Hermione apenas podía darse cuenta de la decoración del hospital y algunos niños que corrían alrededor, sosteniendo osos de felpa y aviones de madera, persiguiéndose los unos a los otros. Cada vez que trataba de notar algo, los doctores la detenían en medio del recorrido y le hacían preguntas tan personales que de vez en cuando, no sabía cómo escapar del tema.

Severus Snape y de forma muy caballerosa, intervenía de vez en cuando y simplemente se excusaba diciendo que quizá, Hermione Granger, iba a estar mejor en una silla y que mejor se apresuraba a llegar al salón de conferencias.

Entrar allí fue toda una revelación para alguien como ella, alguien de su clase. Lujoso, con telarañas clásicas sobre el tejado, iluminación suave y una tarima con una gran cortina azul marino y un podio. Una gran mesa con comida de toda clase, ponche y otras bebidas. Mesas con hermosos manteles blancos de volados, con cintas verdes y rojas, borlas doradas y muérdagos colgando en los alrededores. Coronas navideñas con piñas de muy buen aroma.

Para cuando exclamaba sorprendida por la hermosa decoración y la gran escultura de hielo en el centro de la mesa de alimentos, su madre y la familia Weasley entraban junto a la pediatra Nymphadora Tonks y la psiquiatra Sybill Trelawney.

- ¡Es maravilloso, Hermione! - exclamó Ginny Weasley, mientras admiraba la enorme pista de baile. - ¡Podremos bailar por horas y así Bill podrá bailar con Fleur y estrenar ese hermoso vestido que le compró en la tienda y que hasta ahora podemos ver! ¡buen trabajo, pillo!

El joven pelirrojo se sonrojó de inmediato, mientras Nymphadora les acompañaba a escoger una mesa. Antes de que Hermione pudiera seguirlos, Severus sostuvo su silla de ruedas en su lugar y sonrió, inclinándose para poder estar a la altura de su vista.

Hermione también se sonrojó visiblemente, mientras que su mejor amiga no le despegaba la vista y alzaba los pulgares en señal de aceptación y victoria. Cada vez que Minerva se preguntaba dónde estaba su hija, Ginny trataba de distraerla con algún detalle y Nymphadora de igual forma.

Ambas estaban deseosas de ver al "conquistador" en acción.

- Hay algo que quiero que veas primero, señorita Hermione. Algo que creo que creo que va a gustarte.

Sudaba frío y se preguntaba qué podría ser. Con tantos muérdagos por todo el hospital, ¿acaso el hombre iba a besarla? Severus no dijo nada y comenzó a empujar la silla de ruedas en silencio, fuera del cálido ambiente festivo y del dulce aroma a comida navideña y sidra, para subirse a un amplio ascensor.

El silencio comenzaba a matarla y también su suave sonrisa.

- ¿De qué se trata? - preguntó ella suavemente y por un momento se sintió acorralada entre las cuatro paredes y el hombre junto a ella. Miraba los puños de su camisa blanca y simplemente acomodaba sus botones de oro, que parecían ser condecoraciones médicas.

- Hay alguien en el tercer piso, que quiero que conozcas. Ha de estar haciendo rondas de revisión y creo que te encantará.

Pensaba opinar pero al salir, se dio cuenta de qué estaba hablando. Un hombre muy anciano y de aspecto afable, estaba detenido frente a un largo pasillo y frente a un gran vidrio. Le dio la impresión de haber leído: "Sala de maternidad", junto al ascensor.

- ¡Albus! - exclamó Snape y el hombre se dio la vuelta de inmediato. Le acompañaba una mujer que Hermione intuyó, era su esposa.

- Severus, buenas noches. - dijo el hombre con una sonrisa, mientras Severus besaba la mejilla de la mujer, modestamente. - me alegro de que hayas decidido venir por fin, ¿ya no estás nervioso? Y... - pero guardó silencio al darse cuenta de que había alguien con él. - ¡OH, pero si tenemos compañía! Soy Albus Dumbledore y ella es mi esposa, Lucy Dumbledore. Encantado de conocerla señorita...

- Hermione, Hermione Granger McGonagall. - murmuró ella, desviando la vista un poco y nerviosa ante tantas miradas.

- ¡Ah, pero si tú eres la famosa Hermione Granger! - dijo, tomando una de sus manos y besándola delicadamente. - Y vaya que le diste un gran susto a mi amigo aquí presente. Pero ahora me doy cuenta de lo buen doctor que resultó ser mi aprendiz y estudiante, ¡pero mira qué hermosa te dejó! Bueno, digamos que ya lo eras en un principio. Es un gusto que hayas decidido aceptar la invitación y... hay algo que quizá te anime, luego de todo lo sucedido. Algo que te haga recobrar la esperanza en la vida.

Snape asintió mientras Lucy caminaba por una bata de laboratorio y acercaba a Hermione hasta un lavamanos. Luego de lavar sus manos y colocarse guantes y tapabocas, todos entraron junto a la anciana mujer y Hermione soltó un gemido de exclamación y sorpresa, al ver aquellas cunas repletas de bebés. Severus se había inclinado para tomar una pequeña bebé que le dio la impresión de que lucía como Hermione y simplemente la acunó entre sus brazos.

