Buenas noches! Como prometí, aquí está el capítulo del Lunes. Para eliminar posibles miedos, estoy comprometida a acabar con esta historia, así que no se preocupen.

Agradecimientos a: Shandy-Chan, k(?) y alei91(Mi historia en favoritos, es un honor, aunque me encantaría ver tus opiniones sobre la misma ;)

Disclaimer: El sensualón de Inuyasha y el resto de fantásticos personajes no me pertenecen (aunque no me importaria darles un hogar XD )Todos ellos son propiedad exclusiva de la genial Rumiko Takahashi.

Advertencia: Yaoi, Angst, Violación, Mpreg, Horror(?), Muerte de personajes.

Rated M

Dialogos() Pensamientos (hhhhh)Recuerdos("")

Capítulo 5:

―¡Inuyasha es lo mejor!

―Shippo...―Un gruñido de molestia acompañó al nombre dicho.―Nos quedamos aquí y punto.

Shippo le miró con mala cara, pero en el fondo sabía que sólo estaba preocupado.―Escucha, que me convierta en humano no significa que sea completamente inútil. La funda de Teseiga me protege ¿recuerdas? Además, tu plan es ridículo.

Shippo frunció el ceño.

―¡No lo es!―Gritó cruzando los brazos y saltando sobre su hombro en un intento de convencer al cabezota hanyou.

―¡Deja de hacer berrinche! ¡Vamos a estar bien! ¿No decías que me ibas a proteger?

Inuyasha estaba reforzando el refugio improvisado de los primeros días, cavando bajo la superficie de piedra en un intento de hacer un hueco donde poder cubrir su cuerpo y desvanecer su olor.

Shippo se plantó frente a él distrayendolo de su trabajo, sus ojos brillantes casi en lágrimas.

―¿¡No confías en mí!?

Inuyasha iba a dar un franco no a la insistencia 'no' agradecida del zorro, sin embargo, al ver sus ojos, que contuvo un suspiro de irritación.

―No es que no confíe en tí. No confío en los humanos.―Dijo al fin, apartando al zorrito de su tarea.

Shippo se sentó sobre el suelo de hierba seca que habían colocado para tratar de aislar el frío del exterior, parte del pelaje del oso youkai cazado colocado en un cálido abrigo desde sus hombros hasta sus brazos.

El refugio cubierto de gruesos troncos de árboles de forma desorganizada como si hubieran sido arrastrados por la corriente de al lado parecía caerse sobre su cabeza dado el espacio reducido en el que tenían que estar. El lugar del fuego cercano a la piedra y con un especial recobeco para no asfixiarse con el humo estaba apagado en ese momento del día, Inuyasha lo piso con uno de sus pies y lanzo una maldición mientras trataba de retirar la ceniza de su propio pie.

Shippo soltó un suspiro

―Voy afuera, para traer más de esas hierbas raras...

Inuyasha asintió, esperando que lograran recuperar una cantidad suficiente para ocultar sus olores de cualquier demonio.

Inuyasha sólo estaba tratando de ser racional. La idea de Shippo era demasiado arriesgada como para ponerla en marcha. Disfrazarse de humano con ayuda de una de sus hojas mágicas y ocultarse en una ciudad humana hasta que la transformación sucediese y marcharse a la mañana siguiente con el mismo hechizo. Ciertamente, Inuyasha conservaba aún la pequeña bolsa de dinero que Sango había incluido en el paquete de comida y hierbas medicinales de aquella noche tantos meses atrás. No había sabido que hacer con él ya que nunca había tenido necesidad de una cosa así, y su cuerpo humano siempre parecía anhelar la presencia de otras personas a su alrededor...

Pero Inuyasha negó con la cabeza, las cosas debían quedarse como estaban. Con ayuda de esas hierbas había logrado sobrevivir durante los anteriores dos meses. No tenía por qué ser un problema esta vez.

Aún así, le preocupaba Shippo, ahora era su responsabilidad, ¿Cómo iba a protegerle cuando no podía ni hacerlo consigo mismo?

Cuando el sol estaba alto en el cielo Inuyasha consideró que el agujero ya era suficiente para su cuerpo. Salió al exterior, sintiéndo un ligero dolor de cabeza aproximándose conforme la noche se acercaba cada vez más a su cénit y se acercó al río para pescar unos cuantos peces que solían quedar barados en un concreto remolino sobre el pie de la cascada debido a las pequeñas rocas que se habían acumulado con el tiempo. Colocó los pies sobre el agua y preparó sus garras, esperando pacientemente hasta que el pez quedó a su vista. Una sonrisa ligera se plasmó en su rostro ante el pequeño triunfo. Cuándo él era niño aprendió a pescar junto a su madre, y eran buenos recuerdos. En cambio Shippo...él solo sabía pescar con ayuda de uno de sus trucos y no veía nada especial en ello. Y era efectivo sí, pero... era un niño también, ¿No deberían de interesarle estas cosas? Tres posibilidades se abrían ante él: La primera, que Shippo como youkai zorro tenía otro centro de actividades divertidas. La segunda, que era mayor de lo que su cuerpo aparentaba. La tercera...

La muerte de sus padres, y después de Kagome...tal vez él piensa que debe de crecer y no puede ser un niño.

Inuyasha frunció el ceño, su mente estaba plagada de pensamientos hacia el pequeño zorro, ¿Qué podía hacer para lograr hacerlo feliz? Cualquiera que fuera la opción correcta, no tenía forma de solucionarlo. Una vez más sintiéndo la barrera que imponía la diferencia de clase entre ellos, Inuyasha cerró los ojos sintiendo un ligero mareo sobre su visión.

Sumergido en sus pensamientos, Inuyasha no se sorprendió de ver que había logrado cazar una pila de peces, demasiados en su opinión. Una mancha blanca brillando por el rabillo del ojo. Se detuvo.

Lentamente, Inuyasha se dió la vuelta para hacer frente a la figura que, sigilosamente, se había acercado al río para beber. Un lobo blanco con ojos azules como el propio cielo.

Inuyasha recordó a Kouga, y aunque este lobo no emitía ningún tipo de youki que indicara que era un lobo youkai, no pudo imaginar otra relación que el hecho de que se hayase cerca alguno de sus subordinados o tribus.

Ese era alguien que merecía saber sobre la muerte de Kagome...

Inuyasha gruñó enseñando los colmillos al lobo blanco, pero este, aunque encogiendose ligeramente, no se movió de su posición y en lugar de ello se acercó al río y bebio tranquilamente.

―Keh! Tu sabrás lo que haces...―Murmuró dándole la espalda y mirando todo el pescado capturado. Era demasiado.

Miró por el rabillo del ojo al canino, sentado en sus cuartos traseros y relamiéndose el hocico. Extremadamente delgado.

