Disclaimer: El Potterverso no es de mi pertenencia. Debemos agradecerle a J.K Rowling por haber creado tan maravilloso mundo. La historia y demás, en cambio, son de mi pertenencia en su mayoría.
Resumen: La guerra había terminado, y aunque muchas vidas se habían perdido, una de ellas estaba tomando una siesta. Literalmente. Sin embargo, las incontables bajas sufridas por el mundo mágico amenazan seriamente con la extinción. Pero el Ministerio de Magia va a encargarse de que jamás suceda algo así. Cueste lo que cueste.
Advertencias: Snamione (Severus Snape/Hermione Granger); Universo Alterno. Posible Out of Character. Este es mi primer fic de Harry Potter, por favor sean gentiles (?)
Notas iniciales: Hola. Quisiera empezar por decirles que aún estoy conmocionada y destruida por el fallecimiento de nuestro amado Alan Rickman. Fue y será siempre el perfecto Severus Snape, y vivirá para siempre en todos los papeles que tan talentosamente ha interpretado.
Honestamente, me planteé no continuar esta historia al momento de enterarme de la noticia. Me golpeó tan fuerte que creí que jamás podría volver a escribir sobre el personaje que, en mi humilde opinión, mejor interpretó. Sin embargo luego pude calmarme y pensar con claridad. Y aunque aún duele muchísimo, me di cuenta de que simplemente abandonar esta historia no sería justo con ustedes, ni conmigo.
Amo los libros de Harry Potter desde que era una novata en el mundo de la escritura, y eso es bastante tiempo, créanme. Leí los libros incontables veces, hasta por fin tener el coraje de escribir algo en este universo maravilloso. Y más aún involucrando a Severus Snape, mi personaje favorito de la literatura, así, a secas.
Desde que vi a Alan intrepretándolo, supe que era perfecto para el papel. Y en mi mente, ya no pude imaginarlo de otra forma. Aún no puedo. El punto, sin dar más vueltas, es que todo lo que escribimos, dibujamos, y cualquier otro tipo de arte basado en este actor y/o personaje, es una especie de homenaje a ellos. Un legado. Por eso voy a continuar esta historia aunque aún me duela el corazón. Dicho esto, gracias por leer y acompañarme. Las penas compartidas, son menos.
La vida es un vals
Saludos desde Azkabán
Ya no le quedaba ninguna opción. Literalmente.
Blaise Zabini se había comprometido a la mañana siguiente, con Pansy Parkinson según había dicho Harry. Y el nombre del profesor Lippert pasó de tinta negra a roja justo un día antes de que el plazo se completara.
Hermione nunca los había considerado opciones viables de todas maneras, pero aún así, ver que solamente un nombre permanecía escrito con la tinta original, le hizo enfrentarse con una verdad que había estado intentando ignorar.
Ese era el fin del camino. Iba a ser encarcelada por un mínimo de dos años, si no decidían darle una condena más larga, y perdería así valioso tiempo de su juventud, y de su vida misma después del todo.
Ron había hecho todo lo posible por encontrar una solución dentro de lo posible. Se contactó con su madre mediante cartas, pidiéndole desesperadamente que consiguiera un hombre soltero para Hermione. Sin embargo, el señor Weasley intervino aclarando que sólo podía contraer matrimonio con los hombres en su lista, que por algo se la habían enviado.
Hermione no tuvo más remedio que darle la razón. Ron parecía más destrozado que ella misma ante la idea del futuro que le deparaba.
―Voy a terminar mi compromiso. Lo haré.
―No puedes, Ron. Y aún si pudieras, te rogaría que no lo hicieras―murmuró ella como respuesta, aún revolviendo su cena con desánimo
El muchacho le dedicó una mirada que contenía una pequeña pizca de reproche, como si él solo estuviese intentando hacerla sentir mejor con sus palabras. Y probablemente así era.
Sin embargo, no iba a conseguir el efecto deseado, y al parecer lo notó. Echó una mirada de forma distraída hacia la mesa de profesores y Hermione pudo oírlo bufar sonoramente, antes de volverse nuevamente hacia ella.
―Maldito Snape… al menos él también se pudrirá en Azkabán.
Hermione alzo la vista ante aquel comentario, y el pelirrojo tragó en seco, al parecer notando lo inapropiado de sus palabras debido a la situación. Sin embargo, en parte, Hermione le daba la razón.
