Disclaimer: ¿Es necesario? creo que no, no soy J.K.
Y greenbackdollar, no soy tan tonta... Claro que se que Alice Cooper es hombre, gracias por remarcar lo obvio. Eres un amor.
Es algo así como un... capitulo de trancisión. Espero no les aburra mucho.
:) Por cierto, gracias por su apoyo. No las conozco, pero creo que ya las quiero.
TOM FOR BREAKFAST
El orfanato Bellwood no era lo peor que le había pasado a Hermione Granger desde que se había enterado de que realmente ella era una bruja que pertenecía al lado mágico de Londres y que tenía que asistir al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, que estaba escondido de todos los muggles en algún lugar recóndito de Escocia.
Puede que la experiencia con Fluffy le ganara por mucho al orfanato, o el haber estado convertida en piedra por semanas por culpa de la linda mascota de Tom Ryddle (el solo volver a pensar en él y la forma en que la había mirado la vez que se habían encontrado en los pasillos del colegio, cuando ella recién había viajado y se encontraba confusa, le revolvía el estómago).
Los primero días, ella había tratado de encontrarle el lado bueno al orfanato. Como por ejemplo, las camas realmente eran cómodas –y debían de serlo, puesto que era un refugio –u orfanato, como lo veía ella- dirigido especialmente a los niños de familia adinerada-. Y de igual forma, la biblioteca era bastante grande, había tratado de convencerse de que los grandes jardines alrededor del refugio eran maravillosos y muy hermosos, pero después con semblante sombrío había tomado en cuenta que estaba en aquel refugio en el campo por culpa de la guerra. Y todo su esfuerzo se había venido abajo.
Se había vencido al cuarto día, y por una semana entera se había aislado del mundo, bajo las mantas. Con la misma cara demacrada, llena de ojeras y por un apetito voraz y un leve grado de deshidratación. De ver en cuando la cocinera pasaba y le dejaba una hogaza de pan con queso y una manzana. A veces, Hermione se levantaba de su escondite para dirigirse al baño, hacer sus necesidades y beber un poco de agua del lavamanos. Procuraba no verse al espejo, no quería ver el reflejo de sí misma deteriorado por las pocas horas de sueño, el poco alimento y los labios agrietados por la falta de líquidos.
Hasta que un día, la señora Castwell había entrado en su habitación y con voz autoritaria le había ordenado "Señorita Camilleri, si no sale de está habitación en este mismo momento yo misma la arrastrare fuera de la cama y le haré comer, beber, tomar una buena ducha y la arrastraré hasta sus clases de ser necesario". Hermione se había sentido irritada por el tono del ama de llaves, sin embargo después de unos minutos de reflexionar debajo de las mantas, había salido y sin dirigirle ni una sola mirada a Castwell había pasado al cuarto de baño, donde se había desnudado y sin tomarse la molestia de templar el agua antes de ducharse, se había puesto bajo el chorro frio de la regadera, sintiendo como todo su cuerpo reaccionaba y se ponía de punta. Después tuvo que brincar de puntitas para que los pies no se le congelaran y acercarse a los moduladores, abriendo el de agua caliente.
A partir de aquél día había procurado volver a ser la Hermione de antes. La rata de biblioteca que pasaba todo el día en la biblioteca –después de dos semanas, había logrado leer más de la cuarta parte de todos los libros que tenían almacenados-, que acudía a las pocas clases en el refugio (tales como Historia Nacional y literatura). Se presentaba a todas las comidas del día y a pesar de que su estómago no lo soportaba (después de una semana sin comer), procuraba comerse toda su ración. Por las tardes después de terminar con todos sus deberes, se perdía en si misma debajo de un abedul cercano al refugio; algunas veces leyendo, muchas otras solo viendo hacía el paisaje, perdiéndose en sus pensamientos.
Hasta que después de un mes, sucedió.
Ese día se había salido de duchar y había estado escogiendo su ropa para ese día cuando lo había escuchado. Tan suave como un susurro amoroso, pero que tuvo impacto en ella como una bola de demolición.
"Hermione, ¿por qué aún no vuelves?" Dicho en un susurro, junto a su oído derecho.
