Yo sé, yo sé. Fue mucho tiempo el que deje pasar pero... ¿Y qué, y qué? ¡Es tardado! Un proceso complicado y tardado, laborioso y que te deja con los sesos más exprimidos que un calcetin. Pero gracias a todos los santos y bla bla bla, un nuevo capitulo ha salido de mi mente. Es más bien... eh, aún como introductorio. No hay mucha acción.
Espero que les guste y si no es así, nadie les obliga.
All you need is just a little patience...
Tom Ryddle se alejó de aquél pasillo bajo la orden del profesor de transformaciones con elegancia y con la frente alta, ignorando por completo a la chica que hacía unos minutos había mostrado su insolencia frente a él.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos, se permitió una mirada de hastío y soltar un insulto hacía el loco de Dumbledore, que sonaba algo así como "Maldito vejete de mierda". Los únicos que fueron testigos de la blasfemia que había soltado el intachable joven Tom habían sido las pinturas de los pasillos, que con sus bocas habían formado una perfecta "o" y después habían seguido con la mirada al chico, hasta que éste desapareció en el siguiente pasillo.
Cuando Tom llego al Gran Comedor, sus nervios se afectaron más cuando nadie se volvió para darse cuenta de su presencia. Normalmente, cuando él entraba en éste, las miradas caían sobre de él; miradas soñadoras de niñas de cursos inferiores, que habían caído en sus encantos, e incluso de chicas mayores, que veían en él a un prospecto prometedor. También las recibía por parte de los varones de Hogwarts, muchos le tenían rencor, Tom imponía con su sola presencia y eso, a muchos, les sacaba de quicio… ¡Un chiquillo de tan solo trece años, robándose a la población femenina!
En lo personal, Ryddle no estaba en lo más mínimo interesado en las féminas que podían a llegar a sentirse atraídas por su fisionomía, lo consideraba estúpido. Y le molestaba que ellas creyeran que podían llegar a tener algo con él; ¡era inconcebible que ellas pudieran considerar que Ryddle tomará el gusto por alguien!
"Una chiquilla enamorada del amor tan sólo sería un parasito" pensaba con constancia.
El chico se acercó a la mesa de Slytherin y sin una sola palabra, les indico a Malfoy y Rosier que le hicieran espacio para tomar asiento. Una vez que estuvo a la mesa, recibió un cabezazo a forma de saludo por parte de sus compañeros cercanos. Después, ellos volvieron su atención al profesor Dippet, que anunciaba con una gran sonrisa que Slytherin había quedado a la cabeza con trescientos ochenta y cinco puntos, Gryffindor y Revenclaw con trescientos veinte puntos y por ultimo Hufflepuff, con doscientos noventa y tres puntos.
La casa de Slytherin celebró su victoria con vítores y aplausos, gritos de triunfo y miradas de superioridad. Tom, por el contrario, no hacía nada; solo miraba a los habitantes de las otras casas con una mueca de hastío y una sonrisa de satisfacción, como si estuviera complacido de ganar. No podía negar que se sentía muy bien estar sobre los demás, sentirse superior y de antemano sabía que mayoría de los puntos habían sido conseguidos por él, gracias a su trabajo en clases y a que los profesores lo estimaban fuertemente.
Cuando la entrega de los reconocimientos termino (Slytherin volvió a salir victorioso, llevándose la Copa de Quidditch), los alumnos pudieron cenar. Ante ellos aparecieron charolas de oro repletas de comida, la cual fue atacada por los alumnos.
Tom tomo su cena rápidamente, pensando internamente que eso de ser tan extravagante y tener toda la cubertería de oro macizo era un verdadero desperdicio, y que si los magos tuviesen más sentido común, considerarían hacer algo más productivo con el oro… aparte de transformarlo en cucharas y copas.
A su alrededor, sus compañeros se concentraban en hablar acerca de que harían en las vacaciones de verano con sus respectivas familias, presumiéndose unos a otros, como competiciones de testosterona.