Ella nunca había odiado al profesor Snape. Le tenía respeto, y hasta un poco de admiración, pero ahora consideraba que había perdido su derecho a todo aquello.
No podía entenderlo. Había luchado en la guerra, había tomado más riesgos que cualquier otra persona, incluso le había puesto una trampa a la mismísima muerte… ¿y aún así prefería se condenado en Azkabán en vez de casarse? ¿Tan grande era el amor que le guardaba a la mamá de Harry?
¿O tanto detestaba la idea de casarse con ella?
Aquel pensamiento la hizo sonrojarse ligeramente, y agradeció que Ron estuviera demasiado ocupado insultando por lo bajo al dichoso profesor. Pensó que probablemente su sonrojo se debía a la rabia que le causaba aquel último pensamiento. Sí, eso era.
Alzó la vista casi de forma inconsciente, y la dirigió a la mesa de profesores. Sus ojos lo buscaron de forma automática.
Al encontrarlo, sintió intensas ganas de gritar tan fuerte como su garganta pudiese soportar. Estaba tan tranquilo, tan relajado… como si no tuviese ningún problema en el mundo. Y tal vez, en su retorcida mente, así era. Quizá no consideraba el hecho de ser encarcelado de forma tan estúpida un verdadero problema.
Aquella imagen le quitó el poco apetito que sentía, por lo que simplemente apartó su plato con un bufido, antes de ponerse en pie para dirigirse a su Sala Común.
Aquella sería probablemente su última noche en Hogwarts después de todo.
Estaba recorriendo los oscuros pasillos, con paso ciertamente furioso, mientras sentía que las lágrimas de rabia acudían casi enseguida a sus ojos castaños. Gruñó, negándose por completo a soltar ninguna de ellas.
―¡Señorita Granger!
Se sobresaltó al instante al escuchar aquella voz masculina. Hacía ya mucho tiempo que no la escuchaba, y sin embargo, la tenía grabada a fuego en su mempria y podría reconocerla en cualquier situación.
Sin embargo, no podía explicarse a sí misma el motivo por lo que lo escuchaba.
―¡Señorita Granger, por aquí! ―repitió entonces, y la muchacha por fin pudo verlo con dificultad debido a la oscuridad que la rodeaba.
―¿Director Dumbledore? ―cuestionó con incredulidad en el tono de su voz, al acercarse a uno de los retratos. Tomó su varita, e hizo un breve movimiento con la misma―. ¡Lumos!
Enseguida, gracias a la luz de su varita, pudo ver el rostro envejecido pero amigable de Albus Dumbledore. Parpadeó varias veces, por completo confundida ante su presencia allí.
―¿Señor? ―murmuró entonces, un poco más alto―. Pensé que estaba en el despacho de la directora… ¿cómo…?
―Ser yo tiene sus ventajas, señorita Granger―respondió el hombre, con una pequeñísima sonrisa, aunque esta se desvaneció casi al segundo siguiente―. Según ha llegado a mi conocimiento, usted no se ha comprometido aún.
Hermione se sintió sorprendida sólo por un breve momento, antes de apartar la vista con un ligero suspiro de impaciencia, antes de encogerse levemente de hombros.
―Así es―farfulló con un tono que luego de escucharlo, le pareció demasiado altanero, por lo que bajó la vista algo apenada―. Supongo que a veces la vida puede ser cruel e injusta.
―Es cierto, señorita Granger. Sobre todo injusta, teniendo en cuenta la solidaridad que usted demostró con su gesto para con la señorita Brown―señaló el retrato, con un ligero asentimiento de reconocimiento―. Es usted una muy buena persona.
―Desearía que eso fuera suficiente para salvarme de Azkabán.
Esta vez fue turno para Dumbledore en el tácito juego de las muecas ligeramente incómodas. El hombre en el retrato suspiró pesadamente, negando casi imperceptiblemente con su cabeza.
―Severus puede ser todo un caso, ¿sabes? ―dijo entonces, alzando la vista con cierto aire nostálgico que Hermione no logró comprender―. Es muy testarudo también, es muy difícil quitarle una idea de la cabeza… esta última semana ha sido prueba de lo mismo.
―¿Señor…?
