Buuuuenas! Sí, de acuerdo, esto es inexperado. ¿No se suponía que debía ser en Jueves? ¿Hoy no lo es? De acuerdo no os volváis locos, simplemente por problemas técnicos es muy posible que no recupere Internet hasta el próximo Lunes, así que, puesto que no quiero dejaros sin capítulo de la semana. ¡Os lo publico hoy! Espero que os guste.

Contestación a Guest: Muchísimas gracias! No puedes ni imaginarte la alegría que me da escuchar tus palabras. Me alegro que mi historia enganche lo suficiente para seguirla y ¡Dioses! ¡Me alegro de que me lo hagas saber! Tengo intenciones de esforzarme para hacer que esta historia siga impactando ;)

Disclaimer: El sensualón de Inuyasha y el resto de fantásticos personajes no me pertenecen (aunque no me importaria darles un hogar XD )Todos ellos son propiedad exclusiva de la genial Rumiko Takahashi.

Advertencia: Angst, Violación, Mpreg, Horror(?), Muerte de personajes.

Rated M

Dialogos() Pensamientos ( )Recuerdos(""

Capítulo 2.

El silencio se extendía desde el monte hasta cada recoveco del pueblo.

En medio del mismo, los potentes rezos de un joven monje sumían en penumbra los semblantes llenos de tristeza. Un funeral sencillo tenía lugar sobre la cima del templo, el fuego que acogía el cuerpo crepitaba incansable. El olor de la carne reduciéndose a cenizas gritaba la presencia de la muerte y la pena, sin embargo dentro de quienes lloraban por la pérdida, otros, se mantenían firmes.

-...Y que Buda acoja el alma de esta hermosa persona, por Kaede, quien ha hecho tanto por este pueblo trayendo al mundo a nuestros hijos, sanándonos de las enfermedades y acogiéndonos casi como una segunda madre en el seno de sus consejos.

Con esta sencilla frase, los ciudadanos juntaron sus manos y oraron por la redención del buen alma de la anciana en su viaje hasta su próxima reencarnación hasta que no quedó nada del cuerpo maltrecho y el ocaso volvía a caer sobre el cielo.

Después, las personas fueron alejándose del lugar donde había tenido lugar la cremación, y dieron espació a Miroku, junto con Rin como la heredera a Kaede, para recoger sus cenizas y preparar el altar donde morarían sus restos y podría realizarse, una semana más tarde, una nueva ceremonia en honor a la sacerdotisa.

Sango, junto con sus cuatro hijos por primera vez callados y asustados, aguardó en el lugar observando el doloroso trabajo que efectuaba su marido. Ya no había lágrimas en su rostro, las habían gastado todas hace tres días, en el momento en que se descubrieron los hechos, y hace apenas unas horas, cuando los ciudadanos ya habían asistido al cortejo fúnebre y sólo quedaban por despedirse los más allegados a la anciana.

Miroku había cubierto su rostro con un pañuelo blanco para difundir el olor de la muerte, y pronto, la caro urna funeraria había sido llenada de lo que algún día fue la calidez protectora de una vieja miko. Con ceremonioso cuidado, ambos sostuvieron el jarrón entre sus manos y se dirigieron hacia el lugar dónde en el momento del amanecer había aparecido de manera misteriosa el altar que deberían haber preparado ellos mismos. Fue un camino corto pero agotador, hasta que llegaron al templo. Una mirada distraida por parte de Miroku hacia la copa de los árboles le permitió ver el reflejo de las túnicas rojas aparecer y desaparecer, como muestra de que Inuyasha había, de hecho, seguido toda la ceremonia.

Miroku cerró los ojos sintiéndo de repente un enorme peso sobre los hombros, haciéndole sentir cansado; muy cansado.

Aparecieron en el templo, y por fin, colocaron el delicado frasco sobre la pequeña capilla improvisada, adornada hermosa aunque un tanto desorganizadamente de estatuillas y coloridas flores. Miroku reconoció la mano del hanyou sobre la madera trabajada, y no se perdió detalle de la amplitud del escalón de madera donde debía colocarse la urna. Este pequeño altar no era sólo para la anciana, y eso no hizo más que provocar un doloroso escalofrío sobre la espalda del monje al comprender cuan consciente era su amigo de la situación que acontecía.

Tras juntar sus manos en una pequeña plegaria, los tres adultos y cuatro niños salieron al exterior siendo recibidos por el sofocante ambiente del atardecer, que tantos recuerdos atroces traían a sus cabezas.

