Disclaimer: nada me pertenece, excepto ideas. El resto pertenece a JK Rowling y basado en una novela de Yvonne Whittal

The Slender Thread.

Es una novela muy bonita, por supuesto yo la leí pero no la traduje igual para el fic. Solo tomé la idea principal y la adapté.

Se las recomiendo que la lean, es buena (o al menos lo fue para mí).


Y aunque sonara ridículo para ella, pareció que Ginny tenía razón y el valle dio la impresión de sentirse igual que ella en aquel día. Llovía con una fuerte brisa y los árboles de manzana se mecían tan fuerte que ella llegó a pensar que iban a salir volando. Miraba la lluvia caer en el salón, mientras la enfermera extendía su pie derecho. Una y otra vez, haciendo ejercicios de calentamiento.

— Bueno, ¿qué tal lo sientes? — preguntó la enfermera y Hermione se sobresaltó. Aquella pregunta fue como una intrusa en su preciado silencio.

— Bien, creo... no estoy completamente segura. Todavía me duele un poco ahí, sí ahí mismo. — dijo a la mujer que palpaba sus pantorrillas en busca de la raíz del problema. Pero en verdad solo lo decía para que la dejara en paz un rato.

— Supongo que dolerá por un par de meses, tuviste muchas fracturas diversas y sanarán a su tiempo, con su debido descanso por supuesto. Tuviste mucha suerte querida.

Y otra vez aquellas palabras que trataba de olvidar. Asintió sin prestar mucha atención y quiso decir algo más pero una figura en la lejanía, muy cerca de la entrada de la hacienda, llamó su atención.

Parecía ser un auto que se aproximaba rápidamente. Un automóvil clásico y descapotable, de color crema y negro, con una rueda auxiliar colgando en la maleta y con grandes faroles amarillentos. Se preguntó si su madre esperaba visitas, no se imaginó a alguien cuerdo que quisiera visitar una hacienda tan pobre como aquella.

Al parecer había alguien realmente loco como para intentarlo y se trataba del doctor Severus Snape. Ella apenas alcanzó a vislumbrarlo a través de las cortinas, trató de apartarlas con sus torpes manos y para mirar mejor. No llevaba su usual bata blanca de hospital, más bien parecía vestir una casual y pulcra camisa blanca con los puños desabotonados y un largo saco negro sobre sus hombros y que hacía juego con sus pantalones y sus zapatos del mismo color. Le pareció que su madre caminaba hasta el recibidor para abrirle la puerta al escuchar su llamado y también le pareció que traía un par de flores en sus manos.

— ¡Hija, el doctor Severus ha venido a verte!

¿A ella? ¿Por qué a ella? No y seguramente venía de visita para saludar a su queridísima enfermera y preguntar cómo seguía el tratamiento. ¿Por qué otra razón iba a ser?

Ginny tomó el abrigó de aquel hombre y sostuvo ambas manos entre las suyas, tanto como su madre lo había hecho en el hospital, contenta de que le hubieran salvado la vida.

No dejó de decirlo una y otra vez, mientras escuchó pasos en el recibidor y la voz suave de aquel hombre que se sentía como una caricia en una fresca brisa de verano, luego de tanto calor. Su madre recibió las flores mientras decía alegremente: ¡está en el salón, pase pase!

Pomona Sprout le dio la vuelta a su silla de ruedas para que ella pudiera encararla y sonrió al ver a su compañero de trabajo, mientras Severus Snape detallaba sus alrededores.

Sus ojos viajaban desde la dulce jovencita que sostenía su abrigo, con cabellos tan rojos como nunca antes había visto y unos hermosos ojos verde esmeralda, hasta la decoración renacentista del lugar y lo opulento del ambiente que lo rodeaba. Una verdadera hacienda en decadencia, en sus últimos días.

Y luego sus ojos hicieron contacto con los acaramelados ojos de su paciente.

— ¿Desea algo de tomar, señor Snape? Por favor, las flores... Ginny las pondrá en agua de inmediato.

