AVISO IMPORTANTE: En el capítulo anterior mencioné que Lucy tenía cinco años, cuando de hecho, tiene ocho. Y fui tan idiota como para afirmar esa edad errónea más de una vez. Así que aclaremos: Lucy tiene ocho y yo soy imbécil. La lección del día de hoy niños; nunca suban un fic a las 3 de la mañana, el sueño es un hijo de puta.

Sobre la idea de Lucy y el suicidio, para algunos me habré salido del personaje, pero solo puedo decirles, que aún hay cosas que contar.

Y aun tengo problemas con la forma en la que escribo las crifras. Perdón por eso también.


2. Relejos En Sangre

Lucy intentó, carajo, lo intento, cerrar los ojos y dormir. Pero cuando sus parpados dejaban a sus iris en la penumbra, las imágenes volvían. La tarántula en su frenético movimiento de agonía danzaba en su mente y el eco de sus gritos rebotaba dentro del cráneo de la pobre pequeña. Lo único que lograba tranquilizara un poco (o al menos mitigar los gritos en su cabeza) eran los ronquidos de su hermana Lynn, quien, en su profundo sueño, no pudo notar que su hermana intentaba llorar en silencio, con ocasionales sollozos que escapaban de sus pequeños pulmones.

Se estaba volviendo loca. ¿Por qué esa maldita tarántula tenía que estar ahí afuera? Su mundo habría sido un lugar mejor, pero no, esa jodida tarántula tenía que estar ahí, en medio del patio, retorcida, sangrante… y muerta.

¿Y el libro? ¿Por qué el libro estaba en aquella mesa, completo, intacto, y no al lado de la araña, deshojado? Su cabeza le daba vueltas y cada vez que encontraba alguna explicación, esta generaba más dudas y hacia crecer el miedo, que eventualmente paso a ser pánico y, ya por la mañana, había mutado en una histeria silenciosa que tenía a Lucy más pálida de lo que ya era y con una horrible sensación de persecución y psicosis, como si hubiera alguien dentro de su cabeza pinchándola con un palillo de acero en las neuronas. El sueño le partía la cabeza en pedazos, y tuvo que dar un par de viajes al botiquín del baño por analgésicos. De vuelta a su habitación, noto que el reloj ya daba las 9, sus hermanas no tardarían en despertar, y ella estaba al borde del colapso. Decidió pasar sus últimos momentos de tranquilidad volviendo al baño.

Pasó unos buenos quince minutos observándose en el espejo, con el flequillo levantado, mirándose fijamente a los ojos, irritados, llorosos, y verdes. El contraste de ese color con su piel pálida y su vestimenta fúnebre era intenso, y fue una de las razones por las que decidió dejarse ese flequillo tan distintivo. Odiaba esos ojos. Eran pocos los que los habían visto después de cumpliera 6, Lynn y Lincoln, si no le fallaba la memoria. Ya antes su hermano le había dicho que eran bonitos, pero ella los despreciaba. Era como si el destino le hubiera jugado una broma anti-estética de mal gusto. No encajaban con su personalidad, y mucho menos con su rostro redondo y de nariz respingada. Nunca se había considerado bonita, Lori, Leni, y básicamente todos los demás se habían llevado esos genes y la habían dejado en la miseria genética, al menos según su criterio claramente carente de autoestima. Hubo un tiempo en el que pensó en usar contactos, pero su madre no la había dejado, debido a su corta edad. Además, el flequillo era mucho más siniestro.

Al escuchar el primer sonido del día, Lucy bajo su flequillo por impulso y costumbre, y jalo la cadena (por impulso y costumbre). Leer a escondidas revistas empalagosas le había otorgado un excelente oído, incluso escuchando conversaciones que nadie más podía escuchar, usualmente en la noche, cuando la casa estaba más silenciosa. Salió del baño para encontrarse a Lola y Lana, peleando, como de costumbre, Luna bajando las escaleras por una taza de café junto con Luan, y Leni y Lori dando risitas, probablemente hablando de algún chico. La casa Loud volvía a ser la de siempre, y Lucy poco a poco mitigaba el horror, aunque no del del todo. Tenía que averiguar qué había pasado aquella noche.


En el desayuno, todo se sentía distante para Lucy, como si todos estuvieran a kilómetros de distancia. Intentaba concentrarse, pensar, hallar respuestas, pero todo seguía en blanco. ¿Acaso todo había sido un sueño? De no ser por el libro, todo indicaría que así había sido. Pero no. El jodido libro estaba completo y sin rasguño alguno. Tal vez era sonámbula, pero eso parecía poco probable, pues no recordaba haber ido a dormir. O tal vez todo era mucho más sencillo; tal vez se estaba volviendo loca.

