COLLIDE.
El trayecto del tren duraba aproximadamente tres horas, en las que Hermione estaba hecha un manojo de nervios porque el hombre frente a ella seguía mirándola. No se sentía acosada, ni mucho menos, era la mirada amable que él le dirigía la que hacía que sus nervios estuvieran a flor de piel.
No pudo evitarlo, comparo esa mirada con la de su padre. Era casi igual.
La vista se le nublo y casi derrama las lágrimas. Pero logro contenerlas.
Muy bien Hermione, pensó para sí misma, estoy orgullosa de ti.
Cuando llego a la estación, se enderezo la boina y se acomodó la bufanda. Se levantó y trato de salir lo más rápido que sus piernas adormiladas le permitían, lamentablemente, no era muy rápido.
El hombre se situó a su lado y le ofreció una sonrisa despreocupada.
— ¿No vienes con tus padres?
Hermione se sobresaltó y volteo a verlo con los ojos como platos, asimilando la pregunto.
—No, yo, hum… soy huérfana.
—Oh… —el hombre palideció—, yo…, yo… lo siento querida. No tenía idea, lo siento…
—Descuide —se alzó de hombros—, de eso ya hace mucho tiempo. Casi ni los recuerdo.
Mentirosa, apenas ha pasado un mes.
Le dio la razón a su subconsciente, pero había tenido la necesidad hacer sentir mejor al hombre.
— ¿Hace cuantos años? —pregunto él.
—Siete.
El hombre asintió y ambos salieron de la estación.
— ¿A dónde vas, querida?
— Al orfanato Bellwood, señor.
— ¡Oh, llámame Charlus! Soy Charlus Potter, encantado de conocerla, señorita…
—Hermione Gr… Camilleri. Un gusto, Charlie.
Le tomo la mano y sintió un retortijón en el estómago. ¿Charlus Potter? Durante su amistad con Harry jamás se había puesto a investigar su árbol familiar, sin embargo, este hombre podría ser fácilmente el abuelo de Harry. Tenía el mismo cabello indomable, aunque se veía que el hombre sí que había el intento de peinarlo, a diferencia de su futuro nieto –quién se había resignado a llevarlo siempre revuelto-; la forma de la nariz y la boca eran muy parecida a la de su amigo y tenían la misma postura desgarbada y descuidada, a pesar de que Charlus estaba muchísimo más arreglado, como lo exigía la época (aunque tenía mal utilizadas algunas prendas, como la corbata amarrada alrededor del cuello formando un moño)
—Hermione, ¿qué te parece si te acompaño hasta el orfanato? No son horas para que una niña ande sola y a pesar de que los campos escoceses son tranquilos, es mejor no arriesgarse. Sólo Dios sabe que lo puede pasar con esta crisis que causan los ataques alemanes…
El hombre siguió hablando y Hermione solo contestaba con monosílabos y de cuando en cuando, soltaba alguna risita discreta. Después de un rato, llegaron a la puerta del internado y el hombre se despidió con una leve inclinación del sombrero. Ya se había alejado unos cuantos pasos cuando volteo y la miro con una sonrisa.
—Espero verla pronto, señorita Camilleri. Ha sido usted una muy linda y silenciosa compañía.
—Igualmente Charlus —ella sonrió apenada y con una inclinación lo despidió.
Saco la llave debajo del tapete de recibimiento con todo el sigilo que pudo. Era de noche, el estúpido de Ryddle la había retenido y apenas estaba a tiempo de la cena. En silencio camino hasta su habitación y se encerró en su cuarto.
No quería encontrarse con la señora Castwell, tampoco con Amelia.
Se hizo ovillo en su cama y aunque su estómago le exigía comida, ella opuso resistencia.
Se durmió con los susurros de sus amigos de fondo.
"Traidora" susurraban.
Se sentía como traidora, porque desde que había abordado el tren, sentía que extrañaba a Ryddle.
Y pronto, la historia entre Ranulf y Christine inundaba los oídos de Tom Ryddle.
"Fue hace mucho tiempo, comenzó Christine. La guerra industrial era lo que pasaba en Londres y no había dinero suficiente para poder alimentar varias bocas las tres veces que era necesario hacerlo al día.
Nosotros vivíamos en la zona rural, nuestro padre salía antes del amanecer a la fábrica y volvía cuando todos estábamos dormidos ya. Las zonas rurales eran obviamente de las más pobres, sobraba gente y faltaba comida. La atención médica no llegaba a los habitantes, por lo que muchos jefes de familia morían por heridas o accidentes de trabajo. Y muchas familias quedaban desamparadas, así que las mujeres se veían obligadas a abandonar a sus hijos y salir a trabajar.
Ese no fue nuestro caso. Nosotros no teníamos una salida, no tuvimos opciones. Lo recuerdo bien, jamás me permitiría olvidarlo. En la casa éramos cinco; cinco bocas hambrientas y con acceso a poca comida, cinco estómagos vacíos y con ansias de una comida completa. Y a veces, el hambre gana la batalla. Fue un invierno, cuando la comida escaseaba más que otras veces y no podíamos cuidar de nosotros, fue cuando perdimos al pequeño Frank… a ese pobre angelito, la voz de Christine se había vuelto pastosa y Ryddle notó como una lágrima irrumpía en la redonda y arrugada mejilla de la mujer, él había sido sietemesino y mamá había muerto en el parto. Entre Agatha y yo tratamos de cuidarlo lo mejor posible, pero sólo habíamos logrado que viviera dos años; y puede que no haya sido suficiente, Frank merecía mucho más. Mamá había dado su vida por él y merecía aprovecharla, sin embargo, puedo decir que esos dos años fueron lo más perfecto que me había pasado y Frank nunca podrá saber cuan agradecida le estoy por habernos dedicado dos años, por haber soportado tanto y por brindarnos tantas alegrías; pero papá no pudo sobrellevarlo. Le había afectado mucho la muerte de mamá, pero la muerte de Frank fue el golpe que lo saco de la batalla. Enloqueció. Imploto. Quedo en un shock del que muchas veces lo intentamos sacar, pero no pudimos. Así que Arthur, el mayor, tuvo que buscar su propio primer trabajo, pero siempre volvía con yagas y heridas a casa; jamás nos dijo donde trabajaba. Jamás le preguntamos, tampoco. Pero sobretodo, sabíamos que su trabajo no era bueno.
