Disclaimer: si algo de esto me perteneciera, Peter Pettigrew habría hallado la forma de redimirse por lo que hizo. Al no ser así, ninguno de los personajes es mío: todos son de J.K.

Nota: no sé muy bien por qué he escrito esto. Quizás necesitase sacar algo de dentro, no lo sé. Espero haber sido capaz de transmitir lo que pretendía y que os guste este pequeño relato. Como siempre, le agradezco a Fiera su paciencia a la hora de betearme :)


Colagusano


Peter estaba eufórico. Después de años de esfuerzo y sacrificio, por fin, lo había conseguido, se había transformado. Quizás no fuese el mejor alumno del colegio y no ostentase cualidades que le hicieran destacar entre los demás, pero, en aquel momento, nada de eso importaba. Porque ese día Peter Pettigrew, con tan sólo quince años, se había convertido en animago y eso significaba algo. Significaba que él era especial.

—Pe-Peter —murmuró James con un deje de asombro en la voz.

El joven se giró y se encontró con que sus amigos lo observaban con los ojos abiertos de par en par. Peter compuso una sonrisa nerviosa y todo su cuerpo se tensó. No entendía por qué lo miraban así, con incredulidad; parecía que nunca hubieran creído que lo lograría.

Y aquello dolía.

No obstante, parte de su orgullo resentido se desvaneció cuando Remus se acercó a él y lo tomó por los hombros susurrando: ‹‹Gracias, Peter››.

—Sí, enhorabuena, amigo —comentó Sirius con despreocupación, después de revolverle el pelo en señal de aprobación—. Ahora, ha llegado el momento de ponerte un mote. Te lo has ganado.

Peter lo observó, ansioso. Aquel era el momento por el que tanto había luchado. Ahora que por fin lo había logrado y había demostrado su valía, podría mirar a James y a Sirius a los ojos y tratarlos como a iguales.

Sirius frunció el ceño, pensativo, durante unos segundos, para después exclamar:

—¡Ja! ¡Ya lo tengo! ¿Qué te parece ‹‹Colagusano››?

La realidad cayó sobre él como un jarro de agua fría. Todos lo miraron, expectantes. Querían saber si estaba conforme o no con su apodo. Peter tuvo en sus manos la oportunidad de negarse, de alzar la voz y reivindicar su derecho a tener un pseudónimo que no le hiciera sentirse humillado porque, si bien era cierto que su animal no era tan espectacular como el de James o el de Sirius, eso no le convertía en alguien inferior.

Abrió la boca, dispuesto a dejar las cosas claras, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Al final del día a Peter le faltaba el coraje necesario para hacerles frente y, una vez más, guardó silencio.

Un silencio que, con el tiempo, se alzará como un muro, implacable, y truncará sus destinos, arrastrándolos a una espiral de destrucción, traición y muerte.