Disclaimer: MEH. ¿Han pensado en que sirve el Disclaimer? Yo sí, y no creo que por no ponerlo me afecte. Pero es que así se ve más profesional, ¿saben?

Jijijiji, ¿de cuánto fue la tardanza? UPS.
Espero que este capitulo también les guste, realmente me quebré la cabeza para que me saliera chulo.
Espero que el esparcimiento de neuronas haya valido la pena.


Los disparos se escuchaban más y más cerca. Hermione no estaba segura de poder moverse por sí misma, tenía las piernas entumecidas y sentía que la cabeza le iba a explotar en cualquier momento.

Sintió como alguien le jalaba del brazo y la arrastraba de forma brusca a un callejón, aventándola dentro de un montón de basura y desperdicios.

Escucho como su salvador se revolvía junto a ella, buscando algo entre sus ropas. Lo identifico como Ryddle, conocía a la perfección ese tono osco de voz. El chico susurraba maldiciones hasta que encontró lo deseado, después un escudo apareció entre ellos y el resto del mundo.

Protego, lo identifico Hermione.

No era capaz de moverse para voltear a ver a Tom y agradecerle por haberla sacado de ahí. Veía como el cielo se volvía gris y no vio pasar ningún avión, no logro ver lo que causaba el Blitz.

— ¿Por qué nos disparan, Ryddle?

Tom suspiró y contesto en un susurro: —No son disparos. Son bombardeos, están muy lejos, no se acercaran tanto. Sucede de vez en cuando, a veces sí que los alternan. Nunca sabemos lo que vendrá, disparos o bombas. Oficialmente, el último blitz fue hace tres años. En 1941. Fue el que mayor destrucción ha dejado, sin embargo, de vez en cuando vienen, nos atacan y se van. Aunque los medios no lo den a conocer, parece que el ministro ha decidido que entre menos sepan que tan vulnerables nos están dejando los ataques, menos intentaran atacarnos otros países.

—Pero, tú dijiste que era una nueva estrategia…

—Pensé que sabrías lo que eran, pensé que sabrías que esa estrategia es de años. Luego me di cuenta que realmente no tenías conocimiento de ello decidí espantarte un poco.

Hermione parpadeo rápidamente, teniendo en cuenta que se le había pasado ese detalle. Pero de todas formas, ¿qué era esto? ¿Por qué sus libros no mencionaban que aún había ataques?

—Mis padres… solían protegerme mucho en Italia, no les gustaba que supiera los detalles de la guerra. Si podían, lo evitaban.

—Pues ahora lo sabes. No son tan graves como lo eran los blitz, pero sí que afecta. Pero qué más da, todos estos muggles se lo merecen, después de todo no son muy indispensables.

Hermione recibió ese comentario como una cachetada. No le sorprendía que Tom pensara así, pero después de que la hubiera salvado ella casi esperaba que no tuviera la misma ideología.

Que tonta, Hermione, pero que tonta.

—Vamos, Ryddle. Ya no escucho gritos, seguro todo acabó. Entre más rápido volvamos a la estación de tren estaremos más seguros.

Hermione se paró con dificultad y se sacudió los restos de basura de su vestido. Hizo un gesto de disgusto y estuvo a punto de reclamarle a Ryddle que la aventara contra el montón de mugre cuando recordó que el chico le había salvado la vida. Cosa que era rara, teniendo en cuenta los precedentes. Tom se paró en seguida y la tomo por el codo, guiándola por las calles que habían quedado medianamente destrozadas. Pasaron por varios tumultos, mismos que aterrorizaban a Hermione pero procuraba evitar. Excepto uno, donde se escuchaba a una mujer llorando de forma desconsolada. Quiso acercarse pero Ryddle la sostuvo más fuerte y la guío lejos de ahí.

