Advertencias: Como cuando las parejas secundarias acaban teniendo más momentos que la principal, lol.
4. La ceguera de los justos.
Estaba en la calle, sentada sobre un muro, con una pierna colgando en el aire y la otra apoyada en la piedra. El móvil estaba pegado a su oreja mientras ella refunfuñaba. Corría un viento helado que movía su larga melena suelta de un lado para otro. El tiempo llevaba días empeorando.
—¿P-p-por qué t-tengo que protegerlo a-a é-él? —preguntó Fukawa Touko con voz infantil.
—Fukawa… —suspiró Komaru—. Ha sido decidido de manera aleatoria. No tienen nada personal contra ti. Piensa en el lado positivo. Togami también está incluido en el paquete —una parte de Komaru tenía la esperanza de que la mención del rubio millonario calmaría a la escritora. Se equivocó.
—¡E-ese es el p-problema! —exclamó la novelista—. ¡N-no puedo proteger a-a-adecuadamente al maestro s-si tengo que cuidar de e-esa b-babosa c-cobarde de Mitarai!
Fukawa escuchó el suspiro de Komaru a través del teléfono. Ella sabía que estaba acabando con la paciencia de la otra mujer.
Le dio igual.
—Fukawa… yo no tengo ningún poder de decisión en este tema…
—¡Pero Naegi…! —interrumpió bruscamente Touko.
—No. Esa clase de favoritismos arruinarían su reputación y lo sabes. No voy a hablar con él para que lo cambie. Además, estáis en la misma División que Kirigiri los dos. No te preocupes tanto. No creo que el chico ronde demasiado a Togami —por lo poco que Komaru había oído de Mitarai parecía el tipo de chico que Togami se comería (no literalmente)—. Así que no tendrás que comerte la cabeza sobre a cuál proteger si estáis en problemas.
—Protegería al maestro —replicó Fukawa con convicción.
Aunque ambas sabían que no sería tan fácil para Fukawa el simplemente dejar morir al otro si algo malo sucedía.
—Todo saldrá bien. Es algo temporal, Fukawa —intentó calmarla—. Además, Naegi dijo que probablemente irían rotando hasta encontrar la distribución ideal.
—Y-ya lo sé. Es so-solo que… —Fukawa se mordió el labio inferior, jugó con un mechón de su cabello moreno.
—¿Qué?
—El maestro está preocupado por a-algo. Aun no m-me dice que es pe-pero lo no-noto —reconoció—. Kirigiri tampoco está como siempre —añadió—. Hay algo m-malo en el ambiente de e-este lugar.
—Estás pensando demasiado. Todos estamos preocupados, Fukawa. Parecía que por fin estábamos ganando y ahora… ahora tenemos que volver a empezar —la voz de Komaru sonaba apesadumbrada—. ¡Pero ganaremos! ¡Sé que lo haremos!
—Y-ya suenas otra v-vez como Naegi —comentó la novelista en respuesta.
—¿Uh? ¿Por qué lo dices como si fuera algo malo?
Fukawa colgó.
Era mejor no responder esa pregunta.
No cuando se trataba de Komaru.
Emitió un largo suspiro de cansancio y miró fijamente el teléfono móvil entre sus dedos. Detuvo el movimiento de su pierna y se quedó callada por un buen rato con una pequeña sonrisa en los labios.
—Gracias por escucharme —murmuró en voz baja.
Era agradable saber que siempre había alguien con quien podía contar.
Ella sabía que las cosas no iban bien, es decir, las cosas en el mundo no iban nada bien pero era su División la que estaba cambiando desde dentro y, aun así, no hizo nada. No informó de la situación, no se lo dijo a Naegi, tampoco lo discutió con Togami (sería una pérdida de tiempo pues seguramente él también se había dado cuenta ya de lo que estaba pasando y estaba actuando de la misma forma que ella). Simplemente contempló en silencio como todo se desarrollaba. Esperando, orando por el momento en el que pudieran descubrir algo. Porque aquella era la primera pista real que tenían en semanas y pensaba aferrarse a ella con uñas y dientes.
Kirigiri Kyoko sabía que estaba siendo imprudente.
Pero ella era una detective.
(Y…)
Oh, la culpabilidad.
Cuando las personas actuaban dejándose llevar por ella las cosas generalmente siempre iban mal.
