Capítulo 34: La felicidad tras las lágrimas

La tensión podía cortarse con un cuchillo y las miradas se encontraban totalmente fijas en el doctor y en el rostro de su madre, que estaba tan blanco como una hoja de papel.

Por un momento comenzó a temer por la estabilidad emocional de su madre y también por su salud.

- Yo… no sé qué decir. Esto es tan… inesperado. – respondió Minerva tras un considerable lapso de tiempo en silencio. Esperaba formalizar el noviazgo de su hija, en la fiesta de navidad, pero no esperaba que el doctor le pidiera matrimonio tan pronto. No estaba segura de lo que debía responder. Lo que menos quería era ganarse el desprecio de su hija, pero al mismo tiempo temía acceder muy pronto y que todo terminara en una pesadilla.

El doctor Snape se veía como un hombre respetable, pero temía que simplemente fuese una fachada y que su hija se viera en la misma situación por la que tuvo que atravesar, a lo largo de su matrimonio. Como decía aquel famoso dicho que conocía muy bien: "Caras vemos, pero corazones no sabemos".

- Realmente amo a su hija y estoy dispuesto a todo por ella. Sería capaz de hacer cualquier cosa, con tal de casarme con ella.

- Creo que debería ser la señorita Granger quien decida, señora McGonagall. Entiendo que es su hija, pero creo que ya está en la edad de decidir lo que crea mejor para ella. – se aventuró Sirius Black, sin dejar de sonreírle a la sonrojada joven que se mantenía en silencio y con la mirada totalmente fija sobre el doctor Snape. La mujer prácticamente se sentía apabullada con tamaño argumento, así que ladeó la cabeza para mirar a su hija a un lado de ella.

- Yo… - ¿qué podía decir? Si aceptaba, su madre seguramente se pondría furiosa y tal vez no estaba tan preparada para una vida en familia y lo que representaba para la sociedad, estar cansada tan joven y con un hombre que le duplicaba la edad.

- Hermione Granger… ¿me concederías el gran honor de convertirte en mi esposa?

No supo exactamente por qué, pero de pronto recordó todas las palabras que el doctor había dicho, desde el mero momento en el que lo había conocido. Desde el principio; había sido el único que había creído en sus sueños y jamás se había negado, por más ridículos que fuesen sus planes y peticiones. Le recordaba tanto a su padre, que le resultaba increíble no creer que quizá se trataba de él pero en otro cuerpo.

Desde un principio, Severus Snape había sido totalmente sincero en sus intenciones de desposarla y permitirle perseguir sus más profundos deseos. No estaba en contra de que iniciara sus estudios para dirigir la hacienda e incluso ofrecía su propia herencia de años y años de arduo trabajo, para costear cada uno de sus caprichos.

Y tenía intenciones de devolverle cada centavo, si aceptaba su propuesta.

- ¿Y bien? – la chillona voz de su tía Umbridge rompió con el inquietante silencio y tras dar un pequeño vistazo a su alrededor, Hermione pudo darse cuenta del rostro de Draco Malfoy y su familia, al parecer poco contentos de la nueva conquista que aquella niña campesina había hecho.

- Doctor Snape… yo… - sintió un par de lágrimas, corriendo a lo largo de sus mejillas y tuvo que inspirar profundamente para recomponerse y poder continuar. – Yo, Hermione Jean Granger, estaría más que halagada de convertirme en tu esposa. – las exclamaciones de sorpresa, no se hicieron esperar, así que se aclaró la garganta para continuar. – Eso quiere decir que acepto. – y volvió a repetirlo, para que a su cerebro y al resto de su cuerpo, no le quedase ninguna duda. - Acepto a convertirme en su esposa.

No estaba segura de haber visto tal emoción, en el serio rostro del doctor que había conocido ya hacía un par de semanas o tal vez un mes. Su pálida tez se encontraba teñida con un rojizo rubor que había comenzado a aparecer desde la base de su cuello y que se expandía rápidamente por todas sus facciones. El doctor Snape no era un hombre que demostrara sus sentimientos muy a menudo, pero con ella era un hombre totalmente diferente.

Esperaba que no se tratase simplemente de la magia de la conquista y que ésta se consumara tras los primeros días del matrimonio, para terminar como otra de esas parejas que hacían del divorcio algo cada vez más y más común.

Y los invitados tras un breve lapso de confusión, prorrumpieron en aplausos. Pero al parecer; el doctor Snape no había terminado. En medio de las ovaciones y las felicitaciones que la hacían sentir realmente pequeña, por el bochorno de ser el centro de atención, el hombre volvió a golpear suavemente su copa de champán con una cuchara de plata, pidiendo silencio.

