Disclaimer: Nada mío :)

Han pasado doce años en Azkaban esperando por este capítulo, i know. Espero que les guste :)


Concrete

Hermione lo vio todo en cámara lenta. En un instante, Tom estaba estrangulando a su padre desde la distancia y ella no era capaz de moverse de su lugar. Volteo lentamente a observarlo y lo desconoció por completo. El rostro del chico estaba desfigurado en una terrible mueca de enojo, coraje e ira. Todo realizaba collage que le heló cada parte del alma. Por un momento, aquél joven Tom Ryddle que le parecía hasta graciosamente guapo y mínimamente simpático se desvaneció, el nuevo Ryddle se llevó todo de él. Hermione se fijó en la dureza de su mirada, sin poder realizar que esa era el chico al que hace horas ella había visto como alguien guapo. Se sintió sucia, de repente todos los recuerdos de Harry y Ronald le vinieron a la mente. Ella estaba tonteando con el futuro asesino de los padres de su mejor amigo, y tuvo ganas de correr al baño de orfanatorio para quitarse esa suciedad y culpa.

Le tomo tiempo reaccionar, y el padre de Tom ya había adquirido un tono azulado cuando ella pudo moverse. Se abalanzo sobre Tom y ambos rodaron colina abajo. Sí, no había sido su mejor idea pero era la única que había tenido. La sensación de suciedad y malestar aumentaba en ella conforme rodaban, lo que juntaba aún más sus cuerpos. Hermione estaba dispuesta a quemar sus ropas y bañarse en litros de desinfectante en cuanto llegara a su habitación. Cuando llegaron a las faldas de la colina se despegó rápidamente del chico y lo miró con un gesto de repulsión que pronto trato de enmascarar. Tom estaba confundido y afectado después de golpearse la cabeza con varias piedras en su trayecto.

Cuando vio que Tom se iba levantando, ella retrocedió sobre el pasto aún, con ayuda de sus piernas, hasta que se estrelló contra el tronco de un árbol. No podía verlo, ni siquiera quería respirar su mismo aire. No podía hacerle eso a Harry, no se podía hacer eso a sí misma, no podía perder su respeto. Y lo que más la sobrecogía es que estaba muerta de miedo y no podía pensar claro. Se maldijo por haber dejado la varita en su cajón y trato de hiperventilar.

― ¿Podría saber, Camilleri, que mierda fue lo que te sucedió?, ¿acaso te atreviste a tirarme por la maldita colina de mierda?

Esto sólo hizo que Hermione palideciera un poco más, pero no se podía quedar así, no le podía demostrar a Ryddle el miedo que la estaba corroyendo y mucho menos podía hacerle saber que ella ya esperaba algo así de él, sólo que había tenido la ilusa esperanza de que eso no ocurriera frente de ella. Así que como siempre que sentía que la situación salía de su control, decidió tomarlo aunque fuera a la fuerza.

―Estás loco, Ryddle, ¡estás loco!, ¿qué diablos te sucede?, ¿sabes que tan ilegal es lo que acabas de hacer? ¡Gracias a Merlín los aurores no fueron notificados, pudieron haberte llevado a prisión!, ¡acabas de ahorcar a un muggle! Y oh, por Merlín, ¡yo estaba ahí!, ¡lo hiciste enfrente de mí! ¡Me sorprende, Thomas Ryddle, lo desconsiderado que puedes llegar a ser!

Hermione comenzaba a sonar histérica y conforme más se enojaba, su tono mandón y agudeza aumentaba. Pronto ya estaba roja y totalmente fuera de sus cabales. Si no la detenían pronto empezaría a hiperventilar.

―No soy Thomas.

― ¿Qué?

―Que no me llamo Thomas, sólo Tom.

Y Hermione explotó, era increíble el cinismo de ese hombre ante esa situación. Era totalmente increíble cómo estaba tan erguido frente a ella, sin ninguna sombra de angustia sobre el rostro o alguna de esas cosas patéticas que ella esperaría de alguien que casi mata a su padre. Sin embargo ahí estaba, tranquilo, sereno, y con una mirada de reproche por el descontrol que carcomía a Hermione.

―Da igual, déjalo Ryddle. Nos vemos en Hogwarts.

Con la poca dignidad que aún podía mantener ante Tom, subió nuevamente por la colina y recogió sus libros y lo demás. Procuró caminar por el lado contrario al que se encontraba Ryddle pero era una bajada rocosa, así que le costó el doble del trabajo poder bajar. Tenía las piernas temblorosas y sus rodillas no se mantenían como siempre, estaba en una cruzada entre bajar o de volver a subir para alcanzar a Ryddle y golpearlo hasta desfigurarle el rostro.

Camino lo que le parecieron días y con cada pasó se sentía más disgustada. Si Ryddle por lo menos poseyera esos modales que el siempre fingía tener, por lo menos la habría ido a buscar. Pero no, era un falso. Todo lo que sabía de él y que pensó que se debía a que la comenzaba a considerar una amiga no era más que una mentira, un vil engaño, como todo lo que él hacía. Era un falso y Hermione ahora ya no podía hacer nada, porque ya la había engañado.

Cuando llegó nuevamente a la estación de trenes le entregó su boleto al vigilante y se sentó pacientemente a esperar el tren. En su interior, aún tenía la esperanza de que Tom llegara a disculparse. Realmente tenía sentimientos muy contradictorios. No quería que el llegara, porque ahora solamente vería a Lord Voldemort y no a Tom Ryddle. Su tren llegó y lo abordo absorta en sus pensamientos, sin notar cuando partió y mucho menos cuando llegó. El vigilante le indico que tenía que bajar del vagón, así que tomó todas sus pertenencias y se dirigió hacía el orfanatorio. Tuvo que entrar con máximo cuidado y en un silencio total llegó a su cuarto. Dejó sus libros de lado y se tiró en la cama. Ya no quería saber más de nada ni de nadie, quería volver a su vida normal. Cerró y abrió los ojos múltiples veces, después los estrujo otras cientos más, con la esperanza de que fuera un sueño. Y dado a que no era, renunció y decidió dormirse.


Había pasado más de dos semanas y la siguiente era el día de la entrada de Hogwarts. Desde el episodio psicótico de Ryddle, Hermione no había vuelto a Londres y tampoco había salido a tomar el sol fuera de su habitación. Todo este tiempo había estado dentro, consultando sus libros y buscando una manera de salir de ese infierno en que se encontraba atrapada. Sin duda alguna, no quería volver al colegio para poder encontrarse con Tom Ryddle nuevamente, no quería ver al eufemismo de Voldemort. Sin embargo, tras una semana de buscar con afán que rayaba el desespero, Hermione se rindió. No podía salir de ahí, tampoco tenía información suficiente para poder saber que procedía.

Esta era la primera temporada en la que ella se había sentido tan triste y confundida, pero, sobre todo, sola. Era la primera vez que volvía a Hogwarts sin Ron o Harry, y aunque sonara tonto, eso la desbastaba. Lentamente veía como su reflejo actual ya no tenía nada que ver con el que ella estaba acostumbrada, el reflejo que durante trece años había visto y del que no siempre había tenido una buena opinión. Pero ahora, cuando se veía – más pálida, delgada, con el cabello lacio y las ojeras de un azul amoratado que lucía enfermizo – ya no se podía ni reconocer.

No se sentía enferma, tampoco estaba deprimida ni con anorexia, como lo creía la cocinera. Pero sentía que se alejaba más de sí, que poco quedaba de esa niña mandona e irritable, con tono orgulloso y la nariz levantada en una actitud de, comúnmente, falsa seguridad absoluta.

Los años cuarenta no le sentaban bien, quizás el área menos contaminado la estaba adelgazando, quizás todo era culpa del estúpido Ryddle, que aunque no lo había visto desde hace algún tiempo, seguía arruinándole la vida. Se preguntaba que estaría haciendo en ese mismo momento, mientras eran las once de la mañana. Se preguntó si estaría leyendo, si estaría sentado leyendo, si estaría acostado leyendo, o sentado sobre el alfeizar que no sabía que existía de una ventana que no sabía si tenía. Se cuestionó si estaría haciendo quehaceres, si estaría interactuando con los demás niños, o tal vez estaba siendo insoportable como siempre.

Agotada, se sentó en el banquillo frente a su cama y sostuvo sus manos entre sus manos, mientras enterraba se enterraba los codos en los muslos. Había llegado al punto en el que estaba agotada de buscar respuestas sin nada de éxito. Tenía que esperar para volver a Hogwarts y poder buscar en la Sección Prohibida que esperaba estuviera menos protegida en ese tiempo.

Y esos eran sus pensamientos constantes, día tras día, noche tras noche, eso mismo rondaba libremente por su cabeza. Aún escuchaba los susurros de sus amigos por la noche, afirmando que los había traicionado al no intentar volver con ellos, pero es que realmente lo intentaba. Había días en los que no salía a comer ni a respirar aíre externo por el miedo de olvidarse de aquellas voces familiares, por el miedo de que olvidarse de quien era. Ella no era Hermione Camilleri, pues ésta era la sombra de lo que alguna vez había sido Hermione Granger y le dolía sentirse así, no podía también competir con ella misma por ser mejor.

Amelia se había vuelto en su único consuelo. La niña era alegre y tierna, y le alegraba todos los días. Hermione había tenido a Harry y Ron como lo más parecido a hermanos, pero con Amelia era distinto, era aún mejor. Tenían una compatibilidad que ella no habría creído posible con sus otros amigos y eso le dolía en la misma cantidad en que le alegraba.

