Historia escrita por:LyricalKris

Traducido por:Sasita Llerena (FFAD)

Beta:Mentxu Masen (FFAD)

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Edward nunca llegó a biología.

Mientras hacía su camino por el pasillo, sus ojos se fijaron en la chica con el largo cabello castaño. Edward se sobresaltó cuando una mano salió como una flecha, apretando su brazo hacia abajo y tirando de él hacia un pasillo lateral. Edward tropezó. No era la primera vez en ese día, ya se había dado cuenta de su cuerpo adolescente no era tan estable como al que estaba acostumbrado.

—Despacio, jodido loco. —Quien sea que se agarraba a su brazo se rió ruidosamente y lo dejó ir.

Edward se estabilizó y lo miró, viéndose cara a cara con James y Royce. Ambos mantenían la sonrisa con la cual ya estaba familiarizado. La sonrisa de autosuficiencia que mostraba su arrogancia y usualmente los delataba cuando intentaban salirse con la suya en algo. Se aclaró la garganta, porque no sabía que más hacer. Su memoria los había pintado mucho más mayores, versiones más rudas de lo que eran. Los chicos que estaban delante de él eran solo eso, niños. Eran adolescentes pretendiendo ser hombres. Posiblemente eran un poco más robustos de lo que él era, pero seguían siendo niños inexpertos.

Así que Edward se sacó de encima el irracional sentimiento de que tal vez debería ser un poco cauteloso con ellos. Se irguió, volvió a poner sus lentes correctamente y habló. — ¿Caballeros, puedo ayudarlos con algo?

Dándose una mirada, ambos rieron. —Caballeros. —Imitó James sarcásticamente—. Relájate, friki.

Royce puso su brazo sobre los hombros de Edward. Resistió la urgencia de retroceder. —Ven. Te vamos a mostrar algo —dijo el chico más alto.

Un recuerdo surgió en su mente como un pedazo de alga flotando sobre un campo lleno de ellas. Correcto. Él recordaba esto. Así fue como oficialmente conoció a Royce y James. Ellos nunca se habían fijado en él antes. Eran un año mayor y en realidad nunca le habían hablado desde que compartieron el patio de recreo en la primaria. Luego, de la nada, que era la única explicación que Edward se daba, ellos lo arrastraban a su lado como si fueron los mejores amigos.

—Voy a llegar tarde a clases —protestó, arrastrando los pies un poco. Fue una reacción automática. El Edward adulto, en su cabeza, no daría una mierda si estuviera tarde para una clase de secundaria al azar, en su tal vez sueño inducido por el coma.

Los otros chicos rieron de nuevo. — ¿Nadie te lo ha dicho aún? Saltarse clases de vez en cuando es saludable. —James casi de ríe mientras hablaba.

—Sí, y probablemente somos los más saludables hijos de puta vivos. —Coincidió Royce.

En medio de todas las risitas infantiles. Edward logró salirse de debajo del brazo de Royce. —Bueno, ¿qué es lo que vamos a hacer? —Su cuerpo parecía reaccionar contario a su mente . Tuvo un estremecimiento de alegría y una gran parte de él quería saltar, porque, ¡oh Dios mío! Los chicos populares le estaban prestado atención. Por lo que, mientras él deseaba dar la vuelta y volver a clase y a la chica morena, sus pies casi se tropezaban con ellos mismos por ir con Royce y James.

—Suave Cullen. Estás todo inquieto y vas a hacer que nos atrapen y vas a tener un real trasero pateado en tus manos —amenazó Royce. Edward rodó los ojos. Una real patada en el culo. Royce King. Pensó que eso fue ingenioso.

Edward se concentró en sacar el resorte fuera de sus pasos. Mantuvo su espalada recta y su cabeza erguida, recordándose a sí mismo que en el mundo real era la cabeza de un negocio exitoso y tenía el respeto de gente que valía mil veces más que los dos que estaba delante de él.

