Disclaimer: Todo esto no es mío. Osea, si, bueno, mayoria es de J.K.

Gracias por la que han seguido mi histora, no sabes realmente como me entusiasma :)
Y por cierto, a aquellas que la han seguido, quiero saber en que casa opinan que Hermione podría estar en su siguiente año, ya que con todo este rollo del pasado y Ryddle, no sé muy bien donde ubicarla... Así que diganme, ¿qué casa les parecería mejor?
De antemano, gracias.


Hermione se quedó prostrada en su lugar, con su cerebro negándose a reconocer que Tom Ryddle estaba frente a ella con una sonrisa llena de sorna y mirada puntiaguda, recostado contra el césped y con un libro gordo entre las manos.

No podía moverse, estaba hiperventilando y se preguntó si pronto caería desmayada.

Tom, por el contrario, estaba esperando alguna reacción de la chica que tenía delante. La vio ahí parada, pálida, temblando y con los ojos tan abiertos que por poco se le salían de las cuencas.

— ¿Te encuentra bien…?

—Camilleri, Hermione Camilleri —respondió ella, con voz baja y con muestras de enojo.

— ¿Te encuentras bien, Camilleri?

Hermione no supo que responder. ¡Claro que no se encontraba bien! Tenía al futuro Lord Tenebroso delante de ella, que en este tiempo se veía como un niño bastante normal, y la estaba mirando. Cuestionándola. No estaba lista para verlo aquí tan pronto. Ni tan cerca de lo que ahora podía decirse "su hogar". Ni siquiera había escuchado bien la pregunta…

Tenía ganas de gritar, aventarle un zapato a esa perfecta nariz que tenía y salir corriendo despavorida. Pero hubiera sido bastante raro, un adolescente cualquiera no reaccionara así frente a otro adolescente cualquiera que solamente le hablo de mala manera en un pasillo del colegio.

Por el contrario se cuadro y trato de poner una máscara de diferencia, que más que eso parecía que estaba haciendo una mueca de sufrimiento.

—Bastante bien, Ryddle. ¿Qué haces aquí?

Tom torció el ceño: — ¿Apenas me conoces y ya pides explicaciones?

— ¡No tienes que dármelas si no lo quieres, cretino! —chillo Hermione.

—Oh… —Ryddle cerro su libro y se enderezo despacio, hasta que quedo recargado contra el tronco del árbol y una sonrisa sarcástica alargo sus labios —, Camilleri, creo que hoy estás muy tensa. ¿Has dormido últimamente? O es que acaso tu enojo se refiere a otra clase de… frustración.

—Cállate Ryddle.

—Pero yo también te puedo preguntar lo mismo a ti, Camilleri. ¿Qué haces aquí?, ¿acaso no vienes de alguna familia mágica con un hogar?

—Que te calles, Ryddle.

— ¿Quizás te abandonaron tus padres al enterarse de que su hija era una aberración…

—Ryddle…

—… y los incompetentes directores de Hogwarts te encontraron apenas?

— ¿Pero qué demonios dices…?

—O quizás, solo quizás, te gusta pasar tus fines de semana con los huérfanos y hacer un poco de caridad.

Hermione, descompuesta por tantas preguntas, se limitó a bufar y negar con la cabeza.

— ¿Qué tanto dices, Ryddle? Veo que te estás tomando una confianza no autorizada.

— ¿No atine a ninguna? —cuestiono él de vuelta, sin estar dispuesto a salir de la conversación.

—No —la voz de Hermione sonó más dura de lo que había previsto—, y ahora, ¿qué haces aquí, Ryddle?

El rostro de Tom se endureció: —Vengo del orfanato de Wool, Camilleri.

—Y yo soy del orfanato de Bellwood. No veo el problema de admitirlo.

Tom se alzó de hombros y no volvió a decir nada. Hermione se quedó en su lugar, con el libro en la mano y mirada feroz, esperando a que Ryddle hiciera algo.

—Siéntate —ordeno el muchacho.

— ¿Qué? —cuestiono Hermione, que había sido cortada de sus pensamiento cuando volvió a escuchar su voz.

— ¿Eres sorda, Camilleri? Te ordene que te sentaras.

— ¿Ordenaste?

—Así es.

— ¿No te parece más correcto invitarme a tomar asiento que ordenarme a hacerlo? —cuestiono ella, con el ceño fruncido.

—No hay un asiento tal cual. Ahora siéntate.

Hermione se sentó lentamente, observando de reojo a Ryddle… casi esperando que le hubiese tendido una trampa y que al sentarse algo muy pesado le caería a la cabeza y la mataría en el acto.

Pero lo que recibió fue peor, no recibió nada. Termino de tomar asiento, se acomodó la falda y coloco el libro en su regazo.

