Historia escrita por:LyricalKris

Traducido por:Sasita Llerena (FFAD)

Beta:Mentxu Masen (FFAD)

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¿QUÉ HARÍAS SI DESPERTARAS CON 17 AÑOS OTRA VEZ?

~6:30 AM, 1 de Julio, 2011~

La alarma de Edward sonó, como todos los días de la semana a las 6:30 en punto.

Detrás de él, una mujer gruñó. Eso no pasaba todos los días. Aún con su mente aturdida por el sueño, buscaba su despertador, insultándolo hasta que este dejó de gritarle. Frotando sus ojos, intentó recordar qué fue lo que pasó ayer.

De acuerdo. Cena. La camarera con la bonita sonrisa que escribió su número en la factura. Él dejó su dirección en el billete de cincuenta dólares que le dejó como propina. Amber. Ese era su nombre.

—Es momento de levantarse y brillar Amber —dijo con la voz ronca por dormir mientras se sentaba. Ella se estiró y se quejó. Edward movió su cuello hacia atrás y hacia adelante, tratando que la sangre volviera a circular por todo su cuerpo.

Ella envolvió sus brazos alrededor de él, besó su hombro y su cuello. — ¿Por qué no te tomas medio día, hmm? Te haré el desayuno. Podemos hacer uso del Gray Goose que puse en el congelador. Los destornilladores (1) son mejores que las mimosas. ¿No lo crees?

Edward se giró, mirándola duramente. — ¿Trajiste alcohol a mi casa?

El rostro de Amber cayó ante su mirada de acero. —Sí, bueno. Pensé que podríamos tener un poco de diversión…

—Cuando te vayas, llévatelo. —Edward ordenó rotundamente, levantándose y poniéndose su bata—. Voy a tomar una ducha, hay otro baño bajando el pasillo si quieres tomar una —dijo, dejando claro que no era bienvenida en la suya.

Cuando emergió del baño, Edward estaba aliviado de encontrar a Amber completamente vestida, sentada en el borde de la cama.

—Puedo llamar a un taxi para que te lleve a casa —dijo amablemente mientras se sentaba para ponerse sus medias y zapatos.

— ¿Estás seguro que no puedo convencerte para que te quedes? —preguntó su voz inocente—. O puedo esperar y tener la cena lista para cuando regreses, entonces podríamos pasar el rato.

Edward la miró, una pequeña sonrisa colgando en las comisuras de sus labios. —Ya hablamos sobre esto —le recordó despacio—. Además, no podrías tener la cena lista para mí si no estás en casa, no te voy a dejar aquí sola. No quiero ofenderte, pero en realidad no te conozco, y hay muchas cosas en mi casa que me gustaría mantener —dijo sin rodeos.

Amber puso mala cara, acercándose y poniendo sus brazos alrededor de su cuello. —Pero, Edward. —Comenzó ella lastimeramente, rápidamente su voz tuvo un tinte de seducción—. Tú y yo nos conocemos muy bien en el sentido bíblico.

Poniéndose de pie, Edward envolvió un brazo alrededor de la mujer, dejando su rostro muy cerca, ella suspiró, levantando su cabeza, obviamente esperando un beso. —Amber —dijo atrayendo su atención—, como no soy un hombre religioso, necesito conocerte un poco más que solo bíblicamente. Ahora, vamos. Llamaré a un taxi si necesitas uno, pero necesito irme ya.

Cuando Amber estaba a salvo en su camino, Edward se fue a trabajar. Era dueño de su propia compañía, ubicada en el 41ª, 42 ª y 43 piso del Columbia Seattle Center. A sus 29 años de edad, estaba más allá del éxito... el tipo de hombre del que cualquier padre se sentiría orgulloso.

Al menos, esa era la idea.

Al pasar por los pasillos de su empresa, se dio cuenta que todas las conversaciones se callaban. La gente solía rehuirle, pero ya estaba acostumbrado. No era necesario, pero lo ignoraba como lo hacía todos los días. Murmuró un buenos días a su asistente antes de desaparecer detrás de las puertas cerradas de su despacho.

Hoy, como todos los días, tenía su agenda repleta. Quería tantas distracciones como fuera posible. Esa era la razón por la que su primera reunión estaba programada quince minutos después que entraba por esas puertas. Era el tiempo suficiente para tomar el café que ya descansaba en su escritorio y ponerse al día con los problemas graves que habían surgido durante la noche.

Por suerte, el día transcurrió rápidamente. Todo era un borrón y casi no tuvo ningún momento para sí mismo hasta bien entrada la tarde.

