Elsa.

Jack. Energético, confiado, impulsivo e incluso puedo arriesgarme a tildarle de egocéntrico. Jackson Overland Frost.

Lo miré curiosa durante unos segundos ¿Qué había sucedido con él en todo este tiempo? Sus ojos se ven hinchados, acompañados de unas terribles bolsas ojerosas. Su piel está de un pálido gris. En su cuello algunos colores morados, verde y azul: moretones graves.

¿En algún sitio, bajo todo ese aspecto, se encontrara el verdadero Jack?

Esa mañana Anna me dijo algo extraño. «No es culpa de nadie», repetía una y otra vez. En ese momento solo le ignoré, después de todo ella tiene esas actitudes extrañas casi diario. Ahora entiendo qué quiso decir. Debajo de esas palabras se escondía un "no es tu culpa". O eso es lo que creo.

Diez años. Diez años completos —me anime a soltar. — Ha sido un largo tiempo ¿No? —el no dijo nada. — Y... ¿Cómo estás? Valla que has crecido. Bueno, te conocí prácticamente en pañales, eras tan pequeño en aquel entonces —bajo la mirada a mis pies. — Tú... ¿Me recuerdas?

Silencio.

Debo parecer una idiota. ¿Qué estaba haciendo? La razón por la que me encuentro aquí es para ayudar al hijo de la señora Overland. Yo no tengo ningún laso con él. Ninguno. Mi cerebro vuelve a la realidad y empiezo a meditar en la situación profesionalmente. No he pasado cinco años estudiando para hacerme preguntas sin sentido.

Primer factor, la falta de confianza. Es el primer problema para que las personas se mantuviesen en silencio. Examino a Jack por unos segundos. Esperar que responda mis preguntas no serviría de nada, es obvio que no soy más que una completa extraña para él. No me ha mirado en todo el tiempo, incluso podría jurar que evitaba el contacto conmigo.

Entiendo

Tendrá que ser de otro modo.

Rascarme los dedos se ha convertido en un mal hábito mío: Inseguridad.
Profesionalmente, ya he trabajado con varias situaciones así. En cierta edad, algunos niños optan por dejar de hablar, dejar de comer, dejar de dormir: dejar de hacer algo. El problema tiene origen en los niños pequeños. Criaturas con falta de confianza, problemas de comunicación, problemas familiares e incluso problemas por la imaginación extrema que tienen.

Pero él...

Comencé a examinar la habitación. Posters, radio, computadora, trofeos, fotos con amigos, televisión, videojuegos e incluso libros. Todo se encontraba en perfecto orden. ¿Estaría fingiendo todo? No, el en el pasado fue un niño revoltoso pero es totalmente distinto a ser un grandísimo idiota como para fingir esto.

Veinte años, veintiuno a punto de cumplir. ¿Qué problema podría tener? ¿Se encontraría en una especie de huelga?

— Tu habitación es muy amplia. ¿No lo crees?

Silencio. Nada más que silencio.

Mi rama es con niños, incluso con algunos pre-adolescentes pero con personas mayores jamás. Varios creerán que es absurdo, pero no lo es después de todo; por algo nos especializamos ¿No? Suspire un poco frustrada. El silencio se ha hecho muy incómodo. Me levante para calmarme un poco y de paso inspeccionar mejor la habitación.

Quiero hablar, gritar, sacudirle con fuerza los hombros y decir una que otra lisura sin sentido. Quiero decirle lo ridículo que se ve actuando de esa manera. Lo ridículo que se ve su cabello. Lo ridículo que es, como siempre lo ha sido.

Un rincón de la habitación llama mi atención. Un rincón lleno de libros de universidad: Ciencia, matemática, letras. No pude evitar sonreír. Cuanta nostalgia. Un sector con franjas rojas en él llama nuevamente mi atención. Franjas rojas...

Al momento de estirar la mano, otro libro cae estrepitosamente tirando uno que otro lápiz.

— Pasos... —comencé a leer en un susurro — Pasos para sociabilizar con las personas.

Eso es.

Jack se encontraba sentado en el mismo lugar, aún envuelto con las frazadas. En el momento en que mis ojos hicieron contacto con los suyos bajó la mirada

— ¿Te gustaría salir conmigo? —solté de pronto.

Su mirada se posó en mí rápidamente al mismo momento que sus ojos se abrían como platos. Por fin pude ver nuevamente, con más delicadeza, sus ojos azules. Sus penetrantes ojos azules. La confusión está dibujada en ellos.

