Advertencias: Ups (?)
5. Réquiem a los soñadores.
Llovía.
Oían el sonido de la lluvia como si les estuviera cayendo encima a pesar de estar resguardados dentro del edificio. Kirigiri Kyoko se encontró a sí misma disfrutando del sonido, de la sensación de falsa paz que le provocaba el correr del agua y de los viejos recuerdos que aquel sonido le traía a la cabeza. Una chimenea, una taza de chocolate. Su padre. No solía pensar en él. No demasiado. Eran demasiadas las cosas que se habían quedado pendientes entre ellos y recordarle nunca la aliviaba.
—¿Crees que nos estamos equivocando? —fue ella la que le hizo la pregunta a él. Fue ella la que giró su rostro, separándolo de la ventana para mirar la esbelta figura de Togami. El millonario le devolvió la mirada.
—No lo sabremos hasta que algo suceda —respondió el rubio midiendo con cuidado cada una de sus palabras—. ¿Quién sabe? Hemos… evitado la muerte directa en demasiadas ocasiones y seguimos metiéndonos en la boca del lobo. Por pura estadística algún día dejaremos de salir victoriosos.
—Así que somos ese tipo de personas a las que se le sube el poder a la cabeza. Solo que con nosotros es nuestra supervivencia, ¿uh?
—Sentirnos invencibles, inmortales, es casi natural cuando una y otra vez la muerte nos pone la pistola en la nuca pero al final se desvía el disparo por milímetros. Pero no lo somos, Kirigiri, somos tan mortales como todos y no deberíamos olvidarlo —concedió.
¿Entonces por qué ninguno de ellos cogía el teléfono y hacía la llamada?
¿Por qué creían que podían salvar al mundo solo ellos dos?
¿Desesperación?
¿Prepotencia?
Kirigiri Kyoko cerró los ojos. Escuchó la puerta de la habitación abrirse y volver a cerrarse. Supuso que Togami se había marchado. Supo que él tampoco iba a mover un dedo para alertar a quienes debían ser alertados.
Y esperó.
Llovía.
Como popularmente se decía, llovía a mares. Llovía tanto que si no se cubrían pronto acabarían calados hasta los huesos.
Al menos los uniformes eran ligeros y cómodos aunque tuvieran exactamente el mismo diseño (obviando las tallas). Correspondía a su rango. Como en un ejército los agentes del Orden (los que no eran dobles) habían empezado a llevar todos el mismo uniforme y como en un ejército ellos que se correspondían con un rango superior debían distinguirse de los soldados rasos. Izayoi lo encontraba pérfido pero así era el Orden establecido por Damocles y él no iba a cuestionarlo.
—Matad a todo el que os vea —ordenó Hécate sin titubear—. Que no den la alarma.
—Y no os preocupéis por la sangre —añadió de repente Kizakura—. El negro disimula muy bien esas manchas.
Hécate rodó los ojos, Izayoi escondió el rostro y Sakakura sonrió de lado.
—Conocéis los planos del lugar —continuó la mujer—. Tenéis la información necesaria. Conocéis los puestos de acceso y quienes van a ayudarnos —Hécate los miró—. Aquí nos separamos en dos grupos. Izayoi y yo buscaremos en el edificio de la derecha dónde presumiblemente se encuentra Togami, vosotros dos os encargareis de Kirigiri. Recordad que no pueden huir de aquí con vida. Si no es posible efectuar la captura tendréis que recurrir a la eliminación de los objetivos, ¿ha quedado claro?
Nadie replicó, todos ellos asintieron y finalmente las cosas se pusieron en marcha.
—¿Estás segura de que es buena idea? —preguntó Sonosuke al cabo de unos minutos de la separación del grupo—. Poner a esos dos en el mismo equipo.
—Puede que parezca sorprendente —aclaró lacónica— pero su coordinación les hace un equipo mortalmente efectivo. Confió en que sabrán comportarse por el bien de la misión.
—Pero, ¿por qué mandar a Kizakura tras Kirigiri? ¿No lo complicará…? —no es que hubiera prestado demasiada atención a la explicación de Damocles sobre todo lo que había pasado pero recordaba aquello porque aún estaba escuchando cuando lo contó (dejó de prestar atención cuando se enteró de cómo había muerto Ruruka).