―Yo...―La voz de su esposa rompió el espeso silencio. Miroku la abrazó contra su pecho dulcemente mientras le instó a callar con un gesto. Pronto, y sin que pudiese evitarlo, Rin se vió arrastrada hacia el cómodo abrazo de la que iba a ser su nueva familia.

―La muerte siempre es algo doloroso de afrontar...pero tenemos que ser fuertes, Kaede a pasado mucho a lo largo de su vida y merece descansar en paz.

Rin asintió levemente cobijándose en la calidez del monje mientras un breve sollozo volvió a estallar sobre ella, sin embargo, casi quemada por el contacto, acabó rechazándolo con dureza.

―Rin...-Susurró el monje con tristeza.

-Yo...no lo merezco.-Dijo mientras las lágrimas caían sobre sus mejillas.-No he hecho las cosas bien, yo...no pude ayudar a Kaede ni a Kagome...y ahora...-Apretó sus puños con fuerza, ¿Cómo podían las cosas haberse torcido de esta manera?

Sin ser consciente, Miroku se hizo la misma pregunta. La joven sacerdotisa del futuro estaba en estos momentos alojándose en su hogar, mientras su cuerpo humano trataba inutilmente de sanar unas heridas que nadie era capaz de atender. Cuando trataron de llevarla al hogar que compartía con el hanyou, reaccionó violentamente en un ataque de pánico, ni las duras ni las suaves palabras que usaron hacia ella funcionaron. Cualquier lugar o palabra que le recordara al que aún era su esposo causaban en ella un ataque de pánico descontrolado, y Miroku no podía deshacerse del sordo dolor que apretaba su corazón al ser consciente de que su amiga no iba a recuperarse, y que Inuyasha estaba padeciéndo el rechazo de la persona que más amaba, solo.

Sabía, tanto como sabía que su presencia aun se hallaba protectora sobre ellos, que el hanyou había vigilado constantemente aunque siempre de manera furtiva la condición de su esposa, y no podía sentir menos que un inmenso dolor hacia su amigo, sabiendo que por mucho que él mismo sufriera, Inuyasha debía estar pasándo la peor experiencia de su vida.

No es justo...Pensó el monje analizando la reciente tragedia. Inuyasha no se merecía esto, no se merecía ser castigado tan vilmente por estos acontecimientos...

Si al menos pudiera acercarse a él para tratar de darle consejo...pero era inútil, cada intento de hablar con el hanyou de cabellos plateados resultó en un fracaso total.

-Rin...-Habló finalmente.-No fue tu culpa ni la de nadie. Pensar así no te llevará a ningún lado. Las cosas han pasado de esta manera, ahora debemos esforzarnos por tratar de hacer frente a ello.

Rin le miró mientras las lágrimas perladas en sus pestañas caían suavemente, y asintió con un suspiró ahogado.

-Aún así...-Susurró ella dubitativa, y después alzó la mirada con decisión.-Sango...me gustaría muchísimo aprender a matar demonios.

Los ojos de los esposos se abrieron de manera sorprendente.

-Pero Rin tú...-Susurró Sango incapaz de creerlo. Rin jamás había presentado tanta animosidad y decisión al mismo tiempo.-...¿Por qué?-Terminó de cuestionar.

-Yo...quiero defender a este pueblo, en honor a Kaede. Si yo...si yo hubiera sido más fuerte y decidida, habría podido acabar con la criatura antes de que causara más dolor, tanto a los demás como a sí misma.

La mirada de Miroku se endureción con una ira silenciosa al contemplar las palabras de Rin.

-Rin, esa "criatura" era...

-¡Lo sé!-Le interrumpió con un grito desesperado.-¡Lo sé, Miroku-sama, lo sé...! Pero...si yo la hubiera matado, no sólo habría salvado a Kaede, sino también al alma que portaba esa pobre niña. Ella carga ahora en su alma el peso de una muerte...yo...hubiera preferido cargar con ello yo, antes que permitir a su alma partir de esa manera.

La mirada de Miroku se suavizó ante las dulces intenciones de la niña, Rin había sido una grandiosa alumna de Kaede, aunque la sorpresa de la presencia de algunos poderes sagrados sorprendieron al grupo en el momento de su descubrimiento, tras ver la pureza del alma de la chica habían existido pocas dudas. Se acercó hacia ella y posó su mano sobre el hombro.

-Rin, creo que deberías hablar con Inuyasha de tus sentimientos...estoy seguro de que él los apreciaría.

Pero Rin le miró de reojo con una mirada que gritaba lo estúpido que consideraba al monje con esas palabras, y salió corriedo de allí.

