Unas décadas después, en el Señor de Los Anillos.

Legolas se había unido a la Comunidad del Anillo en la increíble y peligrosa misión de luchar contra Sauron y todo su ejército. Junto con Aragorn y Gimli, vivió incontables aventuras. Duros viajes por la Tierra Media en busca de aliados, enfrentamientos contra el enemigo y muchos encuentros con la muerte. No solo se puso a prueba como elfo y como persona, sino también forjó amistades para toda la vida. ¿Quién le iba a decir a él que uno de sus mejores amigos iba a ser un enano? Pues nadie, pero se sentía dichoso de contar con la amistad de tan valeroso personaje y lo bien que se lo pasó apostando quién mataba mas orcos y él con solo unas flechas se cargaba un olifante. Aragorn era como el hermano que nunca tuvo y su amistad se alargaría por muchos años.

Juntos vencieron cada obstáculo que tenían delante, con tesón, valentía y mucho coraje. Hombro con hombro, sin vacilar, con todas sus fuerzas, confiando plenamente. Incluso cuando lucharon a las puertas de Mordor, la esperanza siguió palpitando en sus corazones. Y cuando Frodo logró destruir el anillo en el volcán, todo acabó por fin. Sauron era destruido para siempre y todo su ejército con él. Se había perdido mucho en la guerra, incontables vidas, ciudades enteras. No seria fácil reconstruir todo eso. Empezar de cero. Pero juntos lo conseguirían. Era una cuestión de unidad para levantar todo lo que el mal había hecho. Todo sacrificio valía la pena. Recuperaron a Frodo y a Sam y procuraron que se recuperaran de sus heridas. Recordó con agrado cuando los vio después de tantos años, a esos valientes hobbits que se habían atrevido a emprender tal hazaña hasta el mismo infierno. La brillante sonrisa de Frodo, como se le iluminaba el rostro. Sabia que todo lo que había vivido, estaría grabado en su memoria y en su vida para siempre. Aquella guerra había dejado una huella muy grande, para bien o para mal.

No había que olvidar la coronación de Aragorn. Qué momento tan inolvidable, tan épico. Pasaría a la historia sin duda. Todas aquellas personas reunidas para presenciar el acontecimiento mas icónico después de tantos años. El orgullo que sintió hacia su amigo era incomparable. Ese respeto cuando lo miró a los ojos y pudo apreciar su sabiduría, su porte como nuevo rey, su seriedad y su responsabilidad a partir de ahora. Se celebró una fiesta por todo lo alto en el castillo, liberando las penas, las tristezas y todo lo malo del corazón. Solo quedaba la felicidad, la alegría y el gozo. Todo había acabado. Era el tiempo de la paz.

Y allí estaba él, de pie, en el mismo sitio donde lo habían coronado, perdido en sus pensamientos mientras contemplaba el paisaje que se extendía a sus pies, con las manos a la espalda. Debería sentir vértigo, pues la altura era tal que podrías marearte. Pero él se sentía fuerte y lleno de vida… al menos en apariencia.

La imagen de Aragorn reencontrándose con Arwen abrió una brecha en su corazón que creyó cerrada hacia mucho tiempo. La tristeza se manifestó en sus facciones. El doloroso recuerdo de Tauriel seguía ahí, torturándolo. No había dejado de amarla en todo aquel tiempo. Sus sentimientos por ella, en vez de recaer y desaparecer, habían crecido gradualmente con tanta intensidad que dolía. El único que sabia de sus martirios emocionales era Aragorn, su confidente, su mejor amigo. No solía manifestar lo que sentía, era muy reservado y nunca le había gustado mostrarse de ese modo a nadie. Aun recordaba cómo ella lo había abandonado, esa nota que le había escrito. Lo peor no era eso, lo peor era que la entendía perfectamente y no podía hacer nada para evitarlo. No iba a atarla a nada. La amaba demasiado. Seria capaz de hacer cualquier cosa por ella.

- Legolas, amigo mío -lo llamó entonces el rey Aragorn.

El elfo suspiró y con una media sonrisa, se giró para mirar a su amigo y bajó la cabeza en señal de respeto.

- Rey Aragorn

- Por favor, Legolas, conmigo no tienes que hacer eso -replicó con una mueca de desagrado- ¿va todo bien?

