Disclaimer: Hetalia no me pertenece
ADVERTENCIA: este capítulo contiene lemon bastante explícito. No leer a menos que pueda tolerarlo.
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Celebrando Nochebuena
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Bien, definitivamente eso había salido mejor que si lo hubiera planeado. Llevaba allí cuatro meses y medio, tiempo suficiente para ganarse la confianza de la gente, para adaptarse y para conocer a su objetivo; el siguiente paso a estas alturas era un acercamiento más…personal, cosa que era bastante difícil considerando el carácter y temperamento tan maleable que poseía Arthur, aunque, luego de ese encuentro en el café, dio por completada esta fase con éxito. Sin embargo algo le aquejaba, desde hacía un mes más o menos algo en su estómago se removía ante la presencia del inglés, era algo que no había sentido nunca y era totalmente nuevo para él, pero decidió ignorarlo y seguir con la siguiente parte, "la primera cita".
Así como sonaba, él tenía que conseguir pasar de la amistad al romance. Cualquiera diría que idearía una estrategia infalible acorde a su nivel de experiencia y profesionalismo, pero todos se equivocaban puesto que lo que desconocía todo el mundo era que, debido a su talento innato para adaptarse a cualquier situación y seguir sus instintos, todas las misiones realizadas exitosa y pulcramente eran producto de la pura improvisación.
En la academia le habían enseñado que todo debía estar fríamente calculado desde un principio para asegurar el éxito de la misión; eso era algo que se le daba bien a gran parte de los allí presentes más no a él y, contra todo pronóstico, se graduó con honores a pesar de que nunca siguió esta básica y crucial regla, aunque claro, él no era precisamente una persona que se confundía entre la multitud, no, él tendía a destacar al romper todos los esquemas y salir airoso, y esta misión le enseñaría que eso se aplicaba incluso a la norma más importante de su oficio.
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A medida que pasaba el tiempo la relación de amistad se volvía cada vez más estrecha entre ambos, ahora eran mejores amigos y eso ya era bien conocido en la oficina donde, si bien el de mayor cargo no le daba al norteamericano un trato especial, se les podía ver a ambos bromeando y conversando amenamente durante los descansos.
En todo este tiempo Arthur había podido ocultar exitosamente aquellos vergonzosos sentimientos que tenía hacia Alfred. Ya tenía un amplio manejo de sus reacciones espontáneas y sabía que, si quería conservar la maravillosa relación que tenían, debía de seguir así y evitar cualquier situación que desencadenara acciones delatoras de su parte. Claro, esto se aplicaba mientras tuviera plena conciencia de sus actos y comentarios, cosa que había perdido hace aproximadamente media hora cuando, en un afán del de ojos azules de celebrar nochebuena en "un buen lugar lleno de mujeres, alcohol y música", como lo había llamado él, habían ido a parar a una especie de disco-bar que frecuentaba el inglés y que, par a suerte de ambos, quedaba cerca del departamento de este.
En un principio todo iba bien hasta que decidieron hacer una estúpida competencia donde debían beber una gran jarra de cerveza sin para, hasta el fondo, en el menor tiempo posible. Por supuesto, el ganador invicto fue el de ojos verdes, pero pagó caro el preció cuando el alcohol en su sistema mandó su autocontrol al diablo.
—hace un poco de calor ¿no crees? —preguntó al americano antes de levantarse de su asiento y quitarse el abrigo seguido del saco y la corbata del traje que traía puesto ya que, para molestia del estadounidense, habían tenido jornada laboral completa ese día hasta las cinco.
Sin embargo el quitarse estas prendas no sació el calor del más bajo que se comenzó a desabotonar la camisa dejando ver su torso blanco y cremoso con una musculatura levemente marcada. Todo esto era observado por los ojos azules que devoraban la imagen frente a él sin percatarse del cambio de música hasta que escuchó nuevamente a su compañero hablar.
—oh! I love this song— dicho esto se encaminó hacia la pista y se puso a bailar.