- ¿Quieres sostenerla? - preguntó, acercándose hasta ella e inclinándose lo mejor que podía, sin despertarla. - Vamos, inténtalo.

- No sé si podría, no sé si a la madre le gustaría. Nunca sostuve nada tan delicado, solo crías de animales y nada más.

- Es básicamente lo mismo, solo que éstos no patean ni luchan por su vida. Al menos, no por ahora. - bromeó el hombre y la joven rió suavemente. - te enseñaré cómo se hace.

Y así lo hizo, colocando a la bebé cuidadosamente entre los brazos de Hermione y cuidando que sostuviera bien su cabeza. Por un momento y mientras ella sonreía ante la bebé que bostezaba y abría sus ojos por primera vez durante toda la visita, no pudo evitar verla como la madre de sus hijos y con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón negro de gala, simplemente se sonrió a sí mismo.

Estaba seguro de que eso era lo que quería al final. Y Hermione podía verse a sí misma, como madre, solo por el hecho de estar maravillada ante la vida humana. Ante lo mucho que se quejaba y cuánto luchaban aquellos bebés sin protección, valientes, contra un mundo desconocido.

- Ésto es magnífico, doctor Severus. - dijo sin poderse contener, sin poderlo evitar. Pequeñas lágrimas brotaban de sus ojos color caramelo. Jamás se habría imaginado algo así. Que podría ver la vida tan de cerca y que se sentiría tan acongojada al respecto.

Era un extraño sentimiento que no podía entender ni explicar.

- Y aún no acabamos. - murmuró el hombre, inclinándose para tomar a la bebé de su regazo y colocarla en su cuna. - Aún hay algo que quiero enseñarte.

Hermione sonrió mientras caminaban hacia otra sala en el mismo lugar. Al abrir la puerta, había un sin fin de camas dispuestas en hileras y muchos niños riendo, charlando, comiendo y jugando. Enfermeras yendo y viniendo.

- ¡Oh por dios! - exclamó Hermione ante la gran cantidad de niños en batas médicas, en sus camas o en el suelo, jugando con regalos de navidad.

- Atención niños, he aquí una jovencita sobreviviente de un accidente y que requiere de mucho amor y muchos abrazos. - comentó Albus Dumbledore en alto y de inmediato, todos aquellos niños que podían caminar, se pusieron en pie y corrieron para abrazar al anciano doctor y rodearon la silla de ruedas de Hermione Granger. De inmediato.

Nunca había estado rodeada de tantos niños en su vida, tampoco había hecho muchos amigos y el ruido comenzaba a ser ensordecedor. Una niña de tres años le ofrecía su oso de felpa para que jugara con él y un par de niñas hablaban de maquillaje, de trenzas en el cabello.

- Como puedes ver, aún con todo lo que han sufrido, no pierden las esperanzas de curarse y bueno... - comentó Snape en voz baja. - Si ellos tienen fe, no veo por qué tú no podrías tenerla.

Se sintió un poco abochornada y desvió la mirada. El doctor Snape lo notó de inmediato y trató de mejorar los ánimos.

- Incluso yo aprendo de todo esto, todos los días.

- Lo lamento. Creo que me he quejado sin fundamentos para ello. - contestó ella en un susurro, acariciando la cabeza de una pequeña niña de tres años, con el cabello largo y negro, que la encontraba cómoda y comenzaba a dormirse en su regazo. Sentada sobre sus piernas en la silla de rueda.

- Vamos, Annie... a la cama... - dijo la esposa del doctor Albus, levantándola del regazo de Hermione y regresándola a su cama con mucha calma y cariño.

Asintió en silencio, mientras Severus movía la silla en dirección al ascensor y se preguntaba si tendría éxito, si acaso había planificado bien la velada. Comenzaba a sudar frío, quería enseñarle una lección pero no quería deprimirla.

- Ha sido maravilloso, doctor Severus. - dijo mientras las puertas del ascensor se cerraban. Albus y su esposa había acordado subir en el siguiente, pero Snape estaba seguro de que solo trataban de darle tiempo a solas con ella y se preguntaba si también hablaban del asunto a sus espaldas. - espero que mi madre no se haya preocupado mientras nos fuimos y que no esté pensando en tonterías.

De hecho, al abandonar el ascensor, se escuchó una jocosa canción de cha- cha- chá y Hermione se dijo que de haber sido otra época y tener mejor salud, le habría provocado bailar.

- Supongo que todos estarán bailando para cuando entremos. Estoy acostumbrada a quedarme siempre sentada. - dijo más para ella que para el doctor a su lado.

- Bueno, quizá podríamos intentarlo. Podríamos ver qué tanto puede mantenerse de pie.

- No creo ser capaz, doctor. Lamento ser una pareja de compañía tan aburrida, quizá pueda encontrar a una mujer que en verdad le haga justicia. Además no creo que a mi madre le parezca adecuado que...

Pero el hombre había negado con la cabeza, colocando una de sus manos sobre uno de los hombros de la joven junto a él.

- No es un perro de compañía y solo vamos a bailar, qué ha de pasar.

En eso tenía razón y bueno, tampoco iba a hacer algo malo como para que su madre reaccionara en mala forma. ¿O sí? Y el hombre comenzó a empujar la silla de ruedas, mientras ella regresaba al calor de aquella fiesta, que de una forma u otra le hacía sentir querida y reconfortada.