Bueno, vamos a actualizar por aquí. Espero que les guste y pues, cualquier cosa que necesiten decirme, ya saben que comentar es el modo.

Feliz lectura.

La sorpresa del doctor Snape I

La fiesta de fin de año más animada en la que había estado jamás. Ni siquiera los agasajos de Albus Dumbledore, podían mejorar semejante celebración. Miraba a su alrededor, mientras las parejas bailaban y reían, charlando frente a la mesa central de bocadillos, mientras Hermione mantenía su cabeza hundida en su cuello y contemplaba lo mismo que él, con ojos risueños y alegres.

Parecía aliviada de poder dejar de ocultarse y aunque aún podía notar cierto nerviosismo en su mirar, estaba menos ansiosa que él.

Se sentía como un tonto, al estar hecho un manojo de nervios. Tenía treina y ocho años de edad, tratando de salir con una jovencita que apenas y entraba en sus veinte. Un renombrado cirujano de ciudad, casándose con una campesina que recién conocía. De seguro, buen material para muchos chismes de pueblo e incluso, para una novela cursi.

- ¿Qué es lo que le pasa, que lo noto tan tenso? - la voz de Hermione era como un susurro en su oído, al tener su rostro hundido prácticamente en su cuello.

- He estado pensando... - comenzó el doctor, sin despegarle la vista a Minerva McGonagall, que parecía responder preguntas constantes, de sus familiares y amistades, acerca de él. Podía ver cómo le susurraban cosas al oído y le señalaban, haciendo que la mirada de la madre de Hermione y su mirada, se encontraran y sostuvieran de repente. - que debería socializar más, con todas éstas personas. No quisiera que pensaran que soy un doctor estirado y engreído, que se cree gran cosa como para charlar con los invitados.

Hermione se reincorporó lentamente, mientras Severus se acomodaba en la silla para mirarla. La joven a su lado, sonrió dulcemente y acomodando su cabello. Tenía un aspecto rozagante y muy llamativo. Un brillo hipnótico en sus ojos.

- Pero si lo hace, quizá todos piensen que se está esforzando demasiado.

- No hay punto medio. - arqueó una de sus cejas y Hermione no pudo evitar reír, besando una de sus mejillas y acariciando la piel con su pulgar.

- Pero si algo es cierto... - continuó, tomando un vaso con ponche y dando un pequeño sorbo para humedecer sus labios. - es que debo agradecerle por todo lo que ha hecho por mí. Ahora me siento más segura de mí misma, mucho más confiada de que soy capaz de lograr lo que me proponga. Como por ejemplo, recuperar nuestra hacienda.

Severus despegó los labios para dar su opinión al respecto, pero se vio interrumpido por un alto y barbudo hombre que tenía un aspecto de haber vivido por muchos años en el bosque.

- ¡Hagrid! - oyó que Hermione exclamaba, mientras aquel alto y barbudo hombre, rodeaba su silla para detenerse junto a la silla de ruedas de su novia, para levantarla con poco esfuerzo y abrazarla con gran efusividad.

Jamás había visto algo así, en lo que llevaba de vida. Le resultaba claro que el hombre debía sufrir de un común caso de gigantismo y el exceso de vello facial y corporal, le pareció también muy típico. Hizo un amago de sonreír, pero aún así el hombre estrechó sus manos con excesiva fuerza. Sus dedos eran como el doble de los suyos.

- Está un poco pasado de peso, mamá siempre lo dice. Tiene una debilidad por los postres y la comida en general. Pero más los postres. Tiene un enorme perro que cuida su cabaña en Escocia. Faang.

Intentaba prestar atención a lo que su novia decía, pero no podía despegar la vista de la pareja que recién había llegado.

La familia Malfoy.

Draco, ataviado en lo que seguramente era su traje más costoso y con todo el oro posible en sus accesorios, miraba con una expresión de petulancia a su alrededor. Sus ojos rápidamente hicieron contacto con la mesa en la que él se encontraba sentado junto a Hermione. La joven mantenía su cabeza hundida en su cuello y a Severus le dio la impresión de que había causado gran sobresalto en el muchacho. Se apartó de sus padres, tras saludar a Minerva, para dirigirse a la mesa central donde se habían sentado ambos.

- Buenas noches. - saludó sin mucho entusiasmo, pero su voz sobresaltó a Hermione de inmediato y le hizo levantar su rostro del cuello del doctor. Se ruborizó al ver la ceja arqueada en el pálido rostro del rubio.

