La chica de al lado
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Capítulo 2
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Advertencias:
- Universo Alterno
- Contenido sexual explícito
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Anteriormente…
Sus ojos se abrieron de golpe y sin poder decir nada, señaló a la persona que tanto lo sorprendió.
– ¿¡Q-qué? ¿Tuuu?! – gritó
Señalaba acusador y comenzando a sonrojarse a la muchacha de ojos violetas y cabellos negros que el día anterior irrumpió en su terraza, pillándolo in fraganti en medio de aquella vergonzosa situación. Ella, como no era para menos, reaccionó de igual manera, levantándose asustada de su sitio y señalándolo de igual manera. Todos en la clase observaron la extraña escena entre cuchicheos.
– ¿¡Q-qué haces tú aquí? – gritó ella de igual manera.
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– ¿Cómo que qué hago yo aquí? – gruñó enojado entre gritos. – ¿Qué haces TÚ aquí?
Enfatizó molesto mientras la miraba asustado y con el ceño fruncido.
– ¡Estudio aquí, imbécil! – replicó igualmente.
El muchacho enmudeció vencido e incrédulo ante aquel insulto gratuito que aquella "desconocida" le acababa de gritar. Le costó reaccionar ante aquello, ¿acaso aquella enana de medio metro lo acababa de insultar? Su ceño poco a poco se volvió a fruncir al caer en cuenta que definitivamente sí, lo acababa de insultar. Era evidente a estas alturas que Ichigo era algo…lento.
– ¡Oe! ¿Tú quien te cree-?
– Vaya, vaya, Kuchiki, parece que conoces al nuevo alumno. – la profesora irrumpió en clase con tranquilidad y gesto alegre.
– P-Profesora Unohana , yo n-
– Bien, Kurosaki, siéntese al lado de la señorita Kuchiki después de presentarse – interrumpió a la muchacha. – Estará más cómodo al lado de alguien que ya conoce.
Todo lo contrario.
Pero aquella extraña sonrisa de tranquilidad sólo lo ponía nervioso, no se atrevería a contradecir a esa mujer. Era realmente imponente. Tan sólo se tragó sus palabras y miró nervioso hacia la pizarra. La joven Kuchiki sin embargo, intentó replicar una vez más.
– Pero profesora, yo preferiría n-…
– ¿Algún problema, Kuchiki? – el rostro de la maestra se ensombreció al instante, más su sádica sonrisa permanecía igual de inamovible.
La morena tragó duro y se sentó de nuevo en su pupitre, negando acongojada con la cabeza. La profesora pareció conforme y sonriente se acercó a su escritorio, seguida de Ichigo, quien esperaba su momento para presentarse. Sinceramente, el muchacho no tenía ganas en absoluto de hacerlo y menos aún delante de aquella tal Kuchiki que el día anterior lo pilló con las manos ocupadas…
– Bien, muchachos. Siéntense y guarden silencio, su nuevo compañero de clase va a presentarse.
Todos se sentaron entre cuchicheos para finalmente guardar silencio por completo y mirarlo fijamente. Ichigo se sintió totalmente observado y el pánico escénico empezaba a hacerse un poco presente en el ambiente. Miró de reojo a la muchacha morena junto a la que tendría que sentarse después y dio gracias a que estaba mirando enojada por la ventana. Esperó a que la profesora le diese paso con una mirada y respiró profundo con sus manos en los bolsillos.
– Cuando quiera, Kurosaki.
– Sí…– sin saber muy bien que decir, miró a un punto fijo al final del aula y trató de hablar lo más tranquilo que podía fingir estar. – Mi nombre es Kurosaki Ichigo, tengo diecisiete años y vengo de la escuela secundaria de Karakura Oeste. En aquel centro era parte del equipo de fútbol, y gracias a la oportunidad que me dio esta escuela puedo seguir mi actividad en el equipo de aquí como capitán. Espero llevarme bien con todos ustedes y gracias por recibirme.
Hizo una rápida reverencia y de reojo volvió a ver a la muchacha, la cual discretamente lo había estado mirando. Cuando los ojos de ambos se cruzaron, nerviosos volvieron mirar hacia otro lado con rapidez.
– Muy bien, Kurosaki. Puede tomar el asiento al lado de su amiga. – indicó tranquila. – Espero que todos traten bien a su nuevo compañero.
Ambos sintieron la necesidad de replicar ante aquello de "amiga", pero decidieron que mejor guardarían silencio. Aquella mujer era implacable. Tras asentir, Ichigo caminó con la mirada clavada en el suelo a su asiento especialmente asignado en la parte de atrás, y sacó su cuaderno de apuntes tratando de evitar mirar hacia el otro lado. La hora lectiva pasó muy lenta, pero trató de concentrarse en tomar apuntes de todo lo que la profesora explicaba. No era nada importante, al ser el primer día de clases, aquello tan sólo era una especie de presentación. Explicó todo lo que deberían comprar para sus asignaturas, sobre los exámenes para la universidad que se harían al final de curso, los horarios, las ayudas económicas a las mejores notas y la apertura de plazas para los clubes de después de clase.
