¿QUÉ HARÍAS SI DESPERTARAS CON 17 AÑOS OTRA VEZ?
Historia escrita por:LyricalKris
Traducido por:Sol Lopez (FFAD)
Beta:Lore Cullen (FFAD)
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Edward se despertó lentamente, confundido y desorientado. Era ese sentimiento inquieto, que él tenía cuando era despertado de un sueño, y arrojado desprevenidamente a la realidad. El problema era, que no podía recordar el sueño, y por largos momentos su mente luchaba, tratando de comprender qué estaba pasando.
Le tomó un momento darse cuenta que su visión no estaba aclarándose, como usualmente lo hacía en la mañana, luego de que hubiera sacado el sueño frotándose los ojos. Parpadeó esporádicamente, un frío filo de miedo comenzó a hacerle un nudo en la garganta y acelerarle la velocidad del corazón. Todos sus pensamientos se hicieron más concretos e intentó recordar qué había hecho la noche pasada.
Oh, mierda. Él recordó el Grey Goose, dejado allí por la mesera, Amber. La había llevado a la cama dos noches antes. Y le dijo que lo llevara con ella.
Pero ella no lo hizo, y luego del día que había tenido, la tentación fue demasiado grande. Tantos años de sobriedad tirados por la ventana, en cuanto el alcohol golpeó sus labios. Toda su lucha y trabajo duro por el piso, con un simple trago. Por supuesto, lo bueno acerca del alcohol era que después de unos cuantos tragos nada más importaba. Su sangre canturreaba. Sus dificultades se derritieron. Estaba mareado.
Recordó el terror que lo invadió mientras el mundo se inclinaba en su eje. Sus escaleras eran extensas y empinadas. Tenía el tiempo suficiente para temerle a la muerte, antes que el mundo se tornara negro.
El pánico hacía que la respiración de Edward se acelerara. Estaba vivo, o eso pensaba él, pero ¡estaba ciego! No, no estaba ciego. Podía distinguir formas, luz y colores. Todo estaba borroso, sin embargo, había algo raro en su entorno.
Despabilándose, Edward miró a su alrededor cuidadosamente. ¿Cómo había llegado a la cama? ¿Y… en la cama de quién estaba? Por el amor de todo lo santo y sagrado, ¿dónde estaba?
Un golpe en la puerta lo sobresaltó, llamando su atención.
— ¿Cariño?
Edward no podía respirar. Esa voz… la reconocería donde fuera, pero no la había oído en tantos años. Casi una década. Era una dulce y amable voz con la que él soñaba a menudo, despertando en un mundo donde nunca pudo oírla de nuevo, y era todo por su culpa. Pero él se había establecido en que no estaba soñando.
Tal vez estaba muerto, porque él bien sabía que ella lo estaba.
— ¿Edward? ¿Estás despierto?
La puerta se abrió y una mancha que lucía como su madre —fuera de foco, pero definitivamente ella—, entró en la habitación.
— ¿Mamá? —preguntó él, otra vez, sorprendido por el sonido. Era su voz, pero no lo era. Había algo en el tono de su voz, tenía un matiz apagado.
¿Qué demonios estaba pasando?
—Te ves algo pálido, hijo —dijo Esme y se acercó al borde de la cama. Edward no respondió, no pudo. Mientras se acercaba, más de los rasgos de su madre se fueron aclarando. Y él se vio en ella. Su corazón le dolía, porque la había extrañado mucho, muchísimo. Él retrocedió un poco cuando su mano fue hacia él, pero ella solo la llevó a su frente—. ¿Te sientes mal? Porque no parece que tuvieras fiebre.
Confundido, pero contento con su toque. Edward se apresuró a sentarse, tiró sus brazos alrededor de ella, hundió su nariz en las hebras de cabello color caramelo; apretándola tal vez, demasiado fuerte.
Esme jadeó y le dio unas palmaditas en la espalda, frotando con dulzura.
— ¿Qué está mal, Edward?