Agatha y yo nos encargábamos de la casa, alguien debía de hacerlo. De igual forma, no nos duró mucho el gusto, porque papá murió y en cuanto fue enterrado y el acta de defunción levantada, el gobierno nos decomisó la casa y las pertenencias, ya que ninguno era mayor de edad, no podíamos conservar nada.
Durante los primeros días que pasamos en la calle, desorientados y perdidos, la gente nos ponía monedas en el cajón de madera que habíamos conseguido, pero sabíamos que eso no sería para siempre. Así que pronto, comenzamos a trabajar como pepenadores. Escarbábamos todos los días en la basura, para después poder vender lo que aún era salvable y con el poco dinero que obteníamos, comprábamos comida para Alexander, que era el más pequeño.
Y un día, al despertar nos dimos cuenta de que Arthur y Alexander habían desaparecido. Eran situaciones difíciles, y si yo hubiera tenido el egoísmo necesario para poder pensar primero en mi misma, hubiera hecho lo mismo. Pero Agatha era muy pequeña para entender y la pobre quedo muy herida, lloró día tras noche durante un mes, inmensamente desconsolada.
Una noche mientras terminábamos las sobras de la comida –realmente sobras- del mes, le dije a Agatha que no podíamos permanecer más tiempo ahí. Que debíamos de irnos, porque no había suficiente comida desde que habían cerrado la lonchería porque se habían quedado en la bancarrota. Realmente no era esa la razón, y supongo que mi hermana lo intuía, sólo quería huir de ahí. Había muchos recuerdos que dañaban, ambas estábamos muy débiles para seguir conviviendo con ellos.
A la mañana siguiente, tomamos todo lo que nos pertenecía. Mientras yo recogía mis escasas prendas alcance a ver de reojo como Agatha tomaba el viejo trapo que había hecho función de mantita para Alexander, cuando aún estaban aquí. Había esperado que la guardara en su bolsa de lona, pero tan solo se la pego a la cara y después la soltó.
Ojalá hubiera tenido la seguridad de que les iba bien lejos de nosotras.
Ojalá aún nos amarán.
Y ojalá todavía supieran que los amábamos…
Llegamos al área del centro donde había restaurantes caros, que significaba mejores sobras, y donde eran tan afortunados que le daban menos importancia a sus pertenencias y se deshacían de todo a diestra a siniestra. Pero aparte de eso, todo era realmente diferente. Las pandillas ya estaban formadas y a cada uno le pertenecía una calle. Agatha y yo sufrimos mucho, tuvimos que aprender a defendernos a nosotras mismas y no mostrar el temor, hasta que nos encontramos con un callejón estrecho, que podía pasar realmente desapercibido. Tuvimos que quitárselos a un grupo de niñas que estaban drogadas hasta su límite; hace algunos años no me había atrevido a pelear por un lugar para dormir, pero tenía que proteger a Agatha.
Me apenaba saber que esas niñas estarían expuestas, pero nadie tenía quien lo protegiera. Nadie estaba en ventaja; todos ahí éramos huérfanos.
En el basurero recibíamos una dosis diaria de las sobras de un restaurante francés y el alcohol sobrante que en la botica usaban. Y mes tras mes, la familia que vivía en la finca de atrás desechaba la ropa de sus hijas e hijos. Agatha siempre tomaba los vestidos bonitos, yo tenía que conformarme con los pantalones cortos que seguro pertenecían a un niño.
No estaba del todo mal, pensaba siempre cuando era hora de ir a dormir. Nos teníamos que esconder hasta el final del callejón y cubrirnos muy bien, porque la policía hacía un rondín nocturno diario y a los niños que encontraban los metían en un albergue. Y yo no quería eso para Agatha, ambas saldríamos adelante juntas. Y por las noches también era cuando pensaba en Arthur… y en el pequeño Alexander, siempre he lamentado no haberme podido despedir de ellos. Pero también durante ese tiempo entendí los motivos de Arthur, entendí que había tomado la decisión de marcharse con el pequeño porque nosotras éramos un impedimento. Ellos podían trabajar más fácilmente que nosotros y no sería justo que nos mantuvieran con el dinero que ellos habían ganado. Pero jamás le perdonaría que le haya roto el corazón a Agatha.
Y pasamos los días ahí, viviendo como podíamos y disfrutando los momentos en los que no teníamos hambre ni frio. Me sorprendió la fortaleza que con los meses Agatha fue desarrollando, tomando en cuenta que yo me derrumbe. Durante gran parte del día sentía un nudo en la garganta y ella dormía, yo me sentía libre de poder soltar todo lo que había acumulado a lo largo del día; pero había veces que la despertaba por tanto sollozo, así que ella se ponía optimista y me decía que si para mañana no estábamos muertas o arrestadas, haríamos algo divertido.
Ella tuvo que madurar rápido, más de lo que yo lo hice. Estoy segura de que ella hubiera logrado más de lo que yo logre y lograré.
Y las cosas comenzaron a tomar más forma cuando comenzamos a hacer buenas migas con las otras pandillas de los demás callejones, todos nos reconocían como las niñas desesperadas que habían desterrado a las otras niñas drogas y en secreto, nos llamaban las Terribles. Agatha se enojó, pensó que era injusto porque solo lo habíamos hecho en defensa propia. Por el contrario, a mí me alivió, porque teníamos una reputación y nadie se metía con nosotros, aunque eso de Terribles no nos quedaba nada bien.
Y nos hicimos amigas de Timothy, Leo, Jean y Chris. Timothy era todo un galán, andaba por los basureros con pose gallarda y decía que cuando toda la estúpida guerra civil terminara, el sería el más rico del mundo y que le propondría matrimonio a Agatha, ella lo golpeo varias veces en la cabeza por decir eso. Leo era el niño pequeño al que protegían, pero cuando nosotros llegamos, nos trataba de hacer creer que el era un macho y era el líder. Era un pequeño hermoso, con el cabello rubio oscuro y los ojos más azules que he visto jamás. Jean y Chris eran gemelos y eran los mayores, con sólo doce años ya trabajaban y cambiaban de fábrica cada semana, pero consiguieron salir de aquel basurero cuando a los diecisiete Chris perdió la mitad de la mano y el jefe les dio una compensación monetaria, lo suficiente para pagarse un piso maltrecho.