—La captura es prioritaria —le recordó Hécate—. Si lo fuera el asesinato ten por seguro que tú habrías ido en su lugar. Kizakura evitará que Sakakura quiera terminar las cosas demasiado rápido. No te preocupes, Izayoi. Salvo incidencias todo está pensando al milímetro. Solo tendremos problemas si interviniesen factores externos de los que no hemos sido informados y aun así tengo algún que otro as bajo la manga —explicó más paciente de lo que alguien hubiera podido creer que era dada su actitud generalmente apática.
Izayoi y Hécate formaron un equipo rápido, mortífero y letal. Con la ayuda de los agentes dobles que habían introducido en la decimocuarta (agentes que técnicamente aún pertenecían a la Fundación, era lo… divertido del Orden) no tuvieron demasiadas resistencias a las que enfrentarse salvo aquellos guardias que no habían sido afectados por el Orden. Izayoi nunca había sido especialmente escrupuloso a la hora de matar. Ni siquiera cuando había estado en la Fundación. Para él, proteger a Ruruka siempre había sido su más absoluta prioridad y el resto del mundo podía irse al cuerno si era necesario.
Él la hubiera seguido en la Desesperación, en el Orden o en la Esperanza.
Le daba igual si la gente no lo entendía o lo consideraba demente.
Ese era su tipo de amor.
Leal.
Más allá de la muerte.
La instalación de la decimocuarta División era una de las más grandes. Estaba dividida en dos edificios de varias plantas cada uno. Sonosuke sabía que el edificio en el que estaban tenía un sótano pero no creía que Togami estuviera allí. De hecho, no sabía de quien fue la brillante idea de construir semejante instalación cerca de un acantilado. Si un grupo de desesperados lo suficientemente grande los hubiera atacado se habrían encontrado entre la espada y la pared.
Él suponía que tenía que ver con los generadores y el mar pero aun así le parecía una apuesta demasiado arriesgada. Una trampa para ratones. Jamás habría permitido que Ruruka se quedase allí ni una noche. Izayoi aspiró el aire húmedo que se respiraba allí dentro, los pasillos estaban en su mayoría a oscuras por el ahorro energético así que sus emboscadas terminaron resultando exitosas en la totalidad de ellas. La desesperación por lo general nunca se mostraba tan organizada.
—¿Realmente crees que estará en los laboratorios? —preguntó el rubio cuando se dio cuenta del rumbo que estaban tomando—. ¿No sería mejor probar en los dormitorios a estas horas?
¿Realmente Togami Byakuya estaría aún despierto investigando? No conocía al chico lo suficiente como para saberlo. Cuando sus cuerpos bajaron lo suficiente Hécate hizo un gesto con la mano para que guardara silencio y esperó muy quieta varios minutos. Izayoi no movió un solo músculo de su cuerpo al ver el gesto, al percibir su concentración.
—No está solo —informó y a él no le quedó más remedio que asentir. Porque él también había escuchado el crujido de los pasos, las voces demasiado altas. Dos personas. Togami y por lo que le indicaba su voz aguda una mujer a la que parecía estar regañando. ¿Una ayudante? No, por la información de la que disponían era más probable que se tratase de Fukawa Touko pero, ¿qué hacía ella allí? ¿No debería estar en la División en la que se encontraba Naegi Komaru?
—Bienvenidos sean los problemáticos factores externos —murmuró Hécate sarcástica a lo que Izayoi no pudo más que sonreír con sorna.
Debían andarse con cuidado, lo sabía, ¿y si había un tercer integrante que no se estaba moviendo o peor, más de uno? Preparó sus armas con cuidado pues no quería hacer el ruido suficiente como para alarmar a sus presas y, sin embargo, a pesar de sus cuidadosos movimientos Hécate hizo algo que el hombre no habría esperado ni en un millón de años.
Ella abrió la puerta de una patada y entró en el laboratorio.
