Disclaimer: Hetalia no me pertenece

ADVERTENCIA: muerte de un personaje.

Secretos y sorpresas

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Fuego. Dolor. Gritos. Desesperación. Terror. Muerte.

Todo eso era lo que sus ojos veían y lo que su cuerpo sentía. A lo lejos su tierra ardía en leguas de fuego.

Se sentó en la butaca con la respiración entrecortada y el cuerpo caliente. Sintió un dolor fuerte y punzante recorrerle el cuerpo haciéndole retorcerse y gritar en dolor.

Alfred estaba aterrorizado viendo a su esposo gritar en agonía, la desesperación lo invadía a la vez que la estupefacción y la impotencia de ver cómo Arthur le pedía ayuda con sus ojos inyectados en sangre. Se acercó al cuerpo que se agitaba en el suelo pero fue rechazado de inmediato.

— ¡NO TE ACERQUES! —le gritó antes de ser invadido por un ataque de tos que dejo manchas de sangre en el suelo.

Se sentía en su propio infierno, siendo quemado por el fuego. Consumiéndose desde adentro. Tosía y se ahogaba son su propia sangre sin percatarse de que sus ropas iban desvaneciéndose al igual que sus cabellos.

Alfred estaba petrificado en su puesto viendo cómo humo comenzaba a salir de Arthur al mismo paso que veía sus ropas desaparecer frente a sus ojos a una velocidad increíble. A su vez el cabello y la piel, los músculos y los huesos. La existencia de Arthur se extinguía entre alaridos y sangre que manchaba el suelo, y él solo podía quedarse en shock mirando con lágrimas en los ojos como el amor de su vida moría dolorosamente frente a él sin poder evitarlo.

Lo último que vio de Arthur fueron sus ojos, despidiéndose, y ya no quedó nada. Silencio.

Alfred se acercó, tembloroso, a la zona donde ya ni sangre había y la tocó. Todavía estaba caliente. Agachó su cabeza hasta que su frente rozó la alfombra y gritó, alto y fuerte, por horas, hasta que ya no tuvo voz y su mente cayó en la inconsciencia debido al agotamiento.

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Estaba en su casa mirando el jardín por la ventana. Sentía su cuerpo temblar de la emoción y la anticipación. No se movió de su puesto hasta que una figura comenzó a aparecer vestido con un traje negro propio de su empleo.

El niño salió corriendo al encuentro del adulto en la puerta de la casa siendo seguido de cerca por su madre y su hermano. Todos estaban felices de que volviera.

Esa tarde se reunieron en familia a almorzar en el patio trasero de la casa en la que vivían. Su madre servía la comida mientras él, su hermano y su padre jugaban alegremente con un balón. Comieron y rieron hasta que el celeste se oscureció y la luna remplazó al sol en el cielo. Solo entonces el hombre se llevó a sus dos retoños a la habitación que compartían. Acostó al más pequeño mientras este se aferraba a su oso polar de peluche y luego hizo lo mismo con su otro hijo. Les miró y se sonrió sintiéndose el hombre más feliz del mundo. Se giró y, cuando estaba por irse, sintió una manita halar su pantalón. Se giró encontrándose con unos ojos azules que le miraban suplicante, pidiéndole que se quedara y le contara una historia. El adulto se recostó en la cama con su hijo y se aclaró la garganta antes de comenzar.

Al infante le encantaba pasar el tiempo con su padre, pero sin dudas su parte favorita era oír las asombrosas historias llenas de aventuras que le contaba su padre.

—bien Alfred ¿alguna vez te conté la historia de Frederick Jones? — El niño negó enérgicamente, ansioso por saber— Frederick Jones era un hombre muy importante—

— ¿más que el presidente? —le interrumpió con curiosidad

—Si Alfie, más que el presidente— contestó alborotándole el cabello a su hijo— él aconseja al presidente, dirige el F.B.I., la C.I.A. y al ejercito—

—Wow— dijo con sombro

—pero él no era una persona normal, era una súper persona. Él era los Estados Unidos de América—

—how do is possible? —preguntó con incredulidad

—Alfred, antes de seguir, quiero que me jures que no le dirás esto a nadie. Es un súper secreto entre nosotros ¿entiendes? —le dice cariñoso pero serio y solo recibe un asentimiento de cabeza

Esa noche le explicó, de la manera más sencilla que pudo para un niño de diez años, que las naciones tienen representantes humanos y que solo las personas especial lo sabía.

