Disclaimer: nada me pertenece, excepto ideas. El resto pertenece a JK Rowling y basado en una novela de Yvonne Whittal

The Slender Thread.

Adaptado, tomada la idea principal más no traducida.


De pie frente a la puerta del hospital, Severus Snape miraba su reloj y trataba de mantener sereno, de no apresurar conclusiones.

Seguramente iría a la fiesta, ¿qué razón tenían para negarse a su humilde invitación? Además de la ansiedad de imaginarse cómo luciría Hermione para la ocasión. Su mente divagaba en miles de posibilidades.

— Te vas a congelar si no entras, Severus. Apoyo la idea de hacer muñecos de nieve, pero no creo que los niños del hospital quieran saber, que luego de derretirse la nieve en primavera, había un hombre bajo un gracioso muñeco de nieve.

— No bromees, Nymphadora. — contestó el doctor frotándose las manos y cuyo movimiento, hizo sonar su reloj rólex de plata.

— ¿Qué esperas aquí afuera, Severus? ¿Abrir la puerta de los coches que traigan a las damas? — escuchó al otro lado y se dio cuenta de que la psiquiatra Sybill Trelawney, miraba con mucho interés y al arribar a la fiesta con un vestido negro que le descubría los hombros y la espalda. Llevaba un relicario familiar y una gran cantidad de anillos y unos largos zarcillos. No entendía cómo se había convertido en una psiquiatra respetada, cuando él siempre pensó que le faltaba un tornillo. Creía en la mala suerte, supersticiones y el hecho de no poderse sentar en una misma mesa, si hacían un número impar.

— No, pero si Severus ya casi tiene dueña. — se le escapó a Nymphadora la pediatra y Snape simplemente alzó la vista en dirección al hospital tras él y tratando de contar las luces de navidad que colgaban de las ventanas superiores, ignorando a ambas mujeres que hablaban de su vida privada.

— ¿No te parece que la decoración de Albus, es un poco sosa este año?

— ¡Deja de eludir la conversación, pillo! — exclamó Trelawney y el doctor Snape deseó que se lo tragara la tierra.

No dijo nada y trató de contar hasta 100, mientras la mujeres se divertían hablando de su vida privada. Sabía que Nymphadora era muy jocosa y siempre le encantaba hablar de más, debía acostumbrarse y dejarlo pasar.

— ¿Esperas tener un poco de acción luego de la fiesta, Severus? — preguntó Sybill y Nymphadora negó con la cabeza.

— No en la primera cita, supongo. Y menos pues porque ésta jovencita, no creo que esté lista para eso.

— Ah, ¡pero si es una jovencita! ¿Cuántos años menos que él tiene?

Y antes de que Nymphadora pudiera hablar, un par de taxis se aparcaron en la entrada. Contuvo el aliento y trató de ver de reojo, a través de las ventanas de los autos que recién aparcaban y recién se cubrían de una pequeña capa de nieve.

Comenzaba a nevar con fuerza.

Y sí, Hermione y su madre bajaban de uno de los taxis y la joven campesina continuaba mirando la silla de ruedas, con cierto desdén.

Deseaba que aquellas mujeres parlanchinas, se alejaran pronto y que Sybill Trelawney no descubriera su secreto. Que no se lo dijera a todos en el hospital y que creyeran que era un viejo verde, en busca de una jovencita, casi una niña en comparación con su edad.

Al demonio, tampoco era un hombre detestable. Si bien tenía su personalidad hosca y fría de vez en cuando, también era capaz de amar y de tratar a una mujer como si fuera una reina.

— ¡Doctor Severus! — exclamó Minerva mientras una numerosa familia de pelirrojos, se bajaba de los taxis. — ¡Qué alegría verlo!

También descendió una jovencita que no había visto antes. Rubia y con hermosos y brillantes ojos, de la mano del más alto de la familia de Ginny Weasley.

Era obvio que todos eran familia y al bajar Pomona Sprout, no pudo escapar de su mirada acusadora.