Inuyasha miró los peces y finalmente suspiró, tomando ocho para sus estómagos comilones y dejando unos siete en el suelo.

―¡Deja de mirarme y ven aquí lobo tonto!―Inuyasha resopló al ver la falta de actividad del animal y sólo cuando se alejó del montón de peces dejado atrás para preparar el fuego en el exterior de la vivienda, se escuchó el chapuzón sobre el agua fría y el jadeo constante del lobo en su movimiento.

―¡Keh!―Dijo sin mirar hacia atrás sabiendo que el animal estaba comiendo.

Rompiéndo algunas ramas que sobresalían de los gruesos troncos de su refugio Inuyasha ensartó cada uno de los peces que estarían destinados al fuego.

Hasta ahora la carne cruda había sido un vínculo común entre él y Shippo; sin embargo Inuyasha sabía que cualquier carne cruda que tomara durante este día buscaría salir por su garganta en el momento en que se convirtiese en humano. No tenía intenciones de correr el riesgo de enfermarse por algo así, así que preparó los troncos y colocó los peces en torno al futuro fuego a la espera de que Shippo regresase para ayudarle a encenderlo.

Sentado en su pose habitual y sin saber que más hacer, su mirada se desvió hacia el lobo, quien acababa de engullir uno de los peces en su totalidad.

―Vas a ahogarte...―Murmuró observando la ferocidad con la que engullía los peces prestados.

―¡Ey! ¿Quién es ese?―Preguntó Shippo apareciendo de entre las copas de los árboles como reciéntemente habían estado practicando con los brazos llenos de verdes y flexibles ramas con pequeñas ojas tiernas por toda su extensión, la hierba ya mencionada.

Inuyasha se encogió de hombros y señaló el fuego recién creado. Shippo parpadeó momentáneamente.

―¿Para qué es el fuego?―Preguntó con un deje de curiosidad.

Inuyasha bufó.

―No sé tú, pero me niego a pasar toda la noche revolcándome en mi propio vómito.

Una sonrisa tonta se apoderó de la expresión del menor al comprender.

―Espera que voy a soltar esto.―Murmuró dirigiéndose al refugio y pasando cerca del lobo con curiosa atención, quién en esos momentos se relamía los labios.

Shippo regresó y utilizó un pedernal que había recuperado de su compañerismo junto a Kohaku. Una vez encendido, Shippo frunció las cejas al ver su pescado tirado en el suelo.

―¿Por qué no has ensartado mis peces? Vago...―Se quejó caminando para recuperarlos.

Inuyasha eludió el insulto concentrando su mirada en el brillo azul del lobo, que se había posado bajo la sombra de un arbol más allá y observaba a la pareja con un brillo extraño en sus ojos.

―¿Crees que sea un demonio Shippo?―Le preguntó por tener una segunda opinión.

Shippo se sentó a su lado y colocó los peces sobre el fuego, después evaluó brevemente al animal que miraba directamente hacia ellos.

―No... aunque parece raro sin embargo.―Le dijo sin perder la vista de él tampoco.―¿Por qué preguntas? ¡¿Ya estás perdiendo el olfato?!

Inuyasha dirigió una mirada molesta hacia él junto con un gruñido. Al ver la sonrisita que generó su gesto, un puño voló hacia la cabeza del menor duramente.

―¡Ay!―Se quejó, y ante el quejido, Inuyasha sonrió.

OOO

Terminando de organizar todos los preparativos, Inuyasha se introdujo en el interior del refugio y Shippo le siguió de cerca.

Aún faltaban unas horas para el anochecer y un brillo saludable se colaba entre las rendijas de la madera, sin embargo, un deje de preocupación había ido crecido sobre él sobre los últimos minutos.

Estúpida transformación humana...

Se quejó sabiendo que el foco de su inseguridad era causado por el débil y temeroso corazón humano.

El lobo se había marchado al tiempo que ellos desaparecían dentro de la madera, Inuyasha no estaba seguro, pero hubiera jurado que había realizado un asentimiento en forma de agradecimiento antes de que desapareciera por el final de su córnea y eso mantuvo entretenidos sus pensamientos unos momentos.

Poco después, Shippo había empezado a sufrir un ataque de nervios y comenzó a hablar sin parar. Sin poder evitar reirse de sus miedos infundados y de sus palabras inconexas, las carcajadas estallaron de él cómo el zorrito se puso tan rojo como su propio cabello y se quejó de estúpidos hanyous que no entendían sus razonamientos.

―¡Deja de reirte!―Se quejó cruzando los brazos y sacándole la lengua.

―No te quejes tanto, ¿Cómo quieres que no me ría? ¿Qué tiene que ver que una montaña sea muy alta con el crecimiento de las berenjenas en los campos? Cálmate chico, tú cabeza va a sufrir un colapso.

―¡Ja! ¡Eso quisieras tú!

La ligera risa que se iba a reiniciar se apagó de repente como un fuerte extruendo les sacó a ambos en la atención. Los ojos de ambos abiertos en la sorpresa hacia el techo improvisado, Inuyasha miró entre las rendijas en busca del sol y lo encontró camino a su descenso completo. Un jadeo con ansiedad salió de él sin poder evitarlo y Shippo dejó escapar una fuerte respiración en contraste.

―Shippo...―Murmuró con voz autoritaria a punto de dar sus siguientes órdenes. El olor de los demonios, la descomposición y la ira fluyendo como una pared de piedra que su nariz no podía evadir.

¿Cómo ha ocurrido esto?

Inuyasha soltó el aire que contenía al sentir el golpe sobre ellos y uno de los troncos tratar de ser retirado.

―Shippo...―Susurró.―Escóndete en el agujero, vamos...¡No hay tiempo!

Pero frente a sus ojos, Shippo había desaparecido y una versión humana de sí mismo recortada por la luz del exterior se le quedó mirando firmemente, una imagen de sí mismo extraña durante el día que nunca había tenido tiempo de mirar completamente. Se parecía a su difunta madre.

―Inuyasha...―La voz de Shippo sobresaliendo de ese cuerpo le sobresaltó momentáneamente.

Después, tras el shock inicial, Inuyasha frunció el ceño.

―Shippo ni se te ocurra...―Le amenazó, pero la versión de si mismo le sostuvo por los hombros.

―Inuyasha, no me va a pasar nada...salgo corriendo y les distraigo de aquí, tu cúbrete con tu manto y las hierbas en el agujero y yo regresaré en el amanecer.―Una sonrisa confiada, rara sobre la tez blanca de cabello negro que era su figura, trató de luchar contra el ceño fruncido del aún medio demonio.―Confía en mí, en cuanto logre sacarles terreno me transformaré de nuevo y me ocultaré. No serán capaces de encontrarme.