— ¿Y bien?

— ¿Bien qué?

—Querías que me sentara… ¿Para qué?

—Oh, por nada… Es solo parte del fastidioso protocolo implementado—comento Ryddle, mientras se encogía de hombros despreocupadamente.

Hermione rodo los ojos y fue arrastrando su trasero hasta que pudo recargase en el tronco del árbol y tomo la misma posición para leer que siempre adquiría. Pronto, se sumergió en su libro con la esperanza de poder olvidar que MiniVoldemort estaba a su lado mirándola con mucho interés. Otra vuelta de tuerca, era el libro que había escogido ese día. Estaba logrando por fin su objetivo hasta qué…

—Tienes el peor cabello en la historia de los peores cabellos.

Hermione volteo tan bruscamente que casi se rompe el cuello: —Disculpa, ¿qué?

—Lo que oíste. Camilleri, comienzo a creer que estás sorda.

—Y yo comienzo a creer que tú, Ryddle, eres uno de los peores errores de la naturaleza.

Ryddle la volteo a ver con una sonrisa verdadera: —Me alegra decir, querida Hermione, que te equivocas. Por el contrario, creo y afirmo, que yo soy de los pocos aciertos que ha tenido la naturaleza.

— ¡Vaya! Baja tantito de tu nube, Tom Ryddle. Sólo eres alguien muy presuntuoso y con muy alta autoestima.

Pasaron unos segundos con Tom resistiendo las carcajadas pero después, no soporto más y lo tuvo que soltar todo. Se rio y se dejó caer contra el tronco entre convulsiones.

— ¡Ah, Camilleri! Eres tan tonta…

— ¡Basta, Ryddle! Lo digo en serio, tienes el ego más grande jamás visto.

— ¿Alguna vez has visto uno?

—Pues… ¡Oh, Tom Ryddle, eres imposible!

Hermione se paró enojada, frustrada, confundida y herida y camino rápidamente al lado opuesto, derecho al comedor común recién instalado.

—Camilleri, ¡espera!

— ¿Quéeee? —volteó aún más enojada y roja por el esfuerzo de no llorar.

—Se te olvido tu libro —contesto Tom, alzando éste por arriba de su cabeza.

— ¡Agh, maldita sea!

Regreso con paso presuroso, tomo su libro para después irse a buena velocidad. Sintió como él la seguía.

—Tranquila. No quise molestar, en serio. Si quieres, vayamos a comer un poco de la buena comida que han preparado las cocineras de éste internado de lujo.

—No es buena comida —comento Hermione—, son tan solo las sobras de la semana.

—Así que eso de ayuda a la comunidad es tan solo más basura que se han inventado para dar más esperanza a los huérfanos que aún la tienen.

—Puedes verlo así, Ryddle.

—Pero a fin de cuentas, sus sobras saben mucho mejor que los mejores platillos que nos dan a nosotros. Nos tratan como animales… quizás hasta traten mejor a los animales mismos, ellos son más útiles que nosotros. Unos huérfanos sin valor ni suficiente importancia para la sociedad.

—No hables así… —dijo Hermione, mientras torcía el ceño.

— ¿Y por qué no? Sabes que es verdad —comentó Ryddle con sorna—. Sabes que ahora los niños solo somos un estorbo y una pérdida de dinero. ¿Lo sabes, cierto?

—No somos una pérdida de dinero, Tom Ryddle… somos el futuro de nuestra corrompida y tonta sociedad.

—Eso es muy cursi, Hermione Camilleri. Eso lo sé, por lógica somos el futuro. Pero ahora, en éste tiempo y con la guerra desarrollándose, somos solo una carga extra. De ser posible, los adultos nos enviarían todos a cuartos bajo tierra y cuando terminara esto, nos volverían a liberar. No pensarían en gastos para comida de los niños y mucho menos en cuidarlos…

— ¿Cuidarlos de qué?

—Los blitz.

— ¿Qué son los blitz? — Hermione se mordió la lengua. Claro que sabía lo que eran, lo había estudiado en historia muggle durante su estancia en la escuela… muggle.

—Solo rumores, Camilleri. Una nueva estrategia, que ha llegado a oídos de los londinenses.

— ¿Una estrategia muy peligrosa? —Voz inocente, ojos abiertos con fingida sorpresa. Hermione se felicitó internamente por su buena actuación.

Tom rodo los ojos: — ¿Qué estrategia militar, Camilleri, no es peligrosa? Niña tonta. Son ráfagas. Escuche que en otras partes de Polonia lo han hecho ya, disparar desde el cielo a los transeúntes.

—Por lo menos, Ryddle, tú tienes el orfanato de Wool. Un techo y una cama.

Tom negó lentamente.

—Los asilos recogen a los menores de edad en situación de calle. Puede que no tengan una cama, pero sí que tienen un techo.