-Miroku...-susurró Sango con preocupación, pero su esposo no podía darle una respuesta para calmarla en ese momento.

-Mamá estoy cansada.-Susurró Kunia suavemente, casi temerosa de interrumpir la tensión que se alzaba sobre los adultos.

Sanga miró a sus hijos con ojos agradecidos y llenos de amor, jamás se había sentido tan afortunada de ver a sus pequeños. Y se colocó a sus alturas para ofrecerles un gran abrazo con el objetivo de calmarles.

-No os preocupéis...nos vamos a casa ahora, ¿vale?

-Sango...ve tú por delante.

La susodicha le miró con ojos entristecidos y asintió al ver la determinación de su esposo. Tomando de la mano a sus dos hijos más pequeños y siendo seguida por las gemelas, Sango bajó con cuidado los escalones hacia la baja aldea y hacia su hogar.

Miroku se quedó allí, contemplando en silencio la caida de la noche hasta que la presencia de una segunda persona amaneció sobre sus sentidos. Al darse la vuelta, el Inu-Hanyou rezaba sobre el altar. Su cabello plateado cubriendo el kosode blanco aún manchado de sangre, el haori de rata de fuego desaparecido.

Miroku fue golpeado con la dureza de lo que sucedió hace tres noches en el momento de llegar al hogar de Kaede.

Su esposa y él habían caminado durante la noche, creyeron adecuado dar cierto tiempo a la pareja para que Kagome pudiera rehacerse del esfuerzo, ya que Sango recordó cuán agotador había sido cada uno de sus embarazos después, y lo muy de mal humor en que se encontraba. Sin embargo, conforme se acercaron, escucharon el aullido canino rompiendo el silencio.

-Miroku...-Murmuró Sango apretando su mano.

Miroku asintió comprendiendo lo que quería decir antes de empezar a correr junto a ella por los caminos de tierra. Frente a la cabaña de la anciana, Miroku sacó a relucir cinco de sus talismanes de entre sus ropas, y Sango la espada corta que siempre llevaba a todos lados como preucación.

Se miraron entre sí antes de entrar, y con un asentimiento en común, abrieron la cortina con rápidez.

-¡Inuyasha!

-¡Kagome!

Gritaron ambos, entrando como un huracán con sus armas por delante. Se detuvieron al contemplar la escena.

-Kaede...-Susurró Sango ahogando un gemido.

Pero Miroku quedó inmóvil contemplando a su querido amigo dándoles la espalda, sin rastro de su haori rata de fuego. Las miradas de Kagome y Rin hablaron de un infierno de un horror. ¿Acaso su amigo se habría convertido en demonio? Pero eso no era posible, porque tenseiga era sostenida sobre su cintura como era habitual.

-Inuyasha...¿Qué ha sucedido?-Preguntó Miroku tentativamente sin lograr captar una respuesta.

-¡¿Dónde está el bebé?!-Exclamó Sango llena de angustia buscando con la mirada por toda la sala al ver que no estaba sobre los brazos de Kagome.-¿Se lo han...llevado?-La pregunta denotaba todo el odio que salía de esa afirmación, a punto de salir de esa habitación y recoger su hiraikotsu para ir tras aquel que hubiera podido cometer semejante delito.

No obstante, Inuyasha se giró, sin darle los ojos a ninguno de ellos, mostrando su haori cubriendo protectoramente lo que era el recien nacido.

Sango suspiró de alivio y dió un paso en adelante para ver el estado de la niña cuando un gruñido amenazador escapó de la garganta de Inuyasha.

-Inuyasha...-Murmuró Miroku por segunda vez, con un tono serio que obligó al hanyou a alzar la mirada. Miroku tembló. Los ojos de Inuyasha parecían perplejos, vacíos, como si le hubieran drogado y dado una fuerte bofetada, rojos, de lo que había sido el llanto.

Sango aprovechó la distracción para acercarse a las chicas y ayudarlas a levantarse.

-Tranquilas, ya pasó...-Sususurró cariñosamente al igual que haría a sus hijos.

Miroku se acercó poco a poco hasta Inuyasha con una mano desarmada por delante, quien observó sus movimientos como un animal herido a punto de salir corriendo.

-Inuyasha...estamos aquí...no pasa nada mi amigo...

-Mi...Miroku...-Susurró con la voz rota.

Miroku tembló ante la realización de lo que podría haber sido motivo suficiente para causar este desastre, pero se sintió extrañamente reconfortado al mismo tiempo al saber que su amigo estaba lo suficientemente cercano a su consciencia que podía reconocerle.