Cuando acabo su cereal, se levantó de la mesa sin decir palabra y sin que nadie la cuestionara. Fue a las escaleras del ático a ver el libro una vez más. Probablemente el libro estaba roto y ella, en su somnolencia, había pensado que el libro estaba intacto. No importaba lo que fuera a pasar, cualquier resultado sería aterrador. Si el libro estaba intacto, ¿Por qué la araña estaba fuera de la tierra? Y si no, significaría que todo fue real. Y no sabía que era peor. Pero las dos probabilidades le parecían una pesadilla.

El libro estaba ahí, al lado de la caldera, justo como lo había dejado anoche. Se quedó de pie, vista fija en el libro, por lo que pareció una eternidad. No quería abrirlo. No podía. Empezó a sudar frío y a respirar de manera agitada, cada vez más aterrada. Su cabeza le dolía, el miedo, el sueño, la duda y los nervios empezaban a liberarse en forma de llanto y espasmos que recorrían todo su cuerpo. Ese jodido libro, fuera mágico o no, le provocaba pánico, el simple hecho de mirarlo le daba asco, terror... e intriga.

Lucy no se había dado cuenta de que había avanzado lentamente hacía el libro, y ahora estaba prácticamente encima de él, lista para recogerlo. Decidió acabar con todo de una vez, se agachó, tomó el libro, lo abrió y…

Nada.

No había nada escrito.

Ni un solo párrafo, como si lo hubieran borrado, como si nunca hubieran puesto nada en él. Lucy estaba temblorosa, apretando los dientes con tanta fuerza como para partir un cable de acero. Pasó las paginas, esperando encontrar algo, una palabra, alguna señal que le indicara que no se había vuelto completamente loca, lo que fuera que le diera un poco de esperanza, algo de cordura, lo que fuera.

No había nada.

Entre sollozos, Lucy estaba a punto de cerrar el libro, cuando, al llegar a la última página, vio algo, un frase escrita en hebreo, corta, pero muy, muy específica.

[¿Por qué me lastimaste?]

Antes de que Lucy pudiera reaccionar, el libro se cerró, y la pequeña dio un grito de dolor y horror. La pasta había prensando los dedos de la mano derecha de Lucy con fuerza, y ella podía sentir cortes punzantes en sus dedos. La niña entró en una desesperación descomunal y empezó a jalar el libro para liberarse, pero era en vano, parecía que, entre más resistencia pusiera, más fuerte era el agarre y más profundos eran los cortes. La sangre comenzó a brotar de entre las páginas, y Lucy comenzó a perder la sensibilidad en su mano. Cuando ya ni siquiera sentía el hormigueo, el libro la soltó, y salió volando hasta el otro lado de la habitación.

Lucy miró su mano. Tenía cortes enorme por todos lados, y estaba bañada en sangre que poco a poco comenzaba a tornarse oscura por la coagulación. Se levantó y corrió hacia las escaleras, en pánico y sudor, llorando y temblando, pero se detuvo en seco ante el sonido de un golpe en la caldera. Volteo para ver todo como siempre, cuando escuchó una pequeña risa que, a falta de alguien que la hubiera emitido, bien pudo haber salido de su cabeza. La sangre le hervía, el movimiento frenético la había dejado mareada y estuvo a punto de rodar por las escaleras en un par de ocasiones. La risita seguía haciendo ruido en su interior y rebotando en el exterior como saliendo por sus cuencas… y finalmente, esa risa se volvió un grito de furia, de agonía y de dolor, que se detuvo para recitar una frase que congeló la sangre de Lucy, una frase pronunciada con una voz rasposa, que parecía venir desde dentro de algún espacio cerrado, como si uno pudiera sentir la putrefacción en las palabras.

-[Me necesitas]

Lucy no tardó en comprender las palabras de aquella voz, volteó rápidamente para subir las escaleras pero en su frenesí de miedo tropezó, cayendo de bruces, nariz contra el filo del escalón y rodando de vuelta hasta el fondo.