—Estás muy ausente, ¿sucede algo? —la voz de Naegi la sacó bruscamente de sus pensamientos. Miró la pantalla del ordenador. Naegi siempre prefería comunicarse de ese modo antes que por simples llamadas telefónicas. Decía que verla aunque fuera así recargaba todas sus fuerzas. Ese idiota… Kirigiri esbozó apenas un intento de sonrisa.
—Pensaba en todo y en nada a la vez —respondió ella—. Me gustaría que todo esto terminara de una vez —confesó.
—A mí también. Me… —dudó— gustaría que estuvieras aquí pero supongo que por el momento es mejor así —carraspeó. Kirigiri lo entendía. Nunca sucedía nada bueno cuando demasiados de ellos se reunían juntos en un solo lugar. No podían arriesgarse a perder a todo el mundo de golpe de nuevo.
—Lo sé… solo siento que todo esto esté pasando justo cuando parecía que podríamos empezar a reconstruir lo que habíamos perdido —y el sueño de Naegi… ella quería verlo cumplido. Lo quería tanto que… era capaz de darlo todo por él.
—Las cosas que se han dado así —contestó el muchacho de cabellos castaños con una sonrisa triste en los labios—. Pero algún día lograremos que todo vuelva a la normalidad y entonces… —entonces podrían mirar al futuro y permitirse soñar.
—Encontraremos el modo de acabar con todo esto, Naegi. No te preocupes —susurró la mujer de cabellos violetas.
—¡Claro! ¡Confío plenamente en ti y en Togami! —pareció dudar unos segundos antes de continuar hablando—. Duerme bien, Kirigiri.
Ella asintió en silencio y continuó mirando la pantalla incluso cuando la imagen de Naegi ya se había desvanecido. La apagó tras unos segundos y colocó su enguantada mano sobre el lugar en el que segundos antes había estado la figura del castaño.
A veces no sabía si era más difícil lidiar con la esperanza o con el sentimiento de culpa.
La habitación estaba iluminada tenuemente por un par de velas produciendo una sensación de intimidad que tanto Ruruka como Sonosuke encontraban agradable. No estaban exactamente debajo de la tierra pero Damocles tenía unos horarios estrictos sobre el uso de la electricidad y estaban dentro de las horas en las que la electricidad era cortada. Los recursos eran escasos en la era actual y no podían permitirse el lujo de desperdiciarlos.
—¿Entonces cuál es el plan? —preguntó Ruruka mientras partía una galleta por la mitad. Se comió una de las partes y le dio la otra a Izayoi que se la comió sin rechistar. A Ruruka le molestaba la idea de que Izayoi se marchara sin ella pero a ver quién era el guapo que se atrevía a contradecir a Hécate o a insinuar que se equivocaba en sus estrategias.
—Atacar la decimocuarta División —respondió el rubio—. Capturar o matar a Togami y Kirigiri si las cosas se complican y después regresar.
—¿Por qué tanto interés en ellos? ¿Realmente creen que esos mocosos son tan peligrosos?
—En parte. Aunque yo más bien diría que se trata de sacar a Naegii Makoto a la luz para poder acabar con él o algo así les oí comentar —Izayoi se removió un poco pues buscaba una postura cómoda en las piernas de su novia.
Debido al Orden habían vuelto a su dinámica anterior al juego sin solucionar el problema que se ocultaba tras la niebla, ¿para qué molestarse? La situación actual les traía paz. Remover la mierda sería algo que haría alguien que buscaba el Caos y ninguno de ellos tenía intención de provocarle dolor al otro. No más del que ya le habían causado.
Se necesitaban.
Se querían.
Aunque la sombra de la traición aún se ocultase tras sus espaldas.
—No entiendo la obsesión que tiene todo el mundo con ese inútil. ¡Meh! —partió otra galleta por la mitad. Izayoi abrió la boca para recibir de nuevo el dulce y masticó en silencio antes de tragar cuando fue colocado en su boca.
—Irrelevante. Damocles lo quiere muerto así que muerto tendrá que estar —se encogió de hombros tras decir aquellas palabras tan sentenciosas.
—¿Cuándo vais a atacar a la decimocuarta? —preguntó curiosa. Estaba pensando seriamente en prepararles un pastel para cuando regresaran. Obviamente tendría que lidiar con la presencia de Kimura pero si ella no quería comer de sus deliciosos dulces era su maldito problema. Izayoi y los demás lo disfrutarían.