Hermione se sentía más mareada con cada paso y pensó que en cualquier momento, si es que no llegaban pronto a la estación del tren se desmayaría. Y no podía estar más enojada por acertar, porque después de pasar unos metros más, Hermione se sintió mareada y cayó.

Tom maldijo su suerte, ¿en serio tendría que cargar a Camilleri hasta la estación del tren? Sabía que habían pasado por un ataque pero esperaba que la chica fuera más fuerte que eso. Se debatió entre dejarla ahí o ayudarla. Por un momento, dejarla ahí parecía la mejor opción pero sabía que de no volver con ella, la señora Cole sospecharía de él.

Se agacho a la altura de la chica y empezó a llamarla por su nombre hasta que ella reacciono levemente. Aún desorientada, Hermione coopero para que Tom la recargara contra él y ambos pudieran avanzar hasta la estación de tren. Tomo más tiempo del que ambos hubieran esperado y Hermione se sentía impotente por no poder mantenerse en pie por mucho tiempo.

Aunque no lo quisiera admitir, estaba más agradecida con Ryddle que lo que aceptaría.

Cuando llegaron a la estación y ambos compraron sus boletos, fueron a sentarse para poder esperar su tren. La cosa no iba mejor, ella sentía que su cabeza explotaría de un momento a otro, aparte, sentía culpabilidad por haberse escapado del internado.

—Ryddle…

— ¿Qué, Camilleri?

Tom tenía los codos recargados en las rodillas y la cabeza enterrada entre las manos.

Se sintió intimidada, sin embargo, no retrocedió.

—Yo, eh, bueno… Yo quería agradecerte por haberme salvado.

Ryddle alzo la mirada y la observo con duda, no esperaba eso de la chica Camilleri le dijera eso, había dado por asentado que era algo que hasta alguien como él habría hecho. Una sonrisa llena de altanería se extendió por su guapo rostro y Hermione se sonrojo al hacer esa observación.

—Camilleri, estarías totalmente pérdida sin mí.

—Lo sé, gracias de nuevo.

—Y sólo tú eres tan estúpida como para irte de mi lado, tomar el camino incorrecto y quedarte parada escuchando como todos gritan y con la intención de averiguar qué es lo que pasa.

—Ryddle, yo…

— ¿Por qué, Camilleri? Yo sé que no tienes ya a nadie que se preocupe por ti, sin embargo, ¿en serio quieres morir? —pregunto Ryddle, su voz destilaba crueldad.

Hermione aparto la mirada y trago la saliva, era cierto, ya no tenía a nadie que se preocupara con ella.

El vacío en su pecho se hizo más hondo.

Una lágrima rodo por la mejilla de la castaña, él tenía razón.

Después de esperar unos veinte minutos, medidos por el ir y venir de un señor que paseaba por la estación de ida y vuelta, poniéndole los pelos de punta a Hermione; el tren llegó.

Hermione se levantó en cuanto lo vio llegar y se paró derecha, esperando a por él. Tom, sin embargo, seguía en la banca, recargado y con los ojos cerrados, Hermione sabía que no estaba dormido.

El silbato del tren resonó por los muros de la estación, causándole un sobresalto a Tom y obligándolo a tomar lugar junto a la castaña. Ambos entraron directamente en su vagón y tomaron asiento frente a frente. Hermione estaba enojada con Ryddle por ser tan estúpido y él no tenía ganas de hablar con una niña tan estúpida como lo era Camilleri.

Bueno, no era estúpida, era la única persona con la que había mantenido una conversación medianamente normal y eso, aunque no quisiera, era algo nuevo y que lo confundía. Pero nada que mereciera ser pensado por mucho tiempo, ni analizado.

En cuanto el tren comenzó a avanzar, Hermione se sintió arrullada por el movimiento y comenzó a sentirse somnolienta. Y a pesar de tratar de mantenerse despierta de varias formas –una de ellas, analizar a Ryddle con la mirada mientras este centraba su mirada en la ventana-, cayo dormida.