Muy al contrarió de lo que creerían los que le conocen, o al menos la mayoría, Arthur no era malo bailando, al contrario, era bueno, muy bueno, excelente de hecho. La música sonaba y las caderas británicas seguían el ritmo con sensualidad innata, con cada movimiento parecía que su cuerpo se prendía en llamas que abrazaban todo lo que tuviera su paso y a quien le mirase. Alfred tragó en seco ante aquella visión que parecía sacada de alucinaciones debido al cambio de luces del lugar, se levantó como idiotizado y, quitándose la estorbosa corbata, se fue acercando a la candente figura que se movía con maestría entre aquella multitud.
Una vez llegó a la altura de este miró su rostro que parecía extasiado y totalmente enloquecido por la música haciendo un contraste exorbitante con su felina mirada esmeralda, aquella que destellaba y aparentaba la lucidez que su mente había perdido mientras miraba retadoramente al más alto invitándolo a acercarse, incitándolo a tocarlo, a que se quemasen juntos debido al contacto de sus cuerpos.
Ambos bailaban en sincronía, sin dejar perder la oportunidad de rozar sus pieles, de tocar al contrario en caricias sensuales y prohibidas que te llevaban a la locura y al delirio. Se miraron con intensidad y lujuria antes de que sus bocas se estrellaran placenteramente contra la contraria en busca del ansiado contacto. Sus labios se movían desesperados por devorar los contrarios y sus lenguas danzaban apasionadamente intentando llevar el control y así ganar la férrea batalla por el liderazgo. El beso era ardiente y sus cuerpos vibraban. El sudor se deslizaba por sus pieles y podían sentir al otro en cada poro de su piel mientras se abrazaban tan posesivamente como les era posible.
Al separarse se volvieron a ver a los ojos descubriéndolos dilatados por el placer y encendidos por el deseo. Salieron del lugar a toda prisa y llegaron en pocos minutos al hogar del británico, minutos que parecían largos mientras todo su ser pedía más.
Al extranjero entró de último volteándose rápidamente para cerrar la puerta y descubriendo un rastro de ropa que lo llevó hasta la gran habitación donde se encontraba el apetecible cuerpo de Arthur apenas cubierto por un delgado bóxer negro que se adhería sensualmente a su cuerpo haciendo visible su excitación. Alfred se fue desprendiendo de las propias prendas de manera tortuosamente lenta avivando el deseo en el contrario al dejar al descubierto su bronceado y bien formado cuerpo solo cubierto por la prenda interior blanca casi translúcida. Al terminar esta tarea se acercó al lecho y rápidamente se posicionó sobre Arthur antes de volver a juntar sus labios con fiereza recorriendo con desesperación cada milímetro de piel expuesta queriendo grabar en su memoria cada detalle, forma, textura y sensación que producía el roce para ambos.
En un movimiento rápido el americano se encontró recostado sobre el colchón mientras el de ojos verdes se sentaba a horcadas sobre su palpitante entrepierna moviendo sus caderas con malicia y provocando el roce de ambas erecciones.
—creo que voy a comenzar yo—le dice seductoramente al oído antes de morder ligeramente el lóbulo de la oreja que se servía ante si provocando suaves jadeos y suspiros en el más alto a medida que descendía besando y lamiendo de manera enloquecedora el bronceado cuello hasta llegar al pecho que recorrió con su lengua y labios enteramente dejando algunas marcas rojizas en el proceso.
Aquellas expertas caricias sumadas al insiste movimiento de caderas hacía que se pusiera duro, tanto que dolía, cosa que notó su perceptivo amante quien bajó hasta la zona del vientre y las caderas acariciando y besando justo por encima del elástico de la prenda blanca. Ante esto Alfred comenzó a soltar gemidos de frustración que hicieron sonreír al inglés. Una vez conseguido su objetivo retiró la molestosa tela dejando al descubriendo el enorme miembro, excitado y duro, que ya soltaba pre-semen por la punta. Se relamió los labios y con su legua fue haciendo desaparecer aquella sustancia blancuzca alternando el recorrido de la base a la punta y de regreso repetidas veces antes de pararse en la cima y volver a descender mientras adentraba el pene en su boca, subiendo y bajando siendo acompañada por su mano.