– También deberemos asignar un delegado y subdelegado para esta clase, ¿algún voluntario?
Pareció que aquella clase se llenó de grillos, porque nadie contestó.
– ¿Nadie? Bien, veo que tendré que elegir yo. – miró concentrada la lista de alumnos y con un bolígrafo fue pasando de arriba abajo pensando quienes serían los candidatos perfectos. – Bien, Kuchiki Rukia.
–Sí. – se levantó desganada pero tratando de mantener la educación.
– Serás la delegada. Llevas aquí más años que los demás y eres la capitana del grupo de atletismo, creo que eres la que más experiencia tiene de la clase.
– Sí, profesora…– aceptó sin rechistar, aunque no tenía ganas en absoluto.
Eso de ser delegada sólo daba problemas y quebraderos de cabeza. Iba a volver a sentarse en su asiento, cuando antes de que siquiera pudiese plantar su trasero en la silla, lo que anunció la maestra a continuación hizo que se sobresaltase al momento y se levantase de nuevo.
– Ichigo Kurosaki, tú serás el subdelegado.
– ¿Qué?! – gritaron ambos a la vez, Ichigo imitando a Rukia y levantándose de la silla molesto.
– ¿Algún problema, muchachos?
– ¡Pero profesora! ¡Es nuevo! ¡No tiene ni idea de nada de la escuela, no es una buena idea! – dijo agitada la morena como excusa. La verdad es que no quería tener que estar cerca de él en absoluto.
– ¡Tiene razón! – apoyó Ichigo desesperado.
– ¿Me están contradiciendo? – sonrió tétricamente.
Ambos se sentaron velozmente, negando, en repetidas ocasiones, asustados.
– Bien. Entonces así será. – la maestra prosiguió. – Será bueno que Ichigo sea subdelegado, así podrá integrarse más rápido y conocerá mejor el centro. Confío en ti, Kuchiki.
– S-Sí… – vencida aceptó clavando la mirada en su mesa.
La clase no duró mucho más y cuando la maestra dio permiso para marcharse, los delegados tuvieron que quedarse un poco más con la maestra. Debían ir a la sala de profesores a firmar el papel de delegados y recoger el distintivo. El camino de ida fue normal, ya que entre ellos estaba la maestra, así que no tuvieron que hablar en absoluto. Sin embargo, cuando salieron de la sala haciendo una reverencia y cerrando la puerta tras de sí, todo se volvió muy turbio. Ambos se miraron y sonrojados desviaron sus ojos al frente, caminando en silencio. Ichigo trataba de ir por delante de ella para quitársela de encima lo antes posible, por lo que la morena pudo dejar de mirar al suelo para observar al muchacho.
No estaba mal. Era alto y fuerte, tenía una espalda ancha y sus brazos se veían ligeramente musculados. Se notaba que hacía deporte. Además ese cabello naranja desordenado se veía bastante exótico. Bajó la mirada analizándolo bien y giró la cabeza levemente para apreciar bien su trasero. Asintió como gesto de aprobación, sus posaderas se merecían un buen sobresaliente. No sabía por qué, pero Ichigo se estaba sintiendo observado, por lo que miró hacia atrás de reojo. Los rápidos reflejos de Rukia la alertaron para tener el tiempo suficiente de fingir que no estaba haciendo nada mirando hacia su derecha para disimular.
Cuando el pelinaranjo volvió a mirar al frente, la morena continuó su escrutinio. La verdad que los rasgos de su rostro también eran bastante atractivo. Ese ceño continuamente fruncido lo hacía ver bastante sexy. Sin embargo, Rukia cayó rápidamente en cuenta de algo. Aquel hombre al que estaba analizando tan profundamente fue el mismo al que encontró masturbándose el día anterior. Se sonrojó. Y además, era aquel que tenía sus secretas bragas de Chappy. Se sonrojó aún más.
Tenía que hacerse con ellas de alguna forma.
– Oe, pervertido. – lo llamó molestándolo.
– ¿Perdona? – se paró en el rellano de la escalera, con Rukia parada unos escalones más arriba. Un par de escalones más arriba…y podría ver alguna braga de conejos estampadas más en ese momento. Trató lo más que pudo centrarse en sus ojos violetas y en lo que le acababa de decir. – ¿Cómo que pervertido? – gruñó.
– Sabes bien por qué. – recordó cruzándose de brazos.
– ¿Cómo? – se cruzó de brazos molesto – La única pervertida aquí eres tú, ¿quieres que todos se enteren de que vas espiando a tus vecinos?