—A palabras necias, oídos sordos —canturreo Hermione por lo bajo.

—Te he oído, Camilleri. Y esperaba una respuesta digna de un coeficiente intelectual más alto.

— ¡Eso es ridículo, Ryddle! ¿Siempre tienes que ver mal las cosas?

—No, no… ¡Claro que no! También se apreciar las cosas buenas —se burló él.

— ¿Cómo qué? —pregunto ella, más enfurruñada que antes.

—A ti, por ejemplo.

En una situación normal y quizás con otra persona, Hermione se habría sonrojado de pies a cabeza. Pero aquí, en el pasado, con la interrupción de una plática de la Segunda Guerra Mundial que apenas se desarrollaba y con Tom Ryddle por acompañante, Hermione no pudo más que ponerse fruncir la nariz.

— ¿A qué te refieres?

—No me malinterpretes, Camilleri. No es que me guste lo que veo, ni que te observe porque tengas un físico espectacular (que claro, con ese cabello nadie podría), sino porque eres muy curiosa. Eres una criatura que actúa de forma curiosa e irracional.

— ¿Me acabas de llamar criatura? —susurro ella.

—No.

—Si.

— ¿Entonces para que preguntas, si es que ya lo sabes?

— ¡Solo quería confirmar! —chillo la castaña, volviendo a exasperarse.

Se quedaron en silencio. Con Hermione enojada y un Ryddle que desde su lado izquierdo se burlaba.

Llegaron al comedor común y Hermione fue rápidamente por dos platos e inconscientemente le estiro uno a Tom. Él lo tomo, extrañado, y la siguió.

Pasaron por las largas mesas que tenían los platillos repartidos.

Hermione se sirvió lo que se veía más comestible, y Tom sin muchas ganas de caer envenenado, tomo lo mismo que la castaña.

Ambos se sentaron en la misma mesa y mientras ella sólo removía a comida, él comenzó a comer tan rápido que temió que pareciera un muerto de hambre. Pero no le importo, ésta era la mejor comida que había visto entre todas las opciones… más de cincuenta opciones de platillos distintos.

—Éstas sobras saben a los mil demonios, Hermione Camilleri. Joder, creo que me ha tocado algo que alguien vomito.

— ¡No seas exagerado, Tom! No sabe tan mal…

El estómago de Tom se revolvió y él se puso de un ligero tono verde;

—Si, claro… nada menos.

Hermione, preocupada por el aspecto de Ryddle se inclinó levemente y lo observo atentamente.

—Tom, Tom… Quizás sería mejor que fueras al lavabo para refrescarte un poco.

Él asintió y con dificultad se retiró de la mesa, tambaleante. Hermione lo observo hasta que se perdió de su vista y cuando volvió a su plato, se regañó a si misma por mostrar tal interés.

El ama de llaves del orfanato de Wool se acercó a ella y con tono tosco le pregunto que si el chico Ryddle estaba bien. Por alguna razón, Hermione no quiso ponerlo en evidencia, por lo que contesto con un escuálido "Si, solo fue al cuarto de baño".

Tom regreso veinte minutos después (aproximados, porque lamentablemente Hermione había perdido el reloj pulsera de su tiempo) con mejor color y con los ojos llorosos, seguramente por el malestar.

— ¿Todo mejor? —pregunto ella en un leve susurro, volteando a verlo.

Asintió y después le dedico una mirada asesina. Hermione no volvió a insistir.

Comieron en silencio, en un silencio rodeado del escándalo de niños jugando, nanas regañando, grupitos de niñas criticando (lo cual tenía con los nervios a flor de piel a Hermione) y la suave y ligera respiración de Ryddle que de vez en cuando llegaba hasta su mejilla al estar tan juntos.

Tom había optado por otro plato, que estaba un poco menos asqueroso que el anterior (esta vez, su estómago logró mantenerlo adentro). Espero pacientemente a que Hermione terminara con lo que había empezado, aunque ella estaba haciendo tiempo, removiendo las lentejas de un lado a otro, apartando los trozos de carne misteriosa y preparándose mentalmente para comer semejante revoltijo.

— ¿Podría apurar un poco, señorita Camilleri? Considero que ya le ha tomado suficiente tiempo tratar de comer del mismo tazón —comento Ryddle, en voz baja.

Ella subió la mirada, lo fulmino y volvió a lo suyo. Revolver. Apartar. Pensar. Revolver. Apartar. Pensar. Mandar a Ryddle a freír espárragos. Pensar. Matar a Ryddle mentalmente. Revolver.

—Camilleri…

Apartar.

Pensar.

—No, Ryddle.

Tamborileo de los finos dedos de Ryddle en la mesa, Hermione rodó los ojos. Los rodo tres veces, mientras los dedos seguían tamborileando.

