"Has nacido para ser una reina"

Permanecí sentada en el sofá, mi mente volaba y los recuerdos me invadían; recuerdos de mala calidad, borrosos y enlodados. Debía concentrarme mucho para poder ver esas imágenes en mi cabeza. Eran mis vivencias humanas.

Athenodora permanecía cerca mío, mas no yacía sentada frente a mi como hacía unos instantes; esta vez, se había levantado, dio unos pasos hasta el ventanal de su alcoba donde su mirada se perdía en la vista a la plaza de San Marco.

- Te escucho – su voz resonó en toda la habitación, una sonrisa se formó en la comisura de sus labios y siguió mirando hacia afuera, inmóvil, igual que una perfecta escultura hecha en mármol.

Cerré los ojos unos instantes y entonces comencé a concentrarme en lo que me mostraba mi mente. Empecé a hablar sin abrirlos.

- Tenía dos meses cuando me internaron en el orfanato de Lorenzana – di un suspiro e intente continuar, esta vez abrí los ojos – es evidente que no tengo recuerdos sobre eso, era un bebé, pero las religiosas tenían mi historial en sus archivos. – le conté.

Athenodora no me miraba, seguía observando a través del ventanal, parecía atenta a lo que observaba, mas sin embargo yo sabía que me prestaba atención.

- Mis padres murieron, nunca supe la razón – volví a cerrar los ojos después de decir aquello. Inmediatamente tuve visiones mías de esos días en los que estuve interna. Sonreí de medio lado, tal vez no había sido la persona más culta, pero me sentía orgullosa de lo que había aprendido ahí.

La voz de mi acompañante me hizo abrir los ojos nuevamente. Ahora si me miraba, parecía sorprendida de lo que acaba de contarle.

- Eres huérfana – murmuró con los ojos abiertos como platos, mas no se movió de donde estaba – No tuviste un hogar, es sorprendente que estés aquí después de haber vivido de… esa forma –

- ¿En la miseria? – Le pregunté.

Ella solo asintió con la cabeza y desvió su mirada de la mía. Caminó de un lado a otro hasta sentarse sobre la cama. Yo decidí continuar.

- Viví en aquel sitio hasta los 15 años. Aprendí a leer, escribir, tocar el piano, cocinar, y bueno, ya sabes, cosas del hogar – agregué.

Athenodora sonrió y agachó la mirada, me preguntaba que estaba pensando.

Los rayos del sol que se colaban por el ventanal de aquella elegante habitación hacían que de mi piel se escapara uno que otro destello. Me causaba gracia aquello, era irónico que un monstruo como yo, pudiera desprender una luz tan cautivadora y armoniosa. Era la piel de un desalmado, mas sin embargo, brillaba como la de un ángel.

- Al cumplir los 15 años tuve que dejar el orfanato, siempre lo supe, eran las reglas – me encogí de hombros – a pesar de ello creo que fui muy ilusa… - sonreí amargamente.

Esta vez no hubo necesidad de cerrar los ojos para tener una visión de mí misma años atrás.

Caminaba en los alrededores del internado, tenía un bolso en la mano, en él guardaba mis pocas pertenencias; un par de libros que me regalaron las madres en mi cumpleaños, algunos vestidos que yo misma había confeccionado en alguna de mis clases de costura, y el poco dinero que había podido juntar meses antes, cuando comencé a vender pan con ayuda de las monjas. Tenía el cabello despeinado y calzaba unos zapatos viejos y rotos, pero podía recordar con claridad que lo que sentía en ese momento era emoción y esperanza de encontrar una vida digna ahí afuera. Aquello tardó, pero nunca me rendí.

-... pensé que por haber estudiado tanto, por haber aprendido todo lo que sabía en ese momento y sobre todo, por tener las notas más altas en casi todas las asignaturas tendría la vida resuelta y encontraría un futuro esperanzador. – mis ojos se encontraron con los de Athenodora, quien me miraba casi con admiración. - No fue tan sencillo como había esperado. – sonreí de nuevo, recordando lo que siguió después de mi salida del orfanato.

La vida nunca había sido sencilla para mi. Era una jovencita de 15 años, vagando sola por las calles Lorenzana, no tenía a nadie en el mundo… y ni si quiera tenía idea de que éste estaba lleno de criaturas sobrenaturales dispuestas a todo con tal de conseguir su objetivo: Sangre. En esos días yo era el blanco perfecto para cualquier vampiro, acabar conmigo no levantaría ninguna clase de sospecha, mi vida daba igual, al fin y al cabo nadie me extrañaría; el solo hecho de recordarlo me atemorizaba, aunque en esos días lo último que sentía era miedo.

- Tuve un poco de suerte, pues a los pocos días de haber cumplido mi plazo en el orfanato, encontré un empleo en la mansión de una familia rica y poderosa. Fui su ama de llaves hasta poco antes de cumplir los 20… - iba a continuar con la narración, pero Athenodora me interrumpió.

