Las muy inmerecidas tribulaciones de Draco Malfoy

Capítulo 2 - ¡Ladrón de equipaje!

Me detuve un instante en el andén y sin ceder al cansancio reacomodé un poco las valijas en el carrito. Todavía me faltaban unos cuantos metros para llegar hasta el Expreso de Hogwarts que zumbaba como una abeja gigantesca. En años anteriores siempre había contado con un sirviente que se ocupara de algo tan tedioso como el equipaje. Pero con mis recursos económicos controlados y reducidos a un mínimo había tenido que prescindir de tal asistencia.

Los fondos exiguos que me habían asignado se habían esfumado rápidamente para cubrir las compras indispensables, esto es, la renovación completa del guardarropa y los artículos de tocador… para los libros y útiles me había alcanzado, ¡pero no para una escoba nueva!

Para peor, mis dos lacayos habituales no se veían por ninguna parte. Suspiré resignado y apoyé todo mi peso sobre el carrito para ponerlo nuevamente en marcha.

—Draco, ¿puedo ayudarte? —dijo una voz cálida muy cerca de mi oreja.

Contuve una exclamación y me giré de repente, mis brillantes botas de charol resbalaron un poco sobre el suelo de piedra. Quedé enfrentado con la cara de Potter apenas a centímetros de la mía. ¡¿Cómo se las arreglaba para acercarse siempre de manera furtiva?! ¡Si yo siempre estoy alerta al máximo de todo lo que me rodea!

Estudié a mi némesis frunciendo el ceño. El mismo cabello negro despeinado, los mismos espantosos anteojos, los mismos inmensos ojos verdes, el mismo cuerpo alto y esbelto… con el pecho bien desarrollado… los brazos musculosos. ¿¡Cómo hacía Potter para tener tanto músculo?! Si era incluso un par de meses más chico que yo…

¿Ya tendría pelo en el pecho? Difícil de decir, sólo podía verle el cuello y poco más, la piel ligeramente bronceada contrastaba bien con la camisa de vestir blanca.

Parpadeé varias veces al darme cuenta de lo que estaba pensando.

Primero que nada, su voz había sido áspera, no cálida. Y el pecho era desproporcionado y deforme. ¡Y por supuesto yo iba a ser el primero al que le salieran pelos en el pecho!

—¿Puedo ayudarte, Draco? —repitió rascándose la nuca como al descuido— Yo ya subí mis valijas al tren… y fue entonces que te vi acá…

El rubor había empezado a colorearle las mejillas. ¡El muy tarado! Probablemente se sentía mal por no haber sabido elogiarme ante la prensa con la debida elocuencia. Porque sinceramente… "Draco demostró esa noche que es un verdadero amigo" ¿Y eso fue lo mejor que se le ocurrió para alabarme?

—No estoy habituado a este tipo de… labores. —respondí con tono condescendiente. Le hice un gesto desdeñoso y giré un poco la cabeza hacia un lado.

Mi intención había sido resultar insultante. Pero Potter no frunció el ceño, tampoco se puso a balbucear, ni me miró con ojos de perrito confundido como en otras oportunidades. Hizo en cambio una cosa muy extraña: me estudió minuciosamente con la mirada.

Pero no como lo había estudiado yo un minuto antes. Sus ojos me recorrían lentos y pesados. Casi que podía sentirlos desplazándose de mi cara a mi pecho y hacia abajo, sus ojos eran como manos invisibles que me acariciaban la toga, el pecho primero y luego descendían… ¡un momento!... ¿¡Por qué su mirada se había detenido justo ahí abajo!? Debo de haber proferido un sonido de disgusto porque alzó bruscamente la vista y sus mejillas viraron a un encarnado intenso.

Retrocedió un paso como si yo fuera alguien temible… bueno, no es de extrañar, soy consciente de que mi presencia suele ser muy intimidante. No pronunció palabra, se inclinó sobre el carrito, agarró las dos valijas más grandes y partió corriendo hacia el tren. Debo admitir que me quedé boquiabierto.