Su mano voló hasta la de él y paro sus dedos.

—Por favor, Ryddle, antes de que me causes un ataque de nervios —susurro ella, fulminándolo por segunda vez.

Una sonrisa sardónica se extendió por el rostro de Tom mientras se sacudía la mano de la chica.

—Claro, disculpa.

Pasaron diez, once, doce, trece, catorce, quince minutos… o eso pensaba Hermione. Hasta que una horrible desesperación le atenazo el pecho, al darse cuenta que su tazón de revoltijo había terminado.

Con una parsimonia digna de un anciano de ciento un años, retiro la silla, se limpió las comisuras de la boca con una servilleta de papel y se retiró de la mesa. Se quedó parada a lado de la silla, viendo como Ryddle hacía lo propio para después alcanzarla y su mente perdió conexión con su cuerpo cuando Tom la tomo del brazo (apenas un leve toque, como el rocé del viento) y la dirigió a la parte posterior de lo que era el orfanato Bellwood.

Hermione escuchaba zumbidos, zumbidos que a veces cobraban sentido dentro de su mente y que luego volvían a perderse. Lo que podía escuchar claramente, eran los leves susurros que formaban redes en su mente. Susurros con las voces de Harry y Ronald, que le instaban a alejarse de Tom Ryddle, a huir y esconderse de él. A no hablar con él.

Corre, corre, le instaba el susurro que pertenecía a Harry, corre y no vuelvas ahí, no estás segura.

¡No confabules con el enemigo!, en definitiva, ese tenía que ser Ronald.

—Camilleri… Camilleri…

Hermione volteó espantada hacía un Ryddle gritón.

—Ah, eh… ¿si? —susurro ella, en vuelta.

—Te preguntaba acerca de ti —tono poco amable, vaya… Ryddle no se andaba con formalidades.

Ganas le faltaban para decir la verdad. Era Hermione Granger, no Camilleri. Sus padres eran muggles y trabajaban en reparar los dientes de los demás muggles. Tenía dos mejores amigos, Harry Potter y Ronald Weasley. Uno de ellos era el héroe de la sociedad mágica de Londres, conocido por la marca que le dejo el Lord Oscuro al querer matarlo. Iba en cuarto año y era la mejor en su promoción. Era una rata de biblioteca. Una marisabidilla. Y lo más importante, venía del futuro. O del pasado, todo cuestión de perspectiva.

Pero Tom Ryddle no era quién para saber eso.

—Soy Hermione Camilleri y soy huérfana —no estaba mintiendo por completo, en ese tiempo, ella estaba huérfana.

—Eso lo sé, Camilleri. Esperaba algo mejor de tu parte.

Hermione se alzó de hombros. Realmente no sabía nada de ella, nada de ella en ese tiempo. ¿Realmente existía? ¿Ella era realmente alguien?

—Es lo único que se de mí, Ryddle. Así como sé que tú eres huérfano y un gran pensador, para ser tan joven.

— ¿Lo sabes con certeza?

—No con certeza, solo lo sé.

Sus iris se conectaron. Café y azul. Azul como el cielo antes de una tormenta, azul como el océano turbio e inquieto. Azul como las moras que la madre de Hermione acostumbraba comer en invierno. Azul Ryddle.

— ¿Qué piensas?

—Bonitos ojos —Hermione se cacheteo mentalmente.

—Claro, claro. Muy hermosos.

Hermione bajo la vista levemente sonrojada, mientras que se recriminaba una y otra vez haber dicho semejante tontería. ¿Y si creía que ella era como todas las que seguramente tenía comiendo de su mano? Ella no se sentía atraída mínimamente atraída por alguien tan cruel.

—Hermione Camilleri, ¿acaso te estas sonrojando?

—No.

—Claro que si —falsa voz encantadora, Hermione ya la esperaba. Ese hombre había sido tan mentiroso desde joven, por lo que había sabido por parte de Ginny.

—Pues no, Ryddle.

—Me parece a mí que sí.

—Me temo que tu sentido de percepción está dañado por el enorme tamaño de tu ego.

Una leve risa sarcástica, Ryddle no había sentido ningún agrado por su comentario.

Quizás solo deberías correr, Hermione… volvió a escuchar, la voz de su fiel amigo. Su amigo que ahora no estaba con ella para rescatarla.

Sus ojos se pusieron vidriosos. Trago varias veces para evitar llorar. Respiro mientras contaba cada uno de sus acelerados latidos. Escucho leves pasos a su lado. Ryddle se encontraba frente a ella, mirándola con dureza.

No le gusta que le ignoren, notó Hermione.

—Empezara a llover, Camilleri. Sería mejor que fuéramos a tu internado a refugiarnos.

