CAPÍTULO 2.- Flor del desierto
La luna sonreía desde lo más alto del firmamento. El clima en el desierto era tan diferente al de Konoha. Aún recordaba tan palpable en su mente el olor a las flores de los Yamanaka, al Ramen del Ichiraku en el centro de la Aldea, a la ligera humedad por las mañanas, el olor a cerezos y la brisa fresca que se colaba por el balcón de su habitación al entrar la tarde… tan diferente a donde ahora se encontraba.
No pudo evitar sentir nostalgia al recordar Konoha con todos los pequeños detalles que no había apreciado hasta su partida.
Ver el árido desierto solo la deprimía más.
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¿Sonriendo o burlándose? Se preguntó Gaara observando la hilarante media luna.
Respirar aire fresco siempre le había hecho bien en ese tipo de circunstancias, sin embargo, en ese momento no podía pensar en otra cosa que no fuera la joven que se hospedaba de forma permanente en su hogar sin que cierto remordimiento se apoderara de su ser cuando su mente viajaba al pasado y la imagen de esa chica a quien amenazo con asesinar venía a su mente. Tan vívido… aprisionada entre el Shukaku y el tronco del árbol… cuando intentó acabar con la vida de Sasuke y ella se interpuso.
La última vez que la vio había quedado en deuda con ella y la anciana Chiyo, por salvar a su hermano y a él mismo de una inminente muerte. Si, lo habían salvado a él a quien trató de marchitarla años atrás.
¿Ella lo habría perdonado? ¿Lo recordaría tan palpable como él?... Que más daba si al final, se convertirían en marido y mujer así quisieran o no.
El anciano le había dicho que formaría una familia, sin embargo él ya tenía una y no necesitaba a nadie más, pero esa decisión ya no le pertenecía. Y si esa era la voluntad de los sabios que así fuese, porque Gaara haría lo que fuera por su pueblo.
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Los rayos solares entraban por su deprimente ventana, no había podido dormir en toda la noche y pensó que el sentir las gotas de agua sobre su cuerpo la desestresarían y quizás la animarían un poco, pero estaba equivocada.
Nada había cambiado desde su llegada.
Se colocó sus prendas de vestir inconscientemente y de forma mecánica. Se acercó hasta el tocador donde estaba la pequeña bolsa que se colocaba en la cintura y se detuvo.
¿Qué estaba haciendo?
Alzó la vista al espejo del mueble. Se observaba a sí misma como si se viera por primera vez desde hace mucho tiempo. Unas visibles manchas moradas se pintaban por debajo de sus ojos, se horrorizó enseguida.
¡¿Qué estaba haciendo?!
Subió su mano hasta la banda roja en su cabeza, tocó el frío metal justo en la parte superior de esta, delineó con la yema de sus dedos el símbolo de su Aldea. Unos segundos después se miró las manos enguantadas y bajó la vista hasta su vestimenta cotidiana.
Se observó una vez más al espejo. Ella seguía siendo la misma Sakura, los mismos ojos verdes, el mismo cabello rosa, el mismo rostro y cuerpo, pero su vida había cambiado y todo a su alrededor.
Y pronto todo eso se volvería parte de ella y tenía que aceptarlo le gustara o no. Llegará a amarlo o no.
Sakura eres una ilusa…
Se quitó los guantes negros de látex que usaba junto con su uniforme. Desamarró el nudo de su banda, el cinto resbaló por su cabello sin gracia alguna hasta precipitarse contra el suelo en un sonido metálico que le penetró el corazón.
Era hora de afrontar la realidad.
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La puerta se abrió acarreando el usual y casi inaudible rechinido al que ya estaba acostumbrado, seguido por el delicado sonido de la puerta al cerrarse y el "clic" del seguro prosiguió.
Las pisadas se acercaban con sutileza pero con ese porte firme y confiado que solo una persona tenía frente a él. No necesitaba alzar la vista para saber de quien se trataba y a que venía.
Lo ignoró o al menos trató de hacerlo, sin embargo la intensa mirada que lo observaba comenzaba a fastidiarlo.