—Yo… —Edward ni siquiera sabía por dónde empezar. Un poco avergonzado, soltó a su madre frotándose los ojos con fuerza porque quería verla detalladamente—. No puedo ver.
Ella le dio una pequeña risa de incredulidad y se inclinó delante de él para llegar a algo en la mesita de noche junto a la cama. Siguiendo sus movimientos, Edward frunció el ceño ante el contenido de su mesita de luz. Otra vez la frustrante sensación de déjà vu. Pero él fue rápidamente distraído por su madre quien estaba moviendo algo en su cara.
—No traes puestos tus lentes, cariño. —Se rio entre dientes.
—Mis lentes… —Edward aturdido, tomó las cosas, fulminándolas con la mirada antes de deslizárselas.
El mundo se enfocó y Edward se quedó sin aliento mientras miraba a su alrededor, de repente, dándose cuenta de donde estaba. Estaba en su habitación, solo que no la suya en su casa de Seattle. No, esta era su habitación de la casa en la que había crecido, en Forks.
Pero eso era imposible. Emmett y Victoria habían convertido este cuarto en un salón de juegos. Desde que estaba en el tercer piso, ellos a veces ahuyentaban a los niños para tener un poco de paz y tranquilidad.
— ¿Mamá? —preguntó con voz temblorosa, incluso para sus propios oídos—. ¿Estoy muerto?
Esme frunció sus cejas, mostrándose perpleja y divertida.
—No —respondió lentamente —, pero lo estarás si llegas tarde a la escuela… y si te quedas en la cama por más tiempo, eso definitivamente es una posibilidad. Edward, ¿qué se te metió hoy? Estás tan loco. ¿Te quedaste despierto hasta tarde jugando ese maldito juego otra vez? Nos prometiste que no te quedarías despierto hasta altas horas…
El reproche de su madre le recordó algo. ¿Escuela? ¿Ese juego? El argumento que tantas veces había oído cuando era adolescente. Everquest, ese era el nombre del juego. Había mantenido su trasero pegado a la silla de la computadora por más tiempo del que quisiera recordar.
—Mamá —interrumpió su sermón—. No, solo tuve un sueño raro, eso es todo. Aún si estaba muerto o no, Edward no quería enfadar a su madre. Estaba confundido, pero no era idiota. Obviamente este fantasma de Esme creía que era un día de escuela, y si él seguía jugando Everquest y en su antigua habitación, tenía que estar en una situación en la que estaba en la época de secundaria de nuevo.
Tal vez esto sí es el infierno.
Eso explicaría mucho, el porqué no podía ver sin sus anteojos para empezar. Irónicamente, Edward reflexionó que era lo menos que merecía. Pero la idea de su madre, estando con él en el infierno era completamente absurda.
—Bueno, levántate —dijo ella. Su tono no dejaba lugar a argumento—. El desayuno está en la mesa, pero a este paso te lo tendrás que llevar contigo.
Dicho esto, Esme se paró y salió del cuarto. Edward estaba desesperado por hablarle de nuevo, temiendo perder a su madre, otra vez. Pero primero debía averiguar qué estaba pasando.
Tan pronto como se cerró la puerta, Edward se paró rápidamente. Se metió a su baño, casi tropezando con la pila de Cd's esparcidos por el piso. Inclinándose en el lavabo, miró fijamente su reflejo en el espejo.
—Santa mierda —murmuró, observando al chiquillo adolescente de anteojos en el espejo. Su mirada sorprendida podría haberle parecido cómica bajo diferentes circunstancias. Llevando una mano a su cara, la tocó, mirando incrédulamente cómo el chico en el espejo repetía sus movimientos.
Ese rostro no le había pertenecido a él en más de una década.
Corriendo de vuelta a su habitación —otra vez maldiciendo la aparente inhabilidad que tenía en su adolescencia para mantener su cuarto limpio, cuando casi se resbala con una revista vieja—, Edward miró alrededor, desesperado por encontrar algún indicio de tiempo. El día. ¿Qué, no tenía un calendario?