La respiración de Inuyasha se aceleró mientras su cerebro corría a toda velocidad buscando otras salidas. Tal vez, si utilizaba Tessaiga en ese mismo momento podría acabar con todos y...

No puedes...te encontrarán.

Cogiendo aire, Inuyasha asintió mientras sentía el movimiento de otro de los troncos.

―¡Espera ahí!―Gritó Shippo saliendo del agujero y enfrentando a una pequeña orda de monstruos salvajes avecinándose sobre los troncos.―¡Ey, ¿a quién estáis buscando?!

Un gruñido profundo escapando de todos los demonios y las babas pringosas cayendo de las bocas afiladas, un Shippo/Inuyasha sonrió sabiéndo que podía salir huyendo de estas bestias sin sentido.

―¡Venid a por mí!―Gritó al tiempo que se daba la vuelta y comenzaba a correr con toda la fuerza demoniaca que poseía reflejada en las piernas humanas.

Inuyasha respiró con aprensión sintiéndo el rastro del olor del cachorro desaparecer.

Todos sus instintos estaban gritándole que fuera tras él y lo mantuviese entre sus brazos mientras pudiera.

¿Cuándo me he vuelto en este sobreportector?

Sin embargo, debía reconocer que cualquier cosa era mejor que permanecer encerrado en un agujero.

Escondido como un cobarde...

Colocándose parte del pelaje del oso sobre él para poder esconderse, un silencio ensordecedor a su alrededor le dejó más inquieto y expectante de lo que le gustaría. Esta sensación, contruyendo en su interior cuando aún era medio demonio, sólo lo hacía más miserable al saber lo inútil que era.

Aún así, no entendía. ¿Cómo era posible qué hubieran dado con ellos? Una vez desaparecido el olor de los demonios, las plantas inundaban sus sentidos dejándolos casi insensibles.

Un ruido le hizo sobresaltarse, de inmedeato un ceño dibujándose sobre su expresión al ver un hocico blanco tratando de atravesar la madera. Reconociendo el brillo de los ojos azules, Inuyasha gruño levemente.

―¿Qué mierda estás haciéndo ahí?―Preguntó pese a saber que el lobo no le comprendía.

Pero cualquier otra palabra que pudiera salir de él cayó al darse cuenta de las patas de una mayor cantidad de lobos alrededor de su refugio del que esperaría. Gruñidos y ligeros ladridos pusieron su carne de gallina y sus instintos a retorcerse desde el interior.

La mala sensación persistiéndo, Inuyasha no se consideraba precisamente una persona paciente, y en esos momentos, que podía saber por las fauces abiertas que disparaban un ligero olor a sangre que las intenciones de estos animales no eran precisamente benévolas.

―¿Así es como me agradeces la comida estúpido?¡Ahora te vas a enterar!

Inuyasha saltó con todas sus ganas destrozando el refugio en el proceso y cayó en el río con un fuerte splash resonando en el ambiente. La capa de pelo marron se balanceo suavemente sobre sus hombros en una adición natural, y un gruñido improvisado saliendo de sus dientes apretados mientras los lobos empezaban a rodearle persuasivamente.

―Así son las cosas ¿eh?―Murmuró Inuyasha mirando al lobo blanco, los ojos azules brillando con un toque de diversión y de locura.

Colocó su mano sobre la Teseiga y miró ligeramente el color del cielo.

Su transformación podía ser una cuestion de segundos o minutos, pero de nuevo en la situación actual ¿Qué importaba?

Lo único que puedo hacer es tratar de defenderme y encontrar un lugar seguro.

Era un pensamiento desalentador, sin embargo, el no pensaba perder el tiempo. Con una mirada concentrada en las fauces de dientes blancos, el primero de sus pies se movió hacia atrás, y como si fuera la señal esperada por los animales salvajes, la cazería comenzó.

Inuyasha sólo necesitó un salto para atravesar el río, sin embargo, los árboles que conformaban su refugio natural y su método más eficaz para desplazarse a su máxima velocidad tenían las ramas ligeras y quebradizas. Un pie sobre ella y podía contar con la ruptura y no regeneración de la misma hacia una segunda vuelta.

Maldita sea.

Maldijo mientras un traspie le obligó a salir de la seguridad de las ramás. El sonido de los gruñidos se elevó por encima de sus oidos, el estres y la adrenalina subiendo a través de sus venas en la anticipación de la invasión de la sangre humana y la visión distorsionándose ligeramente. Corriendo por el terreno nevado tampoco era una ventaja para él.

Un potente ladrido escapó de uno de los lobos como, habiendo adelantado terreno por la derecha, saltó desde una roca en dirección a su cuello.

Escapando por poco, y sin embargo obligándole a rodar hacia un lado, las pupilas de Inuyasha se volvieron meros fragmentos como las sombras se recomponían cada vez más cercanas a la noche y los ojos de los lobos brillaban en las mismas con un fulgor sobrenatural y al mismo tiempo hermoso.

Agarrando fuertemente la Tesaiga al verse acorralado y amenazado por el círculo de caza que habían creado en un intento de distraer su atención, desenfundó la espada de su funda con un movimiento costoso y cargó hacia delante sin pensar en las consecuencias.

Inuyasha dió las gracias al sol por permanecer unos minutos más sobre el cielo al ver la espada transformada y de repente manchada de la sangre de dos de los lobos que se habían lanzado sobre él. Un mordisco sobre su pierna derecha le arrancó un gruñido amenazante aún mayor y el lobo ejecutor salió volando con la fuerza de su propia patada. Su vista borrosa como su cuerpo daba vueltas descontroladamente balanceando la Tesaiga constantemente, sólo dos lobos quedaban ahora de pie, caminando desde una distanca prudencial y sin quitarle los ojos de encima.

Ellos saben...saben que me voy a volver débil

Los cuerpos de sus compañeros muertos, cinco en total, desgarrados sobre el suelo, trajerón el olor de la sangre a sus sentidos produciendo una ligera nausea.

Se acaba el tiempo...

Y con ese pensamiento reanudó su carrera, esta vez mucho más torpe entre los árboles. Sabía que los dos lobos iban de nuevo tras él, a gran velocidad pero mucho más silenciosos. Los lobos eran simplemente tan cabezotas cuando se trataba de comida.

El dolor familiar arrasando sus sentidos, sus pies estuvieron a punto de enviarle al suelo por un segundo cómo sintió sus sentidos nublarse en una insoportable bruma de ignorancia. Su vista apagándose irremediablemente, aunque el aullido de uno de los lobos sonó extremadamente cerca, se detuvo. Las antes claras figuras de los árboles ya no estaban, sólo el leve blancor de la nieve indicaba su camino ahora que su pelo se había teñido irremediablemente del color de la misma noche que parecía velar por su muerte.