Al día siguiente Walter Jones se fue de casa despidiéndose con un beso sin saber que sería la última vez que vería a su familia y Alfred, desde entonces, se prometió nunca decir el secreto.

Se sentía entumecido y dolorido, la garganta le ardía horrores y todos los sonidos se escuchaban como un eco lejano. Abrió lentamente los ojos tratando de acostumbrarse a la luz antes de enfocar una blanca habitación con una persona con bata en ella que le veía directamente a él.

—señor Jones…—comenzó a tantear el terreno captando la atención del rubio— está en el hospital. Fue traído aquí hace un día en estado de inconsciencia por agotamiento mental— le informa

—yo…— intentó hablar sin éxito. Su voz sonaba muy rasposa y rota, y su garganta dolía al hacerlo

—no debería de hablar, tiene la garganta muy irritada—le aconsejó el doctor—le mantendremos en observación hasta mañana y luego le daremos de alta—dijo recibiendo un movimiento de cabeza en señal de entendimiento.

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Pi, pi, pi... pi,pi,pi... pi,pi,pi

Ese era el molesto ruido que taladraba los oídos del americano. Alargó su mano hasta la fuente y dando un golpe en lo que parecía ser un aparato cayó aquel infernal sonido justo antes de escuchar un grito proveniente de el piso de abajo.

—¡ALFRED!¡ LEVÁNTATE YA!—la autoritaria voz de su madre le hizo fruncir el ceño y dando un quejido se volvió a acomodar entre las sabanas dispuesto a seguir durmiendo—¡MAS TE VALE LEVANTAR TU HOLGANZÁN TRASERO DE ESA CAMA ANTES DE QUE SUBA JOVENSITO!— esta vez se sentó al borde de la cama con los ojos cerrados

Bostezó con pereza y caminó medio dormido hasta en baño donde se terminó de despertar con el agua fría del lavabo. Se miró al espejo poniéndose los lentes para apreciar su reflejo con mayor nitidez y pudo observar su alborotado cabello rubio junto a unos ojos azules que le devolvían la mirada detrás de los cristales ópticos.

En menos de diez minutos ya se había cepillado, peinado, vestido y arreglado para ir al colegio.

Bajó las escaleras y, luego de dar un beso a su madre en la mejilla y un saludo a su hermano gemelo, tomó una tostada y salió a toda prisa de su hogar dejando a su progenitora preparando el resto del desayuno con una expresión resignada. "estos chicos" pensó para sus adentros la mujer antes de saludar a su marido con un cariñoso beso en los labios.

Alfed estaba apurado, y no precisamente por llegar tarde. Corría todo lo que sus piernas le daban hasta que divisó a lo lejos la parada del autobús donde se encontraba otros chico rubio mirando su reloj de pulsera con gesto enojado.

—¡ya llegué Arthy!— exclamó casi sin aire por la carrera

—llegas tarde, de nuevo— le reprochó el otro—te dije a las seis y media y ahora son tres para las siete dammit— le siguió sermoneando mostrandole su reloj

El americano bizqueó un poco tratando de leer la hora rindiéndose a los pocos segundos.

—todavía no entiendo cómo es que te pueden gustar esos vejestorios de relojes existiendo los digitales con números más grandes y fáciles de leer—se quejó

—no son vejestorios git, se les dice análogos, y para tu información son muy elegantes y usados hoy en día—se defendió ofendido

—si, por los aburridos oficinistas y los viejos— se siguió mofando haciendo que el otro se diese la vuelta y comenzara a caminar dejando al ojiazul atrás—¡Hey, Arthy!¡Wait!—le dijo antes de alcanzarlo y abrazarlo por la espalda— no te enojes, solo estaba bromeando ¿si?— se disculpó sin recibir respuesta

Alfred giró a Arthur para verle de frente y este ladeó el rostro con las mejillas ruborizadas. Alfred solo sonrió estúpidamente sintiéndose la persona más dichosa en este mundo por tener a aquel inglés gruñón entre sus brazos.

—ya me puedes soltar idiot. Llegaremos tarde—fue lo único que dijo antes de girarse sin avanzar.

Alfred entendió perfectamente aquel lenguaje silencioso del inglés y rápidamente le tomó de la mano para empezar a caminar.

