Disclaimer: nada me pertenece, excepto ideas. El resto pertenece a JK Rowling y basado en una novela de Yvonne Whittal
The Slender Thread.
— No voy a mentirte, Dora, operar nunca se me hizo complicado. Y sin embargo en aquel momento me encontré desorientado, muy confundido. Cielos, recuerdo que revolví mi cabello un par de veces y mis manos temblaron tanto que casi dejo caer el bisturí al suelo. ¡Tenía un buen historial y no quería comenzar con una marca en mi expediente! Y, además... (no te voy a mentir en lo absoluto) una hermosa mujer como ella, no merecía morir. Al menos no en ese momento y no hasta que tuviera más de 100 años. Cuando el paso del tiempo, inevitable en su curso, no me diera más alternativa.
Pero no hoy.
— En fin, operamos. Estuvimos largas horas operando, quitando retazos de tela que se habían incrustado en las heridas abiertas. Quitando trozos de vidrio cuidadosamente y cosiendo una y otra vez. Tenía enfermeras a mi lado, pasando por cada centímetro de piel con algodón y desinfectante, lavando el cuerpo casi por completo. Cosí una larga herida en la frente de aquella jovencita y un par en sus piernas. No se veían bien, Dora, creí que no volvería a caminar a raíz del accidente. Luego de un par de horas, mientras estaba de pie junto a la camilla y el hombre de mediana edad que te conté antes, a mi lado, ella pareció volver en sí. Me apresuré y llamé a mis enfermeras para que le explicaran la situación, para que no se alterara. Al abrir sus ojos, Dora, me di cuenta de que eran unos hermosos ojos de color caramelo. Algo que no había visto jamás.
— Y así comenzó todo, ¿no es así, Severus? — replicó aquella mujer de cabellos pintarrajeados o como solía decir Severus Snape un renombrado doctor de aquella clínica, de un color púrpura pálido ya. Necesitaba un retoque, pensó el hombre con cierta indiferencia.
— Sí, Dora, así comenzó todo.
La palidez en su rostros se podía notar, luego de un accidente como aquel. El hombre de mediana edad que respondía al nombre de Neville Longbottom, apretaba su sombrero de copa con cierto nerviosismo. La policía no tardaría en visitar el hospital y se temía que era el único sospechoso de aquel incidente pero no había tenido nada que ver y se lo aseguraba al doctor Severus Snape, mientras éste asentía en silencio.
1890, una época bastante tranquila y placentera si se podía decir así. No había mayores detalles que relatar e Inglaterra permanecía con una economía en crecimiento, preocupándose de alimentar a los hijos de la patria que se convertirían en el próximo sustento de las futuras generaciones.
Y aún así, pese a la época, pocas veces veía accidentes como esos.
— Se cruzó en el camino, yo la vi desde mi auto. Su bicicleta perdió los frenos cuando bajaba por una empinada colina en Birmingham, señor. Un par de autos estaban en el camino, yo estaba estacionado en la avenida principal y esperaba por mi esposa para dirigirnos a Londres, ¡no esperaba algo así! No pudo detenerse y terminó dando un sin fin de vueltas y los autos de la avenida colisionaron con ella. Terminó volando sobre uno de ellos y cayendo al otro lado. Me bajé para mirar y muchos hicieron lo mismo, teníamos que hacer algo, llevarla al hospital. Estaba tan mal que pensamos que solo podrían atenderla en un lugar como este, dicen que es el mejor hospital del país y al principio tuve miedo de que muriera, ¡ahora mis manos están en toda la escena del crimen!
— Si tiene testigos que puedan corroborar su coartada, no creo que haya mayores detalles. ¿Ella estaba despierta en cuanto la auxilió, señor Longbottom?
— Eso creo, señor Snape. Mi esposa está por llegar, ella puede darle más detalles ya que estuvo en el asiento trasero con ella durante todo el viaje, sosteniéndola para evitar que se pudiera lastimar más de lo que ya estaba. Pudimos esperar una ambulancia, pero estábamos lejos del hospital y temíamos que si no hacíamos algo pudiera morir sin remedio.
