Decidí escribir una nueva versión de Mordaza, esta vez con un giro mucho más profundo.

Nuevamente es un U/A o universo alterno pero mucho más dentro de la obra de Rumiko, digamos que es algo así como qué pasaría si…

La mordaza sigue siendo ese elemento que impide el habla y sigue siendo psicológica

Advierto que es un fic que a muchos podría no agradarle, no es cursi y está lejos del romanticismo del mordaza original. Tengan la mente abierta ;)

07. Mordaza

Con un par de enormes maletas sobre su cama y un montón de ropa desparramada por todos lados, Akane intentaba con desesperación condensar 15 años de su vida, ¿sólo 15? Mejor dicho eran 20 o talvez un poco más. Lo conocía desde que tenía 16 y por primera vez en su vida como adulta comenzaría una vida sin él. Recobraría esa extraña tranquilidad del antaño, de su largo cabello negro, de las peleas afuera del instituto, de su vida como Akane Tendo.

Esa mañana dejaría de ser oficialmente una Saotome para volver al nido al que siempre perteneció y que más de una vez se preguntó si fue tan buena idea haber salido. Ella sabía que desde el día en que esa pelirroja entró por la puerta de su casa acompañada por un enorme panda su vida daría un giro en 180° y así fue. No sólo porque había descubierto de que había sido comprometido con un hombre desde antes de nacer pero porque todo lo que giraba en torno a la vida de Ranma era un caos puro y duro. Era un estado donde la paz sólo era la calma antes de las tormentas más grandes de su vida. Por sus otras y bastante dementes prometidas, por los enemigos furibundos y cuanto ser sobrenatural se presentaba en sus vidas.

Esos años al lado de Ranma habían sido de dulce y agraz como nunca en su vida. Ni la muerte de su madre le había pesado tanto como los daños laterales y colaterales asociados a su prometido y posterior esposo. No sólo eran sus palabras hirientes cargadas de una inmadurez adolescente, ni los ataques de las otras pero la angustia que significaba vivir con alguien que persigue un imposible.

La cura de su maldición se había vuelto una obsesión con el paso de los años, por mucho que hubiera ganado cada torneo internacional en que compitió durante más de 17 años, ni siquiera saberse el mejor del mundo, tener todos los lujos y haber viajado a China un centenar de veces lo había ayudado a sanar el dolor de su alma. Poco importaba lo mucho que Akane le repitió en cada ocasión donde la frustración y la ira se asomaban en su mirada que para ella era no era relevante. Su obsesión era tan grande que Ranma simplemente hacía oídos sordos. Las pozas de Yusenkio después del último incidente habían quedado reducidas a un enorme pozo maldito y caer en el no auguraba nada mejor que terminar siendo un monstruo igual o más deforme que el fallido Pantimedias Taro.

Había visitado expertos en biología microcelular, conocido hasta la aldea china más antigua y alejada de la civilización en búsqueda de alguna cura que durará más de un par de horas, soñando con algo definitivo, soñando con un imposible.

La frustración del luchador había sumado mucha tensión a la relación haciéndola tan frágil como un infante y tan transparente en sus deficiencias como el cristal. Akane cuya paciencia siempre había sido bastante limitada había buscado alternativas para canalizar la ira de su marido con terapeutas, medicamentos, meditación, hipnosis y más pero nada parecía dar resultado. Lo había intentado todo, pero esa frustración era un motor para él, ese dolor se había convertido en su calvario y razón de vivir. Se había cerrado a la posibilidad de tener hijos por considerarse poco digno pero especialmente porque no quería condenar a sus herederos a vivir el mismo calvario que él. Era un karma que tenía que pagar él y nadie más.

Esto había sido la gota que revalso el vaso en la frágil emocionalidad de la joven Saotome que veía en los infantes una forma de darle nuevos aires a su unión, de volver a unirlos en el proceso de formar con rectitud la vida de una pequeña criatura. Su corazón al igual que sus esperanzas habían muerto ese día junto con las de sus padres porque el caballo salvaje era más que tajante en sus decisiones.

Akane había aprendido algo en esos años de terapia en segundo plano y comenzó a definir un plan para su propia vida. Se había percatado de que desde su llegada a la casa, todo giraba en torno al oji azul y sus necesidades. La morena tomó coraje y decidió ser egoísta porque ya no le quedaban más cartas que jugar, estaba en un loop infinito del cual siempre saldría perdedora.