Hermione se había quedado en su lugar, estática. ¿Qué había sido eso y porque había sonado como si Ronald le estuviera suplicando que volviera? Con un leve movimiento de cabeza, había visto detrás de ella, solo para saber quién le había jugado una broma tan pesada. Para encontrarse con nada, para después razonar que era imposible que alguien le hiciera algo, puesto que ninguno de los habitantes del orfanato conocía a Ronald Weasley y mucho menos tenían el agradable timbre de voz que su amigo.
Negando con la cabeza y llamándose a sí misma loca, volvió a su actividad. Cuando volvió a suceder… aunque ahora había sido un simple "Hermione, vuelve", susurrado con el mismo tono lastimero.
Y pego un grito. Un grito que por puro milagro no le desgarro la garganta, pero que si alerto a todo el orfanato. Asustada, Hermione había corrido a su cama y se había refugiado en la esquina, acomodándose entre el lío de mantas y almohadas. En algún momento había dejado caer la toalla sin notarlo, pero se había visto en un aprieto cuando Daniel (un niño de doce años que tenía su habitación junto a la de ella) había entrado para ver qué es lo que le había pasado a la niña loca de cabello enmarañado, encontrándosela desnuda, echa un ovillo y con la cara pálida y gesto de terror.
La primera reacción de Daniel había sido de sorpresa, por el susto de la muchacha y al verla tan asustada. Pero después de asimilar la situación, bajo la mirada al estar ella solo cubierta por sus propias extremidades.
Minutos después había llegado la señora Castwell junto con la cocinera (que llevaba un aplanador para carne en la mano derecha y actitud determinada) que al observar aquella escena, había corrido a Daniel de la habitación y cerrado la puerta en la nariz. El niño se había quedado mirando la puerta, aunque después de salir de la impresión, acerco lentamente el oído a la puerta con tal de escuchar que es lo que pasaba al interior de la habitación de la rara Hermione Camilleri.
Escuchaba susurros y los chillidos histéricos de la niña, que alegaba haber escuchado algo en su habitación después de haber salido de la ducha. Daniel frunció el ceño, ¿algo en la habitación? Imposible. Las ventanas estaban reforzadas aparte de que estaba asegurada con un pequeño candado rojo, del cual tenías que pedir la llave a la señora Castwell. Y él no había visto las ventanas de aquella habitación abierta… aparte, de que nadie podía llegar hasta las habitaciones del tercer piso ni escalando. Él lo había intentado la semana pasada con su amigo Jonathan; se habían escapado de noche y se habían internado más en el campo, con el propósito de capturar algunos saltamontes para guardarlos en frascos de vidrio, sin embargo a la hora de que habían querido regresar a sus habitación pretendiendo escalar hasta el tercer piso del edificio, se habían dado cuenta de que no había donde sostenerse para subir. Jonathan lo había intentado, sosteniéndose de algunos ladrillos salidos, pero después de subir medio metro, había caído de trasero y después haciendo una extraña maromera hacía atrás, quedando con la cara y el trasero lleno de lodo. Jonathan se había parado y tratando de disimular los chillidos lastimeros, había seguido a Daniel hasta la puerta principal mientras se sobaba el trasero y caminaba cojeando.
Ese día se había ganado una buena regañiza por parte de la señora Castwell y ambos se habían ganado una semana de irse a la cama sin cenar.
Pero Daniel ya no había tenido tiempo de escuchar más porque vio cómo se movía la perilla y echo a correr de nuevo a su cuarto, dejando el pasillo solo.
Después de ese día, Hermione no se había visto sola. La mayoría del tiempo tenía a la señora Castwell vigilándola de lejos a donde quiera que ella fuera, o a alguna de las muchachas el servicio. La vigilaban como si de repente fuera a volver a gritar, o hacer algo malo, o a atacar a los niños. Como si estuviera loca.
Estaba convencida de que incluso mientras dormía, alguien se asomaba para vigilarle. Y no podía molestarse por eso, ella les había dado razones para creerlo después de haberles dicho de que alguien le había susurrado su nombre al oído y después de había desvanecido, como un fantasma.
Hermione la loca Camilleri.
Hermione la marisabidilla Camilleri.
Hermione la rara Camilleri.
Hermione la realmente Granger pero ahora Camilleri.
No tenía muchos amigos. Y procuraba no hacerlo, sabía que no podía encariñarse con personas del pasado que probablemente en su tiempo ya estaban muertos ya que la vida de los muggles duraba mucho menos que la de un mago promedio.