Fue raro. Nunca la había visto atacar de frente. La mujer morena era rápida y letal lo cual la hacía preferir los ataques sorpresa, la hacía mortal durante ellos. Izayoi había visto ya lo suficiente su forma de pelear como para haberlo asimilado. Aún con eso, no tardó en seguirla para cubrir su espalda. Sería problemático que algo le sucediera.
—¿Qué demonios? —las luces estaban encendidas allí en el laboratorio, la sala era amplia y estaba prácticamente vacía salvo por un enorme ordenador y dos alargadas mesas (con sus respectivos taburetes alrededor). Fue Togami el que habló y era, efectivamente, Fukawa Touko quien lo acompañaba. Una agradable sorpresa le recorrió el cuerpo cuando se percató de que estaban solos. Un problema menos.
Analizó todo lo que se encontraba a su alrededor y entonces se percató del líquido verdoso en el suelo así como de los pequeños frascos rotos que lo rodeaban. Sonosuke supuso que de ello derivaba la discusión que él y Hécate habían escuchado.
Irrelevante; pensó.
Los pequeños detalles como esos no afectaban al acontecimiento que iba a suceder. Hécate se movió lentamente, colocó una mano sobre su delgada cadera y señaló a Togami con la mano con la que sostenía su blanco yoyo (era diestra).
—Togami Byakuya. Has sido calificado como una amenaza de rango A para nuestra Orden —explicó apática la mujer morena. Por un segundo, sus ojos ambarinos parecieron refulgir bajo el manto de la luz del laboratorio—. Acompáñanos o muere.
—¿¡Ah!? ¡Y un cuerno que voy a dejar que l-le pongas una mano encima, zorra! —exclamó la novelista en cuanto escuchó la amenaza.
Togami no tuvo tiempo a reaccionar. Ni siquiera pudo hacer el ademán de detenerla. Touko atacó a Hécate y así fue como se desató la tormenta. No fue un dos contra uno, al menos, Izayoi vigilaba a Togami mientras este parecía analizar la situación que se presentaba ante sus narices buscando una salida.
En el pasado, Izayoi probablemente lo habría sentido por él. En aquellos momentos, lo único que ansiaba era completar exitosamente la misión. El deseo era un picor molesto bajo la nuca. Una ansiedad silenciosa que no debería estar ahí y que se iría cuando todo terminara. Se forzó así mismo a concentrar su atención en la pelea que se estaba desarrollando frente a él.
Aunque Sonosuke conocía la existencia de Fukawa Touko (y la de su pequeño problema) por su anterior rango en la Fundación jamás la había visto luchar. Y, debía reconocer, lo hacía bien. Esquivaba cuando era conveniente, bloqueaba cuando era necesario e incluso en un par de ocasiones había conseguido desestabilizar a Hécate. Heridas superficiales recorrían el cuerpo de ambas mujeres y la sangre apenas manchaba el suelo. La impaciencia lo comía por dentro pero sabía que apartar su mirada de Togami para luchar y terminar aquel baile volvería la batalla caótica. La prioridad era atrapar a Togami pese a que Izayoi estaba seguro de que las cosas se torcían le mataría antes de que llegara a la puerta.
Aunque le costase la vida.
Fue entonces cuando escuchó la explosión que pareció hacer que incluso los cimientos del edificio se tambalearan. Maldijo en voz baja sabiendo que el problema debía haber sucedido con el otro grupo. No tuvo tiempo de preocuparse por ellos. Hubo un destello cegador y un chasquido sonoro. Cuando Sonosuke pudo volver a abrir los ojos vio el yoyo de Hécate partido en dos. La mujer de piel oscura había empezado a esquivar los ataques que Fukawa había empezado a lanzar sobre ella y casi parecía que la novelista había recibido una inyección de adrenalina mientras que los movimientos de la otra mujer eran cada vez más lentos.
Una parte de él le exigió que interviniera antes de que fuera tarde. La otra se quedó congelada al ver a Togami. El rubio le estaba mirando fijamente y había algo en él que le resultaba terriblemente familiar. Entonces Byakuya hizo un ademán con la mano para que se mantuviera al margen. Un gesto que él conocía demasiado bien. Lo había visto muchas veces desde que estaba en el Orden.