Su mano casi podía tocar el rostro del hanyou.

-Inuyasha, tienes que decirnos lo que ha sucedido...-Murmuró Miroku poniéndo énfasis en cada una de sus palabras.

-Yo...yo...-Sus pies retrocedieron, huyendo del contacto de la cálida caricia que hacían los dedos de su amigo sobre su rostro, pero Miroku no le dejó escapar, y pronto el monje sostenía su rostro con la fuerza necesaria como para obligarle a no retroceder, al menos ahora que se hayaba desconcertado.

-Qué, ha, sucedido...-Volvió a decir con énfasis pero suavidad, si esto era obra de su amigo, no podía imaginarse el alcance de sus sentimientos.

Inuyasha no solía mentir cuando sucedían las grandes cosas, y si lo hacía, sus ojos siempre serían un referente a tener en cuenta.

El breve movimiento asustadizo de la pupila hacia el bulto que cargaba le dijo a Miroku exactamente lo que estaba sucediendo. Cerrando los ojos para coger fuerzas, deslizó sus manos desde el rostro pálido hasta los hombros y de ahí hasta la tela crujiente del haori.

El incremento del ritmo respiratorio de su amigo le dijo que sus actos no estaban siendo ignorados. Por mucho que lo deseara, como monje, era perfectamente consciente de que el pequeño cuerpo que había recibido el nombre de Izayoi no tenía vida, y en su cabeza preparó su expresión y las palabras que diría tras ver el rostro de la infante muerta.

Sus dedos deslizaron la tela delicadamente, pero lo que encontró, no era lo que estaba esperando.

Alzó la mirada sorprendida y dolida hacia Inuyasha, quien buceaba anelante sobre sus sombras azules buscando algo que era incapaz de definir. De repente el monje creyó comprender, por los restos de sangre sobre el ser, y cerró los ojos con dolorosa prontitud. Acogiendo todas sus fuerzas, Miroku volvió a cubrir lo que parecía haber sido el rostro de una bestia y susurró un breve "Descanse en paz" que retumbó sobre la escena llegando hasta Sango. La mirada de la exterminadora se extravió y su rostro perdió color. Cuando volvió a mirar a Kagome, las lágrimas se desbordaron de ella y no pudo evitar lanzarse hacia ella en un fuerte abrazo, perder un segundo bebe...Sango era consciente de que su amiga jamás sería capaz de recuperarse de este golpe. Nadie fue consciente sin embargo, del pequeño cuerpo de Rin desmayándose de puro alivio contra el suelo.

Cuando Miroku abrió los ojos, la expresión de Inuyasha apenas había cambiado, recuperando un ligero brillo en los anteriores ópacos ojos. Al igual que Sango, Miroku envolvió sus brazos sobre la figura de su valiente amigo, aunque con suavidad para no aplastar aún más a la criatura., y acarició su cabello en un intento de lograr que se desahogara sobre su hombro. Un suspiró entrecortado se escapo del hanyou.

-Inuyasha...hiciste lo que tenías que hacer. Te has ganado un nuevo respeto para mí.

Ante las palabras, Inuyasha empujó suavemente al monje y se alejó con la mirada llena de confusión.

-¿Qué...qué quieres decir?-Preguntó, con un cierto tono de alarma sobre sus palabras.

Miroku respiró hondo, ¿Acaso su amigo no reconocía sus actos? Pensó, que en realidad era algo normal teniendo en cuenta la gravedad del asunto.

-No importa Inuyasha, creéme. Esta...criatura...jamás hubiera vivido.-Con la mirada fija en el suelo ante el pésame, Miroku no fue testigo del cambio de expresión sobre el rostro de Inuyasha.

-¿Crees...?-Inuyasha susurró con una fuerza que causo un escalofrío a todos.-¿¡...qué yo la he matado!?

Miroku perdió todo color al ver la oscuridad y la ira sobre los ojos dorados. Un breve parpadeo de rojo sobre ellos.

-¡MI hija!-Los colmillos alargandose, las ligeras marcas moradas apareciendo.-¡Ella merecía vivir!

Miroku se alejó un par de pasos asustado, Sango aferró a Kagome más contra sí y colocó su mano sobre la empuñadora de la espada corta.

-¡Ella!-Gritó Inuyasha al borde de transformarse, señalando a una casi inconsciente Kagome.-¡Ella lo hizo!-Dos lágrimas rodaron de nuevo sobre sus ojos al pronunciar, lo que para él había sido una sentencia.

Miroku tragó hondo comprendiendo, no solo su error, sino también la nueva perspectiva.