- Buenas noches, Draco. Supongo que ya conoces a mi doctor, Severus Snape. - comenzó y antes de que Draco implicara acerca de lo que había visto, se le adelantó. - Y también mi prometido, recién obtuvimos el permiso de mi madre y hoy nos presentará formalmente como pareja. - finalizó su explicación tomando el brazo de Snape que tenía más cerca.

- ¿Prometido? - murmuró por lo bajo. Pero la mirada en los ojos de Hermione, demostraba cierto desafío que sólo veía cuando su madre la acusaba de no poder con la responsabilidad de la hacienda.

- Ya comprendo. - fue lo único que Draco dijo, tras un silencio largo y tedioso. Introdujo sus manos en los bolsillos, tras peinarse su bien arreglado cabello rubio y sin ninguna necesidad. En cambio ella, sintió el deseo de agregar algo más.

- Además, mamá nos traspasará la hacienda. ¡Yo misma la pondré a valer!

Ante aquellas palabras, Draco se permitió reír fríamente y negó con la cabeza un par de veces. Sin embargo, Hermione no suavizó su expresión ni un ápice.

- Semejante tontería. Una mujer frente a un negocio tan cruel y despiadado. No sobrevivirías ni un día. Me sorprende que tu madre...

- Pero es que ella no estará sola, yo estaré a su lado. La dama aquí presente, es tan capaz de conseguir el éxito, cómo tú y yo.

- Imposible, la hacienda está en bancarrota. Mi padre dijo que sólo alguien con mucho dinero, podría amortiguar una deuda semejante.

- En ese caso, quisiera poder decir que...

Pero se vio interrumpido nuevamente, al acercarse la madre del joven y su padre. Se levantó para estrechar la mano del hombre y besar la de la mujer, respectivamente.

- Pensaba que Minerva mentía, pero ya me doy cuenta. Supongo que Hermione siempre tuvo sus encantos y supo cómo usarlos con su doctor. ¿Ya ves, Draco? De eso he estado intentando hablarte por años y años, sobre la influencia de las mujeres. - dijo con un tono seco y ciertamente despectivo, que no pasó por alto a los oídos de Severus.

- Con todo respeto y el que se merece como mujer y en presencia de su hijo y de su marido, creo que ya ha sido suficiente. Sin importar las causas que llevaron a la ruptura de lo que seguramente era una relación muy prometedora, no tiene ningún sentido buscar culpables. Y quizá no sea yo quien deba aclararlo, pero desde que conocí a la señorita Granger, caí perdidamente enamorado a sus pies. No fue ningún encanto, quizá fue magia, si quiere llamarlo de esa manera, pero no concibo mi vida sin ella. Es inteligente, dulce y encantadora. ¡Además de bella y rozagante! Así que considero que su hijo es un tonto por dejarla ir.

- ¡Oiga... le exijo que...! - comenzó Narcisa, alarmada y con los ojos bien abiertos como platos. Pero Severus no se detuvo.

- Ya no podrá exigir nada más, me temo. Hermione y su madre ya han soportado lo suficiente, y ya es hora de que las piezas en el juego se inviertan finalmente. He estado pensando que a nuestro hogar, quiero decir La Hacienda, le hace falta un nuevo decorado.

- ¿¡Qué!? ¿¡Cómo se atreve!? ¿¡Qué insinúa...!? - respondió Lucius Malfoy con rudeza, interponiéndose entre Severus y su mujer.

- Insinúo que quizá no reciban un regalo de fin de año. Al menos no lo que esperaban.

Narcisa Malfoy perdió todo el color de su rostro, mientras Severus sonreía apenas suavemente. Por un tiempo Hermione temía que los Malfoy jamás le aceptaran, pero ahora era lo que menos importaba. El doctor Snape se mantenía firme en su posición y algo en sus palabras, había despertado un extraño rugido de guerra que jamás había sentido antes. Como si su padre estuviera allí, defendiéndola de sus enemigos.

Al marcharse la familia, Severus volvió a su asiento, respirando profundamente. Era un hombre tranquilo, jamás había tenido que alterar su carácter. Pero Hermione, bien valía la pena. Giró su rostro para observarla, no pudo descifrar la expresión en su rostro. Felicidad tal vez, nervios, pequeñas lágrimas algopándose en sus brillantes ojos color caramelo.

- Lo siento si he sido inoportuno, pero como doctor considero que la verdad siempre debe ser dicha. Duela o no.

No dijo nada y optó por otra táctica de acercamiento y para demostrar su punto. Sostuvo el rostro del doctor con ambas manos, acariciando su pálida tez y mirando fijamente sus ojos negros como el ébano.

Besó sus labios suavemente, tomándolo por sorpresa pero muy pronto dejándose llevar por el dulzor de sus pequeños labios.