– ¿Q-qué?! – se sonrojó al momento. – ¡Yo no te estaba espiando, idiota! ¡Ya te gustaría!
– ¿Ah, no? ¿Entonces qué hacías mirando por mi terraza? – rebatió sonrojándose levemente.
– ¡Fue sin querer! – explicó. – ¡Estaba tratando de alcanzar mi ropa interior!
– ¿Esas ridículas bragas de conejos? – se burló divertido.
– Ah, vaya. – sonrió con sorna. – ¿Así que las has visto de cerca, eh? ¿Qué has hecho con ellas? – insinuó divertida
– ¿Q-qué? ¡Nada! – negó poniéndose nervioso de nuevo y sonrojándose como un tomate. – ¡No soy ningún pervertido!
– Hm. Si a ti se te ocurre ir diciendo que te espío…– bajó despacio las escaleras, acercándose a él y encarándolo. – Yo diré que a ti te gusta robar mi ropa interior para hacer cosas…sucias con ellas.
Sonrió conforme con la amenaza aparentemente irrefutable.
– ¡Yo no haría esa clase de cosas! ¿Estás loca? – gruñó enojado y nervioso.
– ¿Ah, no? ¿Y a quién crees que le van a creer primero? – victoriosa, se adelantó lentamente a Ichigo y bajó un par de peldaños de las escaleras.
– En ese caso, tendré que mostrarle a todos la clase de gustos raros que tienes. – se cruzó de brazos observando la reacción de la morena, quien totalmente petrificada se paró en seco.
– Devuélveme mis bragas. – exigió tras darse la vuelta totalmente sonrojada.
Había dado en su punto flaco.
– ¿Y quién me asegura que no irás contando mentiras sobre mi?
– Devuélvemelas. – repitió.
– No. Me las quedaré hasta que esté seguro que no dirás nada. – Esta vez el se adelantó bajando las escaleras ante una atónita y sonrojada Rukia, ganando así el primer asalto. – Por si acaso…
La morena observó boquiabierta como aquel prepotente muchacho se iba ignorándola con aires de grandeza. Habría ganado esa batalla, pero no la guerra. Molesta, Rukia se cruzó de brazos y creyendo que no lo oiría, susurró.
– Eres un pajero…
– Y tú también. – dijo con sorna sin dejar de bajar.
– ¿Q-qué?! – se asomó sorprendida por la barandilla, pues el ya iba bajando las otras escaleras.
– Las paredes son de papel, idiota. – confesó sin pensar bien en el error que acababa de cometer.
Rukia se paró unos momentos, pensando y luego sonrió de medio lado. Lo había cazado. Bajó rápido las escaleras detrás de él, llegando al rellano y acorralándolo. Ichigo la miró nervioso y extrañado, con su característico ceño más fruncido de lo normal. Pudo ver la mirada maliciosa que tenía esa mujer y un escalofrío le recorrió la columna al verla sonreír. No tramaba nada bueno, de eso era de lo único que estaba seguro.
– ¿Así que me estabas escuchando…?– preguntó con un tono de voz divertido y sugerente, acercándose más a él.
– ¿Q-qué? – trató de alejarse de ella, lo estaba poniendo nervioso y bastante tenso, sobre todo en cierta parte de su cuerpo. – Pff…c-cualquiera en el edificio podía escucharte, ruidosa. – miró hacia otro lado, evitando el contacto visual.
– Hmm. – sonrió hasta que consiguió acorralarlo del todo. Posó un dedo en su pecho, presionándolo acusadoramente. – ¿Por eso es que te estabas tocando?
– ¿Q-qué…? – no sabía que decir, se había quedado sin palabras y su cercanía solo lo ponía más nervioso. Tampoco sabía hacia dónde mirar, estaba totalmente avergonzado.
– ¿Te gustó lo que escuchaste, hm? – preguntó seductoramente, aunque por dentro se estaba divirtiendo al hacerle sufrir así.
– Y-yo, n-no…yo…– estaba a punto de explotar, y podía notar como algo entre sus piernas empezaba a abultarse. No podía dejar que ella lo notase, o si no se burlaría más de él. Al fin y al cabo, era un adolescente lleno de hormonas y ella una mujer muy atractiva a la que ya se había imaginado tocándose un día antes.
– ¿Esta noche también te tocarás mientras me escuchas? – susurró acercándose a su oído.
– ¡TENGO QUE IRME! – nervioso y apurado, gritó aquello y huyó de ella corriendo, lo más probable hacia el baño de la escuela.
La morena lo observó desde lo alto del rellano divertida y con los brazos cruzados. Era divertido ponerlo tan nervioso y además sabía la reacción que había provocado en él. Extrañamente, aquello le había gustado a la muchacha, la cercanía de ese hombre era bastante agradable. Pensó en cómo hacerle sufrir más por el secuestro de sus braguitas de Chappy en la noche y supo que se divertiría mucho con ese sujeto.