Y desde luego, también estaba Ranulf, que pertenecía a su grupito y desde el principio, nos despreció y advirtió que no compartiría la comida con nosotras, aunque los demás lo callaron en golpe yo pensé lo mismo que él, la comida que consiguiera sólo sería de Agatha y mía"
Tom notó que la mujer continuaría con su historia, sin embargo, empezaba a amanecer. El tono nostálgico de la vieja Christine había creado una burbuja alrededor de ambos y él se había dado el lujo de perderse en la historia de la mujer, pero entre su tono decadente y los tristes silencios, el tiempo había pasado demasiado rápido.
Aún no sabía cómo se había enamora del otro vagabundo, con Ranulf.
Y no quería interrumpirla, pero debía dormir algunas horas para que mañana estuviera en buenas condiciones; principalmente para que la señora Cole no sospechara de él.
—Tom, hijo, quizás sea hora de que vayas a dormir —comento Christine, mientras se acomodaba más en su rincón, tapándose con el sucio cobertor que momentos antes había estado al fondo.
Él asintió y después de maldecir por el entumecimiento de sus piernas, logró ponerse en pie lentamente. Volteo a ver a la anciana, pero aparto la vista en cuanto notó que ella ya lo miraba… con una sonrisa impresa en el rosto. Ya le agradaba. Y él no supo porque, pero algo dentro de sí le obligaba a contestarle con otra sonrisa; pero no fue capaz de eso.
—Buenas noches, señora Christine. Volveré mañana, por lo mientras, cuídese.
Y se marchó lo más rápido que pudo, quería alejarse ya.
Subió rápidamente por la escalera de incendio y con el corazón palpitándole a una velocidad que no debía de ser sana, se sumió a la oscuridad de su habitación por la ventana. Mudo como estaba por el pánico, reviso que Thomas –el niño que se había convertido recientemente en su compañero de cuarto-, siguiera dormido. Para su fortuna, el mocoso tenía el sueño terriblemente pesado y no noto ni cuando tiro los libros de la mesita de noche, al chocar en la oscuridad con ella.
Ya en la poca comodidad que le ofrecía su cama pensó en Christine. Y un nudo se le formo en la garganta, porque ella había tenido que pasar por todas esas cosas siendo una niña y sin embargo, lo había superado. La muerte de sus padres, la separación con sus hermanos, que le quitaran todo a lo que ella estaba acostumbrada y el fuerte golpe que era enfrentarse a otra realidad, muy distinta de en la que ella había crecido. Y la mujer había salido adelante, sin nadie que la ayudara y con la responsabilidad de cuidar a su hermana pequeña.
Y había encontrado el amor.
Tom sintió compasión por la mujer.
Y por él mismo, aunque no tenía porque. Él había crecido en una atmosfera constante, relativamente no le faltaba nada de lo necesario. Tenía comida, techo y educación. Aparte, era atractivo, persuasivo y una de las personas más inteligentes que había pisado el Colegio Hogwarts, sin embargo, siempre le había faltado algo. Y a Tom no le gustaba admitirlo, pero quizás si hubiera tenido a su madre y padre con él, las cosas serían distintas. No del todo, estaba seguro que él seguiría siendo inteligente, descarado e indiferente. Incluso preservaría algo de su maldad. Pero tendría quien lo apoyase, quien le diera la protección paternal que él jamás había podido sentir.
Sintió un nudo en su garganta, uno chiquito.
Y un sentimiento de auto desprecio lo invadió, ¿cómo podía él estar pensando en eso?
Volteo a ver a Thomas, después al techo. No supo en qué momento se quedó dormido, pero si supo que en sus sueños estaba reviviendo la historia de Christine.
Al día siguiente, la señora Castwell entró a ver a Hermione, traía el desayuno en una bandeja. La chica se desperezo y observo con asombro como se sentaba junto a ella y le ponía la bandeja en las piernas.
— ¿Se encuentra mejor, señorita Camilleri?
Hermione la miro con confusión.
—Amelia nos comentó ayer que te encontrabas enferma y ella se ofreció a traerte las comidas.
—Oh, si… Gracias señorita Castwell, ayer sentía un terrible dolor de cabeza y bueno, no tenía ganas de salir.
—Lo comprendo, Hermione. Pero ahora necesitamos que te alimentes bien para que ya no enfermes más, ¿de acuerdo?
La señora Castwell le dio una caricia maternal en el cabello y le ofreció una sonrisa honesta, después salió.
Hermione se quedó pasmada.
¿Había sucedido realmente?
Comió lentamente.
¿Amelia la había cubierto? Gracias, Amelia.
Cuando termino se arregló y fue a acariciar la varita que ocultaba en su cajón.
—Pronto —sonrió para sus adentros.
Tuvo que realizar todas las tareas que se les había juntado de los días que había salido con Ryddle.
Estaba tomando su turno para acomodar los libros en las estanterías, cuando sonó la campanilla para la comida. Se deshizo de todo el polvo que se había pegado a su ropa y se apresuró a llegar hasta el comedor.
—Hola —saludó, cuando se sentó a lado de Amelia. La niña le sonrió.
—Hola.
—Gracias… por lo de ayer.
La niña asintió en silencio.
— ¿Dónde estabas?
Hermione se puso pálida, no esperaba que el silencio de la niña tuviera un precio.
—Fui a Londres.
— ¿Tú sola?
—Si…
—No te creo.
Hermione frunció el ceño: — ¿Por qué no?
—Vienes de Italia, tuviste que haberte perdido en Londres.
—Compré un mapa —una sonrisa sardónica se extendió por el rostro de Hermione. Esperaba que fuera suficiente para que no hubiera más preguntas.
—Claro que si —rio Amelia.
Hermione se alzó de hombros y comenzó a zamparse la comida, no se había dado cuenta del hambre que tenía.
Pero escucho unos susurros seguidos por risitas molestas. Normalmente, ella habría optado por ignorarlos de no ser porque tenía la impresión de que los cuchicheos eran acerca de ella. Lo confirmo cuando una de las niñas volteo a verla para después reírse a carcajadas.
— ¿De qué hablan? —le preguntó a Amelia.
—De tu amigo.
Hermione la observo, tratando de comprender.