- Ahora que finalmente nos hemos comprometido, me tomaré el dichoso placer de entregarle a mi esposa, mi regalo de bodas por adelantado. – Sirius asintió en silencio, apartándose de la mesa y caminando hasta detenerse a un lado de Minerva McGonagall. Sostenía una gran cantidad de documentos, apenas y unidos por un gran clip metálico. Se acomodó su traje de gala negro y se pasó una de sus manos por el cabello, alisándoselo inútilmente ya que era realmente rizado y un poco desordenado. – En sus manos, el señor Black tiene los documentos para el traspaso de la hacienda. Un gran experto en economía, cuyo nombre es Harry Potter. – algunos invitados comenzaron a susurrar en voz muy baja, así que supuso que sí era tan conocido como Black había mencionado. – Realizó un arduo estudio de los terrenos y nos permitió hacer un estimado de la deuda que pesa sobre éstas hermosas tierras, con lo cual ya he comenzado a pagar buena parte de lo que se debe. He decidido invertir en el sueño de mi prometida y espero que usted sepa apoyarnos.

- ¿¡Qué!? ¡Pensaba que teníamos un acuerdo, Minerva! - la agitada voz de Narcisa Malfoy fue lo único que se escuchó en medio de la celebración, mientras Hermione fruncía el ceño y miraba a su madre sin entender una pizca de lo que pasaba. – Prometiste que si aceptabas el romance de tu hija, estaría lo suficientemente distraída como para continuar pensando en la hacienda y finalmente nos la venderías como acordamos. ¡Hicimos un trato!

- ¿¡Hiciste qué cosa!? – exclamó Hermione, tratando de dominar la cólera que la embargaba. – Ahora comprendo la razón por la cual estabas tan "contenta" con mi relación con el doctor. ¡Querías que me distrajera y que lo olvidara! ¡Que el doctor me convenciera de trabajar en otra cosa y que me llevara muy lejos de aquí, para que así pudieras vender nuestro hogar, al mejor postor! Y yo que creí que finalmente comenzábamos a dejar el pasado atrás y que estabas realmente de acuerdo con nuestro noviazgo. ¡Volviste a engañarme, así como lo hiciste cuando era niña! ¡No te importa mi felicidad, más que tu propio beneficio! – dijo con un tono mordaz que prácticamente dejó helada a toda la mesa y causó que su mejor amiga dejara escapar un gemido de terror, al ver la expresión de profunda tristeza en el rostro de su patrona y madre de Hermione Granger. – Pero sabes una cosa mamá… - sus labios se curvaron hacía arriba, en una sonrisa cargada de puro sarcasmo. – El doctor puso la hacienda a mi nombre y ha pagado gran parte de la deuda, así que pronto volverá a ser nuestra. O más bien yo diría que mía… - dio un fuerte suspiró y retrocedió ligeramente con su silla de rueda. – Muy pronto te demostraré cuán mucho es lo que vale y qué tan bajo intentabas venderla.

Sin decir ni una sola palabra más, dio la vuelta y comenzó a empujarse en dirección de la enorme casa, mientras el resto de los invitados permanecía en silencio y como si de pronto el tiempo se hubiese detenido y no pudieran siquiera mover un solo músculo.

Tras unos minutos, la mujer al tope de la mesa, se había llevado una de sus manos hasta su rostro y había sollozado audiblemente. Narcisa Malfoy sin embargo, simplemente había arrojado su servilleta sobre la mesa, al levantarse violentamente y de mala gana, seguida por su esposo y su hijo, marchándose de la fiesta de inmediato.

Por un momento, el doctor Snape se preguntó si debía seguir a la mujer que amaba o si debía intentar enmendar las cosas con su madre. Los invitados no dejaban de murmurar a su alrededor y muy pronto se reunió con Sirius y Remus.

- Creo que hemos destapado algo en lo que no debimos siquiera entrometernos, Severus. – Remus fue el primero en hablar, realmente tenso. – Me preocupa que puedas causar más problemas que alegrías, en esta familia.

- Quizá sea la primera vez que lo defiendo y la última, al menos fuera de lo legal, pero esta vez Snape no ha tenido la culpa. ¿Cómo iba a saber que su madre tenía planificado vender la hacienda por debajo de la mesa y apenas se casaran, utilizando su romance como cortina de humo para distraer a su hija?

- Deberías hablar con ella, Severus. – la tranquilizadora voz de Pomona no pudo llegar en mejor momento, mientras continuaba de pie como si sus piernas estuvieran atornilladas a la madera de aquella tienda, aun con el contrato entre sus manos y lo que pensaba que sería el regalo perfecto, convirtiéndose en todo un desastre de fin de año. – Tienes que aconsejarle, evitar que se separe de su madre y que termine guardándole rencor. Es prácticamente su única familia y la señora McGonagall ya es una mujer mayor. Podría hacerle mucho daño.

- Lo intentaré. - su voz apenas y era un susurro, finalmente colocando los documentos en manos de Sirius y abandonando la tienda en silencio e intentando pasar desapercibido, tras recibir una pequeña palmada en la espalda de parte del abogado Sirius Black y para infundirle ánimos.