Su teléfono sonó, el altavoz volvió a la vida. —Sr. Cullen, su reunión de la una en punto esta aquí. ¿El Sr. I.P Freely? (2) —La voz de su asistente, Jason Jenks, salía por el altavoz.

Edward hizo una pausa, sus dedos se paralizaron sobre el teclado. Inclinó su cabeza, exasperado y divertido al mismo tiempo. —Envíalo —dijo resignado.

Un momento después, el hermano mayor de Edward, Emmett, entraba en su oficina. Estaba sonriendo, pero bueno, Emmett siempre estaba sonriendo. —En fin —dijo mientras se sentaba a lado de Edward—. Es bueno saber. Creo que no puedes ignorarme si es que programo una cita. —Estaba bromeando, pero al mismo tiempo no, y Edward sintió una punzada de culpabilidad, la cual desechó inmediatamente.

—Mi empresa, desafortunadamente, no se maneja sola —dijo fácilmente mostrando con su mano su alrededor—. Pero ahora estás aquí, y el Sr. Jenks te ha dado todo un espacio de veinte minutos.

—Hey, no seas muy duro con él —Emmett advirtió con el rostro serio solo por un momento antes de empezar a sonreír de nuevo—. Fui muy convincente como posible inversor. Confía en mí. Él no va a dejar pasar al comité de duchas de oro.

A pesar de sí mismo, Edward rió. —Así que, ¿qué sucede?

En ese momento, Emmett se puso serio ligeramente. —Ya que al parecer tienes problemas para responder a través de correo postal, correo electrónico y Facebook, he llegado a recoger el RSVP (3) en persona.

Edward se miró las manos, luchando por esconder un mohín.

—No recuerdas que día es hoy, ¿verdad? —Emmett preguntó.

—Claro que sé —Edward espetó. ¿Cómo podría olvidarlo? En lugar de enfrentarse al cumpleaños de su madre, había ordenado un gran y vistoso arreglo floral para ser colocado en su tumba esta mañana.

—Es solo que… Bree te quiere ahí. Significa mucho para ella. Está llegando a la edad en la que ya se da cuenta de que su tío no aparece en los eventos importantes —Emmett explicó.

—Bree… —Edward estaba confundido. Entonces se dio cuenta. Claro. Su sobrina, la hija menor de Emmett, Bree, nació justo en el cumpleaños de Esme… exactamente cuatro años atrás.

—Se te olvidó —Emmet lo acusó—. Pensé que no lo hiciste, porque tu bien envuelto regalo llegó ayer.

Probablemente Jenks fue quien lo envió. Esa era un de las ventajas de tener un asistente, el hombre era minucioso con todo. —Voy a ir —dijo presuroso.

—No dejes que te tuerza el brazo —Emmett dijo sarcásticamente—. Si no pu…

—Dije que voy a estar ahí —Edward dijo, alzando la voz, dando por finalizado el tema.

Los hermanos se miraron el uno el otro, la tensión espesa en el aire. Finalmente Emmett suspiró, suavizando su expresión con remordimiento. —No quiero pelear Edward. —Su sonrisa de antes volvió y bromeó con su hermano ligeramente—. No sé por qué, pero le agradas a mis hijos, así que…

Edward se alegró, devolviendo una sonrisa un tanto sombría. —Le gusto a Bree porque es muy joven como para conocer a alguien mejor. Riley me odia.

—Él no…

—Está bien Em —dijo—. Los niños son buenos juzgando el carácter —dijo secamente—. ¿Quieres que lleve algo?

—Solo tus ganas de comer filetes y pastel —respondió jovialmente—. Mi esposa lo tiene todo bajo control.

De nuevo, Edward escondió una mueca. La esposa de Emmett no era una de sus personas favoritas en el mundo. —Entonces estaré ahí —prometió.

Cuando Emmett se fue, la oficina de Edward se volvió demasiado tranquila. Intentó trabajar, pero se encontró con sus pensamientos vagando en otros asuntos. No se podía concentrar. Finalmente, se recostó en su asiento, apretándose el puente de la nariz mientras inhalaba y exhalaba profundamente.

Había muchas razones por las cuales no quería ir a la fiesta de cumpleaños de su sobrina. Ante todo, la fiesta era en Forks, donde sus padres murieron. Edward dejó que Emmett tomara la casa que tenían ahí, la casa donde ambos crecieron. Prometió no volver allí a menos que fuera absolutamente necesario. Había demasiados recuerdos, y sabía que esa noche sus sueños estarían plagados de los fantasmas de sus errores.

