La voz cantarina y exageradamente dulce de Didyme, la hermana biológica de Aro, hizo que volviera en sí, pues me había perdido contemplando todo a mí alrededor.
Me encontraba en una habitación mucho más femenina que en la que había despertado de mi último "sueño"; pintura color coral cubría las cuatro paredes, mientras que el techo y las molduras eran de un tono color hueso, la habitación era bastante grande y espaciosa, en el fondo estaba situado un peinador hecho de madera fina y muy oscura, justo encima se encontraba un espejo grande y cuadrado pero con una fina curva en la parte superior, a la izquierda de este, a unos cuantos metros de distancia se encontraba un librero incrustado en la pared el cual estaba iluminado por un farolillo.
En el centro de la habitación se situaba una mesa que me llegaba hasta la cintura, también estaba hecha de madera oscura, aunque sus patas estaban pintadas de un color más claro y sobre esta había un florero de vidrio transparente que sostenía dos jazmines.
La alcoba estaba adornada con varios pequeños sofás de color blanco, un escritorio y una silla para este en el mismo color del que estaba hecho el peinador y un par de mesitas de té que tenían sobre ellas unos cuantos jarrones y joyeros.
Del lado derecho de la enorme alcoba se encontraba una cama muy amplia y elegante cubierta por una sobrecama del mismo color de las paredes. Todo esto perfectamente iluminado por un hermoso candil que colgaba del techo. No había estado nunca en un lugar tan hermoso y elegante.
Didyme había ido por mí y me había sacado de la habitación en la que abrí los ojos. Nunca antes la había visto, pero Aro se había encargado de contarme maravillas sobre ella. Yo sabía que él mismo la había creado, igual que me había creado a mí, también conocía que Didyme, al igual que Aro tenía un don, el cual hacía que te sintieras completamente cómodo y feliz a su lado, y al parecer estaba funcionando conmigo, pues para ser la primera vez que la veía me sentía extrañamente confiada y segura con su presencia.
- Estoy segura de que cualquier vestido que te pongas se te vera precioso, Sulpicia – aseguró ella con amabilidad mientras captaba mi atención nuevamente, sacándome de mis pensamientos.
- No lo sé – respondí algo insegura y caminé hasta donde ella se encontraba.
A parte de la puerta principal de la recamara, había otra un poco más modesta y pequeña que daba hacia un enorme vestidor.
Entrar ahí era el sueño de toda chica vuelto realidad, era el armario de una princesa. Había vestidos de todos los colores y formas, para todo tipo de ocasión; me pregunté si de verdad Didyme quería prestarme una de sus elegantes y sobre todo caras vestimentas.
- ¿Qué es lo que no sabes, querida? – ella me miró algo extrañada y cruzó los brazos mientras me observaba. Era preciosa, y claro, como no serlo si venía de la misma familia de la que venía Aro, compartían los mismos genes, no podía ser de otra forma si no hermosa. Ella no tenía el cabello tan oscuro como él, su cabello era más bien marrón y le llegaba a los hombros, lacio y brillante, simplemente perfecto. Sus ojos no eran ni muy grandes, ni muy pequeños, idénticos en forma a los de su hermano pero de un color rojo más brillante, sus facciones eran tan finas y su piel tan pálida y delicada, su voz era tan dulce y agradable que podía asegurar que cualquiera se quedaría prendado de sus palabras durante horas, y era igual de elegante que su hermano.
- Pues esto. No sé si luciré tan bien como tú esos vestidos – murmuré sintiéndome ¿inferior? Yo nunca me había sentido menos que nadie. A pesar de haber sido huérfana y pobre toda mi vida, era una mujer con ambiciones que se sabía bonita y no tenía miedo de nada ni de nadie, pero al lado de esta vampiresa cualquiera se sentiría feo.
- además… no creo que sea una buena idea que me prestes una prenda tan fina y cara – añadí.
Didyme rió melódicamente y me miró con cierto deje de ternura, coloco su mano derecha en mi hombro y negó con la cabeza.
- No voy a prestarte nada, Sulpicia, todo lo que ves aquí es tuyo, esta habitación es tuya. Los muebles, los colores de las paredes, los vestidos. Todo absolutamente lo elegimos entre mi hermano y yo sabiendo que sería de tu agrado. Aro te conoce bien. – Finalizó con una sonrisa de satisfacción.
¿Todo era mío?, ¿Qué había hecho yo para merecer tanto?
Mis ojos se abrieron más debido a la sorpresa y ella volvió a reír.
- ah y por cierto, espera a verte en un espejo. Eres tan hermosa como cualquiera de nosotros – comentó mientras caminaba de un lado al otro, recorriendo el vestidor con calma y elegancia, mirando los vestidos como si estuviera por decidir cuál era el mejor.
Era cierto, yo no había visto mi reflejo en un espejo aun, no sabía que tanto había cambiado, que tanto había mejorado mi apariencia, que tenia de diferente… y tenía miedo de hacerlo.
Estaba aterrorizada, no quería decepcionarme, ni decepcionarlo a él. Aro era muy guapo, hermoso de una forma sobrenatural. Yo en cambio siempre me había considerado bonita, pero era bonita en una forma humana y esa belleza no era suficiente en este mundo en el que todos parecían hermosas esculturas de ojos rojos y piel brillante.