Sus ojos fueron al reloj de la mesa de luz. Lo recordaba bien, esa cosa tan geeky. Pero al menos servía para su propósito, mostrando día y hora de diferentes maneras.
7:01 A.M., ENERO 8, 1999
— ¡Santa mierda!
—Tienes que perder tu virginidad antes de pasar a posiciones avanzadas como el sexo en la iglesia.
Edward se dio la vuelta, cansado de estar tan sobresaltado todo el tiempo.
— ¡Emmett! —Sintió alivio al ver a alguien familiar y, actualmente con vida. Pero inspeccionando a fondo, se dio cuenta que Emmett había cambiado mucho. Las líneas de preocupación que decoraban las esquinas de sus ojos, ya no estaban. En realidad, el Emmett que estaba parado frente a él, tenía un paso más ligero y una sonrisa más brillante. Edward había olvidado cómo lucía, tan despreocupado. Por supuesto, si era 1999 Emmett tenía 18 años. Apenas un año mayor que Edward. Esto era antes de la pérdida de sus padres y que el demonio que tenía como mujer amenazara con robar su buen humor.
Emmett se rio entre dientes, elevando ambas cejas al ver la reacción de Edward.
— ¿A quién esperabas? Baja ya de Frikilandia. Yo conduzco hoy.
— ¡Pero el Volvo es mío! —Las palabras salieron de su boca antes de siquiera pensarlas. Emmett solo rio, tomando un juego de llaves del vestidor y lanzándose fuera de la puerta—. ¡Emmett! —Edward lo llamó protestando. Se quedó atrás tratando de averiguar qué estaba pasando con él.
Sacudiéndose la sorprendente irritación que sentía hacia su hermano, Edward se retiró a su habitación. De una manera u otra, una buena ducha parecía una buena idea.
Una vez aislado bajo la lluvia, Edward se forzó por aclarar los pensamientos confusos de su cabeza y tomar la situación tan racional como fuera posible.
Esme y Emmett parecían completamente inconscientes del cambio del tiempo, como si fuera normal despertarse en 1999 cuando en realidad era 2011. O en el caso de Esme, de repente volver a la vida cuando había estado muerta por tantos años.
Esto bien podría ser una especie de limbo o su propia versión del infierno. Le parecía justo llegar a abrazar a su madre solo para que se la arranquen de su lado en el siguiente latido.
¿Qué piensas de las alternativas que no incluyen estar muerto, Cullen?
Edward, en realidad, no se sentía muerto. Más bien lo contrario. Además de tratar con su confusión y frustración, Edward era muy consciente de que las emociones no eran del todo lógicas, en pugna por atención dentro de él. Por ejemplo, estaba el ataque de furia que sentía hacia su hermano mayor. La mayor parte de Edward entendió que había muchos temas más urgentes que el hecho de que Emmett había cogido las llaves del coche. De hecho, su hermano probablemente le hizo un favor, cuando Edward se sentía demasiado distraído como para estar seguro detrás del volante.
Descontando que estaba muerto, Edward se preguntó si en vez de eso estaba gravemente herido. Su mente era un extraño y hermoso lugar. Había escuchado una teoría, que cada momento de cada día, cada pensamiento que ha pasado alguna vez por la mente de una persona, quedaba almacenado en alguna parte del cerebro. Si eso era cierto, ¿y si la caída había arrojado a su conciencia en esta parte de sus recuerdos?
Pero entonces, lo que sea que Edward haya estado haciendo el 8 de enero de 1999, él estaba seguro que no había dicho ni hecho las cosas que hizo hoy. Desde el sermón de Esme hasta la broma obscena de Emmett, tenía que haber sido diferente del guión original. Su cerebro podría haber almacenado los recuerdos originales, pero ¿habría sido capaz de proyectar las reacciones de su madre y su hermano a su torpe comportamiento?
Edward se golpeó la cabeza ligeramente contra la puerta de la ducha, frustrado.