Pero ella no controlaba todo lo que pasaba a su alrededor. Y tampoco sabía que tan rápido se podía encariñar.
Se llamaba Amelia y era la niña rubia y curiosa que la había recibido la noche que había llegado. Habían establecido conversación por primera vez una tarde, en la que Hermione leía debajo de la sombra del árbol un viejo libro Historia, que hablaba de la teoría de la evolución… cuando había sentido que alguien la veía. Hermione había alzado la mirada y fruncido levemente el ceño al divisar una larga melena rubia y suave, a unos diez metros de ella, escondida detrás de un árbol. Volvió a su libro cuando escucho el ruido de hojas crujiendo y localizo a la niña, que según le había escuchado en el comedor, también era bastante rara. Se había sentado rápidamente al ver a Hermione voltear. Se le había subido el vestido azul y mostraba sus enaguas. La castaña la volvió a ignorar, pero los ojos verdes de la niña le taladraban; cuando alzó la mirada de nuevo, la niña estaba más cerca. Y así paso varias veces, hasta que la niña estaba a unos centímetros de ella, observándola atentamente.
Ambas se observaban, como averiguando que quería la otra.
De repente, la niña levanto el brazo tan rápido que le causo un sobresalto a Hermione. Cuando vio que la niña le tendía la mano, se relajó y la tomo.
—Soy Amelia Jones, ¿y tú eres? Hermione… ¿qué? ¿Hermione Puckett? —cuestionó la rubia, con insolencia.
Los surcos en la frente de Hermione se hicieron más profundos y miro a la niña con reproche: —Soy Hermione Camilleri, un gusto Amelia.
— ¿Camilleri? Que apellido más raro, suena a camello.
—Me lo han dicho —admitió la bruja.
Después volvió a su lectura, en la cual no podía concentrarse por la insistente mirada de Amelia.
— ¿Qué es lo que lees, Hermione?
—Un libro… —susurro como toda respuesta ella.
La niña soltó un bufido impaciente y volvió a insistir más con la mirada, mientras que Hermione procuraba ignorarla lo mejor que podía.
Así transcurrió el día, la falsa señorita Camilleri fingiendo que leía su interesantísimo libro mientras que Amelia la observaba, deseando fervientemente que su compañera le hiciera caso.
Que alguien, desde que había llegado aquí, le hiciera caso.
Había sonado la campana de la cena desde el interior del orfanato cuando Hermione decidió pararse de su cómodo escondrijo bajo el árbol. Estaba atardeciendo, y se llevó una ligera sorpresa cuando se dio cuenta de que Amelia seguía delante de ella, solo que echada en el pasto y roncando levemente.
La vio con curiosidad y casi diría ella, por primera vez. La niña realmente era bonita, tenía una cascada de risos rubios que le caían por la cintura. Su rostro era fino y fuera, con una bonita nariz recta y un mentón fuerte, y de antemano conocía sus luminosos ojos verdes. Era realmente menuda, pequeña y delicada.
Hermione torció el gesto y con facilidad, logro alzar a la niña del césped y colocarla entre sus brazos de forma medianamente cómoda. Había esperado que Amelia se despertara, pero en lugar de eso, le había rodeado el cuello con los delgados bracitos. Con un gesto de lastima, vio cómo el libro había quedado abierto por la mitad en el césped, pero no podía llevar a ambos. Logró llevar a la niña hasta la puerta entre leves torceduras de tobillos y los brazos adoloridos, ahí la señora Castwell las había recibido y apuradamente, había tomado a la rubia en brazos llevándola así a su habitación.
Hermione se enojó consigo misma, no sabía que era tan débil. Y que estaba en tan mala forma física. Y por supuesto, no conocía que tan débiles tenía los tobillos.
Enfurruñada, se había ido a cenar. Ese día se había sentado junto al grupo de niñas cotillas lideradas por Giséle Morgenstern, una creída pelirroja que criticaba a medio mundo siempre que podía. Por todo. A todos.
Para su mala suerte, ese día Giséle había decidido criticar a la pequeña rubia Amelia. Está hilarante actividad (desde el punto de vista de la pelirroja) sería realmente inofensiva frente a cualquier otra persona, menos frente a Hermione.