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Esa maldita mujer lo había puesto en una situación MUY incómoda. Tuvo que salir huyendo antes de que notara su erección y se escondió en uno de los cubículos del servicio de hombres hasta que, tras pensar en cosas anti-eróticas, aquel bulto se le bajase. No fue fácil después del sensual espectáculo que aquella endemoniada mujer le había brindado. Pero tras un largo rato encerrado, fue a arreglar las cosas que tenía que acordar con el equipo de fútbol. Acabó saliendo con el atardecer de aquel lugar, y tras pasarse a comprar algo de cena para esa noche en aquella tienda llamada "Urahara Shop", volvió a su apartamento.
Subió las escaleras del edificio rezando por no tener que encontrarse con aquella muchacha, ya estaba oscureciendo y sólo quería llegar a casa. Pasó por enfrente de su puerta, y de reojo pudo ver como la luz del interior se colaba por las pequeñas rendijas. Al menos había llegado a casa sana y salva. Al momento de seguir caminando, llegó a su puerta y sacó las llaves dispuesto a abrir, pero se encontró con una notita plegada y pegada en ella. La abrió y leyó el mensaje.
"Cuando llegues, por favor, al menos devuélveme el palo de mi escoba. Necesito barrer.
Gracias,
Rukia."
Suspiró cansado. Tenía que hacerlo, así que se lo quitaría de encima cuanto antes. Sólo quería darse una ducha, cenar y tirarse a la cama a dormir de una vez. Fueron un par de días bastante intensos, a decir verdad. Finalmente entró a su casa, tiró el maletín en un rincón, se descalzó y se adentró en el estudio. Poco a poco, aquello se parecía más a su habitación, aunque servía también como salón-comedor. Se acercó a la puerta de la terraza en cuya pared se encontraba apoyado aquel dichoso palo de escoba. Suspiró de nuevo.
Sería mejor ir y devolvérselo de una maldita vez. Salió calzado con las zapatillas de estar por casa y con dejadez, llamó a la puerta. Esperó unos segundos y no abría. Gruñó molesto. Decidió volver a llamar más fuerte y pareció escuchar algo de movimiento tras la puerta. El apartamento era pequeño, así que no debería tardar mucho en salir. El ruido del pomo se escuchó moviéndose, y al momento la puerta se abrió despacio.
La imagen dejó a Ichigo estupefacto y con la mandíbula desencajada. Apareció una Rukia, enrollada en una corta toalla y con el cabello mojado, dejando gotas sobre sus hombros desnudos que resbalaban por su escote. El pelinaranjo no podía evitar dejar de mirar el recorrido de aquellas gotas. Sobre todo las que acababan bajando por sus piernas. Pudo sentir como toda la sangre se le agolpaba en la cara…y posteriormente, más abajo.
– ¿Hola? – lo sacó de su ensoñación divertida.
– Ah, eh…sí, h-hola. – rápidamente la miró a la cara, ligeramente sonrojado. – T-tu palo.
Se lo tendió como un troglodita, haciendo que Rukia se riera por dentro ante esa reacción. Lo recibió y lo apoyó en el suelo, aferrándose a él, quedando así el palo de la escoba entre sus pechos. Ichigo pudo notar aquello y el doble sentido se hizo presente en su imaginación, rápidamente miró hacia otro lado sonrojado.
– Gracias por devolvérmelo, Ichigo. – su tono de voz era sugerente, pero no tanto como antes.
– D-de nada. – contestó como un niño enfurruñado y avergonzado. Sus ojos se desviaban hacia aquel dichoso palo, sin poder controlarlo.
– ¿No me vas a devolver mis bragas aún? – preguntó divertida.
– No. – se negó de nuevo esta vez más tranquilo, cruzándose de brazos.
– ¿Por qué? ¿Acaso las vas a usar? – agarró la punta del palo con sus dos manos y apoyó su mentón en ella. – Puedo darte unas mejores si quieres.
Había descubierto lo mucho que le gustaba molestar a aquel mojigato adolescente. Sonrió de medio lado al ver como se volvía a agitar y fruncir el ceño.
– ¡No las quiero para eso y lo sabes! – se quejó enojado con las mejillas encendidas.
– Aw, ¿seguro? – insistió acercándose a él. – Pareces el tipo de chico que le gusta hacer esas cosas. Es decir, te gusta masturbarte escuchando a tus vecinas. – canturreó sacándolo de quicio.
– ¡Me voy de una vez! – gruñó molesto y volvió hacia su casa, farfullando insultos varios.
– Luego te doy las buenas noches, vecino. – alzó la voz al ver que estaba metiéndose en casa, pero supo que la escuchó porque pudo oír un gruñido molesto.
– Tsk.