―No tengo asuntos a tratar contigo Matsuri
―¿Qué no tienes asuntos a tratar conmigo? ―La chica bufó frustrada―. Cómo, dime ¿Como puedes decir eso? Después de todo… ―rechinó sus dientes.
Gaara dejó de leer los pergaminos en sus manos para subir su mirada hasta ella.
―Tu no quieres esto ¿Verdad? Tal vez si le dices a los ancianos y señores Feudales cambien de parecer, eres el Kazekage después de todo ¿no?
La esperanza de Matsuri era de cierta forma enternecedora, sin embargo aunque estuviera acertada en que él no deseaba esa unión, de igual forma era certero decir que no tenía sentimientos hacia Matsuri ni a ninguna otra persona que no fuese de protección y se lo había dejado en claro desde el comienzo.
Él nunca le mintió.
Sin embargo, la insistencia de la chica y su propio cuerpo en esa necesidad viril de calor solo había llevado a un error tras otro.
―Dímelo a los ojos, ¿Es lo que en realidad quieres? porque te conozco y se que esto solo lo estas haciendo por tu deber como Kazekage… ―trató de contener la amargura pero no fue capaz―. Sino fuese por eso… tú…
Matsuri fue silenciada al sentir que una oleada de escalofríos recorrió todo su cuerpo, de pronto se sintió indefensa ante un demonio.
―¿Así que me conoces? ¿Y sabes que esto no es lo que quiero? ―levantó su inexistente ceja, su mirada aguamarina enmarcada por el delineado natural se clavo en los ojos castaños de la chica―. Matsuri, entre nosotros no hay nada que discutir, ahora ¿Podrías dejarme trabajar?
El rostro de Matsuri se tiño de rojo, encolerizada por la indiferencia de Gaara hacia ella, cuando noches atrás había sido tan distinto… ¡Maldita chica de la hoja! Ahogó un gritito y golpeó el suelo con sus pies fuertemente saliendo así de la oficina del Kazekage.
Al salir, Gaara se dio el tiempo de meditar sobre lo sucedido, desde que le fue notificado el asunto.
―Kazekage… sabemos que esta decisión no es la más práctica para esta situación, sin embargo ―el anciano se dio una ligera pausa para inhalar aire, la edad estaba haciendo estragos en él―, creemos que es la decisión más acertada, al tener algo tan preciado para Konoha tenemos la certeza de que nuestras Aldeas estarán en paz con su unión
Un hombre de entrada edad con ropajes de seda se abanicaba delicadamente mientras asentía sin cesar ante las palabras del anciano.
―Esa Joven ―comenzó el hombre―, es la aprendiz de la Hokage, a demás sabemos del gran cariño que le profesan la Princesa y el jinchuriki del Kyuubi, aunado con su gran habilidad en el arte de la medicina, es una excelente opción ―el hombre se removió en su asiento para encontrar el lugar más cómodo, habiendo terminado prosiguió―. Nuestra Aldea esta segura al tenerla ligada, la Alianza con la nación del Fuego será más fuerte que antes
―Entiendo
―Me alegra oírlo Kazekage ―el cerrar del abanico se escuchó de repente ―, es hora de retirarme
Antes de salir, el Señor Feudal se acercó lo suficiente para tratar de darle ánimos al joven Kage sin saber que simplemente tenía poco interés en el tema.
―Además tengo entendido que Haruno Sakura es lo bastante atractiva como para encantar a más de uno
Sakura, sí, la recordaba.
El silencio era ensordecedor cuando el séquito que iba tras del Señor feudal cerró la puerta tras de sí. Solo se encontraba el anciano sentado del lado izquierdo de la mesa, junto a una silla en la cual estaría su hermana Chiyo.
―Kazekage-sama… ―el anciano negó con la cabeza―, Chico, ¿Sabes por que las flores no sobreviven en el desierto?
Empezó de improviso y él no entendió a que venía aquello. Por lo visto el anciano pero astuto consejero se había percatado de su incomprensión en el tema.
