Los siguientes días no fueron fáciles para Legolas y Tauriel. Sus encuentros eran tan esporádicos como inexistentes al mismo tiempo. Se veían en la distancia, mirándose de lejos. En las patrullas, no coincidían, en la ciudad, ni para comer podían encontrarse. El rey se aseguraba de ello. O estaba muy ocupados o sencillamente les era imposible estar juntos, simplemente charlar. Era una agonía constante a la que estaban sometidos. Legolas no lo aguantó mas y se le ocurrió una idea para mantenerse en contacto con ella sin que se dieran cuenta. Con la ayuda de algunos amigos animales, el príncipe envió notas a la silvana en hojas transportadas por ardillas y palomas. Tauriel captó la idea y también hizo lo propio. Aquella estratagema alivió un poco esa presión de no poder hablar cara a cara, pero no era suficiente. Las notas no eran sentimentales, tenían miedo de manifestar sus sentimientos de esa forma, y además tan fría, pero en cada frase estaba implícita esa necesidad de verse, esa añoranza de estar juntos y poder disfrutar del otro. La situación era complicada y delicada al mismo tiempo, y no mejoraba, sobre todo porque Legolas discutía mas a menudo con su padre.

El tiempo seguía caminando. Y Legolas decidió romper las normas una vez mas y buscó a Tauriel una noche. Se las arregló para escabullirse y burlar a los soldados de guardia, todos los que habían por la ciudad hasta llegar a su casa. Ésta estaba suspendida en un árbol, como la mayoría de ellas. Se aseguró de que nadie lo había seguido y visto y trepó ágilmente por el tronco. No le costó llegar al zaguán. Se extrañó al ver que la vivienda estaba a oscuras. Normalmente ella solía dormir mas tarde. Había algo que no cuadraba. Tocó a la puerta suavemente. Tauriel debería haberle visto venir. Nadie respondió. Empezó a preocuparse. Volvió a tocar y nuevamente nada. Se atrevió a abrir la puerta y entrar dentro. Su vista nocturna le permitió distinguir el interior y encendió una vela para iluminar un poco la estancia. No había nadie en la casa. Tuvo un mal presentimiento. ¿Dónde estaba Tauriel? Observó a su alrededor, analizándolo todo, inquieto de repente. Su arco y sus dagas no estaban, ni su ropa. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Entonces vislumbró algo encima de la cama. Se acercó para verlo mejor. Era un papel doblado y ponía su nombre. El corazón empezó a latirle con fuerza. Extendió la mano y cogió la nota con un escalofrió. La abrió lentamente y reconoció la letra de la silvana.

Legolas,

Cuando leas esta nota, es probable que ya me encuentre lejos de Bosque Negro. Habría deseado poder decírtelo yo misma pero no fui capaz. No soy tan valiente como dices que soy. Esta situación me ha superado y tengo miedo, Legolas.

Puede que me odies por haberme marchado o sencillamente no puedas perdonarme por esto, pero es lo mejor, o por lo menos así lo creo.

No verte, no estar contigo, me estaba matando. Sé lo que puedes estar pensando pero ya no importa.

Por favor, no me busques, no lo intentes, sé que serias capaz de hacerlo, te conozco y precisamente por eso, no lo hagas. Quizás volvamos a encontrarnos o quizás no, pero nunca olvides que siempre estarás en mi corazón. Nunca te olvidaré, Legolas y desearía que tú tampoco me olvidaras.

Necesito tiempo para estar sola, para encontrarme a mi misma y saber quién soy, si soy digna de ti o sencillamente tengo otro propósito en mi vida. Espero que las estrellas me concedan volver a verte porque no deseo otra cosa.

Cuídate, Legolas

Tauriel

Legolas sintió que las piernas le flaqueaban y tuvo que sentarse en la cama. Tauriel se había ido. Y no sabia cuando volvería a verla. Tal vez para siempre. Cerró los ojos con fuerza. Su corazón sangraba. Apretó la mandíbula y los puños aguantando las ganas terribles que tenia de gritar. De impotencia, de rabia. El único responsable de su desgracia era su padre, el rey Thranduil. Una solitaria lágrima logró salir de sus ojos, una lágrima de desesperanza.