— Normalmente no digo estas cosas... — suspiró el hombre, aclarándose la garganta y mirando el historial con cierto pesar. — pero creo que ha hecho bien, le ha salvado la vida y si yo fuera ella... estaría agradecida de ello.
Y el hombre asintió, trémulo, mientras Severus Snape colocaba una mano sobre uno de sus hombros y trataba de infundirle valor para lo que seguro estaba por venir. Esperaba que al menos la joven corroborara su coartada, al igual que su esposa. Se le veía como un buen hombre y quizá no merecía tal destino como la cárcel, por haberle salvado a alguien la vida de manera desinteresada.
— ¿Sabe usted el nombre de la mujer a la que acabó de salvar?
— No señor. — dijo con una inspiración honda, apenas y podía respirar luego de tanto trajín. — ella no me lo dijo, solo balbuceó un par de cosas y luego se desmayó.
Severus Snape quien pensaba agregar algo más, guardó silencio de inmediato y cuando su enfermera en jefe, Pomona Sprout, emergía de la habitación donde había estado colaborando hacía unas cuantas horas y le susurraba que su paciente comenzaba a despertar.
Tenía curiosidad de saber más detalles del incidente que había mantenido en vilo al hospital. Nadie creyó que pudiera salvarse y mucho menos reponerse de un suceso como aquel.
O al menos sería una larga recuperación.
Cerró la puerta tras de sí, luego de que Neville entró tras él. Podía escuchar suaves gemidos de dolor, mientras ella trataba de acostumbrarse a la luz que estaba sobre su cabeza, en una vieja farola sobre una pequeña mesa a su lado. la enfermera Sprout, la mantenía encendida y se encontraba sentada en la cama con un poco de alcohol y un par de algodones, tratando de limpiar los restos de pasto y tierra de su frente.
— ¿Señorita... puede oírme? — preguntó el doctor con voz suave, acercando una silla hasta sentarse a un lado de ella. — ¿Sabe acaso qué sucedió? ¿Tiene algún recuerdo?
Esperó pacientemente, mientras ella parecía darse cuenta de sus alrededores. Mientras respondía, Severus le había hecho una seña a la enfermera para que le explicara lo sucedido. Sprout tenía una de las mejores destrezas en relaciones, que jamás había visto. Sus pacientes la adoraban.
— Querida, estás en el hospital central de Londres. Sufriste un accidente cuando tu bicicleta perdió los frenos en una bajada y te estrellaste con un par de autos en la avenida. Tienes suerte de estar viva.
Aquella expresión le había estado atormentando en su subconsciente y prueba de ello, fue el gemido que soltó de pronto y la mano que se llevó a la frente, sobándosela ligeramente.
— Este amable hombre te ayudó a venir al hospital y el doctor a tu derecha, te salvó la vida. — señaló primero hacia atrás de ella y luego a un lado, con una sonrisa. La joven trató de mirar en ambas direcciones pero luego de unos segundos, desistió de ello. Severus se puso en pie y con una pequeña linterna, abrió uno de sus ojos por vez y miró atentamente.
— Bueno, veo que tus pupilas reaccionan al contacto con la luz de la linterna. Te recuperarás de eso estoy seguro, solo estás un poco en shock tras lo sucedido. ¿Podrías decirnos cómo te llamas o si tienes algún familiar al que quisieras que contactemos en este momento?
Ella continuó en silencio, mirándolo atentamente. Quizá no estaba mirando nada en particular y continuaba, como él había dicho, en shock por lo ocurrido.
Y fue entonces cuando sus labios se despegaron suavemente.
"Oh, Dora... esa hermosa voz".
— Hermione... — dijo suavemente, pero Severus Snape tuvo que inclinarse en dirección a la camilla para escuchar mejor lo que había dicho.
— ¿Hermione? ¿Ese es tu nombre?
— Hermione Granger... — murmuró alzando lentamente sus manos y viendo los vestigios de aquel accidente.