Sin embargo, a tan sólo tres días de su partida a Hogwarts, su vida en el orfanato cambió bastante. Esa mañana ella había estado en la estación de lavandería cumpliendo con su tarea matutina. Así que estaba concentrada lavando, tendiendo y doblando la ropa limpia mientras las colocaba en las canastas correspondientes. Tenía los brazos y las manos doloridas y un poco entumidas por todo el trabajo, pero la actividad la distraía de sus problemas, así que Hermione estaba feliz. Mientras realizaba esto, un enorme estruendo resonó por todo el edificio que era del tamaño de un palacio pequeño. Con cautela, Hermione dejó a las demás niñas en el cuarto y subió lentamente por los escalones hacía el salón principal. Maldijo mil veces por haber dejado su varita en la cajonera y diseñó rápidamente un plan de cómo subir, tomarla e ir al núcleo del problema. Sin embargo, éste no se llevó acabo, pues al abrir la puerta de la estación, se encontró con la pequeña Amelia llorando silenciosamente.

Todo a su alrededor se había destruido. Había unas pequeñas llamas en la esquina del salón principal; sin embargo, esto no era lo más importante del panorama. En un rincón se encontraba el conserje del orfanato. Su cuerpo estaba negro y él mantenía los ojos cerrados, y Hermione no quiso acercarse para ver si estaba desmayado o había pasado otra cosa. Rápidamente tomó a Amelia de la mano y ambas corrieron en silencio hacía la habitación de la castaña. Al llegar, Hermione la aventó rápidamente hacía la cama y después cerró la puerta discretamente, para luego recargarse en ella, bloqueando los intentos de acceso a su habitación por personas externas.

Durante todo el trayecto Amelia se había mantenido callada; pero ahí, en la habitación de Hermione, ella fue libre de llorar y sollozar, berrear, gritar y volver a llorar. Estuvo repitiendo ese mismo ciclo por lo que a Hermione le pareció una eternidad, así que conforme ella volvía a iniciar con ese mismo proceso, Hermione se iba deslizando sobre su propia espalda, hasta que choco contra el suelo y se sentó. Escuchaba todo el movimiento fuera de su habitación, pero ella no era capaz de asimilarlo. Y ni hablar de la pobre Amelia, que poco le faltaba para estar azul porque la pobre no era capaz ni de respirar entre todo ese nido de mocos y lágrimas.

― ¿Qué fue lo que sucedió allá arriba, Amelia?

Hermione no estaba segura de que la niña la hubiera oído, porque ella seguía llorando y limpiándose los mocos con el suéter tejido que portaba. Hermione aclaró su garganta audiblemente y volvió a ejecutar la pregunta con más firmeza. Al ver que la niña trataba de combatir los sollozos y se desesperaba porque no le salía la voz, Hermione decidió esperarla hasta que volviera su cordura. Cuando Amelia estuvo lista, vio a Hermione y ésta noto en su mirada un destello de tristeza mezclada con enojo, mientras todo su rictus demostraba desesperación.

―Fue su culpa.

Hermione le hizo una señal con la mano para instarla a hablar, y Amelia alineo su menuda espada y respiro profundamente.

―Fue él, él… es que yo, es que… ― Amelia trató de recuperar la compostura y se tapó la cara con sus manos delicadas, mientras negaba frenéticamente con la cabeza ― él se acercó a mí, Mione, él me tocó. Es que… yo, es que no sé cómo, ese señor malo me agarró y me pego así en la pared… y yo…

Amelia le estaba actuando justo la manera en la que el conserje había tratado de propasarse con ella y Hermione simplemente no pudo con eso. Se levantó entumida del suelo –no sabía cuánto tiempo había pasado ahí– y se acercó a abrazar a la pequeña, mientras la trataba de ocultar de su realidad al tapar su cuerpo con el suyo, escondiéndola. Amelia era una niña tan sólo, ella estaba en un orfanato/internado y aún no terminaban de crecerle todos los dientes. Hermione se sintió impotente pero a la vez sabía que estaba dejando pasar por alto lo esencial de la situación. ¿Cómo quemó toda la habitación la niña sola?

Cuando Amelia se volvió a relajar visiblemente, Hermione la tomo firmemente de los hombros y la alejó de ella para poder observar su cara y así poder interrogarla: ―Amelia, necesito que me lo cuentes todo. ¿Qué fue lo que pasó?, ¿por qué parecía que algo había explotado todo?, ¿por qué el conserje tenía quemaduras en el cuerpo?

Al ver que Amelia no decía nada, Hermione la agitó con desesperación. Necesitaba saber para así poder ayudar a la niña, y no podía desperdiciar tiempo esperando que Amelia hablara. La agitó aún más hasta que la niña abrió la boca.

―Yo exploté.

Hermione la vio detenidamente y soltó una risa leve.

― ¿Qué estás diciendo?

― Yo, Mione, yo… de verdad que exploté.

Hermione trató de procesar la situación. De acuerdo, Amelia le había dicho que ella había explotado. Había explotado y había quemado toda una habitación. De acuerdo, había explotado, había quemado una habitación y había casi asesinado a un hombre, si es que aún respiraba cuando Hermione lo había visto. De acuerdo, se dijo a sí misma, todo estaría bien si no sabían que Amelia había estado involucrada. Todo estaría bien, todo estaría bien. Con esto en mente soltó a la niña y comenzó a caminar en círculos por su habitación, pensando en una excusa lo suficientemente buena para ella y Amelia, pues no estaban en sus posiciones. Sin embargo, un golpe en la puerta la interrumpió y Hermione lanzó un chillido, asustada.

La señorita Castwell las observó a ambas con una ceja en alto: ― ¿Puedo saber, señoritas, por qué están fuera de sus posiciones?

Hermione se enderezó al instante, como si la hubieran tirado de los hombros, y observo lo más serenamente posible a su cuidadora. Se acomodó el cabello y espero que ese silencio que ella sentía eterno hubieran sido tan sólo un par de minutos.

― ¡Oh, hola señorita Castwell! ― saludó la chica con una leve inclinación de cabeza mientras desviaba la mirada para llamar la atención de Amelia y así esta se colocara inmediatamente a su lado ―. Lo lamentamos mucho, Amelia vino a mí por un asunto muy personal y consideré que sería mejor atenderla en mi pieza, en la lavandería había muchas personas, y muchas de ellas no son muy discretas. De nuevo me… nos disculpamos.

La señorita Castwell las miró con una ceja en alto mientras negaba lentamente. ― Y dígame, señorita Amelia, ¿cuál es ese problema tan íntimo y secreto que no lo podían comentar frente a sus demás compañeros?

― Yo, eh, bueno… es que yo…

― Amelia e Iván Beckett tuvieron una pelea, ella se sintió mal y corrió conmigo, señorita Castwell. Aparentemente es solo un problema de amores tempranos, descuide. Tengo la situación totalmente controlada aquí.

La señorita Castwell las volvió a mirar con un brillo de sospecha, pero después suspiro audiblemente y se retiró de la habitación, dejando a las niñas dentro de este. Cuando Hermione creyó que no había nadie más que pudiera escucharlas, camino hacía su cama y se dejó caer sobre ella de espaldas. Esto era increíble, jamás había visto un brote de magia tan fuerte y tan violenta. Ni siquiera los suyos propios habían sido algo tan memorable. Una vez, recordó que le había contado su madre, Hermione había llorado tanto por haber perdido su libro favorito, que toda sus estantería se había vaciado y sus cuentos habían comenzado a salir disparados por todas partes. O aquella vez que sus padres la habían obligado a mantenerse en la mesa hasta que terminara con su apio y de repente el apio había desaparecido por sí mismo.

Jamás había imaginado que fuera posible magia accidental tan fuerte como esa. Por Merlín, Amelia había explotado. Y lo más impresionante, si es que podía haber algo que no lo fuera en todo el asunto, es que la pequeña rubia estaba totalmente intacta. Ni un rasguño ni quemadura.


Tom había estado frustrado por semanas. Estaba enojado. No, aún más que eso, había llegado al punto en que no era capaz de sentir nada más que enojo en distinto grado. No había visto a Camilleri desde el día en que lo acompaño a Little Hangleton y no había terminado justo como a él le hubiera gustado que terminaran las cosas.

No se suponía que Camilleri conociera esa parte de él. Maldición, llevaba años perfeccionando su impresión hacía otras personas. No sabía qué diablos había ocurrido ese día, pero de repente no podía soportar más. El día anterior a su salida con Camilleri tuvo que soportar como otro niño era adoptado. Y siempre que eso pasaba todos en el orfanato se ponían un poco más irritables. Se suponía que él, Tom Ryddle, ya no sentía más que odio y asco hacía quien se suponía que era su padre. Se suponía que él ya lo había superado y estaba sobre eso, que ya no le volvería a afectar. Sin embargo, algo se había vuelto a remover en su interior al ver a ese hombre. Así como la sensación de rabia lo había inundado.

Se había pasado días en su habitación tratando que pensar en cómo solucionar su error, en cómo podía explicar porque había reaccionado de esa manera. Los primeros días simplemente había tratado de eliminar la diminuta sensación de tristeza que se había colado al momento de ver a su padre. Una vez que había restaurado su odio, se concentró en pensar en una mentira. Hablo varias veces frente al espejo para intentar lograr su mejor actuación, de manera que Camilleri volviera a hablarle y no lo acusara con el director Dippet o el profesor Dumbledore. Sin embargo, ya habían pasado tres semanas desde que había comenzado con su intento y aún no era capaz de avanzar.

Pronto volvería a Hogwarts, pensó, pronto tendría que olvidarse de toda esta pesadilla. Se olvidaría del niño con el que compartía la habitación, olvidaría a Christine, olvidaría el constante sonido de los aviones que interrumpían el silencio de las noches en Londres. Desde los últimos años, con el inicio de la guerra y la participación de la Inglaterra muggle, su vida dentro del orfanato Wool había empeorado un poco más desde cómo había sido e el principio. Apenas hace unos meses, mientras él estaba en Hogwarts, habían tenido que cerrar el edificio conexo, por lo que ahora el área de infantes había quedado mezclada con la de los mayores. A ese cambio se debía la presencia de su molesto compañero de habitación. Apenas hace unos días habían recortado el presupuesto que el gobierno les proveía para la manutención. Y la señora Cole había decidido que era más conveniente invertir el presupuesto de la comida para el fondo de manutención del lugar. Por lo que ahora Tom estaba aún más flaco y pálido, más cansado. Estaba asqueado de ese lugar.