No importaba cómo le buscara la vuelta, parecía estar atrapado aquí. No estaba despertando.
Él acababa de tener que lidiar con los golpes.
Decidido, Edward cerró la ducha. Envolviendo una toalla en su cintura mientras entraba en su habitación. Estaba un poco exasperado al ver el contenido de su closet, recordando tardíamente que su "yo" de diecisiete años tenía una obsesión con los jeans y remeras friki.
¿Cómo es que pude tener sexo alguna vez?
Finalmente, encontró una remera negra simple con botones al fondo de su armario y un par de pantalones negros a juego. Rodando los ojos a su reflejo, Edward bajó las escaleras.
Se detuvo en la mitad del último tramo de escaleras y se encontró cara a cara con su padre. Carlisle le ofreció una sonrisa y sintió una opresión en el pecho. Se sintió peligrosamente cerca de llorar al ver a su padre. Todos estos años, Edward había albergado tanto arrepentimiento por la última conversación que había mantenido con él. Sin embargo, ahora, cuando lo tenía justo al frente, Edward sentía la lengua atada.
—Ten un buen día en la escuela, hijo —dijo Carlisle amablemente, saliendo por la puerta.
— ¡Papá! ¡Espera! —Edward lloró, bajando rápidamente los escalones restantes y tirando sus brazos sobre el cuello de su padre. Carlisle estaba tan sorprendido que dejó caer el maletín que llevaba.
—Edward… —dijo, con voz preocupada mientras lo abrazaba—. ¿Quiero saber qué hiciste?
Edward rio irónicamente, sonando algo desesperado. ¿Qué diría su padre si supiera? Tres años y algunos meses después, el 8 enero de 1999, Carlisle y Esme, morirían cuando un ciervo golpeara el frente de su auto. Ellos hubieran estado muy lejos de ese camino, sanos y salvos, si Edward no hubiera tenido un ataque egoísta e infantil.
¿Querría algún padre saber que su hijo había sido el único responsable de su propia muerte?
—No es nada —murmuró Edward, dejando ir a su padre a regañadientes.
Carlisle lo miró cuidadosamente, tratando de descubrir si Edward estaba diciendo la verdad o no. Edward forzó una sonrisa, porque en su sueño o infierno o lo que rayos sea esto, sus padres no sabían lo que había hecho, y estaba seguro que iba a seguir de esa manera. Finalmente, su padre le sonrió de vuelta y le dio unas palmaditas en la espalda.
—Debes dormir más, Edward.
—Hey, obtengo buenas notas —contestó pagado de sí mismo.
—Así es —concordó Carlisle—. Será mejor que te vayas.
Edward asintió, mientras veía con dolor cómo Carlisle salía por la puerta.
Cuando su padre se fue, Edward se volvió hacia la cocina. Allí encontró a su madre, vestida para trabajar y colocando los trastes en el lavaplatos hasta que se pudiera ocupar de ellos en la noche, y a su hermano parado cerca de la mesa.
—Vamos. Debemos irnos.
—Pero, tengo hambre —Edward protestó, todavía molesto con su hermano.
— ¡Hazlo para llevar!
—Son panqueques. No puedes hacer los panqueques para llevar —contestó Edward.
Emmett lo miró con una sonrisita de suficiencia.
—Por supuesto que sí. Observa. —Puso un panqueque en la palma de su mano—. Un panqueque. Dos… tres tiras de tocino. Una ligera llovizna de sirope… —Narraba mientras lo hacía. Luego, puso su otra mano para rodar el panqueque al estilo burrito. Sonrió triunfalmente—. Ahí lo tienes. Desayuno para llevar.
—Eres tan salvaje, Emmett —profirió Edward.
—Suficiente —los reprendió Esme.
—Pero soy un salvaje con comida. Te mueves o pierdes, chico —dijo Emmett antes de engullir el "burrito" en su boca. Rápidamente, se replanteó hacer otro.