-Inuyasha...nosotros...yo...

Inuyasha cerró los ojos.

-No...-Susurró, las marcas desapareciendo al ritmo que la calma regresaba.-Nadie va a volver a mirar a mi hija con lástima nunca más.

Decidido, Inuyasha comenzó a caminar hacia la salida ignorando completamente la mirada de sus amigos siguiendo su camino.

Antes de desaparecer, Inuyasha ladeó el rostro ligeramente hacia su esposa.

-Sango...Cuida de Kagome hasta mi regreso por favor.

Sango tragó saliva sintiéndo que se ahogaba de la tristeza, incapaz de comprender del todo qué estaba sucediendo, y asintió.

-No te preocupes...sabes que puedes contar con nosotros.

Sin dar ninguna reacción a las palabras, Inuyasha salió del lugar, y desapareció en la noche.

Desde ese día en adelante, Miroku no había logrado hallarse frente a él hasta ahora. Y cuando por fin lograba que se apareciera, ¿Qué se supone que debía decirle?

Se acercó lentamente hasta su amigo, golpeando con fuerza sus pies contra el suelo para que fuera consciente de su llegada. Para su sorpresa, esta vez no escapó.

Logró situarse justo a su lado, una mirada por el rabillo del ojo tratando de ver su expresión. Su amigo lucía tan serio como se podría ver diariamente a su hermano.

-Inuyasha...-Miroku guardó un minuto de silencio.-Mi amigo...lo lamento mucho y...ruego por perdón.-El monje se arrodilló frente al hanyou inmóvil y fijó su cabeza al suelo. Desde su posición, sólo logro ver el nervioso movimiento de los pies, cubriendo el peso de su cuerpo de un lado a otro.

-Miroku...levántate.-Dijó con un deje de molestia en su voz.

Obedeció sintiéndo el perdón lavando parte de la angustia acumulada.

-Gracias, mi amigo.

El silencio volvió a rondarles casi con parsimonia, una ligera y agradable brisa levantándose y aliviando el sudor de sus rostros. Inuyasha tomó una bocanada de aire.

-Miroku. Dijiste la verdad, ¿no es así?

El susodicho le devolvió la mirada con cierta extrañeza, pero Inuyasha no parecía tener intenciones de continuar.

-¿Qué quieres decir?

De nuevo silencio, parecía que el joven necesitaba unos minutos para reunir las palabras adecuadas.

-Cuando dijiste que...hubiera muerto, igualmente.

Sintiéndo el peso de sus propias palabras tratando de aplastarle, Miroku dudó.

-No ví la niña al nacer; tampoco la sostuve como para haberlo comprobado pero...

-Entiendo...entonces.-Inuyasha se giró y miró a Miroku por primera vez a los ojos.-No tienes nada de lo que disculparte, eres mi amigo y dijiste la verdad. No hay nada que más aprecie.

Miroku ahogo una exclamación ahogada, la sangre que había visto no era la de aquella noche, una larga herida cruzando el pecho del hanyou era la fuente del líquido vital, moretones en su rostro dejaron sobre el una sensación de angustia.

-Inuyasha...¿Cómo...?

Una sonrisa amarga se dibujó sobre su expresión, la sombra de oscuridad sobre sus ojos levantó un extraña aura helada sobre el templo.

-Bueno, parece ser que aunque tú te hubieras equivocado, alguien más se hubiera encargado de darle muerte.

Miroku parpadeo con una expresión de incredulidad y preocupación, cuando la imagen de una persona apareció en su cabeza. Un tic guió su mirada hacia el estómago del hanyou, dónde una vez una mano le atravesó completamente.

-¿Te has encontrado con...?

Una carcajada llena de veneno escapó de su garganta.

-Ese hijo de puta...tiene una misión, ya sabes, parece que exterminar hanyou es lo único que sabe hacer.

-Pero...¿Izayoi?-Preguntó el monje con un nudo en su garganta.

Inuyasha dibujó una sonrisa llena de calidez, sorprendiendo completamente al monje.

-Miroku...-Susurró reflejando sus sentimientos en ese nombramiento, un "gracias" sin palabras que no necesitó traducir.-No te preocupes...ella...ya está descansando en paz.-Miroku asintió en comprensión.-Yo...quiero ver a Kagome.

Miroku lanzó un suspiro sin contenerse, dirigiendo la mirada al cielo estrellado.

-Eres consciente de que Kagome...

La pausa inmiscuía cientos de significados, pero Inuyasha miró el altar creado por si mismo casi como si viera presente a la vieja miko.