Hermione asintió levemente, trato de mantener la compostura mientras sentía el leve roce de los brazos de Ryddle al caminar. Lo observo de soslayo, a ese despreciable niño de tan solo trece años, quizás catorce. Y se permitió tener un poco de lástima por él.

¿Qué lo había hecho así?

¿Por qué, en lugar de usar su facilidad de intelecto para causas buenas, había decidido inclinarse hacia las artes oscuras?

Sus padres solían decir que un tipo de ambiente generaba un tipo de mentalidad. Por eso ellos habían decidido criarla en un entorno lleno de amor incondicional, respeto, unidad, aprendizajes y libros.

Por eso eres una rata de biblioteca, Hermione, pensó para sí misma. Demonios.

Sin embargo, Hermione era una niña tímida que buscaba la aceptación, ayudando a la demás gente aunque estas no lo merecieran (Harry y Ron eran la evidencia más contundente) era insegura y estaba consciente de que se ocultaba detrás de los libros y conocimientos.

Por otra parte, Ryddle no necesitaba nada de eso. Era seguro, elegante, líder, buen orador y además sabía controlar a la gente.

¿Qué los hacía tan diferentes cuando ambos tenían el mismo intelecto?

El entorno. Ryddle había crecido solo, seguramente maltratado por los que habían sido los grandes en ese tiempo. Se lo imaginaba callado, con cara de hastío e ignorando a todos los niños. Quebrando las leyes y sumergiéndose en su propio mundo. Él solo contra el mundo, sin una guía.

Que cruel era la vida al encapricharse con un niño que había nacido puro.

No noto en que momento Tom la había ayudado a protegerse bajo la saliente de un ventanal. Tampoco se había enterado cuando la lluvia se había convertido en tormenta. No había notado cuando las voces de sus amigos se extinguieron en su cabeza.

No había notado la mirada persistente de Ryddle.

Ni las preguntas insistentes que le hacía con tono de autoridad.

Volvió a la realidad cuando sintió que su mundo se distorsionaba y descubrió que fue porque Ryddle la estaba agitando del brazo.

Ella se soltó con más brusquedad de la necesaria, dejando una sonrisa retorcida en el rostro de él.

— ¿Qué quieres, Tom?

—Así que… ¿Tom?

—Ryddle, ¿qué quieres Ryddle?

—Tenemos que entrar. Tengo que hacer fila junto con los otros de Wool…

— ¿Qué? —Preguntó Hermione, exaltada — ¿Se irán así? No… no pueden… les dará pulmonía y puede que los pequeños mueran si no tienen el medicamento suficiente como para curarlos a todos, y apuesto que son más de setenta…

—Tranquila, Camilleri. Lo más probable será que durmamos aquí.

Tom no se equivocó, cuando se dirigieron a la puerta principal del edificio se les fue informado que los niños del orfanato de Wool se quedarían por esa noche debido a la tormenta. A los mayores se les haría espacio en la enfermería mientras que a los pequeños se les acomodaría en las habitaciones junto con los otros habitantes de Bellwood.

Las quejas no tardaron en llenar el vestíbulo pero tampoco tardo en sonar la orden tajante de la señorita Castwell, mandándolos a callar.

Hermione no se despidió de Ryddle, iba a subir tranquilamente por las escaleras hasta su alcoba para poder descansar un rato cuando sintió el agarre en su hombro y como alguien la jalaba.

Asustada, se dispuso a gritar hasta que vio el rostro de Ryddle.

—Mañana te veo, aquí, a primera hora.

— ¿Estás loco, Ryddle? ¡No me despertare a la una de la madrugada solo por ti!

—Está bien, demonios. Pero llegaremos tarde. Te veo aquí a las cinco.

— ¿De la madrugada? —cuestiono Hermione, desconcertada.

— ¿De las qué, entonces? Si Camilleri, de la madrugada.

—Estas demente. No puedo salir del internado y…

—Sin excusa. Ahora largo y quiero que seas puntual.

Hermione se soltó de un tirón por segunda vez en el día y se fue a grandes zancadas a su cuarto y una vez ahí, se dejó caer en su cama. Pálida, vacía y desconcertada.

No iría, por supuesto que no. No levantaría su trasero a las cinco de la madrugada solo para reunirse con aquel sádico adolescente y hacer quién sabe qué. Por cierto, él nunca dijo que tenía planeado… ¡¿Pero que se creía él para ordenarle así?!

No, no iría.

No lo haría.

No, nunca.

Pero si se enojaba con ella… y después se dedicaba a molestarla durante todo el lapso que ella estuviera atrapada en éste tiempo.

¿Y si él le guardaba rencor y se desquitaba?

¿Y si la mataba?

Hermione sabía que exageraba con creces, pero no sabía que tan estable era el Ryddle de la época. Si es que estaba estable.