Esa noche había estado todo el día recostado en su cama, jugueteando con su pluma nueva. Hace días que había llenado su baúl con las escazas pertenencias mágicas que tenía. Había empaquetado los libros que había comprado junto con Hermione en un rincón y lo había colocado dentro de su armario. Sabía que tenía que llevárselos, pero aún no quería recordar a Camilleri. Ese día había sido muy ajetreado, lleno de ruido y gritos infantiles y de gritos de la señora Cole. Tom había decidido no salir, así que había bloqueado la puerta e ignorado los tímidos golpes que Thomas había dado a la puerta para que lo dejara entrar.

Con un profundo suspiro se levantó de su cama, que de pronto parecía echa de concreto, y caminó hacía su ventana, para después trepar por la escalera de emergencias. Se quedó ahí mirando hacía el rincón de Christine, que hoy estaba oscuro y vacío. Otro sus piro abandono su boca y se talló los ojos con cansancio. Sólo faltaban dos días y volvería a Hogwarts. Dos días y abandonaría toda esta mierda. Estuvo concentrado otro par de minutos más en sus pensamientos hasta que oyó la conocida interrupción de los aviones en el silencio de las noches londinenses. Lo escucho tan cerca que un escalofrió lo obligó a enderezarse rápidamente. Los volvió a oír, casi podía sentir el humo que dejaban tras ellos. No reacciono hasta que escucho el bullicio que ocurría dentro del edificio. Se movió patosamente a través de las escaleras y retiró la silla que bloqueaba la puerta. Camino rápidamente entre los pasillos del orfanato mientras buscaba al resto de los niños del lugar. Al final los encontró a todos arrinconados entre el salón principal y el pequeño sótano. Nadie notó su llegada y mucho menos le comunicaron la situación. Se acomodó en un rincón y esperó para poder escuchar y distinguir entre los susurros lo que había sucedido. Al final entendió que en la radio habían anunciado un bombardeo cercano, y que todos habían entrado en pánico y habían decidido que la mejor idea era que pasaran la noche juntos.

Tom gruñó por lo bajo y se dejó caer con la espalda pegada contra la esquina. Pasaron horas en las que no hubo más que silencio que los mantenía en suspenso. Sin embargo, todos los presentes se agitaron asustados cuando se escuchó una explosión ensordecedora. Tom respiró hasta poder calmarse, no había pasado ahí, había sido lejos. Quizás ni siquiera había sido en la propia ciudad. Quizás no había sido una bomba y estaban siendo víctimas de la paranoia colectiva. Tom apretó los puños aún más, hasta que sintió que las uñas le dolían. Tenía que controlarse, no quería volver a hacer magia experimental. No ahí, no ahora, no con todos esos muggles en el mismo salón que él. Después de unas horas, y otros cuantos estallidos, los niños cayeron dormidos lentamente.

Tom se mantuvo despierto el resto de la noche a la vez que examinaba las marcas que habían quedado en el interior de sus manos. Las formas de media luna de la punta de sus uñas habían quedado marcadas, sin llegar a perforar su piel. Se masajeo los nudillos para reanudar su circulación y volvió a pensar en Camilleri. La estúpida Camilleri. De no ser por esa imbécil, ahora ya habría terminado con uno de los mil problemas que lo abrumaban. Se pasó ambas las manos por el cabello perfectamente peinado, deshaciéndolo. Segundos después se arrepintió y volvió a colocarse el cabello adecuadamente. Había vuelto a sopesar la idea de volver a Little Hangleton. Sin embargo, no había tenido tiempo ni ganas de salir su habitación. Tom realmente estaba en los huesos.


Era el día en que volvería a Hogwarts y Hermione se encontraba más nerviosa de lo normal. Había hecho un inventario, carta en mano, de todos los materiales de necesitaría para su cuarto año. Sin embargo, a pesar de toda la organización que había incluido en el proceso, revisó su baúl diez veces antes de salir del internado. La noche anterior había hablado con Amelia durante toda la noche, y le había revelado que ella también podía hacer magia. Tomo varias horas convencer a la niña de que la magia no era sólo sacar un conejo de un sombrero y cortar a una mujer dentro de una caja por la mitad. Al final de su plática, Hermione podía asegurar que la niña tenía ahora una idea más aproximada sobre lo que era o no la magia. Logró explicarle que eso era magia accidental y la convenció para que no hablara con nadie sobre lo sucedido con el conserje. Hermione primero tenía que hablar con Dumbledore, su viejo director sabría qué hacer. Esperaba que esta versión joven de él fuera tan comprensiva como la que ella conocía.

Tomó su baúl y lo jaló a través de los pasillos del internado Bellwood hasta que llego al pasillo que daba hacía la puerta principal. Todos dormían aún, y la señorita Castwell había acordado verla en la puerta con ella a las ocho en punto de la mañana para acompañarla hasta la estación del tren. Quince minutos después llegó y ambas salieron en silencio de la instalación. El jardinero se había ofrecido cortésmente para llevarlas en su camioneta de trabajo hasta el tren, y Hermione había aceptado inmediatamente, por lo que recibió una mirada de reproche de su cuidadora.

El señor Baker ya las esperaba con una sonrisa deslumbrante, mientras les hacía señas para que se acercaran rápidamente. Hermione respiró profundamente y sintió como una leve sonrisa estiraba sus labios. Miró brevemente el rostro sonrojado de la señorita Castwell y después la mirada de complicidad que sostenía con Baker. Hermione alzó las cejas con leve asombro y se adelantó a ellos, subiendo su baúl a la parte trasera de la camioneta, después se acomodó junto a éste y espero a que sus acompañantes tomaran lugar dentro de la cabina del conductor. El cajón de carga estaba llenó de pasto y un poco de tierra, pero Hermione pensó que esto era realmente mejor que recorrer los kilómetros hacía la estación. Fueron menos de veinte minutos, pero ella se mantuvo atenta a la conversación de los adultos en todo momento. Hablaban sobre la muerte del consejo. Tanto la señorita Castwell como el jardinero Baker estaban de acuerdo con que había sido realmente inusual, pero que no era nada imposible. Las instalaciones eléctricas eran viejas y no las habían revisado desde hace unos seis años. Ambos llegaron a la rápida conclusión de que algo se había quemado y había creado una explosión pequeña, causando el accidente con el conserje. Sin embargo, Hermione sabía que ambos preferían ignorar que la situación había sido realmente extraña, y que un fallo en las instalaciones de electricidad no podía matar tan rápido a un hombre.

Hermione tembló una vez más y aferró su mano en torno a su varita. Pronto su mano se encontraba entumecida y el ánimo de la chica había decaído visiblemente. De pronto recordó que sus amigos no estarían ahí para recibirla y una lágrima solitaria volvió a resbalarse por su mejilla. Sorbió los mocos y se pasó bruscamente el antebrazo por debajo de los ojos para limpiar todo rastro posible del llanto.

Pronto llegaron a la estación del tren y la señorita Castwell la abrazó brevemente y la miró con temor en los ojos, mientras se mordía levemente el labio inferior. Para ella era difícil ver como sus niños se marchaban, verlos alejarse y saberlos lo suficientemente lejos como para que ella no pudiera cuidarlos. Hermione había sido una buena niña; un poco rara, sí, pero no necesariamente mala por eso. La chica volvió la cabeza por última vez después de comprar su boleto y observó a la señorita Castwell. Le ofreció una gran sonrisa de entusiasmo y se despidió con la mano donde sostenía su pasaje. La cuidadora sintió como un nudo se formaba en su garganta y le mandó un beso a la niña, que sólo aumento su sonrisa ante este gesto. La señorita Castwell esperó hasta que el tren se movió y después se volteó hacia el joven Baker, que la rodeo con un brazo y dirigió sus pasos hasta la camioneta.

Hermione se sentó nerviosamente en su compartimento y espero pacientemente los cuarenta y cinco minutos del trayecto a Londres, específicamente a la estación de King Cross. Cuando llegó era capaz de sentir la pulsación de su corazón en el interior de sus oídos, estaba entusiasmada por volver a algo más conocido, al castillo que a pesar del tiempo se mantenía casi intacto, con muy leves cambios. Quería volver a ver a la señora Gorda, así como estaba realmente emocionada por caminar por los pasillos que daban hacía el jardín de la fuente, o volver a ver el paisaje desde la torre de astronomía. Y lo mejor, volver a hojear los libros de la biblioteca de Hogwarts. Con esos pensamientos en mente, Hermione corrió directamente al andén nueve y tres cuartos, y segundos después se sintió envuelta en esa aura mágica con la que se había sentido familiarizada desde el primer momento que entró en contacto con ella.

Camino rápidamente entre las familias que acompañaban a sus hijos y entre los grupos de amigos que se reencontraban en ese justo momento. Trato de no ver a ninguno fijamente, pues sólo le recordaba que ella no tenía eso. Sorteó a un grupo de niños que platicaba animadamente sobre partidos de quidditch y buscó un compartimento que aún estuviera solo. Encontró uno hasta el final del vagón y entró discretamente, corriendo las cortinas de terciopelo rojo para cubrir las ventanas de la puerta corrediza.

Con una sonrisa más triste que entusiasta, Hermione abrió su baúl y rebuscó hasta encontrar su libro de la historia de Hogwarts, y volvió a leerlo por décimo tercera vez en su vida. Justo cuando volvía a leer sobre las velas flotantes del Gran Comedor, la puerta se corrió, dejando a la vista al chico que ella tanto había temido volver a encontrarse. Ryddle estaba frente a ella. Su pelo negro estaba revuelto y apuntando en todas direcciones, su cara se encontraba más pálida y hundida, unas terribles ojeras le rodeaban el iris azul oscuro que lucían aún más cansados. Hermione le dio un rápido vistazo para revisar lo demás de Ryddle. Descubrió que él estaba más alto y delgado desde la última vez que lo había visto. El joven se veía débil y agotado, y no había notado la presencia de Hermione hasta que chocó contra su baúl.