—¿sabes Arthy? tuve un sueño muy loco—le comentó

—¿ah, si?¿de que será?—pretendió interés solo para contentar al americano dando pié a su verborrea habitual

—bueno, yo era un agente de la C.I.A. que estaba infiltrado en Inglaterra y tenía que enamorar a una persona, pero nos terminamos enamorando y nos casamos— le narraba feliz— ¿y sabes quien era esa persona?— preguntó a Arthur recibiendo una mirada de ligera curiosidad— eras tú— ante esto las mejillas del inglés se vuelven a encender— aunque la cosa era muy extraña porque Londres se veía como en las fotos viejas, antes del ataque terrorista y la devastación y el resto es muy confuso— razonó antes de encogerse de hombros restandole importancia—supongo que debe de ser porque ayer me obligaste a estudiar historia—

—porque si no estudias reprobaras historia de nuevo— le reprende el de ojos verdes

Así ambos siguen caminando entre charlas, reclamos, risas y discusiones hasta el colegio siendo observados de lejos por una figura.

—¿listo señor?—pregunta un hombre vestido de negro a la figura de cabellos rubios

—si— es lo único que contesta subiéndose al auto negro

Una vez dentro ve una carpeta en el asiento trasero, junto a él, y la abre justo antes de recibir una llamada. El sujeto atiende.

—Alfred F. Jones al habla—se anuncia

Y al colgar la llamada no puede evitar que la nostalgia vuelva a él al recordar la razón por la que se cambió el nombre. La misma por la que mantiene seguro a aquel simple humano. Y puede recordarlo todo con claridad

FLASH BACK...

Tal y como dijo el doctor, Alfred pasó la noche en el hospital y al día siguiente recogió sus cosas y se fue en taxi hasta su casa.

Abre la puerta apesadumbrado y deja tirado el bolso al lado de la entrada antes de cerrar la puerta sin seguro y caminar arrastrando los pies hasta el sofá donde se sentó a ver televisión. Mala idea. Al encender el aparato miles de agujas se incrustaron en su pecho al ver el noticiero donde aparecía la imagen de las islas británicas totalmente devastadas y sin vida. Apagó la televisión y lágrimas cayeron de nuevo desde sus orbes azules. Quería volver a gritar pero no le salía la voz y su garganta le mataba, así que se recostó en el sofá mientras se abrazaba a si mismo en la oscura soledad de su departamento siendo roto el silencio por su llanto mudo y por la puerta abriéndose, y aunque lo escuchó claramente, prefirió aparentar que no; ya no le quedaba nada de valor que pudieran quitarle. El intruso cerró la puerta de nuevo y caminó hasta quedar frente al sofá y se detuvo a observar al ser lamentable que allí se encontraba.

—Arthur se enojaría mucho en estos momentos si supiera lo que estás haciendo— habló la persona misteriosa dejando estupefacto al rubio antes de que este se incorporara rápidamente y enfrentara al invasor.

Sus ojos se abrieron de impresión cuando reconocieron en aquel rostro bañado por la escasa luz que entraba por las ventanas el suyo propio. El individuo, igualmente rubio, se tomó la libertad de sentarse en el sillón frente al agente y mirarle con sus ojos azules penetrantes idénticos a los de Alfred.

—seguramente te estarás preguntando quién soy o qué soy— afirmó—no debería estar aquí ¿sabes? Pero nunca me ha gustado seguir órdenes y necesitaba hablar contigo—el cerebro de Alfred trabajaba a millón para procesar todo lo que escuchaba y lo que seguro le sería rebelado por aquel extraño conocido—yo me llamo Frederick Jones—y solo la mención de aquel nombre sacó a flote ese recuerdo que vino a él durante su inconsciencia— conocí a tu padre, Alfred. Era un buen hombre, leal y confiable, y era uno de mis guardaespaldas. Créeme que el día que murió lamenté profundamente su muerte porque era injusto lo que había ocurrido, y aun lo pienso—la duda se leía en el semblante de Alfred— tu padre no murió en un accidente, él fue asesinado por revelarte el secreto. Se supone que nunca debió contártelo, pero lo hizo y ese fue su mayor error. Luego de que se deshicieran de él hice hasta lo imposible para conseguir que no te tocasen por el profundo respeto que le tenía a tu padre— la revelación de tal hecho hizo que la mente del americano se volviera un caos. Su amado padre, una de las personas que más quiso en este mundo, asesinado. Las lágrimas volvieron a hacer acto de presencia.