Después de todo, había muchos para escoger.

Pero hizo una promesa y, una cosa que Edward Cullen hacía bien, era cumplir promesas. Aunque lo mejor sería aclarar su mente antes de ir a Forks. Presionó el altavoz de su teléfono. —Jason.

— ¿Señor?

—Reprograme todas las citas para el resto del día. Me voy temprano.

—Está bien, señor —Jenks respondió.

Cuando emergió de su oficina minutos después, Jenks caminó a su lado hacia el elevador, llevando el papeleo que necesitaba ser firmado por él.

—Todo está reprogramado a excepción del representante de la oficina de Phoenix que estaba buscando. La señorita... Bella Swan. Ella solo estará en la ciudad el día de hoy —dijo Jenks después de que tuvo todos los documentos firmados.

Edward se tocó la barbilla, pensando. —Vamos a tener que dejarlos ir por el momento y revisar nuestras opciones el próximo trimestre —dijo con decisión. Podía permitirse el lujo de dejar pasar la oportunidad, además, no había manera de que se concentrara en la actualidad.

—Sí, señor. —Asintió Jenks—. Todo lo demás está listo. Que disfrute el resto de su día.

—Bien.

Sin tomar el ferry, el viaje a Forks tomaba cuatro horas. Edward usó el tiempo extra para centrarse. No sería justo para Bree si estaba meditando durante su fiesta de cumpleaños.

La mayoría del tiempo, Edward era un buen actor. Sabía lo que la gente pensaba sobre él. Era frío e indiferente. Un misántropo. Un mujeriego que tenía colgada del brazo una mujer diferente cada dos semanas.

Hizo un buen trabajo dejando que los prejuicios se deslizaran por su espalda siendo irrelevantes. No se había metido al negocio para agradar al resto, después de todo, era considerado un jefe duro pero justo. Toda su gente era bien pagada y tenían excelentes beneficios. No era alguien sin corazón.

Y en cuanto a las mujeres…

Edward simplemente no estaba interesado en una relación duradera. En sus 29 años, ya había perdido a demasiadas personas que amaba: su madre, su padre… su mejor amigo. Él lastimaba a los demás, como a Emmett. Además, las personas que había dejado entrar en su vida cuando era joven e ingenuo le habían costado caro, por mucho. Edward prefería la soledad.

Llevaba a las mujeres a su cama. Era inevitable que iba a tener que lidiar con el sexo opuesto. Muchos de sus colegas empresarios levantaban una ceja cuando aparecía en las funciones sin ninguna cita. Tan molesto como arcaico que era, la presencia de una hermosa mujer en su brazo era un símbolo de estatus que de vez en cuando usaba. Además, no tenía escasez de mujeres, como Amber, luchando por llegar a ese lugar. Era rico, poderoso y atractivo para rematar, obviamente iba a tener mujeres tras él.

Por lo tanto, no tan seguido como el rumor dice, Edward llevaba a una mujer a su cama. Él era, después de todo, un hombre de sangre caliente. Había un montón de veces en las que había rechazado el sexo, porque no había razón para hacerlo de nuevo con la misma persona. No estaba comprometido con nadie y siempre se aseguraba que la mujer con la que dormía supiera antes de atravesar esa puerta que lo que habían tenido era algo de una sola vez. Era un amable y generoso amante, disfrutando el acto de dar placer tanto como recibía. Eso lo aliviaba de sus pensamientos por unas pocas horas de todos modos.

Pero hoy, su acto era pretender que estaba feliz en la casa donde pasó su niñez. Lucía diferente, obviamente. Emmett y su esposa no tenían el mismo buen gusto estético que Carlisle y Esme. Sin embargo, cada habitación estaba cargada de recuerdos que preferiría olvidar. Incluso los más felices dolían demasiado.

— ¡Tío!

Edward fue sacado de sus pensamientos cuando un peso ligero se envolvió en sus piernas. Se inclinó y levantó a la pequeña Bree en sus brazos, fingió gruñir y resoplar en su cuello. Las risas encantadas de la niña hicieron su corazón ligero por un momento.

— ¡Riley! —Emmett llamó—. Ven a saludar a tu tío.

El hermano de Bree no era tan fácil de ganarse. Tenía seis y cruzó sus brazos instantáneamente cuando vio a Edward parado en el pasillo. — ¿Por qué? —le pregunto a su padre, sonaba ofendido.