Suspiré y me quedé inmóvil, parada justo al lado de Didyme. Ella tomó un vestido blanco y largo, parecía sacado de un cuento de fantasía, pero que podía decir yo de la fantasía si era la viva imagen de ella.
- este – comentó victoriosa y su mirada se posó en mi – este es perfecto para que lo luzcas en el primer día de tu eternidad – extendió su mano y me lo entrego, yo lo tomé dudosa. No tenía dudas acerca del vestido, pues era completamente precioso, tenía dudas sobre mi capacidad para lucirlo tan finamente.
- Ahora cámbiate. Te espero afuera – se giró con sus movimientos tan delicados y gráciles y desapareció del vestidor inmediatamente.
Me quité las ropas con prisas. Al parecer era demasiado fuerte, pues rompí el vestido azul que llevaba puesto en un intento por quitármelo.
Aro me había comentado que los vampiros neófitos siempre eran mucho más fuertes que los mayores. Tal vez eso era lo que ocurría conmigo, pues era estúpido pensar que todos rompían sus prendas intentando quitárselas. Fui más cuidadosa con todo lo demás, me puse el vestido con delicadeza, sintiendo como la suave y fina seda acariciaba mi piel.
Me di una vuelta rápida, divertida y fascinada por las olas que hacía mi vestido y fue hasta entonces cuando me percaté de que estaba descalza y de que llevaba así desde que desperté.
Esto de ser una neófita era casi lo mismo que ser idiota pues todo resultaba tan mágico y fascinante al ser experimentado con mis nuevos sentidos vampíricos que me era imposible concentrarme en algo y me distraía con demasiada facilidad.
Me detuve y mire alrededor. Agradecí que Aro y su hermana hubieran añadido una repisa llena de zapatos al vestidor.
Me acerqué a ella observando con atención cada par de zapatos. Eran demasiados, y bastante hermosos, había podido contar al menos 50 pares, todos nuevos y a la espera de ser calzados por primera vez. Sinceramente no tenía ganas de usar zapatos altos, no me gustaban demasiado, prefería los zapatos de piso y seguramente Aro había sido capaz de conocer ese dato a través de su don, pues había muy pocos pares de tacones.
Mi mirada se posó en unas sandalias blancas, muy sencillas pero no por eso dejaban de verse elegantes y bonitas, me parecieron la mejor opción. Me recargué en la pared y me las puse con toda la delicadeza y el cuidado que me fue posible, cuando me sentí lista abrí la puerta del vestidor y salí a la habitación, notando a Didyme parada frente a la cama, tenía en las manos unos listones y un par de cepillos.
Ella me miró y sonrió de lado.
- Buena elección – murmuró mirándome de arriba abajo y dejó las cosas caer sobre el colchón de la cama, se acercó a mí tomándome del brazo y dirigiéndome con prisas hacia la cama, en donde me sentó con delicadeza. – Ahora quédate quieta y no me preguntes nada – sentenció.
Sentía las manos de Didyme moviéndose con rapidez en mi cabeza. No tenía la menor duda de lo que hacía, era obvio que intentaba arreglarme el cabello, aunque no sabía que tipo de peinado me estaba haciendo, tenía curiosidad pero recordé que me había pedido no hacer ninguna pregunta. Estuve segura de que ella pretendía hacerme callar con su don, pues una ola de felicidad y emoción me invadió de la nada y no tuve oportunidad de cuestionarla, simplemente cerré los ojos y la deje hacer.
Un par de minutos después Didyme soltó mi cabello y posó sus manos en mi rostro, haciendo que me girara para que ella pudiera verme mejor. Sonrió y caminó hasta la puerta de madera que daba al enorme pasillo por el que habíamos llegado ella y yo, la abrió y se paró en la entrada, mirando hacía afuera.
- Aro – lo llamó con tranquilidad mientras colocaba ambas manos en su cintura – ya puedes venir. –
Una sensación extraña me recorrió el cuerpo entero al saber que él venía hacía acá, pero no me moví de donde me encontraba.
Podía escuchar el ligero golpeteo generado por los pies de Aro al rozar el suelo; estaba segura de que ese sonido era completamente inaudible para el oído humano, pero yo podía escucharlo bien.
Comencé a tamborilear los dedos de mi mano derecha en la cama, impaciente y nerviosa, a la espera de lo que estaba por pasar.
Reconocí su figura inmediatamente después de que se asomó por la puerta, sus ojos no se posaron en su hermana, por el contrario parecía ignorarla y fijarse solamente en mi.
- Pero si eres tan bella – afirmó con una sonrisa en los labios mientras juntaba sus manos y se acercaba a mí sin apartar sus hipnóticos ojos rojos de mi rostro.
- será mejor que los deje solos – exclamo Didyme aun parada en la entrada de la habitación, yo la miré con cierto deje de timidez y ella me sonrió a cambio.
- gracias – respondió Aro sin mirarla, parado justo frente a mi sin borrar esa sonrisa perfecta de sus labios.
Didyme terminó dándose la vuelta y cerrando la puerta a su espalda.
Ese fue el comienzo de todo.