—Yo no tengo ninguno amigo —chasqueo la boca con desaprobación.
—Si. El niño apuesto del otro internado, a Giséle le gusto. Aquél día en que llegaste tarde con él, cuando la señorita Castwell te regaño y te dejo sin cena, ¿lo recuerdas Mione? Bueno, pues Giséle lo siguió al cuarto que le asignaron a los niños… y lo invito a dar un paseo. Él dijo que solo Camilleri tenía permiso de hablarle y se enojó mucho… —la niña río—, ¡hubieras visto su cara Mione! Estaba roja roja roja, como la cocinera cuando se enoja, ¡y casi llora!
— ¿Y eso que tiene que ver conmigo? —Cuestiono Hermione, aún confundida.
—Pues, desde ese día… Giséle dice que tú siempre te vas con él porque te gusta… y porque eres una fácil, yo le dije que eso era de muy mal gusto, pero ella dice que esa es la verdad. Que tú vas con él todos los días porque eres una… una… ¿cómo dijo?
—Basta Amelia, no digas más. ¿Quién demonios se cree ella para juzgarme? ¡Por Dios, ni siquiera me llevo bien con Tom Ryddle! Esa estúpida Giséle….
Hermione estaba realmente enojada, ¿cómo podía aquella arpía? Esa maldita… Era una…
— ¿Estás segura que es eso lo que dicen? —volvió a preguntar la castaña, incapaz de creerlo.
Amelia asintió y la observo con sus grandes ojos: — ¿Por qué habría de mentirte?
Hermione asintió, ella no tenía por qué mentirle.
Siguió comiendo, ignorando los comentarios mordaces que hacía Giséle en voz alta de vez en cuando. Se limitaba a apretar los labios e ignorar la rabia que crecía en el interior de su pecho, esperando que tarde o temprano se callara.
No se calló, para su mala suerte.
Y si seguía hablando, Hermione no sabía si lograra controlarse. Después de todo, la estaban involucrando con Ryddle, lo cual la asqueaba. No sabía muy bien porque. En sí, el chico era apuesto, se arreglaba, tenía una voz impresionante para su edad y aquella sonrisa.
Se abofeteo mentalmente.
¿En serio había pensado eso?
A la mañana siguiente, Tom seguía dándole vueltas a lo que había pasado la noche anterior. Había esperado una historia de adicciones o padres maltratadores, quizás huérfanos que se habían escapado. No había estado preparado y estaba enojado, porque la historia en si le había afectado. Tenía tareas para hoy e igual decidió ignorarlas, total, ¿quién iría a por él para que las realizara?
Así que se encerró en su cuarto después de echar a Thomas. Puso la cama hecha de fierro contra la puerta, con el afán de que la señora Cole no entrara aunque fuera su intención, cerró todo a cal y canto y se sentó a la mitad del suelo, ¿hace cuánto no había tenido un momento sólo para pensar?
Dejo caer la cabeza entre las manos y trato de concentrarse en algo. Faltaba mucho para Hogwarts, las listas de las materias aun no llegaban y no había forma de ir al Callejón Diagon con anticipación. Así que se tenía que conformar con lo que tenía, aunque tenía cierta reticencia a sacarlos.
Arrastro el trasero hasta el único mueble –aparte de la cama y el escritorio- que había en la habitación, el ropero. Abrió el delgado cajón que había cerca del suelo y comenzó a revolver entre todos la basura ahí guardada hasta que dio con la mochila de lona que usaba en Hogwarts. Volvió la mirada a la puerta, para asegurar lo que ya sabía, nadie había ido a buscarlo. Así que saco la mochila de ahí, cerró el cajón de un golpazo y volvió a sentarse en el centro de la habitación, abriendo con lentitud la mochila y dudando de sacar el contenido de ésta, pero aun así lo hizo. Con parsimonia y casi ceremoniosamente, saco del interior varios libros, de todos los tamaños y formas.
Los había sacado de la Sección Prohibida, de la biblioteca de Hogwarts. Había sido todo un lío que la bibliotecaria no lo notara y más aún lo había sido sacarlos de Hogwarts, pero afortunadamente nadie sospecharía del correcto Tom Ryddle, que siempre cumplía con las tareas y respetaba a los profesores, y que era el dueño de la mitad de los trofeos que había en la sala junto al comedor. Y después, tomo la varita.
Era cierto que no se podía hacer magia y rogaba porque ningún libro tuviera algún hechizo para que el Ministerio no detectara ningún indicio de magia, así que solo la tomo por precaución.
Los ordeno en pilas y comenzó por uno largo, de tapas anchas y con el lomo que llevaba impreso el título "Artes Oscuras: cómo usarlas". Una sonrisa de ironía se extendió por su rostro, no se imaginaba a su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras impartiendo su clase con éste libro y es más, dudaba que alguna vez el profesor hubiera visto o usado semejante magia.
Lo abrió, paso página tras página, hasta llegar al prólogo y el ansia creció en su pecho.
Lector, tú que tienes éste libro entre las manos, ¿seguro que quieres saber todo lo que conlleva saber los orígenes de ésta magia, siempre tan respetada y temida al mismo tiempo?
Yo creo que no, así que puedes cerrarlo y esperar más para abrirlo, cuando tengas una concepción más grande de todo lo que esto significa.
Pero también puedes seguir leyendo, aunque no prometo que comprendas todo lo que yo explico aquí, porque he necesitado la mayoría de mi vida para poder saber todo lo que aquí he expresado.
Me gustaría que supiera que en el mundo de la magia, hay muchos secretos. Algunos son secretos a voces, otros que no está permitido desvelar y los demás, que sería mejor que no se descubrieran. Las Artes Oscuras pertenecen a la categoría de los que no están permitidos, porque siempre ha sido uno de los principales tabú que ha tenido la comunidad mágica, a pesar de que convivimos con ella día a día. Y que sin mal no hay bien y del blanco al negro hay toda una escala de grises. Así que si, de la magia inocente a la oscura, hay toda una gama de grises. Y cualquier hechizo, encantamiento o poción que afecte a una persona –como lo son los encantamientos de defensa-, se puede considerar magia oscura, de la más leve, pero oscura.
No sé si me explico, a mí me costó horas poder entender el porqué. Y realmente es muy fácil, si logras entender el concepto.