Estaba parada en medio de la calle, escapando furiosa con Ryddle y pensando en la mejor manera de matarlo. Cuando lo escucho.

Bombardeos.

No, no, no… Pensó Hermione. Sabía que eran los blitz y lo último que ella quería era quedar atrapada.

Corrió, corrió y corrió en busca de un refugio. Paso entre la gente, sorteándola como buenamente podía y lamentablemente, tropezándose con frecuencia.

Tenía el pulso acelerado y un sudor frio se resbalaba por su espalda, las piernas le temblaban, la cabeza le daba vuelta y tenía las rodillas más flojas de lo que las había tenido jamás. Había tenido esa sensación cuando en primer año habían tenido que acompañar a Harry a la cámara donde tenían guardada la piedra filosofal.

Con terror observo que ante ella venía una oleada de gente gritando desesperada, tratando de huir por su vida.

Hermione trago en seco, iba en la dirección equivocada, sin embargo, no podía frenar. Paso en medio de la multitud y recibió patadas, golpes y casi cae. Le rasguñaron el vestido y quedo impregnada por el miedo de la masa. Sin embargo, siguió corriendo hasta que lo vio.

Ryddle estaba parado en medio de la calle, con gesto altanero y brazos cruzados, no daba señas de querer huir. Hermione grito su nombre, una, dos, tres, diez veces. Sin embargo, Tom ni siquiera le dirigía una mirada, ni un gesto, ni nada.

Aterrada, corrió hacia él para poder alcanzarlo, jalarlo y buscar un refugio. Pero no pudo.

Todo pasó muy rápido, pero para para Hermione no. Grito por última vez el nombre de Tom y este la observo, y de repente su mirada se llenó de terror; ella entendió su nombre en sus labios, pero no estaba segura, porque en un parpadeo, Tom había sido arrasado por una bomba.

Lo primero que vio al despertar fue un par de círculos azul oscuro. Conforme su vista se fue aclarando, noto que era Ryddle que le veía desde arriba, y recordando su sueño con un sollozo, Hermione lo rodeo por el cuello y se refugió en su pecho.

Estaban bien.

Estaban a salvo.

Tom… Ryddle no estaba muerto.

Sintió la tensión del chico, pero no le importo. Solo un poco más, solo para recordarle que seguía viva y que probablemente era lo más cerca de a muerte que había estado. Después de Fluffy, claro.

—Estabas llorando Camilleri —afirmo, sin emoción alguna—, ¿una pesadilla?

La chica asintió, escucho otro sollozo. Un nudo se le formo en la garganta, Tom se enojó consigo mismo; nada de compasión. Le dio unas palmaditas en la espalda, tratando de que no fueran tan fuertes.

—Tranquila, aquí estamos bien. Todo está bien —soltó. Sintió que Camilleri se iba relajando y desenredo los brazos de la chica de su cuello.

Él volvió a su asiento y ella observo en silencio la ventana. Todo el trayecto.

Empezaba a oscurecer cuando llegaron a la estación de Edimburgo. Ambos salieron y sin mediar palabra alguna, tomaron el camino que los llevaría hasta el orfanato. Iban en silencio, sumidos en sus propio pensamientos, sin dar crédito alguno de lo que había pasado.

Hermione volteaba a ver de reojo a Ryddle, esperando ver su típico ceño fruncido. Sin embargo, en su rostro no había ninguna expresión y aún no decidía si eso la espantaba más.

No, quizás el ceño fruncido la espantaba más.

Pero también se veía más guapo así.

Se golpeó mentalmente, tenía que dejar de pensar así en Ryddle.

Ryddle que no era atlético, que no era amable, que no era tierno.

Que había (o haría) arruinado la vida de muchos.

Ese último pensamiento se alojó como una bola de metal pesada en el centro de su pecho, haciendo que le faltara el aire y mirara de reojo de Ryddle, que igual a las veces anteriores, no le dirigía ni una mirada.

