo
— ¿desde cuando vienes aquí? —la curiosidad se escuchaba en su voz
—bueno, se hizo un hábito desde la primera semana que estuve aquí en Londres ¿y tu? Se ve que frecuentas mucho el sitio—preguntó interesado
—Realmente vengo a diario desde hace un par de años—respondió dando otro sorbo—de hecho, creo que vengo casi desde que abrió. La primera vez que pisé el café apenas llevaba un par de meses abierto—
—Creo que tenemos algo en común después de todo—comentó riendo ligeramente—aunque es la segunda vez que te veo por aquí—
—es porque vengo en la mañana. A diferencia de ti, yo si me levanto temprano—le dijo en tono autosuficiente
—Bueno, no todos queremos hacerle la competencia al sol—
— ¿Qué sol? —responde en broma haciéndolos reír a ambos
Así siguieron platicando de cualquier tema en particular. Hablaban del trabajo, de sus vidas, contaban historias y chistes, se reían de ellos mismos y del otro, más que todo de las ocurrencias de Alfred. El tiempo les había pasado rápido y se dieron cuenta cuando el de ojos azules miró su reloj y se percató de la hora.
—Dios, como vuela el tiempo, ya son las dos de la tarde—comento abriendo los ojos en un gesto de incredulidad que fue acompañado por el de Arthur al oír la hora.
—Vaya que es tarde—comenta antes de observar cómo el estadounidense se levantaba
—Ni que lo digas—le mira—me tengo que ir—anuncia
—yo también—dice repitiendo la acción de Alfred poniéndose de pie
—La pasé genial, espero que podamos repetirlo alguna vez—sonríe
—Claro, eso sería estupendo—concede devolviéndole la sonrisa
El inglés le extiende la mano en señal de despedida y es tomada por el americano quien, ante la sorpresa del británico, le hala hacia si dándole un abrazo amistoso.
—what the hell was that? —pregunta Arthur enojado y sonrojado por la vergüenza
—c'mon dude, somos amigos ahora ¿no? —le pregunta sonriente mientras ve el adorable puchero del inglés acompañado de aquel tierno sonrojo
—p-pues si pero…—dijo algo nervioso
—Pero nada, deja ya las formalidades— sin quitar la sonrisa de su rostro se dirigió hacia la puerta dejando antes el pago por su consumo.
— ¡e-espera! —Le detiene dándose la vuelta para encararlo— no creas que esto hará diferente el trabajo. En la oficina soy tu jefe antes que tu amigo así que no creas que te puedes dar libertades—
Alfred soltó una risilla—no lo pensé ni un segundo. Hasta mañana Arthy—
—Hasta mañana—dijo bajito a la nada después de observar al más alto cruzar la puerta
Se quedó allí parado por unos minutos antes de pagar su parte, dejando una generosa propina, y salir hacia su modesto pent-house sintiendo cómo su corazón latía aceleradamente haciendo que sus mejillas se mantuvieran sonrojadas y calientes aun en medio de aquella fría tarde de otoño.
Al llegar a su destino preparó la bañera con agua caliente y algunos aceites que solo usaba los sábados para relajar su cuerpo y liberarlo del estrés al que se veía sometido cada semana. Una vez estuvo lista se adentró en esta y soltó un suspiro de placer al estar totalmente dentro.
Aquel tiempo también lo utilizaba para pensar y meditar, ciertamente el mejor momento para hacerlo era cuando estaba relajado y tenía su mente tranquila y despejada. Rememoró varios momentos de la semana hasta llegar a la tarde de ese día no sin antes sonreír a la misma vez que cierto órgano en su pecho se agitaba. Los últimos meses había estado muy al pendiente del americano; siempre que pasaba a su lado le miraba, captaba su atención al entrar en la oficina, trataba de tenerlo siempre cerca buscando razones pobremente lógicas para que esto ocurriera y, sin duda, ansiaba otro encuentro como el de ese día. Poco a poco su mente fue procesando esto y al llegar a una conclusión su cuerpo se paralizo, su mente quedó en shock y su corazón comenzó a latir a mil revoluciones por segundo. Lo siguiente que pudo pensar fue
"no es posible que yo esté enamorado de ese idiota"
Bien, hasta aquí ha llegado mi inspiración, espero que les haya gustado.
¡Hasta el próximo cap!^^