— ¿Y la han visto, persiguiendo lagartijas y convirtiéndolas en sus mejores amigas? ¡El otro día, entro en mi habitación con un bicho de esos en las manos! ¡Me dijo que su nombre era míster Zucchini y que él había insistido mucho en conocerme! Francamente, esa niña esta desquiciada…
Todo su círculo de víboras ahogó un grito como si lo que contará Giséle fuera lo peor de este mundo. Hermione, por el contrario, rodo los ojos. ¿Qué esperaba de una niña pequeña? ¿Qué le hablara de filosofía y la creación del mundo desde una perspectiva científica?
Que estúpidas eran las niñas.
Luego, frunció el ceño. Ella era una niña.
Giséle continúo chismoseando frente a todas sus amigas, alegando que debían llevar a Amelia a un loquero (a los cuál la bruja rodó los ojos, pensando en la ignorancia que sufría aquella chiquilla) y que le diría a su padre que hablara mal de aquel orfanato frente a la prensa –al parecer, su padre era una fuerte figura en Londres-, desprestigiándolo por aceptar a dementes con melena de león (Hermione tenía una ligera sospecha de que eso iba dirigido a ella) y a niñas locas con alucinaciones.
No lo aguanto más.
Ojala escupiera caracoles en vez de todas esas tonterias, pensó Hermione.
Por un momento, pensó en el hechizo que se había hecho Ronald a sí mismo en segundo curso y después como había pasado toda la noche vomitando babosas.
Una sonrisa nostálgica se extendió por el rostro de Hermione, hasta que un ruido de arcada interrumpió sus pensamientos.
Se trataba de Giséle, que se encontraba frente a su plato de sopa y de su boca salía la mitad del cuerpo de una babosa, francamente asqueroso.
Todos en el comedor la observaban asombrados y con gesto de asco.
Hermione, por el contrario, estaba aterrorizada.
¿Qué es lo que había pasado? ¡Ella no había hecho eso! Y estaba segura de que nadie más en el orfanato era un brujo o bruja, ¡de lo contrario, Dumbledore le habría informado! Y aparte, ella no podía hacer magia sin varita, jamás había podido y nada le indicaba de que ahora si lo logrará.
Con una cara de terror disimulada por falsa tranquilidad, Hermione salió lo más rápido del comedor y se dirigió como flecha a su habitación.
Se encerró, puso el seguro en la puerta y coloco el baúl y el buró frente a ésta, y solo para asegurarse, se recargo ella misma ahí. Y después, soltó a llorar.
Últimamente, había agarrado el horrible hábito de llorar por absolutamente todo. E incluso, temía que pronto que cualquier sentimiento la haría llorar hasta sentirse seca.
Con cuidado, camino hacía su closet y abrió el cajón secreto que por casualidad había descubierto mientras que una mañana buscaba con desesperación un par de medias. Saco de ahí con cuidado e incluso con ceremonia un objeto largo envuelto con una bufanda color burdeos. La desenrosco y tomo su varita, que soltó algunas chispas plateadas al estar en sus manos.
Una nueva sensación había recorrido a su cuerpo al tenerla de nuevo sostenida, una sensación de estar completa.
No sabía cuánto había extrañado a su varita ni cuanta dependencia había generado hacía ella.
—Bueno, uno nunca sabe lo que se tiene hasta que se pierde.
Aquella frase la había remontado al verano de hace muchos años, cuando ella aún era una cría de siete años y había tenido que asistir al funeral de su abuela materna, a la que realmente jamás había llegado a conocer bien ya que había constante problemas entre ella y su madre.
Ese día, Jean Granger la había sostenido contra su pecho y con voz ahogada, había recitado esa frase. Hasta el momento, Hermione había creído que realmente entendía esa frase.
Pero después de pasar tanto tiempo sin su varita (que no era ni de lejos como la perdida de una madre pero si una pérdida de sí misma) lo había entendido.
Y no le había gustado para nada.
Tom Ryddle no diría que el odiaba su vida.
Aunque puede que si lo hiciera.
Aunque jamás lo admitiría frente a nadie, porque él era Tom Ryddle.
Y él no odiaba nada de sí mismo, si no todos los de los demás.