—Mi padre quería pasar las vacaciones en Bulgaria, dice que ahí podríamos enterarnos de cómo está la situación con Grindelwald, ya que ahí apoyan las Artes Oscuras. Sin embargo, madre dijo que ella no estaba dispuesta a pasar un verano entre la nieve y temperaturas bajo cero, así que nos quedaremos… —comento Malfoy. El constante parloteo del rubio era como un molesto zumbido para él.
—Realmente, dudo que en Bulgaria las Artes Oscuras se practiquen con tanta deliberación… Malfoy. Ellos tienen aún un Ministerio que los vigile, quizás en África sea más frecuente. Tienen una alta tasa de mortalidad y difícilmente notarían que alguna de las muertes causadas han sido por culpa de magos —comentó Tom, con tono aburrido.
Malfoy asintió, sin valor para poder darle una respuesta coherente al que consideraban como líder. Un silencio incomodo los invadió hasta que Yaxley (un chico de quinto curso) les contó cómo había conseguido ligarse a una Gryffindor sangre sucia (una tal Melissa Turpin) para después botarla, dejándola destrozada y llorando a pierna suelta.
La mueca de hastío de Tom se acentúo en cuanto noto el rumbo de la conversación, estaban llegando al punto donde todos se inventaban aventuras sexuales con cualquier fémina, inclusive llegaban a contar cosas por completo imposibles –tales como fornicar en medio del Bosque Negro, con unicornios y centauros como espectadores-. Procuro terminarse lo más pronto posible su cena para poder retirarse a su alcoba, lejos de aquellos adolescentes que rezumaban hormonas por doquier.
Disfrutó ésta lo máximo que pudo, a sabiendas de que pronto se tendría que conformar al escueto menú del orfanato de Whol, que consistía en un plato de sopa acompañado de pan con queso. Cuando termino su plato, se retiró de la mesa sin ninguna explicación ni despedida; a sus compañeros no les sorprendió, estaban acostumbrados a los malos modales del chico y su actitud huraña.
Ryddle camino con determinación hasta el muro de ladrillos en aquel pasillo desolado, puso su mano sobre una parte en específico y después susurro una contraseña, logrando que una puerta secreta se abriera y le diera paso a la Sala Comunal de Slytherin. La sala estaba a la altura del lago negro, lo que le daba un toque lúgubre… aparte de que el ambiente era muy frio. Se adentró a la sala y la puerta se cerró tras de él, volviendo a dejar la sala en el anonimato.
Se dejó caer cerca de un butacón que estaba cerca del fuego con llamas verdes (causado por troncos impregnados de agua salada). Se desabotono la túnica, se puso recto y coloco su tobillo sobre la rodilla, tomando una postura dominante y alerta mientras intentaba descansar.
Un estremecimiento lo recorrió al recordar que a la tarde siguiente, volvería al orfanato.
Había intentado hasta el cansancio convencer al profesor Dippet de que lo dejará pasar las vacaciones de verano en el colegio, pero todas sus peticiones le habían sido negadas. Inclusive había intentado causarle lastima, contándole que en el orfanato donde lo enviaban todos los veranos había personas que lo acosaban de forma sexual, causándole un gran trauma del cual él no estaba seguro de poder recuperarse. Se había inventado una historia, argumentando que la señora Cole (bajo los efectos del brandy barato) lo había obligado a hacer favores de índole sexual, aprovechando que Tom aún era un chiquillo, pero ya que él se había negado se había ganado una buena paliza de parte de ella.
El profesor Dippet se había mostrado asombrado con esa información, pero le explico a Tom que realmente él no podía hacer mucho. Por lo que solamente le palmeo la espalda, había puesto su mejor cara de compasión y se había lamentado por el chico, alegando que era muy buena persona como para que esa clase de cosas le sucedieran a él.
Por otro lado, también estaba la guerra que se estaba desarrollando en el mundo muggle. Al parecer, a los magos eso les importaba un verdadero comino, ya que ellos también tenían sus propios problemas.
Grindelwald había comenzado a tomar poco a poco el mundo mágico, consiguiendo aleados por aquí y por allá, ganando terreno y perdiendo alguna que otra batalla. El único que lo retenía de conquistar la parte mágica de Inglaterra era Dumbledore, al cual consideraba una amenaza latiente.