―Sí, señorita Granger, he estado intentando convencerlo de contraer matrimonio con usted, sin resultado favorables por supuesto.
Hermione guardó silencio por unos momentos ante eso, bajando la vista al suelo una vez más, como si de alguna forma ese gesto pudiese ayudarla a pensar aún más profundamente.
―Él parece tan tranquilo…―comentó entonces, alzando la mirada otra vez con una expresión confundida en su joven rostro―. Como si de verdad todo este asunto no pudiera importarle menos. Usted lo conoce muchísimo más que yo, por supuesto…. ¿cree que realmente sea sí?
―Nada me gustaría más que tener la capacidad de responder a esa pregunta, señorita Granger, pero me temo que desconozco la respuesta―acotó el ex director, con un leve y casi imperceptible encogimiento de hombros lleno de impotencia―. A veces Severus puede ser un verdadero enigma, incluso para mí.
La muchacha Gryffindor asintió levemente, de repente sintiendo otra vez esa gran rabia e su estómago dirigida a su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Dumbledore pareció notarlo claramente en su expresión.
―El odio no va a llevarla a ninguna parte, señorita Granger. Creo que lo hemos aprendido por las malas―señaló de repente, notando como la muchacha volvía a apartar la vista con un suspiro. El hombre aclaró su garganta―. Sólo quería que supiera que hice todo lo que estaba a mi alcance para ayudarla. Y lamento profundamente no haberlo conseguido.
Hermione se volvió hacia el retrato de nuevo, ahora con una pequeñísima sonrisa adornando sus labios. Asintió levemente, a modo de agradecimiento ante sus palabras.
―Muchas gracias, señor―murmuró, intentando dejar de pensar en la furia asesina que sentía hacia su profesor en aquel mismísimo momento
Dumbledore le dedicó una pequeña reverencia, ahora sonriéndole levemente.
―Descanse, señorita Granger. Tengo el presentimiento de que mañana será un largo, largo día.
El final del plazo había llegado, y por la tensión instalada en el ambiente del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, parecía que todos sabían lo que iba a ocurrir.
En el despacho del profesor Snape, sin embargo, se respiraba pura tranquilidad. Y el retrato de Albus Dumbledore no sabía si sentirse sorprendido o no ante aquel escenario.
Se había mantenido en silencio por unos momentos, como si esperara que de alguna forma Snape notara su presencia allí sin anunciarse antes. Sin embargo, el profesor aun tenía su vista fija en el diario El Profeta.
De repente , y muy probablemente de forma inconsciente, una pequeña mueca se dibujó en los labios de Snape. Al parecer algo lo había angustiado, y al creerse solo, se había permitido demostrarlo.
―Veo que al parecer, la realización a tocado a tu puerta, Severus―murmuró el anterior director, con tono tranquilo aunque ciertamente condescendiente.
Sin embargo, el hombre no apartó sus ojos del periódico en sus manos , aún leyendo concentrado lo que allí se encontraba. Cuando terminó, soltó un largo suspiro que denotaba algo de pesar, mientras cerraba el periódico y tomaba en pergamino en blanco.
―Disculpa, ¿dijiste algo? ―cuestionó entonces en voz baja, garabateando unas palabras en el pergamino
―Nada demasiado relevante. Solo no he podido evitar notar tu reciente congoja.
Snape alzó la vista entonces, arqueando una ceja de forma inquisidora, mientras se ponía en pie para atar el recién escrito pergamino a la pata de una lechuza, y enviarla a su destino con inusual delicadeza.
―Ah, sí―murmuró al regresar a su escritorio, tronando los huesos de sus dedos con gesto calmado―. No es nada importante. Uno de mis antiguos compañeros de clase falleció, es todo.
―Lamento mucho oír eso―musitó Dumbledore, realizando una breve y cortés reverencia dentro de su retrato―. ¿Qué le ocurrió?
―Cáncer. O al menos eso le dijeron a los muggles, aunque esa 'excusa' ya la usaron antes, hace poco incluso.
―¿Entonces que le ocurrió en realidad?
―El ciclo natural de la vida, eso le ocurrió.
El hombre dentro del retrato asintió levemente, como si no necesitara más explicación que eso. Se mantuvo en silencio por unos momentos, por respeto más que nada, antes de aclarar su garganta.