Cuando estaban lo suficientemente lejos de la escuela, protegidos por el siempre presente anillo de árboles que la rodeaba, James y Royce se detuvieron, cada uno se apoyó en un árbol. Edward se cruzó de brazos y se quedó parado donde estaba.

— ¿Un cigarro? —James ofreció, tendiéndole un paquete.

Edward hizo una mueca. Nunca le gustaron los cigarrillos. Sabían mal. Y en parte porque la bebida se volvió un problema que podía esconder de sus padres. Carlisle y Esme creían en su hijo, nunca había dado razones para no hacerlo, pero el distintivo olor a cigarrillo era difícil de dejarlo pasar. —Estoy bien.

Los chicos sonrieron y se dieron una mirada de complicidad. — ¿Cuál es el problema, Cullen? ¿No sabes cómo?

Edward rodó sus ojos. —No es difícil fumar un cigarro.

—Entonces. —James ofreció el paquete de nuevo.

La presión del grupo en su máxima expresión. Y una parte de Edward quería caer en ella. Sabía que podía manejarlo. No sería la primera vez que pretendiera.

En su lugar, tomó una respiración profunda, forzando a sus ridículos e irritantes nervios a calmarse. Estaba en control. Los miró a los ojos y les dio una sonrisa que hacía que las suyas se avergonzaran. A pesar de lo que sus empleados pensaban, los chismes habían estado lejos de ser discretos. Sabía lo que ellos decían sobre él. Las palabras arrogante y gilipollas salían más veces de lo que le gustaría admitir. Pero ahora, iba a apoderarse de esos títulos. — ¿Por qué están preocupados? —preguntó, su voz llevaba un ligero toque de burla—. No se lo voy a decir a nadie. Una real patada en el culo. ¿Recuerdan?

Todos se miraron entre sí, y Edward pudo ver la pequeña duda que se dibujó en sus ojos. En el reino de la preparatoria de Forks, James y Royce eran los gobernantes indiscutibles. No son muchos los que no se han dejado intimidar por ellos. La realidad les iba a pegar en el rostro después de la secundaria.

Pero entonces, Edward sabía a ciencia cierta que los tenía.

Los chicos se rieron y James guardó los cigarros en el bolsillo. —Es justo, es justo.

—Este es el punto. —Royce empezó—. Alguien ha estado deslizando notas de amor en el casillero de Rose. Quiero decir, estamos hablando de un verdadero marica de mierda.

—Hey Cullen, ¿tú y Rosalie no tuvieron algo por un rato? —James preguntó.

Edward negó, pero ladeó la cabeza tratando de recordar.

Por supuesto, Rosalie Hale era hermosa. Nadie podía discutir contra eso. Pero también era, entre otras cosas, una perra real. Hacía pareja con Royce, y tan superficial como una segura bañera para niños. Sí, ellos habían tenido sexo, pero Edward estaba completamente seguro que estuvo más abierto gracias a la influencia del alcohol.

Además, como ya lo había establecido, aún no sucedía.

—Si por algo te refieres a que vino a mi casa un par de veces para estudiar cálculo —Edward dijo divertido.

—Estaban firmadas por E. —Royce presionó.

—Y tú eres bueno en inglés. —James añadió como si ese fuera determinante para un escritor de cartas de amor.

Edward se burló. —Sí, bueno no soy la única persona cuyo nombre empieza con E. Además han visto… —Se interrumpió así mismo, una alarma de advertencia sonaba en su cabeza. En teoría, Edward no tenía miedo de estos chicos. En práctica, su cuerpo de diecisiete años no era exactamente fuerte… el de ellos sí. Reconsiderando sus palabras, lo intentó de nuevo, dejando que un poco de tartamudeo nervioso se colara en su voz—. Incluso si fuera yo, y no lo soy, Rosalie ya me hubiera mandado a volar. —Razonó.

Por un tenso segundo, los dos miraron intensamente a Edward. Entonces, Royce rió y palmeó su hombro. —La niña es jodidamente fría, así que no te pierdes mucho.