-Lo sé.

La simplicidad de su respuesta llevó a Miroku a asentir quedamente y no ahondar en la conversación, en lugar de ello, sacó de su túnica tres pergaminos sagrados y los colocó sobre las paredes y el techo del altar.

-¡Keh! Me sorprende que esa cosa funcione...

Miroku sonrió ladinamente ante el reproche a sus poderes observando el habitual gesto osco.

-Me subestimas, querido amigo.

Ambos iniciaron el camino de regreso al hogar rodeados de la calma que otorgaban las costumbres y rutinas. En sus ojos se veían, sin embargo, la tristeza de saber que se acababan las aventuras, se acababa la felicidad. Miroku era consciente de que esta noche tendrían lugar dos nuevas despedidas, y no podía menos que tratar de atesorar estos últimos momentos junto a los que habían sido y en su corazón siempre serían, lo mejores amigos que esta vida le hubiera podido regalar. Parecía que Inuyasha también era consciente de ello, aventurándose al paso lento de su amigo en lugar de caminar por delante abriendo la marcha, respirando en el aroma de Miroku donde la marca de olor que lo señalaba como miembro de su grupo yacía y escuchando los engranajes que componían los quehaceres del cuerpo humano y que demostraban que seguía vivo y seguiría así durante muchos años.

La sensación de perdida se anticipaba sobre su cuerpo. Su instinto demoniaco guiandole en el camino a seguir, sentía su corazón romperse poco a poco al saber que su compañera, su esposa, seguiría los pasos de lo que había sido el resto de su familia.

Antes de lo que ellos hubieran deseado, la casa medianamente grande que constituía el hogar de sus amigos apareció en su campo de visión.

Inuyasha tomó aire concienzudamente ante el eco del dolor que sufría su esposa a través de su conexión junto a ella.

-¿Estas bien?-Preguntó deteniendo su avance.

-¿Dudas de mí? No hay nada que pueda hacerme daño.-Dijo como si se hubiera referido a sus heridas aun cuando sabía que no era así.

Miroku asintió y entró suavemente a la cabaña. El olor de la comida se había apagado hace rato, la pequeña sala de reuniones estaba vacía. Con un gesto de Miroku, Inuyasha entró a ella y le siguió a través de los corredores que componían las habitaciones. Paseando sobre las tablas de madera que crujían tras sus pies. El corazón del hanyou se aceleró ante el olor de la mujer a la que amaba, ese olor dulce, limpio, que siempre le había calmado en los momentos de ansiedad y que ahora estaba contaminado con la sangre y la carne muerta. Sus oidos se contrajeron al escuchar los susurros discontinuos de las tres mujeres que guardaban la habitación.

Miroku se detuvo frente a la puerta y con un nuevo gesto de que aguardara entró primero.

Inuyasha escuchó atentamente los jadeos descompuestos de su mujer al escuchar su nombre, Sango calmándola y Rin junto a algo de agua. Pocos minutos después Miroku salió y le asintió con vehemencia.

Inuyasha entró en la habitación semi-luminada. Una lámapara de aceite cerca del cuerpo tendido sobre las mantas , Rin pasaba un paño humedo sobre la frente perlada en sudor y Sango sostenía su mano y la acariciaba suavemente.

-Kagome...-Susurró Inuyasha quedamente.

Ante el tono masculino, ella incorporó su torso y miró con ojos espantados tratando de retroceder.

Rápidamente, en un gesto demasiado suave para la velocidad en que lo efectuó, Inuyasha se colocó sobre ella, agarrando sus muñecas contra el suelo y encerrando sus piernas con sus rodillas.

La mirada turbia de Kagome se enfocó por primera vez sobre su amado, Inuyasha sonreía altaneramente y sus ojos sólo emitían una calidez abrumadora.

-Keh, tonta, ¿Dónde crees que ibas?

-¿Inu...yasha?-Preguntó costosamente casi como si fuera una niña aprendiendo a pronunciar su nombre.

-¿Quién más si no? No es como si hubiera muchas personas que pudiesen imitarme.

Inuyasha observó la reacción y su corazón latió con fuerza al ver la diminuta sonrisa.

-Sí...Inuyasha...-Susurró Kagome cerrando los ojos, cuando los abrió, un brillo similar a la lujuria sobre ellos.-Mí Inuyasha.