Ginny Weasley asintió en silencio, haciendo una pequeña reverencia y tomándolas de sus manos mientras el hombre se sentaba en una silla junto al sofá donde Sprout trataba de sentar a Hermione. A última instancia y en vista de la incapacidad de maniobrarse por sí sola, Severus se levantó de su asiento y colocó ambos brazos alrededor de ella para ayudarla a ponerse en pie. Su aroma resultaba ser algo que no podía precisar con claridad pues no se trataba del típico aroma de hospital, era algo totalmente diferente. Algo que atraía su atención y resultaba hipnótico. Con su ayuda pudo recostarse en el sofá y agradeció con un débil murmullo, mientras él sonreía en respuesta y no desvió su vista de ella sino hasta que Hermione, miró a su madre acercarse con una copa de brandy para su invitado.

Mientras que su amiga Ginny se encargaba de traer una charola de plata con tazas de su té favorito. Lo tomó sin decir nada y sopló suavemente para refrescarlo un poco. Su madre rompió el hielo entre los presentes, con una pregunta que incluso a ella le causaba curiosidad.

— ¿Y qué lo trae por aquí, doctor Severus?

— Bueno, ya que tengo a mi enfermera estrella en esta casa...

Pomona Sprout se sonrojó de pronto y Minerva sonrió ampliamente mientras el doctor se acomodaba en el asiento, colocando su copa vacía sobre una larga mesa de madera frente a él, ornamentada con flores que le dieron la impresión de estar talladas a mano y con querubines en cada una de las patas de la misma.

Un poco exagerado, pensó de pronto y parpadeó rápidamente.

— También para visitar a nuestra paciente especial, luego de que un sin fin de personas me hayan preguntado por usted... señorita Granger.

— Hermione por favor. Supongo que luego de todo lo sucedido, nos hemos ganado el derecho de llamarnos por nuestros nombres de pila. — respondió ella, apenas mirándolo desde el ángulo en el que estaba sentada. Le pareció que el hombre sonreía apenas moviendo los labios y se alisaba el largo cabello negro y brillante, con una de sus manos.

— De acuerdo, Hermione. — repitió con voz sedosa y su madre juntó ambas manos con mucha felicidad, atrayendo la atención de ambos al aplaudir.

— ¿Por qué no se queda un rato? Estábamos por almorzar, si quisiera acompañarnos.

Severus meditó detenidamente y luego de unos segundos, mirando un viejo reloj de bolsillo dentro de su gabardina negra, asintió en silencio.

— Pero primero quisiera ver los avances que has tenido, Hermione, en razón a tu movilidad corporal.

Antes de que pudiera contestar, Sprout se había puesto de pie y se había detenido junto a ella. Estiraba sus manos para que Hermione pudiera tomarlas y así sentarse de regreso en la silla de ruedas.

Quizá pensaba que caminar en el pasto, iba a ser más fácil y aunque ella no quisiera regresar a ese armatoste metálico que oprimía sus deseos de correr libre.

Todo por una decepción amorosa y el querer huir de sus problemas. Como siempre había hecho su madre, ocultando sus sentimientos con una sonrisa.

Al salir de la casa, la luz cálida del sol pareció apagar la frialdad de su corazón de un chispazo. E incluso pareció mejorar su humor visiblemente, puesto que incluso el doctor Snape pareció darse cuenta.

— Eso es lo que todos necesitamos en este invierno, aunque sea un poco de sol. Aprovechemos antes de que se vaya nuevamente.

La enfermera la condujo hasta el porche en la parte trasera de la casa, donde se encontraba un viejo columpio de caucho al final, en un gran y viejo árbol. Ginny y ella solían columpiarse allí la una a la otra o de vez en cuando el señor Weasley las columpiaba, sentándolas juntas.

Aquellos habían sido buenos tiempos. No había sido una de esas chicas que se creían gran cosa porque su padre tuviera dinero y viajara de aquí para allá, trayéndole recuerdos de sus viajes. Comprándole cual estupidez quisiera tener, siempre había sido agradecida y amiga de la servidumbre. De los menos afortunados, siempre dando lo que tenía. Así le había educado su padre, que siempre se recordara de los demás puesto que en algún momento iba a necesitar ayuda.

Pero todo cambió cuando comenzó la escuela, cuando la depresión económica golpeó al continente y su padre se vio en la necesidad de hacer tratos por debajo de la mesa, con clientes de dudosa reputación. Venderles productos que luego aquellos clientes revendían en sobreprecio y su padre recibía pocas regalías por su esfuerzo. Se robaban todo el dinero y solo pedían más y más.

Cuando se negó a vender los derechos de la hacienda y su producción, todo terminó.

— ¿Y vives sola, Hermione?