Tres suaves golpeteos en la puerta la desconectaron de sus pensamientos para decir un "pase" con voz ahogada.

La señora Castwell asomo su cabeza y son suave voz le indico que hoy el pequeño Thomas Kent dormiría con ella, porque los dormitorios de todos los niños ya estaban llenos.

Hermione asintió levemente y se hizo a un lado para dar espacio al esbelto cuerpo del niño. Se quedaron así, uno junto al otro respirando levemente en la oscuridad.

—Señorita Camilleri, ¿me contaría un cuento? —pregunto en un leve susurro, esperando que ella aun estuviera dormida y no escuchara su ridícula petición.

Hermione soltó una risa adormecida: —Puedes llamarme Hermione, Thomas.

—Hermione, ¿me contarías un cuento?

Espero una negativa, con voz tan hosca como la de su compañero de cuarto, Tom Ryddle. Por el contario, observo en la oscuridad como una sonrisa triste se extendía por el rostro de la niña junto a él.

Mientras, una sensación de vació se instaló en el pecho de Camilleri. A los nueve años, había decidido que ella ya era muy grande como para que su madre continuara con su tradición de contarle cuentos antes de dormir y ella leía sus propios libros de cuentos antes de que fuera la hora de ir a la cama.

Vaya decisión más egoísta.

—Pero claro que sí, Thomas… Es solo que no recuerdo ninguno.

—Puedes inventarlo —intervino el pequeño con voz insegura—, no hay problema.

—Está bien, pues…

Vino el barquito, ¡el barquito! -exclamó el Coco en la plaza de Mar del Plata.

A él gustan los barquitos y por eso lo llevaron a una plaza, donde le dijeron, que había uno muy grande, y cuanto más grande son, más le gustan. La luna estaba en el cielo. Todas las noches espera a que salga, la busca de día incluso, a veces se ve. Él no sabía que había plaza de noche, que además se llena de gente.

Esa noche de la cual te cuento... había un montón de gente, toda mirando el barco grande. Le habían dicho que iba a haber "fuegos artificiales". Al principio él no podía ni pronunciar esas palabras, les decía, fuebos arpifisales, en realidad, ni siquiera sabía de qué se trataba.

Escucho una leve risa de parte de Thomas por la pronunciación incorrecta, ella sonrió levemente.

Un día, hace mucho, vio a los barquitos en el puerto de Mar del Plata. El encantan, por eso, se alegró tanto, cuando le dijeron que esa noche iba a ver uno muy grande. Al rato de llegar a la plaza, se llevó una sorpresa. La plaza tenía las luces encendidas, porque era de noche. De repente, se apagaron de golpe, y así fue como conoció los fuebos arpifisales, eran muchas, muchas, muchas luces -como las estrellas- de todos los colores, que hacían, "¡pum, pum!".

Hermione extendió sus dedos frente a ambos y lazo unas pequeñas chispas de sus dedos. Jamás se había planteado hacer magia frente a un muggle, pero un leve truco de no le afectaba a nadie. Aparte, no estaba segura que fuera la magia que Hogwarts le prohibía hacer.

Y le alegraba haber sacado chispas por sus dedos como si fueran fuegos artificiales frente al pequeño Thomas, porque se quedó mudo de la sorpresa y cuando ella volteo a verlo, noto una expresión de total asombro.

Al lado de las luces, estaba el barquito, que también miraban, todos los que estaban parados al lado suyo. Era enorme, nunca había visto uno así. No podía dejar de mirarlo. Había que asomarse por encima de las cabezas de las personas, ya que eran tantas, que le tapaban el barquito. Desde allí, se veía fantástico. Cuando las luces se apagaron, "¡pum, pum!", se escuchó de nuevo, pero esta vez adentro del barquito.

-¡Humo!, -dijo el Coco sorprendido, viendo la nube negra que subía al cielo. Él sabía que después del humo, viene el fuebo, y así fue. El barquito más grande del mundo, pero el más grande, se empezó a prender fuebo, después ese humo negro los comenzó a envolver y casi no los dejó respirar. El barquito más hermoso se prendía fuebo, sí, ¡fuebo! Como había mucho viento se empezó a quemar muy rápido, dejando a la vista alambres muy altos, mientras todo el papel y el cartón con el que estaba hecho, se arremolinó en el aire y empezó a caer prendido fuebo, sobre todos los que estaban en la plaza. El cielo, oscurecido por el humo, parecía iluminado nuevamente por los fuebos arpifisales, pero esta vez, caían sobre ellos, ¡y quemaban! La gente también sentía los pedazos de cartón del barquito prendidos fuebo, y se alejaba, como nosotros, de la plaza, ya que el cartón quemaba en serio. Todo el mundo se quejaba por la ropa que se les llenó de agujeros. A su abuela se le prendió fuebo el pelo, a él la campera. Pero eso no es lo importante. Él, en los brazos de mamá, que me llevaba tratando de que no se quemara, no entendía nada.