Y esto va así, hay distintas clases de hechizos. Encantamientos, transformaciones, maleficios y maldiciones. Los encantamientos no afectan a la persona que los conjuran, pero cambian algo en su entorno. Con la transformación, afectamos la estructura molecular de algo. Y los maleficios son, en menor grado, magia negra. Porque aunque no todos afectan a la persona que los conjura, si que cambian a quien se ha dedicado el hechizo. Normalmente son irritantes y las personas suelen usarlos para divertirse, pero llevan su carga oscura.
¿Y por qué? Es que está ahí que es tan simple.
Porque afecta a la integridad física de una persona. No cambia el entorno, como lo hacen los encantamientos, que solo obliga a algo a actuar como normalmente no lo haría, afecta a la persona y trabaja con elementos que no son naturales, como por ejemplo el mocomurcielago.
Y las maldiciones, que no necesito explicar. Que van desde torturar, controlar y matar a alguien. En lo personal, son mis hechizos favoritos. Y no porque me guste practicarlos, porque no los he hecho jamás sobre una persona, pero mi pobre hurón estará de acuerdo en que son terribles.
Todos te recordamos con tristeza, Miles.
Y no es porque sea una retorcida persona por lo que disfrute experimentarlos sobre el pobre Miles, aunque algunos amantes de los animales me llamarían monstruo por practicarlo sobre un animal. Es por el poder.
Cualquiera que jamás lo haya conjurado –y por favor, no lo hagan-, no sabrán ni entenderán de que hablo. Porque no han sentido como la varita comienza a vibrar con energía propia, ni la descarga que recorre todo tu brazo que no te permite soltarla y llega hasta el pecho, brindando calidez y algo más. Y el algo más, es poder. Y por muchos años, me volví un completo amante de esa sensación, de sentir como puedes controlar algo y saber que tú tienes el poder (junto con la responsabilidad) sobre alguien, algo o un hurón.
Es por eso que la magia oscura es todo un tabú, porque una vez que practicas las maldiciones es muy difícil que no quieras volver a sentir lo que provocan y poco a poco se torna en una adicción sentir poder, que no se puede sentir con los otros encantamientos.
Y de todo esto va el libro, de las Artes Oscuras y como usarlas. Y claro está, como delegar la responsabilidad de ti mismo a tu parte racional y no a tus sensaciones, porque esto será lo más importante para poder aprender a usar la magia oscura.
Me gustaría decir que yo no la he usado jamás y que hablo al tanteo, sería más sano para todos.
Pero sí que lo he hecho, así que no te preocupes morboso lector, que estás en manos de un… experto.
Tom observo con una ceja en alto el último renglón.
—Wow. Qué final de infarto —comento entre dientes.
Los días pasaron muy rápido para Hermione y esa mañana estaba alistándose para volver a ver a Ryddle en la estación de tren de Londres, así que tomo su abrigo y se escondió la varita en las calcetas largas. Salió lo más rápido que pudo del internado-orfanato y se echó a correr como loca por el campo para poder llegar a la estación, una vez ahí saco el dinero y pago su billete (que no eran baratos, iba a quedarse en la bancarrota por culpa de Ryddle). Tomo asiento hasta el final del vagón y se abrazó las piernas.
Ese día se sentía bien, había estado encerrada los últimos dos días en Bellwood con los chismorreos de Giséle y los continuos interrogatorios de Amelia y se sentía sobrepasada por la situación, aunque no se encontraba feliz por volverse a encontrar con Ryddle porque a veces se portaba como todo un crio y tomaba una actitud tan arrogante que pensaba que bien él podría ser el padre de Draco Malfoy, tenían exactamente la misma actitud. Pero por lo menos Tom tenía más melanina.
Después de unas horas llego a la estación y bajo a trompicones del tren, tenía mucho sueño y realmente lamentaba haberse despertado temprano. Busco a Ryddle con la mirada mientras avanzaba por toda la estación pero no lo encontró, resoplando se sentó en una banca a esperarlo. Pero los ojos se le cerraban y los bostezos eran más constantes, para mantenerse despierta comenzó a tararear una canción que su mamá solía oír los fines de semana que estaban los tres en casa, era del grupo ABBA y en su tiempo Hermione la odiaba un poco pero ahora comenzaba a extrañar oírla los sábado al medio día.
Y no se enteró cuando el sueño le ganó la batalla.
Cuando Ryddle llegó (tarde, porque la señora Cole lo había retenido) la encontró plácidamente dormida y con la cabeza colgando, como si tuviera el cuello roto. Rodo los ojos y se apuró a llegar a su lado, pero la chica no se despertó al sentir su presencia, así que se sentó junto a ella y la miro.
Rizos que no iban a ninguna dirección en específico, pestañas rizadas, una nariz pequeña que tenía una que otra peca y sus labios estaban arrugados… como siempre.
—Camilleri —susurró, pero a la chica no le afecto.
Así que lo hizo una vez más, otra y otra. Pero ella seguía dormida y comenzaba a roncar levemente.
Con fastidio, Tom comenzó a empujarle el hombro con un dedo mientras seguía susurrando su nombre y después le puso la mano entera y la sacudió, y la sacudió y después la sacudió por ambos hombros… ahí sí que se despertó, pero sólo susurro el nombre del chico y se acomodó en él, rodeo su cuello con ambos brazos y acomodo la cabeza en el pecho. Y siguió durmiendo.
—Mierda Camilleri, despiértate ya.
Ella solo se revolvió pero Tom la despego de su cuerpo y la obligo a despertarse, cuando le contó a Hermione que se había acomodado en su pecho y que la comprendía porque al ser tan guapo era inevitable contener sus arrebatos ella tuvo que contener sus ganas de darle un golpe en la cara y lo obligo a que abandonaran de una buena vez la estación.
Ya a la mitad de las calles de Londres, Hermione se atrevió a hablarle a Ryddle.
— ¿Por qué tardaste? Normalmente llegas incluso antes que yo.
Él la miro de reojo y se alzó de hombros: — ¿Por qué te interesa?
Hermione se sonrojo y volvió a mirar hacia el frente, se ignoraron hasta que llegaron a la tienda de antigüedades que estaba escondida detrás de unas cuantos puestos de madera, la pintura se caía a pedazos y dentro sólo había un anciano tras un escritorio que tenía pilas de libros y demás objetos.