Tomando dos profundas respiraciones, sus torpes pies siguieron abanzando a paso ligero, no corriendo sin embargo pues ello solo serviría para estimular la sed de sangre de los lobos.

Los ojos asustados de un cervatillo, Inuyasha trazó con sus manos la rígida corteza de los árboles en un intento de mantenerse en pie y dejar un rastro para Shippo. Sus ojos fijos en sus pies sin garras, de repente irremediablemente entumecidos ante el contacto con la nieve, parpadearon rápidamente al ser atravesados con un rayo de luz procedente de una ligera llama más allá del bosque.

Los diminutos hazes de luz arrastrándose hacia su rostro ahora humano permitieron poner en evidencia la palidez y el ligero rubor sobre sus mejillas y nariz a causa del frío, los ojos castaños ligeramente arrugados dada la fuerza cegadora de esta inesperada luminosidad.

Un suspiro de alivio penósamente audible, era su desconfianza natural la única que le mantenía de salir corriendo hacia la calidez de esa luz y respirar de alivio.

Pero justo cuando su curiosidad parecía empujarle hacia delante, un aliento calido y un gruñido sonó bajo sus pies tensando todo su cuerpo. Sin respiración, Inuyasha se encontró en una pérdida de palabras sintiéndo por primera vez desde hace mucho tiempo la muerte acechándole.

Un agudo dolor rompiendo a través de él al sentir afilados colmillos cavar sobre su tobillo y la calidez de la sangre caer sobre su piel fría, no pudo evitar el grito desesperado y doloroso que escapó de él antes de tirar del pie que había sido atrapado y caer al suelo irremediablemente.

¡No!

Gritó mentalmente, y reuniéndose a sí mismo en cuestión de segundos, la oxidada espada se interpuso sobre el cuerpo del lobo que se abalanzaba sobre él clavándola sobre el rostro de la criatura y destazando uno de sus ojos en el proceso.

El aullido de dolor impactó con fuerza sobre sus oidos humanos al tiempo que un resoplido de esfuerzo cayó de sus labios, tratando de deshacerse del pesado cuerpo que insistía en caer sobre él en su agonía.

-¡Maldita sea!-Gritó reuniendo su fuerza y quitándo el cuerpo del lobo de sí mismo.

En el logró, Inuyasha retiró rápidamente la espada colocándose en una posición defensiva una vez más, sus ojos mirándo en todas direcciones cómo la tensión se levantaba ligeramanete. Y entonces, su espalda fue impulsada hacia el suelo y la pesadez de un cuerpo con cuatro patas cayó sobre él.

¡No puede ser! Pensó mientras su cuerpo se acercaba irremediablemente hacia la nieve blanca. Voy a morir, ¿de esta manera tan patética?

Miles de pensamientos arremolinándose en su cabeza, las palabras que Mioga le advirtió una vez, la ley básica del combate "jamás dar la espalada al enemigo" surgieron brevemente entre ellos.

¿Cómo es posible que yo...?

Pero la respuesta se contestó sóla cuando recuerdos de otras batallas aparecían en sus ojos. Sango, Miroku...Kagome...ellos siempre habían cuidado de su espalda...Ahora...

Un sonido metalico silvó en el aire brevemente acompañado de un gruñido molesto y de dolor.

Su cuerpo terminó de impactar sobre el suelo y elevó la cara del mismo casi inmediatamente, preparado para ver el lobo blanco con los dientes relucientes para clavarlos sobre él.

Sin embargo, el lobo estaba a varios metros de sí mismo, y la única figura que saludaba su espalda era la de un completo desconocido.

¿Qué está pasando?

―¿Estás bien?!¿Estas herido?―Preguntó este joven, con un candil sobre su cadera brillando sobre la espesa oscuridad.

Inuyasha no contestó, sin palabras por breves momentos al ver como el joven humano apuntaba con una espada hacia el lobo que rumiaba con una herida sobre una de sus patas a unos metros.

El joven humano se giró brevemente hacia él. Ojos verdes y cabello negro recogido en un moño tradicional sobre su nuca.

De repente consciente de que estaba siendo observado y esperaba una respuesta, su habitual gesto osco cayó sobre su, en principio soprendida, expresión.

―¡Keh!.―Se quejó, reduciendo brevemente sus ojos en desconfianza y poniéndose en pie al tiempo que recogía la Tesaiga y volvía a envainarla en su respectiva funda.―No es asunto tuyo.

El ser humano le miró con una expresión que reflejaba su extrañeza ante las duras palabras, y finalmente apartó la mirada para volver a dirigirla al lobo, que desaparecía en la penumbra de la que procedía cojeando.

Inmediatamente después de desaparecer completamente. El ser humano lanzó un suspiro de alivio y se giró para hacer frente a un tenso Inuyasha.

Debería irme...Pensó al ver la sonrisa confiada y amable que le dirigía el hombre, sorprendentemente joven para la fiereza que habían reflejado sus ojos. Y sin embargo, Inuyasha no movió ni un solo dedo, reconfortado por la luz que emitía el candil y la extraña sensación de seguridad que provocaba la cercanía con otro ser vivo.

Soy estúpido...kami...tengo que buscar a Shippo.

¿Te has perdido? ¿O ibas camino de la ciudad?―Le preguntó al tiempo que daba un potente silvido y un caballo aparecía desde una de las esquinas oscuras donde minutos antes había observado la luz. Tomando de las alforjas fuertemente amarradas con ayuda del cuero una caña de bambu vieja, la tendió al ya no hanyou.―Ten. Mi nombre es Takeshi.

Inuyasha miró el bambu tendido frente a él y vislumbró el líquido trasparente moverse brevemente. El reconociemiento del agua le golpeó con una fuerte sensación de sed, y aún así, él negó con un gesto.

El humano llamado Takeshi le miró concienzudamente antes de volver a hablar, retirando el recipiente de la vista del otro hombre.

―Dime, ¿Qué estás haciendo aquí?

Inuyasha resopló mirando brevemente a su alrededor.

―Cómo ya he dicho, no te importa.―Murmuró clavando su mirada a la derecha, tal cual hubiera algo extremadamente interesante en ese lugar.

―¿Acaso...estabas buscando a alguien?―Pregunto con un cierto tono de seriedad.

En esta ocasión, fue Inuyasha quién le miró brevemente, analizándo sus palabras para entender el significado de las mismas.

―No. ¿Por qué?―Le contestó con brusquedad.

El rostro del ser humano demostró cierta desilusión.

