350 años después...
Rachel's POV
Mi trabajo nunca fue el mejor. Quiero decir, puede que si, al principio me emocionó tener que emparejar gente, las personas correctas. Pero nunca le encontré satisfacción necesaria; era como si algo dentro de mí estuviera apagado, por dar lo que nunca he recibido. Pero no puedo decir que no lo halla recibido, recuerdos de mi vida pasada están bloqueados, quizá si alguien me habría amado... quizá no. Esas memorias también podían ser tragedias que fueran eliminadas.
¿Jack Frost? hace mas o menos trecientos cincuenta años que no le he visto, pero su nombre se escucha; sobre todo en los últimos cien años. Sus vientos huracanados son una pesadilla para mis pobres alas, aunque debo agradecerle por las noches frías y facilitarme un poco el trabajo.
De todos modos, nunca fue fácil mi trabajo. Cada vez es más difícil. Ya no es como antes el amor, antes era muy fácil encontrar las parejas correctas... en realidad, nunca fue fácil, pero era fácil que cedieran al amor. Ahora es una pesadilla, desde hace unos... ciento cincuenta años soy odiada por más de la mitad del mundo. Pero no es mi culpa, algunos son demasiado estúpidos; otros son... como si vieran mis flechas y las esquivaran. ¡He sido una fabulosa arquera por más de trescientos cincuenta años! ¿Cómo podrá irme tan mal ahora?
Hace unos cien años, tuve una racha de muy mala suerte. No volaba, ni fuerzas tenía para ponerme de pie, y menos para tomar mi arco. Pasé días tirada en un colchón que está tirado en lo que sería mi casa, sin moverme siquiera. Hasta que un día, cuando pensé que sería mi fin; fue como si el aire volviera a entrar en mis pulmones. Estaba viva como estaba antes. Pero no mucho tiempo pasó; cuando volví a caer. Ya era una verdadera lucha; casi tanto como antes. Algo contra arrestaba mi poder: si yo enamoraba a alguien, algo hacía que la otra persona se enamorara de una tercera; cuando ponía a dos personas juntas, una se volvía agresiva, y por más flechas de plomo que les lanzara a ambos, no se separaban; o cuando hacía una pareja, algo hacía una pelea constante. Pero no soy estúpida, odio jugar con las emociones, son muy fuertes. Algo me juega en contra, es muy fuerte y va enserio.
Recuerdo lo que pasó hace doscientos años...
*Flashback modo: on*
Se me acababan las herramientas para hacer mis flechas, necesitaba oro, plata, bronce, plomo y metal. Después de pensar donde podría conseguirlo, pensé en Santa Claus. No debía estar muy lejos, y como era en el entonces en que yo tenía poder suficiente, me dirigí al Polo Norte. Mi gran sorpresa, fue que no era tan fácil entrar a "casa" de Santa Claus. Los yetis serían la parte más difícil, hasta que les lanzé una flecha de metal. Tenía una semana para entrar, pero obviamente entré en ese momento. Una puerta gigante se levantaba en frente de mí, una enorme puerta de madera. Antes de intentar cualquier estupidez, empujé la puerta, levemente. La puerta se abrió con un suave crujido, y ante mí apareció la fábrica más grande que habría visto en todo mi vida. En el centro del lugar, había un Globo Terráqueo gigante, con muchas, muchas lucesitas prendidas. Yo tenía uno similar en mi "casa", pero enfurecida un día lo había tapado con una tela, cansada de ver como las luces desaparecían al mismo tiempo que mis fuerzas. Agité mis alas, llenas de nieve. Entonces fue cuando sentí una horrible pausa. Miré hacia arriba, y duendes y yetis me miraban, como si fuera una abominación. ¿Hasta ellos creían que el amor era tan malo?
-Hola... -Murmuré, temblando por el frío y los nervios- mi nombre es... -Mi voz fue cortada por el irritante sonido de cascabeles.
Unos cuantos yetis se acercaron a mí, yo retrocedí unos pasos, asustada. Cuando vi que me estaban por agarrar, tomé vuelo, y mi cabeza se golpeó contra el techo. No podía dispararles, como dije, se me acababan los materiales para las flechas, por lo tanto, las últimas eran indispensables. Después del golpe, intenté seguir volando pero un yeti tomó mis piernas y de ahí me arrastró hasta algún lugar. Abrió una puerta y me lanzó dentro. Yo caí de cara, tantos años intentando no dañarme mientras volaba y justo ahora aterrizo de cara. Mi caída hizo tambalearse una gran pirámide de cartas. Un hombre viejo estaba detrás, era Santa, mejor conocido como Norte.
-¡¿Cuántas veces debo decírtelo...?! -Empezó a gritar él, hasta que me vio tumbada en el suelo. Yo sonreí tímidamente.