Volteó con un rictus de molestia a ver quién era su compañera en el compartimento y su gesto se suavizo. Hermione notó al momento en que su reacción hubiera sido totalmente opuesta de no ser porque el chico era muy bueno al fingir. Con parsimonia, Tom se adentró y ubicó su baúl al final de los asientos, volvió sobre sí y cerró nuevamente las puertas corredizas. El chico se mostraba nervioso, pero Hermione se recordó por decimosexta vez en diez minutos que Tom Ryddle era realmente bueno al momento de mentir.

― Camilleri, hola. Buenos días.

Hermione se removió incomoda sobre el asiento y le sonrió forzadamente, mientras desviaba la mirada. No podía volver a verlo sin recordar cómo había observado ese día a su propio padre, como lo había ahorcado con magia sin haber sacado siquiera la varita o haber susurrado algún hechizo. Un escalofrío la volvió a recorrer y se hundió aún más contra el asiento. Pasaron minutos incómodos en los que ninguno de los dos estaba seguros de tener el valor de buscar la mirada del otro.

Fue Tom quien fingió tranquilidad y se atrevió a hablar: ― Así que, ¿ya sabes en cuál casa estarás?

Hermione puso un gesto que insinuaba que la pregunta de Ryddle había sido bastante tonta y después negó rápidamente con la cabeza: ― No, todavía no lo sé. ¿Tú en cuál estás?, ¿y cómo funciona exactamente lo de las casas?

Pronto Tom comenzó a platicarle sobre la dinámica en Hogwarts. Le contó todo lo que ella había sabido al día siguiente en que le habían avisado que ella era una bruja. Le hablo sobre los cuatro fundadores de Hogwarts y detalló especialmente la vida de Salazar Slytherin. Hermione reprimió el impulso de rodar los ojos ante esa notoria atención. Después le contó detalladamente sobre los prejuicios y enemistades que había entre ciertas casas. Le sorprendió comprender que la enemistad entre Gryffindor y Slytherin no era tan marcada en ese tiempo como lo era en su realidad. Y era obvio, Voldemort aún no existía. Bueno, lo hacía, estaba frente a ella. Pero aparentemente todavía no era tan malo como para repercutir en ese aspecto. También le contó sobre lo genial que era Slytherin y que sin duda ella tenía que mantenerse ahí, de esta manera no se volvería una del montón.

Después de esto volvieron al momento del silencio incómodo. Hermione se limitaba a mirar su regazo nerviosamente, mientras Tom jugueteaba con su varita entre los dedos al mismo tiempo que lanzaba miradas furtivas hacía Camilleri. Estaba a nada de sacarle las palabras con ayuda de la varita. Se aclaró la garganta varias veces hasta que por fin la chica volvió la vista hacía él e inhalo dramáticamente para mantener su atención sobre él.

― Camilleri, yo… quería hablar sobre lo que pasó hace unas semanas.

― ¿El bombardeo en Londres? Me enteré, lo siento, debiste pasarla mal.

― No, eso no. Pero tu empatía realmente me enternece ― el tono de Tom se había endurecido por un minuto pero volvió al tono suave cuando observo el cambio en el semblante de Hermione ―. Lo lamento. No, sobre eso no me interesa hablar. Quería disculparme por lo que viste en Little Hangleton, lo señor Ryddle. No fue mi intención que lo vieras, en serio no sabía que estaba pasando. ¿Me crees, Camilleri?

Hermione estaba escuchando la disculpa lastimosa de Tom Ryddle y fue incapaz de creérsela. Vio el rostro del chico adoptar un rictus de arrepentimiento, lo vio utilizar su mejor actuación y supo al instante que se trataba de una mentira. Sin embargo, por un momento quiso creerle y pensar que quizás él no era realmente tan malo. Pero pronto volvió a su realidad y retornó a la realidad de la persona que tenía frente a ella.

― Descuida, Ryddle. Entiendo. Aparte no es asunto mío. Sólo sé que fue… repentino, es todo ― Hermione agitó la mano restándole importancia, aunque en el interior estaba midiendo cada una de sus palabras y expresiones, procurando mostrarse serena.

― ¿Estás segura, Camilleri? Porque no quiero que te lleves una falsa impresión de mí. No suelo ir… ahorcando gente, ¿sabes? ― Tom fingió una leve risa mientras se inclinaba hacía Hermione. Recargo los codos sobre su regazo e intensifico su mirada.

Hermione sintió como su corazón se agitaba y rogó porque no se hubiera ruborizado ante la atención del chico. Sus convicciones se vieron abatidas por el momentáneo ataque hormonal. Observo nuevamente los rasgos definidos del rostro de Ryddle, lo apuesto que era y se enojó consigo misma. Era imposible. Desvío la mirada y alzo la nariz altaneramente.

― Segura, Ryddle. Ya basta de hablar de eso. Por si querías saber: no, no te acusaré con el director Dippet. Tampoco le comentare a ningún miembro del profesorado. Así que te Imploro que te detengas aquí con el tema.

Hermione había tratado de enfrentarse a Tom dignamente y toda la decisión que era capaz de albergar. Sin embargo, su voz tembló ligeramente al final y el chico, por supuesto, lo notó. La mirada que le dedicaba se volvió aún más concentrada y Tom abandonó por completo su fachada de tranquilidad. Por un momento, Hermione temió que el chico le lanzara un obliviate o algo aún peor. Sin embargo, se limitó a presionarse las sienes y después soltó un suspiro de frustración, a la vez que se enderezaba y pateaba fuertemente su baúl. Hermione respingó y se hundió aún más en su asiento, mientras se recriminaba por temer de esa manera a un adolescente de tan solo catorce años.

― No, Camilleri, es que no lo entiendes. No me conoces, no soy así. Me ofende que pienses que te digo todo esto por ser un cobarde. De verdad no quiero que tengas una mala impresión sobre mí, Hermione. Yo sé que tú eres decidida y realista, también valiente, y quiero comprendas. Había sido un mal día y yo simplemente no tengo ni idea de lo que pasó. Sé que tú eres la única que me puede entender, seguro que con la muerte de tus padres y todos estos cambios también estás teniendo emociones muy fuertes. Fue magia accidental y fue horrible no poder controlarla.

Hermione recordó al momento el accidente de Amelia y notó que eso había sido incluso peor de lo que había hecho Tom, y a la niña no la había juzgado. Había pasado por alto que aquella pequeña había asesinado a un hombre, mientras que ella pudo impedir que Ryddle lo hiciera con su propio padre. Sin embargo, él vivía en un orfanato. Y su padre era el millonario de un pequeño pueblo, que no se había interesado en lo más mínimo por su hijo y había eximido su responsabilidad con él. Volvió a dudar un momento sobre la honestidad de Ryddle y decidió otorgarle el beneficio de la duda, pero prefirió no decirlo en voz alta. Ya no se quería ver involucrada con él, necesitaba volver rápidamente a su tiempo y volver a vivir su propia vida, no esta farsa.

Agitó su mano nuevamente con desinterés y murmuró: ― Tranquilo, Ryddle. Todo bien. No es conmigo con quien debes excusarte.

Viajaron el resto del camino en silencio. Todo el día había estado lloviendo, por lo que el frio se había colado dentro del compartimento y Hermione había decidido acomodarse en el rincón y cubrirse con una de sus capas. Se despertó al momento en que llegaron a la estación de Hogwarts y escuchó que Ryddle estaba maldiciendo porque no podía sacar su baúl porque el de Hermione le estorbaba. La chica abrió los ojos hasta que estuvo segura que Tom Ryddle se encontraba fuera de su radar de cercanía y guardo sus cosas rápidamente para poder alcanzar al resto de los alumnos.

Cuando llegó a la entrada del castillo estuvo confundida por un momento. No sabía si seguir a los alumnos del primer curso hacia los botes o seguir con el resto de los alumnos y subir a las carrozas que se movían solas. El guardabosque llego para salvarla y la condujo hasta uno de los botes. Se acomodó entre los alumnos y agradeció no sobresalir entre todos los alumnos. Se subió al bote que iba encabezado por el guardabosque y sintió un nudo en el estómago al notar que todo este tiempo había esperado encontrarse con Hagrid. Sin embargo sabía que él acudía como alumno en este tiempo, por lo que una pequeña esperanza se reavivó en ella. Aún podía ver un rostro conocido, aparte del de Dumbledore.

Recorrió con la vista el Lago Negro y no se pudo deshacer del sentimiento de nostalgia hasta que estuvieron frente a la puerta del Gran Comedor. El profesor Dumbledore salió de una puerta lateral y les dio la bienvenida a todos, mientras les explicaba el proceso de Selección realizado por el Sombrero Seleccionador. La cara de los niños iban desde la emoción hasta el estado de terror puro, pero Hermione estaba luchando por permanecer neutral ante las palabras del profesor. Cuando Dumbledore les indico la entrada todos avanzaron, pero pronto él tomo a Hermione suavemente por el antebrazo y la atrajo hacia él. La llevo hasta la puerta por la que había salido al principio y la condujo por un pasillo oscuro hasta la Sala de Trofeos.

― Buenas noches, señorita Granger. Lamento mucho mi atrevimiento, pero pensé que no querría pasar por el mismo proceso que sus compañeros de primero. Así que, si usted está de acuerdo, pensé que podríamos llevarlo a cabo después de la cena, en el despacho del director Dippet. Podría esperar aquí en lo que termina la ceremonia; y, por supuesto, podría traerle un plato para que comience a cenar.

Hermione lo evalúo durante un minuto. Sí sería más privado, pero estaba realmente ansiosa porque ya terminara todo esto. Sabía de antemano que no podían solamente colocarla en Gryffindor, por lo que tendría que pasar por la terrible selección nuevamente. Quería terminar ya.

― Si no le molesta, profesor Dumbledore, preferiría ser seleccionada ya y conocer a mis compañeros de casa.

Dumbledore se sorprendió pero lo simulo alzando levemente una ceja y después chasqueo la lengua al ver el valor de la jovencita que se encontraba frente a él.

― Pues bien, señorita Granger, la conduciré con el resto de los alumnos.