Aunque la idea era poco agradable, Edward se encontró locamente hambriento. Se le hacía agua la boca con solo mirar a Emmett comer. Gruñéndose a sí mismo, Edward rápidamente copió la receta de su hermano, evitando el sirope, así no tendría que lamerse los dedos, como Emmett lo hacía. Su hermano sonrió socarronamente y se encaminó hacia la puerta.
Edward se la pasó callado mayor parte del tiempo camino a la escuela, lo que Emmett tomó como un capricho infantil al tener que renunciar a sus derechos de conductor. En realidad, Edward solo estaba esperando despertar antes de tener que revivir la secundaria.
En ese entonces, la secundaria había sido lo suficientemente fácil la primera vez. Tal vez debería considerar esto como un descanso.
Por una vez, Edward consideró útil el que su cerebro pareciera tener una cantidad enorme de espacio para almacenar información inútil. Todavía recordaba su horario de clases y la combinación de su locker de la primaria. La secundaria era pan comido.
Aunque, no lo recordaba todo. Se perdió en el camino a la clase de cálculo. Esto le hubiera importado menos pero se distrajo, tratando de ver si recordaba los nombres de los estudiantes que cursaban con él. Volviendo a cuando él tenía originalmente 17 años, él podía nombrar a cada alumno en la secundaria, habiendo crecido con la gran mayoría de ellos. Pero ahora, él estaba mil años lejos del chico que había sido.
Edward supuso que su falta o ausencia de recuerdos era parte de su vieja memoria. Parecía extraño que, incluso si cada recuerdo estaba almacenado perfectamente, cada estudiante que pasaba era una persona completamente tridimensional. Sus ojos tomaron en un minuto todos los detalles que tendría que haber notado la primera vez: los dibujos sin sentido en la mochila de un chico que creía se llamaba D. J., el exceso de feos colgantes que Katie Marshall traía.
Perdido en ese extraño pensamiento, Edward no notó que sus pies lo habían llevado directo a su salón de cálculo.
Memoria automática, comprendió. Si podía distraerse lo suficiente, su cuerpo y su subconsciente parecían recordar cómo era tener 17.
El día progresó normalmente, o tan normalmente como se podía, considerando que era la segunda vez que vivía este día en particular. Edward se mantuvo para sí mismo mayormente, solo interactuando con otros chicos cuando era de obligación. Cuando eso pasaba, como cuando Eric Yorkie tiró su lapicera y necesitaba de su ayuda para alcanzarla, Edward se dio cuenta que contenía su respiración, esperando que los demás se percataran que algo en él no era normal. Nadie lo hizo.
Fue en el tercer periodo de Inglés que Edward se encontró con otro fantasma.
— ¡Jasper!
Jasper Whitlock había sido el mejor amigo de Edward desde que se había mudado de Texas, hace varios años. Jasper parecía no afectarse por toda la mierda adolescente de haber abierto una brecha entre Edward y sus anteriores amigos. Además de eso, aunque él tenía un sentido de la moda, no incluía una membrecía a Geeks R Us, y tenía una visión perfecta. Jasper era un nerd tanto como Edward lo era.
Y él había estado muerto por más tiempo que Esme y Carlisle.
La culpa tomó lugar en el estómago de Edward. Era por una razón completamente diferente, la muerte de Jasper había estado completamente fuera de las manos de Edward. Pero era suficientemente fuerte para cerrar su garganta.
—Amigo —dijo Jasper, sentándose en el escritorio al lado de Edward—. ¿Dónde estabas anoche? Elegiste un mal momento para perderte una noche de juego. Vamos perdiendo por tres amistosos, y como están las cosas, ¡eres lo mejor que tenemos!
Edward miró boquiabierto a su amigo, su mente trataba de recordar cómo hablar geek.
Everquest. Amistosos. Correcto. Él había jugado como un paladín enano.
—Um… —Edward tropezó—. Padres. Sabes cómo son.
Jasper pasó una mano por encima de sus ojos.
— ¿Ellos no entienden que hay vidas que dependen de ti? —Él sacudió su cabeza.