A Tom, ambas peleas le parecían de lo más estúpidas.
Es por eso que mientras se hallaba en el Londres muggle, prefería esconderse en su pequeña habitación, entre sus libros que había leído por centenas de veces y que ya podía recitar de memoria.
Y cuando llegaba de nuevo el día de volver a Hogwarts, aunque él internamente se reprochara por eso, Tom sentía una inmensa alegría. En el castillo tenía más información, más comodidades, más espacio y mucha más comida a su disposición, sin que ninguna cocinera se le acercara y le golpeara con el cucharón en la cabeza por tomar más comida de lo que le pertenecía a su ración.
El único detalle que arruinada su lugar utópico, era Dumbledore, ese anciano que había tenido la terrorífica oportunidad de conocerlo a fondo el día que había ido a buscarlo para informarle de su verdadera naturaleza.
No había esperado menos, él desde pequeño sabía que no era normal. Cuando veía a los niños de sus misma edad comportarse como lo que eran, él solía sentirse fuera de lugar. Por eso, había aceptado que estaba en si ser solitario. No necesitaba ni quería compañía, realmente solo estaban él y su futuro. No había más que pudiera importarle.
Se aflojo la corbata (que empezaba a estrangularlo) y jugo con los pulgares de sus manos entrelazadas. ¿Qué más podía pedir un huérfano, como él?
Lo tenía todo.
Todo lo que realmente necesitaba.
Admitía que había habido una temporada en la cual (él aun siendo un niño) había ansiado tener una familia. Esperaba con impaciencia que tarde o temprano la figura imponente del que fuera su padre apareciera frente a él y lo salvara de toda ese hoyo de mugre y frialdad, que lo llevara lejos y pudieran formar una familia. Cuando fue mayor y se enteró de como realmente había llegado al orfanato había adquirido cierto odio hacía su madre, su débil madre…
"Era una noche de invierno, más exactos… era noche vieja, había comenzado la enfermera del orfanato (después de beber varias botellas de licor) al encontrarse a un Tom Ryddle de seis años. Ella venía de muy lejos, se le notaba cansada, ojerosa y flaca… No era muy agraciada tu madre, no. Era fea, pero tú eres guapo chiquillo, supongo que lo heredaste del padre". Se quedó mirando a Tom, para después seguir con su relato.
La señora Cole la encontró afuera del edificio, caminaba en círculos frente al porche y susurraba cosas raras… parecía que había perdido un poco la cordura. Se le adivinaba un gran estomago de embarazada bajo todos los harapos que se cargaba; la señora Cole y yo la metimos, la pobre ardía en fiebre. La tratamos de refrescar con unos cuantos trapos húmedos, sin embargo, la fiebre no cedió. Ahí nos dimos cuenta de que ella estaba perdida… Pero quizás podíamos salvar al bebé.
Pensamos que podía ser alguna puta, o alguna acróbata de un circo cercano. Incluso, barajamos la posibilidad de que perteneciera a alguno de los grupos de gitanos que venían de vez en cuando al pueblo, vendiendo sus cacharros viejos e inutilizables. Sin embargo, se notaba a simple vista que se trataba de una chica que no poseía todas sus facultades mentales. La ayudamos a parir y después de eso, solo duro una hora más con vida.
Mientras que estaba en su estado moribundo… la fea nos dijo como quería que te llamaras. Tom, por el padre. Sorvolo, por el abuelo. ¿Sorvolo? Que nombre más raro… se escuchaba pomposo, como de la realeza… sin embargo, ella no parecía de la alta cuna. Era imposible. Estaba sucia, confundida, parecía medio alelada aparte que era fea… Después de unos minutos, murió en medio de suplicas y después, ya no había más luz en sus ojos.
¿Sabes qué es lo raro de la vida, chico? Que puede acabar de un minuto a otro. Por eso mi nana decía que siempre la tenemos que aprovechar, como si fuera el último. Si tienes ganas de correr, corre. Si tienes ganas de cantar, canta. Si tienes el puto antojo de beber hasta quedarte perdido, hazlo…
Pero después de eso, el pequeño Tom había dejado de escuchar. Las enseñanzas de la cocinera de vivir el día como si fuera el último le habían entrado por un oído y salido por el otro, la única información que había procurado guardar, era la de su madre. O mejor dicho, la mujer que lo había concebido, porque no era propiamente su madre; ni siquiera la conocía.