Pero también le había salvado la vida.

Y ahí se dio cuenta que desde que había llegado, no había actuado como ella misma. Estaba fuera de su zona de confort y no podía pensar fríamente como siempre. Eso le afecto, ¿qué tal si ya no podía hacer lo que realmente se le daba bien?

Cuando menos se quiso dar cuenta, habían llegado ya al orfanato.

Tom sintió que no quería separarse de ella. Y después sintió lo contrario, que ya había tenido suficiente de esa niña hormonada por hoy. Y fue alternando entre ambos polo, hasta que estuvieron frente a la puerta.

Ninguno de los dos se atrevía a tocar, pero tampoco fue necesario, porque en cuanto llegaron una mano salió y los jalo a ambos por su abrigo metiéndolos en el recinto.

Era la señorita Castwell, que los miraba con furia y Hermione sospechaba que si torcía más la boca, se le iba a romper algo. Los miro en silencio durante minutos y la chica ya no aguantaba la presión, aparte que seguía con el temblor en las piernas.

— ¿A dónde fue, señorita Camilleri? —su voz estaba distorsionada por el enojo.

—Yo, eh… yo… Nosotros, es decir.

—Discúlpenos, señorita Castwell. Considere que quizás la señorita Camilleri querría conocer Londres y me ofrecí de la forma más amable. Sin embargo, había dado por hecho que había sido informada de ésta salida. ¿Por qué me mentiste, Hermione? —preguntó Ryddle.

A ella poco le faltaba para mirarlo con la boca abierta.

¿Qué había dicho?

¡¿Le había echado la culpa?!

La señorita Castwell miro a Hermione con cansancio… y paz. Quizás realmente ella solo estaba preocupada, sin embargo, sabía que recibiría un castigo.

—Descuide, señor…

—Ryddle, Tom Ryddle — él ofreció una sonrisa encantadora.

—Descuida, Tom. Hermione recibirá su castigo por eso—le sonrió al chico. Y después volteo a verla a ella y esa sonrisa se perdió—. Tú, Camilleri, irás a la cama sin cenar. Y espero que en ese tiempo recapacites sobre lo que hiciste.

La señora Castwell dio media vuelta y se alejó repiqueteando sus tacones, con un ligero cojeo en el izquierdo.

Los ojos de Hermione se volvieron rendijas y su mente se llenó de caos. Quiso ahorcar a Ryddle hasta que se pusiera azul, no podía creer que mintiera tan libremente. Y tan creíble, ¿lo habría aprendido en el orfanato?

Y estuvo a punto de hacerlo (o de decirle a Ryddle que lo haría) hasta que escucharon el insistente grito de la señora Cole, que se acercaba, y de forma arrastrada llamaba a Tom.

—Tom… Tom Ryddle… ya verás cuando te ponga las manos encima, pequeño cabronazo, ¿cómo…? ¿Cómo te atreves? ¡Escaparte, pequeño estúpido! Túuuu… túuuu… —llego a donde estaban ambos y los observo, para después enfocar la mirada en Tom y acercársele tambaleando, trastrabillando y susurrando palabras intangibles.

—Señora Cole, en que estado más lamentable se presenta frente a la señora Camilleri —comentó Tom con tranquilidad., pero tenía la mandíbula tensa, al igual que los músculos de la espalda. Estaba todo menos tranquilo.

—Me da igual esa pequeña zorra —hipido. Hermione se sonrojo, ¿pequeña zorra? Si ella no le había hecho nada a esa anciana alcohólica—, ¿a dónde fuiste, idiota? Ya estuviéramos en Londres, pero eres un egoísta mal parido y nos retuviste—esto último se lo grito a la cara, escupiéndole un poco a la cara a Tom.

—No se preocupe, señora Cole. Podemos irnos ahora.

Hermione no esperaba lo siguiente.