~0~

Cuando James y Royce finalmente se fueron, Edward casi voló de regreso a la escuela, ansioso por estar lejos de ellos y así pensar con claridad, o al menos intentarlo. Se las arregló para recordar en dónde se encontraba su clase de español y se dejó caer en su asiento enfrente del de Emmett, justo cuando sonaba la última campana. Su hermano lo miró divertido. Edward se encogió de hombros antes de darse la vuelta.

La reunión de por sí extraña con los muchachos, terminó con Royce invitándolo a una fiesta esa noche.

Ahí radicaba, Edward lo sabía, la pequeña diferencia entre la persona que era antes que Royce y James le prestaran atención y en la que se convirtió después. Si sus sospechas eran correctas, el día que estaba reviviendo era el punto donde todo había cambiado.

Esa fue la noche donde fue invitado a la fiesta de Royce. Esa fue la noche en la que durmió con Rosalie. No podía recordar lo que había pasado, solo que se había despertado con una igualmente horrorizada y muy desnuda chica a su lado. Y por razones que no podía comprender, ahora que se sentaba realmente a pensarlo, Royce no había pateado su trasero. No, ese había sido el comienzo de su amistad.

Todos esos años después, Edward no sabía como es que todo se vino abajo, pero los efectos en su vida fueron innegables.

Tal vez sí estaba en coma después de todo. Solo así tenía sentido. Hoy era el día en que todo había cambiado. Si no hubiera seguido a James y Royce hacia el bosque, no hubiera ido a esa fiesta. Si no hubiera ido a la fiesta, no hubiera dormido con Rosalie, forjando una extraña amistad con dos muchachos mayores a él. Y si no hubiera sido por sus nuevas amistades, él y Jasper no hubieran peleado ni se hubieran alejado poco a poco. Entonces Edward hubiera podido estar ahí cuando…

En poco más de un año y medio, Jasper sería diagnosticado con una rara y fatal condición cardiaca. Una vez diagnosticada, fue sólo cuestión de semanas antes de que muriera. En vez de estar ahí a su lado –debió haber tenido miedo–, Edward estaba con James y Royce... bebiendo y metiéndose en problemas.

Y si la culpa por no haber estado con su mejor amigo no lo hubiera comido vivo, tal vez Edward no hubiera empezado a beber más de lo que debería. Los dos muchachos mayores estaban más que dispuestos a enseñarle sus malos hábitos. Todo había pasado demasiado rápido para que alguien fuera capaz de comprenderlo, y de repente, estaba parado frente a un juez con la opción de ir a rehabilitación en lugar de pasar un tiempo más o menos largo en la cárcel.

Había estado furioso. Tan furioso. Pero en algún lugar en su interior, sabía que esa ira era solo para ocultar su vergüenza. Escondió toda su responsabilidad detrás de una máscara de celos, enfurruñado porque su hermano mayor no podía hacer nada mal. Emmett tenía 21 en ese tiempo, se había graduado temprano y con honores de una pequeña universidad en Tennessee mientras que Edward con 20, apenas se había graduado de la secundaria y no había hecho nada con su vida desde entonces.

Cuando estuvo en rehabilitación, sus padres lo llamaban todos los días. Lo visitaban tanto como era permitido, aunque debían conducir por varias horas en cada viaje. Excepto un día de vista, Carlisle había llamado para decir que él y Esme se estaban recuperando de un resfriado bastante fuerte y que estaban pensando en saltarse esa visita.

Ocultando su desesperación por ver a sus padres detrás de un velo de ira petulante, Edward se quejó de que no habían estado demasiado enfermos para asistir a la graduación de su hijo predilecto, unos días antes. Colgó el teléfono en el oído de su padre.

Y si no hubiera hecho nada de eso, sus padres todavía estarían vivos.

Mierda, y si quería ser exhaustivo, se podría incluso considerar que Emmett nunca hubiera conocido a Victoria si Edward no hubiera estado vagando en los círculos en los que estaba. Victoria era amiga de un amigo, en realidad uno de los revolcones de James.

