Capítulo 35: La nueva Hermione Granger
– ¡Papi!
Hermione había sonreído en medio de la cocina, al escuchar la voz de su pequeña hija de cuatro años de edad, echándose a correr hacia los brazos de su padre quien la esperaba de rodillas en el suelo para abrazarla.
Un estrecho abrazo hizo reír a la niña, mientras Severus Snape soltaba su sombrero, su bata blanca y su portafolio negro, para besarle las mejillas una y otra vez, y hacerle cosquillas en medio del enorme salón de la casa principal de la hacienda.
– Espera, te he traído un regalo. – le dijo, alzando uno de sus dedos frente a sus brillantes ojos café. – ¿Quieres verlo?
– ¡Sí!
No podía dejar de sonreír al verlos juntos en el salón. Sabía lo mucho que Severus amaba a esa niña y lo feliz que era al verla tan contenta, completamente maravillada ante su presencia y como si no existiese nada ni nadie más para ella. Siempre que viajaba por alguna conferencia médica, le traía algún recuerdo de sus viajes y no podía evitar recordar a su padre, al verlo sentado en medio de la alfombra y con el viejo y enorme atlas desplegado, explicándole los lugares que había visto.
– Esto que ves aquí, se llama Conejo de Jade. – le explicó el doctor a la pequeña, apartando sus rizados cabellos castaños y colocando un pequeño collar alrededor de su cuello. Dos conejos blancos unidos entre sí en un círculo negro con ornamentos tradicionales chinos en color dorado. – Tiene una interesante leyenda que te contaré más tarde. – el hombre acarició suavemente su rostro, apartando un par de rizos y enroscándolos tras una de sus orejas. – ¿Qué te parece? ¿Te gustaría?
– ¡Quiero escuchar la historia ahora, papi!
– Pero tendrá que ser después de cenar, cariño. – el sonido de un bastón golpeando suavemente la madera del piso de la hacienda, interrumpió la conversación y el doctor de inmediato se puso en pie, sosteniendo a la pequeña niña entre sus brazos. Su esposa se secaba las manos en su delantal de cocina y se encontraba a escasos centímetros de ambos, con una radiante sonrisa.
Hacía tanto que no se veían, que lo único que podía hacer era sonreír. Había anticipado ese momento por tanto tiempo, que no sabía qué hacer primero o qué era lo que debía decir. Se sentía como si fuera la primera vez que se veían en toda su vida, a pesar de que en verdad no era la primera convención médica a la que su esposo había asistido, a lo largo de su matrimonio.
De todos modos, el doctor dio el primer paso y se acercó a ella, rodeándola con su brazo libre y besando su frente un par de veces.
– Bienvenido a casa. No sabes lo mucho que te extrañábamos. – bajó la vista para observar a su hija y acariciar su rostro tan suavemente como él lo había hecho hacía unos minutos atrás. – Especialmente Agatha, que desde que te fuiste no dejó de contar los días que iban pasando hasta tu regreso.
– Es bueno estar de vuelta finalmente. Yo también las extrañaba mucho. – volvió a besar su frente. – Las llamadas nunca me parecieron ni me parecerán suficientes.
Cada vez que lo recordaba, su corazón se estremecía. Todas las tardes y las noches que su hija había pasado junto al teléfono, esperando poder escuchar la voz de su padre. Todas esas noches en las que él se aseguraba de llamar y contarle una historia para que pudiera descansar y dejara de extrañarlo aunque fuese solo un poco.
– Espero que te haya ido bien en la convención. China está al otro lado del mundo.
Su esposo asintió ligeramente y no pudo evitar notar su expresión de cansancio, así que de inmediato se dispuso a desatar el nudo de su corbata y desabotonar el cuello de su camisa blanca, que siempre utilizaba bajo su bata y el resto de su indumentaria médica.
– Los horarios me resultaban un verdadero caos. No sabía cuándo dormir o cuándo comer. – miró tras su esposa y el vapor que emergía de la cocina, el cual tenía un delicioso aroma. – En estos momentos debería tener hambre, pero no es así. En China estaría comiendo en un par de horas más. – negó con la cabeza un par de veces, aparentemente disgustado con algo. – Y esa comida… ¡no me gustaba en lo absoluto!
– Eso, porque estás acostumbrado a lo que Ginny y yo te preparamos. Y también puesto que llevas años y años comiendo nuestros platos típicos. Es difícil salir de la rutina, pero al menos puedes experimentar cosas nuevas.