Aunque sí que podía decir que odiaba el orfanato de Wool, lugar donde tenía que pasar las vacaciones de verano hasta que el siguiente curso en Hogwarts comenzara.
Y ahora, su tiempo en éste se había hecho menos soportable, gracias a su compañero. Thomas Kent era un pequeño niño de nueve años, insoportable realmente. Por lo que sabía, Thomas tenía dos o tres amigos y era un lamebotas de primera, pero eso no era lo que realmente le molestaba a Tom del crío.
Ya que dormían juntos ahora, tenía que soportar día sí y día también la inquieta forma de dormir de éste. Thomas acostumbraba a revolverse entre las cobijas y susurrar cosas e incluso, algunas noches, osaba despertar a Ryddle, bajo la pobre excusa de que había tenido una pesadilla y que le era imposible reconciliar el sueño.
La primera noche, Ryddle le había mirado, rodado los ojos y lo había mandado a dormir. La segunda noche, solo lo había mandado a dormir al escuchar la primera palabra.
La tercera, cuarta, quinta y sexta noche lo había mirado de la peor forma posible (bajo el riesgo de causarle más pesadillas al niño y que éste no lo dejara dormir aún menos) y había vuelto de nuevo dormir.
La séptima, octava y novena noche, lo había ignorado.
Hasta que la décima noche, cuando la paciencia de Ryddle se había agotado.
Esa noche, el pequeño Kent se había dirigido de puntillas hasta la cama de su compañero y con la mano temblando, le había picado en un hombro. Una, dos, tres, cinco veces hasta que Ryddle había reaccionado y había volteado a verlo, con ojos adormilados y cara de enojo.
—He… he… he tenido otra pesa-pesa-pesadilla —había tartamudeado, pero no porque fuera tartamudo. Sino temeroso de que Ryddle le lanzara otra mirada fea y que no lo dejara dormir.
Sin embargo, Tom lo miraba con indiferencia.
— ¿Y? —había preguntado con un leve susurro.
—Pues, esto… —contesto Thomas, con voz chillona—. Me preguntaba si me podía dormir contigo. Soloporhoysoloporhoyjuroquetengomuchomiedo —había soltado, tan rápido que había dudado que Tom le entendiera.
Pero vaya que Ryddle le entendió.
— ¿Dormir conmigo? Genial, simplemente genial. ¿Y quieres algo más? ¿Quieres que te prepare un biberón con leche tibia y que te cuente un cuento, con princesas y caballeros valientes? —Pregunto con sarcasmo hiriente Tom—. ¿Quieres que te arrope, te de un beso de las buenas noches mientras te canto un nana hasta que te duermas?
Thomas miró impactado a Tom, con algunas lágrimas saliendo del rabillo de sus ojos.
—Pues déjame decirte algo, Thomas. Si tu mamá no lo quiso hacer y por eso te abandono, no veo porque piensas que para mí sería un gusto hacerlo. Madura, niño. Aquí debes de crecer solo, y si no lo logras… —se detuvo Ryddle, para después admitir con sorna —, no quiero saber cómo sobrevivirás afuera.
Después, dio media vuelta.
Dejando a Thomas en medio de la oscuridad, con lagrimones resbalándose por las coloradas mejillas y el labio temblando frenéticamente.
Pero realmente Ryddle no había conciliado el sueño, desde hace semanas que lo había perdido. Y la constante molestia que representaba Thomas como compañero, con sus lloriqueos nocturnos no le ayudaba para nada.
Escucho como el niño con leves sollozos de dirigía a su catre y se acomodaba de nuevo entre las sabanas, mientras sorbía escandalosamente por la nariz. Ridículo.
Sabía muy dentro de sí que cualquier persona normal habría sentido compasión por aquel desamparado huérfano, le habría hecho espacio en la cama e incluso había tratado te consolarle.
Él no. ¿Quién había hecho eso por él? Nadie, nadie que él recordara.
¿O sí? No, realmente no.
Cuando estuvo seguro de que Thomas no estaba despierto y de que las incoherencias que soltaba cada cuando las decía entre sueños, se levantó de la cama con sumo cuidado. Abrió el pestillo de la puerta y dio un último vistazo hacía el catre, asegurándose de que el niño estuviera dormido; después salió de puntillas, recorriendo el largo y mohoso pasillo que lo llevaban a las escaleras y éstas su vez, lo llevaban hasta el techo.
