Disclaimer: Los personajes pertenecen a Mitsuo Hashimoto, la historia es propiedad de nosotras.

Luego de dos semanas y junto al primer capítulo se presenta Left Lie… esperemos que este proyecto dure.

Capítulo 1.

Corrió lo más rápido que sus piernas le permitían mientras se escondía bajo el escritorio. Espero en silencio, pacientemente hasta que escucho unas fuertes pisadas acercándose. Contuvo la respiración cuando la sintió adentrarse a la habitación. Una, dos, tres maldiciones después y el ruido de su respiración era lo único que le advertía que aún no podía salir. Ella aún estaba cerca.

− ¡Shun, sal de una vez! –la escucho gritar nuevamente.

En seguidas ocasiones la sintió acercarse al escritorio, pero antes de que el peligro creciera ella daba media vuelta mientras inspeccionaba el resto de la habitación.

Sonrió ante esto, no importaba que estuviese desesperada buscándolo. Ella no era capaz de acercarse y correr el riesgo de romper algo perteneciente a su padre.

−Maldito mocoso. –la escuchó murmurar mientras se alejaba velozmente en busca de otro posible escondite–. Esta vez ni tú padre te salvara de que te asesine.

Cuando estuvo lo suficientemente lejos como para no escuchar cosas romperse en el camino, fue capaz de soltar todo el aire retenido. La chica estaba tan enojada que no dudaba en que cumpliese su amenaza.

Decidió no perder más tiempo, se levantó y se acercó a una de las paredes de la oficina, la única que poseía una ventana en lo alto de esta. Con un poco de dificultad logro subir. No tardó mucho en abrirla y escapar.

Caminaba con lentitud por el inframundo, sabía que estaba siendo descuidado al no tener reparos en pasear frente a los demonios, su padre se lo había advertido más de una vez, pero no tenia deseos de volver rápido a su hogar.

Eran pocas las veces que tenía la fortuna de lograr salir de la mansión, esto principalmente por Chan, la misma mujer que actualmente deseaba matarlo a sangre fría.

Tenía prohibido salir o estar frente a demonios que no fuesen parte de los empleados de confianza, o al menos así se lo había dicho su padre. Aun así no podía evitar desobedecerlo. Estar encerrado le desagradaba, la servidumbre era sombría y recta, actuando solo si se les ordenaba, casi sin derecho a respirar. Las únicas personas con las que podía relacionarse eran con Persephone, su tía, y Chan, una demonio que tenía como obligación cuidarlo cuando su padre estuviese ausente.

-Como hoy, por ejemplo.

El señor del inframundo, como muchos lo llamaban, estaba cargado de obligaciones. Más de una vez lo escuchó mencionar que debía ir al exterior, aunque la información que tenia de ello no pasaba del infantil espionaje de un niño pequeño.

Nunca había estado de acuerdo en dejarlo solo. Aún si fuese acompañado simplemente por una de sus marionetas, como le gustaba llamar a los sirvientes, era mejor a tenerlo sin vigilancia.

Odiaba eso.

La sensación de estar siempre vigilado y las restricciones que le ponían encima eran demasiadas para su entendimiento. Ni siquiera tenía permitido salir de la mansión a menos de que deseara ser castigado, no solo por su padre, sino también por Chan.

Chan era una demonio quien al igual que la mayoría en ese lugar estaba al servicio de su padre. La única diferencia era –además de su actitud más agresiva- que ella tenía como única misión el cuidarlo.

Un demonio antes conocido y temido como un peligroso asesino siendo degradado a niñero. Eso realmente tuvo que haberle pegado en el orgullo.

-Quizá por eso su odio hacia mí. –pensó mientras seguía caminando ignorando las miradas poco disimuladas de los demás.

No podía culparla. Tenía entendido que ella fue muy famosa en su época de gloria. Había oído por boca de Persephone que era una de las primeras opciones cuando se necesitaban ese tipo de trabajos. Sangrientos, despiadados y rápidos, todo lo que la describía. Su desventaja, era increíblemente impulsiva lo que la volvía manipulable. No era necesario ser poderoso, solo tener un poco de ingenio, paciencia y usar las palabras adecuadas y lograrías que fácilmente ella hiciese lo que quisieras.

Tal y como él lo había hecho desde hace varias ocasiones.