— ¡Oh my god! —soltó el norteamericano al sentir la cálida y húmeda boca del otro rubio chupando y lamiendo de manera tan condenadamente delirante aquella zona tan sensible, y sentía que si no paraba pronto se correría.
Los gemidos y gruñidos de placer que salían de la boca de Alfred le indicaban que pronto acabaría. Sacó la erección de su boca y lamió la punta antes de presionar el pequeño orificio con el fin de postergar el ansiado orgasmo. Fue justo aquella pausa la que le concedió al estadounidense el dominio del acto al quitarle el último atavió que le quedaba y ponerlo en cuatro dejando una vista tentadora y placentera de las virtudes del británico. Acarició su trasero ante acercar su boca a la entraba comenzando a lamerla por encima haciéndole soltar al más bajo varios gemidos, de los que uno en particular retumbó en la habitación al sentir cómo era penetrado por la húmeda lengua de su contrario. Su cuerpo temblaba haciendo que le fuera difícil sostenerse sobre sus manos y terminara cayendo sobre sus codos, con las caderas aun levantadas, dejando una vista cada vez más suculenta ante los zafiros ajenos cuyo dueño, al sentir la necesidad de su propio cuerpo, decidió dejar de torturar placenteramente a Arthur y comenzar a dilatarle como Dios manda introduciendo un primer dedo previamente ensalivado que se movía de adentro hacia afuera y en círculos dentro del apretado y caliente agujero europeo. A este dedo se le unió un segundo y pronto un tercero ya estaba haciendo su aparición adentrándose en el británico que gemía y casi se retorcía de puro placer.
— ¡fuck! Ah…Alf-red—gimió sintiendo como era penetrado cada ve más profundo—ya d-deja de hacer ah eso mm…no s-oy una p-puta muñeca d-de por-celana— dijo entrecortado con la vista nublada por el placer
Alfred sonrió y sacó sus dedos antes de posicionar la punta en contra del ano del inglés, acariciando los bordes provocando el sonar de gemidos en forma de protesta.
—Jo-der Alfred, si no me follas en este instante voy a terminar dormido—le retó
—te arrepentirás de eso—le contestó suficiente antes de meter su pene entero de una sola estocada.
—AH!... —gritó entre el dolor y el placer—n-no seas ani-mal—le reprendió mirándole por sobre su hombro con el ceño fruncido
—Tu querías acción Arthy—le dijo sonriendo de medio lado antes de inclinarse lo suficiente para susurrar en el oído contrario—así que eso mismo tendrás. Prepárate darling—le canturreó antes de comenzar un fiero vaivén que enviaba oleadas intensas de placer a todo el cuerpo del más bajo.
Las estocadas eran rápidas y certeras, fuertes y profundas, eran tan jodidamente perfectas que estaban llevando a Arthur al borde del delirio con cada golpe en su próstata. El de ojos verdes gritaba y se retorcía de placer pidiendo más, y con cada sonido que salía de su boca el ritmo aceleraba y se volvía más salvaje, casi bestial. La cama de movía al ritmo de cada penetración siendo testigo de aquel acto de pasión carnal.
En un último momento el americano volteó bruscamente al británico y subió las blancas piernas europeas hasta sus hombros antes de retomar su labor con mayor rapidez y fuerza si era posible haciendo que el inglés aullara como animal en celo excitando en mayor medida al norteamericano que no dejaba de gemir y gruñir como bestia. Alfred observó el rostro sonrojado y sudoroso da Arthur, con los ojos entrecerrados y nublados por la lujuria, lágrimas caían producto del placer y la saliva le escurría por el mentón. La imagen más condenadamente erótica que había visto en toda su vida. Eso le bastó para correrse un par de estocadas después liberando su caliente semen en el interior de su amante quien, al sentir esto, vivió el mejor orgasmo de su puta vida arqueando la espalda y contrayendo deliciosamente sus paredes anales en torno al miembro del estadounidense que lo sacó al terminar de sentir los fuertes espasmos de placer que azotaban a su acompañante.