Inuyasha asintió y se levantó, dejándola en libertad. Cuidadosamente, la sostuvo sobre sus rodillas y colocó el rostro femenino sobre su pecho, acarició suavemente su cabello de ébano. Esas ebras que albergaban la suavidad de las ojas tiernas y el color de la mismísima noche, en las que se había ahogado de placer durante las jornadas nocturnas y que siempre se enredaba cansinamente sobre sus dedos.

-Inuyasha...¿Nuestra hija?¿Ha nacido ya?-Preguntó suavemente palpando su propio estómago.-No está...en mí.

Inuyasha alzó su rostro para que le mirara, recreándose en la textura y la suavidad de la pálida piel de su mejilla y en los hermosos fondos de color chocolate.

-Kagome...has estado soñando...mucho tiempo.-Susurró.-Perdimos a nuestro hijo, ¿recuerdas?

Kagome pestañeó confusa, se sentía tan cansada, sus ojos no querían permanecer abiertos y sus parpados insistían en ponerla a dormir de nuevo.

-Sí...pero, ¿Y nuestra hija?-Susurró en regreso, casi como si hablaron secretos entre ellos.

-Kagome.-Inuyasha jugó con un mechón oscuro entre sus dedos.-Nunca hemos tenido una hija, has estado soñando...¿Con tener una? No te preocupes...-Inuyasha unió sus ferntes y acarició su nariz con la propia tiernamente.-Buscaremos la manera, ¿sí?

Kagome sonrió contagiada por la ternura del amor que irradiaban los ojos ambarinos. Tan ausente en la presencia del hombre al que profesaba sus sentimientos, que no se percató del suave jadeo sorprendido de Rin, o del llanto desconsolado de sus mejores amigos.

Entreabriendo sus labios, Kagome se acercó a Inuyasha y este le regaló el besó que pedía. Sus labios se movieron al únisono, suavemente, atesorando la calidez, el sabor...Inuyasha guardó a fuego sobre su memoria el aliento chocando sobre su garganta, el pulso de su corazón latiendo sobre la piel del cuello que su mano acariciaba con lentitud. Guardó la pasión que se veía a través de la pupila brillante ante la luz del candil.

-Kagome...te amo...-Dijo con fuerza contra ella.

-Inuyasha...-Kagome sonrió tiernamente.-Yo también te amo...tonto.

Inuyasha también le sonrió, y volvió a arrancar un beso rápido de ella. Una traviesa risita burbujeando desde la garganta de su amada, un nuevo recuerdo que atesorar con fuerza. Pero esa risita se apagó de repente y su rostro se crispó en uno de dolor.

-Inuyasha...me duele...-Susurró lastimeramente, jadeando con fuerza contra el pecho que le daba cobijo.

Inuyasha la abrazó contra sí con mucha más fuerza y la meció suavemente.

-Lo sé mi amor, lo sé. Pero debes ser fuerte...pronto pasara.

Lanzó un gemido de dolor sorprendido y sus manos se encrisparon sobre el kosode de su esposo.

-¡Inuyasha!-Gritó en el dolor, notando como su cuerpo parecía desacelerarse, partirse de sufrimiento.

-Lo sé...-Volvió a susurrar quedamente, sin poder evitar, pese a la perfecta ejecución de su actuación, que las lágrimas volvieran a surcar su rostro.-Lo sé...estoy aquí contigo, no voy a ningún lado. Kagome...mi kagome.-Rozó su rostro contra su cabeza, respiró suavemente su olor no contaminado.

Kagome alzó su rostro hacia él, comprensión surcó su mirada como sentía perderse en un mundo borroso en el que solo el dorado de los ojos de la persona a la que amaba existía. Un mundo cálido y lleno de amor.

-Inuyasha. Te amo...-Susurró débilmente con una sonrisa. Sus sentimientos abordaban tan grandes dimensiones...sentía que no era suficiente con pronunciarlas, necesitaba vivir, ella necesitaba mostrarle por toda la eternidad, necesitaba... pero su visión perdió el paso de sus pensamientos dibujándose en manchas negras hasta alcanzar la oscuridad, el sonido de su propia respiración golpeando contra sus oidos... El sonido se detuvo. Su corazón se detuvo.

Las lágrimas saladas cayeron sobre el rostro pálido antes sonrosado y escurrieron por las mejillas hasta el suelo. Inuyasha abrazó con fuerza el cuerpo sin vida y lloró en silencio. Los amigos se despidieron sollozando del lugar. La noche era larga sobre sus cabezas, como el hanyou decidió guardar duelo. La suerte acompañó que los niños no despertaran ante la atmósfera pesada que anunciaba la llegada del shinigami que se llevaría la hermosa alma de la joven doncella del futuro, que sacrifico su cómoda vida, sus deseos, y hasta su existencia, por estar junto a la persona que amaba.

