Solos
Estaba muy nerviosa a pesar de que ya había estado a solas con Aro bastantes veces, pero esta era diferente, estaba segura de que esta ocasión sería completamente distinta a las demás dadas las circunstancias.
Aro se sentó en el borde de la cama justo a mi lado, me observó sin decir nada por un par de minutos y entonces me perdí en sus ojos, tan profundos y rojos, un rojo oscuro y pasional, era imposible no quedar hipnotizada ante ellos. Estaba segura de que la mayoría de los humanos- si no era que todos - se asustarían al toparse con una mirada así, seguramente gritarían y saldrían corriendo, y era algo que no podía entender pues en mi tenían un efecto bastante diferente.
Se inclinó un poco, rozando su nariz en mi cuello delicadamente, subió con lentitud y yo cerré los ojos, entonces él se detuvo en mi oído, podía sentir su suave aliento - La mia Sulpicia – murmuró en un susurro que me hizo estremecer, luego volvió a mirarme a los ojos.
"Mi Sulpicia", eso era lo que él había dicho. Yo era suya, y no necesitaba que él me lo dijera, yo le pertenecía porque mi corazón inerte así me lo dictaba, no había otra razón, aunque de todas maneras me sorprendía que él lo considerara de esa forma, ¿En realidad él quería que yo fuera parte de su vida?, ¿De verdad me consideraba suya?
Su mano derecha se posó en mi mejilla, acariciándola con la punta de sus pálidos dedos. Volvió a sonreír y me besó en la frente.
-Así es, eres mía, a menos de que tu no lo quieras así – dejó de rozar la piel de mis mejillas para tomar uno de los mechones de mi cabello y enredar sus dedos en el en un acto cariñoso – Pero sé que tu también me quieres –
Ahora estaba segura de dos cosas. Una era de que sabía exactamente cualquier cosa que pasaba por mi cabeza y eso no me agradaba del todo, tendría que encontrar una forma de no ser un libro abierto para él, y la otra era que él me quería, no podía ser de otra manera después de haberme dicho aquello.
- Claro que te quiero – respondí nerviosa. Él sonrió con evidente alegría.
- Te haré mi reina, Sulpicia. Deseo que estés conmigo todo el tiempo que dure nuestra eternidad, estoy completamente seguro de eso – su voz sonaba tan dulce y llena de tranquilidad y seguridad. Sentí ruborizarme pero no podía hacerlo, agradecía infinitamente aquello.
Intenté hablar pero no podía concentrarme en muchas cosas, mi cerebro trabajaba rápido, no sabía bien que responder.
Estar con él por el resto de mis días representaba una eternidad llena de maravillosas experiencias, y no, no era que me importaran los lujos y el poder que significaba ser su compañera. Me importaban las experiencias a su lado, su cariño, su compañía. Aro era todo lo que siempre había soñado, estar a su lado me hacía sentirme feliz y completa.
- ¿Puedo saber qué piensas? – preguntó cordialmente mientras yo lo miraba fijamente. Me causo gracia que pidiera permiso, solté una risita leve y asentí con la cabeza. Él me extendió la mano y se la di. Aro entrelazó sus dedos con los míos mientras yo sonreía con timidez pero sintiéndome infinitamente contenta.
Su mirada se quedó fija en el suelo, no parpadeó por unos cuantos segundos, leyendo cada uno de mis pensamientos pasados y los actuales. Supe que había terminado cuando sus ojos se cerraron en un leve parpadeo y su mirada volvió a posarse en mi rostro - Es por eso que te quiero – exclamó.
Mi respuesta fue una risilla boba y nerviosa. Él no soltó mi mano y sus ojos se encontraron con los míos nuevamente.
- Y bien, señorita, ¿Qué debo hacer para que me conceda el derecho al roce de sus labios? – murmuró Aro de forma galante, con un tono de voz bastante delicado y dulce. Aquello me sorprendió y me puso aun más nerviosa… si es que eso era posible.
No sabía que responder, ni si quiera sabía si sería capaz de pronunciar alguna palabra por lo que me limite a transmitirle mi respuesta mentalmente, el podría saberlo y todo sería más sencillo.
- Ese derecho ya lo has ganado hace mucho – fue mi respuesta la cual él detectó rápidamente pues una sonrisa alegre volvió a dibujarse en sus labios.
Su rostro comenzó a acercarse lentamente al mío y entonces cerré los ojos.
Sus labios rozaron los míos delicadamente, y su mano libre se poso en mi mejilla, derecha.
Era una sensación como ninguna otra. Enrede mis dedos en su cabellera negra, dejándome llevar por las sensaciones, aquello era algo nuevo, algo que había estado deseando desde mucho tiempo atrás y por fin había sucedido.
Nuestros labios se movían lentamente, era un beso dulce, tierno. El primero, y el que probablemente estaría grabado en mi memoria el resto de mi eternidad.