—La vida es exactamente su problema. Ellos quieren que tenga una y no piensan que debería consistir en jugar EQ todos los días —dijo él, cruzando sus brazos para indicar qué tan mal estaba eso. En realidad, su ser adulto se resistía a la idea de cuánto tiempo él había pasado con su trasero plantado en la silla de la computadora—. No quieren que esté todo gordo y perezoso.
—Ah, ¿quién es gordo? —Jasper resopló y rodeó la cintura de Edward. Extendió su brazo, sacudiéndolo—. Podrías beneficiarte de la dieta de un jugador, tú flacucho de mierda. —Dejó caer el brazo de Edward—. Además, ¿escuchaste acerca de ese líder de Circle of Eternity? —Circle Of Eternity, si Edward recordaba correctamente, era la asociación que rivalizaba con la de ellos—. Consiguió un trabajo basado en el hecho de que logra una alianza exitosa. ¡Esta es la formación del carácter!
Entonces, fue el turno de Edward para resoplar.
—Correcto. Pero nosotros solo somos miembros. No manejamos la cosa.
—Detalles… —Jasper agitó la mano.
El profesor entró y ellos tuvieron que quedarse callados. Sintonizando todo lo demás, Edward cayó en una profunda reflexión.
Tenía que admitir que cuánto más veía, más pensaba que debía estar en algún tipo de coma o con una especie de daño cerebral. ¿Acaso no había empezado a beber para compensar su mal humor en su existencia miserable? Todo apuntaba a un deseo de escapar de su realidad. ¿Qué mejor escape que ir atrás en el tiempo, antes de que todo en su vida fuera mal? Sus padres estaban vivos. Jasper estaba vivo. La enfermedad que había luchado por la totalidad de sus veinte años, que bien podría haberlo matado, no era parte de su identidad a los 17 años.
Eso fue una revelación en sí misma. Se dijo que una vez que te conviertes en un alcohólico, ninguna cantidad de sobriedad podría curarla. Bajo una sentencia de por vida, ¿quién no querría escapar a una época muy anterior a cuando el problema comenzó?
Sin embargo, tuvo que mirar todas sus opciones.
Edward se frotó los ojos, frustrado porque pensaba que el mundo debería tener sentido. Nada de esto tenía sentido. ¿Había algo que tenía que estar haciendo? ¿O viendo?
Si esto fuera una película, tendría un espíritu guía o alguna mierda por el estilo. Se sentía ridículo, mirando a su alrededor para ver si alguien le sonreía a sabiendas, pero supuso que no era más que un pensamiento extraño despertar de nuevo con 17 años, en primer lugar.
Jasper saludó con la mano cuando terminó la clase, diciendo algo acerca de verlo en el almuerzo. Edward se dirigió al gimnasio solo.
Después de soportar unos aburridos 45 minutos de voleibol, Edward se reunió con Jasper de nuevo para el almuerzo. En ese momento se distrajo lo suficiente para que él ni siquiera sintiera hambre. Hizo un gesto a Jasper, dejándose caer en su asiento habitual, sin tener que detenerse y recordar cuál era.
Los ojos de Edward examinaron la cafetería, pasando por todos los estudiantes y ver si alguien se destacaba. Jugó un juego con su memoria, tratando de encontrar los nombres que coincidían con esas caras de su pasado.
Samantha Wells. Ben Cheney. Conner… algo.
Cuando sus ojos se posaron en el rostro más familiar, su sangre se le heló. Por supuesto. ¿Cómo podría olvidar a James Damon y Royce King? Una vez, cuando era un adolescente irracional, Edward los había considerado como los mejores amigos.
En retrospectiva, no sabía cómo se sentía sobre ellos. Lo habían llevado por algunos caminos malos, pero no era tan tonto como para culparlos enteramente por los errores que había cometido. En muchos sentidos, tenía un sistema de apoyo mucho mejor que cualquiera de los otros chicos. Y ellos le daban la espalda. ¿No pasaba eso con la amistad entre los adolescentes?