Y todo sucedió demasiado deprisa para que su afectada visión fuera capaz de captarlo a la perfección, sin embargo, fue testigo del momento en el que Fukawa incrustó unas tijeras en el costado de Hécate y ésta cayó de rodillas al suelo. Togami gritó.
—¡Fukawa! ¡La necesitamos viva! —exclamó. El millonario corrió hacia Touko y le sujetó con una mano la cintura en lo que en un principio parecía un intento de separarla del cuerpo que se aferraba con fuerza a las tijeras que estaban en su costado.
—¡Maestro…! —atinó a exclamar ella con sus ojos abiertos de par en par antes de que Togami Byakuya le desgarra la garganta con un kunai que el herrero reconoció como suyo.
Solo que no era él quien lo sostenía.
Solo que no era Togami Byakuya tampoco el que lo hacía.
Le costó varios parpadeos y un intenso frotamiento en sus parpados el poder ver la verdadera escena. Hécate sostenía el cuerpo sin vida de Fukawa Touko entre sus brazos mientras que Togami se sujetaba el costado con sus ahora ensangrentadas manos debido a unas tijeras que estaban incrustadas en su costado. Izayoi lo entendió de golpe.
—Fukawa… —Sonosuke escuchó como el millonario susurraba el nombre de la mujer asesinada mientras él solo podía contemplar el yoyo roto en el suelo. Entre el plástico destrozado había un pequeño cristal circular. El hombre tragó saliva.
—La hipnotizadora definitiva —murmuró.
Desde que la conoció supo que era una mujer peligrosa.
Pero solo entonces comprendió el verdadero terror que representaba esa mujer.
Para Kizakura Koichi descubrir que Mitarai estaba con Kirigiri fue dos cosas. Una maldición y… una bendición. No era la primera vez que se veía obligado a hacer algo horrible. En un mundo lleno de Desesperación el asesinato como método de protección se había extendido hasta volverse una constante. Y no era la primera vez que incluso tenía que acabar con agentes de la esperanza con tal de proteger aquello por lo que daría su vida una y otra vez.
Cazarles no había sido nada sencillo. El edificio estaba lo suficientemente protegido como para que ni todos sus agentes hubieran podido desactivar todas las malditas trampas y mecanismos de defensa (parecía que habían aprendido algo de la última vez). Al final, habían terminado en el maldito túnel subterráneo mientras jugaban al gato y al ratón. Una pena para los ratones que el final del túnel llevara directamente al precipicio del acantilado. Recordaba haber dicho algo ingenioso al respecto.
Ahora sus manos estaban manchadas con la sangre del joven Mitarai mientras Sakakura acorralaba a su protegida. Sus manos sostenían el teléfono móvil del muchacho con demasiada fuerza.
Él sabía que no iba a durar mucho aquel ramalazo de cordura que el video había provocado. Kizakura sabía que ellos no podían ser reparados de la forma en la que la Desesperación era arreglada (malamente arreglada) con el talento del muchacho. Aspiró profundamente y rebuscó en sus bolsillos tras dejar con cuidado el móvil sobre el cuerpo ensangrentado de Mitarai. Lo sentía por el chico, de verdad lo hacía, pero una parte de él no lamentaba el resultado que se había derivado de aquello.
Aún seguía lloviendo, el mar se agitaba con furia chocando contra las rocas y él estaba calado hasta los malditos huesos. Su paquete de tabaco también estaba empapado y para su desgracia los cigarrillos de su interior estaban en el mismo estado.
—Lástima —murmuró. Le habría gustado disfrutar de aquel placer de la misma forma de siempre una última vez. No creía que fuera a ser capaz de recuperar sus sentidos nuevamente.
Se levantó de las rocas encharcadas y se alejó del cadáver de Ryota para acercarse a los otros dos. Sakakura retenía a Kirigiri por la cintura mientras está se quedaba flácida entre sus brazos. En sus ojos pudo ver frustración y una profunda tristeza por lo que acababa de ocurrir. Kirigiri se había vuelto ligeramente más expresiva desde aquella vez que la vio en una pantalla por culpa de Enoshima Junko.