Dejó a Ranma seguir hundiéndose en su cólera, en su desesperación. Si él no estaba dispuesto a trabajar en su propia vida y la búsqueda de una felicidad alterna, ella no seguiría hundiéndose en las arenas movedizas con él, nunca más.

Había logrado a la fuerza convencer a Ranma que se asentaran de manera definitiva en Tokio, aludiendo que como él pasaba más de la mitad del tiempo viajando de un lado a otro y que para ella eso era bastante desgastante, quería tener la oportunidad de estar un poco más cerca de sus envejecidos padre y suegros. A pesar de que su esposo había sido la estrella, ella nunca había abandonado las artes marciales ni los preceptos de su escuela. Sabía que ni con todo el entrenamiento del mundo sería tan buena como su marido pero ella tenía algo que él no, la capacidad de enseñar. Había logrado resurgir lentamente al avejentado dojo Tendo gracias a la fama de los Saotome, motivando a nuevas generaciones a aprender el arte de la técnica de estilo libre. Muchos padres entusiastas que habían visto las épicas peleas del caballo soñaban con tener entre sus manos al próximo dragón azul. A Akane le llenaba el alma poder transmitir algo que amaba a las futuras generaciones aunque no fueran de su sangre. Se alegraba con cada avance y se afligía con cada golpe y caída como si fueran sus propios hijos. Agradecía que sus hermanas le permitieran enseñarle la herencia familiar a sus sobrinos a pesar de que a ellas nunca les interesó desarrollar el arte.

Lentamente con el paso de los meses, Akane fue recuperando su vitalidad, su alegría y sus ganas de construir una vida más allá de Ranma. Cada vez más la brecha imaginaria que los separaba crecía y crecía como los hielos eternos que se derretía en la antártica generando una barrera que cada día parecía más difícil de sobrepasar. Él seguía concentrado en sus torneos que era lo único que lo sacaba aunque fuera por un tiempo de su tormento personal. MIentras que ella además de las clases en el dojo 3 veces a la semana buscó a un maestro que la instruyerá en el arte del Reiki. Siempre había querido aprender a usar mejor su energía, muchas veces se sentía desbordada y después de todo el proceso de la cura fallida seguía con ganas de ayudar, aunque fuera a otros.

Fue así que lentamente el mundo de Akane Saotome se volvió a abrir pero desde otra perspectiva, lejos de los malditos y vengadores. Ahora en compañía de sus mini discípulos y su nueva maestra estaba descubriendo otros mundos, pero sobre todo estaba aprendiendo de sí misma como nunca antes. La profunda introspección la había llevado a cuestionarse toda su vida. No sólo su matrimonio ni su relación con Ranma, pero algo más profundo que había en su alma, algo que había guardado en lo profundo por una mordaza que ella misma se había puesto para acallar aquello que se moría por salir. Amaba a Ranma como nunca había amado a nadie, siempre lo amaría por ser su primer amor. Por ser ese amor adolescente en el que fue capaz de arriesgar su propia vida más de una vez y en la que nunca cuestionó su impulsiva forma de actuar. Lo amaba por todo lo que había crecido y aprendido con él, lo amaba porque le enseñó a combatir la frustración y la desesperanza aunque él mismo no era capaz de superarlo. Lo amaba de forma espiritual pero no carnal y recién a sus 40 años era capaz de asumirlo sin sentir que se ahogaba en un pozo sin fondo.

A pesar de su irreverencia y aguerrida personalidad, a pesar de la falta de madre y su criticada falta de feminidad Akane había sido criada en una familia japonesa de clase media tradicional. Una en la cual el ideal de mujer era como su dulce hermana Kasumi, una mujer delicada y sumisa que reunía las características de una perfecta dueña de casa. Akane envidiaba esas cualidades de su hermana, esa aura de perfección. Ella era consciente que entre las 4 prometidas de Ranma ella era la menos femenina, dueña de casa, la menos "perfecta". Admiraba a su suegra, Nodoka Saotome, esa mujer quien a pesar de exudar feminidad era una aguerrida guerrera, el perfecto equilibrio entre guerrera y dueña de casa. Manejaba las ceremonias del té, sus kimonos oscuros siempre estaban sin una sola arruga al igual que su casa sin una mota de polvo. Aunque Akane sabía que detrás de esa sonrisa, de esa máscara de perfección se escondía una mujer que había aprendido a vivir en un matrimonio en el que no era feliz. Había aprendido a rearmar a su familia y jugar a la casa feliz con Genma para la sociedad porque todos eran conscientes de que esa pareja se había roto desde el momento en que el panda se había llevado al pequeño infante a entrenar. La sociedad era cruel, especialmente cruel con las mujeres. Especialmente con aquellas que no tenían hijos ni jugaban a la familia perfecta.