Lucy se levantó, mareada, y vio toda la sangre derramada por las escaleras y el piso. Intentó parar la hemorragia con las manos, pero era inútil, la sangre salía no solo de sus fosas nasales, también salía de un nuevo agujero en la parte donde estaba ubicado el hueso nasal, y podía sentirlo quebrado. Volvió a mirar al suelo, y ahí estaba. Como surgiendo de entre la sangre, el libro yacía en el piso, abierto de par en par, reflejándose en el creciente charco de sangre junto con la cara llena de miedo de Lucy. Las páginas estaban empapadas del líquido rojo, sin embargo, había algo escrito, no con la sangre, si no con la parte seca. Como si esta no pudiera tocar las palabras. Era otra pequeña frase, de nuevo, hablándole en silencio.

-[Te necesito]

Lucy estaba perdiendo el conocimiento. Estaba perdiendo mucha sangre para su corta edad. Trató de ignorar al libro, quien seguía gritando dentro de su mente, subió las escaleras y abrió la puerta. Lucy alucinaba, comenzaba a sentir como todo se oscurecía, y sentía que el piso se movía. El grito se volvía más fuerte y resonante, taladrando su cabeza. De pronto vio un… ¿número uno?

-¡OH Dios mío! ¡LUCY!

Fue lo último que pudo escuchar antes de quedar inconsciente.


Cuando Lucy despertó, estaba en una camilla de hospital con una bata puesta. Intentó levantar la cabeza cuando se dio cuenta de que estaba repleta de vendajes alrededor de su nariz. No había nadie más que ella en su habitación.

Lucy se sentía como un cascarón hueco y roto. Le dolía todo el cuerpo y aún podía saborear la sangre en su boca. No podía moverse mucho, y aunque pudiera, estaba conectada por intravenosa a lo que ella suponía era líquido con vitaminas o algo así. Las agujas siempre le habían dado pánico y ahora tenía una que no podía sacar. Su otra mano estaba llena de cicatrices y costras provocadas por los cortes que le había hecho aquella jodida cosa. Decir que se sentía mal habría sido una ligereza. El infierno recorría su cuerpo en forma de cansancio.

Entonces era cierto. Todo había pasado. El hebreo, la araña y todo lo demás. Se había metido con fuerzas que no podía explicar y que no quería ni debía entender, y había acabado en medio de un hospital con la nariz rota. La cuestión ahora sería ocultar el libro tan pronto como saliera del hospital y dejar atrás todo esto como una amarga pesadilla. ¿Pero si el libro no quería dejarla?

-Lo siento mucho, pero no pueden pasar, Lucy está delicada todavía y necesita descansar.

Lucy pudo escuchar la voz del doctor discutiendo con alguien fuera de su habitación.

-¡Hermano, por favor! Solo queremos ver si está bien –Esa era Luna sin duda alguna.

-Ella está bien, no se preocupen. Solo necesita descansar. Perdió mucha sangre. Además, ahora mismo está dormida y-

-¡Ahí está! –Lynn se asomaba por el pequeño cristal de la puerta -¡Y esta despierta!

Antes de que el doctor pudiera reaccionar, Lynn había entrado rápidamente por la puerta, seguido de Luna y Lincoln, quienes aprovecharon la oportunidad. El doctor logró detener a las otras hermanas, y mientras llamaba a sus padres, los chicos tuvieron un momento a solas. Por algunos segundos, nadie pudo decir palabra alguna, hasta que Lynn se abalanzó sobre Lucy para abrazarla.

-¡Gracias a Dios estás bien! Me asustaste tonta. Cuando caíste al piso pensé que estabas… pensé lo peor.

El número uno. Claro. Lynn fue la que gritó.

-¿Cómo fue que me viste? –Lucy sonaba cansada y débil.

-¿Cómo no verte? ¡Estabas sangrando por todas partes!

-Ya te habíamos dicho que el sótano no era lugar para jugar, hermanita –Luna estaba del otro lado de la recámara, con el pelo desaliñado. Probablemente no había tenido tiempo de arreglarse, o ese era su nuevo look.

-Dejaste la mesa del desayuno y no respondiste cuando te preguntamos a donde ibas -¿Le habían preguntado a Lucy a donde iba? No lo recordaba así -Luego escuchamos un grito pero no te encontrábamos –Lincoln tomó la palabra –Lynn fue la que nos dijo que probablemente estarías en el sótano y fue a buscarte. El resto… ya lo sabes.

-¿Qué estabas haciendo ahí abajo?

Si les hubiera dicho la verdad, ¿Cómo hubieran reaccionado? Probablemente irían corriendo asustados con sus padres a contarles que se había vuelto completamente loca, y acabaría en un manicomio. Lo cierto era que nunca había visto a sus hermanas tan preocupadas por ella, en especial a Lynn. No recordaba haber sentido esa clase de afecto desde hace…

-¿Lucy?