Jason Jenks, su siempre alerta asistente, tenía un nombre para el caos que se producía cuando una pequeñísima, aparentemente insignificante acción, causaba desastres en uno de los proyectos de Edward. Lo llamaba el efecto mariposa: la idea de que la presencia o ausencia de un batido de alas de una mariposa podía llevar a la creación o no de un huracán.

En ese momento, Edward se había mofado de él por ver demasiadas películas de Ashton Kutcher.

Fue traído de nuevo a la realidad cuando Emmett pateó su silla. Su cabeza se levantó y se fijó en que la Sra. Goff lo estaba mirando con una expresión molesta. Instantáneamente le dio su más encantadora y arrepentida sonrisa y preguntó, en español, si podía repetir la pregunta. Respondió, tratando de mantener fuera de su rostro la malditamente satisfecha sonrisa ante las quijadas abiertas de la Sra. Goff y varias de sus compañeras. Su español era perfecto. Si le preguntaban, también hablaba francés y no era tan malo con el japonés tampoco.

Conocer varios idiomas era un importante activo cuando manejabas un negocio tan grande como el suyo. De cualquier modo, Edward tenía que llenar su tiempo libre con algo.

—Presumido —dijo Emmett, inclinándose para susurrarle en el oído. Edward sonrió dulcemente.

~0~

Después de la escuela, Edward se encontró de vuelta en su habitación y sentado en su escritorio. Miró a su alrededor, sus ojos lo escaneaban todo.

Apenas conocía a la persona que vivía aquí. Los estantes estaban llenos de novelas de ciencia ficción y guías de Calabazos y Dragones. Miniaturas de las figuras de Warhammer se exhibían orgullosamente y Edward recordó cuántas horas pasó pintando cada una con pequeñísimas y exactas pinceladas. Su colección de anime estaba impresa y… en VHS. Edward recogió las baratijas, desconcertado de lo mucho que había cambiado en tan poco tiempo.

De acuerdo con los carteles de su pared, todo lo que este Edward sabía lo aprendió de Star Wars. Leyó cada una de las frases, preguntándose qué diría Star Wars sobre revivir el día en que su vida había cambiado.

¿Qué haría Yoda?

Suspirando, Edward giró en su silla, volviendo a su computadora. Era extraño tener una computadora de escritorio de nuevo. Las laptops eran usualmente las preferidas de Edward. Ahorraban espacio.

Cuando el fondo de pantalla se encendió, de repente recordó su obsesión con Gillian Anderson, el Agente Scully de los X-Files. Había un collage, y no pudo negar el hecho que él mismo lo hizo.

Sacudiendo la cabeza con tristeza, Edward exploró los iconos de su escritorio, haciendo clic en sus carpetas. Porno. Descargas ilegales de música. Más porno. Napster. Tribus.

Everquest.

Curioso, dio doble clic en el icono del escudo azul, sintiendo la punzada de nostalgia cuando la presentación del juego se acercaba y sonaba la música, que una vez fue tan familiar.

—Hola, Arcanion —murmuró, tocando la pantalla con una sonrisa mientras los personajes aparecían. Había muchos, por supuesto, pero el premio, el principal, era un elfo bardo del bosque llamado Arcanion Di'Vir. A pesar de que pensaba que su obsesión por estos juegos era de risa, Edward no pudo evitar la alegría innata cuando puso la contraseña. Tantos buenos recuerdos.

Se dejó ir a las horas que lo pasaba jugando, intentando recordar el diseño de cada zona. Recordó estar riendo con Jasper cuando recolectaban grandes trenes o monstruos y luego los arrojaban a los novatos en Qeynos. ¿Cuántas veces habían tenido que bajar la voz para evitar meterse en problemas?

Un mensaje en la parte inferior de la pantalla se destacó, el fondo azul en lugar de blanco.

Meawene dice: ¡Arc! ¿Dónde has estado? Llegas tarde.

Los mensajes privados eran en azul, el chat del clan verde, el chat del grupo amarillo. Todo volvía a él. Y Meawene Di'Vir...

