El despertar.
Intenté concentrarme mucho más en sus perfectos rasgos, pero el ardor en mi garganta me lo impidió. - ¡maldición!- pensé. Había creído que el dolor había desaparecido por completo pero no era así, mi garganta continuaba ardiendo, aunque de manera diferente, sentía sed, muchísima sed.
- Al fin has despertado, mi querida Sulpicia – murmuro Aro con su melodiosa voz, tan cordial y alegre como siempre lo había escuchado. Su sonrisa mostraba su emoción, parecía bastante entusiasmado.
Mis ojos se posaron en los suyos, tan rojos y profundos. Intente hablar pero el ardor de mi garganta me lo impidió, así que rápidamente pose mis manos en mi cuello en un intento de mitigar aquel dolor.
- ooh vaya, tienes sed – aseguró mirándome dulcemente y sin borrar aquella perfecta sonrisa de sus labios. – No te preocupes querida mía, eso se soluciona con rapidez – su sonrisa desapareció de pronto, pero no me quitó los ojos de encima, tomo mi mano derecha entre las suyas, me sorprendió el hecho de que su tacto ya no me parecía frío, por el contrario, era cálido y suave. Él dejó de hablar.
Yo sabía lo que hacía, a estas alturas ya no era una ignorante de su mundo… ahora mi mundo también. Sabía perfectamente lo que él era, lo que hacía, así como sabia también en lo que yo me había convertido, pues él mismo se había encargado de ponerme al tanto de muchas cosas días antes de mi transformación. Aro leía mis pensamientos mientras mis enormes ojos se clavaban en su rostro, intentando concentrarme en sus expresiones más que en mi sed. Sus labios se abrieron ligeramente y se relamió el inferior, luego parpadeo y me acaricio los dedos con los suyos.
– Tu sed me ha puesto sediento también – acercó mi mano a sus labios y depositó un beso en ella de manera galante.
Se levantó con rapidez de la cama y avanzó a gran velocidad hasta una estantería de madera fina y oscura, abrió las portezuelas con sumo cuidado y gracia y tomo una copa de oro en la cual vació un líquido rojo que provenía de una botella, como si de licor se tratase.
El aroma de aquel líquido hizo que me enderezara de la cama, pronto estuve sentada en el borde y él lo noto al instante.
- shh, shh, shh, tranquila, mi niña, tranquila – susurró en voz bastante baja pero perfectamente audible para mí. Parecía tan calmado, tan confiado, tan seguro a pesar de que tal vez yo podría significar una amenaza para él. Se me acerco y me extendió la copa.
– toma, esto te hará sentir mucho mejor -
Tomé el recipiente entre mis manos y bebí la sangre que había dentro con desesperación y sin sentir alguna clase de remordimiento hacia la víctima, ni siquiera me limite a pensar de quien podría provenir aquel líquido, no me importaba, solo necesitaba saciarme.
Todo aquello parecía mágico, la sangre que bebía iba calmando el ardor de mi garganta, la calidez del líquido provocaba una sensación de bienestar parecida a la de la anestesia, todo parecía mejor ahora, y al menos me era más fácil mantenerme concentrada en Aro y no en mi misma.
Él me sonrió de nuevo y volvió a extender su mano cuando terminé de beber, le entregué la copa y él la colocó sobre un pequeño mueble también de madera que estaba situado al lado de la cama. De inmediato volvió su mirada hacia mí. Mirando fijamente mis ojos, posó su mano derecha en mi mejilla y pasó sus suaves dedos por mi piel.
Ahora era el momento justo para hablar.
- Eres mucho más hermoso de lo que recordaba – murmuré perdiéndome en su mirada, pero dándome cuenta de que mi voz sonaba menos chillona que antes, era diferente, casi no la reconocía, y es que al parecer todo se había perfeccionado con la ponzoña.
Sus dedos dejaron de acariciarme y me miró con asombro, su sonrisa desapareció por unos instantes y sus ojos rojos se entrecerraron un poco.
Me di cuenta rápidamente de que su rostro se acercaba al mío, la proximidad se acrecentaba y entonces cerré los ojos, esperando que me besara, estaba nerviosa, nunca lo había besado antes, y es que simplemente no sabía que éramos él y yo, era algo que no tenia bien claro todavía.
Me sentí bastante tonta al sentir el contacto de sus labios sobre la piel de mi nariz, sentí que me ruborizaba y me dio miedo que él lo notara. No era que me hubiese desagradado el hecho de que me besara la nariz, era más bien que yo deseaba otra cosa.
Aro poso su mano sobre la mía e inmediatamente después soltó una risilla suave y melodiosa.
- No tienes de que preocuparte, querida. – los dedos de su mano acariciaban la palma de la mía, subiendo por mi muñeca hasta mi brazo.
– No puedo verte sonrojar, eso ya no es posible – volvió a reír con ese sonido tan musical.
Me sentí tonta de nuevo, no me gustaba esa parte, detestaba que él pudiera saber todo lo que yo estaba pensando con solo tocarme, pero era algo a lo que tendría que acostumbrarme.
Si él había podido saber que tenía temor de que me viera ruborizarme, entonces seguramente también sabía que el beso en la nariz no era precisamente lo que yo había estado esperando – ¡Demonios! –pensé, sabiendo que él seguía leyendo mis pensamientos a través del tacto.
Aro se limitó a reír por lo bajo y esta vez me besó la cabeza.
