Desde los sucesos acontecidos en la batalla de razas en los alrededores de Erebor, la criatura Gollum había escapado de las celdas del Bosque Negro en un descuido inadmisible de los guardias. Dicho accidente intentó enmendarse mandando patrullas para buscarlo. Sabían que era peligroso porque iría en busca del anillo y eso era algo que debían impedir. Sin embargo, el enemigo había sabido esquivarlos, con siniestra maestría. Era indudable que se conocía bien los senderos y caminos mas enrevesados y ocultos, que ni siquiera un elfo podía rastrear. A pesar de la ventaja abismal, el rey Thranduil mandaba cada día patrullas a distintas zonas, a cientos de kilómetros del Bosque Negro en su busca. Ya se había dado alarma inmediata y las ciudades mas cercanas, los pueblos mas próximos, estaban avisados. Legolas y Tauriel dirigían los pelotones principales de la guardia real. Se coordinaban a la perfección y el perímetro de distancia entre ambos grupos era como mucho de un kilometro.
Hicieron un pequeño asentamiento para descansar en el Valle del Arroyo, entre Las Montañas Nubladas y Lórien. Aun quedaban unas horas para que la noche se cerniera sobre ellos. Legolas escrutaba la zona, de pie, junto al arroyo mientras sus compañeros preparaban una hoguera y revisaban las provisiones. Habían seguido un supuesto rastro pero por ahora no parecía dar frutos. Entornó los ojos, rasgo evidente de su frustración. Aquella vil criatura se estaba burlando de él, no era capaz de predecir sus movimientos y eso no le gustaba. El olor del fuego lo distrajo y dio media vuelta. Alzó el rostro y vio como se acercaba Tauriel que había dado un rodeo precavido por la zona.
- Todo en orden –informó con pasos gráciles hacia él.
Él asintió y se sentaron juntos en un tronco con los demás. Legolas hurgó en una bolsa y sacó unas rebanadas de pan élfico. Partió un trozo y se lo ofreció a su compañera. Tauriel sonrió agradecida y lo cogió de buen humor. Sus dedos se rozaron y un escalofrío agradable recorrió su cuerpo. Se miraron unos segundos. La joven creyó entrever que las pupilas de Legolas brillaban de cariño. Rompieron el contacto visual y comieron en silencio. El fino oído del príncipe captó murmullos en el grupo y no le gustó demasiado lo que decían, así como alguna que otra mirada de reojo. Tauriel también se dio cuenta.
- No les hagas caso –murmuró el elfo con calma.
- Es un poco difícil ignorarlos –murmuró a su vez, preocupada.
- No saben lo que dicen. No lo entienden
La silvana lo observó largamente. Su expresión era tan serena e inexpresiva como siempre, con esa máscara de seriedad y ese aura de responsabilidad, propios de un príncipe. Todo en él inspiraba al respeto y a la devoción. ¿Cómo no podría amarlo? Cuanto mas lo miraba y observaba, mas lo amaba.
- Y nosotros… ¿lo entendemos? –se atrevió a preguntar.
Legolas sonrió, pero no respondió. Movió la leña con un palo y el fuego se avivó un poco más.
Tauriel se dirigía a la sala del trono, a paso firme y bien derecha, aunque por dentro estaba nerviosa. El rey Thranduil la había llamado. No tenia ni idea de por qué pero cualquier cosa que quisiera decirle la atormentaba. No sabia a qué atenerse. Solo esperaba que no fuera grave. Impasible, recorrió los pasillos de palacio hasta las grandes puertas que la custodiaban dos guardias. Estos la abrieron con lentitud y ella entró despacio. El rey la esperaba sentado. Su rostro era una completa máscara de frialdad, sin expresión alguna y una mirada tan gélida como el hielo, capaz de intimidar a cualquier persona. Tauriel se detuvo e inmóvil como una estatua, esperó pacientemente.
- Acércate –la invitó Thranduil con un gesto de la mano. Su tono poseía un timbre grave, parecido al sonido de un gran instrumento de viento, potente y a un volumen controlado.
La silvana inspiró hondo y obedeció, ligera como una pluma. Volvió a detenerse a los pies del trono, hincó una rodilla en el suelo y se postró ante el rey con absoluto respeto.
- Sé bendecido por las estrellas, oh, rey Thranduil, mi señor –dijo con reverencia.
- Levanta, Tauriel –ordenó el rey con suavidad- ¿sabes por qué te he llamado?
Así lo hizo ella pero no miró su rostro. Era una falta de respeto, a menos que él lo pidiera.
- No, mi señor. No estoy al tanto del motivo de su llamada –respondió la elfa, manteniendo la compostura.