- Contemplaba las hermosas vistas desde aquí -comentó con sencillez.

- ¿No quieres regocijarte con nosotros? -lo invitó con amabilidad.

- Gracias, pero necesitaba tomar el aire. Quizás en un rato vuelva a entrar.

Aragorn lo observó atentamente. Notaba la tristeza en su mirada y la inexpresividad de su rostro. Era un contraste común en su amigo. Sabia que era hombre de pocas palabras pero sincero cuando hablaba, y poco expresivo en sentimientos. Pero sabia de sobra que su corazón era muy grande. Sonrió.

- En realidad venia por otra cosa -le confió hablando en élfico.

Legolas alzó una ceja al advertir el cambio de lengua y lo miró con curiosidad. Cuando hablaban en élfico, solía ser confidencial y muy intimo.

- ¿De qué se trata?

- Deduzco que es algo que llevas esperando mucho tiempo -se limitó a decir Aragorn antes de apartarse ligeramente.

Cual fue la sorpresa del príncipe élfico cuando vio a la elfa Tauriel caminando hacia él. Se quedó sin aliento. Era mucho mas hermosa que la última vez que la vio. Llevaba puesto una túnica elegante, parecido a un vestido, del color del bosque. Estilizaba su silueta femenina y se dejaba caer por sus rodillas. Su melena castaña rojiza caía como una cascada por su espalda, su piel delicada y suave y sus hermosos ojos verdes. Su corazón volvió a latir después de mucho tiempo, por ella.

Sabiendo que había dado en el clavo en su plan, Aragorn los dejó solos con una sonrisa dibujada en sus labios. Arwen lo esperaba en el otro lado con una sonrisa cómplice.

Tauriel estaba muy nerviosa mientras se acercaba al príncipe del Bosque Negro. Había pasado mucho tiempo, era cierto. Pero eso no impedía que su sistema nervioso amenazara con descontrolarse. Quedaron frente a frente, a solo unos metros de distancia. Su mirada buscó la de él con timidez. Se miraron largamente, sin poder articular palabra, revelando sus emociones al otro: dudas, miedo, añoranza, cariño. Las manos de Legolas temblaban en sus costados, sin embargo su rostro era una máscara llena de emoción contenida e invisible serenidad. Fue ella la primera que rompió aquel eterno silencio.

- Hola, Legolas -susurró con voz queda, intentando que sonara firme.

Nuevamente se hizo el silencio. El elfo seguía inmóvil. Solo la miraba largamente con tanta intensidad que la silvana tuvo que agachar la cabeza, intimidada. ¿Qué le pasaba? ¿No se alegraba de verla? ¿Seguiría enfadado por lo que ocurrió? Peor aun, ¿la odiaría? Esa perspectiva hizo que se le encogiera el corazón. No podría vivir sabiendo que él la odiaba, tenia que pedirle perdón, explicarse.

- Legolas… yo… lo siento… sé que ha pasado mucho tiempo -murmuró casi con rapidez. Sus nervios la impulsaban a hablar de esa manera- no merezco tu perdón, pero… lo siento, yo no quería… no quería hacerte daño. Creí que era lo mejor. Actué bajo mucha presión y por mis impulsos, ya sabes lo impulsiva que soy… Entonces Legolas reaccionó y con infinita calma, acortó la distancia entre los dos y posó las manos sobre los hombros de Tauriel. Ésta enmudeció al instante y alzó la mirada, perpleja. Aquellos ojos azules que tanto la habían perseguido en sueños, la taladraron intensamente y sintió como la atrapaban sin poder bajar la cabeza. Sentía el corazón tan acelerado. El príncipe siguió mirándola unos minutos mas y para sorpresa de ella, la atrajo hacia su cuerpo y la estrechó entre sus brazos con firmeza. Tauriel abrió mucho los ojos al sentirlo tan cerca. Su aroma corporal, fresco como un día de lluvia y penetrante como el bosque, la fuerza de sus músculos, la suavidad de su piel. Le sorprendió el ritmo de su corazón y su respiración controlada como si fuera a derrumbarse en cualquier momento. Todavía aturdida, respondió al abrazo, despacio, creyendo que él desaparecería en cualquier momento. Sus cuerpos parecieron fundirse en uno solo, encajando a la perfección en ese intimo abrazo. Se estremeció cuando sintió que Legolas respiraba el perfume de su pelo. No pudo resistirlo mas y lloró. En silencio, las lágrimas resbalaron por sus mejillas y reposaron en el hombro de su compañero. En aquel momento, en aquel instante, no se había dado cuenta realmente de cuanto lo había echado de menos, las veces que se había arrepentido de haberlo dejado solo, las noches en vela pensando en él. Y ahora estaban juntos, abrazándose por primera vez.