―No sé si lo has notado o no, pero según tengo entendido, hoy es la fecha final del plazo―señaló entonces en voz baja y relajada, como si un estuviese tratando un tema serio en ese momento.
Snape le dedicó casi enseguida una mirada desdeñosa, como si estuviera recordándole algo que precisamente no quería escuchar. No dijo absolutamente nada, y Dumbledore pensó que se mantendría así, por lo que estuvo a punto de continuar, cuando finalmente habló.
―Sé perfectamente en qué día estamos, disculpa, estoy viviendo―masculló entonces, apartando la vista una vez más, entrelazando sus manos sobre su escritorio y apoyándose en sus codos, con una mueca adornando su rostro pálido―. Pero gracias por el recordatorio, en serio. No es como si existiera algo llamado calendario que pudiera indicarme la fecha…
―¿De verdad vas a permitir que te encarcelen, Severus? Probablemente aún te quedan un par de horas disponibles―alentó el ex director de Hogwarts, sin importarle para nada las palabras sarcásticas de su interlocutor―. Estoy seguro de que la señorita Granger…
Justo en ese preciso instante, un par de golpes azotaron la puerta de madera del despacho, sonando fuertes por alguna razón. Snape vociferó su permiso para entrar, y la puerta se abrió, permitiendo que un joven rubio se asomara por la misma.
―Profesor― saludó entonces, dedicándole una mirada algo sorprendida al hombre en el retrato por un fugaz segundo, antes de continuar hablando―. La directora McGonagall requiere su presencia en el Gran Comedor.
―Dile que iré en cuanto pueda, Draco.
―Dice que es urgente. No quiere hacer esperar al ministro.
Snape le dedicó entonces su atención, con una expresión difícil de leer en su rostro cetrino. Con un movimiento rápido y rígido se puso en pie, permitiendo que un suspiro escapara de sus labios.
―Estaré allí en un momento.
Draco Malfoy asintió levemente y fue obvio el estremecimiento en su cuerpo cuando Dumbledore le dedicaba una amable sonrisa, ocasionando que se apresurara aún más en retirarse de aquel despacho.
Snape se acomodó la túnica oscura de forma casi innecesaria, pues esta permanecía pulcra y limpia durante casi todo el tiempo, y se dirigió a la puerta con paso firme y decidido.
―¿Es esto un adiós, querido Severus?
El hombre se detuvo en la puerta misma, volviéndose apenas con una ceja arqueada, se encogió de hombros con indiferencia.
―Yo no he dicho nada. Tú puedes tomarlo como mejor te parezca.
Con un bufido abandonó su despacho, enfrentándose al camino hacia el Gran Comedor. Y estaba nervioso otra vez, aunque tuviera que mantenerlo en silencio.
Los pasillos que lo dirigían hacia allá estaban atestados de estudiantes de todos los grados, quienes se apartaban enseguida para abrirle paso, siguiéndolo con miradas curiosas al pasar por su lado. Aquello le resultó absolutamente molesto.
Estuvo a punto de detenerse para restarle puntos a todos, sin importarle si pertenecían a la casa Slytherin o no, cuando un fuerte sonido parecido al de una corneta lo hizo sobresaltarse imperceptiblemente.
Al buscar el origen de aquel ruido, se encontró con la gigantesca figura de Hagrid, quien se apresuraba lo máximo que sus piernas le permitían, mientras sonaba su nariz con un mantel a cuadros.
Snape gruñó ante eso, rodando los ojos al continuar su camino, aunque ahora se veía prácticamente obligado a seguir la figura del semi-gigante guardabosques, que no dejaba de llorar ni un segundo.
Apenas ingresó al Gran Comedor, con el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras pisándole los talones, corrió, consiguiendo que el suelo temblara ligeramente bajo su peso.
Sólo en ese instante, Severus Snape se fijó en la cantidad de personas que se juntaban como nunca especie de sequito cerca de la mesa de profesores, justo donde Hargid se dirigía.
Casi por instinto de curiosidad, Snape se acercó sigilosamente también.