—Riley Evan…

—Está bien —le recordó Edward a Emmett, dando un beso más en la mejilla de Bree antes de ponerla en el suelo.

Emmett le sonrío a su hermano. —Estoy feliz de que hayas venido —dijo sinceramente.

La fiesta era épica para alguien de cuatro años. Había juegos, un montón de comida chatarra y un castillo inflable para los niños. Los adultos disfrutaron de un festín de carne asada. Edward mantuvo una sonrisa plasmada en su rostro, y se mezcló con los amigos de Emmett. En cierto modo, era agradable socializar con personas que no esperaban nada de él. Por otro lado, era agotador.

Eventualmente, Edward se alejó de la fiesta encontrando un par de tumbonas de jardín que habían sido abandonadas en el porche. Tocó el relleno, arqueando los labios ante un recuerdo de su adolescencia. Se había arrojado a una tumbona similar solo para encontrase que estaba tan mojada que toda el agua salpicó cuando la golpeó. Pero eso era vida en Forks. Su madre había cubierto el porche el año siguiente por lo que las tumbonas de Emmett estaban secas y agradables.

Con un suspiro, Edward puso su brazo sobre sus ojos, tratando de bloquear el sonido de la fiesta y centrarse en sí mismo por un momento. Cuando sintió un peso ligero en la silla junto a sus pies, Edward a regañadientes abrió los ojos, moviendo su brazo para poder mirar.

Una niña muy pequeña estaba arrodillada al final del sillón, con las rodillas huesudas empujando sus tobillos. Edward estaba vagamente divertido por lo que ella llevaba puesto. Usaba un traje completo de mago, con una capa brillante y un sombrero de punta demasiado grande para su pequeña cabeza. Puntas de cabello negro se asomaban al azar por debajo del sombrero. Pero, quizá, lo más notable sobre esta niña era la expresión completamente devastada en su pequeña carita.

Edward miró a su alrededor. La niña no podía tener más de cuatro años. ¿Cómo sus padres la habían dejado deambular hasta su esquina tranquila de la fiesta? —Um… —dijo incómodo—. ¿Puedo ayudarte?

Exhalando un suspiro dramático, la chica lo miró con ojos grandes y suplicantes. —Estoy triste.

Edward sintió un tirón extraño en su maltratado corazón. Su primer impulso fue cogerla en sus brazos y abrazarla. Lucía como si necesitara de uno. Pero siguió con los brazos cruzados porque lo último que necesitaba era ser visto como una especie de pervertido. ¿Cuál era el protocolo en estos casos? — ¿Qué va mal? —preguntó por fin.

Con otro suspiro dramático, ella se precipitó sobre su cuerpo, sentándose en su regazo como si fuera Santa Claus y envolviendo sus delgados brazos alrededor de su cuello. Mirando alrededor, incómodo, Edward puso sus brazos alrededor de la niña, acariciando su espalda por falta de algo mejor que hacer. Miró a sus ojos y dio un pequeño respingo. Uno de ellos era de un hermoso color negro, brillando con la travesura de los niños. El otro, sin embargo, era del color del ámbar mezclado con rojo. Ese ojo de alguna manera, lucía más intenso, de otro mundo incluso. —Nunca me voy a casar —dijo tristemente.

Edward parpadeó, tratando de seguir el ritmo de la conversación. —Um —dijo brillantemente—. ¿No eres un poco joven para estar pensando en matrimonio?

—Mira. —Comenzó ella, acomodándose a su lado—. El futuro ya estaba mal antes de que yo naciera, Ed. —Ella lo miró con ojos acusadores—. Lo arruinaste. Y ahora, mi niño no nació.

—Yo... ¿lo siento? —Edward adivinó, preguntándose si los niños eran siempre tan desconcertantes.

—Está bien —dijo ella, acariciando su rostro amablemente. Hizo su capa hacia atrás y sacó una varita de su bolsillo. Ella le sonrió. — ¡Voy a arreglarlo!

Con una expresión demasiado seria para un niño tan pequeño, comenzó a agitar su varita alrededor. Edward miraba, perplejo, como ella tocaba la punta de su nariz con la varita. — ¡Abracadabra! —Anunció pomposamente.

— ¡Mary Alice Brandon!

Una mujer que lo miraba aliviada se acercó y quitó a la niña del regazo de Edward. Ella le sonrió disculpándose. —Lo siento mucho. ¿Alice lo estaba molestando?

— ¡No estaba haciendo eso! —Alice protestó, poniéndole mala cara a su madre.