Elfo del bosque, y su, en el juego, esposa, si se acordaba correctamente. La había llevado a citas virtuales, remando en un bote hasta el centro de un lago lleno de monstruos y ofreciéndole flores con estadísticas en ellas. Se lo había propuesto en medio de una mazmorra, ofreciéndole un anillo que le había llevado un buen tiempo encontrarlo en la casa de subastas, sumando 6 a sus puntajes finales. Un matrimonio Everquest incluía una guía, en el ícono de ayuda, para cambiar uno o ambos de sus apellidos.

Hijo de puta, ¡soy un friki de mierda!

— ¿Edward? —La voz de su madre hizo que Edward saltara ligeramente en su asiento.

—Hola mamá —dijo sonriendo. La habría abrazado de nuevo excepto que probablemente la hubiera apretado demasiado fuerte. Ella ya estaba preocupada por lo trastornado que estuvo esta mañana. No la quería preocupar más con su extraño comportamiento.

Esme se sentó en su cama. Sus ojos se movieron a la pantalla del ordenador, y pudo ver su sonrisa tambalearse ligeramente. Automáticamente, su cabello se erizó e irracionalmente se puso a la defensiva.

Ignorando completamente la rabia que se estaba formando bajo la piel de Edward, Esme inocentemente preguntó. —Entonces, ¿tienes planes para este fin de semana?

~0~

Edward estaba a medio camino cruzando el pueblo cuando la ira se fue completamente. Gimió, su cabeza golpeó el volante con un audible pum, mientras se detenía en el semáforo.

Había peleado con su madre, enojado y gritando, una pelea que no tenía sentido, aunque él mismo la haya provocado.

Solo fue una pregunta inocente: ¿Tienes planes para este fin de semana? Algo que cualquier padre le preguntaría a su hijo. Demonios, cualquiera podía preguntar lo mismo. Sin embargo, Edward había explotado sin sentido. ¿Cuál era la diferencia en pasar el rato con sus amigos virtuales en lugar de los de carne y hueso? ¿Y que si no estaba interesado en practicar algún deporte en las canchas mojadas como los otros chicos? Ella solo pensó que debería ser más como Emmett, eso es todo. Emmett tenía un trabajo, pero solo porque quería tener un Jeep en lugar del auto que sus padres habían escogido, Edward estaba perfectamente con el Volvo. Su hermano mayor tenía una gran variedad de amigos, los cuales nunca se detenían y…

—Mierda mamá, no soy Emmett.

¡Ella nunca había mencionado a Emmett!

¿Qué demonios pasaba con él?

Pero ahora estaba atrapado, yendo a la fiesta de Royce porque le había dicho a su madre que iría. —Royce King me invitó a una fiesta. ¿Eso te haría feliz? ¡Bien! ¡Voy a salir con chicos reales y pretender que soy como un estúpido Backstreet Boy si eso hace que me dejes en paz!

Bajó por las escaleras y golpeó la puerta al salir antes de que ella pudiera articular una palabra en respuesta.

Así fue como Edward se encontró llegando a la casa de Royce. Suspiró. La casa de los padres de Royce entraba fácilmente dentro de las más grandes y ostentosas casas de Forks. No fue difícil recordar en dónde era, había pasado un buen tiempo de su adolescencia aquí ya que raramente los padres de Royce estaban en casa.

La puerta estaba abierta, así que Edward solo entró.

Le divirtió que Royce pudiera organizar este tipo de fiestas. Estaba honestamente sorprendido de que hubiese encontrado tanta gente para que viniera. El primer piso estaba completamente lleno de adolescentes. Había un montón de molidas y sacudidas entre ellos.

Edward caminó por la casa, asintiendo con la cabeza a la gente que lo saludaba e ignorando las miradas de quienes parecían sorprendidos que él estuviera aquí. Cuando encontró la sala, con la música innecesariamente fuerte, Edward se detuvo en seco ante la vista que le dio la bienvenida.