Con esa información, él creció pensando que si su madre hubiera luchado un poco más por sobrevivir en lugar de rendirse tan pronto, él sería distinto. No hubiera tenido que pasar por el calvario del orfanato, ni afrontar a los otros niños a tan temprana edad, no hubiera tenido que soportar los castigos de la frustrada señora Whol en silencio y aceptándolos, pero interiormente sabía que gracias a todo eso, era quien era.
Una sonrisa sardónica se extendió por el rostro del presente Tom, odiaba cuando sus recuerdos de la niñez lo azotaban. Se sentía patético, débil, hastiado. Defraudado de sí mismo.
En silencio total, se retiró del salón Comunal a su habitación. Su rostro neutro fingía muy bien sus pensamientos contrariados, azoto la puerta de su cuarto y después se echó sobre la cama con un libro entre manos, repasando mentalmente los doce usos de la Sangre de Dragón, solo para evitar el pensamiento que lo atormentaba desde la semana antes de la clausura de curso: tener que enfrentarse a su realidad.
—Así que… Es usted, señorita, una imprevista visita del futuro.
Hermione asintió hacía el joven maestro que en un futuro sería su anciano director, se limpió el rostro con la palma de los manos y después sorbió la nariz, no sabía cuántas horas había estado llorando y sollozando incoherencias. Le conto toda su historia, desde que había sido niña, cuando se enteró de que era bruja, su primer noche en Hogwarts, acerca de Harry Potter y Ronald Weasley, de cómo se había desarrollado su cuarto curso y como es que había regresado más de cincuenta años tiempo atrás.
—Sabe, señorita Granger, que el tiempo es muy delicado. No sabemos cómo ha afectado su viaje en el tiempo nuestra línea temporal. De hecho, ese área no está muy explorado por los magos. Quizás haya podido crear otra dimensión a partir del año en el que se captó su intrusión, o de igual manera su presente se destruyó con su viaje hasta aquí.
Ante esta última revelación, Hermione lanzo otro sollozo más agudo y más lastimero. No afrontaba la idea de que todo lo que ella había vivido en su vida desapareciera de repente.
El profesor Dumbledore la observo, con los ojos azules brillando de curiosidad y compasión en partes igual; seguramente ella se sentía demasiado perdida, tan perdida como para no poder formar media palabra sin retener el llanto.
El profesor extendió el brazo sobre el escritorio de su despacho, ofreciéndole un pañuelo a la niña, que acepto con gusto. Se limpió el moco y después se tallo los ojos con los puños, para luego poder enfocar la mirada en Dumbledore.
—Y… hay alguna forma, no sé, de que yo pues, ya sabe… ¿Regrese a mi presente?
La mirada esperanzada de Hermione hizo que Dumbledore acallará por unos minutos.
—Me temo, señorita Granger, que al igual que todos los demás magos en Inglaterra, yo sé muy poco acerca de las líneas de tiempo y los viajes en éste. Sin embargo, le puedo asegurar que no hay cosa imposible si uno tiene fuerza de convicción.
Ella frunció el ceño, pensando que esa no había sido una respuesta concreta y que la verdadera vocación del profesor, era andarse por las ramas en las conversaciones serias. Sin embargo, esto hizo que Hermione soltara otra cascada de lágrimas.
—Sabe, señorita Granger, le recomendaría que fuera a descansar un rato. Hoy es el último día de curso y aún tengo que pensar en algún lugar para usted. Puede tomar en una siesta arriba, en mi dormitorio. Subiendo las escaleras.
Hermione asintió y se paró.
—Pero, profesor… Deje unos libros, en la habitación en la que desperté.
—Por supuesto, señorita. ¿Habitaciones de cuarto curso? Enviare a algún elfo por él, no se preocupe. ¿Los podría describir…?
—Uno era rojo, sin título… y el otro… es largo, bastante ancho. Azul. Igual sin título. Encima había unos pergaminos.