—No fue ninguna molestia —dijo Edward sinceramente. Él sonrió a Alice—. Creo que nos estábamos haciendo amigos.

La madre de Alice sonrió un poco insegura y la llevó de nuevo a la fiesta. — ¡Recuerda! —Alice llamó por encima del hombro de su madre—. ¡No se supone que debería ser así!

Una risa familiar llamó la atención de Edward y se volvió para encontrar a su hermano de pie con los brazos cruzados. —Una pequeña niña precoz, ¿no es así?

—Ella es… interesante. —Edward concedió, instantáneamente cauteloso cuando su hermano se sentó a su lado.

—Fuiste bueno con ella —dijo Emmett inocente, dejándose caer en la tumbona al lado de Edward.

—Emmett. —Edward gruñó en señal de advertencia—. Por favor, no comiences.

— ¿Qué? Sólo digo que eres bueno con los niños, eso es todo —Emmett dijo con facilidad.

Mofándose, Edward se cruzó de brazos, se echó hacia atrás y cerró los ojos de nuevo. —Los niños no son difíciles, son las personas en las que se convierten por las cuales te tienes que preocupar.

—Es solo que cuando estábamos creciendo, pensé que ibas a ser tú con todo esto —dijo con nostalgia, Edward asumió que se refería a toda la cosa de la esposa, niños, establecerse en los suburbios—. Yo había pensado que serías tú corriendo con los niños por todo el patio trasero y yo como el perpetuo soltero. —Cuando Edward no dijo nada, Emmett continuó —. No es como si ya fuera demasiado tarde, sabes. Todavía puedes tener lo que yo tengo.

—Ja. —Edward resopló burlonamente, el enfado y la irritación lo hicieron sentirse a la defensiva y rencoroso—. ¿Qué es lo que tienes, que me gustaría tener Emmett? Lo que tienes son bonitas cortinas, pero no me puedes decir que tu vida es un sueño.

Abriendo sus ojos, señaló a Victoria Cullen. —Todo el mundo está celoso de la esposa caliente que tienes, pero tú y yo sabemos que Victoria es una puta manipuladora. Amas a tus hijos pero ella los usará en tu contra por el resto de tus días, y siempre vas a tener que romperte el culo para darle exactamente lo que quiere.

Emmett se puso de pie, mirando por encima a su hermano menor con una mirada furiosa. —No me importa cuánto tiempo ha pasado desde que te vi por última vez —dijo entre dientes—. No voy a permitir que insultes a mi esposa.

Luciendo totalmente despreocupado, Edward solo se rió. — ¿Qué vas a hacer Emmett? ¿Empezar una pelea con tu hermano delante de tus hijos y amigos? No lo creo. —Sacudiendo su cabeza, Edward sacó sus lentes de sol de su bolsillo—. Tengo que irme de todos modos.

Sin mirar de regreso a su hermano, Edward se levantó y se alejó. Encontró a Bree en el inflable, la levantó y le dio un abrazo de oso. —Feliz Cumpleaños cariño —dijo bajito, besando un lado de su cabeza antes de bajarla.

Hizo un mohín. — ¿Ya te vas tío?

—Por ahora —dijo y sintió una breve punzada de culpa—. Voy a volver a verte pronto, ¿de acuerdo?

Lo consideró y le hizo señas para que se agachara. Cuando el rostro de Edward estaba a la altura de la suya, puso sus dos manos en su piel y lo miró a los ojos luciendo triste. Luego ella le dio un beso húmedo en su nariz y dijo: —Te voy a extrañar. —Antes que uno de sus amigos la llamara de vuelta al inflable.

Extraño, Edward pensó mientras se alejaba.

Por una vez, Riley no le dio la ley del hielo antes de irse. En cambio, el niño lo abrazó con fuerza y rápidamente salió corriendo antes de que Edward pueda cuestionar la inusual muestra de afecto.

Los niños eran criaturas extrañas.

Cuando Edward llegó a casa, se sentó en su sillón, sintiéndose contrariado. Trató de leer, incluso miró a través de los reportes de trabajo para distraerse, pero un dolor silencioso había florecido en su corazón.

Finalmente, Edward abandonó toda pretensión y se dejó caer en las emociones sombrías que habían rondado sus pies todo el día.

A decir verdad, extrañaba a su hermano. Podía fingir todo lo que quería, que Emmett era molesto y pretencioso, pero cuando llegaba el final, Edward sabía que evitaba a su hermano porque le recordaba demasiado todo lo que habían perdido.