Pero no tenía tiempo para siquiera decir algo en su defensa, estaba ocupado mirando el hermoso vestido blanco con escarcha azul eléctrico, conformando flores por todo él, de Hermione Granger.

El lazo blanco sobre su cabello rizado y aquellas zapatillas blancas con lentejuelas plateadas. Preciosa.

— En boca cerrada no entran moscas, Severus. — murmuró Nymphadora y de inmediato, regresó en sí.

Maldita mujer.

— Hermione, señora McGonagall... qué bueno que aceptaron mi invitación. — dijo en voz baja, pero la pediatra no podía contenerse.

— Ella es Hermione Granger, Sybill. Ella es la jovencita que estuvo a punto de morir y que Severus salvó, al reconstruir su cuerpo y lo mejor que pudo. Pero no tenía idea de que era tan hermosa, ¡ahora todo tiene sentido! Mucho gusto soy Nymphadora Tonks, pediatra y colega, del doctor Severus Snape.

Odiaba sentirse así, como un experimento y a la vista de todos los presentes en el mundo. Severus Snape lo sabía y trató de despejar la conversación, guiándola en otra dirección.

Hermione jamás había visto una mujer, doctora, con el cabello de aquel color. Púrpura brillante.

— Y su mejor amiga, Ginny Weasley. Una familia numerosa, sin duda alguna. ¡Tiene una hermosa hacienda y llena de árboles frutales hasta donde da la vista! — declaró Snape de inmediato y Ginny asintió rápidamente.

— La hacienda Sundance, a las afueras del pueblo. ¡Podrían ir un día y conocerla un poco, tomar té con nosotros ahí!

Pero y apenas podía prestar atención. Hermione parecía perdida, nerviosa de tantas personas a quien no conocía y el brillo de sus ojos, bajo la nieve, hasta resultaba mucho más intenso de lo que vio jamás en su vida.

— Doctor Severus... — escuchó y bajó la vista a la joven en la silla de ruedas. Ni cuenta se dio de que Sybill y Nymphadora se habían alejado, hablando con la familia Weasley, mientras que tanto él como Hermione, se quedaban solos en medio de la acera frente a la entrada.

— ¿Sí? ¿Qué sucede, señorita Hermione?

— Me congelo, ¿podemos ir adentro? Me temo que el chal que traje, no es el adecuado para estos climas. — susurró tímidamente y Snape simplemente sonrió suavemente, quitándose el largo saco negro de su traje de gala. Lo colocó alrededor de sus hombros y Hermione se dijo que quizá Ginny tenía razón y estaba ciega para no verlo, puesto que temía enfrentarse a aquella realidad donde alguien pudiera encontrarla atractiva.

Sintió su calor de inmediato y aquel mismo perfume que pudo percibir luego de varios encuentros, pero que no podía definir en su aroma mismo.

¿Qué era? Sin embargo resultaba atrapante y suave a sus sentidos.

Al entrar al hospital, la reunión parecía muy animada y desde la recepción apenas. Todo estaba lleno de luces de colores y un gran árbol de navidad, con muchos juguetes debajo de él.

— Son de caridad. — comentó Snape, pese a que Hermione siquiera hubiese preguntado. — la gente solo viene y deja los juguetes, donándoselos a los niños enfermos en el hospital.

— ¡Oh dios, creo que yo olvidé un regalo! — murmuró ella y Snape negó con la cabeza, sonriendo una vez más.

— Descuida. De todas formas usted no creo que esté para regalar, sino para que le regalen.

— ¿Qué isinúa con eso? ¿Que no puedo pagar un juguete?

Se arrepintió de inmediato y trató de cambiar lo que dijo.

— No, pero como nuestro paciente y con tantas heridas... quizá haya un regalo para ti bajo el árbol

La dura expresión en el semblante de Hermione Granger, se ablandó de inmediato y Snape dio gracias a dios, de que así fuera.

— Vaya, creo que no merezco un regalo. Y mucho menos un juguete, dejé de jugar hace muchos años ya.

Tenía que medir sus palabras o de lo contrario, iba a arruinar todo lo que con tanto empeño había planificado.