Con pies descalzo sobre el techo mojado por la lluvia (cortesía del hermoso clima londinense) se dirigió hasta el borde de esté y se sentó, dejando que sus piernas colgaran al compás de una silenciosa música, una no muy pacífica.
El frio le calaba hasta los huesos y el contacto con la tela humera de su pijama no le ayudaba. Tuvo que apretar fuertemente la mandíbula para no comenzar a castañear de gorma ridícula e inapropiada para él. Se rodeó con los brazos y con un cabeceo, aparto el cabello que se le pegaba a la frente y miro hacía el panorama, casi esperanzado de encontrar el Big Ben o el palacio de Buckingham, claro… ninguno de los dos de apareció ante él.
Ridículo, siempre había sabido que desde el orfanato no se podían apreciar.
Bajo la mirada para toparse con el callejón que estaba entre la parte posterior del orfanato y de otro edificio, una imprenta. Ahí es donde algunos vagabundos solían dormir, amontonados unos contra otros y tapados con algunas cajas de cartón desdoblado haciendo función de cobijas.
Pero en ese momento, ellos aún seguían en actividad, con un pequeño montón de basura ardiendo a lado suyo cubierto por una sombrilla vieja y mugrienta. Tom no había esperado eso, seguramente ya eran más de las tres de la madrugada y sabía que por costumbre, los vagabundos se iban a dormir tan pronto como las luces de los alrededores se extinguían. Pero esa noche lluviosa el ardor de la improvisada fogata y su reflejo en las paredes era lo única que alumbraba. Paseo la mirada por el callejón, deteniéndose al ver el tumulto que se había formado alrededor de algo que Tom no alcanzaba a distinguir, pero podía escuchar el barullo de voces… ya que todo estaba en silencio.
Después de unos minutos, la voz rasposa de un hombre fue la única que se distinguió.
—Es imposible, Christine. Ranulf llevo igual desde hace dos días y a todos nos parece que huele un poco a… mierda, mierda de caballo. Él ya no está aquí, tonta Christine. Él ya murió.
Se escuchó un sollozo agudo y de nuevo el barullo de voces. Después se fueron disipando poco a poco; algunos se acomodaron en las esquinas, algunos otros se recargaban en las paredes y sacaban petacas de sus abrigos y las vaciaban. Pero hubo dos figuras que se quedaron en el mismo lugar, unas se agitaba como si estuviera llorando mientras que la otra le pasaba el brazo para consolarla.
Y Tom pudo por fin ver a quien se refería. La que parecía ser la mujer Christine y quien la estaba consolando estaban alrededor de un hombre que desde la distancia en la que él se encontraba podía pasar por dormido, pero su palidez mortal lo delataba. Eso y la falta de movimiento en su cuerpo.
Ryddle supo desde ese momento que se tenía que retirar, sin embargo, hubo algo que no lo permitió. Observo, como si fuera en cámara lenta como los dos se levantaban de alrededor del cadáver del hombre y le hacían una seña a los demás para que se acercaran, haciendo un semicírculo alrededor de éste; dándole una perfecta vista a Tom del vagabundo muerto.
Y con fascinación no aceptada, observo como todos comenzaban a rezar. Rezos típicos de la iglesia, que se enseñaban a los niños en el orfanato o en los colegios. Se quedó embelesado con las llamas danzantes sobre los rostros de los mendigos que dibujaban formas siniestras, iluminando los perfiles.
Su embelesamiento aumento cuando el que había supuesto que era el primer hombre que había hablado se separó de la media luna y camino hacía la fogata improvisada. El hombre se inclinó sobre otro montón de basura que aún no ardía y tomo lo que quedaba de un periódico, lo enrosco y lo dirigió hacía la llama-basura, prendiendo la llama en la punta del tubo de periódico. Después, se dirigió de nuevo al hombre muerto y con solemnidad, soltó el papel ardiente sobre el éste.
Y a continuación, Ryddle no pudo parpadear. Ni separar la mirada. Mucho menos, apartar ese recuerdo de su mente.