El joven profesor tomó un bulto que se encontraba en una de las estanterías y le indicó a Hermione que lo siguiera hasta el Gran Comedor. Ella avanzó con los nervios a flor de piel pero trato de calmarse. No pasaría nada malo, seguramente volvería con los Gryffindor y todo volvería a su cauce. Bueno, más o menos; sería un poco más normal. Cuando llegaron ella bajo el rostro y camino rápidamente hasta acomodarse entre dos niños que la miraron con extrañeza, pero la ignoraron rápidamente. Dumbledore coloco el bulto frente a ellos y le quitó la tela que lo cubría, dejando al Sombrero Seleccionar expuesto ante ellos. Hubo sonidos de asombro entre la multitud, y vitoreos que venían desde las mesas de cada casa.

El Sombrero Seleccionador despertó y comenzó a cantar su típica canción, con un tono menos oscuro del que ella había escuchado en su primer año. Al terminar, todos aplaudieron entusiasmados y nerviosos en mayor parte.

― Muy bien, alumnos ― exclamó Dumbledore, con una sonrisa asomándose entre su barba pelirroja― es momento de saber a cuál casa van a pertenecer durante toda su vida en este colegio. Espero que sepan que no importa en cual casa sean seleccionados, porque todas las casas fueron fundadas por magos y brujas fuertes e inteligentes. Ya sean Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw o Slytherin, todos son alumnos infinitamente valiosos. Con esto dicho, doy inicio a la ceremonia de Selección.

Albus sacó su varita e invocó la lista de los alumnos. Le dedicó una mirada especial a Hermione y después comenzó recitar cada uno de los nombres. Cuando comenzó con la letra c ya se habían anexado cinco alumnos a Ravenclaw, ocho a Gryffindor, siete a Hufflepuff y cuatro a Slytherin. Escuchó "Camilleri, Hermione Jean" y lo sintió como ajeno, pero el gesto del profesor le indicó que tenía que acercarse.

Se sentó frente a todos sus compañeros y esperó hasta que el sombrero cubriera sus ojos para soltar el aliento que había estado conteniendo desde lo que parecía una eternidad.

Ah, señorita Camilleri… o debería decir, señorita Granger. Veo que ha estado aquí, me sorprende por cómo fue que llegó. Quién lo diría, la pequeña niña es una bruja muy poderosa.

― Sólo quiero volver a mi casa, quiero volver a Gryffindor.

No creo que esto sea tan fácil. Hermione Jean Granger, tienes el potencial para volverte un genio, la bruja más inteligente de nuestro y de tu propio tiempo. Pero también tienes mucho valor, más del que a veces crees tener.

― Claro que no, desde que llegué aquí no he dejado de temer ni un segundo.

Oh, señorita Granger, ser valiente no es no tener miedo. Me parece que usted ha hecho un buen trabajo y ha sabido utilizar su valentía adecuadamente. Usted podría encajar en cualquiera de las casas; no se sorprenda, Hermione, incluso en Slytherin. ¿Dónde la pondré, donde la pondré, dónde la…?

Hermione tensó las manos sobre la tela de su túnica, seguro terminaría sudada y arrugada. Su primera selección no había sido así, cuando tenía once años el sombrero no había dudado ni un momento en enviarla directamente a Hogwarts. Sin embargo, ahí estaba, esperando a que la asignaran a su casa para sentir que tenía un problema menos.

Lo sé, Hermione. Quiere ir a Gryffindor. No se preocupe, estará bien sin sus amigos. ¡Gryffindor!

Albus Dumbledore le retiró el sombrero, pero antes Hermione pudo escuchar un último susurro que le indicaba que encajaba perfectamente en Slytherin. Un escalofrío le recorrió la columna y se paró entumecida de su asiento. Los alumnos de Gryffindor aplaudieron, gritaron y vitorearon a la llegada de un nuevo miembro de la casa. Hermione sintió que una sonrisa se estampaba en su rostro y volvió la mirada hacía el profesor Dumbledore, él sólo le guiñó un ojo. Se sentó a lado de una bruja de su misma edad y esta la miró de reojo.

― Eres muy grande para pertenecer al primer curso, ¿quién eres?

Hermione se sorprendió de que la chica le hablara y la miro embobada durante unos segundos, hasta que cayó en cuenta de que le habían preguntado algo: ― Soy Hermione Camilleri, vengo de Italia. Me voy a integrar al cuarto curso.

Su compañera asintió y le tendió la mano: ― Ross, Isobel Ross. Un gusto ―. Hermione le estrechó la mano suavemente, la chica en cambio endureció su agarre y agitó enérgicamente la mano ― También estoy en el cuarto curso. Podríamos estudiar juntas.

La cena pasó con normalidad, Hermione había extrañado los banquetes de Hogwarts. Cuando iba por su tercer biscocho de la noche, desvío rápidamente la mirada hacía la mesa de Slytherin para buscar a Tom Ryddle. Lo vio mirándola y él sólo alzó las cejas y asintió a manera de saludo. Hermione bajó la cabeza rápidamente, avergonzada y maldiciendo por lo bajo. Después de eso se sumergió en una plática con Isobel y otras de sus compañeras, que también eran ya suyas. Hablaban sobre quidditch y Hermione no pudo evitar recordar lo que había ocurrido el día de la Copa Mundial de Quidditch y su ánimo desmejoró visiblemente. Quería volver con sus amigos, e Isobel no hacía más que recordarle a su amiga Ginny. La chica tenía los modales que toda sangre pura tenía, pero era relajada y divertida. Hermione agradeció a Merlín por haberla conocido tan rápido y que Isobel la hubiera aceptado como una más del grupo. No quería que Ryddle fuera su único conocido en todo el colegio.

Pronto se retiraron a sus propios dormitorios, y la prefecta de Gryffindor le indicó con quién compartiría habitación. Compartía habitación con dos de las amigas de Isobel y dos chicas más a las que no conocía. Colocó su baúl y tomo su pijama, después aventó todo hacia su cama y recorrió las oscuras cortinas del dosel. Se cambió rápidamente y se metió debajo de las cobijas, a la espera de la siguiente mañana. Necesitaba comenzar pronto con las clases para poder distraerse un poco.

Sin embargo, llegó la media noche y ella aún no era capaz de poder dormir. Bajo a la Sala Común y se sentó frente a la chimenea crepitante. En un rincón, junto a una de las ventanas de la Torre de Gryffindor, se encontraba la sombra de un muchacho. Hermione lo ignoró por un rato, pero después se removió incomoda por la falta de interés de su acompañante.

Se aclaró la garganta hasta que logró obtener la atención de la sombra en la esquina. Observó que lentamente su acompañante salía de las sombras y se mostraba ante ella. Era un niño, su rostro indicaba que era realmente pequeño. Sin embargo, el chico debía medir más de dos metros. El cabello le rodeaba la cara en un perfecto desorden y la túnica que portaba debía medir lo suficiente para poder cubrir los sofás de la Sala Común. Hermione sonrió y la primera idea que se le vino a la cabeza fue que Rubeus Hagrid estaba ante ella y estaba asustado. El chico la miraba con un gesto de temor y este se acentuaba conforme avanzaba más hacía ella.

Cuando estuvieron enfrentados, Hermione se esforzó por retener el deseo de abrazar al que sería su amigo en un futuro. La chica se levantó de su asiento y lo observo detalladamente mientras sentía como un nudo se le formaba en la garganta. Allí estaba él de nuevo. De repente todos los recuerdos que habían vivido junto a él volvieron y se sintió totalmente desestabilizada. Se acercó lentamente a él mientras se esforzaba por conservar la calma y la sonrisa tranquilizadora que había adoptado hace unos segundos.

― Hola, soy Hermione. ¿Qué haces tan tarde en la Sala Común?

El chico frente a ella fijó la vista en sus manos mientras removía los pies, incómodo. Al parecer quería decirle algo, pero estaba realmente indeciso. Se aclaró la garganta hasta que se sintió listo para expresar su preocupación: ― Eh, yo… yo soy Rubeus, Rubeus Hagrid. Y, santo Merlín, es que… ― el chico bufó varias veces y se pasó las manos por el cabello ―, es que no quepo en mi cama.

El rostro de Hermione pasó por distintas emociones, desde la confusión hasta las ganas reprimidas de reírse. Observó con ternura al chico frente a ella y al final le ofreció una media sonrisa: — Ven, vamos. Creo que yo puedo ayudarte en eso —comentó, mientras le hacía señas para que la siguiera hasta la torre de los Gryffindor varones.

Por suerte el cuarto de los hombres no tenía la misma protección que el de las chicas, por lo que Hermione y Hagrid pudieron subir sin ningún inconveniente. Cuando estuvieron en el piso de los alumnos del primer año, Hagrid abrió rápidamente la puerta de su cuarto y se apartó para permitir que Hermione accediera. Ella se introdujo de puntitas a la habitación para procurar hacer el menor ruido posible. No quería que los compañeros del semigigante se despertaran y alertaran al Prefecto de Gryffindor acerca de la chica intrusa en la habitación.

— Mi cama es esa de allá — comentó Hagrid en voz baja mientras señalaba la cama del fondo. Era notablemente más grande que la del resto de los niños, quizás del tamaño de los colchones que les daban a los alumnos de séptimo grado, aunque esa longitud no era suficiente para que Hagrid pudiera dormir cómodamente ahí.

— Bien, arreglemos esto. De hecho, es bastante fácil… — Hermione comenzó a murmurar con su típico tono de sabelotodo las mil maneras que había para poder extender la cama y así el chico pudiera dormir en ella; pero, después de argumentar contra sí misma, decidió que la mejor opción era simplemente transformar el pie de la cama en una extensión del colchón y utilizar cualquier otro objeto para mantenerlo en alto.