La señora Cole golpeo a Tom frente a sus ojos, y le había cortado la mejilla con sus largas uñas de bruja. Un poco de sangre escurrió por el mentón de Ryddle y eso descontrolo a Hermione, ¿cómo podía ser tan mala esa señora, que se suponía, tenía que cuidar y apoyar a los niños?

Y todo se salió de control. De un minuto para otro, el débil cuerpo de la señora Cole estaba estrellado sobre la pared contraria y sobre los montones de vidrio que había quedado tras romper la mesita central. Había sangre, seguramente se había dañado las piernas y debía de tener el trasero lleno de esquirlas de vidrio. Hermione esperaba que no se hubiera dañado mucho la espalda, no deseaba que su espina dorsal se quebrara.

Tom la observaba, era la primera vez que la veía con tanto asombro.

— ¿Qué hiciste, Camilleri?

No respondió.

Tan solo observo a la señora Cole tirada como un muñeco de trapo.

—Camilleri, ¿qué hiciste? —enfatizo Tom.

Siguió sin responder.

Palideció al observar que el charco de aumento iba en ascenso.

Se mareo y estuvo a punto de desvanecerse.

— ¡Maldita sea, Camilleri! Contesta.

—Yo, yo… Yo no sé. Me enoje porque te golpeo, y… y… yo solo desee que te dejara en paz. Demonios, no quería matar a la mujer.

Tom rodo los ojos: —No está muerta, pero seguro que sí muy malherida.

—Yo… —Todo el aire se escapó de ella y ya no pensó más.

Corrió. Dejo todo lo que había causado por accidente y corrió hasta la poca seguridad que le brindaba su habitación. Se deshizo de toda su ropa y con los dedos temblorosos trato de colocarse su pijama. Corrió hasta su tocador y guardo de nuevo la varita, dándole una leve caricia.

—Ya pronto, pronto.

Se sentó en la cama, al rincón. Recordó la noche pasada con el pequeño Thomas y su corazón se volvió a encoger.

No, no. No podía. No sabía cómo salir adelante pero tampoco se iba a abandonar. Iba a salir adelante a pesar de que estaba exhausta, a pesar de que hoy había estado en medio de un ataque en una guerra en el casi muere y a pesar de darse cuenta de lo mucho que le importaba Tom Ryddle, aunque sabía que en un futuro desataría todo un genocidio. No lo podía odiar por algo que él aún no hacía.

Traidora, volvió a escuchar la voz de Ronald.

Hermione, pensé que no caerías, esta vez Harry.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas que recorrieron su rostro y terminaron en la comisura de sus labios. Que después saboreo y que le supo a sal y tristeza. Jodido sabor más deprimente.

No dejaba de escuchar como la acusaban de traidora, voces en su mente que la acusaban de traicionar un ideal.

Un ideal que ella no sabía si era, o no, válido en ese tiempo. O si lo volvería a ser jamás.

Tom observo como Camilleri desaparecía por las escaleras a trompicones. Mierda con ella, mierda con todo. No esperaba eso, no esperaba que esa niña perdiera el control con lo que había hecho la señorita Cole; él mismo no lo había perdido, sabía que no debía de hacerlo.

Ahora tenía que limpiar todo lo que había creado esa estúpida.

Camino hasta donde estaba la anciana tirada, la jalo con la poca delicadeza esperada y trato de ordenar un poco… Cosa imposible, porque había roto la mesa y toda la mierda que tenía encima.

Decidió que quizás si veían a la señora Cole tirada de esa forma enfrente de todo ese desastre podían asumir que estaba tan borracha que había caído sobre la mesa y había destruido todo eso.

No estaba pensando con claridad, pero tampoco es que fuera tan necesario.

La dejo donde estaba y camino por donde también lo había hecho Hermione. No fue necesario buscarla de cuarto en cuarto, la chica había dejado la puerta abierta y se veía como ella estaba sentada en su cama moviendo los labios en silencio.

