Iba a ser muchísimo más largo, pero ya saben lo ocupada que ando en casa. Disculpen.


Lo que Minerva pensaba que sería un regreso tranquilo, se convirtió en una tediosa conversación que en verdad no quería sostener. El señor Arthur Weasley no tardó en retirarle el largo abrigo de invierno a su madre, mientras tosía gravemente y parecía exhausto. Su asma empeoraba conforme empeoraba el frío en el ambiente, así que la señora Weasley no tardó en traer sendas tazas de té de limón y conducir a su marido, al sillón más cercano. Incluso antes de que pudiera hablar de su viaje, Hermione la había abordado en el salón y diciendo que ambas debían conversar de un tema realmente importante.

— ¿Ha sido el doctor quien te ha metido esa tonta idea en la cabeza? ¿Cómo crees que podré colocar la hacienda a tu nombre? Apenas y pudimos producir algo ligeramente aceptable para la convención de minoristas y conseguir un par de pequeños contratos, ¡jamás podrás pagar las deudas que tenemos! Además de que el gobierno nos está ofreciendo una buena suma de dinero por los terrenos, para expandir una de sus grandes empresas de mercado.

— Debes aprender a confiar en mí, ¡sé que podré manejarlo y además de que tampoco estaré sola! El doctor Snape…

Esperaba que con aceptar que el doctor cortejara a su hija, las ideas de independizarse de Hermione terminarían y tendría con qué distraerse. Parecía que eso le había dado aún más valor de enfrentarse a los retos y comenzaba a perder el control sobre sus acciones, viendo que sus peores temores se hacían realidad y Hermione comenzaba a necesitarla cada vez menos. Bueno, ya lo había perdido desde aquel día en el que había decidido correr en bicicleta por una empinada colina.

— No pienso discutir esto contigo, Hermione. Mi decisión ya está tomada y no hay vuelta atrás.

— Claro, vender la hacienda. Todo este asunto de los empresarios minoristas es sólo un truco. Seguramente te reuniste con varios compradores interesados o funcionarios del ministerio de tierras. Te conozco mejor de lo que crees y no puedes engañarme.

— ¿De verdad? ¿Me conoces? – dijo con un tono de voz sombrío y Hermione se ruborizó de la rabia.

— El doctor Snape…

— Ah no, no asumas que ese hombre querrá comprar al cadáver de un pasado al que vivimos aferradas. Ya pronto verá en lo que se ha entrometido y no quiero decir que un poco de ese amor que te tiene, se perderá con la verdad que verán sus ojos.

Su madre dio un pequeño sorbo a su taza de té y pareció sopesar la idea. Por un momento en el que su hija no miraba, relamió sus labios. ¿De qué se preocupaba? Narcisa le había hecho una jugosa oferta de compra y no necesitaba negarse demasiado, simplemente tenía que fingir que le desagradaba la idea un poco y luego venderla durante la fiesta de fin de año. A fin de cuentas el dinero era suficiente como para pagar una indemnización a sus trabajadores y Ginny seguramente podría encontrar algún trabajo o alguna escuela en la que pudiera educarse, mantener a su familia luego y conocer quizá a un muchacho con el que pudiera casarse y rehacer su vida perdida. Todos salían ganando.

— De acuerdo… - dijo McGonagall en voz baja, frotando sus ojos con dos de sus dedos. – Si tú insistes, ya no quiero tener ésta discusión y menos a fin de año. Pero guardaremos el secreto hasta el día de la fiesta y así podremos sorprender a todos los invitados, para brindar por todo lo alto.

— ¡Está bien! – exclamó Hermione contenta, mientras Ginny regresaba con un par de galletas para el té. – Ginny y yo, acordamos guardar el secreto. No sabes la ilusión que me hace… el poder darle uso a mis conocimientos y todos esos años de estudio con mi padre y todos esos profesores particulares.

Y más emocionado que ella misma, Severus, mientras Sirius y Harry acordaban una reunión para discutir los pormenores de su plan. Potter dictaba las órdenes al camarero y Sirius charlaba sobre los acuerdos a los que habían llegado. En medio de la conversación, el nombre de Lily Evans no tardó en salir a relucir.

— ¿Serás el padrino de su hija? – dijo en un murmullo, con cierto asombro. Sirius no tardó en asentir y sonrió ampliamente. - ¿Desde cuándo que se tienen tanta confianza?