Se volvieron a separar y se fueron a los extremos de la librería. Hermione se refugió entre las pilas de libros recargadas contra los estantes altísimos. Desde ahí lo veía, como fruncía la nariz en señal de disgusto, la chispa en sus ojos al encontrar algún libro que buscará, su porte altivo y la belleza de sus facciones.
Lo odiaba.
—Se nota que te gusta, es guapo —susurro una voz tras ella.
Hermione pego un respingo y volteo para ver al emisor. Era una señora cincuentañera, seguramente era quién ayudaba al anciano dentro de la tienda.
— ¿Disculpe?
—No te preocupes, niña. Los vi desde que entraron, no has parado de mirarlo con esos ojos de cordero a medio morir.
—No, yo solamente… —el rostro de Hermione se ilumino con un tono rojizo.
La señora chasqueo la lengua: —Ay hija, es una ofensa negar lo obvio. Pero bueno, ¿vas a llevar algo?
Hermione negó rápidamente con la cabeza y salió de su escondite, dándole un último vistazo a Tom se dirigió hacia la sección de joyería, donde compro algunos anillos para Amelia.
—Hermione, ¿alguna vez has fumado?
Observo a Ryddle de reojo. Habían pasado ya unas horas desde que habían salido de la tienda de antigüedades, Hermione con un paquete de anillos y Ryddle con un libro que con tan solo tocarlo se deshacía.
—En toda mi vida, mis padres jamás me lo permitirían.
—No entiendo porque tus padres deberían de enterarse.
Hermione se alzó de hombros. ¿Qué no era normal que ella les contará todo a sus padres?
—Es normal, lo sabes… ellos se enteran de eso.
Tom soltó un resoplido.
—A veces me sorprende lo insensible que puedes llegar a ser Camilleri, incluso conmigo.
— ¿A qué te refieres?
Lo volteó a ver. Ryddle tenía la mirada afilada y estaba apretando los labios en una fina línea.
—Bueno, yo no sé si se enteran de todo porque siempre he sido huérfano.
Hermione sintió que empalidecía. Era verdad, ella lo sabía pero había sido víctima de su propia boca así que sólo siguió caminando con Ryddle a lado hasta que él la empujo en un callejón y la arrincono.
—Mira, esto es fácil. Tan solo te lo pones entre los labios y succionas; debes mantener el humo dentro de tu boca por unos segundos y después lo sacas, ¿de acuerdo?
Tom estaba sacando cigarrillos del bolsillo interior de su chaqueta y le ofreció uno a Hermione.
— ¿Bromeas?
Tom enarco una ceja: — ¿Alguna vez he bromeado?
— ¡Oh, no, ni pensarlo! No fumare esta porquería, Ryddle.
—Ay Camilleri, es sólo un cigarro. No te pasará nada si tan sólo fumas uno.
—Me volveré una maldita adicta.
—Claro que no. Ya no seas llorona, solo dale una calada.
— ¡No! —gritoneo, mientras trataba de escapar del agarre de Tom.
—Maldita sea, cállate—. La arrastro al fondo del callejón y la obligo a sentarse.
Hermione se refugió en la esquina y observo a Tom recargado con una pierna flexionada contra la pared, fumando; la estaba observando.
— ¿Por qué me miras?
Tom sacudió la cabeza, pero la siguió observando.
—No te creo que nunca hayas fumado.
Ella resoplo y volvió la mirada hacía la salida del callejón, la gente pasaba despreocupada. Sin dedicarles una mirada.
—Pues soy alguien decente, Ryddle.
Tom rodo los ojos y se dedicó a ignorarla mientras terminaba el cigarrillo.
La verdad es que tampoco disfrutaba de esta mierda, el humo le inundaba los pulmones y el cigarro le dejaba un incómodo calor en la boca y entre los dedos, aparte de que la ceniza se le había acumulado ya varias veces y había terminado cayendo en su zapato.
Al poco rato lo termino y tiro la colilla al suelo, la retorció con la suela de su zapato. Se acercó a Camilleri y le tendió la mano para ayudarle a levantarse, pero ella la retiro con un golpe y se paro sola.
—Yo puedo sola, Ryddle. No soy una inútil.
Hermione se aliso la falda y se encamino para salir de ahí, con Tom pisándole los talones y apuñalándola con la mirada.
Tom le siguió mostrando Londres y Hermione se carcajeo al ver los pequeños vehículos que rondaban por las calles de Londres. Era tan bajitos que le llegaban a la altura del muslo y con trabajo cabían dos personas, pero se les veía muy felices paseando en su pequeño automóvil. O lo que fueran esas cosas.
Llegaron al museo de Charles Dickens. Hermione dio saltitos por todos lados, admirando las pertenencias de uno de sus escritores favoritos; había ido con anterioridad a ese museo, bueno… en un futuro iría, algo así. Pero le emocionaba ver como era antes (era prácticamente igual, a excepción de algunos detalles).
Pero lo mejor fue ver la mirada de Ryddle: estaba asombrado. Aunque tratara de esconderlo con gestos de desagrado y descalificando los objetos pertenecientes a la colección, Hermione lo había visto; había sido un breve segundo, muy leve, pero los ojos de Tom habían brillado con emoción… y ella se quedó con eso.
No se detuvieron mucho tiempo por ahí, principalmente porque Tom casi saco a patadas a Hermione para obligarla a dejar la biblioteca, que era una de sus partes favoritas.
— ¿A qué hora sale tu tren?
—A las… —Hermione sacó el boleto del bolsillo de su abrigo—, a las 7:30.
—Mierda, Camilleri. Faltan veinte minutos, mueve tu culo; vamos a la estación.
—Ya, ya, ya… ¡Ya llegamos! ¿Quieres dejar de jalarme? —Grito Hermione.
Tom boto el brazo de la castaña y se acomodó la ropa, entro elegantemente a la estación de trenes junto a una despeinada y colorada Hermione. Entregaron el boleto de Hermione al guardia y el chico la acompaño hasta la entrada del tren.
—Camilleri.
—Ryddle —Hermione inclino la cabeza a forma de despedida y abordo su vagón.
Tom la siguió con la mirada durante todo el recorrido hasta él y cuando la perdió de vista frunció el entrecejo. Realmente detestaba a Camilleri.