Mirando alrededor de la fiesta, Edward había podido fácilmente imaginar a sus padres allí. Como su cumpleaños era en verano, era normal que se celebrara al aire libre. Carlisle haría la parrilla, y Esme sería toda sonrisas mientras conducía a los invitados de una actividad a la otra.

Pero los niños de Emmett habían sido despojados de sus abuelos antes de que nacieran … y era su culpa.

Pasando una mano sobre sus ojos, Edward intentó sofocar el creciente sentimiento de culpa y tristeza. Sentía lástima de sí mismo, eso era todo. Sí, Emmett tenía razón. Edward había soñado cuando era mucho más joven, el tener una esposa que adorara y niños que tuvieran sus ojos.

—Olvídalo, Cullen —murmuró para sí mismo con severidad.

Rotos sueños distantes, eso es todo lo que eran. El chico que había sido cuando los inventó no entendía el mundo. Edward, en toda su gloria adulta, sabía que no debía pensar en "vivieron felices para siempre y sueños americanos"

No iba a ser como Emmett, enamorándose de una hermosa mujer que creaba dulces fantasías mientras repetidamente hacía cosas a sus espaldas. Victoria engañaba continuamente a Emmett, Edward lo sabía a ciencia cierta. Pero lo había atrapado con sus hijos, y Emmett hizo la vista gorda. Ninguno de los dos siguió siendo fiel, pero siempre y cuando Emmett le diera todo lo que quería, Victoria le permitía criar a los niños a su antojo.

Edward suspiró frustrado porque si alguien merecía el sueño plagado de cercas blancas, era Emmett. Su hermano podría haber sido un dolor de cabeza, pero había estado junto a Edward a través de sus muchos, muchos errores... incluso el que había matado a sus padres.

Aunque hubiera alcanzado los sueños que había querido tener, Edward no pensaba que se lo merecía.

Gruñendo de frustración al sentir el pinchazo de las lágrimas en sus ojos, Edward se levantó rápidamente, caminando hacia la cocina. Odiaba sentirme así, otra razón por la cual evitaba a Emmett y su familia. Odiaba sentirse tan perdido y solo.

Desesperado por una distracción, Edward abrió la puerta de la nevera y miró fijamente el contenido. Nada se veía bien. Tirando para abrir la puerta del congelador, se detuvo en seco cuando vio la botella descansando entre bolsas de verduras congeladas y Hot Pockets.(4)

Vodka.

Su sangre parecía exigirle que lo tomara, sabiendo por experiencia que tenía el poder de hacer que todo el dolor y la vergüenza se desvanecieran en la hermosa inconsciencia. Las manos de Edward se apretaron en puños con el esfuerzo de volver a tener control sobre sí mismo. La promesa de algún alivio le mareaba. Cerró los ojos con fuerza, tratando de desterrar el intenso deseo.

Fracasó.

Sin tiempo para nada más, la botella estaba casi vacía, y Edward era finalmente libre de las garras afiladas que se habían incrustado en su corazón. Se rió, mareado por el alivio.

Tuvo que esforzarse mucho para leer los números en el reloj del microondas. Medianoche y un minuto. Mierda. Tenía que estar en el trabajo temprano la mañana siguiente.

Ponerse de pie resultó ser un desafío, pero Edward no era nada si no perseveraba y se puso de pie al final. —Un pie a la vez, Cullen —se recordó a sí mismo, trayendo una ola de risitas mientras tropezaba, cayendo pesadamente contra su pared.

Estaba borracho. Borraaaaaaaaaaaacho. Y se sentía tan bien. Dios, ¿por qué se había rendido de nuevo?

Sus padres. Ellos estarían tan avergonzados de él ahora mismo.

Fue ese pensamiento el que distrajo la concentración de Edward. Su paso vaciló y lo lanzó hacia adelante. Su cuerpo cayó a una velocidad vertiginosa. La caída duró lo suficiente para que sintiera la sensación fría del miedo mientras caía, primero su rostro, en el escalón superior de la escalera empinada. Entonces, no sintió nada en absoluto.

Los destornilladores es un coctel hecho de vodka y jugo de naranja.


Sr. I.P Freely es una broma que dice: I(Yo). P (Orino) Freely (libremente).

RSVP es la abreviatura de: répondez s'il vous plaît. Una expresión francesa, que traducida al español significa: "responda, por favor". Se la utiliza generalmente para invitaciones a grandes eventos, para poder confirmar la presencia de los invitados y obtener un mejor planeamiento.

Son unos bocadillos congelados como burritos que están rellenos de queso o jamón.