En cuanto la llama cayó el inflamable cadáver (a cámara lenta a perspectiva de Tom) se desato el infierno. Pronto, el hombre al que habían llamado Ranulf ardió. El fuego se propagaba lentamente sobre el cuerpo delgado del vagabundo, dejando a su paso un humo asfixiante que hizo que Ryddle se pusiera verde y tuviera ganas de vomitar.
En ese momento él se tuvo que haber quedado.
Mal día para que la curiosidad de Tom saliera a flote.
Se quedó pasmado, observando como el hombre se contraía por el fuego y sus músculos se agitaban, lo que le erizo los vellos. Y después, un grito. Un grito espeluznante salió de la garganta de la antorcha humana, haciendo que todos los integrantes del medio círculo se estremecieran ligeramente. Una mujer lanzó un sollozo.
Varias luces se encendieron después de que el grito resonara pero después se volvieron a apagar, no había nada de qué preocuparse.
Sin embargo, Tom sí que lo pensaba… ¡Estaban quemando a un hombre a plena calle! ¡Y parecía que a nadie le importaba! Tampoco es que a él sí, pero era mero sentido común… No podían sentirse cómodos con un vagabundo incendiándose a metros de distancia.
No supo cuánto paso, una, dos… quizás tres horas. Cuando el hombre se calcino hasta los huesos y solo quedaron cenizas de él.
Vio como todos se alejaban de ahí, volviendo a sus actividades normales. Excepto el hombre que lo había incendiado.
Vio con curiosidad como él se inclinaba hacía las cenizas y dejaba un sombrero sobre estás, con un barquito de papel encima.
Con voz temblorosa, el hombre habló: —Ahora jamás pertenecerás a ellos, amigo.
Y con la misma solemnidad con la que había dejado caer el papel ardiendo sobre su amigo, se levantó para después alejarse de ahí.
Y continuar.
Tom se levantó tambaleante de la orilla del tejado y se dirigió de nuevo dentro del orfanato, donde se encontró con un dormido Thomas que aún murmuraba cosas inentendibles entre sueños.
Esa noche no durmió.
Ni la siguiente.
Ni la siguiente a esa.
Todas las noches la imagen del cuerpo incinerado volvía a su memoria y Tom simplemente miraba al techo imaginando como se podía hacer eso con alguien a quien supuestamente querías.
Y queriendo tampoco pertenecerle a nadie.
Hermione y Amelia estaban sentadas sobre la cama de la castaña, trenzándose el cabello mutuamente.
Después de un día duro y antes de la cena, solían reunirse en la habitación de alguna de las dos y ponerse a platicar, jugar los únicos juegos de mesa que había en el orfanato o peinarse y arreglarse juntas para la cena… Para la cual, por reglas generales del orfanato Bellwood, tenían que asistir presentables.
Ese día había tocado la habitación de Hermione, y mientras ella le había una complicada trenza a Amelia, ella charlaba alegremente acerca de un libro de cuentos infantiles que había encontrado en la biblioteca la tarde pasada (que Hermione ya había leído desde antes, pero al ver el ánimo de la niña prefirió no decirle y prometerle que quizás lo leería después).
— ¡Y después, la niña se quedó en la torre Hermione! Es muy valiente… ¿crees que yo seas así de valiente, lo crees? —cuestiono la niña, fijando los ojos en ella ardiendo de curiosidad.
—Amelia, estoy segura que tú eres de las niñas más valientes que he conocido.
— ¿En serio?
— ¿Bromeas? ¡Eres muy muy muy valiente, Amy! Te enfrentaste a Giséle tu sola, y ninguna niña se había atrevido a hacerlo.
Amelia sonrió orgullosa al recordar la tarde cuando había escuchado a Giséle hablar de Maureen, una de las niñas más pequeñas del orfanato. La rubia se había plantado frente a Giséle, le había echado el plato de guisantes en la blusa y después le había advertido que si seguía molestando a las niñitas, ella misma se aseguraría de sacarle el cerebro por la nariz con las cucharas del comedor. Desde ese día, Giséle procuraba hablar en voz más baja y le lanzaba miradas de coraje a Amelia, vigilando que ella no la vigilara.
— ¿Crees que mi padre me compre el libro, Herms?
Hermione torció el gesto, no le gustaba que le llamen "Herms".
—Si se lo pides por favor, quizás lo haga.
La rubia torció el gesto, sabía que no sería tan fácil.
—Hermione, ¿tienes hermanos? —cuestiono.