―Las flores solo prosperan en la protección del ambiente cálido, con lluvias regándolas de vez en cuando y el amor de quienes las observan y preservan. La vida de las intrépidas que florecen en el desierto es efímera por lo que la poca vegetación que logra sobrevivir a la escasez de agua, los vientos fuertes, los cambios bruscos de temperatura y los rayos intensos del sol son aquellos cuyo aspecto es poco confiable.
Él no se inmutó ante la clase de botánica a la que lo habían sometido sin previo aviso y el anciano caminó hasta postrarse frente a él con un aire resignado y quizás un poco de compasión.
―Chico, eres joven y puede que aún no lo entiendas pero debes proteger a la flor del desierto que te han entregado
Pero el sí lo entendía.
La analogía que había usado no podría estar más acertada. Sakura Haruno siendo como era quizás nunca podría adaptarse al desierto, en donde todo no es más que arena. No había risas ni juegos, el desierto era un lugar difícil para vivir; ese lugar en donde no existían las historias felices, las personas como Haruno Sakura quienes habían vivido una vida de ciertos lujos, facilidades y cariño tenían un trágico destino.
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Al parecer era demasiado pedir pasar el resto de su vida en la habitación que le habían asignado en la casa del Kazekage, sin ver a nadie, sin saber de nadie. Convertirse en una ermitaña ya no sonaba mala idea a no ser por la insistencia de Temari y su largo sermón sobre "la vida sigue".
Pues claro que la vida seguía pero ella había decido hacerlo como ermitaña y en los confines de su alcoba. Hasta esa decisión le quitaban.
Después de la resignación y emitir un millón de suspiros mientras caminaban hacia no sabía donde una intensa incomodidad la invadió de pronto. Las miradas absortas en su persona, los murmullos, el desdén, apatía y adversidad que eran dirigidos hacia ella aunque había sus excepciones que la observaban con admiración no era competencia para el veneno que dirigían esos ojos.
Se sentía tan ajena a todo ese lugar… a ellos mismos que no pudo evitar volver a sentirse enclaustrada entre las paredes de piedra que rodeaban la Aldea, justo cuando parecía comenzar a aceptarlo.
Odiaba ese lugar y aunque le duela admitirlo, en alguna parte muy al fondo de su corazón una pizca de odio llameaba hacia Tsunade, por no evitarlo, por abandonarla, por traicionarla, por simplemente acatar las órdenes de los ancianos sin apelar.
Pensar en eso solo la enojaba más, la tristeza se había ido cuando su banda que la condecoraba como ninja de la hoja se esfumó. Quizás porque no parecía ser ella misma vistiendo con la ropa que su madre le compraba y nunca usaba.
La tarde transcurrió lenta y lastimosa. Cuando la puesta de sol se hizo presente parecía haber pasado una eternidad en el limbo.
―Gaara ya debe estar en casa
Al escuchar la oración algo en su interior se retorció. La cabeza comenzó a darle vueltas y la ansiedad la azotó. Se había olvidado por completo sobre aquel hecho: tenía que comprometerse oficialmente con Gaara.
El solo acuerdo o bastaba, ¡Oh claro que no! Tenían que hacerlo oficial. Hacer oficial la alianza de las Aldeas.
Se fuerte, se fuerte, muchas pasaron por ello, no serás ni la primera ni la última. Trató de animarse mientras se encaminaban hasta el hogar del joven Kazekage. Los instantes transcurrieron en cámara rápida y cuando se percató ya estaban frente a las puertas.
Temari se apresuró su paso y ella caminó justo detrás de ella.
Continuará…
Una disculpa del tamaño del universo para tod s los que leen la historia, se me hizo muy complicado continuarla hasta ahora. Que creo no quedo muy bien que digamos y corta a comparación del tiempo que tardó casi un año wow.
Creo y espero no tardar tanto de ahora en adelante aunque no prometo nada, el trabajo consume mucho de mi tiempo.
No puedo dar saludos, comentarios para cada uno porque son muchos reviews y en parte me alegra muchísimo que esta loca historia haya sido aceptada.
Espero verlos pronto en el próximo capítulo :D
Saludos.
Adiosin ;D