Tom no supo cómo reaccionar, simplemente se acercó hasta que ella se diera cuenta de su presencia. Pudo escuchar como repasaba todo el formulario de Aritmancía. Quizás, solo quizás, Camilleri había enloquecido con todo lo acontecido hoy.

Se aclaró la garganta y rápidamente los ojos de Hermione se posaron sobre él, quizás se le hubiera escapado un escalofrío de no ser porque sentía como Hermione lo miraba con rencor. De forma inexplicada, esa estúpida lo volvía a ver como si fuera la peor persona del mundo a pesar de que la había salvado, aunque él realmente no quería hacerlo.

—Camilleri, asumo que también mañana podremos vernos.

Hermione interrumpió su mantra y observo a Ryddle con más ahínco, ¿lo decía en serio? ¡Casi la matan! Casi muere en Londres, de no haberle hecho caso a Ryddle, no había estado en peligro de muerte y ahora mismo podría estar tranquilamente en su habitación. Con un vacío en el estómago y sin un leve tic en el ojo izquierdo.

—Lo siento, Ryddle. Pero no creo que sea lo más apropiado.

—Por el contrario, Camilleri, a mí me parece de lo más correcto. A fin de cuentas, tan solo eres una italiana que quiere conocer un poco más la ciudad, ¿qué de emocionante tiene el campo escoces?

Hermione entorno los ojos, e inconscientemente le otorgo la razón a Ryddle. Realmente tenía ansias por conocer la ciudad donde ella vivía en otro año, quería aprender todo lo que pudiera y dudaba que en el campo se pudiera encontrar algo emocionante.

—Te veré en la estación de Londres, Camilleri.

—No iré.

—Eso dijiste ayer, si mi memoria no falla.

—No falla Ryddle, lo de hoy fue estupidez. Que no tendría que volver a repetirse.

—Ay, Camilleri —Tom soltó una risa petulante—, lo dices como si alguien hubiera quedado preñada. No siempre bombardean, descuida.

Hubo silencio, Hermione se quedó con la mirada clavada en la pared.

—Está bien, te veré mañana.

Dio media vuelta y en su cabeza no dejaba de preguntarse en que momento había perdido toda cordura. O la mayoría.

— ¿Por qué no sonó la puñetera alarma? —pregunto Hermione, en voz baja.

Tom volteó a verla y algo cambió cuando la vio llena de pena. Pena hacía las personas que seguramente habían sufrido por ese simple fallo.

No tuvo como decirle que una simple falla podía acabar con miles de vida, a pesar de que a él jamás le había preocupado eso. Quizás era mejor así, entre menos muggles, mejor.

—Buenas noches, Camilleri.

Salió de la habitación y paso como una exhalación hasta llegar a la puerta principal donde ya estaban formados los niños del orfanato de Wool. Tomo su lugar y partió de nuevo a Londres, al orfanato, el que podía ser considerado como su hogar pero no podía serlo jamás.

A la mañana siguiente, Hermione estaba puntual en la estación de tren de Londres. Sentada en una banca, con un gorro y guantes, sintiéndose un personaje de una novela. Iba a verse con el personaje misterioso que al final resultaba ser el villano y el que cometía el asesinato importante. Se acomodó por décima vez la gorra, miro sus zapatos para ver si tenían alguna mancha –noto que no, estaban limpios como hace un minuto-. Se acomodó el vestido, reafirmo su peinado, miro a la gente que ahí se encontraba y se repitió que ella no debía estar ahí, que aún era tiempo de comprar un boleto de regreso para poder olvidar todo esto con Ryddle y fingir que jamás lo había conocido.

—Camilleri, ¿así que no vendrías?

Mierda. Su corazón se aceleró, sintió que la sangre se le concentraba en las mejillas y las rodillas se le aflojaban. ¿Todo eso le ocasionaba la casi grave voz de Ryddle? Maldito estúpido, maldito, maldito.