―Vaya, supogo que entonces tú no eres quien estaba buscando...―Hizo una pausa, mirándole desde el rabillo del ojo.- Tú no eres de por aquí, ¿no?―Inuyasha no contestó, no fue necesario.―Verás, mi pueblo esta sufriendo una serie de desapariciones constantes, creemos que es cosa de los lobos aunque todavía no tenemos ninguna prueba.―Inuyasha miró brevemente al lobo que había logrado matar con ayuda de la Tesaiga, después retomó su atención en el humano―Últimamente, demonios lobos han estado llegando a nuestro pueblo, reclamándo estos bosques como parte de su territorio de caza. Al principio, parecían dispuestos a negociar, pero después el demonio con el que hicimos un trato desapareció y comenzó a venir un nuevo dirigente. Al parecer, nada de lo que dijeramos podría cambiar nada. Cada día desaparecen más personas, sobre todo las mujeres y los niños...hace unas semanas se organizó una partida de búsqueda...pero ellos no han aparecido tampoco. Pensé que podrías formar parte de ellos.

Inuyasha recopiló toda la información en su mente, ¿Era posible que Kouga estuviera haciéndo esto?

No, él prometió a Kagome que no volvería a matar a los seres humanos.

―Lamento no ser quien esperabas.―Murmuró con gesto ligeramente ofendido, antes de pasar por delante del humano en dirección al bosque.

―¡Espera! ¿Dónde vas?¡No es seguro estar aquí!¡Estás herido!

―¿Ah sí?¿No me digas?―Murmuró sarcástico sintiéndo el escozor de la mordida anterior.―¿Y es seguro aquí contigo?―Se burló con especial énfasis en sus palabras.

Frente a lo esperado, el ser humano sonrió ligeramente a sus palabras, una chispa de humor en sus ojos.

―Bueno, supongo que siempre será más seguro caminar en compañía que solo. Además, no pareces ser un terrible bandido que quiera robarme mis pertenencias.

Inuyasha resopló ante la desenfadada confianza que el ser humano, Takeshi, parecía trasmitir en sus palabras.

―Eres muy ingenuo para decir eso. Las apariencias siempre engañan.

―Ciertamente.―Dijo el humano riendo suavemente su acuerdo, al tiempo que tiraba de las riendas del caballo y volvía a acercarse a él, un circulo de luz creándose en torno a ambos de ellos.

Ladeando el caballo adecuadamente, e inclinándose en el suelo y colocándo sus manos juntas como escalón, Takeshi volvió a sonreir al rostro ofuscado y frustrado de este chico.

―Sube al caballo, te llevaré al pueblo.

Pero frente a la oferta, Inuyasha frunció el ceño aún más y se alejó de él un paso.

―¿Cómo sé que me vas a llevar donde dices? No te conozco, y tú tampoco me conoces. Además, ¿Quién dijo que quiero ir al pueblo?

Takeshi ladeó el rostro en un gesto divertido.

―Eres una persona difícil, ¿verdad? Y sin embargo, sabiéndo que hay más lobos en la zona, creo que no tenemos más opción que tratar de salir juntos. ―Ante la frase, Inuyasha ajustó la piel de oso a su alrededor y cruzó sus manos en el interior de las mangas de su haori. Su mirada desconfiada no salir de él en ningún momento.―Mira, si te parece mejor, dejaré que estes a mi espalda cuando subas al caballo. Así, si crees que soy bandido embustero, podrás clavarme esa espada tuya y huir.

Inuyasha sopesó sus opciones y una mirada un poco preocupada asomó a su rostro. Era posible que Shippo ya hubiera distraido a los youkai y estuviera buscándole. ¿Cómo reaccionaría de saber que se había ido con los humanos?

Justo en ese momento, un ulular raro salió de una de las ramas de los árboles, e Inuyasha observó un buho extraño, más similar a un pato, con las plumas anaranjadas y los ojos verdes que le resultaba dolorosamente familiar.

Una sonrisa pequeña escapó de sí mismo, experimentando un alivio abrumador al saber que Shippo no sólo sabía lo que estaba sucediendo, sino que además estaba perfectamente sano y salvo.

Está bien...Pensó con alivio.

―Me alegro, vamos, sube.―Dijo el joven alegremente mientras esperaba al otro para subir.

Inuyasha le miró confundido y un ligero sonrojo le abrumó al darse cuenta de que probablemente había hablado en voz alta.

―¡Keh!¡Lo que sea!―Exclamó dándose por vencido y subiendo encima del animal, que se movió ligeramete ante el peso no reconocido. En un momento, Takeshi subió encima del mismo tomando las riendas, y la vista del hanyou se vió abrumada por el cuerpo un poco más alto que el suyo propio.

Vaya mierda...

Murmuró para sí mientras el caballo se ponía en marcha. Por encima de su cabeza el pájaro extraño salió volando por encima de su cabeza, e Inuyasha supo que Shippo iba tras él.

OOOOO

Inuyasha trató de no salir corriendo en el momento en que el "pueblo" se hizo visible en medio de la oscuridad. Al contrario que el pueblo de Kaede, cuyas casas solían ser abrazadas por la noche dejando todo en completo silencio, paz y tranquilidad, este constituía un foco llamativo en medio de la nieve, que parecía crear una extraña aureola en su entorno.

¿Qué es esto?

No pudo evitar preguntarse con un ligero temor que tenía que reconocer.

Esto no era un pueblo, o por lo menos, no lo parecía en absoluto.

Takeshi se volteó sobre su hombro mirando al joven misteriorso y sonrió timidamente al darse cuenta de su incredulidad.

―No estoy muy informado de cómo...―Murmuró captando la atención del otro.―Pero nuestro territorio ha sido dado como regalo a un Shogun importante para evitar nuevos conflictos y, para darle la bienvenida en su visita hasta aquí, nuestro anterior señor se aseguró de que el pueblo luciera adecuado a los honores que pretendía dar...

Inuyasha frunció las cejas y un mohín se hizo en su rostro.

―Todo eso son tonterías, y no me importa. Sólo quiero llegar allí y perderte de vista.

La evidente animosidad lanzando un escalofrío estricto.

―Oh vaya...―El chico suspiró apenado, después se recompuso ligeramente y su rostro se dirigió al frente.―Aún así...¿Ni siquiera aceptarías una humilde comida junto a mí?

―¡¿Qué?!¿Por qué?-Preguntó inmediatamente, con más sentimiento sorprendido del que había pretendido mostrar.

Una risa suave escapó de su acompañante, pero eso sólo sirvió para aumentar su ira y frustración.

No le gustaba este chico, no le gustaba nada. Pero si había algo que realmente le molestaba era la confianza que parecía tener de él cuando ni siquiera le conocía.