El profesor asintió y despidió a Hermione con una sonrisa conciliadora. Ella corrió por las escaleras y se metió rápidamente en la habitación, donde se dejó caer y con nerviosismo comenzó a morderse las uñas.
¿Y si Dumbledore descubría sus pergaminos?, ¿y si veía las traducciones?, ¿y si veía el libro Polifórmico? Abrió los ojos como platos, ¡No, no! Ese era el mejor libro que había encontrado hasta ahora. A ella le hubiera gustado poder ir por sus cosas ella misma, sin embargo no quería arriesgarse a ser descubierta por las que dormían en esa habitación, así que había optado por pedírselas al profesor, pero tampoco había sido una buena idea.
Cruzó los dedos pidiéndole a Merlín y su barba para que Dumbledore supiera respetar la privacidad de cada quien y después se fue a gatas hasta la cama, subiéndose en ella como pudo para después abandonarse a los confortables y ya conocidos brazos de Morfeo.
Unos leves golpecitos en el hombro hicieron que la chica se despertara. Con los ojos entrecerrados y estirándose en el proceso, volteo a ver a su acompañante.
—Señorita Granger, creo que ya va siendo hora de que se despierte.
—¿Qué hora es…? —pregunto mientras trataba de enfocar el rostro del profesor Dumbledore.
—Son las ocho en punto, señorita…
Ella se levantó de un bote y alarmada miro a su alrededor.
— ¡El expreso de Hogwarts ya partió!, por Merlín… ¿ahora como volveré a casa?
El profesor observo a la confundida chica que yacía en medio de su cama.
—Disculpe, señorita Granger. Pero creo que está olvidando algo.
Ella volteo a verlo con un gesto confundido y al darse cuenta de que el profesor se veía mucho más jóvenes, todos los recuerdos vinieron a su mente de nuevo. El libro Polifórmico, las runas, el viaje, Tom Ryddle y su charla con Dumbledore.
Las lágrimas volvieron a abalanzarse contra sus ojos y sorbió la nariz. Bajo su mirada y comenzó a jugar con sus uñas.
—Yo, eh, lo siento. No es algo que pueda tragar con tanta facilidad y…
—Lo entiendo perfectamente, señorita.
Ella asintió y volvió la mirada a su acompañante. Él le sonrió y ella le cuestiono con la mirada, sabiendo que el profesor entendería su pregunta.
—Le he traído la cena. Quizás debería de tener el estómago lleno para la siguiente noticia. Coma mientras yo termino algunos asuntos, señorita.
Hermione sintió y se arrastró hasta el borde de la cama, donde había una charola con unas pizas de pollo, puré, jugo de calabaza y pastelillos. A lado de ésta, se encontraba sus libros.
Volteo a ver al profesor y con un susurro apenas tangible, le susurro un agradecimiento.
—No hay de que, señorita Granger. Para eso está Hogwarts, para ayudar a quien lo necesite.
—Gracias, profesor.
Después, se quedó sola. Se acercó a la charola de comida y empezó a mordisquear el pollo mientras tomaba de su puré. Al terminar con ansia su comida (pues había notado que tenía más hambre de la que pensaba) tomo sus libros y pergaminos. Todo estaba como lo había dejado y sintió un alivio instantáneo al darse cuenta que Dumbledore no les había echado ni un vistazo.
Inspiro profundamente y con manos temblorosas, tomo sus pergaminos con la traducción del libro de runas y comenzó a analizar todos y cada uno de los rituales.
Sin embargo, todos eran inútiles.
Entre más hojas pasaban, más se desesperaba. Las manos le sudaban, sus ojos se anegaban en lágrimas y su cabeza se volvía cada vez un lío más grande. Llego al último pergamino, y los repaso de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Sus manos dejaban pequeñas marcas de sudor y sus lágrimas caían borroneando la tinta. En un movimiento desesperado, se hizo un pequeño corte con el pergamino y soltando un sollozo, los boto todos al suelo para después hacerse ovillo sobre la cama.