— James, Remus y yo, hemos sido amigos desde muy jóvenes. Al igual que Remus y tú. Cuando Lily y tú decidieron dar por concluida su relación, Remus y ella se encontraron en una cena de beneficencia. El primer y segundo hospital de Londres lo auspiciaba y el dinero recaudado sería donado para las mejoras en el sistema de salud.

— ¿Y qué tiene que ver Harry Potter en todo esto?

— Su padre es un hombre realmente importante y muy conocido en el mundo empresarial. Un hombre que hizo una enorme donación y envió a su hijo con el cheque a la fiesta. Yo me encargué de presentarlos y fue como amor a primera vista. Al principio Lily tenía miedo de estar con el hijo de un hombre tan influyente como James, pero Harry demostró ser un joven muy sencillo. Le permitió trabajar aunque le prometió que nunca le faltaría nada y aun así, Lily paga sus propias cuentas.

— Déjame adivinar. – dijo Snape en voz baja. - James Potter… un rico empresario y muy conocido. - meditó por unos segundos. – intenta ganarse el carisma de la gente y de seguro lanzarse a candidato como alcalde, gobernador o primer ministro. ¿Por qué otra razón se malgastaría su dinero en una cena de beneficencia? A menos que sea un verdadero altruista, lo cual dudo.

— No digas esas cosas aquí, menos frente a Harry. Sé que no tienes buena idea de "algunas" personas debido a Hermione pero…

— Esto no tiene nada que ver con ella ni con Lily. Ese hombre es tan conocido y sin embargo yo no he oído ni una sola palabra a su nombre. Otro gran magnate que quiere lanzarse como político, haciendo una buena acción. Típico...

Antes de que Sirius pudiera contestar, la sonrisa de Harry detuvo la conversación entre ambos hombres y Severus se percató de que llevaba mucho tiempo mirándolos con detenimiento y que quizá había escuchado pequeños retazos de lo que había dicho. Se sintió de pronto avergonzado, pero no quiso desistir de sus convicciones.

— Lamento entrometerme, pero llegó un momento en el que la conversación se hizo lo suficientemente audible como para que yo pudiera enterarme. También lamento que tenga tan mala idea acerca de mí y de mi padre, pero le puedo asegurar que Lily está en buena compañía. Siempre cuido de su integridad física, espiritual y mental. Mi único propósito en vida es hacer de ella, la mujer más feliz del mundo y también a nuestra bebé en camino. Desconozco la razón por la cual usted y Lily dieron por terminado su romance, pero le puedo asegurar que ella no le guarda rencor alguno y siempre me habla bien de usted.

— ¿Está queriendo decirme que como ella habla bien de mí, debo cambiar mi forma de pensar al respecto de las…?

— ¿Personas como yo? – le interrumpió el joven de ojos verdes y luego negó con la cabeza. – Sé que piensa que los empresarios vamos a una cena de beneficencia, solamente a donar nuestro dinero puesto que no tenemos nada mejor qué hacer con él y mientras explotamos a nuestros trabajadores y les damos pocas garantías y derechos, para luego hacer campaña política y comprar el país. Al menos en mi caso esa regla no aplica y todavía no ha existido billete que pueda tentarme a cambiar de parecer.

— Te lo dije, Severus. – respondió Sirius alzando su vaso de whisky. – mejor brindemos por la salvación de la hacienda y por hacer feliz a Hermione Granger.

Los tres hombres no tardaron en chocar copas a la salud de la pareja y la hacienda, mirando balances de contabilidad y leyendo los derechos y deberes en los contratos. El estado parecía haber ofrecido una gran suma de dinero pero por alguna extraña razón, Minerva McGonagall había rechazado la oferta.

— Puede haber dos razones por las cuales, la señora McGonagall no quiso venderle la hacienda al estado. Pudo haber alegado que se pondría al día con los pagos, lo cual dudo mucho con lo que Harry nos muestra como activos, pasivos y capital. O puesto que encontró un comprador que ofreciera una suma mucho mayor y como la hacienda aún está a su nombre…

— ¿Pero puede el comprador hacerse cargo de las deudas? El estado ofreció una jugosa suma, ¿quién podría estar tan loco como para doblar, triplicar o centuplicar? – preguntó Snape con curiosidad, sin podérselo creer.

— Una vez traspasado el inmueble. – continuó Sirius. – el nuevo dueño recibe la vieja deuda con su compra, se traspasa de igual manera. Aunque no estoy seguro de por qué alguien querría ofrecer más dinero y detener al país de expandirse.

— Según sé, la señora Minerva alegó que le debe dinero al estado y a los acreedores.