―Verás...―Reanudó la conversación.―...a mí nunca me ha gustado la guerra, luchar para proteger el liderazgo de tu señor...eso no sirve para asegurar la comida o el bienestar de las personas a las que quiero. Sólo sirve para matar vidas inocentes. Por eso decidí hacerme espadachín por mi propia cuenta, aunque he de reconocer que aún tengo que mejorar mucho, es difícil sin un maestro...―Dió un rápido vistazo hacia atrás para ver si le prestaba atención e inmediatamente reanudó la vista hacia delante.―Nada más que por tus palabras, entiendo que tu no eres soldado...conozco muy pocos espadachines cómo tú. De hecho, en el pueblo todos han cedido a los intereses del Shogun.

Inuyasha se removió en el animal incómodo. ¿Por qué le estaba contando estas cosas? Ni siquiera había preguntado por su nombre... Pensó en la historia unos momentos, un suave suspiró, no de resignación sino de contenido por culpa del frío nocturno antecediendo sus palabras. Le estaba ofreciendo comida y refugió, Inuyasha sabía la pregunta correcta.

―¿Qué pides a cambio?―Escupió con molestia evidente.―Dime, ¿cuánto me va a costar tu "supuesta" hospitalidad?

Takeshi se tensó unos momentos antes de hablar.

―No tienes pelos en la lengua ¿eh?―Cuestionó con voz grave como su tono se redujo a una nota por debajo de la habitual.

Un silencio incómodo cayó entre ambos momentáneamente, Inuyasha colocó su mano sobre Tesaiga de nuevo, sus músculos entrando en tensión ante la falta de respuesta.

―Eres viajero...¿no?―Inuyasha no contestó y aguardó, la respuesta lo suficientemente evidente.―Me gustaría que me hablaras de las cosas que te han traido ha este pequeño pueblo de montaña, me gustaría saber quién eres, y por qué estabas en el bosque al caer el anochecer...―El chico detuvo el caballo a escasos metros del pueblo, una calle larga e iluminada con lámparas de papel apostadas sobre las casas de madera balanceándose suavemente en el ligero viento.-..pero supongo que si tuviera que escoger...diría que lo que más me gustaría es, sinceramente, un poco de compañía...―El joven se bajo del caballó sin soltar las riendas y miró intensamente sobre los ojos marrones, tan irremediablemente oscuros que se acercaban más al color de la ceniza, cómo buscando algo.

Inuyasha resistió el escrutinio sin apartar la mirada, tratando de leer de la misma manera que el joven sus intenciones y sinceridad.

Si tan sólo tuviera mi olfato de vuelta...podría saber con facilidad.

―¿Qué dices?―Cuestionó el humano, aguardando una respuesta.

Inuyasha parpadeó sobre él desconfiadamente antes de mirar al cielo estrellado. La oscuridad era todavía muy espesa, debían faltar largas horas hasta el amanecer. Volvió a mirar en los ojos verdes suaves, raros entre los seres humanos de la región pero no del todo chocantes. Una suave mirada a su alrededor le dijo que sería un poco complicado encontrar un lugar donde esconderse y pasar desapercibido, un ligero ruido al fondo de la calle advirtiéndole de la llegada de más humanos.

―¡Keh!―Contestó finalmente bajando del animal y haciéndole frente cara a cara.―Te advierto que no soy un buen hablador.

Un brillo calido salió de la expresión del chico.

―No importa.―Murmuró con una sonrisa. Después ladeó brevemente la cabeza hacia un lado.―Aún no sé cómo llamarte...

Inuyasha resopló un breve momento mirando hacia otro lado, no podía decirle su nombre con libertad, pero, ¿qué le decía si no? Él no conocía muchos nombres humanos... La iluminación le asaltó un breve momento.

―Mushín.―Dijo bastante convencido, después frunció el ceño de nuevo.―Pero sólo eso, no quiero ese maldito honorífico detrás ¿has oido?

Takeshi asintió seriamente, antes de dar la vuelta y comenzar a andar. Inuyasha tomó su paso rapidamente haciendo una ligera mueca cuando sus pies descalzos, ahora más sensibles, pisaron sobre los chinos y los rastros de la suciedad humana.

Atravesando la calle desierta, la ausencia de palabras resultó una cosa de agradecer después de haber tenido que estar escuchando a esta persona mascullando sus tonterías durante la última noche. Sin embargo, su paz se arruinó al abanzar por algunos callejones algo estrchos cuando alcanzaron el otro lado de la calle. Inuyasha contuvo el aliento en un intento de dominar sus emociones ante el bullicio de personas que paseaban y hablaban sin parar.

Entrando en dicha calle, más ancha que las que le habían precedido junto con el paso constante de las patas del caballo dibujando el polvo en la tierra, Inuyasha fue incapaz de contener sus ojos audaces de las personas que le rodeaban sin prestarle mayor atención.

―Por aquí Mushin.―Susurró alguien en su oido y fue arrastrado levemente desde la manga de su haori sin ser del todo consciente.

Cuando sus piernas se detuvieron y retomó un poco de sentido con respecto a su situación, un ceño agudo cayó sobre su frente al ver su mano cogida con total confianza por el otro ser humano.

Inuyasha no apreciaba tales tratos y en un amenate se soltó bruscamente del chico que sólo le dirigió una breve mirada mientras dejaba su caballo al cuidado de un muchacho joven y despeinado.

―Ven, te aseguro que es el mejor restaurante de toda la ciudad.―Le murmuró con cierto orgullo en su voz.

El pensamiento de la ultima vez que comió en un sitió así no hizo más que incrementar su mal estado de ánimo. ¡Él no quería comer en ningún restaurante!

Sin embargo antes de que pudiera parpadear el chico cruzaba la estera que conformaba la puerta y le llamó brevemente con la mano.

Un gruñido exasperado escapó de él y si hubiera tenido sus orejas sobre él se habrían agitado con irritación mientras daba un paso al frente.

Fueron recibidos por una pared justo en frente, dos pasillos, uno a la derecha y otro a la izquierda como posibles vías de seguir hacia delante. Por un momento Inuyasha pensó que tal vez no había nadie y podrían marcharse.

Por suerte o desgracia, una asistenta de mejillas regordetas había llegado y los había mirado con los ojos grandes guiándoles a través de los pasillos al interior de una habitación pequeña.

―¡Aquí!¡Aquí Takeshi!¡No se preocupen y acomódense!¡Les traeremos nuestras mejores delicias!¡Y por supuesto el mejor sake de todo Nipón!

La voz excesivamente aguda desapareció por fin al tiempo que la puerta corredera de papel verde se cerró tras ella. Tras unos momentos de desconcierto, un silencio extraño cayó en la habitación.