Rápidamente llevó a cabo su idea mientras rogaba internamente para que el efecto de la transfiguración no terminara antes de tiempo, lo cual causaría una caída bastante penosa para el pobre de Hagrid. Después de asegurarle que el efecto duraría unos cuantos días, el niño le sonrió ampliamente mientras la abrazaba. Era extraño verlo tan joven y, de hecho, verle la cara completa ya resultaba bastante extraño. Desde siempre Hagrid había tenido abundante barba y el pelo totalmente enmarañado; sin embargo ahora tenía a una versión del mismo hombre pero con algunas décadas menos. Tenía el rostro redondo, sin las facciones muy marcadas, rosado. No llevaba el cabello largo y enmarañado, sino corto y peinado hacía un lado, aunque el fijador ya comenzaba a perder su efecto, por lo que algunos mechones ya estaban desordenados. La túnica escolar le quedaba ligeramente muy pequeña, pues las mangas le llegaban hasta la altura de los antebrazos y los bajos apenas le cubrían los tobillos. Sus pequeños ojos chispeaban de alegría por saber que tenía una nueva amiga. Y su sonrisa, que era con lo único que Hermione se sentía familiarizada, seguía siendo igual de honesta.

— Bueno, Rubeus, será mejor si… — Hermione intentó hablar con normalidad, pues no quería alarmar a su amigo ni hacerle notar que su agarre le impedía respirar adecuadamente. Se removió incómoda hasta que Hagrid notó el rostro de dolor de Hermione y la soltó rápidamente entre disculpas —. Descuida, Hagrid. Será mejor si me retiro a mi habitación para dormir, bueno, lo que queda de la noche.

— Claro, claro, sí… — la acompañó hasta el principio de las escaleras y agitó su mano para despedirse de ella. Hermione le ofreció una última sonrisa y se dirigió rápidamente hasta su habitación.


Hermione se despertó a la mañana siguiente antes que todas sus compañeras de cuarto. Se dirigió aún adormilada hasta el baño y atoró la puerta para que nadie la molestara mientras se bañaba. Botó su pijama por todas partes y se acercó hasta la bañera. Eran bastante diferentes de cómo lo serían en su tiempo. La bañera era de cobre y tenía pequeños leones tallados en la parte inferior, en una franja que bordeaba todo el contorno. Los grifos mantenían el mismo tono cobrizo pero eran de un material distinto y, en las partes exteriores, tenían un gran rubí incrustado. Hermione soltó un suspiro de asombro mientras giraba la cabeza para ver el resto del baño: en la pared paralela a la bañera estaba colocado un enorme tapiz que mantenía los colores borgoña del resto de la habitación, pero tenía pintados dibujos demasiado intrincados. En medio de estas figuras habían bordado el escudo de Hogwarts bordado con hilo dorado.

— Vaya… —murmuró mientras dejaba de lado su ropa y se acercaba a la bañera. Ésta inmediatamente detectó la presencia de la alumna y comenzó a llenarse de agua hasta que llegó a la mitad. A un lado había una mesa de servicio repleta de toallas que a la vista parecían más que mullidas. Hermione se acercó con indecisión y colocó la mano sobre ellas. Soltó otro suspiro por el placer de sentirlas contra su palma, eran realmente suaves.

Después de encontrar varias botellas de cristal con varias alturas, formas y colores que descubrió eran burbujas, comenzó a vaciar las que mejor olían dentro de la bañera hasta que estuvo satisfecha con el resultado. Se sentía como niña pequeña, era magnífico contar con un baño así para ella sola. Bueno, para ella y sus otras cuatro compañeras.

Cuando sus manos comenzaron a arrugarse, Hermione decidió que era momento de salir de ahí. Sus músculos estaban tan relajados que cuando intentó enderezarse para poder salir de la bañera, resbaló y cayó de sentón sobre el fondo de cobre. Gritó al momento por el dolor, pero después se tapó la boca mientras maldecía. Seguramente había despertado a todas sus compañeras.

— ¿Qué sucede?, ¿qué sucede?, ¿quién anda ahí? — gritó Isobel mientras se adentraba impetuosamente al cuarto de baño y apuntaba con su varita hacia la dirección de Hermione.

— No, no, ¡no, Isobel, soy yo!, ¡soy Hermione! — Hermione gritó en respuesta mientras intentaba enderezarse a la vez que se estiraba para poder alcanzar una toalla.

Isobel se quedó pasmada durante unos segundos pero después bajó su varita y relajó su posición. Cruzó sus brazos mientras una sonrisa sarcástica se extendía por su rostro: —Creo que eso del pudor no te va mucho, ¿cierto, Hermione? Espera, que yo te paso eso.

Hermione se ruborizó y escondió su busto con un brazo mientras estiraba el libre para tomar la toalla que su compañera le estaba ofreciendo. Isobel decidió que era un momento oportuno para bromear con la chica desnuda en la tina y en el primer intento de tomar la toalla, ella la retiró rápidamente. Abandonó la idea de repetirlo cuando Hermione se sonrojó violentamente y apretó los labios en una fina línea.

— Bueno, cúbrete y vístete rápido. Yo y las demás te esperaremos en el Gran Comedor, ¿quieres que te aparte algo en específico?

— Yo, uhm, un panqué integral. Ahora sal de aquí, ¡por favor!

Isobel intentó no reír por la situación pero lo menos que logró fue una sonrisa torcida. Se dio la vuelta sobre sus talones y salió de ahí con la frente en alto. Acababa de ver a su nueva amiga desnuda y estaba casi segura de que jamás había pasado por una situación más incómoda en toda su vida.

— ¿Qué pasó, Isobel?, ¿otra vez se metieron las babosas carnívoras por la ventana? — preguntó Marissa, su amiga desde el primer curso en Hogwarts.

— Oh, no, no. Hermione sólo resbaló en la bañera.

Ella asintió en silencio y después sentó en el borde de su cama. Se veía nerviosa y un poco intimidada por la presencia de las demás compañeras en la habitación, por lo que Isobel tomó asiento junto a ella.

— ¿Qué sucede? — susurró mientras giraba el rostro hacia Marissa.

— Oh, tú sabes, es sólo que… — la chica rubia giró el rostro hacía la puerta del cuarto de baño y arrugó la nariz — ¿es raro cómo llegó, no? Y ayer no estuvo en la habitación la mayoría de la noche. Y cuándo volvió estuvo llorando durante el resto de la noche.

Isobel negó lentamente con la cabeza sin comprender totalmente a qué se refería: — ¿Estás juzgando a una pobre chica con la que no has cruzado más de media palabra?

Marissa se sonrojó y bajó la mirada mientras negaba inmediatamente con la cabeza. Isobel la miró con reproche hasta que Marissa volvió a alzar la mirada hacia ella. Isobel estaba molesta por su actitud y no intentaba ocultarlo demasiado, porque sólo dejó de verla de esa forma cuando se cruzó de brazos e instó a continuar con su juicio injustificado.

— Marissa, somos Gryffindor, no Slytherin juiciosos. Hagamos justicia a nuestra casa y comportémonos tal como deberíamos. Quizás quieras hacer tus juicios con tus compañeras de chismorreos, pero no me unas a eso.

— Isobel, no seas exagerada — Marissa chasqueó la lengua mientras colocaba su mano sobre el hombro de su amiga para tranquilizarla —. No lo decía de esa manera. Me preocupa que Hermione esté mal, no que ella sea mala. Después de todo también está aquí; debemos acogerla, no repudiarla.

— Sabía que no habías cedido ante las actitudes de tu hermana, Mar — afirmó Isobel con una gran sonrisa.

Marissa Schling pertenecía a una de las familias sangrepuras que mantenían una posición ventajosa dentro de la sociedad mágica y, sobre todo, en el Ministerio Mágico. El padre de Marissa era un importante inversionista que aconsejaba al Jefe del Departamento de Tesorería del Ministerio de Magia. Y su madre era una reconocida modista que trabajaba con los magos y brujas de más renombre Francia mágica. Sin embargo, la familia de Marissa tenía por tradición quedar en lo que ellos consideraban la única casa de Hogwarts que valía la pena: Slytherin. Por lo que casi se mueren al descubrir que una de sus preciosas gemelas, Marissa, había quedado en Gryffindor. Desde ese día, y a lo largo de esos últimos tres años, ella había tenido a toda su familia persiguiéndola para que exigiera un cambio de casa o para que jurara jamás convertirse en una "insoportable Gryffindor con delirios de grandeza". Se había negado a la primera y había jurado mil veces que jamás se volvería una Gryffindor pretenciosa, aunque su familia estaría bastante feliz de que se volviera una Slytherin juiciosa.

— ¡Claro que no, Isi! Por Merlín, mi hermana se volvió una pesada durante todo el verano. Mis padres y ella estuvieron hablándome sobre la tradición familiar y una noche mi madre casi logra convencerme de hablar con el profesor Dippet para que me cambiaran de casa, pero sólo por agotamiento. Afortunadamente Ernest cortó con Marian por lechuza y ella entró llorando en plan de "¡Seguro tiene a otra!, ¡voy a matar a esa perra!, ¡ustedes no me entienden, yo lo amo!" — Marissa comenzó a imitar la voz chillona de su hermana por lo que Isobel comenzó a reír a carcajadas. El sonido de la puerta del baño abriéndose las interrumpió y ambas voltearon hacia Hermione con una sonrisa.

— Al fin, pensé que la cañería te había succionado — comentó Isobel mientras Hermione se sonrojaba.

— Me vestiré, pensé que ya estarían en el comedor.

— Marissa y yo decidimos esperarte mejor aquí. Pero descuida, no creo que los panqués integrales se terminen pronto, creo que no son de los favoritos — afirmó con una risa leve y Marissa la acompañó.

— Gracias — dijo Hermione con sinceridad mientras recorría las cortinas de su cama para poder vestirse.

La túnica era exactamente igual a la que utilizaban en su tiempo aunque la tela era levemente más raposa. Sin embargo era la ropa interior la que le preocupaba. Había intentado conseguir transfigurar esos sostenes rígidos y pantaletas altas en la simple ropa interior que ella conocía, pero no había contado con que la tela era bastante difícil de transfigurar.