Rió divertida cuando lo vio entrar y negando con la cabeza, entró también en su apartamento con su palo de escoba. Fue realmente divertido molestar a ese pelinaranjo, y además, le parecía bastante excitante insinuársele así y que se comportase como un virgen. ¿Lo sería? Alguien tan atractivo como él era poco probable que lo fuese, pero su manera de actuar lo hacía parecer. Recordó cuando lo vio masturbándose, y aunque no quiso fijarse, no pudo evitar dase cuenta de lo bien dotado que estaba. Sería un gran desperdicio que con semejante regalo de Dios no le diese más uso que con su mano.
La verdad que ese tal Ichigo Kurosaki se le estaba antojando, y mucho además.
Aquella noche se decidió a molestarlo, aunque en realidad todo fuese por otras razones menos inocentes. Ambos cenaron con tranquilidad, ella antes que él, y debido a aquellas finas paredes que los separaban, pudo escuchar cuando Ichigo terminó de ducharse y salió del baño. Se preparó para molestarlo, y el mero hecho de pensar en lo que estaba por hacer, la puso ansiosa. Pudo notar la emoción de saber que aquel chico iba a escucharla al otro lado, y no pudo evitar excitarse al pensar que volvería a tocarse pensando en ella.
Le resultó algo erótico y, para que mentir, aumentó su ego.
Se acomodó en la cama, con el pijama de Chappy que utilizaba para dormir y se empezó a acariciar por encima de la ropa. Fantaseó en cómo se sentiría si fuesen las manos de aquel malhumorado pelinaranja, comenzando a hacer eróticos sonidos que sabía de sobra que él estaba escuchando. Y así era. Ichigo, sentado en su cama y apoyado contra la pared trataba de leer el manga que comenzó el día anterior, pero aquella dichosa mujer lo estaba retando.
Al escucharla, tiró su manga al suelo, frustrado, y se revolvió el cabello. ¿Qué demonios pretendía esa mujer? ¿Esas eran las buenas noches que le iba a dar? Desgraciada. Se sonrojó al escucharla, pero no caería de nuevo en su juego. Con fuerza de voluntad, aporreó tres veces la pared para hacerla callar. Ella tan sólo rió y continuó su juego, colando sus manos por debajo de su camiseta y apretándose los pechos que descansaban sin el sostén.
Un erótico gemido se escapó de sus labios.
Al otro lado de la pared, el muchacho optó por meterse en la cama y taparse los oídos con la almohada. Ese gemido se escuchó demasiado tentador, y ahora si sabía cómo se veía la mujer que los emitía en el otro lado. Y era una mujer muy atractiva que se le había estado insinuando hacía escasos minutos. Mantuvo su fuerza de voluntad durante unos minutos, pero la curiosidad mató al gato. Cuando aflojó el agarre de la almohada para saber si aquella molesta mujer había parado, se dio cuenta de que no era así.
Los ruiditos eran más intensos, ya que las manos de la muchacha se habían colado bajo sus bragas. El rostro de Ichigo volvió a encenderse y comenzó a caer en su juego. Si bien el no podía dormir, algo más abajo había despertado. Pero no cedería, eso era lo que ella quería y no lo iba a conseguir tan fácil. Apretó sus pantalones en busca de calma y cerró los ojos tratando de concentrarse en otra cosa, pero Rukia cada vez sonaba más agitada. Esa maldita estaba volviéndole loco.
Mientras, ella acabó tomándoselo más en serio de lo que esperaba y es que el imaginarse con el pelinaranjo la excitó de sobremanera. Tanto que cuando consiguió venirse, gimió naturalmente, sin fingir ni sobreactuar. Aquello la erección de Ichigo lo notó y le ponía el doble de difícil aguantar sin tocarse. La morena, tras descansar y recuperar el aire, miró hacia la pared sonriendo y tratando de adivinar si aquel idiota hizo algo o no.
– Buenas noches, vecino. – dijo lo suficientemente alto para que el mensaje llegase al otro lado de la pared y le devolvió los tres golpes que dio antes, pero más suavemente que él. Su tono de voz era divertido, pero también sugerente.
Definitivamente sí, aquella mujer se estaba burlando de él.
Mientras que Rukia cayó finalmente dormida tras la actividad reciente, Ichigo podía hacer de todo menos dormir. Y es que con aquel duro bulto que se formó entre sus piernas, no podía encontrar posición cómoda en la que estar. Gruñó molesto cual cascarrabias y dejando a lado su orgullo, metió una de sus manos bajo sus bóxers. Estaba caliente, y muy duro…esa maldita mujer provocó todo aquello y encima, se dormía sin hacerse cargo.
Tendría que hacerlo él o sino no podría dormir. Trató de no hacer ruido, pues las paredes eran de papel y no le daría la satisfacción a aquella desgraciada de saber que se había salido con la suya. Aquella noche tendría que volver a aliviarse y terminar lo que no pudo acabar el día anterior. Todo esto provocado una vez más por la misma persona.