Sintió que su esposo afianzaba su agarre alrededor de su cuerpo y lo miró sonreír maliciosamente, inclinándose un poco sobre ella y de tal modo que sus rostros estuvieran a solo unos milímetros de tocarse.
– Descuida. Se acercan las vacaciones de navidad y me encantaría llevarte a ti y a Agatha, en un viaje.
Hermione despegó los labios para hablar pero lo único que provino de ellos fue un pequeño quejido, al permanecer tanto tiempo inclinada y teniendo que soportar todo su peso en su pierna herida. De inmediato, el doctor se reincorporó, liberándola de su molestia al guiarla hasta el sillón a pocos centímetros de ellos y ayudándola a sentarse, tomando su bastón.
– ¡Mami! – su hija fue la primera en mostrar su preocupación al ver el rostro de dolor que había hecho su madre, al sentarse finalmente y descansar.
– Todo está bien. Descuida, cariño. – sonrió suavemente, mientras su esposo la sentaba a un lado de ella. El doctor se llevó ambas manos a la cadera y resopló con cierto disgusto, ante la momentánea expresión de incomodidad que había cruzado el rostro de su joven esposa.
– Lo siento, lo olvidé por completo. – dijo, sentándose al otro lado de ella y con una de sus manos, masajeando suavemente la pierna en cuestión. – Dime, ¿has estado haciendo los ejercicios adecuados y has seguido las instrucciones al pie de la letra?
– Sí. He estado visitando al doctor Remus y he seguido cada uno de sus consejos. – al notar la expresión de angustia en su rostro, simplemente lo acarició delicadamente con una de sus manos. – Descuida, ya casi no me duele. Solo de vez en cuando, si hago mucho esfuerzo o paso mucho tiempo de pie. Para como estaba antes, representa una gran mejoría. Al menos ya puedo caminar un poco y no necesito de esa horrenda silla de ruedas. – miró por sobre los hombros de su esposo y en dirección del bastón tras él. – Ahora solo falta que pueda dejar de usar, ese horrible accesorio.
– Está bien. – Severus se inclinó sobre ella y por un momento se preguntó qué pensaba hacer, hasta que sintió que la levantaba del sofá sin mucho esfuerzo. – Pero mientras tanto, yo me encargaré de llevarte hasta la mesa. Vamos, Agatha, es hora de cenar y de ir a la cama.
– ¡Sí papi!
– No es necesario que te preocupes tanto, Severus. Recién has regresado y lo que necesitas es un buen descanso.
– Hace muchos días que no estoy con mi familia, así que el descanso puede esperar.
A pesar de lo joven que era, guardaba hermosos recuerdos de su matrimonio con el doctor Severus Snape.
Tras haber aceptado el compromiso, ambos se casaron un par de meses después y todavía podía recordar aquella noche como una de las mejores que había tenido a lo largo de su vida. Sentía mucha nostalgia al recordar a su padre y lo mucho que le habría gustado que él hubiese visto cuán feliz era y poder celebrar su primer baile como una mujer casada con él.
Si bien era cierto que la tradición de una boda era que el padre de la novia corriera con los gastos, el doctor se encargó de todos los preparativos y verdaderamente superó todas las expectativas que pudo tener desde que era una niña.
En cierta forma detestaba pensar en eso. Odiaba pensar en todo el dinero que le debía y de vez en cuando se preguntaba si su vida matrimonial resultaría en un fracaso y entonces tendría que pagar hasta el más mínimo centavo.
La catedral que el doctor había escogido, había sido toda una belleza. Con altas columnas, lámparas colgantes llenas de brillo, espaciosos asientos para familiares y amigos, llena de rosas blancas que hacían juego con un hermoso vestido blanco que la enfermera Sprout y las mujeres de su familia y amistades, se habían encargado de escoger para ella.
Debía vestir de blanco ya que después de todo, aún era joven y pura.
Su boda soñada, tuvo todo aquello que quería e incluso mucho más. Él la esperaba pacientemente junto al altar, vistiendo un elegante traje negro y una sonrisa que no hacía otra cosa que llenarla de confianza y seguridad. Ni siquiera su madre había encontrado algún punto para quejarse, estaba extrañamente conforme con todos los detalles y preparativos. Su relación con ella había comenzado a mejorar desde la ceremonia.
Pero no había terminado allí, Severus la había tratado como si fuese toda una princesa.
Aquella noche la había cargado todo el trayecto a casa, que era mucho decir puesto que vivían en una hacienda y había aparcado el coche un poco lejos de la entrada. Y no se había detenido hasta llegar a la habitación.