Mientras Edward miraba, Royce trató de poner su brazo alrededor de la rubia a su lado. Ella retrocedió lejos, con los ojos entrecerrados y la boca se movió de una manera que hizo que Edward pensara que estaba a punto de insultarlo. Los ojos de Edward se abrieron como platos cuando se dio cuenta de quién era.
Rosalie Hale.
Había perdido su virginidad con Rosalie Hale, que fue la extensión de lo que recordaba de aquella noche.
Por unos momentos, trató de recordar si ese evento había ocurrido ya. No... no podría. No mientras ella estaba todavía con Royce, pero luego Rosalie levantó la vista, y Edward apartó la mirada rápidamente, con el corazón palpitante irracionalmente. Y...
Bueno, eso fue vergonzoso. Se estaba excitando sólo con pensar en tener sexo con una adolescente. No podía recordar la última vez que le había pasado, y mucho menos un pensamiento altamente inapropiado. ¿Qué era? ¿Un niño de 16 años?
17. Él era un chico de 17 años.
Necesitando distraerse de la desorientadora cuestión y tratando de averiguar si era un pervertido al desear a una adolescente teniendo 29 pero luciendo como de 17. Edward se concentró en la identificación de las personas en la mesa de al lado. Tyler Crowley, Mallory Lauren, no, Lauren Mallory. Mike Newton. Jessica Stanley y...
Una chica morena cuyo nombre se le escapó por completo.
Edward inclinó la cabeza, encontrándose, por razones que no podía empezar a explicar, curioso. Había un montón de estudiantes que no había reconocido casi nada, y sin embargo, con esta chica, ese hecho le molestaba. Estaba tan fascinado, observando sus movimientos y la forma en que ella parecía ser parte del grupo, pero por separado, que no apartó la mirada cuando ella lo sorprendió mirando. En cambio, contuvo el aliento cuando sus ojos se encontraron, la extraña sensación de euforia de la velocidad a través de él.
Sus ojos eran rendijas mientras miraba hacia ellos, y pudo ver la chispa de fuego allí. Ella estaba mirando. A él.
Sintiéndose desorientado e incómodo, Edward miró hacia otro lado. Justo a tiempo, Jasper volvió con una bandeja de comida.
—Tal vez estés en lo cierto... sobre no querer comer. ¿Cómo se las arreglan en esta escuela para joder la pizza? —Jasper preguntó, incrédulo mientras se sentaba. Él empujó un pedazo de pizza de aspecto enfermizo, lo levantó con cuidado y le dio un mordisco. Luego se encogió de hombros, sonriendo.
—Sabe muy bien.
El estómago de Edward gruñó, y se encontró a sí mismo disgustado y muerto de hambre. Jasper sonrió.
—Amigo, te lo dije. Esta es mi comida. Consigue la tuya.
Edward solo rodó los ojos.
—Hey, Jasper —dijo, cambiando de tema—. La morena al lado de Jessica... ¿cómo se llama?
Jasper arqueó una ceja, sin responder de inmediato cuando comía el resto de su pizza.
—Uh... ¿Te refieres a tu compañera de laboratorio?
— ¿Mi compañera de laboratorio? —Edward repitió.
— ¿Estás hablando en serio ahora? —Jasper preguntó y su humor desapareció cuando leyó la verdadera confusión en el rostro de Edward—. Digo, sé que jugamos a ese juego en donde pretendes que no existe, pero esto es un poco ridículo.
— ¿Por qué pretendería que no existe? —Jasper lo miró fríamente.
—Vete al infierno. ¡No me digas!
—Eso es inoportuno —murmuró Edward.
La campana sonó entonces, y Jasper se levantó, empujando los restos de su almuerzo diezmado lejos de él.
—Bueno, ya que al parecer te has mentalizado sobre ello, vas a tener que preguntarle a ella.
Sus ojos vagaron de nuevo a la morena. Él miró por un momento mientras recogía sus cosas, cayendo al caminar junto a Mike.
—Quizá lo haga.