Mientras caminaba de vuelta a la casona, intentaba preparar mentalmente lo que debía decir, pero no encontraba palabras que pudieran solucionar lo que acababa de suceder y al empujar la puerta principal, de pronto tuvo miedo de no poder consolar a la mujer que amaba y entonces perderla definitivamente.

De todos modos no le fue difícil encontrarla, en medio del recibidor y dándole la espalda mientras que parecía que se secaba un par de lágrimas con sus manos. Se aproximó de la forma más cautelosa que pudo, pero asegurándose de imprimir sus pisadas en el también suelo de madera, para no tomar a la joven por sorpresa.

Hermione se dio la vuelta por unos segundos y efectivamente pudo constatar que lloraba, con el rostro totalmente rojo y humedecido por las lágrimas. Caminó hasta rodearla y se puso de cuclillas, mientras ella intentaba ocultar su rostro de él y trataba de borrar todo rastro de debilidad que pudiera delatarla.

- Hermione… - comenzó, pero no supo qué decir.

- Mamá volvió a mentirme. Creí que realmente estábamos recomponiendo nuestra quebrantada relación y que finalmente estábamos en la misma sintonía. – antes de que pudiera decir algo, ella prosiguió. - ¿Sabe? No estaba realmente segura de casarme, pero de pronto sentí que mi madre me apoyaba en todo y dejé de tener miedo. Cuando comencé a sentir algo por usted, tuve mucho miedo de sufrir y siendo tan joven, meter la pata. – sonrió lastimosamente. – Pero mi madre me llenó de confianza y estaba por decirle que sí.

- Estoy seguro de que tu madre no lo hizo por maldad. Ella simplemente quiere lo mejor para usted y pensó que quizá necesitaba otra vida. Poder realizarse. Sé que debió consultártelo primero y también a la señorita Weasley, pero estoy seguro de que lo hizo puesto que le preocupaba la integridad física y mental de los trabajadores de la hacienda y la tuya. Tenía miedo de no poder continuar manteniéndote como mereces, además de que sufriste un accidente. Tienes que entender su postura también.

Esperaba que sus palabras bastaran para calmar los tensos ánimos de la mujer que tanto amaba, pero se aseguró de sostener sus manos con mucho cuidado y besarlas suavemente.

- Tuya es la hacienda y tú podrás disponer de ella. Decidir lo que quieras hacer de ahora en adelante. – suspiró antes de continuar, para recuperar un poco de aliento ante la agitada noche. – Solo te pido que consideres a tu madre y por sobre todas las cosas, que no dejes de hablarle o guardes rencor en tu corazón. Después de todo, es la única familia que te queda. Al menos, directa…

Permaneció en silencio durante un lapso de tiempo que le pareció eterno, simplemente observando fijamente a la joven en la silla de ruedas y mientras ella se mordía el labio inferior como si sopesara sus palabras y el efecto a futuro que pudieran tener sus decisiones.

- Recuerda que tu madre es una mujer mayor ya y podría enfermar de forma irreversible. Y no queremos que eso pase, ¿cierto?

- No. Pero…

- Descuida, hermosa… - sonrió dulcemente, sosteniendo su rostro entre ambas manos y secando sus mejillas con sus pulgares. – Yo compré la hacienda y la he puesto a tu nombre. Muy pronto acabaré de pagar todas las deudas y así podremos empezar de nuevo. Hay ciertas amistades que me prometieron su ayuda y estoy seguro de que una vez que esté por el buen camino, podrá producir lo suficiente como para retribuir todo el dinero que habremos puesto en ella. Volverá a ser el esplendoroso hogar que una vez conociste y estoy seguro de que tu madre se sentirá realmente orgullosa de todo el éxito que cosecharemos juntos. Como familia.

- Pero… todo ese dinero que ha puesto para salvar esta hacienda. – respondió ella en voz baja, completamente avergonzada. – Ha de ser una suma estratosférica. ¿¡Cómo se supone que podré pagarle tanta cantidad de dinero!? Ahora me siento mucho peor de lo que me sentía al saberla en ruinas.

- ¿Olvidas que seremos marido y mujer? – le respondió él, en una voz tan baja como la que ella había utilizado y tan dulce como le fue posible. A pesar de que no estaba realmente acostumbrado a demostrar afecto, pero que continuaba retándose día a día y conforme se daba cuenta de que la amaba más y más. – Lo que es mío será tuyo y viceversa. Eso no tiene nada de malo y es lo normal entre parejas. Estaré completamente feliz de compartir todo lo que tengo contigo. No tiene más uso que satisfacer nuestras necesidades materiales. El dinero no será lo que nos haga feliz, sino el amor que sintamos el uno por el otro. Y yo siento que te amo más de lo que puedo expresar con humildes palabras.

- ¿A pesar de que solo me conozca a raíz de un accidente?

- A pesar de eso…

Y entonces sonrió, al verla sonreír y largar sus brazos alrededor de sus hombros mientras estaba hincado en el suelo y contemplándola fijamente. Sus frentes se encontraron suavemente, mientras un viejo reloj de péndulo anunciaba las doce campanadas.