Inuyasha tomó aire profundamente y suspiró en un intento por calmarse. Las paredes de papel hicieron un trabajo mejor del pensado en aislarle de esa amalgama de sensaciones angustiosas que, por desgracia, sabía regresarían en el momento de la comida. Pausadamente, se levantó y buscó la puerta que daba al exterior. La única que había daba a un nuevo pasillo, y eso sólo sirvió para sentirse aún peor. Acorralado. Atrapado.

―Lo lamento mucho Mushín, no pensé que mi prima estaría de servicio esta noche.―Murmuró con la mirada perpleja y atónita Takeshi, que recién parecía darse cuenta de la incomodidad brillando en el movimiento de pies constante que mantenía el chico en pie.

Cuando Inuyasha se volvió a mirarle una nueva sonrisa había ganado sitio en su rostro.

―Mi prima es un poco nervioso en cuanto a mis compañías, la última vez que bien aquí me acompañaba un hombre adinerado así que supongo que pensó que tu también...lo siento en serio.―Murmuró con un poco de preocupación en sus ojos.―Sin embargo prometo que la comida es tan deliciosa como dicen que es.-Juró con la mano puesta en el pecho.

Pese a la afirmación, Inuyasha no creía que pudiera superar a su amado Ramen.

―Ella siempre se preocupa ¿sabes?―Inuyasha tardó un momento en comprender que hablaba de la muchacha gordita.―Piensa que no puedo llegar a aprender lo suficiente bien y...que estoy cometiendo un error. Los soldados al menos reciben una formación, un entrenamiento...tal vez...

Por alguna razón, Inuyasha sintió la pena del joven vividamente.

―¡Keh! Seguro que vales mucho más que esos lameculos pegajosos.

El joven pestañeó perplejo y finalmente se sonrojó ligeramente con la barbilla más altiva.

―Gracias...―Murmuró avergonzado.―¿Dónde aprendiste tú a usar la espada?¿Sabes de alguien que podría enseñarme?

Inuyasha se sentó con las piernas cruzadas sobre el suelo y apoyó sus manos hacia atrás permitíendole mirar al techo blanco con dos candiles.

―He aprendido por mi cuenta.―Murmuró sin saber que más decir, hasta que una determinada imagen asomó a sus ojos.―Aunque tal vez sepa de alguien que puede ayudarte...―En su mente, la imagen de una Sango muy embarazada asomó suavemente, quejándose y suspirando sobre lo decepcionada que estaba de no haber podido encontrar a un buen aprendiz al que traspasar sus conocimientos.―El pueblo quedá algo lejos, y seguro como la mierda que vas a recibir algunos

golpes, pero si de verdad quieres hacerte fuerte, ese es el lugar indicado.

Las puertas se abrieron de golpe y el olor de la comida impactó sobre él con fuerza. Inuyasha estaba convencido de haber disfrutado de ella si no fuera por la compañía femenina de hasta cuatro jóvenes colgándose sobre ellos como perros entrenados.

―Es increible...―Murmuró una sosteniendo su brazo derecho.

―¡Cuánta fuerza en un hombre tan joven!―Gritó otra aplaudiendo y acariciando su espalda.

―Ten, ¡El mejor Sake de Nipón para nuestro campeón!

Un gruñido de advertencia fue emitido desde su garganta ante la ofensiva cercanía inesperada. Con el ceño fruncido, Inuyasha esperó que su mirada fuera suficiente para espantarlas, sin embargo estas se limitaron a gritar aún más adorando sus pies como si fuera alguna de esas estatuas calvas a las que Miroku se inclinaba cada vez.

Una vez más, era la primera vez que tenía que hacer frente a esta situación. Las mujeres de los pueblos donde se había quedado siempre le habían rehuído y juntado alrededor de Miroku y su gusto por el alcohol. Él ni siquiera estaba seguro del sabor que tenía, ya que la única vez que lo probo se hayaba en el lago del maestro de las pociones.

Apretando los puños con impaciencia e incrementando su gruñido, se sorprendió cuando las manos que se tiraban sobre él se alejaron a la vez.

¡Por fín pillan la indirecta! Pensó a punto de dirigirse a ellas y decirles unas cuantas palabras.

Sin embargo, Inuyasha se vió sorprendido cuando se percató de que lo que en realidad había originado el cambio era la puesta en pie del joven Takeshi. Una mirada determinada sobre su rostro.

―Señoritas, agradecemos sus esfuerzos y servicios, pero les ruego por favor que se retiren.

Un silencio incómodo sobrevino en la sala, y por fin obedeciendo, las damas de compañía se levantaron mascullando quejas e insultos hacia el joven castaño que las había alejado de la compañía del nuevo forastero.

La puerta se cerró tras ellas fuertemente y el aire que había contenido para gritar se escurrió por su boca abierta.

―¡Joder!―Exclamó Inuyasha mirando a la puerta y después al joven.―¿Qué mierda les pasa?¿Están en celo o qué?

El otro se río a carcajadas a gusto consigo mismo y un poco sonrojado por la elección de palabras de su compañero.

―Bueno, me gustaría que me hablaras más de este pueblo y de tu viaje. ¿Has estado al sur?

La noche continuó con una plática sencilla y más que extraña para el hanyou, ya que como resultaba evidente jamás había tenido tanta cercanía con un desconocido (y ni se había atrevido a intentarlo) Hablaron del mar, de las tierras del oeste, de lo tontos que los demonios podían llegar a ser...pronto la comida se había acabado y Takeshi reía fuerte y rudamente seducido por los efectos del alcohol.

―¿Quieres?―Ofreció.

Inuyasha se negó suavemente.

―Oh ¡vamos!¡No puedes dejarme beber sólo!―Se quejó con la voz un poco correosa.

El joven acercó aún más el platillo a él, e Inuyasha se sorprendió a sí mismo tomando el platillo con dedos firmes.

Miró al joven, que había parado de reir y le miraba con una pregunta discreta.

Mierda, ¿Qué estoy haciendo?

Se preguntó al tiempo que en un gesto envió el líquido por su garganta y un rastro ardiente quedó tras de él. Takeshi vitoreó la hazaña silenciosamente, rellenándo el contenido perdido inmediatamente.

Inuyasha sabía por qué había aceptado el alcohol. No quería que se detuviera de hablar, no quería que esta noche se acabará, se sentía raro, eufórico ante la sensación de ser capaz de ser tratado con normalidad por un ser humano y conversar como una persona normal; y, al mismo tiempo, un vacío sonoro y triste, un dolor añejo que golpeaba su pecho casi llamando a la puerta, se arremolinaba con fuerza para hacerle despertar, diciéndole que se estaba olvidando de las cosas importantes.

Y el no quería. Lo único que quería era permanecer durmiendo un poco más.

Sonoras risas restallaron sobre la calle de madrugada. Dos figuras cojeaban con los brazos cruzados entre sí, una de ellas dirigiendo el destino mientras sostenía a la otra evidentemente más ebria.