Se sintió un poco tonta en aquel momento, puesto que no tenía ni idea de lo que debía hacer a continuación y tan pronto su esposo la colocó en la cama, con el mayor de los cuidados posibles. Tenía una expresión de pánico que de inmediato le hizo sonreír y creyó que si la llenaba de muchos detalles médicos sobre el procedimiento, serviría para hacerle sentir mejor.
Tan pronto vio su cuerpo desnudo y a sí misma, sintió deseos de correr muy lejos. De escapar. No dejaba de pensar en su padre y en su madre. En lo que podrían pensar al respecto. Jamás había tenido una charla sobre el sexo con su padre y tampoco había conversado con su madre acerca del matrimonio. No estaba segura de cómo ser una buena esposa o acerca de cómo complacer al hombre que en aquel momento la observaba con una cálida sonrisa y una mirada que jamás había visto antes.
Él lo llamaba deseo y para ese entonces, todavía no podía olvidar esa expresión que había adoptado su rostro al verla completamente desnuda.
Jamás hubiera pensado que era tan hermosa como él la describía. Estaba herida, momentáneamente lisiada y con cicatrices por doquier, pero aun así ese hombre la consideraba como la mujer más hermosa en todo el mundo y sus alrededores. De pronto dejó de sentir miedo, rodeada de flores por toda la habitación y velas por doquier, permitiéndole al doctor experimentar con su anatomía, tanto como así lo quisiera.
Él estaba en lo correcto y de todos modos sintió dolor, a pesar de que intentó relajar su mente y su cuerpo para facilitar las cosas. Sin embargo en ningún momento, Severus dejó de acompañarla o de llenarla de caricias que pudieran de alguna forma, mitigar esa desagradable y momentánea incomodidad que significaba el dejar su virginidad atrás.
La transición no había resultado fácil. Dormir juntos le había costado más de lo que hubiese creído jamás. Había tenido pesadas noches de insomnio pues no se acostumbraba al peso y al cuerpo de alguien más en la cama, especialmente si se trataba de un hombre con el que estaba comprometida (a diferencia de Ginny, quien era su mejor amiga). Pero poco a poco se fue haciendo a la idea de que estaba casada.
– Las cosas parecen tranquilas por la hacienda. Espero que las ventas estén progresando. – su esposo sonreía a un lado de ella en la mesa, sirviendo un poco de puré de patatas en el plato de su hija. – Cuando me fui, las ventas parecían muy prometedoras.
– Las reuniones con el señor Harry Potter, han sido por demás de satisfactorias. Esta semana evaluaremos al nuevo personal de la hacienda y tendremos un tour guiado. Creo que deberías estar ahí, ya que eres el accionista mayoritario.
– Espero tener un poco de tiempo, no quisiera perderme el debut de mi esposa como empresaria. – ambos se sonrieron en la mesa y luego el doctor miró a su alrededor, confundido. – Una tranquila noche. ¿Dónde están tu madre y los demás? Pensé que Ginny se encontraría en la casa para mi llegada.
– Están de visita en la ciudad, Ginny sugirió que debían ir al teatro.
– Me pregunto por qué. – respondió Severus con un extraño brillo en sus ojos.
– ¡Pero qué tonta ha sido Ginny! Acabas de regresar de un largo viaje, al otro lado del mundo. ¿Qué creía ella que podríamos estar haciendo?
– ¡Jugar! – exclamó Agatha, aun llena de energía y negándose a dormir.
– ¡De acuerdo! – su padre se puso de pie y de inmediato la levantó de su silla alta, cargándola sobre sus hombros. – ¿Qué te parece un duelo de espadas, antes de irnos a la cama?
– ¡Un duelo de espadas! ¡Mami, tendremos un duelo de espadas!
Hermione había comenzado a negar con la cabeza y mientras se ponía en pie y recogía la mesa, sin dejar de sonreír ante las risas que se alejaban por las escaleras hacia el piso superior. Siempre que lo recordaba, se ponía muy contenta.
Su embarazo. Tanto como con su matrimonio, su embarazo fue un motivo para temer. A pesar de que tanto su madre como Ginny y la señorita Sprout, eran una importante parte en el proceso, se encontraba totalmente aterrada y confundida ante los nuevos cambios en su cuerpo y los síntomas que ello conllevaba.
Por supuesto que su esposo había estado realmente atento y una vez más la había empapado de un sinfín de datos médicos, para intentar brindarle seguridad. Prácticamente había estallado de emoción al saber que estaba embarazada y lo había descubierto por pura casualidad. Se había desmayado una tarde en las caballerizas de la hacienda y su madre había pensado lo peor.