- Seré breve y espero no tener que llamarte de nuevo por este asunto –la previno con un tono poco amistoso.
Tauriel tragó saliva pero no dio a traslucir sus emociones. Se mantuvo firme, seria y con plena atención.
- No lo entiendo, mi rey –admitió.
- Entenderás enseguida lo que voy a decirte a continuación: no quiero que te acerques a mi hijo.
La orden del rey fue como una sentencia de muerte para ella. Un puñal directo a su corazón. A punto estuvo de flaquear y mostrar su debilidad ante el rey, pero se contuvo a duras penas y un nudo se formó en su garganta y en su estómago. Se obligó a tragar aquel nudo para poder articular palabra.
- Mi rey, si he hecho algo que no os haya agradado, yo…
- Te advertí –la cortó bruscamente. Su voz era como una daga muy afilada que creaba heridas a su paso- que no te acercaras a mi hijo de esa forma, que no le dieras esperanzas porque jamás, repito, jamás habrá un futuro para vosotros.
Tauriel estaba confundida. No había hecho nada malo. No podían evitar estar juntos, básicamente porque formaban parte del ejercito de la guardia real. Todos los días se veían. ¿A qué podía referirse el rey? Lo único que se le ocurría era que fueran espiados sin que se dieran cuenta o que alguien le hubiera dado una impresión equivocada. Si era cierto que se sentían mas cercanos y unidos porque se necesitaban pero ¿hasta tal punto…?
- ¿Y las patrullas? –se atrevió a cuestionar en un murmullo.
- A partir de mañana, dirigirás otro grupo de guerreros en zonas distintas. Si vuelves a acercarte a mi hijo, tomaré medidas al respecto. ¿Lo has entendido?
La amenaza implícita en la frase derrumbó a la silvana. El rey estaba enfadado. Su tono gélido, sus palabras, su porte siniestro y su inexpresividad la dejaban de piedra. Saber que ya no podría disfrutar de la compañía de Legolas… no quería ni pensarlo. Cerró los ojos con fuerza.
- Si, mi señor. Alto y claro
- Bien. Puedes marcharte
La elfa giró sobre sus talones. Sentía pesadez en las piernas como si las fuerzas la hubieran abandonado. Abandonó el salón del trono con una amarga sensación en el pecho, donde latía su corazón herido.
Al día siguiente, Legolas entró como una flecha en el salón del trono. Empujó con rabia las puertas reales e irrumpió enérgicamente en la estancia, interrumpiendo una reunión del rey. Thranduil alzó la cabeza imperturbable cuando vio a su hijo. Murmuró algo a sus acompañantes y se retiró, abandonando la sala por la parte de atrás. Legolas lo siguió sin mediar palabra. Su ira parecía no tener limites. Se reunieron en un ancho y largo pasillo donde no les oiría nadie.
- Espero que tengas una buena razón para esta falta de respeto, hijo mío.
- Creo que no eres el mas indicado para hablar de respeto, padre –replicó el príncipe mirándolo directamente a la cara con los ojos chispeantes.
- ¿Disculpa? –alzó una ceja.
- ¿Por qué cambiaste a Tauriel de mando? Sé que fuiste tú
- No eres quien para cuestionar mis decisiones, Legolas –le advirtió su padre.
- Entonces quizás tú no deberías cuestionar las mías, ¿no te parece? –farfulló con la mandíbula tensa.
- No me respondas. Soy tu padre y debes obedecerme –mantuvo su mirada sin sentirse intimidado en lo mas absoluto por la ira de su hijo- nunca olvides que lo que hago es por el bien del reino.
- Es por tu propio bien, padre. Eres un maestro de la tergiversaciones. Nunca sabes cuando parar.
- ¡Basta! –lo calló con severa calma- no te permito que me hables así. Y olvídate de esa elfa plebeya.
- Se te olvida, padre, que no puedes mandar en mi corazón. Sé de sobra que tú ya no tienes ninguno pero eso no te da derecho a quitarme el mío.
- Te lo repetiré otra vez, Legolas. Olvídate de esa elfa y compórtate como el príncipe que eres y que debes ser –lo amenazó el rey con el rostro tenso por tal osadía.
Rey y príncipe. Padre e hijo. Inmóviles como estatuas. Desafiándose con la mirada. Parecía una batalla que no se podía saber quien ganaría. Tantos sentimientos negativos. Una relación desestructurada y perdida.
- Mi madre estaría decepcionada del hombre en quien te has convertido –susurró finalmente, dando por terminada la conversación.
Sin despedirse, sin reverencias, se marchó de aquel pasillo, alejándose de su padre, de su rey, con la cabeza bien alta, grácil y elegante como solo él podía ser.