- ¿Por qué no te quedaste? ¿Deseabas encontrar algo mejor? – sus palabras me resultaban graciosas. Claro que deseaba algo mejor, más nunca pensé que podría encontrarlo. En esa mansión tenía un hogar, una cama donde descansar, muchos libros que leer, y lo más importante: pan para llevarme a la boca ¿Podría una huérfana pobre como yo encontrar algo más valioso que eso? Lo dudaba.

Negué con la cabeza e hice una mueca de asco al recordar lo ocurrido. Suspiré y me animé a contarle lo demás.

- Giorgio era el hijo mayor del matrimonio Gervasi, además de él, los señores tenían una hija llamada Sicilia y otra de nombre Carola.

El muchacho era solo un par de años mayor que yo. Era muy apuesto. El cabello color miel le cubría las orejas, sus pequeños ojos tenían un tono verde esmeralda, su andar era varonil y su voz podía seducir a cualquiera, a cualquiera menos a mí.

Usaba a las mujeres como su diversión; una noche estaba con una, a la siguiente metía a otra chica a su recamara. Se cansaba de una y buscaba a otra, jamás tenía algo serio con ninguna, y la manera en la que me miraba me hacía creer que no tardaría mucho en ser yo la siguiente.

Los señores parecían no percatarse de la osada conducta de su primogénito.

Una noche, Giorgio se apareció en mi habitación, tuve miedo, pero no se lo demostré. Recuerdo palabra por palabra de lo que dijo: "Quítate esos trapos y acuéstate en la cama, como la perra que eres". Solté una carcajada y di un par de aplausos. Lo miré a los ojos y sonreí ampliamente "¿Disculpa? Creo que te has equivocado de habitación. Aquí no hay ninguna perra. Tu habitación está en el piso de arriba, seguramente ella te espera ahí". Me animé a decirle aquello, aunque en el fondo estaba muy asustada. – solté unas risitas y Athenodora río conmigo.

- Muchacha valiente – murmuró entre risas –

- O torpe… recibí varios golpes debido a mi "osadía" – volví a reír, luego di una bocanada de aire y continúe – Como era de esperarse a Giorgio no le causó la más mínima gracia mi comportamiento, intentó hacerme suya a base de golpes, pero mi negativa siguió hasta que logré zafarme de su agarre y salí corriendo de la habitación. – me puse de pie y recargué mi espalda en una de las paredes – Hui. Corrí lo más rápido que mis piernas humanas me permitieron. No me importaba el trabajo, tampoco quedarme en la calle. Yo no volvería a esa mansión. – sonreí victoriosa – Mi dignidad valía mucho más que cualquier cosa material –

- Sigue, por favor – me pidió mi cuñada mientras me observaba atenta, como quien viera la más interesante de las obras teatrales.

- No tenía donde quedarme, pero encontré una casona abandonada y sucia. Eso era mejor que nada. Dormía ahí durante las noches, y apenas el sol aparecía en la mañana, me levantaba y salía a caminar. Vagaba por los mercados y me ofrecía a ayudar a las ancianas ricas con sus compras. Todas confiaban en la muchacha de cabellos alborotados, ojos azules y escasos 19 años. – volví a hacer una mueca al recordar lo aburrido que era aquello, pero no tenía alternativas. – de vez en cuando me quedaba a hacerles compañía y a escuchar largas platicas que se repetían una y mil veces. Fingía interés y funcionaba. Al final del día volvía a la casona con varias monedas de oro y plata que me daban oportunidad de alimentarme al menos una de las tres veces necesarias – Concluí orgullosa. Me había demostrado a mí misma que podía mantenerme con vida sin necesidad de caer en las manos de la perversión.

- ¿Qué pasó con Aro?- preguntó Athenodora. Se paró de la cama y se sentó en el filo de madera del ventanal. De su piel brotaron millones de destellos que se reflejaron en las paredes.

- Lo conocí el día de mi cumpleaños número 20 – No pude evitar una sonrisa boba al recordar ese momento – Era mi primer cumpleaños sola, tampoco me importaba demasiado la soledad, había tenido que acostumbrarme a ella. Pasé parte de la mañana y toda la tarde en casa de dos ancianas, eran hermanas y me veían como una sobrina, decían que yo les recordaba a la muchacha que había desaparecido de un día a otro – fue hasta ese momento que mi cerebro llevó a mí la idea de que tal vez no había desaparecido de la nada, seguramente había sido el almuerzo de algún vampiro nómada – Comí con ellas y cuando la noche llegó me despedí. Me dieron a cambio de mi compañía una bolsa con frutas y 10 monedas de oro. Me sorprendió y me pregunté si ellas desconocían o no que aquel día fuera mi cumpleaños, pues habían sido muy bondadosas conmigo.