Se recostaron uno al lado del otro, Alfred abrazando a Arthur por la espalda, antes de qudarse profundamente dormidos.
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Se encontraban ambos abrazados, ya era de día y el sol se colaba por el gran ventanal de la habitación marcando de forma muy inusual el inicio de la única semana que se les daría de vacaciones.
Arthur dormía plácidamente sintiendo la calidez del sol sobre su piel desnuda "¿piel desnuda?" se preguntó comenzando a recuperar la conciencia. Sin abrir los ojos mueve las piernas sintiendo el roce de la sabana sin ninguna prenda de por medio al igual que una calidez diferente de la del sol en su espalda acompañada de un agradable peso en su cintura "oh-my-god" pensó al sentir una respiración en su nuca que le provocaba escalofríos. Lentamente fue abriendo sus hermosos ojos tratando de acostumbrarse al poco frecuente resplandor del sol y, una vez logrado ese objetivo, confirmó sus pensamientos al ver una un brazo aprisionándolo contra su dueño que, ante la sorpresa del inglés, empezó a moverse estirándose un poco antes de susurrarle en el oído de manera cariñosa.
—good morning—y esa voz hizo que el mundo se le cayera a los pies
Lentamente giró su rostro hasta que se encontró frente a frente con el sonriente americano. Eso fue demasiado para sus pobres nervios. Se sentó velozmente en la cama agradeciendo el haber comprado una King Zise, de otro modo su hubiera caído debido al brusco movimiento, y se enfrentó a su acompañante quien trataba de reprimir la risa que le daba el actuar del británico.
—please, dime que esto no es lo que parece—le rogó el mayor entrando en estado de negación
—jajaja no te iras a arrepentir ahorita ¿O si? —le preguntó riendo sin obtener respuesta. Suspiró y cambió su semblante a uno más serio—mira, lo que pasó, pasó, no podemos hacer nada para cambiarlo. Tuvimos sexo y tienes que aceptarlo—dijo, aunque pareció más para si mismo que para el otro.
—I know—dijo cambiando su expresión a una un poco triste—pero es que yo no quería tener sexo contigo—le confesó.
Su corazón latía veloz y sus mejillas se colorearon ante el pensamiento de confesarse. Miró el rostro de Alfred y eso bastó para reunir el valor suficiente que necesitaba.
—Arthy…—dijo bajito sintiéndose extrañamente dolido
—Yo…yo no quería que tuviéramos sexo, yo quería que hiciéramos el amor—se calló un momento viendo como los ojos azules se abrían por la sorpresa y las bronceadas mejillas se coloreaban—I love you— finalizó esperando haber hecho lo correcto
No tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió unos fuertes brazos rodeándole y unos tibios labios besándole con todo el amor que jamás imagino poder recibir. Se separaron y, por fin, de la boca americana salieron aquellas tan ansiadas palabras.
—I love you too—
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Desde ese día su relación fue progresando de apoco. No eran perfectos, cada cual tenía sus defectos, pero se complementaban tan maravillosamente que las intensas discusiones que mantenían parecían nimiedades si al final la reconciliación superaba con creces el conflicto. Con cada día ese sentimiento cálido y placentero en el pecho de Alfred crecía hasta que se le hacía casi insoportable estar lejos de su pareja.
Un día, platicando con Elizabeta, le contó sobre eso. No sabía a quien más recurrir. Ella solo sonrió y le tomó de ambas manos mirándolo a los ojos.