Con la excusa de que tal vez uno de los caballos la había pisado, no tardó en hacerle una llamada al doctor Severus, al cual jamás había visto tan pálido en todo ese tiempo que llevaba conociéndolo. Tan pronto como la enfermera Sprout se había comunicado con el hospital, informándole que estaban en camino, prácticamente ni le había permitido hablar y le había hecho un sinfín de preguntas que ni siquiera le había dado el tiempo para responder.
Ella no lo supo puesto que estaba inconsciente, pero lo escuchó tiempo después. Tanto Ginny como su madre y la enfermera Sprout, le contaron lo angustiado que se había puesto y lo extraño que se veía. El cabello totalmente desordenado y como si se lo hubiese mesado en varias ocasiones, además de la bata mal abotonada. Apenas la vio en aquella camilla, Sprout siempre reía y decía que era como si su alma se hubiese ido hasta sus pies.
Pero para ella era una reacción por ese irrefutable amor que sentía por ella.
Y así lo supo, en cuanto finalmente reaccionó y se encontró con el sonriente rostro de la pediatra Nymphadora Tonks. Traía el cabello tan azul como el más profundo de los océanos y en aquel momento hacía un gran contraste con su blanca piel. Jamás podría olvidarlo.
"¡Estás embarazada y el idiota de tu marido, pensando siempre en lo peor!"
Las palabras retumbaron en sus oídos, como abejorros. ¿Embarazada? ¿Cómo había concebido a un bebé? ¿Acaso estaba mental y físicamente preparada para asumir un compromiso tan grande como aquel? Recordaba aquella sala de maternidad que había visitado en la primera "cita" que había tenido con el doctor, y no podía olvidar lo insignificante que se había sentido al sostener a una de esas pequeñas criaturas tan inocentes y delicadas. Se llenó de lágrimas de inmediato y mucho más al notar la expresión de alivio y sorpresa, en el rostro de su esposo, quien no dejaba de sostener su mano y de confesarle entre susurros sin aliento, lo feliz que estaba de ser padre finalmente.
Y dejó de trabajar, específicamente para atenderla. Tenía a los mejores profesionales en cada una de las áreas que pudiera necesitar y se sentía como una niña pequeña y consentida. Nutricionistas, dietistas, dermatólogos, a Tonks como pediatra y a Remus Lupin como cardiólogo y médico de cabecera. Cualquier cosa que necesitara y por supuesto que ni siquiera movía un solo dedo.
La mejor habitación a la hora del parto, las mejores atenciones y el mayor de los cuidados.
No podía todavía creer, todo lo que ese hombre había hecho por ella.
Pero ya tenía 23 años y se encontraba dispuesta a comerse al mundo.
– Espero que ya estés en tu cama, Agatha. – dijo mientras subía las escaleras, tras terminar de recoger la mesa y fregar la loza.
Durante parte de su infancia, Severus le había dado todo e incluso más de lo que un niño pudiera necesitar. A veces pensaba que la consentía demasiado, pero entonces recordaba la trágica vida familiar que su esposo había tenido con respecto a sus padres y comprendía un poco mejor, su forma de actuar con respecto a su hija.
A pesar de que ella siempre intentaba ser la voz de la razón e imponer el respeto en casa, para evitar que su hija se malcriara demasiado y terminara por el mal camino.
Su habitación tenía tantos juguetes, que dudaba que pudiera jugar con todos ellos en un futuro cercano.
Y al terminar de subir las escaleras, no pudo evitar sentirse conmovida ante la vista de su pequeña hija en la cama, profundamente dormida. Caminó hasta detenerse junto a ella, acariciando suavemente su cabello e inclinándose para besar su frente con el mayor de los cuidados posibles. Tras cobijarla muy bien, simplemente cerró la puerta y dio un pequeño suspiro en medio del pasillo.
Sí. Otra pacífica noche familiar.
Y su placer aumentó al darse cuenta de que su esposo se encontraba prácticamente echado en la cama, aún vestido y tan profundamente dormido como su hija. Simplemente encontró un lugar para recostarse a su lado y apoyar su cabeza sobre su pecho.
Se imaginó que viajar a China debía de ser muy agotador y se dijo que ya se despertaría y se daría cuenta de que estaba aún vestido. No tenía el valor para despertarlo, se le veía tan cansado. Se reincorporó por un momento, para cerrar las ventanas y apagar las luces, regresando a sus brazos y reflexionando la ruta de los acontecimientos que habían marcado su vida.
Qué feliz estaba de que su padre, de una forma u otra, hubiese regresado a su vida para cuidarla.