No podía, no podía. No sabía qué hacer. Había llegado a un tiempo desconocido, donde el futuro Lord Voldemort apenas era un chiquillo y no tenía el apoyo de nadie. No tenía familia, amigos, ni siquiera a Crookshanks. Solo a Dumbledore, sin embargo, tampoco podía dejar que el profesor se encargara de ella, también tendría sus propias ocupaciones.
Hundió su rostro contra el colchón y comenzó a llorar más. Escucho golpeteos en la puerta, pero no pudo contestar, tan solo se hundió más. Escucho el cerrojo, pero lo ignoro por completo. Escucho pasos, y tan solo ahogo un sollozo. Sintió una mano en su espalda, tratando de consolarla y tuvo que reprimir el impulso de sacudirla, porque no quería que nadie la viera así. Quería sufrir sola su pena.
—Señorita Granger… —Le llamo el profesor.
Quería decirle que se fuera, que la dejara sola. Quería gritarle que la regresara a su tiempo, que quería todo como antes. Quería romper todo y rasgar su reciente realidad, quería volver con sus amigos y su familia. Sin embargo, alzó la cabeza para observar a Dumbledore.
— ¿Si? —susurró en respuesta.
—Me veo en la penosa necesidad, señorita, de informarle que es lo que pasará a partir de ahora.
Hermione parpadeo un par de veces, tratando de aclarar su vista.
—¿Qué es lo que dice?, ¿lo qué pasara a partir de ahora?
—Claro, señorita Hermione.
Ella negó, no. No esperaba eso de Dumbledore, aún.
—He tenido que inventarle una historia que suena medianamente convincente… —comenzó, mientras se sentaba en la cama junto a ella—. Sería usted Hermione Camilleri. Su madre era una bruja de sangre pura pero su padre un muggle que tenía buena fama en Faenza, un pequeño pueblecillo de Ravenna. Su madre, Isabela Nardi pertenecía a una larga familia sangrepura. Pero al enamorarse de un muggle, su familia la desterró sin remordimiento alguno. Decidieron escapar de Italia hacía Escocia, pero sus padres murieron en un accidente muggle hace algunos días, por lo que decidió venir a Hogwarts, en busca de ayuda. Fue usted educada por la señora Kirkpatrick, que le enseño lo básico de la magia. Ella le hablo del Colegio, por lo que al verse huérfana, decidió que aquí estaría más segura.
Hermione lo observo perturbada por toda la información recién recibida.
— ¿Y… y… usted pretende que yo finja todo eso? ¿En serio?
—Bueno, señorita. ¿O es que acaso usted tiene otro método de salida?
—Volver a mi tiempo, quizás —susurro lastimeramente ella.
—Señorita Granger, sabe que eso por el momento no está entre nuestras posibilidades… —Se excusó el profesor.
—Estoy consciente de ello, profesor Dumbledore. Es solo que… Bueno, no importa. Gracias de todas formas, pero solo le tengo una pregunta.
—Adelante, señorita Camilleri —le insto Dumbledore, llamándola por su futuro apellido.
Hermione se sintió incomoda al ser nombrada así. Ella aún era Granger, puede que no se acostumbrara pronto a ello.
—Bueno, es que… eh, ¿en dónde me quedaré durante vacaciones de verano? Sé que los alumnos no tienen permitido quedarse en el castillo, lo leí en Hogwarts: una historia. Pero tampoco tengo parientes, y dudo que algún mago me de refugio sin conocerme antes. Y por otra parte, no soy mayor de edad para pagarme una habitación en el Caldero Chorreante, ya que mi familia es muggle y no tenemos cuenta en Gringotts tampoco tengo dinero para pagarla. Y usted tampoco me puede dar refugio, no quiero causarle molestias, por lo qué…
—Basta, señorita. Dejé de parlotear tanto —interrumpió Dumbledore, con una sonrisa—. Usted se quedara en un orfanato, mientras las vacaciones. No, no ponga esa cara Hermione, trate de buscarle lugar en una pequeña casa hogar en el campo, tienen espacio suficiente para usted y se alegrara de saber que podrá tener su propia habitación. Aparte de que está lejos de la zona de guerra, por lo que no tendrá nada para preocuparse. Puede que de vez en cuando tenga que ir al comedor público.