Ah, la culpabilidad. Que carroñera más traidora.
—Nuestra prioridad es llevarte con vida, Kyoko —dijo de repente. Su expresión se transformó para pasar a mirar a la mujer con una profunda tristeza.
—¿Kizakura? —preguntó Juzo confuso—. ¿Estás bien?
No.
No lo estaba.
El rubio ni siquiera lo miró. Solo tenía ojos para la hija de Jin.
—No puedo hacer mucho más por ti. Solo darte algo de tiempo para que obtengas las respuestas que buscas —pero dependía de ella encontrarlas o no—. Lo siento. Sobrevive a esto, por favor —pidió.
La ventaja de tener formación militar residía en que sabía perfectamente como tumbar a una mole como lo era Sakakura. Así que no tardó demasiado en actuar y sin que el otro lo viera venir atacó sus piernas y luego les empujó a ambos contra el precipicio. Kizakura escuchó los gritos de sorpresa, el chapoteó de la caída, pero no llegó a verlos sumergirse en la fiera marea. Estaba demasiado ocupado orando, rogando por la salvación de esos dos pobres diablos.
Por un breve momento se permitió a sí mismo tener la esperanza de que Kyoko descubriera algo en Sakakura que pudiera ayudarles a todos (si es que alguno de los dos sobrevivía, en el fondo se conformaba con que ella lo hiciera).
Y después regresó con Hécate e Izayoi.
No le sorprendió comprobar que ellos si habían cumplido con su parte del trabajo. Honestamente, le costaba imaginarse a Hécate fracasando en una misión encargada por el mismo Damocles. Se quitó el sombrero e hizo una pequeña reverencia.
—Me temo que traigo malas noticias —el Orden estaba de regresó en su mente y no le permitió omitir detalle alguno, sin embargo, si le permitió guardarse lo que había pensado y sentido. Ya no era una amenaza porque en su estado actual no lo repetiría (a menos que ocurriera algo similar con otro video pero era poco probable). Muerto el perro se acabó la rabia, ¿no?
—¿Mitarai? ¿Cómo es posible? Según la información que teníamos se había marchado junto a los remanentes —masculló la hipnotizadora cuando el relato terminó. Problemas, todo se había vuelto terriblemente problemático. Encima habían perdido a Sakakura y Kirigiri por aquel inesperado factor externo. Al menos habían acabado con él y la posibilidad de nuevos… problemas con respecto a su talento se habían solucionado de golpe.
—Supongo que si Mitarai estaba aquí el resto de los remanentes también habrá vuelto. Viendo nuestros antecedentes es más que probable que estén esparcidos por el resto de las Divisiones —convino Kizakura.
—Eso no es nada bueno. Nuestras distracciones van a ser masacradas —murmuró Izayoi. Para poder atacar con total libertad la decimocuarta habían preparado varios chivos expiatorios para que entretuviesen al resto de divisiones y así diera la impresión de un ataque generalizado a la Fundación.
—Está bien… las guerras siempre conllevan sacrificios —recordó Hécate—. Incluso aunque este problema no hubiera surgido era poco probable que nuestras distracciones sobrevivieran. No importa. Debemos volver inmediatamente e informar de estos desagradables infortunios —a Damocles no iban a gustarle nada aquellas noticias. Los tres lo sabían.
—¿Qué hacemos con Sakakura? —preguntó Sonosuke mientras acomodaba a Togami en su espalda. El rubio permanecía inerte, inconsciente sobre la misma. Después de haberle dejado inconsciente se había tomado la molestia de vendar su herida pero sería recomendable para el rubio que Damocles lo examinara.
—Si sigue vivo lo recuperaremos —la respuesta de la hipnotizadora fue tajante.
NdA: Yo dije que habría muertes.
*cri, cri*
Ejem, como dato extra debo decir que no considero a Mitarai parte del casting de DR2 sino del de DR3 y, eh... uhm... yo ya dije que habría muertes -khé-. Espero que la escena haya quedado clara, realmente la tenía clara en mi cabeza pero narrarla fue... ¿complicado por el tema del hipnotismo?
Nos leemos.