―Kingsley, debe haber algo que podamos hacer―logró escuchar la voz de McGonagall, con un tono suplicante que no esperaba oír jamás―. Es sólo una niña…
―Lo siento, Minerva. En verdad lo siento―respondió una voz profunda y masculina, la cual reconoció como perteneciente al Ministro de Magia―. No quisiera tener que hacer esto pero…
Cuando el profesor pudo acercarse lo suficiente al círculo de personas allí reunidas, sin ser al parecer notado por ninguno de los presentes, pudo ver que la actual directora del colegio abrazaba por los hombros a Hermione Granger.
La muchacha llevaba una expresión tan desganada, pero a la vez tranquila, que lo tomó por completo desprevenido. Era la expresión que tendría un condenado a la horca, que sabía que sus pecados habían sido perdonados. La mirada perdida, y una ausente sonrisa adornando débilmente los carnosos labios.
No pudo más que apartar la vista, negándose totalmente a pensar demasiado en eso.
―Señor―murmuró entonces otra voz, y pudo ver que pertenecía a uno de los dos asistentes que el ministro traía consigo, de apariencia corpulenta y bobalicona―. Ya es hora.
Kingsley Shacklebolt soltó un suspiro de resignación, dando un leve asentimiento mientras McGonagall abrazaba más protectoramente a su alumna como respuesta.
―¿Al menos podemos despedirnos de ella como es debido? ―masculló entonces Harry Potter, con el ceño fruncido mientras Ron Weasley asentía levemente como muestra de apoyo a sus palabras―. Esta puede ser la última vez que la veremos en largo tiempo.
Los dos asistentes observaron al ministro intensamente, expectantes, y este bajó la vista a su reloj en su muñeca, seguramente asegurándose de complacerlos sin romper el horario establecido.
―Les daremos unos momentos…―farfulló el hombre, recorriendo los rostros a su alrededor, hasta que se detuvo en uno en específico―. Profesor Snape.
El círculo se rompió en el mismo instante en que el ministro pronunció su nombre, y todos se giraron hacia él, apartándose hasta dejarlo prácticamente frente a Shacklebolt.
Snape bufó, dando un asentimiento meramente cortés como saludo. El ministro de magia asintió también, pero hacia sus asistentes. Uno de ellos, el que había hablado, se acercó al profesor, sacando su varita.
Este simplemente rodó los ojos con un suspiro cansado, sacando sus manos de los bolsillos de su túnica para poder ofrecerlas al hombre frente a él. Pronto un fuerte lazo de color plateado, salido de la varita de aquel asistente, rodaba sus muñecas como lo harían unas esposas muggles.
―Severus Tobias Snape, queda usted detenido por la Oficina de la Ley Mágica Internacional. Sus cargos incluyen no acatar una ley universal, siendo esta la Ley de Matrimonio Requerido, Ley Nº 19.460, Artículo 69...
Pero honestamente el profesor Snape ya no estaba escuchando ni una palabra que aquel hombre estaba pronunciando. Le resultaba más interesante, aunque no lo admitiera, la escena protagonizada por la señorita Granger.
―Te enviaré pasteles, esos que te gustan tanto―decía Weasley, abrazándola fuertemente contras su pecho mientras contenía, con dificultad, las lágrimas en sus ojos azules.
―Ron, esos son los pasteles que te gustan a ti…―farfulló la voz ahogada de Granger, que soltó una risita apagada un momento después―. Aun así gracias.
Pronto Potter se unió al abrazo, el cual se volvió tan honesto y sentido, que parecían ser una sola persona sintiendo el mismo pesar.
Hagrid volvió a sollozar en su mantel, recibiendo palmaditas de apoyo en los brazos por parte de varios profesores. McGonagall, por su parte, tenía una mueca angustiada en su rostro, aunque ni una sola lágrima rodó por sus envejecidas mejillas.
Pasados unos momentos Snape se vio obligado a apartar su mirada de ojos negros, antes de que toda aquella sensibilidad le hiciese replantearse algunas cosas. Como por ejemplo sus decisiones, sus pensamientos, su posición en ese mismísimo momento. Cosas sin importancia, se dijo en un intento de convencerse a sí mismo.
―Ya no puedo darles más tiempo―murmuró entonces Kingsley Shacklebolt, con tono algo apagado para encajar con la mueca en su rostro―. Es hora.
Harry soltó el cuerpo de Hermione entonces, pero Ron se negó durante unos segundos, hasta que ella misma tuvo que empujarlo delicadamente. Le dedicó una pequeña sonrisa, acariciando sus mejillas y besando sus labios antes de apartarse.