—Yo… Lo pensé mejor, Ryddle. Quiero conocer la ciudad, no me puedo quedar encerrada para siempre en ese orfanato donde el mejor tema de conversación es el menú de la cena.

—Por lo menos tienen menú.

Hermione se sonrojo más, no recordaba lo pobre que era el orfanato donde vivía Ryddle.

Se aclaró la garganta mientras dejaba su asiento y se dirigía hacia la salida, sabiendo de antemano que él venía pisándole los talones. Sintió como su pulso se aceleraba y la parte interna del codo le empezó a palpitar, poniéndola tensa.

— ¿A dónde iremos, Ryddle? —pregunto, la voz por milagro le salió clara y entendible.

—A un bazar, con libros y esas cosas que tanto te ilusionan.

Lo volteo a ver con una ceja en alto y una sonrisa bailándole en la comisura de los labios.

Caminaron en silencio. Hermione veía todo a su alrededor y trataba de apreciarlo para poder recordarlo. El leve aroma de las panaderías que hacían los bollos para las primeras horas de la mañana, al igual que el olor del café que a pesar de estar mezclado con el leve olor de las alcantarillas, a Hermione le parecía de lo más magnifico, era algo que podía relacionar a su realidad. En un futuro.

Observo las altas nubes de polvo que cubrían toda la ciudad, los autos circulando por las avenidas y los niños corriendo, creando su propia realidad dentro de los juegos que aún los podían mantenerse felices. Añoro poder ser como ellos, simple, vana, vivir momentos hilarantes en medio de todo lo que se desarrollaba a su alrededor. Pero sabía que no estaba dentro de sus posibilidades, entendía demasiado como para poder hacerlo. O quizás no entendía lo suficiente y por eso no se olvidaba de la situación, pero ella siempre negaría esa opción.

Llegaron hasta el bazar, donde cada uno se sumergió en lo que más les interesaba, de esa manera, ambos se sentían a gusto el uno con el otro, acompañados a pesar de que cada quien estaba metido en su propio mundo.

Fue cuando Hermione se dio cuenta de que le tenía un leve afecto a Tom, el chico que siempre tenía el ceño fruncido, que despreciaba sentirse inferior a alguien, que le gustaba ser el primero, que siempre quería tener la última palabra y sabía que siempre tenía razón. Ese chico que se sentía siempre capaz de controlar una situación y que en ese momento estaba junto a ella con el entrecejo fruncido, concentrado en un libro (y seguramente reclamándole al auto por alguna estupidez). Supo que lo quería y algo la hizo sentirse culpable.

Quizás las voces de sus amigos (o que alguna vez, dentro de muchos años, lo habían sido o lo serían) que le reclamaban volver, que lo que hacía estaba mal.

Hermione ignoró todo y volvió a leer, esperando así desprenderse de todo.

Y lo lograba, hasta que escuchaba algún refunfuño de Ryddle y ella fruncía los labios con molestia.

Al final, los encargados del bazar los habían corrido al ver que solo leían sin comprar los libros, y ni los más descarados coqueteos de Ryddle habían servido para que los dejaran quedarse más tiempo.

Así que decidieron que un leve recorrido por las calles cercanas de Londres no haría mucho daño, aunque la mayoría de ellas estaban destrozadas. Anduvieron sin ritmo, sin prisa, molestándose uno al otro y guardando silencio cuando pasaban frente a un grupo de soldados.

Después de tantas vueltas terminaron frente al orfanato de Wool. Era un edificio viejo, mugriento, rodeado de basureros y facha de que caería en cualquier momento.

—Aquí es donde vives… —Afirmo Hermione.

En el interior de Ryddle se encendió una leve chispa de rabia, que no paso de ahí. Debía de mantener la calma, se le olvidaba que Camilleri vivía en un jodido internado que parecía palacio.

—Si, así es.