Cuando logró reponerse un poco, miró a la nación fijamente queriéndole transmitir su mensaje: ¿Por qué me estás contando todo esto?

—No conozco a nadie que se merezca saber la verdad más que tú, porque este gobierno te ha quitado no a una, sino a dos de las personas más importantes para ti Alfred—al decir esto, el aludido pensó en su significado implícito y su expresión se volvió glacial— Arthur tenía dos nombres. Uno era Arthur kirkland y otro era Reino unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Nuestra existencia está ligada a la de nuestra nación. Al desaparecer Reino Unido como nación Arthur kirkland también lo hace— El rostro del humano se enterró en sus manos mientras trataba de contener la oleada de emociones que le embargaban en esos instantes y que poco a poco se iban adueñando de su cuerpo hasta que este se levantó y comenzó a aventar y romper todo lo que se cruzaba por su camino mientras la tristeza, la cólera, la culpa, el desamor, el sufrimiento fluían a través de su cuerpo y salía por los poros de su piel. Se sentía engañado y monopolizado. No podía parase ni controlarse.

Frederick, al ver que se salía de control, se levantó y apresó al otro hombre con una llave al cuello. Alfred se removía y trataba de liberarse sin éxito hasta que se rindió y comenzó a caer en el letargo de la melancolía.

La nación llevó al agente hasta el sofá y lo volvió a sentar en él.

—Mírame— le ordenó sin recibir respuesta— ¡mírame! —Dijo con más fuerza agitando los hombros caídos del otro— este no es el momento para sentir toda la culpa, porque no es tuya, es mía—los azules opacos le miraron— yo fui quien planificó y coordinó la operación. Sería muy fácil decir que me lo ordenaron y que no tenía opción cuando yo fui quien hizo el trabajo. Por eso no lo haré y asumiré enteramente la culpa por la mayor atrocidad que he hecho en toda mi vida. Porque tal vez yo no era la pareja de Arthur, pero le amaba, de una manera o de otra. Él me crió y me sacó adelante, me protegió y me perdonó, cosa casi imposible en él—las miradas azules se encontraron y Alfred supo que aunque quería odiarle y darle un buen golpe no podía.

Pasaron varios minutos en silencio antes de que la nación decidiera levantarse y dirigirse a la salida

—wait…— logró pronunciar con dolor el americano consiguiendo la atención de su nación

Se señaló el rostro y luego señalo el del contrario tratando de dar a entender esa última duda

—cada nación tiene una contraparte humana. Un ser mortal en cualquier lado del mundo que posee el mismo rostro y la misma personalidad que la nación, y solo puede haber una de estas a la vez— se explica— una última cosa, sea lo que decidas hacer, te apoyo, aunque eso lleve a la destrucción de uno de los dos o de ambos—y con esas palabras se fue.

Luego de ese encuentro no se volvieron a ver hasta aquel día…

26…25…24…23…22…21…20…

Podía verlo parado entre la multitud mientras le miraba con una sonrisa que le decía que se esperaba algo así de loco de su contraparte. Después de todo eran casi iguales.

19…18…17…16…15…14…

Su hermano también estaba entre los agentes mirándole suplicante, seguramente gritándole que se detuviera. Ya era demasiado tarde, la bomba era imparable. Le sonrió y Mathew entendió que eso era lo que Alfred quería y que no había nada que pidiese hacer para evitar lo que sabía que pasaría.

13…12…11…10…9…8…

Adiós Mathew, mi querido hermano; el que siempre me apoyó en todo, incluso en estos momentos en los que me miraba con lágrimas en sus ojos sin hacer nada para impedirlo.

Adió amigos, los pocos pero verdaderos que tuve.

Adiós madre. Sé que te prometí que cuando llegara tu hora te enterrara junto con mi padre, creo que no podré cumplirla después de todo. Te amo.

Pensaba mientras esperaba el fin

7…6…5…4…3…2…1…

—Arthur, por favor, perdóname—

Al instante el dispositivo explotó inundando la habitación de fuego y humo, de destrucción que solo afectó aquella zona tan protegida. Y cuando el humo cesó y lograron destrabar las puertas, solo quedaban las paredes ennegrecidas llenas de hollín.


espero que les haya gustado. Perdonen el inmenso retraso pero hay cosas que se escapan a mi control.

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