Ya te dije: él ni siquiera sabía lo que eran los fuebos arpifisales. Nunca había visto un barquito tan grande y no pudo imaginarse que los que están en el mar, pudieran estar en una plaza, y encima prenderse fuebo; ¡imposible, si siempre están mojados!

Esa noche, sus abuelos le preguntaron sobre las luces y el barquito, pero él no dijo nada. Necesitaba pensar. Al día siguiente, ningún comentario. Al otro día, nada. Cuando él quiso, empezó a contar lo que ahora su mamá está escribiendo. Nadie lo podía creer, pensaron que se había olvidado. ¡Cómo se iba a olvidar! Tenía que salir de toda su sorpresa, que era mucha. Durante sus días de silencio, los escucho decir que, en realidad, todo lo había asustado; que el humo, que fueron los fuebos arpifisales, que fue el barquito tan grande... claro, que lo había impresionado verlo prenderse fuebo. Él los escuchaba, pero no les decía nada. Se equivocaban: a él no le asustó nada.
Ya pasaron un montón de días de lo de la plaza, se acuerdo de cada una de las cosas que vio, y las nombro todos los días un ratito, ya que no se imaginó que todo eso pudiera pasar. También, ese día conoció mejor a los grandes. Ellos lo llevaron a la plaza, a ver el barquito porque pensaron que se pondría contento, recién pensaron distinto, cuando vieron que otros nenes lloraban.
Pero a él, todo lo que vio, lo dejó silencioso durante días: fue asombroso. Y ahora, imagina que a los barquitos, a las plazas de noche y a las estrellas, pueden pasarles cosas, que él no sabía que pasaban. Ahora sabe, que las plazas están abiertas de noche, y las estrellas hacen "pum, pum", y los barquitos no siempre navegan solamente por el mar, incluso los veo en el campo, con las vacas. ¿Tú, nunca los viste? ¿Susto? ¿Susto, él?
Los grandes a veces piensan cosas que no son ciertas.

Hermione termino el cuento con un susurro.

Recordaba que lo había leído hace mucho tiempo, en un libro desgastado que su madre le había leído por su cumpleaños número seis. Recordaba a la perfección el cuento porque lo había leído cientos de veces tratando de averiguar porque el barquito había prendido en fuego. O porque el barquito estaba hecho de papel, mientras que su padre le había dicho siempre que eran de la madera más sólida que había. O porque el niño no podía pronunciar "fuegos artificiales" cuando ella lo hacía perfectamente.

—Hermione, ¿quién es el niño de la historia? —escucho el leve susurro y recordó que aún tenía compañía.

—Puedes ser tú si así lo quieres, Thomas.

—Te equivocas —respondió él, su voz impregnada de tristeza —. He perdido a mi mamá, a mi papá y a los abuelitos. Hermione, ese no podría ser yo.

Al siguiente día, Hermione se despertó a las tres de la madrugada.

—Maldito Ryddle —susurro para sí misma y con mucho cuidado, salió de la cama tratando que no despertar al niño que tenía a lado.

Tomo su neceser, sus toallas y su muda de ropa para esa mañana y salió corriendo de puntitas a las duchas. Trato de hacer el menos ruido posible mientras se aseaba y casi se pone a llorar de los nervios cuando el frasco que tenía su shampoo se cayó y rodo por todo el suelo de mosaico.

Por fortuna, era muy de mañana para que alguien saliera a investigar qué es lo que había pasado y todos en el orfanato siguieron dormidos.

Salió rápidamente, se vistió lo mejor que pudo para soportar el frio y volvió a su habitación para guardar lo que había usado. Tomo su abrigo y su varita del cajón de la mesita de noche y la incrusto en su media. Tomo algo de dinero y lo guardo en la bolsa de su falda.

Al salir de su cuarto ni siquiera pensó en lo se había dicho a si misma de jamás salir con Ryddle y tampoco asimilo cuando camino hacía el salón del orfanato. Fue hasta que choco con un esquinero cuando noto que estaba ahí y que Ryddle la estaba observando desde un rincón, sentado en un taburete.

—Vaya, has venido temprano Camilleri.

Hermione asintió, sentía tremendo nudo en la garganta.

—Pensé que habías dicho que no pensabas llegar tan temprano, y has llegado dos horas antes de lo acordado.

—Bueno, Ryddle, si quieres me voy y regreso dentro de dos horas.

—Que va —Tom hizo un gesto de indiferencia con la mano—, quédate aquí y vámonos ya de una vez, aún vamos a buena hora.