Al otro lado de la habitación, la chica nueva estaba presionada contra la esquina más alejada. Ella sostenía una botella de coca-cola como si fuera un arma que estaba a punto de usar con el hombre que se cernía sobre ella. James. Tenía una mano en cada pared, formando una jaula a su alrededor. Parecía ajeno al hecho de que la niña miraba a todo el mundo, como si ella hubiera atravesado la pared si eso significaba que podía escapar de él. Su mirada era dura, su lenguaje corporal rígido.

Los puños de Edward se cerraron a su lado, y un extraño sentimiento de protección lo estaba invadiendo. Empezó a moverse a través de la gente escuchando varios ¡Hey!, cuando al pasar derramaba sus bebidas. Qué es lo que iba a hacer, no lo sabía. Solo sabía que tenía que alejar a James de la chica.

—James —Edward dijo rudamente, su mano se apoyó en uno de los brazos del chico, obligándolo a bajar.

James miró sobre su hombro, su mirada molesta se convirtió en una sonrisa de satisfacción. — ¡Edward! Viniste, es genial. —Sus palabras eran inocentes pero el tono que usó y el brillo en sus ojos hizo que Edward se pusiera en guardia automáticamente. Algo de su instinto le dijo que James estaba planeando algo aunque no lo podía descifrar.

Pero sus pensamientos se perdieron cuando la chica realmente se irritó, se encontró con unos ojos intimidadores. De color marrón oscuro. Cálidos, incluso cuando estaban enojados. Estaba cautivado.

Ella estaba furiosa. —Oh, el club de idiotas. Eso es lindo —murmuró ella, mirándolo directamente—. Por favor, perdónenme. Los dejo para que tenga su reunión en paz.

Con eso, ella se deslizó por debajo del brazo de James y se abrió paso en la multitud. Edward la miró suficiente tiempo para ver que se encontraba con un chico que seguramente era de la reserva.

La sonrisa sarcástica de James lo trajo de vuelta. —Pequeña puta estirada —murmuró—. ¿Viste que trajo su propia bebida? —bufó.

—Eso pasa cuando eres hija del jefe de policía, supongo —comentó otra voz. Royce—. No te metas con ella, hombre. Ella va a correr a casa y decirle a papá sobre el alcohol. Hablando de eso —dijo lanzando un brazo alrededor de James y otro en torno a Edward—. Vamos. Las cervezas se están calentando.

El paso de Edward vaciló ante la palabra cerveza.

Bueno, debería haber esperado que hubiera grandes cantidades de alcohol en esta fiesta. Conocía a Royce y James. Y no era como si él no hubiera estado en situaciones donde el alcohol estuviera presente en un entorno social. Con frecuencia tenía que comer y beber con potenciales inversores y socios comerciales.

Por otra parte, ¿no se había botado del tren la noche anterior?

Pero antes de que pudiera pensar con claridad, James puso un vaso de plástico lleno en la mano y lo empujó en el sofá junto a...

—Hola, Rosalie. —Saludó, su voz demasiado nerviosa para su gusto.

Ella ni siquiera lo reconoció, en su lugar miró a Royce que le tendía una copa. —Esa es una cerveza —dijo Rosalie, mirando la copa en la mano como si le estuviera ofreciendo un sapo en vez de una bebida.

Sus ojos se estrecharon, y por un momento pareció peligroso. Edward sintió el impulso desconocido de ponerse delante de Rosalie. Pero entonces, su mueca se suavizó y sonrió. —Mi error. Ya vuelvo.

James fue tras él, dejando a Edward a solas con Rosalie en el sofá.

La rubia se aclaró la garganta, poniendo una sonrisa falsa. —Así que... uh, ¿Emmett está por aquí?

Edward frunció el ceño, confundido por la pregunta por un momento. ¿Cómo demonios iba a saber lo que Emmett estaba haciendo? Por enésima vez ese día, tuvo que volver a enmarcar su proceso de pensamiento para que coincidiese con su entorno. Emmett vivía en la misma casa que él. Era razonable que supiera lo que su hermano estaba haciendo.