Por su parte, Legolas no podía sentirse en un lugar mejor que con ella en sus brazos. Había soñado tantas veces que ella volvía a su lado que aquello era surrealista. Se sentía en la gloria. Las emociones que estaba experimentando amenazaban con desbordarse. Su cuerpo temblaba pero sostenía a su silvana como si se le fuera la vida en ello. No quería que volviera a dejarlo, y si lo hiciera, iría tras ella y jamás estarían alejados. No lo iba a permitir. La amaba tanto. Cerró los ojos, disfrutando del momento, apreciando cada parte de su cuerpo pegado al suyo. Era una sensación tan gratificante y maravillosa. Lo volvía completamente loco. No había nada de ella por lo que no se sintiera atraído. Notó las lágrimas de su amada en su hombro y la estrechó un poco mas. Dejó que se desahogara mientras sus dedos vagaban por los mechones de su hermoso cabello. Cuando el cuerpo de su silvana se relajó, señal de que los sollozos habían cesado, se separó un poco de ella para mirarla a los ojos. Una separación mínima, lo suficiente para contemplar su rostro y seguir pegado a ella. Su mano sostuvo su nuca y sus dedos limpiaron las lágrimas con infinita ternura. Tauriel sintió que se derretía con la delicadeza de sus actos.

- Legolas… -susurró entrecortadamente.

- Shhh… -negó suavemente con la cabeza, acariciando sus labios con un dedo.

Sabia que ella se sentía culpable. Lo leía en su rostro y en sus ojos pero no tenía nada que perdonarle. Él la había respetado y entendido y no había ido a buscarla, pero ahora no iba a permitir que se fuera. No quería volver a pasar por ese martirio, y sabia que ella tampoco. Volvió a tomar su rostro con la mano. Su mirada solo expresaba todo el amor que sentía por ella y por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Era una sonrisa sincera, suave y cálida como el primer rayo de sol. Despacio, inclinó su rostro hacia el de ella. Su compañera ya lo estaba esperando.

El roce de sus labios fue el inicio de un largo beso. Suave y dulce y a un ritmo cadencioso al principio, pero fue cobrando intensidad. Dejándose llevar por él, Tauriel buscó su cuello y lo rodeó con los brazos, pegándose mas si cabe. Legolas cedió a su deseo de controlar la situación y rodeó su cuerpo, una mano en su cintura y la otra en su espalda. No eran capaces de pensar. Lo que sentían el uno por el otro los dominaba y era maravilloso, algo fuera de otro mundo. Solo estaban ellos dos.

El oxigeno empezó a ser necesario en sus pulmones y tuvieron que separarse. Sus rostros quedaron muy cerca, sus frentes rozándose y sus alientos chocándose levemente. El príncipe deslizó suavemente unos mechones de pelo de su rostro para contemplarla mejor. Se sentía tan dichoso en ese momento. La silvana suspiró largamente y lo miró a los ojos, enamorada. Los dedos de su compañero rozaron cálidamente su mejilla, haciéndole cosquillas y sonrió feliz. El corazón de Legolas latió como loco con esa sonrisa y cuando la mano de Tauriel buscó su rostro, cerró los ojos y se abandonó a su caricia con un ronroneo.

- Tauriel… -pronunció su nombre con adoración, nadando en un mar de emociones indescriptibles.

Volvieron a besarse, tiernamente, sin prisas. Sus labios eran un néctar divino que necesitaba, eran dulces, suaves y adictivos. Repartió castos besos, ligeros como mariposas, sobre su frente, su sien, sus mejillas, mientras ella reía suavemente. Cristalina y pura como el agua.

- Me haces cosquillas -protestó débilmente la elfa, irradiando felicidad.