—No, no tengo… ¿y tú?
—Yo tenía uno, pero hace mucho que se fue de casa. Aparte, ya era muuuuy grande —aseguro la niña—, no nos conocimos mucho.
Hermione asintió y siguió trenzando el cabello de la niña. De pequeña, ella había tenido un hermanito. Cuando ella tenía ocho años, su madre Jean se había embarazado de nuevo… pero después de un accidente en las escaleras, a su mamá le había salido mucha sangre y después de llevarla al hospital, su papá le había dicho que no tendría un hermanito. Todavía le dolía un poco recordarlo.
Cuando se despegó de sus pensamientos, descubrió a Amelia viéndola atentamente con un cuestionamiento en la mirada.
— ¿Qué sucede?
—Herms… tú… ehm, tú… ¿Te gustaría ser mi hermana?
—… ¿qué?
—Hermana, ya sabes… — la mirada de Amelia cambio, ahora suplicaba—. Así, como familia.
Hermione la observo por minutos, y poco a poco una sonrisa se iba extendiendo por su rostro. Llego a parecerse a Cheshire.
— ¡Pero claro que me gustaría, Amelia!
Ella la abrazo y después de un instante se separó de Hermione y le pidió una aguja.
— ¿Una aguja, para qué?
—Dámela —ordeno.
Hermione rodo los ojos y se estiro hasta el cajón de su buro de donde saco el alfiletero que le había dado la señorita Castwell para que remendara su ropa. Zafo uno y se lo tendió a la niña, que se hizo un piquete en el dedo y después le hizo lo mismo a Hermione.
Tomo el dedo de la castaña y lo pego al suyo, mezclando la gota que surgía de su dedo.
—Listo —sonrió la niña—. ¡Ahora somos hermanas de sangre! ¿No estás feliz?
— ¡Pero claro que si…!
Pero no pudo terminar la frase, la campanilla que anunciaba la cena había sonado y ambas niñas salieron corriendo al comedor.
Hermione soltó el libro sobre la mesa y miro con gesto huraño a la señorita Castwell, que le había ordenado soltarlo.
Ese día el orfanato Bellwood había sido elegido para ser comedor común de varios orfanatos escasos en recursos. Por lo que hoy asistirían varios niños que llegarían en tren. Y habían llegado a por montones y Hermione sentía que la comida no alcanzaría para todos además de su mal humor causado por la regla que la había impuesto el ama de llaves, "nada de libros en la mesa".
Estaba sentada junto a Amelia, pero ella había hecho una rápida amistad con un chico que venía de un orfanato de Londres, un tal Thomas Kent.
Tenía frente de si su plato con sopa de verduras (que era realmente la peor comida que había probado de las cocineras del orfanato de Bellwood desde que había llegado) y sospechaba que estaba hecha de sobras de la ensalada que habían disfrutado de ayer agua hervida. Y judías con trozos de pan duro. Definitivamente, habían dejado la peor comida para los otros niños.
Lamentablemente, los niños del orfanato Bellwood tenían que dar el buen ejemplo, fingir que la comida era exquisita y tragársela sin quejas ni muecas.
Amelia casi vomita con las judías, que tenían pedazos de cascaras de huevo. Sospechosamente.
Cuando Hermione termino su comida –había procurado escupir debajo de la mesa cuando nadie lo notaba- se levantó rápidamente y corrió a refugiarse a su árbol.
Pero estaba ocupado…
A la sombra de SU árbol favorito, se encontraba un niño de más o menos su edad. El flequillo le tapaba la mitad del rostro, creando sombra en la otra mitad. Estaba acostado bocabajo y leía un ancho libro, bastante antiguo.
Hermione se aclaró la garganta, queriendo reclamar aquél territorio.
Pero cuando el chico alzo la mirada, ella solo deseo salir corriendo de ahí como si el diablo la persiguiera.
— ¿Qué? No… no.
Hermione había abierto mucho los ojos y comenzó a hiperventilar.
¿Tom Ryddle? ¿Aquí y ahora…?
… ¿por qué?
—Oh, hola Hermione—saludo él, mientras lanzaba una sonrisa sardónica.
Si les gusta, haganmelo saber...
Y si no, también. O no. No, mejor no.
Muggle-Almost-Witch