¿Qué mejor oportunidad para salir al inframundo que cuando tu padre no está y te dejan a cargo de alguien tan idiota? Posiblemente hubiese una mejor manera, pero no la conocía y debía admitir que realmente amaba este método.

El odio entre ambos era algo mutuo.

−Miren quien tenemos aquí –hablo una burlona voz–, el pequeño Shun.

Maldijo su suerte al escuchar esa voz, nuevamente había tenido la desgracia de encontrárselos.

−Que sorpresa que hayas abandonado tu castillo. –menciono una segunda voz.

−Es verdad, ¿acaso tienes miedo de salir? –tercero.

−Escuche que Lucifer no está. Deberías tener cuidado sino quieres que alguien se aproveche de esto. –cuarto y último.

Esta vez solo eran cuatro los que habían decidido rodearlo. Hacia tanto tiempo no salía que había olvidado que siempre ocurría algo similar en cuanto ponía un pie en el inframundo. Pequeños demonios con el cerebro diminuto no dudaban en querer meterse con él a la primera oportunidad.

Al parecer aunque su vida fuese estar entre cuatro paredes era bastante conocido. Bueno, que se le podía pedir al hijo de uno de los más poderosos en el inframundo. Poder seguramente, habilidad, inteligencia, actitud y en lo que más se fijaban los jóvenes, la apariencia.

−No intentes intimidarnos con esa mirada, solo nos causas gracia.

Aunque tuviesen la misma edad él era considerablemente más bajo que la mayoría. Sus rasgos tampoco eran tan afilados como se suponía y mientras a algunos ya comenzaban a tener la apariencia digna de un demonio, el continuaba igual. Era extraño, pero aunque preguntase al respecto nadie le daba una respuesta clara.

La única vez que se atrevió a preguntarle a su padre al respecto él le dejo muy en claro ese día que no debía por ningún motivo volver a mencionarlo.

Si su padre no era capaz de darle una respuesta entonces no le interesaba.

Ahora que lo pensaba… se le estaba haciendo tarde.

− ¿A dónde crees que vas? –le pregunto uno de ellos al ver como pasaba de escucharlos

− ¿Piensas escapar? –cuestiono otro mientras lo tomaba de la camisa y los demás le bloqueaban cualquier vía de escape. − ¡Contesta! –exigió al ver cómo ni se inmutaba.

3, 2, 1.

− ¡Sid! –se escuchó una nueva voz, esta vez de alguien más adulto. –Suéltalo –ordeno mientras lo alejaba del menor.

−Pero Nurzak… −intento hablar siendo interrumpido por el hombre.

−Discúlpelo, sigue siendo solo un niño malcriado. –se dirigió con respeto al menor–Espero que no encuentre necesario el informarle de esto a su padre. No hay que crear problemas innecesarios. –hablo con fingida cortesía.

Siempre era así.

En cuanto se metían con él casi de inmediato alguien venia en su rescate, o más bien, en rescate del agresor por temor a que decidiera tomar represalias ante tal "falta de respeto". Los únicos que realmente tomaban su nombre como importante eran adultos, los esclavos oficiales del nombre de Lucifer.

Se marchó sin siquiera responderle, ellos ya sabían su respuesta.

No le interesaba hacer un escándalo solo por un pequeño altercado. Prefería ahorrarse las molestias y aprovechar el poco tiempo de libertad con el que contaba.

Hoy su padre volvería de un viaje que lo mantuvo fuera durante días. Era su última oportunidad de escabullirse y volver antes que él si quería ahorrarse un regaño. Pero si volvía ahora Chan lo mataría, o bueno, lo más cercano a eso. En cambio sí se tomaba su tiempo y llegaba cuando su padre estuviese de vuelta, aunque recibiese un castigo por parte de él, estaría a salvo de Chan y podría ver como la castigaban a ella también.

De pronto la idea de volver más tarde se hacía más y más tentadora.

Caminaba por los blancos pasillos con porte firme y serio, ignorando los murmullos que con cada paso parecían ser más audibles. Ni siquiera un lugar destinado al bien se salvaba de ser víctima de las críticas y difamaciones que ahí recibía.

Intento mantener su paso constante para evitar mostrar cualquier signo que denotara cuanto le afectaba el cinismo que los anteriormente llamados sus amigos no dudaban en cometer. Era increíble como algo tan pequeño podía crear tal reacción entre los demás.