Espero que el siguiente año decida venir a recusar su cuarto año, ya que no tuvo oportunidad de terminarlo en su tiempo. De ser así, una vez llegue su carta de Hogwarts algún profesor del colegio la irá a buscar para poder llevarla a la estación 9 y tres cuartos de King Cross.
Hermione asintió y volteo a ver los restos de comida sobre la charola con pesar.
—Disculpe, señor, ¿a qué hora me llevara al orfanato?
El profesor alzo su brazo izquierdo, fijando su mirada sobre lo que Hermione pensaba que era un reloj. Había varias lunas en él y varios ciclos con manecillas, que no tenía idea de que era lo que significaban específicamente.
—Me parece que dentro de una hora y media, señorita. Nos vendrá a buscar el guardabosque Bokgt con una carroza.
Ella asintió —Si no le importa profesor, me gustaría estar sola hasta que llegue la hora.
Él asintió y salió a paso firme de la habitación, dejándola nuevamente sola.
Resulto ser que el orfanato era una finca cerca de las colinas escocesas, adaptada para alojar por lo menos a veinte niños, que seguramente tenían que provenir de familias adineradas. Hermione tan solo sintió más tristeza al ver lo triste que se veía su hogar temporal. Tenía fachada del siglo veinte, aunque la pintura blanca se estaba pelando se los muros y tenía algunas maderas sueltas. Las escaleras del porche se veían débiles y el barandal estaba algo oxidado.
El profesor Dumbledore se situó junto a ella y con voz queda le indico: —El orfanato Bellwood, la encargada es la señora Castwell. Será mejor que entremos, señorita Camilleri.
Se adelantó y Hermione lo siguió en silencio sin una maleta la cual jalar, con solos sus libros y pergaminos abrazados contra su pecho. El profesor se había cambiado de atuendo, vestía de traje de tres piezas con una graciosa corbata de colores y zapatos abiertos, con calcetas de colores. A Hermione le había hecho mucha gracia verlo de esa forma como para corregirle la vestimenta. Igual ella había tenido que cambiar de atuendo, traía un conjunto formal con zapatos de charol y un gorrito ridículo.
Jalaron varias veces el cordón de la campana que indicaba su presencia, y después de varios minutos apareció una señora anciana con vestimenta elegante a recibirlo.
—¿Es usted el señor Dumbledore? —preguntó con voz aflautada y gesto de desdén.
—Así es, señora.
—Por favor, pasen —la señora Castwell dio un paso atrás e hizo un ademán para que ellos entrarán.
Ambos entraron en el orfanato y fueron guiados hasta el despacho de la señora Castwell, donde tomaron asiento frente a ella. Castwell los analizo a ambos, primero a Hermione y después al profesor.
—¿Y usted es…? —pregunto, fijando la mirada en la castaña.
—Camilleri, Hermione Camilleri.
—Un placer, señorita Camilleri. Señor Dumbledore, ¿es usted pariente de la señorita?
—No, no lo soy. Soy su tutor, pero no me veo capaz de cuidarla con todos mis asuntos. Sus padres murieron en una accidente hace unos días, y se me hace inhumano dejarla en su propia casa sin más compañía que el ama de llaves.
La señorita Castwell asintió.
—Espero que la señorita Camilleri se sienta a gusto aquí, pero… ¿podrían contarme un poco más acerca de su historia? Creo que necesito saber de dónde proceden mis protegidos.
—Eh, bueno, soy de Ravenna, Italia. Mis padres se mudaron a Londres desde que era muy pequeño, por lo que soy más inglesa que italiana. Murieron antier, en un accidente automovilístico. Preferiría no hablar de eso—contesto Hermione, con mirada gacha y voz lastimera.
—Está bien, señorita; supongo que aún es difícil contarlo. Por favor acompáñeme, señorita. Le mostraré su habitación.
La señora Castwell se paró de su asiento y guio a Hermione hasta el tercer piso, a la habitación al fondo.
—¿No tiene equipaje, señorita?
Hermione negó con la cabeza: —El señor Dumbledore dijo que me lo traerían dentro de unos días.