— Muy bien, Hermione Granger. Descuida... — comentó al ver su rostro de terror ante las heridas alrededor de su cuerpo. — algunas se irán con el tiempo y un poco de descanso. Y este hombre que está aquí. — dijo, haciéndole señas a Neville Longbottom para que se acercara. — te trajo al hospital y ha estado preocupado por ti, las últimas horas mientras te salvábamos la vida. ¿Recuerdas algo de lo que sucedió? tuvimos que operarte de emergencia ya que tenías algunas fracturas y sangrado interno, tuvimos que reconstruirte algunas partes con injertos de piel. Algo bastante serio, ¿tienes alguna idea de ello?
Las memorias la golpearon de pronto, vagamente y ella asintió en silencio. Se dio cuenta de que algunas lágrimas se le escaparon de sus ojos al mencionar aquello y el hombre alzó las manos a modo de disculpa.
— Lamento que te traiga malos recuerdos, pero solo hacemos nuestro trabajo y queremos saber todos los detalles para cuando llegue la fiscalía.
Y una vez más, el doctor se vio interrumpido en cuanto la puerta de la habitación se abrió casi de golpe y una mujer delgada y rubia, con un extraño aspecto que le dio la impresión de que provenía de un manicomio, por sus brillantes ojos azules y su pálido rostro, entró conteniendo la respiración y con una mano sobre su pecho.
— ¡Oh, pero si aquí estás querido! — exclamó, caminando en dirección a Neville Longbottom y deteniéndose junto a él, tomando uno de sus brazos de forma amorosa. — Estaba preocupada, pero vine lo más rápido que pude y quería saber si habían logrado ayudarla. Si todo nuestro esfuerzo no fue en vano.
— No, para nada señorita...
— Luna, Luna Longbottom. A sus servicios.
— Señorita Longbottom, llegaron justo a tiempo y me atrevo a decir que aunque fue una tarea titánica, hemos conseguido salvarla y ahora le preguntábamos si tiene algún familiar al que quiera que contactemos.
Hermione Granger asintió suavemente y Luna sonrió, sentándose en la cama junto a ella. La enfermera había terminado de limpiar las manchas de barro y había abandonado la habitación, recogiendo todo aquello que estorbara allí dentro.
— Dime querida, ¿cómo se llama esa persona? ¿Quién es? Te prometo que la contactaré de inmediato.
— Mi madre... Minerva McGonagall...
Luna ladeó la cabeza hacia su esposo quien seguía apretujando el sombrero contra su pecho y al ver la expresión de la mujer, asintió de inmediato. Nervioso.
— ¡Oh por supuesto! Doctor Severus, ¿tiene algún teléfono que podamos usar para llamarla?
— Sí. En mi oficina, lo conduciré de inmediato.
— Cariño, ¿te sabes el número acaso? ¿Lo tienes en algún lugar?
Hermione había murmurado que estaba en su bolso de mano, pero al mirar a su alrededor, no había nada en la habitación. Miró a la mujer en la cama de soslayo y Luna sonrió, juntando sus manos sobre su pecho.
— Oh, está bien. La operadora puede encontrarla, estoy segura.
Neville asintió, abandonando la habitación tras Snape quien lo condujo varios pisos arriba y hasta su oficina. Una puerta de madera negra, con su nombre escrito en una brillante placa atornillada sobre la parte superior, cerca de una ventanilla. Severus Snape hurgó en su bata por las llaves y al entrar, Neville se tomó el tiempo de detallar el interior.
Un escritorio quizá sin nada especial, con una lamparilla de mesa y un enorme archivador donde se imaginó que el hombre guardaba los expedientes. Un enorme botellón de agua con un par de vasos de papel y una vieja cafetera. No había fotografías que le dijeran si el hombre estaba casado o tenía familia, quizá no le gustaba exhibir nada de ello. Caminó en dirección al botellón y se detuvo haciendo un ademán de querer tomar uno de los vasos de papel.
— Adelante, sírvase. Se le nota estresado y luego de un día como este lo entiendo. — tomó el auricular del teléfono y lo único que se escuchó en la habitación, fue el sonido del discado y del botellón de agua mientras éste se servía un poco. — ¿gustaría algo de comer de nuestra cafetería? ¿Podría ordenar algo?
— No gracias, está bien así.
— Muy bien. Operadora, ¿podría comunicarme con Minerva McGonagall? Me temo que no sé su número ni dónde vive y tengo a su hija en mi hospital. Dígale que soy el doctor Severus Snape y que es imperativa su presencia en Londres. Cuanto antes. Gracias.