¿Acababa de hurtarme parte del equipaje? Con ojos entrecerrados lo observé subir la escalerilla del tren y desaparecer. ¡Me había robado las valijas! Ja… para lo que le va a servir. Ya quisiera verlo tratando de abrir la valija de un Malfoy. Todas están protegidas con contraseña, una contraseña que él nunca podría adivinar, y todas mis pertenencias están resguardadas con encantamientos.

Suspiré con algo de frustración y le di un empujón al carrito, que ahora, muy aligerado de peso, ofreció poca resistencia y se puso en movimiento. Ya me ocuparía del ladrón de cabellos oscuros una vez que hubiese subido al tren.

—¡No puedo creerlo! ¡¿Labores manuales?! Y yo que pensaba que siempre tenías sirvientes que hacían todo por vos, incluso llevarte al baño. ¿Con esto de la fama recientemente adquirida, se te nubló la mente y te olvidaste los encantamientos de levitación?

Hice una mueca de intenso disgusto. ¡Lo que me faltaba! La ordinaria voz del Weasel… ¡qué día tan nefasto!

—Sinceramente, Ron… ¿qué tonterías estás diciendo? Sabés muy bien que los magos menores de edad tienen prohibido hacer magia fuera de Hogwarts. —chilló la voz aguda de la sangresucia tan presumida y pagada de si misma como siempre. Me volví hacia ella con una mirada de odio y una mueca de desprecio. Maldita Granger que siempre sacaba mejores notas que yo, ¡que indignidad! Mi padre me había castigado de maneras horribles cuando se había enterado.

—¡Qué bonito tenés el pelo, Granger! —comenté con sarcasmo insultante al tiempo que me llevaba una mano a la cabeza y me acariciaba mis esplendorosas hebras rubias primorosamente peinadas, una forma solapada de destacar el contraste con sus greñas castañas erizadas de frizz.

—Pará, Malfoy… ¡no empieces! Hermione luce muy bien. Y no es que yo la haya estado mirando desde que nos…

La cara del Weasel se tornó roja como la grana e interrumpió sus balbuceos abruptamente. Debía de haberse dado cuenta de lo ridículo que había sonado. Bah… como siempre.

—¿Pero a qué viene esa reacción, Ronnie? Si yo no he hecho más que cumplimentarla. —apunté con expresión inocente y luego fingiendo gran sorpresa me llevé una mano a la boca conteniendo exageradamente una exclamación: —¡Oh, no! Ahora me doy cuenta… ¡vos pensás que su pelo es tan abominable que de ningún modo puede ser merecedor de un cumplido! ¡Pero qué poco cortés de tu parte! Y yo que pensaba que eran tan buenos amigos…

—¡MALFOY! —aulló el Weasel incoherente. Su cara había perdido todo rastro de humanidad, se veía como un gran tomate brillante. Intensifiqué mi sonrisa sobradora.

—Ron, Hermione… suponía que habíamos acordado… —intervino admonitorio un Harry "maldito" Potter algo jadeante que se había acercado corriendo para interrumpir la diversión.

Granger le dirigió una sonrisa a su adorado Potter y luego se volvió hacia mí. Fruncí el ceño con cierto desconcierto porque no me miró severa, ni gritándome, ni llorando. A pesar de que yo acababa de ponerla en su lugar y no con delicadeza precisamente.

—Perdón, Draco… creo que no hemos sido justos con vos. Después de todo lo que hiciste, tenés más que bien ganado nuestro respeto y confianza.

Dicho lo cual, los tres se dieron vuelta y enfilaron hacia el tren. Granger llevando a Weasley de un hombro, al parecer el pelirrojo no iba muy conforme, pero no se resistió.

Los observé alejarse entrecerrando los ojos con suspicacia. ¿Qué había sido todo eso? ¿Acaso era una trampa?

Con sobresalto noté entonces que mientras yo reflexionaba sobre un potencial acto traicionero, ¡Potter había aprovechado para llevarse el resto de mis valijas!

La locomotora silbó anunciando la partida inminente. Dirigí yo también mis pasos hacia al tren, con la toga flameando digna y mayestática detrás de mí. Algo inquieto, debo admitirlo; tenía un mal presentimiento sobre lo que pudiera depararme ese nuevo período que comenzaba.

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