Esa maldita vecina de al lado.
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Despertó con el sonido de aquel molesto despertador más cansado de lo normal, y por ende, más malhumorado. Fue directo al baño, pero esta mañana a diferencia de las otras, no fue a aliviar su dureza matutina. De eso se encargo por la noche gracias a cierta vecina ruidosa. Se aseó rápidamente y comenzó a prepararse un triste desayuno. Cómo extrañaba a su hermanita Yuzu, tendría que llamarla y preguntar cómo hacer alguna de sus magníficas recetas si no quería morir de intoxicación.
Comió con tranquilidad su tostada con mermelada y un poco de sopa de miso que sobró de la cena, junto con un jugo de naranja. Cuando terminó le daba tiempo suficiente para vestirse y marcharse. Cuando se decidió a salir de casa, se encontró con su dichosa vecina y compañera de clases echando la llave de su apartamento. Suspiró molesto y decidió ignorarla, cerrando el también la puerta de su apartamento con llave. Ella sin embargo lo miró divertida como si nada hubiese pasado.
– Buen día, vecino. – canturreó
– Tengo nombre, tsk. – contestó malhumorado y la adelantó mientras ella guardaba las llaves en su bolso.
– Aw, ¿pasaste mala noche? – lo siguió un par de pasos más atrás, molestándolo de nuevo.
– Algo así. Cierta vecina decidió ser una maldita ruidosa de nuevo. – lanzó una indirecta bastante directa a la joven.
Ella tan sólo rió.
– ¿Me devolverás mis bragas de una vez o aún no terminas de usarlas? – preguntó alcanzándolo y caminando a su lado.
– ¡Ya te dije que no las uso para esas cosas! – consiguió sacarlo de sus casillas, cosa que le resultaba muy divertido.
– Hasta que no me las devuelvas no pensaré otra cosa más que eso.
– Debes tener una mente muy sucia para pensar esa clase de cosas.
– Es tu culpa por aferrarte tanto a las bragas de una desconocida. – lo miró divertida. – Si me las devolvieses, no pensaría que eres un pervertido.
– No eres la más indicada para hablar de quien es un pervertido acá. – rebatió más tranquilo.
– Oh, vamos, no puedes decirme que tú tampoco te masturbas. – Ichigo frunció el ceño y se sonrojó levemente. – Te he visto. Es natural.
– Al menos yo no lo hago para que todos en el edificio se enteren.
– Ah, vamos. Sólo jugaba un poco contigo. – le restó importancia entre risas y lo miró curiosa. – ¿Acaso te molestó?
– Preferiría haber podido dormir tranquilo.
– ¿Eres virgen?
Ichigo la miró perplejo ante lo directa que fue con su pregunta. Luego se dio cuenta de lo que preguntó y se sonrojó poco a poco, desviando molesto la mirada con rapidez. Rukia sonrió complacida, esa reacción era propia de un virgen y le dio curiosidad el posible motivo por lo que un hombre tan atractivo seguía siendo puro.
– No nos tenemos tanta confianza para hablar de esas cosas, ¿no crees?
– Es una forma muy larga de decir que sí. – se ganó una mirada asesina por parte de Ichigo, a lo que sólo pudo reír. – Ya, no te molestaré más, tienes razón. No nos tenemos tanta confianza.
El tan sólo contestó con un monosílabo gruñón.
– ¿Cómo es que estás viviendo sólo siendo menor? – preguntó curiosa la morena.
– Oe, tú también eres menor y vives sola. – rebatió ante aquella incongruencia de la muchacha.
– No soy menor. – se carcajeó. – Tengo dieciocho años, idiota.
Ichigo no entendió como era posible si iban a la misma clase. Como ya se mencionó, era un poco lento. Iba a preguntarle sobre eso, pero Rukia se dio cuenta y se adelantó.
– He repetido curso. – confesó con seriedad y tranquila. – Por eso la profesora me puso como delegada, por mi "experiencia".
– ¿Repetiste curso?
– Sí.
– ¿Por qué?
– Que idiota. Pues porque suspendí varias asignaturas. – Ichigo iba a replicar, pues no era por eso por lo que estaba preguntando, pero cual ninja, Rukia se escabulló de la conversación. – ¿De verdad eres tan bueno jugando fútbol?
Ichigo decidió no inmiscuirse más en ese tema, pues notó que la muchacha trató de evadir el tema.
– Supongo.
Ambos caminaban juntos hacia la escuela, como si se conocieran de toda la vida, lo que suscitó más cuchicheos entre los alumnos una vez entraron en el recinto. La verdad que algo que ambos tenían en común es que nunca les importó lo que los demás tuviesen que decir de ellos. Entre los cuchicheos, Rukia alcanzó a escuchar las suposiciones de que Ichigo y ella fuesen novios. Se rió ante aquello y se le ocurrió preguntarle algo.