La operadora dio la orden y en un par de minutos, escuchó que había una mujer que respondía a ese nombre y justo donde habían encontrado a Hermione Granger.
Perfecto.
— ¡Mi hija... oh dios, qué sucedió con ella! ¿¡Está bien!?
— Sí señora, está bien. Tuvo que ser operada de emergencia, pero está estable y recuperándose. Ella ansía verla y esperaba que pudiera tomar el próximo tren y venir a Londres si le es posible.
— ¡Oh por supuesto que sí, iré cuanto antes!
— Muchas gracias.
Luego de cortarse la comunicación, Severus Snape se preguntó si Hermione Granger tenía algún padre u otro familiar que pudiera responder por ella. Asumió que su madre por su voz, era una mujer mayor y sabía que no podía volver a casa sin al menos una enfermera que cuidara de ella por un par de días.
Luego resolvería esos pequeños aspectos.
— ¿Qué dijo? ¿Vendrá? — preguntó Neville y Severus asintió en silencio. — ¡Qué bueno, me alegro mucho!
Y antes de que ambos hombres pudieran abandonar el despacho, la puerta se abrió y la policía entró de inmediato. Sprout sonreía, preguntándoles si querían un poco de café.
— Buenas tardes, doctor Severus. — dijo uno de ellos, por la cantidad de insignias en sus hombros y en su pecho, asumió que se trataba de un oficial. — hemos venido por la jovencita a la que atropellaron esta mañana. ¿Sabe si está consciente para que podamos hablar con ella?
— Lo está, pero apenas se despierta y no creo que sea buena idea el atosigarla con preguntas. Al menos no en este momento, sin embargo...
Invitó a los policías a sentarse y a Neville, quien los miraba nervioso. Era el momento de relatar los hechos e intentaba que su voz no se quebrara mientras hablaba de lo sucedido aquella mañana de invierno.
Se acercaba la navidad y el regalo que Hermione Granger había recibido, su vida, podría ser el mejor que hubiera recibido jamás.
— Entonces... dice que ella perdió los frenos de su bicicleta y corrió cuesta abajo en la colina hasta estrellarse contra los autos de la avenida.
— Así es, señor. — Casualmente, mi esposa y yo estábamos aparcados justo abajo. Esperaba por ella que había ido al baño de una cafetería en la esquina y nos dirigíamos a Londres, cuando la vi cruzar a gran velocidad y sin poderse detener. Su bicicleta chocó con un auto y salió despedida, golpeando el capó de este y rodando hasta caer al suelo.
— ¿Y luego usted y su esposa decidieron traerla a Londres?
— Sí señor. Supusimos que moriría si no la traíamos de inmediato, es el mejor hospital del país y solo aquí creímos que estaría bien atendida.
— De no haberla traído antes, no se habría salvado. — confesó Severus Snape con una sonrisa suave. — fueron largos procedimientos, injertos de piel, extracción de pedazos de tela y vidrio incrustados en las heridas. Coser y cortar, no habría podido hacerse mejor en otros hospitales. No sin los insumos necesarios para esta tarea.
— ¿Y no se les ocurrió que pudo haberse muerto en el viaje?
— Sí señor. — contestó Neville de inmediato. — pero temíamos que muriera en algún hospital rural o algo parecido. Le amarramos un par de telas en las heridas para detener el sangrado y rogábamos llegar a tiempo para salvarla.
El oficial asintió, mientras otro hombre tomaba nota en un pequeño cuadernillo. El doctor Severus sonrió una vez más, poniéndose en pie y caminando en dirección a su vieja cafetera.
— ¿Café?
A finales de la tarde, ya cayendo la noche, una mujer ya un poco mayor y vestida de forma muy modesta, caminó en dirección al vestíbulo en el hospital y miró a la recepcionista tras el mostrador en la entrada.
— Buenas noches, mi nombre es Minerva McGonagall y tengo entendido que aquí tienen a mi hija Hermione Granger.