¡Santo cielo! ¡¿Pero qué diantres había hecho?!¡¿Dónde queda el acercamiento no amenazante y mi paciencia?! ¡¿Dónde quedó mi profesionalidad?!

El continúo en silencio.

La cagué.
Realmente LA CAGUÉ.

— Es... algo opcional. —me excuse balbuceando como Anna. — No es... No es una obligación. Solo era una pregunta. Tú no tienes que hacerlo. Digo...

— Sí.

Sí. Corta y tajante palabra, pero había respondido. Sus ojos se desvían hacia otra dirección. No pude evitar sentir una gran ternura por él.

Con mucha delicadeza, me acerco y entrelazo mis dedos con los las del mientras le regalaba una sonrisa. He saltado torpemente algunos pasos, pero ha funcionado.

Paso uno: crear una relación entre paciente y médico.

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Flynn

— ¡Payasos! Ellos son los culpables de todo. Con ese maquillaje tétrico y exagerado, esas pelucas de mala calidad y como olvidar esos feos y gigantes zapatos coloridos. Estoy completamente segura de que ellos son los culpables de todo. De seguro en alguna de las fiestas, se han aprovechado de nuestro pobre Jack. Ellos...

No pude evitar dar un suspiro. Rapunzel a veces podía llegar a cuestionarte sobre el razonamiento humano.

— Elsa es una profesional. —Solté un poco agotado de sus palabras — No lo internaran, deja de buscar explicaciones para su silencio.

Ella bajo su mirada.

— Lo he arruinado ¿Verdad?-

Sé a lo que se refiere. Todos estamos buscando explicación para todo esto.

— No ha sido tu culpa pequeña. Además, él puede...

— ¿Y si no? ¿Y si no vuelve hablar nunca más? Y si el vuelve a...

— Debemos confiar en Elsa.

La primera vez que vine, noté el gran vínculo que Rapunzel y Jack comparten. Recuerdo que al comienzo no pude evitar sentir un poco de celos de su relación. No, no eran celos, era envidia. Envidia porque jamás tuve una relación así con alguien. Me quedé mirando fijamente a Rapunzel. Tiene la mirada en sus pies y juega con sus dedos. Está nerviosa, está asustada, esta...

Tome despacio su mano y en un rápido movimiento le abracé. No podía prometerle que Jack se curaría, no podía decirle que volvería a ser como antes. No podía decirle lo que ella está esperando que le diga. Tan solo podía darle un abrazo y demostrarle que no está y jamás estará sola en esto.

— Tengo miedo Eugene.

No la corregí por llamarme así. Con mucho cariño, lleve mis manos hasta su cabeza y comencé a darle pequeñas caricias. Ella recostó su pequeña cabeza en mi pecho. Olía a lirios.

— Tranquila, siempre estaré aquí contigo.

La puerta de la habitación se abre.

— Jack saliste —soltó sorprendida Rapunzel.

No pude evitar mirar la escena impresionado. Jack y Elsa, ambos se encuentran tomados de las manos. Ella no me mira.

— Me temo que la señora Frost está que me espera en el salón principal

Continúa sin mirarme. Intenta evadir el tema

— Por los cielos es cierto —añade Rapunzel — La llegada de Norte.

— Lo dejaré a su cuidado.

Y sin decir más desaparece por el pasillo. Rapunzel suspira aliviada para después soltar un sin fin de comentarios para Jack. El solo tenía la vista en el lugar por donde se había retirado Elsa.

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Elsa.

Salí de la habitación hace más de una hora. Desde entonces la calidez que dejó la mano de Jack en la mía no ha desaparecido.

Jack...

Me pregunto si seré capaz de ayudarte. Recuerdo que siempre han dicho que tengo el don de solucionar todo. Espero que tengan razón.

Quiero ver tu sonrisa. Quiero escuchar tu voz. Quiero...

«Que no me olvides»

Sentí mi cuerpo temblar. ¿Qué ha sido eso? ¿Un recuerdo? No, el lugar estaba cubierto de nieve por todos lados.

Por un momento... Por un momento mi mente se transportó a un lugar. Un lugar lleno de nieve.

— Elsa.

La señora Overland se encuentra en frente de mí.

Pestañeo un par de veces confundida. La señora tiene los brazos en mis hombros, hundiendo sus uñas en ellos.