-¿Qué…?

-No nos has dicho que estabas haciendo.

-Ah, sí, eso. Jugaba a los vampiros, corrí hacia las escaleras y tropecé. Nada más.

-¿Y lo de tu mano?

Lucy ya casi había olvidado lo que le había pasado a su mano. Le dio una ojeada rápida, y la observó, llena de costras. ¿Cómo podía explicarles a sus hermanas que esos eran cortes de hoja sin verse como una desquiciada?

-Son… Uno de mis libros quedó debajo de las escaleras y, cuando intenté sacarlo, me corté con las astillas y pedazos de madera rotos.

Eso se había escuchado estúpido, muy estúpido, pero no había pensado en una excusa mejor. Sus hermanas la miraron, incrédulas.

-¿Estás segura, Lucy? Sabes que puedes contarnos lo que sea que…

-¡Estoy segura, Lincoln! O qué, ¿Crees que yo me hice esto?

-Yo nunca dije eso. Pero me parece extraño que…

-¡Pues fue lo que pasó!

El repentino cambio de humor de Lucy la sorprendió hasta a ella. No tenía humor para dar explicaciones, y sus hermanas ya la veían como una suicida en potencia. ¿Acaso no lo era? Lo único que la detuvo la última vez fue… el libro.

Nadie podía saber del libro. Mejor que pensaran que era alguna clase de suicida con serios problemas de coordinación en los pies a que pensaran que era una loca. Aunque no estaba muy segura de que estuviera cuerda.

La habitación fue irrumpida por una enfermera, de mediana edad, y de aspecto malhumorado.

-Niños, lo sentimos, pero su hermana necesita descansar. Necesitaré que se retiren.

-Pero… –Tres voces al unísono intentaron protestar.

-Sin excusas. Acompáñenme, por favor.

Los tres salieron a regañadientes, siguiendo a la enfermera hasta la puerta. Lucy volvió a quedarse sola con sus pensamientos. Ahora estar acompañada no le parecía tan malo. Y su único compañero era el sueño.


La mañana era fría, y el hecho de que una sola sabana la cubriera no ayudaba mucho a aliviar la sensación de frío que recorría su piel. No es como que fuera a morirse de hipotermia, pero un par de calcetines no le habrían caído nada mal.

Aún no sabía que es lo que iba a hacer. Pensar en lo que había pasado le provocaba jaqueca, y pensar en lo que iba a pasar le provocaba migraña. Estaba sola contra el mundo y ese solo pensamiento era aterrador. El libro era algo muy real y sabía que debía afrontarlo. Pero ¿Quería afrontarlo? Después de todo, el libro la salvó del suicidio… más o menos. No estaba segura. ¿O sí? Carajo, estaba confundida. Tal vez fue solo el momento equivocado en el lugar indicado. O tal vez se dejó llevar. Sus pensamientos ya no tenían sentido. Mierda. Lo mejor sería dejar a ese libro en paz tan pronto como volviera a casa e intentar que su vida volviera a la normalidad. Con énfasis en "intentar".

La niña se entretenía lo mejor que podía imaginando poemas e ideas para historias, intentando retenerlas hasta que tuviera acceso a lápiz y papel. Las experiencias del día pasado definitivamente le servirían de inspiración, mórbida, pero inspiración a fin de cuentas. Sus pensamientos se cortaron al escuchar la puerta, que se abrió lentamente para dar paso a sus padres, con ojeras y pálidos rostros.

-¿Cómo estás, cariño? –Su madre hablaba con una ternura casi comparable a su cansancio.

-Ya me siento mejor mamá, gracias.

-No te preocupes –El señor Loud llevaba una caja entre los brazos –Solo deberás de quedarte aquí un par de días para que te recuperes. Perdiste bastante sangre, hija. Por eso te traje tus libros. No supe realmente cuales eran tus favoritos, así que escogí al azar. Toma, espero no haber tomado los peores, je je.

-Gracias, papá –Lucy extendió los brazos para tomar la caja y procedió a abrirla –Tener un par de libros es mejor a no tener na…

Los ojos de Lucy se abrieron de par en par, sus labios se volvieron de mármol y su corazón empezó a latir a una velocidad preocupante. Empezó a temblar y su cabeza volvió a dar mil vueltas ¿Cómo era posible?

Fuera lo que fuera, el libro estaba decidido a no dejarla en paz.


Creo que no queda nada más que agregar, así que, como siempre, disfruten del capítulo de hoy, y buenas noches, tardes, o lo que sea. Getcha' Pull!