Año nuevo se acercaba una vez más y los recuerdos de su padre, se agolpaban en su cabeza. No podía evitar recordar el intercambio de regalos, las galletas de jengibre que horneaba con su padre y el tiempo que se tomaban para alimentar a los animales y ponerles tantas mantas calientes como fuera posible.

Su madre era mucho más estricta con las tradiciones, siempre tenía que alimentar y cobijar a los animales sola. Para ella solo eran animales y por mucho que vivieran y le hicieran feliz, tenían que morir algún día.

Y sin embargo, no había estado tan sola como en otras navidades. Severus la visitaba tantas veces como podía y en verdad no se molestaba cuando tuviera que recoger heces de caballo o cepillar y bañar a los cerdos.

Más bien parecía divertirse y relajarse del estrés de la medicina.

Con sus manos llenas de jabón y dos grandes cepillos, Severus cepillaba la crin de la yegua favorita de Hermione Granger.

- Por qué el doctor viene más de lo usual, ¿Hermione? - preguntó su madre, mientras Hermione estaba sentada sobre un cómodo montón de paja en los establos y admirando el trabajo del hombre citadino. Nada mal, aunque parecía que la yegua lo encontraba tan atractivo como ella y cada tanto que podía, le arrojaba agua con sus patas dentro del cubo de madera que tenía a un lado.

- Dijo que un poco de actividad de granja, resultaría relajante y le ayudaría a olvidarse de su adicción al cigarrillo y el estrés de operar. - comentó ella siquiera prestándole atención a su madre y embelesada con el hombre que tenía al frente. Portaba una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos, empapada de agua y jabón, manchas de tierra y sudor. Su cabello estaba más descuidado de lo usual y sus pantalones negros eran un gran contraste con su pálida piel. Un hombre alto y no precisamente musculoso, pero que no estaba mal dotado.

- Ya veo. - respondió su madre, cruzándose de brazos y arqueando sus cejas en duda. - Y si no cierras la boca, las moscas del estiércol... entrarán en ella.

No se había dado cuenta de que había estado mirando al doctor con una expresión de tonta. Ginny quien traía té helado en una bandeja entre sus manos, se apresuró a acercarse a ellas y distraer a su patrona de las preguntas.

- ¿Té helado? - dijo con una sonrisa. - y galletas de mantequilla y limón. ¿Doctor?

El hombre asintió, secándose la frente llena de sudor con uno de sus antebrazos y soltando los cepillos dentro del cubo de agua.

- Muchas gracias. - dijo suavemente y Ginny asintió en silencio, colocando la bandeja en un viejo tocón dentro del establo y colocando una de sus manos sobre uno de los brazos de su patrona.

- Señora... si fuera tan amable de acompañarme, hay algo que quiero mostrarle.

- ¿Y dejar a mi hija sola? - preguntó la mujer con escepticismo.

- Está en buenas manos, señora Minerva. - escucharon una voz que se aproximaba lentamente. La enfermera Sprout se acercaba y trataba de caminar con tacones, sobre un terreno tan disparejo. - yo me quedaré y me aseguraré de que nada suceda. Lo que sea que se esté imaginado, puesto que mi colega es un hombre correcto y respetuoso.

Minerva trató de discutir, pero se quedó sin palabras ante la mirada seria de la enfermera frente a ella. Asintió como si aún dudara de ello y se dejó guiar por Ginny Weasley, hasta abandonar el establo.

- Estás buscando muchos problemas y no siempre estaré aquí para defenderte, Severus.

- Qué puedo hacer, realmente la amo. - comentó el hombre, arreglándose las mangas de la camisa. - y si debo luchar contra su madre, pues eso haré.

La mujer pensaba decir algo, pero la mirada brillosa en los acaramelados ojos de Hermione, le hizo dudar de inmediato.

- Como sea, los dejaré solos por unos minutos y luego volveré. No quiero que su madre también comience a desconfiar de mí.

- Unos minutos me bastan. - comentó el hombre, dando un sorbo a su té helado y sonriendo suavemente.

Sprout asintió en silencio y tomando una galleta y un vaso de té helado, caminó de vuelta a la salida del establo y al cerrarse la puerta tras ella, se escuchó un incómodo silencio.

- Lo siento, mi madre no se detendrá hasta que sepa la verdad. - dijo Hermione con una expresión de tristeza, mientras Snape le alcanzaba un vaso de té helado y un par de galletas.

- Descuida, sucederá muy pronto. No pienso esconderme más y aunque me lo prohíba, encontraré una forma de volverte a ver. - dijo, inclinándose hacia ella y tomando su barbilla con unos pocos dedos, para verla directamente a los ojos. - lo juro por lo que sea que deba jurar.

- ¿Cuándo piensa decírselo, doctor Snape? - murmuró, ligeramente mortificada. - Ella es un poco... ¿vieja ya? No sé cómo lo tomaría y no quisiera, aunque tengamos nuestras diferencias.

- Ya encontraré una forma, no te preocupes. - dijo probando una de las galletas de mantequilla y limón, admirando la yegua tras él. - por ahora, tengo una idea. ¿Por qué no damos una vuelta por el establo? ¿No te gustaría cabalgar?

- Estoy lisiada, doctor. ¿Cómo podría hacer cosa semejante?

- Yo podría montar también. - sugirió el hombre y la joven se sonrojó de inmediato. - y si tu madre tiene alguna duda, podríamos decir que es con fines educativos.

- Ella no se creería cosa semejante, no es tan tonta.

- Tal vez no, pero podríamos intentarlo.

No contestó mientras el hombre pasaba una larga manta sobre la yegua, para secarla. Se mordió el labio y de pronto no encontró queja alguna en montar a caballo y a su lado. No tenía mucha idea de cómo seducir un hombre y mucho menos, sobre la anatomía masculina, pero pensaba que montar a caballo, juntos, afirmaba una proximidad a la que tenía que acostumbrarse.

A tocar y ser tocada. ¿O tal vez se adelantaba?

- ¿Te animas? - preguntó el hombre mientras colocaba una vieja silla de montar, que colgaba en el establo. La joven sopesó sus posibilidades, mientras permanecía sentada en el montón de paja.

- De...acuerdo.