El segundo asistente se acercó a la joven estudiante, y amarró sus muñecas con el mismo hechizo que había usado su compañero, causando más y más sollozos en el guardabosque del colegio.
―Hermione Jean Granger, queda usted detenida por…
―Esperen.
Se formó un silencio sepulcral entre todos los presentes, mientras todos se volvían hacia el origen de esa simple palabra.
Severus Snape suspiró pesadamente al recibir toda esa atención inútil e indeseada, fijándose solamente en su alumna, que lo observaba fijamente con una expresión vacía.
―Señorita Granger―masculló entonces el profesor, antes de hacer una pequeña pausa, como si estuviera intentando detenerse a sí mismo antes de finalmente hablar―. ¿Quisiera casarse conmigo?
La muchacha se mantuvo completamente quieta durante unos momentos, al igual que todos aquellos que los rodeaban, pues al parecer nadie podía darle crédito a sus oídos por las palabras del profesor.
Este arqueó una ceja, golpeando el suelo impacientemente con su pie, por lo que la joven Gryffindor por fin reaccionó.
―¿… sí?
A Snape aquello le pareció suficiente, por lo que se volvió enseguida hacia el ministro, alzando un poco sus muñecas unidas como gesto significativo. Este parpadeó un par de veces, intercambiando miradas con sus asistentes, que parecían totalmente descolocados.
Finalmente, asintió una sola vez.
―Técnicamente están comprometidos.
―Pero, señor…
―Libérenlos.
Los dos hombres intercambiaron miradas por una milésima de segundo, antes de obedecer aquella orden con muecas que denotaban molestia y decepción.
Snape acarició un poco sus muñecas, notando un par de marcas rojizas en las mismas. Al alzar la vista, noto que las mismas miradas atónitas continuaban sobre él.
Simplemente rodó los ojos, dedicándole a Granger una mirada fría y despectiva.
―De nada.
Aquel siseo llevaba un tono venenoso. Snape gruñó antes de darse la vuelta y regresar a su despacho dando grandes zancadas, dejando un silencio imperturbable tras él.
Notas finales: Pensaba dejar el capítulo sin notas finales por hoy, pero si ustedes se tomaron la molestia de comentar, yo puedo hacer lo mismo. Lo justo es justo.
Hubo varios easter eggs en este capítulo, algunos más obvios que otros, incluso uno repetido. Si los encuentran, espero al menos haberles brindado una pequeña sonrisa.
Es posible que este capítulo se sienta algo apagado, y pido disculpas por ello. Simplemente no tengo mucho ánimo ahora. Creo que voy a responder sus reviews ahora.
ringo-tensai: Pues sí, Snape es un hueso duro de roer…Espero que este capítulo te haya gustado, a pesar de que probablemente no es tan bueno como los anteriores :T
Yazmin Snape Marvolo: Lo sé, pero Snape es Snape, y ni en un millón de años hubiera aceptado tan fácilmente casarse con la insufrible sabelotodo. Y Ron… bueno, así es Ron. Algo rencoroso, honestamente. En fin, espero que este capítulo sea de tu agrado.
luz gabriela: Sí, Hermione debió sentirse realmente humillada… fue corto, pero espero que este haya estado mejor.
Guest: Pues Snape es "malo" con todos, la verdad. Espero que este capítulo también te guste.
yetsave: No sé si se habrá arrepentido aún, pero al menos ya lo solucionó. Besos, cuídate.
DreamWorker: Pues sí, Dumbledore hizo todo lo posible, pero a fin de cuentas la situación misma terminó por cambiar su opinión. ¡Besos para ti también!
Muchas gracias a…
… PillySnape por agregar el fic a favoritos.
… PillySnape y Sucubos por darle follow.
… aquellos que leen pero no comentan nada. A pesar de que no sé si están allí o no, les envió mi más sentido pésame, como a todos los lectores en general.
Y… bueno, creo que eso es todo por ahora. Repito, disculpen que este capítulo sea tan… no lo sé. ¿No tan bueno? Al menos así lo siento yo. De todas formas, gracias por leer.
Con un minuto de silencio por nuestro ángel caído, me despido.
Nos leemos.
_-*-_-*-_KovatePrivalski97._-*-_-*-_