— ¿A buena hora para que, Ryddle? —pregunto seca Hermione.

—Es una sorpresa, y realmente no me gustaría que dejara de serlo.

Ryddle se paró de su asiento y se dirigió a la puerta principal con toda la elegancia que Hermione sabía de antemano que él tenía. Ambos saliendo y caminaron hasta la estación de tren de Edimburgo, que era la más cercana a Dunspie Loch, donde se encontraba el orfanato.

Hicieron cuatro horas de viaje desde Edimburgo hasta Londres, horas en las que Hermione había decidido que no quería hablar con nadie y se había acomodado para poder dormir.

En cuanto sintió la mano tosca de Ryddle agitándola para poder despertarse fue cuando supo que habían llegado. Con los ojos llorosos y los pies entorpecidos por estar tantas horas en la misma posición, Hermione siguió a su acompañante a través de la enmarañada estación.

Cuando por fin salieron, Hermione no salía de su asombro al ver la vieja Londres. Claro que la había visto en fotografías, y se lo imaginaba por las historias que su abuela solía contarle.

El Londres de ese tiempo era sombrío y Hermione casi podía decir que estaba de color sepia. Fuertes olores a putrefacción invadían el ambiente y no era extraño que se encontraran con vagabundos mientras caminaban. Fueron al mero centro, donde había varios escaparates. Entraron a varias librerías y Hermione escucho como Ryddle despreciaba a algunos escritores muggles y como alababa a otros, como le explicaba que había entendido rápidamente la física sin haberla estudiado antes y de vez en cuando respondía las preguntas que le había con un "si", "no", "ajá". Y cuando él se ponía pesado, lo único que ella hacía era decirle que se comportara y seguía su camino buscando y hojeando cuanto libro le interesaba.

Y él le reclamo: — ¿En serio me estás cambiando por libros? —cuestiono él.

—¡Pues claro! Son mas interesantes y educativos que tú —alegó ella, mientras lo dejaba el que traía en la mano en la pila que había creado de libros ya hojeados y cogía otro.

—Tienes razón, Camilleri —dijo él, mordaz —, haría lo mismo de no ser porque ya acaparaste todos.

—Cállate y ten— y Hermione tomo un libro de la pila y se lo lanzó a la cara.

Pronto ambos sintieron el estómago vacío porque ninguno de los dos había desayunado y se dirigieron a un café pequeño, ambos pidieron lo más barato (un emparedado, judías y café negro) y comieron como desesperados. Al último, el mesero fue a dejarles la cuenta y a esperar que pagaran.

—Paga tú.

— ¿No tienes modales caballerescos, Ryddle?

— ¡Pero claro que no, Camilleri! Ahora, paga antes de que este amable señor desespere y nos eche a la policía.

Hermione, con el rostro completamente colorado por el enojo dejo el dinero en la bandejita y salió de ahí enojada.

Ryddle la alcanzo de inmediato y la rodeo por los hombros con un brazo.

—Camilleri, no siempre una chica tan poco agraciada como tú tiene la oportunidad de salir con un hombre como yo.

— ¿Ah, sí? Entonces… ¿Me estás haciendo un favor entonces, Ryddle?

Una sonrisa sardónica se extendió por el rostro de Tom.

—Así es. Me sorprende que hayas tardado tanto en notarlo.

Y Hermione se enfureció más…

¡Esto era insoportable! Éste Tom Ryddle tenía el ego más grande del mundo y no soportaba que fingiera ser alguien desagradablemente normal con ella.

Ella sabía que él no era así.

No se haría el chulo como cualquier otro adolescente.

No, no lo soportaría.

Se sacudió el brazo de Tom y enfurecida, volteo a verlo a la cara y le puso un dedo sobre el pecho de forma amenazadora.

—Entonces, Ryddle, no vuelvas a salir conmigo. ¡Ah, y por favor, metete tu favor por el culo!

Y salió corriendo de ahí, enfurecida, despotricando contra ese estúpido.

Empujo gente y trato de recordar por donde había llegado y cuando estaba a algunas cuadras de la estación, lo escucho…

Gritos.

Volteo a su alrededor buscando la razón.

Iban aumentando, más y más gritos. Y se dirigían a ella.

El instinto animal en ella le decía que tenía que correr y averiguar después. Sin embargo, su curiosidad la retuvo un poco más hasta que descubrió la causa de los gritos.

Disparos. Muchos disparos. Ráfagas de ellos.

— ¡Mierda, los blitz! —susurro con miedo.

Y sintió como todo su mundo se venía a sus pies.


Muggle-Almost-Witch.

Me ha hecho mucha gracia poner a Tom tan adolescente :)
Dejen sus opiniones y criticas CONSTRUCTIVAS.
¡Gracias por leer una vez más!