—Y… ¿Qué tal es la comida? —preguntó en un susurro, con las mejillas teñidas de rosa.

—Es comestible.

Ella volvió a asentir y siguió andando, tratando de evitar que el momento fuera más incómodo a pesar de que ya lo era.

Pasaron a lado de un callejón y noto como Ryddle trataba de disimular su interés.

Ella volteo a ver hacía el callejón, no notó nada.

La acompaño hasta la estación de tren, la dejo ir con la condición de dentro de dos días se volverían a ver, porque Londres era muy grande y no se podía terminar de ver con tan solo dos visitas.

En el tren, mientras Hermione estaba sentada, vio como un hombre leía en un rincón, leía, apartaba la mirada, la observaba, le sonreía levemente y volvía a concentrarse en su lectura.

Una sonrisa paternal.

Otro nudo se unió al desastre que era su garganta.


Tom volvió corriendo hasta el orfanato, se encerró en su habitación y paseo a todo lo largo esperando con un vacío en el estómago y un ansia enorme que llegara la noche.

La noche llego tres horas después, en las que Ryddle se había mareado innumerable veces por pasear en círculos por todo el espacio que tenía en su cuarto. Una sensación de adrenalina lo lleno por el cuerpo y se asomó por la ventana, vigilando que no hubiera nadie alrededor. La noche predominaba, oscureciéndolo todo. Con sumo cuidado, Tom bajo por la escalera de incendio que pendía bajo su ventana y pensó que con un paso en falso, todo terminaba; por fortuna, logró bajar perfectamente y su corazón se aplaco… Tenía que trabajar en eso.

Con paso seguro se acercó hasta el fondo del callejón, sabía que la mujer Christine estaba ahí. Podía escuchar su lamentos; lamentos que escuchaba desde la muerte de Ranulf.

Escucho como la mujer se callaba de golpe al percibir su silueta y Tom sonrió amablemente, amablemente de forma fingida, claro está.

—Buenas noches, señora.

La mujer se arrincono más y lo observo de arriba abajo, evaluando si el muchacho era una amenaza. Al final decidió que no, porque se enderezo y le respondió el saludo.

Tomó asiento lentamente junto a la mujer y la acompaño con una mirada a la nada, pretendiendo que estaba ahí solamente para compartir su soledad. Fue un silencio cómodo, donde la mujer no volvió a lloriquear. Y donde Ryddle se preguntó cuál sería el próximo lugar al que llevaría a Camilleri la próxima vez.

De repente, Tom decidió que era momento de hablar.

—Señora Christine, ¿cómo conoció usted a Ranulf?

La mujer vagabunda volteo a verlo: —Claro, tú eras el niño que se asomaba desde la azotea.

Ryddle fingió estar apenado, soltó una risa incomoda.

—Así es señora, yo era ese.

— ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Tom, Tom Morvolo Ryddle.

La mujer asintió y se mantuvo callada durante bastante tiempo.

—Verás, Tom… Ranulf y yo no siempre nos amamos —recordó ella, con una leve sonrisa que demostraba nostalgia—. Es más, una vez estuvo a punto de matarme, ¡con sus propias manos!

Y se echó a reír levemente, dejando a un Ryddle confundido.

Pensando que quizás el amor podía existir. O manejando la posibilidad de que era mujer estaba tan loca que podía amar a alguien que había intentado asesinarla.

— ¿Quieres saber cómo fue? —le pregunto la anciana, con un brillo en la mirada.

—Sería un placer, señora Christine. Tenemos la noche por delante y estoy abierto a una buena historia.

La señora Christine sonrió y miro a las estrellas, recordando una historia de amor que se concibió bajo ellas.


Si les gusto pues... Pues bien, si, pues bien. Está bien, ¿no? Pues si. Si les gusto, bien, si no... Bien. Bueno, pues eso.

Hasta la vista, borregos del señor.

Muggle-Almost-Witch