Y era cierto, el profesor le había hablado de un fondo monetario en Hogwarts que ayudaba a los más necesitados, y ya que ella no tenía ni familia ni amigos en ese tiempo, era la más necesitada hasta ese momento.
"El señor Tom Ryddle también lo usa" comentó Dumbledore.
Sabía que él había vivido en un orfanato y lo suponía.
La señorita Castwell la dejo sola en su habitación y puso sus pocas pertenencias en la mesita de noche. Se dejó caer en la cama y enterró la cara entre ambas manos.
Pero de repente, sintió como si alguien la miraba insistentemente. Separo los dedos y entre abrió los ojos, para toparse con que alguien la miraba desde la puerta.
Era un niña rubia, de ojos verdes enormes y con un camisón blanco hasta los tobillos.
—¿Quién eres tú? —pregunto con insolencia.
—Soy Hermione, soy nueva.
—¿Y qué haces tú aquí? —pregunto de nuevo, mientras inclinaba la cabeza.
—Voy a quedarme aquí —contesto Hermione.
—¿Por qué?
—Porque mis padres murieron.
La niña se puso ambas manos sobre la boca y salió huyendo de ahí, dejando a la bruja sola.
Sacó la varita de la cintilla de su falda y con un movimiento cerró la puerta, para después acostarse sobre la cama. Sintiendo un vació, ajena a la que era ahora su realidad.
Soltó otra lágrima, ella no debería de estar de aquí.
Después de un largo trayecto en el expreso de Hogwarts con una cabina llena de tontos adolescentes presumidos, Tom Ryddle por fin pudo llegar al orfanato de Wool.
Después de tocar varias veces y soportar las maldiciones que le echaba la señora Cole entre dientes, subió a su cuarto azotando el baúl contra las escaleras.
Odiaba éste lugar hasta la médula, se le hacía ridículo tener que volver cada fin de curso. Abrió de mala gana la puerta, boto sus cosas y se recargo en el alfeizar de la ventana observando hacía la ciudad. Todo era igual, con un atmosfera gris y pesada que hacía su instancia más pesada en ese lugar.
Se sentó en la cama y repaso su cuarto con la mirada, todo seguía igual. Pero su gesto se volvió colérico al encontrar un camastro con un niño dormido. Se acercó a él y lo observo de cerca, el niño era nuevo.
De mala gana salió de su cuarto y se dirigió al despacho de la señora Cole, que estaba revisando los libros contables.
—¿Quién es?
—¿Quién es quién? —contesto ella, con voz rasposa.
—Ése bodoque que se encuentra en mi habitación.
—Es Thomas Kent, si no lo tratas bien, yo misma te ahorcaré hasta que quedes más azul que las enaguas de la cocinera.
—Sácalo de ahí —ordeno Ryddle, con voz firme.
La señora Cole soltó una risa irónica.
—Olvídalo, chiquillo. Tenemos sobrepoblación, así que te jodes a compartir tu cuarto, tú no tienes más privilegios que los demás.
Tom se quedo parado a la mitad del despacho, observando a la señora Cole.
—He dicho que lo saques.
—Sal tú de la habitación si te incomoda. Siempre puedes dormir en la calle —contesto la señora, mientras volteaba a ver al niño.
Endureció el gesto y después salió de ahí, para volver a su habitación. Saco una sábana rota del armario y la echó sobre el camastro con motivo de tapar su vista hacía el niño. Desempaco sus cosas y las ordeno a su conveniencia, saco sus libros bajo una tabla floja del sueño y los ordeno en fila sobre el buró junto a la cama. Encendió una vela y tomo el primero en la fila.
"Así hablo Zaratustra".
Lo abrió por la primera página y en un pergamino a su lado, comenzó a anotar las ideas que más le agradaban.
Y así paso la noche, haciendo un debate en su cabeza mientras leía filósofos y escuchaba los leves ronquidos de aquel intruso en su habitación.
¿Me parece que he puesto a Hermione un poco dramática? Neh, seguramente yo estaría así o más abrumada.
Besillos, abracillos y todas esas cursilerias.
Muggle-Almost-Witch