— Así es, vivo con mi madre y mi amiga Ginny Weasley que también trabaja para nosotros. Con sus padres y sus hermanos. Son los únicos que quedan en esta casa, luego de que mi padre murió y tuviéramos que despedir a la mayoría de los trabajadores. La economía nos golpeó muy fuerte y mi padre se vio obligado a vender sus productos a clientes que no conocía y que no eran buenas personas. Revendían con precios que casi nadie podía pagar y cuando mi padre exigía su parte del trato, siempre tenían una excusa o algunas veces le daban menos de lo necesario para mantenernos. Lo golpearon un par de veces. Se rehusó a vender la hacienda a uno de ellos y le declararon la guerra formal. Sabotearon sus cosechas, hundieron su producción hasta tal punto en el que nadie quería comprarnos nada. Se hundió en la depresión y la bebida, mientras mi mamá me tenía alejada de todo ello en la hacienda vecina. Los Malfoy viven a unos cuantos kilómetros de nosotros y ellos aceptaron cuidar de mí y de los criados de mi familia, mientras mi madre solventaba los problemas. No somos los mejores vecinos, pero tenemos un trato de llevarnos bien. Cada cual tiene su mercado.

Y su hijo Draco Malfoy de quien había estado enamorada por años y años, desde que era una niña y lo veía cabalgar con su padre por las praderas, había terminado engañándola con otra chica. La imbécil y trepadora de Pansy Parkinson y su famoso padre de la industria de alimentos. ¡Claro, ella solo era una campesina en frente de esa mujer!

Al escuchar sus palabras, Severus Snape pudo entrever el gran resentimiento que habitaba en aquel joven corazón con el que hablaba en aquel preciso instante. Sus ojos brillaban ante el recuerdo amargo de todo lo que había sucedido en el pasado.

— No suenas muy contenta cuando hablas de esa familia, como deberías sonar si te hubieran cuidado desde que fuiste una niña. Si no te molesta que lo comente. — dijo él mientras ella trataba de impulsarse en la silla para ponerse en pie. Sprout, ella y Snape habían decidido dar un paseo hasta aquel enorme árbol y hasta ese momento, ella acariciaba aquel columpio de caucho con cierta dejadez.

— Tuvimos problemas, es todo.

La enfermera la observó pacientemente, preguntándose qué quería hacer y lo entendió luego de unos minutos. Le ayudó a subirse al columpio, mientras ella trataba de sostenerse con sus manos heridas.

Solo quería volver a sentir los días felices.

— Por la actitud de tu madre, veo que se repone bien de todo este asunto.

— Ella es así, simplemente no habla de las cosas. Con mi padre fue igual, siempre trata de ocultar sus sentimientos tras una máscara de frialdad o hace lo contrario y solo sonríe como tonta.

— Creo que merece un poco de crédito luego de perder a su esposo y tener que levantarte ella y a una hacienda completa.

— No tiene más opción creo, no tenemos otro lugar a dónde ir y si la perdemos... perderemos nuestra vida. Mire yo nunca he sido una chica de ciudad, siempre he vivido en el campo y esta es la única vida que conozco. No sé qué más podría hacer si esto terminara abruptamente. Estudié en la ciudad y porque mi padre tenía los recursos para enviarme a las mejores escuelas, pero solo quise una vez... poder controlar la hacienda y demostrarles de qué es capaz una mujer. Demostrarles que no tengo miedo como mi padre o como mi madre.

Severus asintió en silencio, mientras Hermione trataba de impulsarse pero sin éxito. Miró la enorme hacienda de soslayo, con carreteras apenas pavimentadas, con una gran fuente en el centro y con un viejo granero a lo lejos, un enorme silo y un molino de viento. Los clásicos cultivos, el clásico espantapájaros y las clásicas vacas mugiendo a los lejos y las ovejas yendo de aquí para allá. Llena de enredaderas, de tierra claro.

Ya casi en el olvido.

— Pues supongo que primero hay que recuperarse de un accidente como este. — opinó el doctor, inclinándose con un pequeño martillo para verificar sus reflejos. — Y parece que su cuerpo piensa igual que yo. Sus reflejos aún son lentos y las heridas aún necesitan descanso.

— No me diga.

Pero el estruendo de otro automóvil, negro y muy lujoso, distrajo la conversación de inmediato. Aparcó en la entrada y ella pudo divisar una cabellera rubia que conocía muy bien y que realmente no quería ver en aquel momento...