Solo unos pasos. Solo unos pasos más y podría librarse de esto.

Se detuvo frente a una gran puerta con tonos dorados, lo único de la habitación que no era totalmente blanco. Cuando se disponía a abrirla fue detenido por una suave, pero traicionera voz.

−Sabes que no puedes ver al señor sin invitación. –le comento tranquilo una figura recostada a su derecha.

−Es importante.

− ¿Entonces por qué no tengo conocimiento de ello? Después de todo soy uno de sus seguidores más importante –menciono con un orgullo que no merecía mostrar.

−Solo eres el mensajero, Gabriel. –su fingida amabilidad solía sacarlo de sus casillas.

−Incorrecto, soy el mensajero de Dios. Cualquier cosa que quiera ser dicha a mi señor pasa primero ante mí –se levantó y camino lentamente hacia el − ¿Algo que necesites comunicarle…Shen?

−No hablare con nadie que no sea Dios –su desconfianza era palpable.

−Está bien, lo entiendo. –le contesto con una falsa sonrisa.

El aun no muy seguro da media vuelta y comienza a retirarse.

−Solo te aconsejare que cuides tu espalda. Hay algunos que aún no perdonan tu traición.

Por supuesto, Gabriel no podía despedirlo sin mencionar algo que lo irritara.

No había necesidad de que le recordara que era uno de los ángeles más odiados, el mismo podía darse cuenta por todos los comentarios que recibía a menudo.

Sabía que debía estar alerta, aunque se encontrara en el reino de Dios eso no lo libraba del peligro. A veces este podía estar donde menos te lo esperas y para su desgracia él estaba muy en desventaja. Cualquiera podía atacarlo en un momento de debilidad haciéndose pasar por un aliado. Después de todo, él estaba en la lista negra de muchos.

El haber concebido con una humana era considerado alta traición. Era un tabú entre los ángeles. El único digno de estar con una humana –además del hombre– era Dios.

Cuando esto salió a la luz muchos quisieron tomar justicia por sus propias manos, no estaban conformes con el castigo impuesto por el señor. Fue difamado durante mucho tiempo. Era increíble todo el odio que podía nacer de seres supuestamente de la luz.

Dios lo perdono a pesar de que todo ofrecía la oportunidad de algo mucho más severo. En su lugar, su castigo fue tener prohibido el regresar a la tierra. Si por algún motivo rompía esta regla no dudarían en exiliarlo del paraíso.

No le quedo de otra más que aceptar, aunque se lamentara por dentro.

No poder ver a su mujer o a su hijo. No saber si estaban bien. El ni siquiera haber sido capaz de conocer a su primogénito. Eso lo desesperaba, pero ahora estaban fuera de su alcance. Por tal razón que decidió confiar en alguien más.

Tal tabú cometido traía consigo el rencor y desconfianza de la mayoría. Quienes anteriormente habrían hecho hasta lo imposible por ayudarlo ahora le daban la espalda mirándolo con repulsión. Solo había algunos que aún lo consideraban un ángel y por ende lo trataban con respeto, el mayor respeto que se le puede ofrecer a alguien que casi fue exiliado. Entre estos se encontraba Gabriel.

Tardó mucho en decidir si confiar o no en él. Al tener un cargo tan alto lo hacía propenso a caer en la tentación y podía fácilmente voltear todo en su contra. Pero estaba desesperado. Tan desesperado como para pedirle que fuese a la tierra y viera como estaba su familia. El mensajero tenía la libertad de ir y venir entre el cielo y la tierra tantas veces como quisiera, libertad que él no tenía y dudaba recuperar.

Cuando el regreso le informo lo que tanto temía. Por más tiempo que hubiese estado buscando a su mujer, el arcángel lo único que encontró fue una lápida con su nombre. De su hijo no había rastro alguno. Es como si nunca hubiese existido.

En cuanto se enteró de esto sintió la necesidad de el mismo ir a comprobarlo aun a costa de no tener un lugar al que regresar, pero no se lo permitieron. Si iba nada le aseguraba encontrar algo, podía perderlo todo a costa de nada.

Lo que más le dolió de su condena, fue el no poder visitarla. Y es que a fin de cuentas, no todo el que muere es capaz de ir al cielo.