Dio media vuelta y salió de la estación.
Habían pasado semanas desde la última vez que había visto a Ryddle y durante éstas Hermione se había estado relajada. Había terminado todas las tareas que se le habían acumulado en el orfanato por todas las salidas a Londres, la amistad con Amelia había crecido durante estos días y sentía que por fin su vida se estaba acomodando.
Era un sábado por la mañana y ella había estado ayudando a las demás niñas del orfanato a hacer la colada y a lavar los trastos. Estaba tan cansada y se tiró en la cama sin preocupación alguna, desde hace días que podía estar sola en una habitación sin escuchar los susurros que la acusaban de traición a Harry y Ron.
Estaba luchando en contra del sueño cuando Amelia entro como un torbellino dentro de su habitación y se subió a la cama, rebotando contra el colchón y haciendo que Hermione se despabilara de inmediato.
—¡UNA CARTA, UNA CARTA! Te ha llegado una carta Mioneeeee —Canturreo la niña, que seguía brincando sobre la cama.
Hermione tenía una mano sobre el corazón y respiraba pesadamente, Amelia le había pegado un buen susto y no sabía que hacer en ese instante.
—¿Una carta?
— ¡UNA CARTA, MIONE! ¿Adivina tú de quién es? Oh, bueno, ¡Yo te lo digo! —Dijo la niña con entusiasmo.
Amelia se paró sobre la cama y se puso completamente derecha, sacando el pecho.
—La carta que tengo aquí, entre mis manos es de… —Hermione asintió para indicarle que prosiguiere, pero Amelia estaba haciendo un silencio dramático.
—Venga, dime de quién es.
—Es de… Tom, tu novio, Ryddle.
Hermione perdió todo el color: —No es gracioso, Amelia.
—No es broma, Mione, ¡te lo juro! Aquí dice, justo justo, con una letra muy bonita… Her-Hermione Cami-Camilleri.
—Vale, pues dámela.
Amelia se la entrego de inmediato y dio brinquitos alrededor de la chica mientras abría la carta.
Hermione se aclaró la garganta y leyó en voz alta:
Camilleri
Estoy seguro de que tus días han sido tristes, oscuros y miserables sin mi constante presencia (que como ambos sabemos,
trae luz a tu vida), muy al contrario de los míos. Estos días que llevo descansando de tu molesta voz y mal humor me la he
pasado de maravilla, ya sabes… Aquí, conviviendo con los huérfanos, ¡todos tan simpáticos! Pero cualquier ser viviente es
mucho más simpático que tú.
Creo que estás consciente de que aquella carta muy importante está por venir. Sí Camilleri, me acuerdo de aquella vez que
te vi en el castillo. Y ya que sé que tú no tienes amigos con las mismas condiciones dentro del orfanato ese donde vas lo
mejor sería que vengas conmigo, sé que no conoces muy bien Londres y sería una lástima que te perdieras comprando tus
libros, ¿no es así?
Te veo dentro de dos semanas en la estación. Espero y llegues puntual, tienes el defecto de llegar tarde siempre.
Tom.
Hermione resoplo y se guardó la carta en las bolsas de su falda.
—No iré, ¿quién se cree ese cretino para mandarme de esa manera? Es tan… es tan…
—Es tan guapo.
— ¡No Amelia! No, no, no… No es guapo, no lo es. Es un cretino, un mandón, megalómano, estúpido…
—Deberías ir, tiene razón: podrías perderte.
Hermione le dedico una mirada feroz a la niña pero la suavizo en cuanto vio la inocencia en los ojos de Amelia.
—Tienes razón, Tom conoce mejor Londres que yo.
Amelia la miro insinuando algo que la castaña no logró entender del todo y se retiró lentamente de la habitación, dejando sola a Hermione con la mente en Londres… pensando en Tom Ryddle.
A la semana siguiente Dumbledore se presentó en el orfanato/internado Bellwood para hablar con la señora Castwell y explicarle que Hermione tomaría clases fuera del orfanato, pero que volvería a él para las vacaciones.
La señora Castwell aceptó sin más pues estaban acostumbradas a que los niños estudiaran fuera del orfanato.
Y siete días después, Hermione fue a Londres para encontrarse con Tom en la estación del tren. Tomaron el autobús que los dejó cerca del caldero Chorreante y al entrar al restaurante, Hermione se quedó impactada. Todo seguía igual pero era muy diferente. El cantinero, Tom, era muchísimo más joven y estaba segura de que él era aprendiz aún. No estaba la misma gente que siempre había visto ella en su época pero el local seguía exactamente igual (quizás sin menos telarañas).
Entraron al Callejón Diagon y una sensación cálida invadió a Hermione: ahí pertenecía, ese era su lugar. Camino con alegría y pegando brinquitos de vez en cuando, ocasionando que Ryddle rodara los ojos y la ignorará.
El profesor Dumbledore le había dado dinero a ambos, porque eran parte de los fondos que Hogwarts le daba a los alumnos, así que tuvieron suficiente para comprarse lo que era necesario para su uniforme (Tom tan sólo cambio la túnica y Hermione tuvo que volver a comprar todo de nuevo). Fueron por sus libros, ingredientes, calderos y Hermione tuvo que gritarle durante quince minutos a Ryddle para que este accediera a ir por un helado a la Heladería de Florean Fortescue.
El día en que Dumbledore había ido al orfanato le había dado a Hermione las opciones para sus clases optativas, y ella volvió a escoger Runas Mágicas y Aritmancía; al igual que Ryddle. Se sintió incomoda al saber que ambos tenían la misma línea de interés del conocimiento, pero rápidamente lo ignoro.
Terminaron rápidamente con las compras, porque a Tom le molestaba estar entre tanta gente y mucho más entre tantos niños escandalosos. Hermione temió que Ryddle quisiera entrar al Callejón Knockturn, no sabía que tan oscuro era el chico en esos tiempos; sin embargo, el chico camino directamente de vuelta al caldero chorreante y lograron abrirse paso para poder salir.
Se dirigieron en silencio hasta la estación de St. Pancras, donde Hermione tomaría el tren de regreso al orfanato.
Pero la castaña se desconcertó cuando Tom paso frente a ella en la fila de la taquilla y también compro boletos, dos boletos. Para ambos. Tomo a Hermione del brazo y la saco de la fila.