Se preguntó de repente si su hermano sabía lo que él estaba haciendo...

—Él no está aquí. —Ridículo, su voz temblaba. Sus palmas estaban húmedas. Los nervios, reconoció. Era muy consciente de que estaba sentado junto a una de las chicas más populares del instituto. Todos lo estaban mirando.

Rosalie se miró las manos y tomó otro sorbo lentamente. —Hmmm —dijo en tono despreocupado. Ella se apartó el cabello, mirando alrededor de la habitación—. ¿Entonces qué está mal con el Jeep?

Una vez más, Edward tuvo que analizar para averiguar de lo que estaba hablando. Claro, habían conducido a la escuela en el Volvo de Edward pero Emmett tenía un Jeep. Empezaba a pensar que Emmett se estaba convirtiendo en un dolor en el culo, pero probablemente había más que eso. —Uh, ¿creo que se dañó?

Sus labios se torcieron molestos, Rosalie finalmente lo miró. —Bueno, no, Sherlock. Quiero decir, ¿qué está mal en el Jeep?

—Como si me importara un carajo —Edward espetó.

Rosalie levantó una ceja impecablemente esculpida. Abrió la boca para replicar, pero Royce estaba de vuelta. Se sentó junto a ella otra vez, forzando a su cuerpo a aplastarse en contra del de Edward. Cuando de forma automática intentó detenerla, terminó con una mano sobre su seno.

— ¡Lo siento! —dijo rápidamente. Levantó la cerveza a sus labios, ni siquiera pensó en otra cosa para domesticar a los pensamientos lujuriosos y la risa nerviosa que amenazaba con desbordarse. Ya casi se la terminaba, distraído por las hormonas adolescentes, no se dio cuenta de lo que había hecho.

Mierda.

La cerveza nunca había sido su preferida. Sin duda no era la bebida que le había metido en problemas. Pero él era un maldito alcohólico. Limpio y sobrio era totalmente diferente.

Pero no había sido un alcohólico cuando tenía 17 años. Su cuerpo no era adicto.

—Maldita sea, muchacho. —Rió James, golpeando la espalda de Edward—. Y yo que pensaba que estábamos corrompiendo un alma inocente. Ni siquiera te inmutaste.

—No es tu primer trago, ¿eh? —Royce se rió.

Edward hizo una mueca. —No exactamente.

James puso otra copa en su mano. —Brindemos por eso.

~0~

Mierda.

Edward gimió cuando se movió, un intenso y muy familiar mareo lo desorientaba mientras trataba de averiguar dónde estaba... y qué hora era de una vez.

Era de noche, y lo poco que podía ver era borroso. Necesitaba sus lentes... mientras los buscaba, sus manos encontraron mantas, mantas y... piel... cabello.

Qué. Mierdas. Pasó.

Pequeños flashes vinieron a él, no los más borrosos, eran como los recuerdos que tenía en su vida original, pero las escenas eran más recientes. La conversación se tornó lasciva mientras hablaba con los otros dos chicos y Rosalie. Pelo rubio en su rostro, y un maravilloso olor femenino. Alguien moliéndose en su regazo, haciendo que su polla se aplastara en contra de sus vaqueros. Manos torpes sobre suave y desnuda carne. Las imágenes eran nítidas en algunos aspectos, en el fondo no eran tan confusas, solo desenfocadas.

Debido a que había estado borracho cuando se produjeron originalmente, Edward se dio cuenta, mientras frotaba sus ojos, que todavía estaba borracho.

Sus pensamientos eran pesados. No estaba totalmente despierto, pero sí lo suficientemente consciente para sentir como la vergüenza y la culpa se apoderaba de él. Tomó toda la energía que le quedaba para concentrarse, entrecerrando los ojos lo suficiente para ver el rostro de la persona, una mujer, profundamente dormida y desnuda junto a él.

Rosalie Hale.

Mierda.

Fue el último pensamiento que tuvo antes de que la negrura lo llevara de nuevo.