– ¿Tienes novia, Ichigo?
Otra pregunta que lo tomó desprevenido.
– No, no tengo. – contestó mirándola de reojo y atreviéndose a preguntar fingiendo indiferencia. – ¿Y tú?
– ¿Crees que me la pasaría tocando si tuviese novio? – rió.
A Ichigo esa respuesta le tomó desprevenido una vez más. ¿Es que acaso no le daba ningún pudor hablar de esas cosas? Quizá tenía razón y el hecho de ser más virgen que el aceite de oliva lo volvía bastante más cohibido a la hora de hablar de sexo. Sin embargo, esa naturalidad y soltura que tenía esa muchacha le gustaba bastante. En cuestión de segundos ella se despidió rápido de él y se adelantó, diciéndole que se verían en clase, por lo que la observó marchar.
Era una mujer muy…curiosa. A pesar de lo mucho que lo molestaba, era divertido hablar con ella en cierto modo. Su tranquilidad ante cualquier tema era algo que le agradaba, y para que mentir, le atraía físicamente. Y sexualmente…obviamente también. Quizá era la primera vez que se sentía tan atraído en todos los sentidos hacia una chica. No se iba a confiar tan rápido, quizá aquella mujer solo estaba tratando de recuperar su ropa interior para dejar de vivir chantajeada, pero desde luego sería divertido conocerla.
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El fin de semana llegó rápido, y los pocos días que había estado en clase había estado ocupado con varias cuestiones de delegados y el club de futbol. Debido a eso, mayoritariamente se había juntado con Rukia, y aunque no salía de su línea de molestarlo, era entretenido hablar con ella. Además, aunque no lo hubiesen hablado, habían tomado como costumbre ir y volver juntos de la escuela.
Comenzaron a llevarse bien, pero no, Ichigo aún no le devolvía las bragas.
Era medio día del sábado y se dedicó a recoger la casa. Fue fácil, ya que era pequeña y el no ensuciaba mucho. Metió la ropa sucia a la lavadora mientras barría y fregaba el suelo, y cuando esta estaba lista, la sacó a tender a la terraza. Hacía un día agradable, lo suficiente como para que una racha de viento no volase ropa interior ajenas. Mientras ponía a secar su ropa, se fijó en la terraza de Rukia.
Ella también había tendido su ropa. El uniforme estaba colgado junto a la ropa de calle normal. Además, en un pequeño tendedero colgado del techo, se encontraba su ropa interior. Se fijó que esta vez no había nada con el estampado de aquel horrendo conejo y sonrió. Pudo escuchar como algo se movía dentro de la casa y a ella maldecir una y otra vez. Frunció el ceño ante ese hecho y un extraño olor lo obligó a olisquear al aire para identificar de qué se trataba.
– Huele a… ¿quemado? –
Se mantuvo alerta por si acaso se trataba de un incendio y al momento vio como se abría la puerta de su balcón. De ella salió una Rukia molesta y un hilo de humo grisáceo. Tras un suspiro, la morena se apoyó en la barandilla, cansada, para luego fijarse en que Ichigo se encontraba ahí también.
– Oh, buenos días Ichigo.
– ¿Algún problema ahí adentro? – preguntó terminando de colgar la ropa
– Se me quemó la comida. – hizo un puchero desanimado y suspiró.
– Eres un desastre.
– Cocinar no es mi fuerte…– admitió sonriendo. – Supongo que tendré que salir a comprar algo de comida precocinada.
A Ichigo le dio lástima la situación de la chica, así que se le ocurrió algo.
– Hice demasiada comida para mi, ya sabes…no controlo bien las proporciones aún. – disimuló. – ¿Quieres comer conmigo?
La cara de Rukia se iluminó al instante como la de un cachorrito.
– ¿Lo dices en serio?
Ichigo asintió con una sonrisa al verla tan ilusionada.
– ¡Voy ya mismo!
– ¡E-espera! ¿Estás loca?
Y ya mismo fue. Ichigo no se esperaba que la muchacha rápidamente trepase la barandilla y saltase a su balcón. Este, casi por reflejos, se asustó y trató de agarrarla para que no cayese. Si bien era un primero, la caída le haría daño. Con el corazón que casi se le salía en el pecho, la sujetó del brazo mientras saltaba dentro de su terraza. Su falda se subió mientras caía, dejando casi a la vista sus bragas y obligando a Ichigo a mirar a otro lado.
– ¡Bien! ¿Qué hay de comer?
Y con toda la confianza del mundo la chica entró danzarina en el apartamento, contemplando todo y dirigiéndose a la cocina dónde parecía estar terminándose de hacer una sopa.
– ¡Oe! ¿Qué clase de confianzas son esas?
– ¿Qué hiciste de comida? – preguntó ignorándolo y levantando la tapa de la olla.
