Distráeme, Athenodora
Pasé la noche en mi alcoba, sintiéndome nerviosa y sin parar de pensar en lo que vendría ahora. Apenas el sol apareciera y comenzara a iluminar las calles de Volterra, yo estaría oficialmente a un día de ser la mujer de Aro Vulturi.
El simple hecho de recordar aquello me causaba un escalofrío interno, pues si bien era cierto que estaba ansiosa de convertirme en su esposa, también estaba hecha un manojo de nervios; había tantas cosas en las que tendría que estar pensando en ese momento, pero quería, deseaba y necesitaba evitarlo o los nervios terminarían por consumirme por completo.
Sin más, me decidí por salir de mi habitación y con la velocidad acostumbrada en un vampiro me dirigí hasta la puerta de los aposentos de Athenodora. No deseaba ver a Aro aquella mañana, o bueno, siendo sincera, claro que deseaba verlo, siempre era ese mi deseo, pero en ese momento realmente necesitaba tranquilizarme y la presencia de mi prometido no haría más que intensificar mis nervios, si es que eso se podía.
No tardé más que un par de fracciones de segundo en aparecer frente a la portezuela y antes de que intentara si quiera tocar, ella se percató de mi presencia.
- Adelante, Sulpicia –
Entré con lentitud y cerré la puerta a mi espalda. La observé y le dediqué una sonrisa torcida, intentando ocultar mi nerviosismo, aunque aquello no funcionó del todo y me percaté de eso apenas me miró, pues soltó una carcajada cantarina. Estuve segura de que más que sonrisa, aquello había parecido una mueca de desesperación.
- ¿Estás ocupada? – le pregunté, ignorando su risa.
- Pero querida, pareces más nerviosa que anoche – su voz sonó como un susurro. Al parecer también ella había ignorado mi pregunta.
Asentí con la cabeza y agaché la mirada. No deseaba seguir con aquella conversación, debía pensar en otra cosa y era por eso que había ido a buscarla, me era sencillo encontrar algún tema de conversación con Athenodora, cualquier cosa, lo primero que se nos ocurriera y podríamos pasar el día charlando tranquilamente, lo que no me dejaría tiempo para los nervios y para que éstos siguieran incrementando.
- Necesito distraerme, hablemos de cualquier otra cosa, por favor – le pedí de una forma que parecía más cercano a ser una súplica que un favor.
Athenodora me miró una vez más y una última sonrisa se dibujó en su rostro, haciendo aparecer dos hoyuelos en sus mejillas, dándole a la vampiresa rubia una apariencia tierna y dulce.
- ¿Dónde naciste? – me preguntó de forma directa.
Habíamos hablado de muchas cosas, mas nunca de mi pasado, eso era algo que al parecer solo Aro conocía, pues yo no me había tomado el tiempo de contarle sobre mí a los demás miembros del clan, nunca creí que pudiese interesarles.
La miré fijamente a los ojos. Mi historia no era ni la mitad de interesante que la suya. Ella había sido una Duquesa, acostumbrada a los lujos y la buena vida desde pequeña, mientras que yo jamás había conocido otra forma de vivir que no fuera en la pobreza y la miseria… hasta que llegué al castillo Vulturi.
- Para ser sincera, nunca estuve segura de eso. – confesé, ante la mirada de asombro de la rubia.
- ¿Por qué? – preguntó sin más, parecía estar bastante interesada en lo que fuera a contestarle.
Antes de que pudiera hablar de nuevo, Athenodora me señaló un sofá, invitándome a sentarme, mientras ella lo hacía en uno situado justo enfrente del que me había señalado. Ninguna de las dos necesitábamos sentarnos, esa era una necesidad muy humana, pero tampoco nos parecía incomodo, por lo que accedí y tomé asiento.
- Bueno, crecí en Lorenzana – afirmé – pero no sé si nací en ese lugar, o si fui trasladada allá después de mi nacimiento – me encogí de hombros, mirándola.
- ¿Tus padres no te dijeron cual fue tu ciudad natal? – preguntó con rapidez, como si quisiera terminar de hablar rápido para que entonces yo pudiera contestarle y sus dudas se esfumaran. Me causaba gracia verla tan interesada en ese tema.
- ¿De verdad estás interesada en saber esta historia? – le pregunté sonriendo – Me refiero a que, tu propia historia es fascinante, como supongo lo son las de los demás miembros de este clan. Tus estantes están llenos de libros con miles de magnificas historias, la mía puede ser no muy… divertida – terminé de hablar, pero no dejé de mirarla a los ojos.
Obtuve otra carcajada de su parte como respuesta y antes de que le preguntara que le causaba gracia ella me respondió.
- La diferencia con mis libros es que tu historia es real, además, imagino que debe ser algo magnifico para llamar la atención de Aro – sonrió, pero esta vez parecía que le causaba cierta ternura – Sulpicia, querida. – suspiró – Aro siempre fue independiente, su hermana y Marcus estaban juntos, Caius y yo también, y él jamás mostró interés en formar pareja con nadie, aunque muchas vampiresas parecían terriblemente interesadas en él –
Hice una mueca involuntaria al escuchar aquello, no me gustaba si quiera imaginar que Aro hubiera salido con alguna otra, me causaba unos celos terribles aun y cuando en aquel entonces yo ni si quiera hubiese nacido.
- Hasta que una tarde entró aquí sonriendo de una manera casi estúpida – volvió a reír al recordarlo – Él siempre sonríe, pero esa sonrisa era diferente. Te había conocido. Desde entonces no para de sonreír de esa manera tan… extraña – su risa se transformó en una sonrisa alegre – supongo que es de la misma manera en la que sonríes tu cuando lo ves, y yo cuando estoy con Caius – suspiró – nos volvemos estúpidos, pero me gusta esa estupidez, nos sienta bien a todos – agregó.
Agaché la mirada, un tanto avergonzada pero sintiéndome tan feliz por lo que ella me contaba. No estaba enterada de eso, él, por supuesto, jamás lo había mencionado.
- Entonces, debes tener una historia increíblemente fantástica. Algo hay en ti que lo deslumbra, algo que nadie más tiene, pues nadie más lo ha hecho sonreír así – sus ojos se encontraron con los míos – Muchas de las vampiresas interesadas en ser sus compañeras tenían dones increíbles e historias similares a la mía, mas él jamás se vio sorprendido, ninguna era lo suficientemente interesante para él – se levantó de su asiento y se acomodó a mi lado - ¿Ahora puedes ver? Tienes un pasado sorprendente, una historia digna de ser contada, y yo quiero escucharla – finalizó con un brillo de excitación en sus pupilas.
Athenodora estaba ansiosa por escucharme, y yo estaba ansiosa por contarle lo que ella quería saber.