Cuando estuvo lista salió y se unió con sus compañeras para dirigirse hacia el comedor. Hermione estaba sonriente y se reía constantemente por las bromas ingeniosas de sus compañeras. Cuando entraron al Gran Comedor se olvidó por completo de que no estaba en su propio tiempo. Sin embargo, cuando desvío la mirada notó que Tom Ryddle la observaba atentamente, por lo que se sonrojó de inmediato. No quería mostrarse diferente con Ryddle, principalmente porque quería que él no sospechara de ella. Pero no estaba logrando un buen trabajo.

— ¿Lo conoces? —Cuestionó Isobel mientras seguía su mirada — Es Tom Ryddle

— Yo, uhm… se sentó conmigo en el expreso. Es un poco huraño, ¿no?

— Yo diría bastante. No habla con nadie excepto con sus amigos súper elitistas, nadie sabe en dónde vive o quiénes son sus padres. Todas las niñas andan detrás de él, pero él realmente las ignora a todas. Si me preguntas, creo que sólo es terriblemente pretencioso y estúpido, nadie es así sólo porque quiera. Finge ser más de lo que es.

— Oh, bueno, yo… él sólo, no lo sé, suena bastante desagradable.

— Lo es. No deberías ni verlo —comentó Marissa con desprecio —. Mi hermana me contó sobre él. Estaba metido con una tal Laine en una habitación y después la pobre salió llorando. Marian cree que él la rechazó, pero sabemos por otras personas que él le hizo algo realmente malo a ella.

Hermione sintió un escalofrío al descubrir que era algo que se podía esperar de Tom Ryddle. Volvió la mirada hacia él de nuevo, Tom la seguía viendo y elevó las cejas desinteresadamente. Hermione frunció el ceño y se volteó sintiendo como el enojo la embargaba. Se había intentado engañar diciendo que seguramente al ser tan joven, Tom Ryddle no podría ser alguien realmente malo. Sin embargo, las pequeñas muestras del verdadero carácter de él mostraban todo lo contrario.

— Genial, porque no pensaba hablarle — afirmó Hermione totalmente convencida.

Tomó asiento junto con sus compañeras de Gryffindor. Tom no despegó la vista de ella durante todo el lapso en el que estuvo ahí. Aparentemente Camilleri no era una amargada arrogante como él había pensado después de convivir con ella durante algún tiempo. Aunque no estaba relajada por completo, Hermione se reía y hacía bromas con las asquerosas Gryffindor que la rodeaban. Era increíble que con él fuera totalmente opuesta, Tom no creyera haber hecho algo para ofenderla.

— Estúpida Camilleri —murmuró entre dientes mientras le daba otro trago a su jugo de calabaza.

— ¿Dijiste, Ryddle? — preguntó Avery a su lado.

— Nada, Avery. Métete en tus asuntos — exclamó Ryddle volviendo la vista hacia su desayuno.

Avery lo miró con las cejas en algo y después volteó a ver a sus compañeros sentados junto a él. Rodó los ojos con desprecio y ninguno volvió a intentar hablar con Ryddle lo que quedaba en la mañana. Normalmente Tom Ryddle era alguien reservado pero educado en todo momento, aunque a veces resultara ser un cabrón. Pero justo ahora, ni Avery, ni Rosier, ni Mulciber sabían qué era tan malo como para tener a su amigo de esa manera.

— ¿Saben qué le sucede?, ¿otra vez volvió a derramar toda su tinta sobre la cama?

Avery negó enérgicamente y se levantó del taburete para acercarse al resto de sus compañeros. Los tres se acercaron para poder hablar sin que Ryddle, que estaba justo a un lado de ellos, los escuchara hablar sobre él. — No, comenzó a actuar extraño desde la ceremonia de selección de ayer, cuando seleccionaron a la nuevita de Gryffindor.

— ¿La del cabello de arbusto? —preguntó Mulciber con curiosidad.

— Sí, por ella. La vio durante toda la cena como si la quisiera matar.

Los tres se encogieron de hombros y voltearon a ver disimuladamente a Ryddle. Él ya había notado que ese trío de imbéciles estaban chismoseando alrededor de él pero no podía interesarle menos, el repentino odio por Hermione Camilleri le había ocupado la mayoría del pensamiento.

—No se molesten en seguir susurrando, cotillas — Ryddle se enderezó para acercarse a la altura de sus supuestos amigos y les sonrió sardónicamente —. Pero les agradezco su preocupación— Tom se alejó rápidamente se ahí sin voltear por última vez hacia la mesa de Gryffindor. Se dirigió hasta las mazmorras y espero fuera del salón de pociones hasta que fuera hora de que comenzara la clase.

Hermione había terminado de almorzar e inmediatamente buscó a Tom con la mirada, pero pronto notó que ya se había retirado del Gran Comedor. Se removió insegura mientras se ponía la mochila sobre el regazo para buscar su horario. Apretó los labios cuando notó que el primer día no comenzaría de la mejor manera, su primera clase era Pociones con el profesor Slughorn, junto con el grupo de cuarto grado de Slytherin.

—Demonios, creo que estaremos con esos presumidos — comentó Isobel que había asomado por encima del hombro de Hermione. Sonaba irritada.

— ¿Cómo es ese profesor Slughorn? —cuestionó Hermione.

Marissa e Isobel voltearon a verse y se alzaron de hombros. — Bueno, yo no diría que es exactamente bueno… —comenzó Marissa mientras volvía la mirada hacia Hermione — Tiene un grupo de alumnos que son sus favoritos y todos hacen cenas casi todos los fines de semana. Si eres muy inteligente va a tratar de reclutarte, así que vete preparando, porque tú lo pareces.

—Aunque yo no accedería, todos son alumnos muy pretenciosos, sólo se rodea de ellos para tener contactos que sean importantes dentro de un futuro —Isobel volteó a verla con una chispa de diversión en los ojos—. Él le llama Club de la Eminencias; Marissa y yo simplemente la llamamos La Orden de los imbéciles. Ambos nombres funcionan bastante bien.

Hermione las miró anonadada durante un segundo y después se carcajeó hasta que se quedó sin aire. Sus compañeras se habían unido y todos en la mesa de Gryffindor las miraban con diversión, pero después de que siguieron riéndose un largo rato, todo mundo se alejó un poco de ellas. Pararon cuando Hermione y Marissa tenían lágrimas inundándoles los ojos e Isobel se paraba para poder correr al baño mientras murmuraba "pipí, pipí, pipí".

—Estoy segura de que nos verá allá. Vamos al salón, Hermione, mejor no llegar tarde —comentó Marissa mientras se levantaba y alzaba su bolso. Tomó también el de Isobel y le indicó a Hermione que la siguiera. Ella caminó detrás de la rubia y la siguió hasta las mazmorras, fingiendo asombro en el camino para que nadie se diera cuenta de que ella conocía este castillo como la palma de su mano.

—Y estas son las mazmorras —comentó Marissa mientras bajaban los últimos escalones —. Siempre hace frío en este lugar, por lo que es mejor si aquí vienes más abrigada.

— ¿Dices que aquí es dónde se encuentra los dormitorios de los Slytherin, no? Con razón siempre están de malas, con este mal humor…

—No sé si esa sea la razón principal —admitió Marissa entre risas—, pero estoy segura de que contribuye mucho. Marian está todo el tiempo quejándose por eso mismo. De eso y del calmar gigante, dice que se ve terriblemente asqueroso.

—Parece que realmente esa es su actividad favorita, ¿no es así? —comentó la castaña mientras ambas se unían a la fila de los alumnos Gryffindor. Delante de ella, en la fila paralela, se encontraba Tom Ryddle. Estaba recargado en la columna junto a la puerta mientras hojeaba ávidamente su libro de pociones. Ella lo había hecho durante todas las vacaciones.

— ¡Buenos días, mis queridos alumnos! — el profesor Slughorn llegó y se abrió lugar entre las dos filas para poder acceder a la puerta del aula. La abrió con una leve agitación de varita y pasó al frente de ellos — Apúrense, elijan sus lugares y a la pareja por la que trabajaran el día de hoy.

Justo antes de entrar Isobel las alcanzó y les agradeció por tomar sus cosas. Las tres caminaron hasta uno de los escritorios libres a la mitad del salón aunque Hermione trato de alegar que era mejor uno del principio, porque de esta manera el profesor podría supervisarlas mejor.

— ¿Hablas en serio? —había cuestionado Isobel con una ceja en algo después de escuchar el argumento de Hermione.

—Pues, no lo sé, es sólo que… aquí no podemos escucharlo bien.

—Oh, créenos, Hermione. Pronto querrás encontrar una manera de insonorizar al profesor, puede llegar a ser realmente insoportable y estirado.

Slughorn se había sentado en su escritorio para acomodar los papeles para la lección. Había apuntado hacia la pizarra para que la tiza comenzara a escribir los ingredientes necesarios para la poción. El profesor volvió a anunciar que buscaran a su pareja porque solamente les daría un par de minutos. Isobel y Marissa veían a Hermione con nerviosismo mientras intentaban buscar con quien emparejarla. Para su mala fortuna, la mayoría de sus compañeros de casa ya tenían compañero y estaba realmente angustiada por encontrar alguien con quien sentarse, temía que el profesor la reprendiera por tardar tanto en buscar compañero. El profesor no parecía tan agradable.

—Muy bien, con todos agrupados por parejas, podemos comenzar con la le… ¿disculpa, usted, señorita… — Hermione notó que el profesor Slughorn la señalaba con la barbilla.

—Camilleri, señor. Hermione Camilleri —contestó Hermione después de aclararse la garganta y sentarse totalmente recta en el banco.

—Aaah, señorita Camilleri —exclamó el profesor mientras una sonrisa se extendía por su gordo rostro —. El profesor Dumbledore me comentó sobre usted, realmente espero que tenga los conocimientos básicos sobre pociones, porque los necesitara.

—Los tengo, señor —afirmó Hermione mientras intentaba no sonrojarse, ¿qué le podría haber dicho Dumbledore sobre ella? Sabía que tenía que aparentar que no sabía más que lo básico sobre las materias, pero no sabía hasta qué punto tenía que aparentar su ignorancia.