—dime, Cuando pelean ¿duele? —su voz era suave y maternal
—duele como si me clavaran mil cuchillos en el cuerpo—le contesta sin pestañear, mirando aquellos ojos verdes tan parecidos a los del británico
—y cuando le ves ¿qué sientes? —
—Cuando lo veo…siento que vuelo, que no me importa nada, que todo el sufrimiento del mundo vale la pena si puedo volver a verlo—decía todo lo que pensaba, sin tapujos, sin analizarlo
—y ¿qué harías si un día ya no estuviera más en tu vida? — le pregunta sonriendo de la misma forma que solía hacerlo su difunta madre
Agachó la mirada como pensando mientras una lágrima se resbalaba por su mejilla.
—yo...yo no lo se porque—alza la vista con una determinación en los ojos que nunca había tenido—no logro concebir un futuro para mi en el que él no esté a mi lado—
—lo amas en verdad ¿no? —preguntó por último
—Más de lo que mi corazón puede soportar— y ante esta revelación supo que no podría cumplir del todo su misión
Simplemente lo amaba demasiado como para perderlo.
Esa noche le abrazó y le beso con amor. Esa noche fue muy especial. Esa noche, mientras sus cuerpos tocaban el cielo y sus almas se fundían, él supo que era hora.
Al terminar sacó el anillo y se lo puso en el dedo a un muy exhausto Arthur mientras dormía.
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Pov's Arthur
Mi vida no es como todos la conocen, siempre ha estado llena de tragos amargos. Supongo que por eso me gusta tanto el té. Porque he encontrado algo aun más amargo que mi vida y me hace pensar que no todo está perdido, o tal vez solo esté haciendo razonamientos imposibles; quien sabe. Cero que una vez oí decir a alguien algo como "solo sé que no se nada".
Cuanta razón tenía.
Tengo un buen empleo que me entretiene la mayoría del tiempo –me he vuelto adicto al trabajo–, tengo influencia en los altos cargos que me permite hacer lo que yo quiera –aunque soy demasiado correcto como para hacer eso– y mi departamento es cómodo y espacioso. Sin embargo ¿de qué me sirve todo esto si no tengo a nadie con quien compartirlo? Entonces por mucho tiempo en mi cabeza se fue forjando la idea de que así estaba bien, que si ese era mi destino debía afrontarlo y esta creencia poco a poco se volvió parte de mí, esa parte que me ayuda a sobrevivir.
Cada día era una rutina que me internaba cada vez más en un pozo con el cual me había cansado de luchar para salir.
Y apareció él. Ese ruidoso y molesto Yankee comenzó a traspasar mis defensas una a una y a romper mis esquemas. Sin darme cuenta él le había dado las fuerzas a mi cuerpo para salir de aquel agujero, para seguir.
En ese tiempo yo creía saberlo todo, pero se me olvido aprender la lección más importante…
"la esperanza nunca se pierde, solo la olvidamos, pero siempre habrán personas allí para hacernos recordar que siempre hay una razón para avanzar"
Fue lo que me dijo una vez cuando conversábamos –discutíamos– sobre el acoso que mantenía sobre Kiku debido a que le hizo una estúpida promesa de conseguirle un videojuego que era muy difícil de encontrar.
Él nunca lo supo, pero me cambió la vida. Ese día me enamoré de él.
Incluso hoy, cuando cumplíamos cinco meses juntos, sigue sorprendiéndome.
Amaneció soleado, al igual que aquel veinticinco de diciembre, y me desperté debido al resplandor del astro rey que se colaba alegremente por la ventana. Miré el reloj comprobando que había pasado gran parte de la mañana del sábado durmiendo debido al agotamiento de la noche anterior. Sonreí al recordar esto y me acurruqué más contra su cuerpo poniendo mi mano izquierda bajo mi mejilla para hallar una posición más cómoda para dormir aunque ya fueran las diez de la mañana. Y, entre tanta calidez junta proveniente de los dos soles en mi vida, sentí algo frío en mi mano. La saqué de entre mi cabeza y mi almohada para observarla detenidamente antes de que los ojos se me llenaran de lágrimas y que una sonrisa aflorara en mi rostro.