—Mañana por la noche —respondió—. Hécate dijo que nuestros nuevos agentes están ya dispuestos y en funcionamiento —explicó. Ninguno de ellos estaba demasiado interesado en el tema. Solo necesitaban saber que tenían aliados que harían sus misiones más fáciles, ¿cómo eran introducidos? A ninguno le importaba.
—Mantente a salvo —murmuró de repente la mujer. El rubio se incorporó un poco para poder besar los labios de Ando. Su boca sabía a azúcar y algo de vainilla.
—Vivo para protegerte, Ruruka —le recordó él. En su expresión había una calma que parecía inhumana.
Algo dentro de Ruruka Ando se agitó con fuerza pero se fue tan rápido que apenas tuvo tiempo de asimilarlo.
El Orden no dejó rastro de ese sentimiento.
Dejó caer el ramo de flores sobre la tumba sin ningún tipo de cuidado. Los pétalos se desparramaron por la tierra y el viento helado los atrajo hacia la lápida. El nombre de Yukizome Chisa aún se leía con claridad en ella. Una tumba demasiado limpia. Una vida arrancada demasiado pronto. Había sido una flor demasiado hermosa, una que la mano del hombre no había dudado en arrancar de la tierra para dejarla morir lentamente fuera de su hábitat.
Sakakura sonrió con desdén.
Chisa había muerto mucho antes de que su cuerpo dejase de respirar.
—Me perdí tu funeral. Espero que todo estuviera a tu gusto. Siento no haber venido antes. Las cosas se torcieron… un poco —le explicó a la lápida gris—. ¡Pero, hey, no me he olvidado de ti! Nunca podría hacerlo. Fuiste una gran amiga… dejando de lado todo el tema ese de que te volvieron loca y te pusiste a matar a aquellos a los que se suponía que teníamos que proteger, claro. Aunque no fue tu culpa, no estoy enfadado, claro que no estoy enfadado, ¿quién coño culparía a alguien a quien le han lavado el cerebro? Ya sé, ya sé, nosotros lo hacíamos pero no sabíamos cómo funcionaba entonces, ¿recuerdas? Ellos lo iniciaron, supusimos que ellos sí actuaban bajo su libre albedrío. Esos mocosos…
Que idiotas habían sido.
—¿Ha venido a verte ya? —se quedó callado mirando las flores. Las suyas eran las únicas que había sobre la tumba de Yukizome—. No… no es su estilo, ¿verdad? Probablemente no quería hacerlo hasta acabar con la Desesperación y, ¡pum! Ahora va a tardar aún más. No se pueden retrasar ese tipo de cosas, ¿no crees? Mira como hemos terminado todos por retrasar lo inevitable. Tú moriste sin que él se te declarara formalmente, él lo ha perdido todo y yo… yo supongo que yo también lo he perdido todo, ¿no? Al final mi muerte no tuvo ningún valor. No he pagado mis deudas —sonrió—. Estoy en números rojos, Yukizome y el número no para de aumentar —volvió a callar. Era bien temprano en la madrugada y no había ni un alma más que él en aquel lugar—. ¿Qué deprimente, verdad? ¡Murió quien merecía salvación y fue salvado quien merecía morir!
Pero nunca se pudo decir que la vida fuera justa.
—¿Estás enfadada conmigo? Entendería que lo estuvieras. No podría culparte. También te mentí a ti. Si hubiera tenido alguna posibilidad creo que… creo que habría luchado por él —confesó. Cerró los ojos al sentir el aire gélido acariciar sus ahora cenicientos cabellos. Aun no se acostumbraba a su nuevo aspecto. Mirarse en el espejo se había convertido en un pequeño suplicio—. ¿Pero quién coño puede luchar contra la mujer perfecta? Quita esa cara, mujer tonta. Nunca podría odiarte. Fue culpa mía enamorarme de él. Soy el responsable de mi propio sufrimiento. Siempre lo supe. Ahora estoy bien. Ya no me duele. Ya no.
Nada le dolía.
Nada le perturbaba.
Aunque ahora odiaba más a Tengan que a nadie.
Aunque le resentía el hecho de que Munakata le hubiera asesinado por un engaño y no por el descubrimiento de la verdadera traición. "¡Mátame por los motivos adecuados al menos, idiota!" Era algo que quería gritarle.