— Quizá sólo a los acreedores — objetó Harry. — puesto que con el estado logró llegar a un acuerdo amistoso y parece que puede pagar sus cuentas de luz, de agua y sus impuestos. No puntualmente, pero no ha dejado de pagar sus compromisos con el estado. A no ser que en verdad planifique devolverle la vida a la hacienda en bancarrota, debe haber algo más. Lo pondré en términos que usted pueda entender, doctor Snape. La hacienda Sundance era muy conocida por su producción agrícola y casi fue una de las primeras de su pueblo. Llegó la competencia con el señor Lucius Malfoy pero continuó siendo la mejor del sector, con amplios y fértiles terrenos y una gran vista de seguro. La exitosa producción no tardó en atraer la atención de comerciantes inescrupulosos, a quienes no les interesaba lo hecho en casa sino expandirse y explotar a sus empleados, con las nuevas "tecnologías". Un sinfín de depredadores para asechar día y noche, pero el señor Marcus Granger no se rindió y decidió no vender los derechos de sus tierras fértiles y tan bonitas, a la modernización y los alimentos sintéticos. Eso enfadó a las mafias que trabajaban para los grandes de la época y contaminarlo todo, hundir su reputación, era la mejor idea. Venían disfrazados de personas interesadas en sus productos y pedían cantidades exorbitantes de mercancía, en plazos ridículamente cortos. Una vez que destruyeran toda la producción, el señor Marcus no podría cumplir con los pedidos y comenzaría a deberles dinero. Imagino que son las deudas que se han acumulado durante los años y con intereses realmente deshonestos. Llevándolo a la bancarrota, no tendría más opción que vender.

- Ahora que lo pienso en detalle, la familia Malfoy parecía muy interesada en comprar la hacienda. Pero si está en bancarrota y asediada por la mafia comercial, por qué…

— Probablemente por orgullo. – contestó Sirius. – envidia y poder decir al fin, que vencieron a la familia Granger y en su propio juego. Luego seguramente la venderán al estado por lo que sea que pidan. Según entiendo, el señor Malfoy es un hombre con mucho dinero y muy resentido.

— Pero si la familia Malfoy comprara la hacienda, dichas mafias no… ¿irían a por ellos?

— Si no han vuelto desde que el señor Marcus murió, dudo mucho que vuelvan por los nuevos compradores. Han de imaginarse que la hacienda ya no es capaz de sustentarse por sí sola ni producir algo digno, seguro creen que han vencido. Si no quiere vender, pues entonces tampoco produce. Y una vez que se marchen por su propia cuenta, luego de caer en la pobreza y apenas comer, obtienen los terrenos de todas maneras. Ya para qué molestarse. – opinó Harry, pero Sirius compuso una extraña expresión sombría.

— A menos que el nuevo comprador sea capaz de salir de la bancarrota y en ese caso tendrían que volver para terminar el trabajo. — susurró Srius como para que nadie pudiera oírlo.

— El señor Malfoy de seguro ya debe saberlo, para el momento en el que hablamos. – contestó Snape y Sirius asintió, mirando al camarero con la cena y otra ronda de bebidas. – pero hay algo que no comprendo de todo el asunto que discutimos desde hace horas. Si tanto querían el terreno, por qué se han detenido. Puede que la hacienda cayera en bancarrota, pero si nunca deciden mudarse y pues… ¿trabajar en alguna otra cosa?

— Ese es un buen punto, doctor Severus. – pensó Harry con detenimiento. – bueno, lo asocio a la diferencia de épocas. Quizá ahora los controles son más rigurosos y los mafiosos se lo piensan dos veces antes de actuar.

— Es un terreno casi baldío, ¿quién sabría la verdad si se les ocurriera ase…?- murmuró Snape, suprimiendo un escalofrío de repente y perdiendo el habla.

— Quizá sus técnicas han evolucionado tanto como la época y están fraguando un nuevo plan. – le interrumpió Sirius y Snape se encogió de hombros. Tenía que admitir que sentía miedo por la vida de Hermione y las personas que vivieran en aquella hacienda.

— Ojalá lleguemos a una época en la que los mayoristas y minoristas puedan convivir en paz y armonía. – suspiró el doctor, sosteniendo los cubiertos y listo para cenar. – supongo que por ahora son simples sueños sin poderse volver realidad.