No quería decepcionar a sus padres, nunca esperó que su relación terminaría en un divorcio que le rompería el corazón pero ya no era feliz. Hace 15 años, cuando supo que nunca sería madre algo se rompió en ella y con eso su relación. La habían amarrado a Ranma a la fuerza, ese maldito destino que habían elegido sus padres con el fin de unir a las escuelas pero no habían nietos, ni escuela de artes marciales y tampoco quedaba amor.

Le habían negado la posibilidad de conocer al eventual amor de su vida fuera de Ranma, de explorar las alternativas que le ofrecía la vida fuera de ser la esposa de.

No quería seguir viviendo con esa mordaza que la sociedad le había impuesto, que la asfixiaba porque debía mantener las apariencias a costa de su felicidad.

Se negaba a ser una víctima de su propio destino, de morir con la sensación de que no se permitió ser feliz más allá de su jaula de cristal.

La decisión la había meditado durante más de 5 años, cuando comenzó el proceso con su maestra de reiki. Lo había conversado con sus hermanas, mientras que Kasumi le sugirió de forma afable seguir luchando por su matrimonio. Nabiki fue tajante motivandola a firmar el divorcio inmediatamente porque era joven y guapa, podría rehacer su vida con facilidad aunque no sin antes asegurarse de quedarse con la mitad de la fortuna de su esposo.

Incluso lo había conversado con Nodoka, quien con ojos brillantes admitió que la quería como una hija y que ella sabía lo que era no ser feliz en su matrimonio, que a pesar de que amaba a su hijo ella tenía derecho a ser feliz. Eso la dejó más tranquila, contar con la bendición de su suegra había aliviado a su atormentada alma disminuyendo la culpa.

Un año antes de firmar definitivamente los papeles del divorcio, Akane trató por última vez ser feliz en su matrimonio. Reavivar esa chispa, comprar lencería, ir a las graderías a alentarlo a sus torneos como hace tiempo no lo hacía. Incluso se fueron a unas románticas vacaciones en Tahití donde reavivaron su amor como cuando eran adolescentes salvo que ahora él no tenía problemas en tomarla apasionadamente. Lamentablemente las burbujas idílicas llenas de fantasía tarde o temprano explotan en la cara y esa fue la gota que rebalsó el vaso de la morena. La rutina había hecho mella en su relación y esas pequeñas ventanas de reencuentro no eran suficientes para sostener un edificio cuyos cimientos ya estaban totalmente corroídos.

No fueron los rumores de infidelidad que destruyeron ese matrimonio, no fueron las largas ausencias de su esposo ni siquiera su rechazo a la idea de tener hijos. Fue una relación obligada a madurar en un corto tiempo, obligándoles a convertirse en adultos a temprana edad sin las herramientas para sanar las ideas de la convivencia y la ausencia. Sin herramientas para subsanar sus diferencias, su mal carácter y su frustración.

La ahora Tendo dejaba esa sensación con la nostalgia del final del algo querido, pero con la tranquilidad en el alma de que hizo todo lo posible por disminuir sus barreras.

Tenía 40 y una vida por delante, esta vez quería ser la dueña de su destino.

Una vez que terminó sus maletas y dejó todo impecable, dejó los papeles del divorcio encima de la mesa del comedor igual que las llaves del loft. La van que la llevaría de vuelta al dojo Tendo la estaba esperando mientras ella miraba por última vez, el que había sido su hogar durante 10 años.

"Adiós Ranma" murmuró con una sonrisa nostálgica, pero sin mirar atrás. Era libre, libre de esa mordaza imaginaria.

Fin 07. Mordaza

Ojalá les guste y quien sabe, tal vez esta historia tendrá una continuación en el futuro.

Besos y abrazos,

Gracias por leer!

Bubu30