—Pues muy bien, señorita Camilleri, creo que será mejor si la coloco con uno de mis mejores alumnos temporalmente. No se preocupe, señor Mulciber —dijo el profesor Slughorn después de escuchar cómo el compañero de Ryddle se quejaba—. Por el momento estará junto con el señor Avery y Rosier. Espero que trabaje tan bien como con el señor Ryddle.

Hermione se quedó en su lugar mientras evitaba la mirada de Ryddle. Debía ser una broma, realmente esperaba que la emparejaran con un Slytherin, pero por un momento se había sentido a salvo al comprobar que Tom tenía un compañero. Reaccionó hasta que escuchó que Ryddle le llamaba desde su mesa. Hermione les dio una última mirada a sus compañeras y después caminó renuentemente hasta la altura de su compañero de pociones.

—Camilleri, apresúrate. No hay tiempo para que hagas dramas —murmuró Ryddle cuando ella estuvo lo suficientemente cerca para poder escucharlo —. ¿Me equivoco al pensar que no tienes la mínima idea de cómo escoger los ingredientes?

—Sé escoger los ingredientes —murmuro para sí misma porque Ryddle se levantó al instante sin dejarla contestar. Se paró detrás de él y lo siguió hasta el armario de ingredientes.

El profesor Slughorn les había puesto como actividad realizar una poción para el sueño. Era una poción muy común y recordaba que Madame Pomfrey la utilizaba muchas veces cuándo sus pacientes no podían dormir. Hermione sabía cómo eran los ingredientes que tenía que buscar, así como tenía la noción de cómo era el procedimiento. Ryddle ya estaba ahí con el caldero de plata, los cuchillos y la balanza. Hermione se adelantó y comenzó a tomar las flores bufera, las bayas de muérdago, valeriana en polvo y las ramas de lavanda que cosechaban en la Arabia mágica.

—Toma otra rama de bufera, Camilleri. Esas están casi muertas —comentó Ryddle mientras se colocaba a su lado.

—Lo sé, Ryddle, pero eso no importa mucho en la poción. De cualquier modo, todas las que están ahí están aún peor que estas —contestó ella tajantemente mientras señalaba el cajón de madera que contenía las flores.

Tom la miró desafiante durante unos segundos y después chasqueó la lengua y fue hasta la mesa para dejar todo el material que traía en los brazos. Hermione se apresuró a reunir todos los ingredientes para seguir el mismo camino que él. Cuando llegó, Ryddle ya había colocado el caldero sobre el la base y estaba trabajando en encender el mechero con su varita.

— ¿Necesitas ayuda?

—Se supone que yo soy tu instructor, Camilleri. Soy bastante capaz de poder encender esto —murmuró Tom sin mucho interés, aún concentrado en terminar de colocar adecuadamente el caldero sobre el fuego.

Hermione resopló y comenzó a colocar las flores sobre la mesa para poder cortarlas con el cuchillo de plata. Cuando obtuvo solamente los pétalos y el pistilo, los colocó todo dentro del matraz de cristal. Utilizó el mechero que estaba del otro lado de la mesa y los puso a hervir junto con unas gotas de aceite de babosa. El líquido amarillento se veía realmente asqueroso.

— ¿Cuánto agregaste del aceite? —cuestionó Ryddle.

—Lo que indicaba el libro.

—Deberías agregar más, eso no será suficiente para extraer la esencia de la bufera, y dudo mucho que el profesor Slughorn nos deje tomar otro racimo.

Hermione asintió en silencio y realizó lo que Ryddle indicaba. Sabía que tenía que seguir sus instrucciones para fingir que no tenía mucho conocimiento sobre el tema, pero la sangre le hervía por gritare que estaba equivocado, que el aceite no contribuía con la extracción de la esencia. Realmente estaba buscando un motivo para llamarle estúpido, pero sabía que Ryddle era inteligente, de lo contrario no lo habrían nombrado como su "mentor".

Sin embargo, tuvo que soportar en todo momento que Ryddle le corrigiera absolutamente todo lo que ella hacía. Que sí así no se pesaba la valeriana, que si sus cortes eran muy burdos cuándo la lavanda tenía que ir en cortes finos y sesgados. Su límite llegó cuándo ella estaba utilizando el mortero para deshacer las bayas de muérdago y Ryddle le arrebató el artefacto de las manos para hacerlo por sí mismo. Sus movimientos y los que Hermione había hecho eran calcados, pero él afirmaba que los suyos eran mejores. La base de la poción era un diluido de saliva de grindylow, y al saber esto Hermione decidió que jamás en la vida volvería a tomar de esa poción en su vida.

—Camilleri, para de cortar así la lavanda, por favor. ¡Ya te expliqué cómo se hace! —murmuró Ryddle exasperado mientras inclinaba su cuerpo levemente sobre ella.

Hermione volteó a verlo mientras trataba de disimular su enojo, pero sentirlo cerca tampoco ayudó a tranquilizarla. Tensó su espalda por la sorpresa; sin embargo, estaba tan enojada que su cercanía no hizo más que molestara aún más. Giro su torso por para poder verlo y clavó el cuchillo en la mesa.

—Ryddle, ¡ya basta! Estoy haciéndolo bien. Le preguntamos al profesor si los cortes eran adecuados ¡y la tres veces dijo que sí! —Hermione trataba de ser discreta mientras decía todo esto, pero aparentemente el profesor ya lo había notado porque había dejado de hablar con los alumnos de la mesa de al lado — Así que, por favor, si podemos continuar con la preparación te lo agradecería muchísimo.

Sin embargo, Tom no se movió de su posición. Estaba totalmente pálido y sus ojos estaban abiertos de par en par. Ni siquiera respiraba adecuadamente, y Hermione frunció el ceño, ¿qué pasa?, ¿primero la molestaba y después, cuando ella reaccionaba, se sorprendía?

—Ryddle, ¿qué te sucede? —el chico ni siquiera volvió la mirada hacía ella. Su rostro se estaba desfigurando en una mueca de dolor pero él logró contenerla.

—Camilleri —murmuró con voz ronca —, quita eso de mi mano.

Hermione bajó la mirada hasta la mano de Tom que estaba colocada sobre el escritorio y gritó por ayuda del profesor. Recordaba haber enterrado su cuchillo en la mesa, pero no se había fijado que realmente lo había clavado en el espacio entre el pulgar y el dedo índice de la mano de Tom.

— ¡Oh, por Merlín! ¡Profesor… profesor! ¡Ryddle, cálmate, por favor, estarás bien! —Hermione estaba agitada y probablemente al borde de un colapso — ¡Profesor Slughorn, Ryddle está herido!

El profesor llegó con su paso bamboleante y gritó también sorprendido por la escena. Se deshizo del cuchillo con su varita y corrió a Hermione de su lugar para poder atender a Tom. Detuvo la sangre y le indicó a un chico de Slytherin que acompañara a Ryddle hasta el ala de enfermería. Rosier se levantó de inmediato y le pasó el brazo por los hombros a Tom y lo arrastró fuera del aula. Sorprendentemente, Tom no se quejó ni mucho menos, se fue totalmente pálido y mudo.

Hermione se volvió a sentar en el banco mientras sentía que la culpabilidad la invadía. El resto de la clase se dedicó a terminar la poción y al final el profesor Slughorn la calificó con un Excelente. Hermione ya había estado recogiendo sus pergaminos y su libro cuando el profesor Slughorn le pidió que se acercara para que hablaran.

—Señorita Camilleri, a pesar de que sé por completo que usted no lastimó al señor Ryddle intencionalmente, lamento decirle que queda usted castigada —dijo cuando ella llegó a la altura de su escritorio.

—Pero, profesor Slughorn, yo… —Hermione guardó silencio cuando vio que el profesor Slughorn no iba a retirar el castigo. Se mordió el labio y asintió en silencio, esperando a que le dijeran qué debería hacer.

—La espero aquí al terminar con su última clase del día. Me ayudará a ordenar los ingredientes en su lugar y a limpiar los calderos y utensilios.

Hermione se retiró cabizbaja y se unió a sus amigas que la esperaban en la entrada del aula. Caminaron juntas hasta la entrada y, después de subir las escaleras hasta el tercer nivel del castillo, Isobel se animó a hablar: —No entiendo porque el profesor Slughorn te castiga a ti —se quejó —, obviamente fue Ryddle quien comenzó a reñirte hasta por respirar. Y tampoco fue tan grave, casi ni había sangre.

—Creo que el solo hecho de que le enterrara un cuchillo en la mano era suficiente como para que me castigaran —admitió Hermione en un susurro.

Isobel y Marissa compartieron miradas y después la voltearon a ver ligeramente apenadas. Sin embargo, Hermione estaba demasiado ocupada siguiendo a Ryddle con la mirada. Tenía la necesidad de preguntarle cómo se encontraba, por lo que les murmuró que en un minuto volvía y se dio la media vuelta para alcanzarlo.

—Ryddle —lo llamó para que el chico se detuviera, pero parecía que había acelerado el paso — ¡Ryddle! —esta vez lo gritó y el chico se detuvo. Se dio la vuelta para verla escépticamente.

— ¿Qué quieres, Camilleri?

—Yo, sólo… Bueno, sacamos un excelente con la poción— Tom asintió desinteresadamente, por lo que ella se removió incómodamente —. Y, bueno… me castigaron. Lo cual es entendible, porque te acabo de atravesar la mano. Y yo sólo quería decir que en serio, en serio, lo lamento muchísimo.

Ryddle no se inmutó, solamente asintió, se dio media vuelta y continuó con su camino. Hermione se quedó plantada en su lugar hasta que él desapareció por el pasillo. Suspiró resignada y se dirigió hasta el aula de Hechizos. Tom no había parecido molesto, pero eso incluso la confundía más. Ahora sabía que probablemente Tom no estaría de acuerdo en conservar su relación cordial. Ahora la pregunta era, reflexionó Hermione mientras alcanzaba a sus amigas, era que tan insoportable le haría la vida Ryddle.


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