—Vendrás conmigo.
Hermione se zafo de su agarre y se paro frente a él, con las manos en las caderas.
—Ryddle, ¿a dónde mierda me quieres llevar?
—Cuida como me hablas, Camilleri. Necesito que me acompañes a un lugar, pero sólo eres compañía. No tienes derecho a preguntarme a dónde vamos y porque vamos.
El rostro de Hermione palideció.
—¿Qué dices? Tú, cretino, estúpido mandón y prepotente, ¿crees que puedes hacer conmigo lo que quieras? No soy una maldita dama de compañía y exijo que cambies ese boleto por uno que me lleve… —Tom le tapó la boca con la mano. La chica había comenzado a gritar tanto que la gente había comenzado a formar un medio círculo alrededor de ellos, tratando de saber qué es lo que ocurría.
—Lo siento mucho, Hermione —dijo Ryddle, mientras la veía compungido —. Pero en verdad necesito que me acompañes. Yo… yo no sé cómo iría ahí sin ti, te necesito.
Por un momento el corazón de Hermione se ablando, pero después recordó con quién hablaba.
—No te creo nada, Ryddle… Ahora ve y cambia ese boleto.
— ¡Por favor, Camilleri! De verdad, de verdad, te necesito ahí.
Hermione lo observo por unos minutos más. Sabía que el chico no le diría a donde iban pero de todas formas la llevaría; así que decidió que sería mejor acompañarlo para asegurarse de que él no hiciera nada malo.
—De acuerdo, iré.
Tom asintió y volvió a apretar su mano alrededor del brazo de la chica y la dirigió hacía el vagón asignado.
No hablaron durante las horas que duró el trayecto del tren. Hermione se preguntaba qué es lo que maquinaba Ryddle, que estaba tan concentrado que apenas y se había movido desde que habían entrado al tren. O desde que éste se había puesto en marcha.
No creía que el chico frente a ella, con ese gesto de concentración, fuese a convertirse en el próximo Lord Tenebroso.
Es cierto que a veces había cosas que la volvían a la realidad y lo hacían ubicarlo como Lord Voldemort. Como esa mirada helada, la mandíbula bien delineada y tensa, la crudeza de sus palabras, lo fácil que le resultaba mentir y fingir ante la demás gente. La indiferencia que tenía con toda la gente, incluida ella –aunque sabía que era la persona más cercana a Ryddle-.
Volvió la mirada hacía la ventana y observo el panorama.
Necesito volver, murmuró para sus adentros.
Debía volver a su vida, tenía que volver. No quería permanecer aquí, no necesitaba pasar más tiempo en esta época y tampoco quería pasar más tiempo. Menos con el hombre que mató a los padres de su mejor amigo.
No podía volver a realizar el mismo hechizo con el que había venido, lo había probado y no había pasado absolutamente nada. Tendría que esperar a entrar nuevamente a Hogwarts para poder acceder a la biblioteca y volver a escabullirse al Área Restringida, y así investigar cómo diablos volver a su tiempo.
Supo que habían llegado a su destino porque Ryddle se paró repentinamente y la jalo consigo. Bajaron en la estación y la castaña casi tuvo que correr detrás de él, porque el chico caminaba con paso firme sin fijarse en si Hermione lo seguía o no.
Caminaron un largo tramo hasta que llegaron a un pequeño pueblo.
Bienvenido a casa, Tom. Pensó el chico, mientras entraba en el terreno de Little Hangleton.
Desde hace unos meses se había dedicado a investigar sobre sus padres y dio con el hermano de su madre, su madre Merope Gaunt. Tuvo que ir a St. Mungo a que analizaran su sangre y lo emparentaran con una familia mágica, todo esto con su mejor actuación de huérfano desesperado y derramando mil lágrimas. Lo emparentaron con los Gaunt, aunque el se aseguró de que nadie se enterara de eso modificándole la memoria a la joven sanadora que lo había ayudado. Pertenecía a la línea directa de Salazar Slytherin, fue un gran descubrimiento; claramente, él merecía la grandeza.
Y pronto encontró al hermano de su madre, Morfin Gaunt. Un estúpido y cobarde mago, que se mantenía todo el día borracho y que estaba afectado mentalmente. Ni siquiera era un buen mago, era tan sólo un guiñapo humano que no le provocaba más que desprecio a Tom. Y era bizco.
Y lo dijo:
«Tú te pareces mucho a Ryddle, te le pareces mucho. Aunque, a decir verdad, él es más viejo que tú... Sí, él es más viejo que tú...»
Y ese mismo día le saco la información a base de crucios. La verdad es que Morfin estaba ya muy débil y ni siquiera tuvo que imprimir tanto odio al maleficio para que su tío soltará la verdad. Le conto sobre un Tom Ryddle Sr., que vivía en una gran casa justo arriba de la colina. Y le repitió numerosas veces cuanto se parecía a él y como lo despreciaba.
Así que aquí estaba ahora, en Little Hangleton nuevamente y trayendo consigo a Camilleri, porque sabía que a pesar de ser una niña chillona y estúpida, ella no permitiría que matara a su padre en cuanto lo viera. Bueno, por lo menos no por ahora.
Subieron a la colina y se escondieron entre los espesos matorrales que cubrían la casa. Tom ignoró toda la sarta de preguntas que Camilleri le soltaba y se dedicó a observar la actividad que se desarrollaba en la casa.
Hermione se dio cuenta que ninguna de sus preguntas serían respondidas por ahora, así que se dedicó a hacer lo mismo que Tom: observar. Y de repente la puerta de la mansión se abrió y dejo ver a tres personas que bajaban por el porche. Una guapa mujer, un pequeño niño y un hombre maduro de aspecto rígido. El hombre volvió la mirada hacía donde estaban ellos pero sin poder verlos, y sonrió con suficiente y arrogancia.
El hombre era igual a Ryddle, sólo que con muchos años más.
—Camilleri, te presento a mi padre. Tom Ryddle Sr.
Y en cuanto esas palabras salieron de la boca del chico junto a ella, el hombre que estaba a metros de ellos palideció y calló de rodillas, con la mano sobre el cuello.
¡Que final de infarto! Soy fantástica para esto de los finales, ¿no? Broma.
Muggle-Almost-Witch