— Déjeme verificar... — dijo la mujer de aspecto joven, inclinándose a un lado para mirar un par de papeles que tenía en una esquina. — sí, fue admitida en la mañana. Se encuentra en la habitación 213 y la asiste el doctor Severus Tobías Snape.
Minerva Mcgonagall se imaginó que había sido el hombre con el que había hablado en la tarde y asintiendo, caminó en dirección a un viejo elevador. Dentro había un hombre en un largo banquillo, quién le preguntó a qué piso se dirigía.
— Habitación 213 por favor.
— Piso 7, en marcha.
Luego de unos minutos de tensión, preguntándose si acaso iban a darle alguna mala noticia, el ascensor se detuvo y ella pudo bajar luego de darle las gracias al hombre dentro de este.
Caminó nerviosa, mirando a las enfermeras que iban de aquí a allá, con pacientes o con insumos entre sus brazos. Su habitación estaba al final del pasillo y podía ver una larga ventana con blancas cortinas, ondeando ante la fría brisa de aquella noche de invierno.
Se abrazó a sí misma al pasar y se detuvo frente a la puerta. Llamando suavemente.
La puerta se abrió unos minutos después y el rostro de una mujer joven se asomó por ella.
— ¿Sí? ¿En qué puedo servirle?
— ¿Se encuentra aquí... Hermione Granger? Soy Minerva McGonagall... su madre.
— ¡Oh, pase pase! La estábamos esperando.
La mujer asintió en silencio y al entrar, sintió escalofríos con solo ver a su alrededor. No le gustaban los hospitales, no tenía buena memoria de ellos. Al detenerse junto a la camilla donde reposaba Hermione Granger, la mujer que le había abierto la puerta, se presentó como Luna Longbottom.
— Es un placer, señora McGonagall. ¡Vaya suerte que tuvo su hija! Sé que sonará mal que yo lo diga pero de no ser por nosotros, mi esposo y yo, creo que no estaría viva para contarlo. Y por supuesto, con la ayuda del doctor Severus Snape.
Minerva no dijo nada y tomó el asiento que hacía unas horas antes, Snape había estado ocupando junto a Hermione. Al sentarse allí, tomó su mano y suspiró llena de tristeza al ver a su hija en aquella cama y en el estado en el que se encontraba. Acarició su cabeza con dulzura y besó su frente, llena de lágrimas.
— Hermione, cariño, aquí estoy. Mamá está aquí y va a cuidarte hasta que te sientas mejor.
La joven comenzó a abrir los ojos con cierta pesadez, para ladear la cabeza y mirar al nuevo visitante. Al encontrarse con el rostro familiar de su madre, trató de sonreír aunque hizo un gesto de dolor y desistió luego de unos segundos.
— Mamá...
— Descuida cariño, aquí estoy y nada va a pasarte otra vez. Descansa, me quedaré a tu lado. Te lo prometo.
Y Hermione había asentido suavemente, mientras cerraba los ojos nuevamente y se quedaba dormida al poco tiempo. Mientras Minerva acariciaba su cabeza suavemente, ladeó la suya para mirar en dirección a la joven que continuaba en la habitación, mirando por la ventana.
— ¿Y cómo... ? ¿Cómo es que la encontró? ¿Qué fue lo que sucedió?
Al escuchar el relato, Minerva se llevó ambas manos a la boca y soltó un gemido lleno de terror. Luna negó con la cabeza y sonrió en respuesta a su expresión.
— Descuide, olvídelo ahora. Ella está a salvo y estamos agradecidos de ello. Nos quedamos hasta que algún pariente viniera a verla y quedarse en lugar de nosotros. Mi esposo condujo hasta acá y bueno, ahora ha de estar con el doctor. No lo he visto en horas.
Minerva pensaba agregar algo más, pero la puerta se abrió lentamente y un rostro cetrino se asomó a través de ella.
— Doctor Severus... — dijo Luna, caminando en dirección a la puerta y recibiéndolo de forma casi ceremonial.
— Oh, pero si tenemos compañía.
— Sí, su madre. Minerva McGonagall.
Por un momento, Severus Snape buscó el parecido entre ambas y se preguntó si más bien no se parecía a su padre. No veía a Hermione en su madre.
En ningún rasgo.