– Sopa de miso y arroz con curry. – contestó entrando tras ella.
– Arroz con curry…– sus ojos brillaron felices mientras caminaba de nuevo a la habitación. – Me encanta, hace mucho no lo como.
Se dejó caer en la cama, tumbándose en ella y jugueteando con sus piernas.
– ¡Oe! Levántate de mi cama. – gruñó malhumorado mirándola.
– ¿Qué pasa, Ichigo? ¿Nunca has tenido a una mujer en tu cama? – preguntó divertida y sugerente, tumbándose boca abajo y moviendo sus piernas.
– ¡Cállate! Ese no es el punto. – se frotó la nuca nervioso y mirando para otro lado.
Rukia rió y se bajó de la cama para sentarse en la mesita de café que había frente a la cama.
– ¿Comemos ya? – preguntó ansiosa. – Tengo hambreee.
– Bien…
Se estaba empezando a arrepentir de haberla invitado a comer. Fue a servir la comida mientras ella inspeccionaba cada rincón de la casa con la mirada. Preguntó desde la cocina que quería de beber, y con todo servido, llevó la bandeja con la comida ante la emocionada mirada de Rukia. A la muchacha solo le faltaba aplaudir. Ichigo sonrió ante esa reacción. Se sentó a un lado y se dispusieron a comer.
– ¡Buen provecho! – dijeron a la vez y comenzaron a comer.
– Ummmmm… – gimió Rukia tras comer el arroz con curry. – Esto está buenísimo.
– Me alegro. – comentó divertido.
Hablaron de todo un poco mientras comían, tenían bastantes gustos en común, y se dio cuenta que a ella le gustaban muchos mangas que él también leía. Era una mujer poco común, pero bastante interesante. Le gustaba eso. Terminaron de comer y después de que Ichigo recogiese, pusieron la televisión un rato. Ichigo estaba bastante concentrado en las noticias, pero Rukia, la cual estaba recostada en la mesa, miraba con curiosidad a Ichigo.
– Oe, Ichigo…– lo llamó
– ¿Qué? – desvió su mirada a la muchacha dándole pie a que hablase.
– ¿De verdad eres virgen?
– ¿Qué clase de obsesión tienes con saber eso? – contestó nervioso y molesto.
– Venga, dimeeee – pidió con ojos de cachorritos, acercándose a gatas a él.
– Tsk. – miró hacia otro lado, sonrojado. – Sí. Lo soy. ¿Contenta?
– ¿Nunca has hecho nada de nada con una mujer? – preguntó sugerente, acercándose cada vez más a él.
– ¿Qué parte de virgen no comprendes? – gruñó mirándola de nuevo.
Error. No debió mirar, pero lo molestó demasiado. La vio, a gatas en frente de él, y no pudo evitar ver como se alzaba su trasero. Además, aquella falda era demasiado corta, y sus piernas se veían demasiado…de seguro que desde otra perspectiva podría ver alguna de sus otras bragas de Chappy. Se sonrojó al momento y trató de pensar en otra cosa, o sino comenzaría a excitarse.
– ¿Y no te da curiosidad?
Observó fijamente sus ojos violáceos y sus labios entreabiertos, no supo que decir. Lo único a lo que le incitaban sus hormonas era a besarla y ella se estaba acercando demasiado. Sólo pudo contestar asintiendo con la cabeza, provocando que ella sonriese de medio lado provocativamente. Después de aquella afirmativa de Ichigo, Rukia ágilmente se sentó a horcajadas sobre el pelinaranjo, notando su dura erección bajo ella.
– Eso se puede arreglar…
La independencia de Ichigo parece que iba mejorando…
Continuará…
Antes que nada, tengo que dar unas aclaraciones. No sé por qué, pero me di cuenta que en el capítulo anterior, han desaparecido algunas palabras, y no sé por qué. Supongo que será cosa de fanfiction...así que si ven algo que no tiene mucho sentido porque le faltan palabras, lo más probable es que sea por eso.
Ahora con respecto a lo demás, no sé que les parecerá, por eso siempre pueden dejarme un hermoso y maravilloso review C:
Pero bueno, si ven mucho OoC, ya les dije...es difícil no incluirlo en ocasiones a la hora de hacer un Universo Alterno. A pesar de ello, espero que les guste. El lemmon llegará pronto lo prometo. Tengo muchas ganas de ponerlos a hacer cosas sucias, Rukia tiene que robarle la pureza a Ichigo de una vez. :D
Estoy bastante inspirada con esta historia y además la cantidad de reviews que me han dejado me han animado una barbaridad a seguir escribiendo. Ya saben la fórmula:
Más reviews = Más felicidad = Actualizar más rápido
Bueno, no os aburro más :P
¡Nos vemos pronto!
Con cariño
Atte: HanaBerry