Pero nada de eso importaba ya. Ningún sentimiento que tuviera era tan intenso como antes.
Solo uno permanecía en pie.
Imperturbable al velo al que eran sometidos todos los demás.
—Cuida de él desde donde quiera que estés, ¿vale? Lo va a necesitar —pidió con una suavidad en su voz impropia de la persona que había sido. De la persona que era.
Él ya no podía hacerlo.
Ni siquiera estaba seguro de como reaccionaria al verlo.
Las nubes empezaron a tapar el sol de la madrugada.
Togami Byakuya consideraba que tenía una paciencia cuyo límite estaba dentro de lo aceptable pero es que a veces parecía que Naegi buscaba agotársela. Solo eso explicaría que hubiera decidido mandarles a ellos a esa panda de incompetentes. De acuerdo, Fukawa no era una incompetente pero era su potencial asesina si estornudaba cuando se encontraban a solas. Al menos ya había dejado atrás su problema con la sangre y el corazón de Byakuya lo agradecía infinitamente.
—Así que… a partir de ahora estaréis pululando por aquí —dijo lentamente mientras sus ojos azules analizaban a las dos personas frente a él. Se cruzó de piernas mientras permaneció sentado en la silla del laboratorio de la decimocuarta División.
Fukawa parecía tan emocionada como siempre que él se encontraba en la ecuación mientras que el chico… dioses, ¿por qué Naegi le había dejado al cargo de Mitarai? No es que creyese que su habilidad era inútil. De hecho, en las manos adecuadas podría haber sido extremadamente útil pero las personalidades como la suya tan… sumisas le sacaban de quicio. Era incapaz de entender actitudes como la suya pese a ser alguien que dominaba y al que le gustaba dominar. Le gustaba la gente que era sumisa pero no la que lo parecía. Era una incoherencia curiosa en su cerebro.
—¡M-maestro…! —empezó la novelista. Togami alzó una mano para callarla.
—Está bien… de acuerdo, solo no os metáis demasiado en mis investigaciones. Si veo que hay algo roto que no debería estar roto sabré que habéis sido vosotros —advirtió. A esas alturas poco podía hacer ya. La decisión estaba tomada y ellos dos allí en la decimocuarta. Togami no tenía por costumbre llorar sobre la leche derramada. Lo que si tenía por (mala) costumbre era vengarse así que Naegi ya podía rezarle a todos sus ancestros.
—Esto… yo… —Mitarai carraspeó—. Me gustaría hablar con Kirigiri si no es… molestia.
Togami le indicó donde podría encontrarla. Kirigiri por lo general permanecía en el otro edificio cosa que agradecía. No es que se llevara mal con ella (de hecho era probablemente con quien mejor se llegaba) pero no dejaba de ser alguien con quien cuyas opiniones chocaba constantemente. Aspiró profundamente y miró al problema número dos (o en realidad podría llamarlo el problema número uno).
Fukawa Touko.
No podía negar que ella había cambiado un poco a mejor y eso le alegraba (ligeramente).
No es que disfrutase siendo cruel con ella pero tampoco disfrutaba de su compañía en la mayoría de las ocasiones por no hablar del tema de la genocida. Aunque pareciera mentira Togami Byakuya apreciaba su propia vida lo suficiente como para querer mantener las distancias. En su cabeza lo ideal sería poder librarse de aquel pequeño problema que representaba la otra personalidad de Touko, sin embargo, dada la situación del mundo era una decisión arriesgada.
—¿S-sucede al-algo, maestro? —preguntó Fukawa mientras jugaba con un mechón de su cabello. El rubio rodó los ojos y emitió un lento suspiro.
—Quizá en el futuro —murmuró para sí. Touko le miró confusa y él simplemente negó con la cabeza.
Quizá cuando todo terminara podrían ser amigos pero por el momento la situación era demasiado critica como para que entretuviera su mente en semejantes problemáticas absurdas. Las relaciones humanas eran terriblemente complicadas y problemáticas cuando los demás no le obedecían al cien por cien o esperaban algo de él.
Y el mundo estaba en peligro.
Era obvia cual debía ser su prioridad.
Aunque eso le dejase solo al final no le importaba.
Tampoco es como si él necesitase realmente a alguien.
NdA: Se acercan los problemas y no diré nada más porque en el fondo soy una mala persona :)
Nos leemos.
PD: Felices fiestas.