Lo siguiente que ocurrió fue que me voltee y, tomando su rostro entre mis manos, lo comencé a besar varias veces hasta que se despertó y comenzó a corresponderme envuelto en risas de felicidad. Cuando paré aun seguíamos acostados en la cama, pero yo estaba apoyado enteramente sobre su pecho mirándolo cuando me dijo.
—entonces, Arthur Kirkland—mi corazón latía tan fuerte que ahogó casi todo sonido a mi alrededor— do you married me? —
—No se—claro que lo sabía—déjame pensarlo—nunca había estado tan seguro en mi vida
— ¡vamos Arthy! No seas cruel—hizo un berrinche que encontré simplemente adorable
—por supuesto que si, idiot—le contesté sonriente y esta vez fue él quien inició el beso que desencadenó el despertar más placentero de mi vida.
En estoy momentos no veo una mejor forma de pasar el resto de mi vida que estando a su lado.
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Ya era martes, tres días llevaban de compromiso y ya se sentía el hombre más feliz sobre la tierra; claro, eso no era nada comparado al momento del "si, acepto". De tan solo pensarlo una sonrisa bobalicona se extiende en su rostro.
Va caminando por las calles para hacer un encargo –bien pudo haberlo hecho otro, pero él necesitaba salir del enclaustro de la oficina de vez en cuando– cuando suena su teléfono. Rápidamente lo saca del bolsillo y se da cuenta que ha sacado el equivocado. Devuelve el aparato a su sitio y, con gesto serio, saca un segundo teléfono que siempre trae consigo.
— ¿diga? —
—Jones—pronuncia en forma de saludo la voz profunda de su superior
—Señor—su gesto seguía glacial
— ¿cómo va la misión? —
—ya he enviado un reporte la semana pasada—contesta
—eso ya lo se, ya lo leí Jones—se hace un silencio corto—el problema aquí es otro —le dice severo—se está demorando demasiado agente. Me da la impresión de que no está capacitado para continuar —
—de ninguna manera, señor. Cumpliré la misión—
—eso espero, quiero resultados inmediatos. Espero prontamente leer la información —
—si, señor—contestó sumiso antes de escuchar el pitido al otro lado de la línea
Le habían dado un ultimátum y debía hacer algo al respecto.
Una vez terminado el pequeño trabajo fuera de las oficinas, se dirigió hacia el despacho de su jefe/prometido donde lo encontró leyendo unos papeles. Este, al percatarse de la presencia del americano, levantó la vista y las comisuras de sus labios se levantaron solo un poco en una sonrisa casi invisible, gesto que solo notó el otro rubio.
— ¿se le ofrece algo señor Hotchner? —dijo de manera algo divertida ante la situación. Nadie sabía que eran pareja— ¿hizo el pedido? —
—Misión exitosa—contestó de manera informal, como solía hacerlo—pero me temo que me siento algo mal ¿puedo retirarme antes? —preguntó
—adelante, pero le quiero aquí mañana temprano, como siempre—dijo autoritario
—of course—respondió abandonando la habitación y, posteriormente, el edificio
Cuando estaba cruzando la calle siente su teléfono vibrar. Lo saca y ve un mensaje.
From: Arthy
Are you OK?
Sonrió al leerlo. Después de todo si se había preocupado.
From: Alfred
Yeah, don't worry. I'm fine
Al leer esto el de cejas gruesas dejó el asunto. Ya le preguntaría al llegar a casa.
En unos minutos el de ojos azules se encontró en el departamento de Arthur –aunque ahora era de ambos ya que se había mudado con el mayor hacia dos meses y él pagaba la mitad de la renta– y entró directamente al pequeño salón/oficina/biblioteca privada del británico parándose en frente de uno de los libreros de donde sacó un libro hueco con una llave especial en su interior. Extrajo el pequeño objeto con la punta en forma cuadrangular y con lectores circulares color azul* y caminó hasta otro de los libreros oprimiendo un botón escondido en los intrincados detalles del mueble de madera isabelino que hizo que, en medio de la habitación, una compuerta cuadrada se abriera y por ella saliera la gran caja fuerte.