―¡Garrrra d'acero...!¡Muere Nara...!―Un hípido interrumpió sus palabras.―¡ku!

Nuevas risas estallaron desde el joven mientras se soltó del firme agarre y corrió un poco hacia delante.

―¡Yo soy fuerte!―Dijo señalándose a sí mismo.―¡Inuyasha es el más fuerte!―Gritó, y entonces una mirada dubitativa y preocupada se pinto en su expresión perdida mientras se acercaba al otro rostro masculino trastabillando ligeramente.―¿Verdad?

El hombre dió un asentimiento seco.

―Eres el más fuerte, Inuyasha.

Inuyasha se quedó callado por un momento mirando fijamente al chico, que no parecía balancearse cómo él en absoluto.

―Tú...―Susurró, sus parpados forzandose a permanecer abiertos. Las figuras distorsionándose brevemente. Inuyasha abrió los ojos como un cervatillo asustado al ver frente a sí la imagen de una chica.

Parpadeó un momento,

―¡Tú!―Y volvió a estallar en carcajadas.

A punto de perder el equilibrio, la chica vestida con las ropas de una sacerdotisa sostuvo a Inuyasha como pudo y tironeó de él hacia delante, hasta ponerle en pie.

Inuyasha la miró y con una sonrisa agarró la mano femenina entre la suya.

―Estás muy bonita hoy...―Murmuró arrastrando las palabras.

El rostro sumido en las sombras dió una sonrisa brillante que le iluminó el corazón.

―Ven por aquí, Inuyasha...―Susurró tirando de la mano que había sido atrapada.

Pero Inuyasha se detuvo brevemente al ver la figura de un gato mirándole fijamente desde las sombras. Un delgadísimo gato de color pardo con brillantes ojos esmeralda.

Inuyasha se detuvo por unos momentos observando al animal erizarse, observando los intensos ojos verdes brillantes en la oscuridad de la noche y los colmillos hacia fuera en un gruñido amenazante de ira. Parecía que el gato estaba mirándole directamente ¿Acaso lo había visto antes?

Inuyasha sonrió ligeramente y se acuclillo extendiendo su mano hacia el animal, sus ojos abriendose incrédulos brevemente al escucharle hablar.

―¡Inuyasha!¡¿Qué estás haciéndo?!¡Tenemos que volver!

Inuyasha ladeó su rostro ligermanete en el tono de ira.

―¿Por qué?

El gato se agacho ligeramente desde su posición.

―Inuyasha...no puedes ir con esa mujer, ¡¿Qué hay de Kagome?!¿Qué estás haciéndo?

Inuyasha rió ligeramente mirando hacia atrás, hacia la figura de mirar dulce y cabello azabache que le llamaba.

―No entiendo lo que quieres decir gato...―Murmuró con cierta felicidad emanando de sus palabras.

―Pero...Inuyasha...¡No puedes traicionarla! Yo...Si haces algo así...yo no puedo..ser tu hijo yo...

Inuyasha se levantó mirando con un ceño fruncido sobre el animal.

―¡No digas tonterías!¡Yo soy un perro!¡Tú no podrías ser mi hijo!―Exclamó en voz alta.

El cuerpo de delicadas manos se acercó hacia él, no pudo evitar pasar sus dedos por los cabellos de textura suave.

El gato se erizó ante la llegada de la mujer e Inuyasha pestañeó al ver las lágrimas sobre los ojos del felino. ¿Los gatos podían llorar?

Lanzándose contra él, Inuyasha gritó y cayó torpemente recibiendo marcas de arañazos en cada mejilla. Aulló brevemente de dolor sintiéndo como su mejilla se pintaba con el color rojo. Trató de mirar la dirección que el gato había tomado, saliendo corriendo de allí, pero pronto los ojos de chocolate fundido se clavaron sobre los suyos y fue incapaz de apartarlos.

Sus mejillas fueron analizadas silenciosamente.

―No es nada...―Susurró él antes de que un hipido escapara de su garganta.―Curará solo.

―Vamos...―Susurró la dulce voz señalando una casa, e Inuyasha la siguió sin dudar.

Inuyasha movió la cortina hacia un lado, perdiendo el equilibrio y agarrándose a la estera por unos momentos a punto de tirarla de su posición, hasta que fue empujado por quien estaba tras él.

Ambos cayeron al suelo con un sonoro golpe.

―¡Ey! ¡Mi pelo!―Se quejó Inuyasha tratando de rescatar su cabello del peso de la chica.

Una sonrisa traviesa escapó de los labios rosados y el cuerpo cayó a horcajadas sobre el hanyou, moviendose seductoramente en círculos.

Inuyasha rió, pero sólo un poco como en los jadeos se demostró la falta de aire que la presión en su estómago empezaba a trabajar.

―Inuyasha...―Susurró la voz retirando suavemente el nudo del hakama y dejando expuesto el cuerpo masculino. La suave lengua rosada escapó para mojar los labios brevemente antes de caer en un beso sobre la boca semiabierta que no dudo en devolver con ferbor la caricia, las caderas masculinas moviéndose hacia arriba mostrando la entrepierna roja e inchada crispar en la excitación.

La larga falda femenina cayó de la cintura y una mano suave se paseo por el pecho hasta alcanzar las cuentas del rosario kotodama.

―Eres mío.―Susurró una voz extraña al tiempo que la calidez rodeó completamente la extensión completamente erecta del hanyou y un gemido ahogado salió de sus labios.

―Kagome...―Susurró. Y llevó sus manos a las caderas de la joven tirando de ella hacia sí mismo.

En el movimiento bamboleante y los supiros de deseo que generaban dos cuerpos sumergidos en un sueño temporal, las cuentas kotodama comenzaron a brillar fuertemente entre las palidas manos que las sostenían. El color de la miasma y el aura oscura y contaminada dibujando en torno a ellas mientras una maldición era pronunciada...

...Mmm bueno, prometí que la cosa se pondría interesante... lo está ¿no...? yo avise, ¡Avise! Y quien avisa no es traidor...!... Nada, ignórenme. En mi opinión han pasado cosas interesantes. ¿Que sucederá en el próximo capítulo? Nubes negras se avecinan para Inu y lluvía de cuchillos hacia mi persona. Aún así, correré el riesgo de escribir lo que está en mi cabeza dentro de toda su enferma perversión masoquista O.O

Próximo capítulo: Seguramente el Lunes, ya que va a ser...emocionalmente difícil.(Je sólo exagero)

Esperon que estén disfrutando esta historia! Si han leido algo interesante, o han visto alguna barbaridad, ¡Sólo díganme! ¡Agradezco cualquier crítica!