Podía catalogar la reunión como un éxito, siempre y cuando la madre de Hermione cediera los derechos de la hacienda. Apenas y podía dormir pensando en todo lo que había visto y oído durante la tarde. Si Harry Potter tenía razón, los acreedores debían estar planificando una mejor forma de hacerse con el objetivo. Sí, el padre de Hermione tenía una gran cantidad de hermoso terreno y buena infraestructura que estaba en decadencia debido a las deudas, pero muy recuperable desde su punto de vista. Lo poco que había visto, ganado y cultivos, frutales, parecía darse muy bien sin mucho esfuerzo y qué comerciante no querría semejante ganga. Ya que no podía dormir, había estado leyendo acerca del negocio del mercadeo de productos, bienes y servicios, descubriendo un par de detalles que no había tomado a consideración. El avance de la evolución era indetenible y la tecnología pronto alcanzaría a lo tradicional. Máquinas que hicieran lo mismo que un hombre hacía en semanas o meses, sólo en minutos. Plantar, cosechar, pruebas de calidad, empaquetar y distribuir, toda una larga cadena que podía realizarse en un mismo día. Mayor ventas con mayores ganancias, por obvias razones, y necesitar terreno parecía muy obvio. Lo único que no podía entender era la razón por la cual el señor Lucius Malfoy seguía en el negocio. A no ser que ya se hubiera vendido a la industrialización. Suponía que las grandes cadenas de mercado que estaban surgiendo, creaban mayores puestos de trabajo y quizá mayor seguridad para los trabajadores. ¿Y a qué costo? ¿Acaso la tecnología siempre era la mejor solución?

Y antes de quedarse dormido con el libro sobre su regazo, en la cama, el teléfono no tardó en despertarlo con su incómodo sonido. ¿Quién podía llamar a semejantes horas? A no ser que se tratara de una emergencia pero no estaba de guardia y al día siguiente se llevaría a cabo la fiesta de fin de año en el hospital.

"Buenas noches… señor Severus. Tiene una llamada desde el primer hospital de Londres, ¿quiere que lo conectemos?"

— Por favor… y gracias. – contestó, frunciendo el ceño. ¿Qué podía ser?

— ¿Severus? – la voz de Bellatrix Lestrange no tardó en escucharse y se preguntó qué diablos podía querer. – Lamento la hora pero recién he podido desocuparme de mi trabajo y esperaba que pudiéramos conversar un momento.

— Si quieres hablar acerca de lo sucedido en el hospital, yo…

— Me preguntaba si pensabas asistir a la fiesta de fin de año. Rodolphus no puede asistir ya que tiene una fiesta con sus padres y…

— No lo sé, no creo que asista. Estaré muy ocupado mañana y me temo que quizá me lo pierda. Pero así es la vida, ¿no es así? Siempre poniendo planes contra nuestra voluntad. Espero que te diviertas y saluda a Rodolphus de mi parte, por favor. Hasta luego y que tengas una buena noche.

Ni siquiera quiso escuchar lo que la mujer tenía para decir, colgando el teléfono y mirando su traje de gala junto al espejo de su armario. Tenía mejores cosas que hacer que ser el plato de segunda mesa de una mujer casada, comprometiendo su integridad y buenas costumbres. Sonrió mirando sus mocasines de vestir en el suelo junto a su cama y se arrojó de vuelta a las almohadas, con las manos tras su cabeza e imaginándose el rostro de sorpresa de su amada al contarle sobre sus planes. Ahora tenía idea del presupuesto para poner a la hacienda de vuelta al ruedo, que tenía que admitir ser una gran suma de dinero.

Un grupo de empresarios que desconocía y cuyo pasado, Sirius se hacía cargo de investigar.

Al amanecer y muy temprano, ya estaba de pie y mirando el clima de la ciudad por la ventana. Nevaba con gran fuerza pero su corazón continuaba casi como un horno a leña, alimentado por la anticipación de aquel día y todo lo que acontecería.

En la hacienda, todo parecía un caos organizado. Ginny iba y venía con vajilla festiva y manteles para decorar las mesas en el jardín junto al árbol de manzanas y el columpio de caucho. Sus hermanos Fred y George habían construido una hermosa tienda con madera y sogas bien atadas, formando un entretejido bastante atractivo. Con una muy colorida tela que sirviera como techo y de la cual colgaba una enorme lámpara de cristal con una luz muy brillante. Madera bien pulida que Molly y la señorita Sprout se encargaban de adornar con flores y enredaderas, mientras Ron y su padre se encargaban de nivelar el césped y retirar todos los escombros.

Una gran fuente de ponche y mucha comida que ni siquiera comprendía cómo su madre había logrado conseguir. Centros de mesa florales que Minerva se encargaba de supervisar mientras que Bill, Charlie y Percy, cargaban las mesas y sillas para ponerlas debajo de la tienda.