- Eres tan hermosa, tan maravillosa, tan perfecta -murmuró el elfo, hechizado por su risa, su belleza, su fuerza- Tauriel, qué bello tu nombre, en mis sueños apareces y no dejo de pronunciarlo. No te alejes de mi lado, mi silvana. Si es necesario, recorreré el mundo entero para encontrarte porque no puedo estar sin ti.

Las palabras de Legolas la dejaron sin aliento. Se aferró a él y buscó su mirada. Sus ojos azules brillaban mas que nunca, mas que las estrellas del cielo.

- Legolas, mi amado Legolas… -susurró ella, fascinada por la belleza de su príncipe- nunca quise marcharme de tu lado. Lo que realmente deseo, lo que desea mi corazón es estar contigo para siempre. Pero…

- Tauriel, escúchame -la interrumpió él con suavidad- no tengo nada que perdonarte, no te culpo por lo que hiciste.

- Sé que te hice daño -replicó la elfa.

- Eso ya no importa. Ahora estás aquí. Y no hay nada mas importante que este momento. Pero necesito que seas sincera, por favor.

- ¿Qué deseas saber?

- ¿Me amas? - quiso saber, sin apartar la mirada de sus ojos.

- Nunca he dejado de amarte, Legolas -confesó Tauriel. El resplandor de sus ojos verdes se fusionó con el brillo cristalino de los ojos azules de Legolas.

Todo el mundo de Legolas cobró sentido y se iluminó de vida con el resplandor de la estrella mas hermosa, su silvana, la elfa mas valiente y bella de todas. La espera había valido la pena, sabiendo ahora que el amor de Tauriel le pertenecía y viceversa.

- Esas palabras me hacen la persona mas feliz y bendecida del universo, ¿lo sabías, Tauriel? me has devuelto la vida -besó sus manos, emocionado. Lágrimas de felicidad se agolparon en sus ojos, algo que muy rara vez le ocurría pero las contuvo a duras penas.

Tauriel sonrió con dulzura. Algunas lágrimas volvieron a cubrir sus mejillas. Estaba tan feliz, pero al mismo tiempo, esa espinita de culpabilidad estaba ahí, en su corazón, atormentando. Tenia el mal presentimiento de que la felicidad que ambos estaban compartiendo no duraría siempre.

Legolas se percató de su lucha interior y tomando su mentón con delicadeza, la besó con calidez.

- No temas, Tauriel. No permitiré que nadie nos separe, nadie, ¿me oíste? -dijo con firmeza y seriedad pero al mismo tiempo, sereno- tú eres lo único importante para mi. Eres mi vida. La razón por la que respiro y me levanto cada mañana. Eres la estrella que ilumina mi vida, no hay estrella mas brillante y hermosa que tú. Te amo, Tauriel, mi silvana, mi compañera. No me imagino una vida donde tú no estés.

La elfa tembló con sus palabras, su declaración de amor y sintió que flotaba, que volaba muy lejos, con él de la mano y que nada malo podría ocurrirles. Una vida con Legolas, a su lado. Era lo que siempre había soñado. Las dudas seguían ahí, el miedo por lo desconocido, pero confiaba ciegamente en él y sabia de su alta honestidad y no dudaba de su palabra. Apoyó la cabeza en su pecho y los brazos de su amado la abrigaron. Ahí quería estar, acurrucada en sus brazos para siempre, sintiéndose segura y amada.

Eran conscientes de las consecuencias que podía acarrear su amor. Seria muy duro y doloroso. La ira del rey seria inmediata y no tendría piedad. Legolas perdería su derecho al trono y seria un caos para el reino. Tauriel seria desterrada e incluso acusada de traición por querer casarse con el príncipe del Bosque Negro. Pero estaban dispuestos a seguir adelante con sus sentimientos y compartir una larga vida juntos.

-AUTORA-

Bueno mis queridos lectores, hasta aquí este fic de Legolas y Tauriel, espero que os haya gustado, aunque he de reconocer que tengo una duda, lo dejo así o me planteo un posible epilogo de esta pareja? que opinais? lo continuo? Espero vuestros comentarios, cualquiera es bien recibido siempre que se guarde el respeto jejejeje. Un saludo.