Cuando el amanecer bordeó el horizonte, Inuyasha aún no se sentía con fuerzas para separarse del cuerpo de su esposa. Hubiera dado cualquier cosa por tenerla de vuelta...pero la remota posibilidad de que eso sucediese había quedado sepultada bajo la frialdad de la persona a la que se veía obligado a llamar hermano.

Quería quedarse junto a ella, hasta el final cuando su cuerpo se redujera a cenizas, pero sabía que si permanecía en ese lugar por más tiempo, quedaría atrapado en los recuerdos y en el calido abrazo de sus amigos y jamás sería capaz de levantarse. Caería atrapado, y se vería obligado a padecer las muertes de los seres a los que amaba uno por uno hasta que los seres humanos decidieran deshecharle, una vez más.

Colocó suavemente el cuerpo de su esposa sobre el suelo y permaneció mirando el rostro pálido. Besó sus labios una última vez, apenas un reflejo de lo que había sido la emoción de disfrutar de un cuerpo lleno de vida horas antes.

La muerte siempre resultaba abrumadora. En apenas unas horas que podían ser consideradas como meros minutos, había perdido a la persona que más había amado y que más le había amado para siempre. Sentía que podía reprocharle injusticia a la vida, pero Inuyasha sabía mejor que nadie que la vida no estaba ahí para escuchar sus quejas y que él mismo no tenía derecho a quejarse.

De no haber sido por el deseo de tener hijos, Kagome hubiera vivido lo que su humanidad le hubiera permitido, y seguramente se hayaría justo a su lado en este momento...había sido egoísta; ahora pagaba las consecuencias.

Salió de la habitación suavemente sin mirar atrás en el cuerpo marchito, sus pies almohadillados como herencia de su sangre no hicieron sonido alguno sobre la madera mientras buscaba la salida hacia un viaje sin retorno. Inuyasha no se esperó sin embargo que sus amigos estuviesen allí, aguardando por él.

-¿Qué estáis haciendo?-Cuestionó, la voz ronca por culpa del llanto.

Sango y Miroku tenían los ojos rojos e inchados, Rin, acurrucada en una esquina no era menos afectada. Los tres le sonrieron tímidamente.

-No queríamos que te fueras sin despedirte...-Murmuró la exterminadora poniéndose en pie y entregándole un atijo pesado en sus manos.

-¿Pero...qué...?-Murmuró perplejo y semi enfadado, esto no hacía su partida más fácil en absoluto.

-Te conocemos Inuyasha. Sabemos como piensas y...lo entendemos.-Dijo Miroku poniéndose también en pie y acercándose a él.-Pero queremos que sepas que, aún así, nosotros vamos a estar aquí para tí...para lo que necesites.

Inuyasha miró a sus amigos con cierta sorpresa, pero no dijo nada más y asintió.

Un movimiento a su derecha, Rin se acercó a él tímidamente.

-Inuyasha-sama...espero que perdones mi comportamiento...yo no pretendía causar más dolor.

Bajo ningún momento la chica alzó su mirada del suelo. Inuyasha posó su mano sobre su cabeza y la acarició un poco revolviéndo su cabello. Sus sentimientos hacia esta chica eran confusos y poco agradables, pero era incapaz de mostrarlo sabiendo de su inocencia.

-Estás perdonada Rin...-Susurró sin ningún tono sobre su voz.

Rin asintió quedamente en reconocimiento; la mano se alejó de su cabeza.

Inuyasha miró firmemente a sus amigos uno por uno. Ellos sonrieron y asintieron. Él también lo hizo. Pequeños gestos que lo decían todo sin necesidad de palabras.

Así, Inuyasha abanzó firmemente hacia la puerta y desapareció contra la esterilla. Miroku y Sango salieron para despedirle con la mano y ver al menos el camino que tomaba el hanyou casi detrás de él. Pero el hanyou ya había desaparecido.

Ok esto es todo por ahora, la trama va abanzando lentamente en estos momentos, pero creo que es necesario preparar un poco el ambiente para lo que va a llegar a ser. Para las amantes del yaoi pido paciencia, y para las que tanto sí como las que no, ADVIERTO, Inuyasha no lo va a pasar muy bien de aquí en adelante . (Plish no me matéis)

Perdón por no utilizar el guión correspondiente para los dialogos, pero es lo único a lo que he podido llegar con el "otro" ordenador U.U

Próximo Capítulo(?): Bueno, espero que esta vez sí, el jueves de la próxima semana.