— Perfecto... lo que necesitaba.

La familia Malfoy entera, se bajaba del auto y se encontraban con su madre. Estaba muy lejos para escuchar la conversación y por un momento deseó bajarse de aquel columpio y regresar a la hacienda, para escuchar a qué habían venido.

— Oímos por la radio lo que sucedió con tu hija, la policía vino a vernos... Minerva. A preguntarnos si conocíamos a la familia y si teníamos idea de qué había sucedido. — dijo una mujer rubia de ojos azules y de nariz puntiaguda que le daba la impresión de petulancia, arrastrando las palabras.

— Sí, ella está bien ahora. El doctor vino a verla, una enfermera se queda con nosotros y nos asiste. Gracias por tu interés, Narcisa.

— Oh, no es nada realmente. — respondió ella auto- invitándose a sentarse y a tomar una taza de té. Sonrió de forma lastimera, revolviendo el azúcar en cubos y con excesiva fuerza dentro de su bebida. — Nosotros estábamos muy consternados luego de la muerte de tu esposo y pensamos que podrías encontrarte muy mal luego de esto.

McGonagall apenas prestó atención, mientras la mujer sostenía un brazo de su esposo a un lado y bebía té con su otra mano. Frunció el ceño en respuesta y suspiró hablando como si realmente no tuviera tanta importancia.

— Estamos bien. Si antes pudimos sin él, ahora también podremos.

— Eso espero. De todas formas sabes muy bien que Lucius podría ofrecerte un buen trato por la hacienda, si es que quieres olvidar el pasado. Te pagará muy bien y puedes vivir donde quieras con tu hija.

— La hacienda no está en venta, Narcisa. No lo estuvo antes y no lo estará ahora, ya lo sabes.

Narcisa Malfoy respiró pesadamente y ladeó la cabeza para mirar a su esposo que permanecía quieto en su lugar y sin decir nada al respecto. Sus ojos grises viajaban de un rincón a otro, mientras la tensión fácilmente podía cortarse con un cuchillo.

— Ah, por cierto... — continuó ella como si nada. — lamento que mi hijo le rompiera el corazón a tu hija. La verdad, no creí que su relación tuviera futuro alguno. Draco es... ¿cómo decirlo con elocuencia? De otro nivel y buscaba a una chica de su talle.

Minerva se mostró desconcertada y a tiempo porque Hermione entraba de regreso a la hacienda y escuchaba lo que Narcisa había dicho.

De golpe, su corazón volvió a estremecerse y sintió lágrimas por caer. Pero se contuvo.

— ¿Ah sí? Pues ella nunca me dijo que había estado enamorada de tu hijo, Narcisa. Y pues lamento que pienses que mi hija no sea del talle de tu hijo. Él se lo pierde puesto que no sabe de qué está hablando.

Hermione habría preferido que aquella conversación se hubiera suscitado en otra ocasión. En un momento menos embarazoso y donde ella pudiera huir, correr llorando hasta su habitación y jamás salir de allí.

— Sí pues... ¿por qué otra razón tu hija querría lanzarse por una cuesta sin frenos, en una bicicleta? Draco quiso venir a pedir disculpas por haberla sobresaltado de esa manera, pero no tiene razón para...

— ¿Suicidarme? — preguntó Hermione con un grito, desde el vestíbulo y empujando las ruedas hasta encontrarse al fin en el recibidor y encarar a la mujer. — ¿Cree usted que soy tan tonta como para hacer eso y morir por amor? ¿Acaso vale la pena? Además, su hijo no es la gran cosa tampoco. Aprendió a leer muy tarde y yo tuve que enseñarle. Solo estaba pendiente de regalos y de que sus padres le mimaran cualquier capricho, de no ser por mí no habría alcanzado el lugar que tiene en este momento. Siquiera sabe lo que es trabajo duro, ¿cree que será un buen esposo si llega a casarse con ella?

Draco se había puesto de pie mientras ocupaba la silla que Snape había ocupado antes, mirándola con un fulgor amenazante que le hizo desviar la vista de inmediato.

— Hermione... — advirtió su madre.

— Algunos te vieron, dijeron que corrías aprisa en tu bicicleta. Querías escapar.

— ¡Claro que quería escapar! Quería escapar de pensar que alguna vez, ese idiota que ustedes llaman hijo... ¡pudo gustarme alguna vez en la vida!

Y el silencio reinó en la hacienda.