Se paró frente a esta observando el avanzado sistema de seguridad con una expresión neutral antes de introducir la llave en la cerradura sin necesidad de girarla haciendo que se abriera una pequeña compuerta, casi una ranura, con un teclado de acceso. Marcó el código 230405AC** e inmediatamente apareció al lado del teclado una plaquita metálica donde debía poner una gota de sangre para confirmar el ADN. Alfred sacó rápidamente de su chaqueta un pequeño frasco con gotero que había extraído del congelador antes de violar la privacidad que ofrecía el pequeño despacho y puso una gota exacta en la plaquita que entró y analizó la muestra dándola como positiva. Instantáneamente la compuerta de la caja se abrió dejando a la vista varias gavetas con nombres codificados que pudo entender perfectamente y buscó el que decía U000504 –USA– al lado de otra cerradura que esta vez requería una llave pequeña que traía consigo y la abrió sacando los archivos que escaneó inmediatamente con ayuda de su teléfono y los envió directo a la base secreta de la CIA en Reino Unido para que descifraran la información y, posteriormente, la enviaran a la sede principal en Washington D.C. Aquella que estaba tan bien oculta a los ojos del mundo pero que estaba a simple vista y era conocida como la sede del Departamento de Defensa. El Pentágono***. Aquel majestuoso edificio que, oculto ante las miradas curiosas, poseía bajo él, a kilómetros de profundidad bajo tierra, el Cuartel General de la C.I.A.
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Ya eran las cuatro treinta de la tarde cuando salió del baño tras darse una larga ducha que le había ayudado a reprimir el sentimiento de culpa que se adueñaba de su cuerpo por su acción de esa tarde. Bueno, no solo por eso, después de todo él había espiado a Arthur para saber donde guardaba la caja fuerte y donde estaba la llave, le había embriagado para que le dijera la contraseña secreta, le había engatusado para que fueran a donar sangre en un hospital que poseía un agente infiltrado que le dio una muestra y, luego de uno de sus apasionados encuentros, había tomado la llave que el mayor llevaba colgada SIEMPRE al cuello y había impreso la figura de la susodicha en Jabón para sacarle una copia.
No se sentía bien traicionar la confianza de Arthur, pero sabía que si no lo hacía él alguien más lo haría y esa persona podría lastimar a su inglés.
Ya más relajado se vistió y tiró la copia de la llave por el amplio balcón haciéndola caer en el tramo del Támesis que pasaba frente al edificio justo en el momento en que oye la puerta principal abrirse. Se queda allí, parado, esperando al recién llegado que le abraza por la espalda rodeando su cintura con sus confortables brazos como preguntándole si se sentía mejor. Él solo se giró sobre su eje, sin salir del abrazo, y le besó en la frente antes de devolver el gesto y pasa sus fornidos brazos a la altura de los hombros del más bajo en una clara contestación.
—Me alegro—susurró el europeo antes de soltarse del abrazo para ir a su despacho.
Otra punzada de culpa aquejó al americano al recordar que no había acabado su misión y que lo que tendría que hacer a continuación sería mil veces peor.
*Fue totalmente inspirada en la que usa Robert Langdon en el libro "El código Da Vinci" de Dan Brown cuando va al banco suizo.
**La clave no es al azar. 23-04-05 a.C. no solo es la fecha del día del San Jorge sino que también es la fecha de nacimiento de Inglaterra.
Dato curioso: William Shakespeare nació y murió un 23 de abril – 23-04 –
***Realmente esto es mentira a medias. Todo el mundo sabe que realmente El Pentágono si es el departamento de Defensa de US pero la sede central de la C.I.A. está ubicada en Langley, Virginia.
¡Hasta el próximo cap!^^