Salí de su hogar y caminé con los brazos cubriéndome el cuerpo. Hacía frío. Tenía dinero y frutas para comer al menos por tres días, por lo que pasé por la panadería para darme un lujo. Miré un pastelillo que pintaba para ser delicioso. Era mi cumpleaños, merecía comer uno de esos. Una gruesa capa de chocolate cubría el pan dulce, tenía la mitad de una fresa sobre él. Siempre había deseado probar aquel manjar color café, su olor me hipnotizaba y escuchaba que la gente le llamaba "Chocolate", pero era muy pobre como para permitirme comerlo. Ese día era mi oportunidad perfecta.

Me llevé una gran decepción al intentar abrir la puerta. Había llegado tarde, estaba cerrado. Sentí ganas de llorar, pero me pareció patético hacerlo, así que caminé hasta la casona que tenía por hogar.

Antes de cruzar la esquina que me llevaba directo a "mi casa" lo vi por primera vez. Estaba parado al final del callejón y me miraba fijamente. Decidí seguir caminando y no mostrar miedo. Siempre lo ocultaba. Cuando estaba a unos metros de él, en un segundo se posó frente a mí y me miró con sus ojos rojos. El miedo se esfumó y quedé prendada de su mirada hasta que él habló. – Miré a Athenodora y ella a mí. Ambas sonreímos.

- ¿Qué te dijo? – se apresuró a preguntar.

- "Feliz cumpleaños, Sulpicia" – murmuré, reviviendo en mi cabeza aquella imagen - entonces extendió su mano y me ofreció el mismo panecillo que había visto en la panadería. Lo tomé sin dejar de mirarlo a los ojos y le agradecí. Él me sonrió y desapareció tan rápido como un pestañeo. No dejé de pensar en él en toda la noche, tampoco al día siguiente. Era tan misterioso. Hasta que se apareció de nuevo en el mismo sitio apenas el sol se ocultó. – finalicé y mi mirada se perdió en algún punto.

- Es tan bella tu historia – comentó la rubia. Sus palabras me sonaron muy sinceras.

- Gracias, pero sigo sin entender que vio Aro en esa humana tan…. –

No pude terminar la frase porque el aroma de Aro invadió por completo el lugar. Mi estómago dio un vuelco y de pronto me sentí de esa forma tan tonta que solo me sucedía cuando él estaba cerca.

- Tan maravillosa – murmuró con su voz suave y seductora mientras entraba a la alcoba de Athenodora. Ella sonrió y nos miró a ambos.

- Buen día, Aro – saludó ella con gracia y cordialidad. Él hizo una galante reverencia a cambio, luego me tomó de la cintura con su brazo derecho, me acercó a él y besó mi mejilla. Yo solo sonreí.

- ¡Oh, Athenodora querida! ¿No es Sulpicia toda una reina? – le preguntó, pero no le dio tiempo para responder, pues continuó – La encontré una noche que volvía a Volterra junto a Marco y Caius. Resaltaba de entre todos los humanos, incluso de entre las mujeres de la crema y nata italiana. Era más bella que cualquiera sin necesidad de vestir lujosos vestidos y finas joyas. Quedé prendado de su belleza, entonces volví cada noche po semanas. Empecé a conocerla y a saber que le gustaba sin que ella me conociera a mí. Lo que supe me dejó fascinado. Me decidí a hablarle el día de su cumpleaños, pues sabía cuánto deseaba aquel panecillo que no pudo comprar, mas no me presenté hasta la segunda noche. – Terminó y me soltó suavemente, pero no se apartó, por el contrario tomó mi mano y la elevó hasta su rostro, depositando un dulce beso en ella.

- Disculpen que entrara de esa forma tan poco cordial, venía a buscar a Sulpicia ya que no la encontré en su alcoba, y decidí entrar antes de que ella pusiera un adjetivo incorrecto en su frase. – sonrió de medio lado – ella no pudo verse con los ojos que yo la observaba. Era la humana más increíble, bella y fascinante de este mundo. Sus ojos azules mostraban la pureza de su alma, y su cabello negro y despeinado, lo salvaje y aguerrido de su ser. Ahora se ha convertido en la vampiresa más maravillosa, pues todas sus virtudes humanas se han acrecentado. Y es mía. ¡Cuán afortunado soy! – Juntó sus manos en un gesto de evidente alegría, su voz denotaba emoció otra reverencia a Athenodora y luego se giró para besarme la nariz.

- Debo retirarme. Sigan con su charla, señoritas, prometo no interrumpir de nuevo. No volverá a ocurrir otra grosería como esa de mi parte –

Aro se dio la vuelta y desapareció de inmediato. Su aroma dejó de sentirse y miré a Athenodora una vez más, ella sonreía con diversión.

- Ahora lo comprendo. Ha elegido bien – Posó su mano en mi hombro – has nacido para ser una reina –

Su figura se alejó y volvió a mirar por el ventanal. El cuarto volvió a llenarse de los destellos que su piel desprendía. Me di la vuelta y salí de ahí completamente segura de que yo también había elegido bien.