Dos meses… exactamente dos meses habían pasado desde mi último sueño.

Los días transcurrían con lentitud; o al menos a mí me daba la sensación de estar viviendo en el mismo día desde que desperté convertida en una vampiresa.

Las cosas habían sido bastante… extrañas. Los primeros días fueron complicados, sobre todo porque no podía controlar mi sed, me era imposible parar una vez que había comenzado a beber, era como una adicción, podía acabar con cuanto ser humano se me pusiera enfrente, aunque evitaba con todas mis fuerzas acercarme a los niños, me sucedía algo extraño, pero no podía tocarlos si quiera; sabía que era un monstruo y que estaba en mi naturaleza matar para "vivir", pero aun así, a pesar de todo aquello, no podía imaginar si quiera beber la sangre de un niño.

Aro se había encargado de explicarme muchas cosas sobre mi naturaleza como neófita. Debía hacer un gran esfuerzo para no abrazarlo fuertemente cuando se acercaba a mí y besaba mis labios, debía contenerme, era más fuerte que él y podía dañarlo sin que fuera esa mi intención.

Había aprendido ya a ser más cuidadosa en todo sentido, ya no tenía un aspecto tan salvaje, podía cambiarme de ropa sin romperla en el intento, podía acercarme a Aro y los demás residentes del castillo sin ser un peligro para su seguridad, incluso podía alimentarme sin parecer un cavernícola; mi ropa ya no terminaba ensangrentada y podía terminar de beber sin despeinarme.

Debido a mis avances en el autocontrol, Aro había encomendado a Didyme la tarea de "cuidarme" y ayudarme en lo que fuese necesario; Athenodora, la flamante esposa de Caius, se había ofrecido también a pasar el rato conmigo, enseñándome como controlar mis impulsos y mis movimientos.

Conocí a Athenodora un par de días después de mi conversión. Era una mujer preciosa, radiante, su belleza no podía comparársele a ninguna otra, además era portadora de una elegancia incomparable, su forma de expresarse denotaba su infinita confianza en sí misma y me dio la impresión de que había estudiado muchísimas cosas, pues era muy sabia y para todas mis preguntas tenía una respuesta clara y convincente.

Tenía el aspecto de una mujer joven, dos o tres años menor que yo, casi parecía una adolescente. Su piel era más pálida que la mía, por lo que supuse que como humana debía haber sido muy blanca. Su rostro era angelical, emanaba dulzura y ternura, sus rasgos eran muy finos y delicados, muy femeninos; tenía el cabello largo, mas no tanto como el mío. Sus rizos dorados caían por sus hombros, enmarcando su cara.

Era muy alta y delgada, mucho más delgada que yo y que Didyme, mucho más que cualquier mujer que hubiera visto antes, supuse también que su estatura ayudaba a que ella luciera tan esbelta.

Su carácter no era muy diferente del de su esposo, ambos eran fríos e iban directo al punto, nunca daban vueltas, les era mucho más sencillo decir las cosas de la forma más vil que se pudiera y aquello les causaba una satisfacción enorme, claro, se comportaban así con la gente ajena a ellos, con los que no pertenecían a nuestro clan; pero conmigo, Athenodora era muy agradable, podíamos charlar durante horas sin aburrirnos, solía contarme cosas de su vida humana, como que había sido una Duquesa, siempre acostumbrada a los lujos y las riquezas de su familia, elegante y refinada, culta y bella, cosas que no habían cambiado en su vida inmortal, por el contrario, todo aquello se había intensificado.

Me gustaba su compañía, me agradaba escucharla hablar y contarme todas esas historias, me informaba de cosas que habían sucedido en el mundo y yo no había notado debido a la vida mortal que solía llevar.

Pasaba las mañanas con ella; me ayudaba con mis dudas sobre el mundo vampírico, le hacía todas las preguntas que pasaban por mi cabeza por mas bizarras que estas fueran, además me prestaba algunos de sus libros para que me mantuviera informada y entretenida.

Durante las tardes, Didyme se unía a nosotras y pasábamos el tiempo en la biblioteca, planeando mi matrimonio con Aro, cosa que me ponía de nervios completamente, y al caer el sol, cada dos días Didyme salía conmigo para llevarme de caza, aunque ella no se alimentara cada vez que me acompañaba. De vez en cuando Athenodora salía con nosotras para saciar sus necesidades también.

Las tres nos habíamos hecho muy unidas.