-Hola... -Le dije, sin moverme del piso.
-¿Quién es ella? ¿Hombre en la Luna buscó otro Guardián?
-Najeda faskla asda asda. -Dijo el Yeti.
-¿Cómo que logró entrar y por la puerta?
El yeti se encongió de hombros y se fue cerrando la puerta. Yo seguía en el piso, viendo a Norte.
-¿Quién eres?
Me puse de pie apresuradamente.
-Soy Rachel... Rachel Love.
-¿Hace cuanto lo eres?
-Unos... -Empecé a sacar cuentas, no recordaba cuantos años tendría, tenía que recordar mi fecha de nacimiento, y después restarle diesicéis- unos... cien años. Disculpe haber llegado de este modo, pero es que necesito más cosas para mis flechas.
-¿Así que eres Cupido? -Preguntó él, sentándose en un gran sillón.
-Si... puede decirse. Pero, ¿podría ayudarme con mis flechas?
-¡Por supuesto, Rachel! Estuviste en la lista blanca, todo el tiempo. Pero fue difícil encontrarte. ¿Donde vives? ¿En una nube?
Mantuve un leve silencio, obviamente debería decirle la verdad.
-No... vivo en un pequeño cuarto abandonado, en la ciudad, con la gente. Igual nadie puede verme.
-¿Y en ese cuartito hacen tus flechas? ¿Por quién están hechas? -Norte me tendió una mano, pidiéndome una de mis flechas. Le tendí una de plata, la mejor que tenía de momento. Él la inspeccionó.
-Si, mis flechas las hago allí. Pero se me están acabando los materiales... ¿Podrías darme algunos?
-Unas flechas muy bien hechas. -Norte me devolvió la flecha, y se puso de pie- Así que, ¿qué es lo que necesitas? ¿Varas, plata...?
-Si, necesito: oro, plata, bronce, plomo y metal.
-¿Por qué tanta variedad?
-El oro es para los amores verdaderos y de toda la vida; la plata son para los noviazgos largos y lindos, que no terminan mal, pero... siempre se encuentra un motivo; el bronce es para los enamoramientos, es como una prueba, cuando uno debe merecerse al otro, le lanzo flechas de bronce. El metal es para esos leves amores pasajeros que no duran mucho. Y el plomo, lo odio, pero es el que está en toda partes: separa parejas, o hace que nunca tengan alguna, o simplemente... es un infierno.
-¿Y para qué quieres plomo? -El me hizo una seña de que lo siguiera, y entramos a otro lugar, lleno de herramientas.
-Veras... -Yo examinaba todo lo que había, tenía herramientas para armar flechas, habían tuercas, lo básico para cualquier cosas y otras cosas que no lograba identificar- todos cometemos errores, y admito que alguna vez he encontrado parejas agresivas, o gente idiota que no se merece a otra gente; entonces a los inocentes les lanzo una de esas flechas. Para que no sufran.
*Flashback modo: off*
Ahora estoy sentada en el tejado, recostada frente a la chimenea. No espero a Norte, falta mucho tiempo para eso. Pensaba en Jack, como lo hacía cada invierno, ¿Que sería de su vida? ¿Qué le habrá pasada hace cien años, cuando yo agonizaba por la falta de fuerza? ¿Le habría pasado lo mismo? Por lo que me dijo el Conejo de Pascua, con algo de disgusto, Jack terminó siendo Guardián, y le sorprendió que no nos viéramos en tanto tiempo. Pasaron unos segundos, cuando estelas de arena dorada pasaron a mi alrededor. Pensé en tomar algo, pero no lo hice por dos razones: hace dos días no puedo volar, la gente está teniendo una baja decaída por lo que ha pasado estos últimos años. Cada vez menos gente cree en mí, y no necesito ver ese maldito globo terráqueo lleno de luces... en realidad, ya con menos. Divisé a Sandman y lo saludé con mi mano. Él me devolvió el saludo, y me envió algo de arena dorada. Cuando esa arena llegó a mí se formó un copo de nieve. Si, un copo de nieve con la arena... miré a Sandy, esto solo podía decirme unas cosas. Él asintió con la cabeza. Borré el copo con un movimiento de mano, y bajé apresurada por la ventana a mi "casa". Levanté la tela que estaba sobre mi globo terráqueo, que era muy chico, podría incluso llevarlo en el bolsillo. El globo tenía más luces de las que esperaba, tenía que agradecer a las personas que aún creían en el amor. Tomé mi carcaj y me lo aseguré a la cintura, recordando como Jack me lo había puesto hace unos cuantos siglos, por que no entraba en mi espalda por mis alas. Salí de mi casa, por la ventana, empezaba mi turno nocturno. Es la hora en la que todos salen de las discotecas, de los bares y otros lugares. O entraban.