— Señora Overland.

Sus facciones se relajan. Sus manos descienden lentamente y suelta un largo suspiro.

— Por un momento —susurra con una sonrisa triste — Por un momento creí haberte perdido.

Saca un dulce de su bolso y me lo extiende.

— Sé que son tus favoritos

— Gracias.

Mira al suelo antes de volver su mirada en mí.

Tiene los ojos levemente hinchados y el rostro retocado nuevamente con maquillaje.

— Yo...

— Señorita Arendelle —interrumpió una voz. — Por fin tengo el gusto de conocerla.

Ambas giramos la cabeza en busca del culpable.

Hans. Hans de las islas.

Anna y yo hemos tenido centenares de conversaciones por teléfono. Conversaciones de las cuales él no está libre. Primero de Marzo de hace dos años. Realmente fue un día agotador. Anna me llamó como de costumbre, sonaba nerviosa; más de lo usual. Decidí no presionarla y esperé tranquilamente a que me contase lo que sucedía. Ella es de las personas que se estresan con la presión. Cuando dieron las cinco de la tarde, ella por fin lo soltó. «Quiero tu bendición », esas fueron sus palabras exactas.

Recuerdo que esperé un momento para que ella me dijera que era una broma, cosa que no sucedió. Estaba a punto de decir mi opinión, cuando ella me interrumpió. Comenzó con su discurso de porqué tenía que aceptar su propuesta. Guardé silencio en todo momento, esperando a que ella acabara. Una vez terminado sus absurdos comentarios, todo explotó.

Como ella esperaba, me negué rotundamente a aceptar. Insultos y amenazas vinieron y fueron por el teléfono. Jamás me había sentido tan enojada en mi vida. Todo terminó mal, ella aún era una mocosa engreída. Todo termino en un

« Te demostraré lo contrario y veras que el verdadero amor existe.»

A la semana siguiente volvió a llamar, esta vez llorando. Por primera vez olvidamos la cuenta que pagaríamos al término de la llamada. Esa noche Anna lloró como nunca. «Tenías razón, perdóname», repetía una y otra vez.

— ¿Entonces?

Pestañé un par de veces con la boca entre abierta.

El resopló frustrado — Le he preguntado si me concede esta pieza.

— Bailar —solté con una mueca — Esta vez paso.

La señora Overland no aguanto más y estallo en estrepitosas carcajadas. No parece importarle esconder su desagrado por él.

Ella toma mi brazo y me lleva hacia otro lado de la habitación, lejos de él.

— No me había reído tanto en mucho tiempo —dijo después de un momento. — Definitivamente traerás alegría a esta casa.

.

.

.

Me quedé sentada, mientras las personas pasaban por mi costado sin prestarme atención. Han pasado dos horas desde mi conversación con la señora Overland y el joven Hans de las islas del Sur.

Ahora me encuentro en una mesa un poco alejada, examinando todo. Imagino que los invitados por fin estaban completos. Cada uno metido en lo suyo, sonriendo descaradamente.

Una figura conocida para mí aparece en el medio de la habitación.

Hippo.

Lleva su clásica camisa de marca. No puedo evitar reír, jamás sale sin ella.

El avanza lo suficiente para quedar en frente de mí.

— Vaya, de todas las personas que hay en este lugar jamás pensé encontrarme contigo.

Me mira de reojo

— El destino puede ser un perro a veces.

El suelta una carcajada

— Han pasado qué —cuenta con sus dedos — ¿Diez años?

— Siete —corrijo — Nos encontramos en Canadá.

— Si llamas a eso encontrada.

Reí. No ha cambiado nada. De pronto, me mira con intriga. Quiere respuestas.

— Por cierto ¿Le has hecho algo al pelirrojo?

Meneo la cabeza confundida

— Menudo tío, está en un rincón hablando pestes de ti.

No pude evitar reír

— Pero mira que gracias a eso he dado contigo. ¿Planeabas desaparecerte nuevamente?

Él siempre ha respetado la intimidad de los demás. Pese a que me incomode, conozco y entiendo perfectamente la razón de su insistencia.

— Tomemos un café otro día.

El solo sonrió


Capitulo dos

¿Alguien más odia a Hans? Bueno, yo si jajajaja

Espero les guste mi manera de escribir ahora. Si tienen alguna queja o reclamo háganmelo saber y por supuesto algunos comentarios no están demás. (¿Reviews please?)

Nos leemos.